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Crecer

Mal de escuela“No me llames hada. Ya no nos gusta que nos llamen así”. Eso para empezar. Antes, uno ha dejado deslizar la mirada por las novedades de la librería y repara en este niño robado y en la diminuta frase que corona la portada: “una novela sobre la dificultad de crecer” alzando la ceja. Es entonces, al coger el libro entre las manos y abrirlo, cuando se encuentra con esa frase sorprendente, con su matiz de suave advertencia y disimulada añoranza: “No me llames hada. Ya no nos gusta que nos llamen así”. Todas las novelas deberían empezar con una frase parecida. No, no hay que llamar hada a este narrador. Hay que llamarle “suplantador”. Pero de eso es probable que no te enteres hasta que no estés en casa con el libro en el regazo, leyendo absorto y en silencio esta historia maravillosa y maravillosamente bien contada que encuentra al otro lado de la ventana, en el atardecer de otoño, con el cielo gris y las ráfagas de aire que insolentemente se llevan por delante las últimas hojas de los árboles preludiando los primeros fríos, el acompañamiento idóneo.

Soy una infancia deshabitada. Eso no lo dice el libro, por eso la frase va sin entrecomillar. Eso lo digo yo. Soy una infancia deshabitada y si lo escribo aquí y no en post aparte es porque esa convicción fue decisiva para elegir este libro y buscar. Llevo mucho tiempo buscando una respuesta a una pregunta que no sé formular, por lo que tiendo a indagar en aquellas cosas ante las que el instinto reacciona como diciendo: quizá aquí. Y sigo ahí, en el quizá, porque me encuentro a mitad de la historia, y quiero que avance y al mismo tiempo que se quede quieta un rato conmigo dentro. Eso pasa con algunos libros; pocos. Este es uno de ellos. Ahora pongamos punto y aparte.

Un suplantador. Eso es lo que es el narrador de este relato de fantasía que, al mismo tiempo, es una alegoría sobre la dificultad de crecer. “Hace treinta años, en 1949, yo era un suplantador que se convirtió de nuevo en humano. Cambié de vida con Henry Day, un niño que había nacido en una granja situada a las afueras. Un día de verano, a última hora de la tarde, Henry se escapó de casa y se escondió en un castaño hueco. Nuestros espías dieron la alarma y yo me transformé en su copia perfecta. Lo atrapamos, y me metí en el espacio hueco para cambiar mi vida por la suya.” Toma ya.

A partir de ese momento el libro se escinde en dos. Los capítulos pares transcurren en el bosque y hablan de la suerte que corre el verdadero Henry Day quien, desconcertado, busca como si fueran tesoros trocitos de papel donde poder anotar su identidad, su historia; escribir con palabras la fotografía de lo suyo y de los suyos mientras, inexorablemente, va perdiendo conciencia de sí mismo, empezando por el nombre, que pasa de ser Henry Day a convertirse en un barro sonoro del mismo, Aniday. Aniday deambula junto con otros seres que en su día también fueron niños en una peregrinación interminable de estaciones (primaveras, inviernos); algunos de ellos llevan haciéndolo más de cien años. Si te quedas muy quieto, puedes escuchar la vibración lejana de los coches que transitan por una carretera próxima pero a estos seres, trasgos, hadas (no le llames hada al narrador) les pasa como a los invitados de la película de Buñuel, incapaces de traspasar la puerta de la estancia donde se celebra una fiesta y que les mantiene atrapados. Eso en los capítulos pares.

En los impares transcurre la existencia del falso Henry Day, a quien le ocurre justamente el proceso contrario: está obligado a ser ese niño, olvidar su propia infancia, centenaria, cuyos únicos recuerdos son el eco autoritario y paternal de unas frases en alemán de significado ahora incomprensible, y esforzarse en crecer siendo otro. La pubertad y la adolescencia configuran al nuevo Henry Day y lo enriquecen de experiencias al mismo tiempo que el suplantador pierde las habilidades adquiridas en el bosque y sus poderes: la agudeza visual a larga distancia, el oído atento. Eso en los impares.

Y tanto en unos como en otros la cadencia de las frases al compás preciso de las palabras justas y con una dulce sonoridad de melancolías que hablan acerca de la pérdida, de lo que habría sido y de lo que deberá ser. “El niño robado” habla de infancias abandonadas prematuramente y de lo que viene después, cuando pasas a la página siguiente.