Archivo de la etiqueta: donohue

Reseña

Terminé la lectura de “El niño robado” con un cierto escalofrío. Lo leí con un placer indecible y al terminar lo lamenté mucho. En algunos libros te gustaría quedarte dentro aunque, en este caso, creo que en cierta manera estoy ahí. Me encontré en ese libro, sí, eso ya lo adelanté en el post que le dediqué (clic en este enlace: 27 de octubre) y ahora lo confirmo. Como confirmo que soy una infancia deshabitada. A raíz de esta frase recibí algún correo electrónico preguntándome qué quería decir exactamente con eso. Una infancia deshabitada es una infancia interrumpida súbitamente, una infancia cuyo tránsito natural se ve truncado de repente. Eso conlleva, entre otras cosas, que conserves un hilo permanente con ella, en el sentido de que el adulto que eres se pregunta cómo habrían sido las cosas de haber recorrido el cauce de las experiencias que llevan a todo niño, con lo bueno y lo menos bueno, a dejar de serlo. Al mismo tiempo, es como si el niño que se quedó allí con cara de pasmo por la rapidez con la que fue despojado de sí mismo, estuviera esperando a que lo rescatases. Eso es una infancia deshabitada y eso es lo que he encontrado en la fastástica narración de Keith Donahue, fantástica por bien escrita y porque es una historia escrita en la tesitura de ese género.

Durante casi 400 páginas me he sentido Henry Day y Aniday, el niño suplantado y el suplantador que le roba la identidad. Porque el primero se pregunta sobre el futuro que le habría tocado vivir y el segundo busca su identidad en su propia infancia mientras crece desconcertado en el cuerpo de un adulto que no le pertenece. En definitiva, el libro habla de una brecha, de una cicatriz, de un corte. Y de la supervivencia con la cicatriz en el cuerpo.

A la lectura (apasionada y apasionante) del libro le esperaba un apéndice imprevisto. Compré el ejemplar de la revista “Qué Leer” del mes de noviembre con el atractivo reclamo de un Haruki Murakami que miraba desde la portada prometiendo contarte cosas si entrabas a mirar. Pero al entrar me encontré con algo mejor: una reseña de “El niño robado” que me cautivó. Modélica en la concisión, precisa en la exposición de las ideas y, sobre todo, sensible al poema que se esconde tras la máscara de la novela. La clase de reseña que te hubiera gustado escribir porque dice lo que piensas de una manera que no habrías sido capaz. Mejor aún: esa clase de reseñas, raras por no habituales, que más allá de hablar de un libro consiguen que el lector ponga el verdadero punto final a la lectura de la novela. La terminan, la concluyen. La redondean.

Como el staff de Qué Leer viene a la entrada de la revista con los mails de cada uno de sus miembros, escribí a la responsable de cesión de derechos. Lo hice porque en este blog utilizo ráfagas de música clásica con un obvio afán didáctico que no me generan inquietud en cuanto a sentir que vulnero o fusilo las leyes que velan por la propiedad intelectual. Pero en el caso de algo que me apetecía mostrar por puro entusiasmo me entraron dudas así que me dirigí a la revista pidiendo permiso y, de paso, felicitando al autor de la reseña, Manu González. La respuesta fue muy afectuosa y por partida doble (doble, como en la novela): desde Madrid (donde se encuentra la responsable de cesión de derechos del grupo Hachette, Beatriz Barrionuevo) y desde Barcelona (donde se encuentra la redacción de la revista y desde donde escribía Sebas Redondo, Redactor Jefe). Concedido el permiso (mil gracias además por las palabras), es un placer anotar aquí ideas de otro lector que han enriquecido mi propia vivencia lectora. Y luego está mi oído de músico para la cadencia de las palabras y mi faceta de esteta, como dice una amiga mía, que hace que caiga rendido ante un párrafo como este:

Hay algo narcótico en la prosa del bienvenido Keith Donohue, algo tan hipnótico como la hojarasca del bosque que recrea tan mágicamente. Y no me refiero al exceso poético o al sortilegio casi arcano de producir frases maestras cada dos líneas: hablo de una narración sencilla a dos voces (el suplantador y el suplantado) a través de cuarenta años de historia norteamericana, que tiene el poder de engancharnos desde sus primeras palabras (“No me llames hada”, en el caso del nuevo Henry Day, y “Me he marchado”, en boca del recién bautizado Aniday)”

No me llames hada. Así empecé mi post sobre “El niño robado”. Es verdad que esa frase te pilla por sorpresa en la librería, en el momento de abrir el libro para ojearlo, y te atrapa. Y luego viene el resto que sucede exactamente tal y como lo cuenta Manu González:

Donohue ha encontrado en su primera novela la llave mágica que otros autores han buscado en miles de novelas anteriores. El poder de convertir el cuento infantil en una triste metáfora adulta de la inmortalidad y, sobre todo, del crecimiento.”

Este libro sucede en el limbo de las cosas no concluídas o no comenzadas. O de las cosas que necesitan empezar a concluirse, que ya es hora, o terminar de arrancar, que también. “Hacía tiempo que no llegaba a mis manos un libro tan gris (en el que no existen el banco y el negro, el bien ni el mal, la verdad ni la mentira)”. Queda en la estantería, en el lugar próximo que reservas para las cosas queridas, este libro que, como bien dice de nuevo Manu González, cuenta una historia “de sombría y conmovedora belleza”.

Crecer

Mal de escuela“No me llames hada. Ya no nos gusta que nos llamen así”. Eso para empezar. Antes, uno ha dejado deslizar la mirada por las novedades de la librería y repara en este niño robado y en la diminuta frase que corona la portada: “una novela sobre la dificultad de crecer” alzando la ceja. Es entonces, al coger el libro entre las manos y abrirlo, cuando se encuentra con esa frase sorprendente, con su matiz de suave advertencia y disimulada añoranza: “No me llames hada. Ya no nos gusta que nos llamen así”. Todas las novelas deberían empezar con una frase parecida. No, no hay que llamar hada a este narrador. Hay que llamarle “suplantador”. Pero de eso es probable que no te enteres hasta que no estés en casa con el libro en el regazo, leyendo absorto y en silencio esta historia maravillosa y maravillosamente bien contada que encuentra al otro lado de la ventana, en el atardecer de otoño, con el cielo gris y las ráfagas de aire que insolentemente se llevan por delante las últimas hojas de los árboles preludiando los primeros fríos, el acompañamiento idóneo.

Soy una infancia deshabitada. Eso no lo dice el libro, por eso la frase va sin entrecomillar. Eso lo digo yo. Soy una infancia deshabitada y si lo escribo aquí y no en post aparte es porque esa convicción fue decisiva para elegir este libro y buscar. Llevo mucho tiempo buscando una respuesta a una pregunta que no sé formular, por lo que tiendo a indagar en aquellas cosas ante las que el instinto reacciona como diciendo: quizá aquí. Y sigo ahí, en el quizá, porque me encuentro a mitad de la historia, y quiero que avance y al mismo tiempo que se quede quieta un rato conmigo dentro. Eso pasa con algunos libros; pocos. Este es uno de ellos. Ahora pongamos punto y aparte.

Un suplantador. Eso es lo que es el narrador de este relato de fantasía que, al mismo tiempo, es una alegoría sobre la dificultad de crecer. “Hace treinta años, en 1949, yo era un suplantador que se convirtió de nuevo en humano. Cambié de vida con Henry Day, un niño que había nacido en una granja situada a las afueras. Un día de verano, a última hora de la tarde, Henry se escapó de casa y se escondió en un castaño hueco. Nuestros espías dieron la alarma y yo me transformé en su copia perfecta. Lo atrapamos, y me metí en el espacio hueco para cambiar mi vida por la suya.” Toma ya.

A partir de ese momento el libro se escinde en dos. Los capítulos pares transcurren en el bosque y hablan de la suerte que corre el verdadero Henry Day quien, desconcertado, busca como si fueran tesoros trocitos de papel donde poder anotar su identidad, su historia; escribir con palabras la fotografía de lo suyo y de los suyos mientras, inexorablemente, va perdiendo conciencia de sí mismo, empezando por el nombre, que pasa de ser Henry Day a convertirse en un barro sonoro del mismo, Aniday. Aniday deambula junto con otros seres que en su día también fueron niños en una peregrinación interminable de estaciones (primaveras, inviernos); algunos de ellos llevan haciéndolo más de cien años. Si te quedas muy quieto, puedes escuchar la vibración lejana de los coches que transitan por una carretera próxima pero a estos seres, trasgos, hadas (no le llames hada al narrador) les pasa como a los invitados de la película de Buñuel, incapaces de traspasar la puerta de la estancia donde se celebra una fiesta y que les mantiene atrapados. Eso en los capítulos pares.

En los impares transcurre la existencia del falso Henry Day, a quien le ocurre justamente el proceso contrario: está obligado a ser ese niño, olvidar su propia infancia, centenaria, cuyos únicos recuerdos son el eco autoritario y paternal de unas frases en alemán de significado ahora incomprensible, y esforzarse en crecer siendo otro. La pubertad y la adolescencia configuran al nuevo Henry Day y lo enriquecen de experiencias al mismo tiempo que el suplantador pierde las habilidades adquiridas en el bosque y sus poderes: la agudeza visual a larga distancia, el oído atento. Eso en los impares.

Y tanto en unos como en otros la cadencia de las frases al compás preciso de las palabras justas y con una dulce sonoridad de melancolías que hablan acerca de la pérdida, de lo que habría sido y de lo que deberá ser. “El niño robado” habla de infancias abandonadas prematuramente y de lo que viene después, cuando pasas a la página siguiente.