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Hormigas

Ahora, a estas horas de la tarde azul a ratos, gris a otros, invernal e invitadora a pasearla o a leerla, veremos luego qué hacemos, puedo ya desvelar, porque de camino estará y no leerá este post hasta que todo acabe, que los productores del programa “El Hormiguero” se pusieron en contacto conmigo preguntándome si podía facilitarles algún dato, alguna historia, alguna anécdota con la que pudieran tejer la visita de David al programa de esta noche, 21:30, en Cuatro. Pues claro, me dije, y me puse a ello. Al otro lado del mail había una persona que escuchaba con atención y un mail llevó a otro y otro más a una llamada telefónica y así hasta esta misma mañana. Y todo en secreto, claro, las sorpresas no hay que desvelarlas. Y aunque del diálogo cómplice con Madrid salió la amable invitación para asistir al directo y el propio David dijo que le haría ilusión, pues no puede ser. Pero no pasa nada.

A David no le he dicho lo que le van a hacer, tampoco lo diré aquí porque, aunque esté de camino, lleva el internet en el móvil y nunca se sabe, así es él de inquieto y curioso. Sólo sabe que puede ir tranquilo, y no es poco y es bueno, no? Que te digan eso: ve tranquilo y disfruta. Lo que no sabe es que si no voy no es por falta de tiempo, ni porque no haya billetes de tren, ni porque los estudios donde se hace el programa caigan lejos (eso pesa, es cierto, para alguien tan poco locomotriz como yo y tan despistado en la cosa de la orientación espacial). Tampoco porque él piense que para esas cosas yo siempre me haga el qué se yo. No. En realidad es porque el viaje, rápido, me pilla en uno de esos bajoncillos de la salud que duplican los kilómetros y aumentan las fatigas. Pero eso es mejor decírselo después de la fiesta, y tampoco quizá sea necesario, porque si no va con la preocupación en la cabeza, así es él, y total, y dado que las cosas tienen su proceso y de la misma forma que el bajón vino se pasará, mejor una preocupación menos. La preocupación es uno de los ingredientes con los que David manifiesta su afecto. La preocupación y la cercanía, como el otro día cuando volvió a aparecer por casa para acompañarme, junto a un grupo de buenos amigos, en la cena de mi cumpleaños. Llega el momento divertido y emocionante en que los amigos te dan, a los postres, unos regalos (momento redundante porque el regalo ya son ellos) y cuando David te da el suyo te da un abrazo y se emociona un poco, o un mucho en un rato pequeño, en el refugio del abrazo, pudoroso que es él. Asthar lo ve y se emociona también y la cámara de Iván, atenta siempre, lo refleja.

Yo miro esa fotografía y me gusta porque creo que refleja mucho lo que hay, tanto tiempo después del encuentro entre fotogramas (agosto de 2009) y más allá del salto generacional: no sé si es él quien se apoya y yo le sustento o si es él quien, con su abrazo grande, arropa y no deja que te caigas. Creo que lo más exacto es que son las dos cosas a la vez. Para mí, es una medicina. David es un hermano, así lo siento y así lo siente, así me comporto y así se comporta, y aunque esta mañana todavía andaba el chaval sintiendo que no pudiera estar allí donde salen las risas sanas de “El Hormiguero” ya le he recordado que estoy aquí. Lo importante es saber que estamos, los kilómetros son cosa secundaria. La amistad es saber eso.

Esta noche, a las nueve y media, le veré y me veré en algunos detalles que él no espera. Y se reirá, seguro, y dará juego, seguro, pero por dentro quizá sienta la reconfortante sensación de saber de dónde vienen las señales. Normal: sabe que hay una luz en el porche. Dentro, alguien sonríe viendo la pantalla del televisor. Eso pasará luego, esta noche. No desvelemos más, que el chico es muy curioso y no sabemos si asomará los ojos a este post.

Todo irá bien, David.

Estancia

¿De dónde venimos? Pregunta existencial.

David CastilloDe momento, yo de Madrid, donde he pasado el fin de semana porque había cariños mutuos. Por eso sonó un día el teléfono y por lo mismo, y en respuesta, me subí a un tren cuando el día empezaba a despertar y los termómetros marcaban un número negativo. Es reconfortante sentir a David como un hermano (y emocionante verle crecer, de aquel “Cachorro” a este chaval que aprende rápido y que en una elipsis de película se pone ya al volante del coche y te lleva a desayunar un chocolate con churros en un sitio donde probablemente se debieron inventar ambas cosas porque madre mía). Igualmente reconfortante es que su familia te haga sentir como si fueras de la familia y que en su casa te sientas como en casa.

Un fin de semana con este David es una aventura donde lo mismo te preparan una sorpresa como se improvisa una tertulia a tres en el coche, bajo la lluvia, con su hermano Pedro. Hay comidas y cenas donde conoces a gente muy interesante y en las que a lo mejor se cuece algo más que lo que viene en la carta, y hay momentos también para conocer sitios y para la charla mano a mano. Sea lo que sea, pase lo que pase, sabes que desde que bajas del tren hasta que te vuelves a subir y el teléfono vibra mostrando un buen viaje en la pantalla, te vas a sentir muy bien cuidado. Sentirse cuidado cuando los cuidados salen espontáneos y son cuidados de verdad es una de las medicinas más eficaces que existen.

Conocer a Laura y compartir a tres cucharas un postre de chocolate o comer con Pablo y comprobar que tiene el mismo timbre de voz tranquilo que suena en las fotografías que toma, redondea un sábado aprovechado al máximo donde no cabe ese pesar que empieza a hacer lo que hacen todos los pesares cuando llega la tarde del domingo (por la mañana Brahms sorpresa en el Teatro Real) y toca echar el cierre hasta la próxima. Es reconfortante saber que habrá próxima cuando las personas se sienten próximas. Pedro saca muy bien las faltas en el partido de fútbol, Javi escribe cartas a los Reyes Magos y Luna ladra bien fuerte cada vez que me ve porque sabe (fijo que lo sabe) que lo mío son los gatos. Luna es muy perra.

Estreno

@wendyMe arrimo a la pared de la izquierda para dejar sitio al precioso cartel que toni nos mandó desde el otro lado del mar, desde una isla que no es la de Nunca Jamás pero que seguro que tiene lagunas de sirenas y donde la luna llena dibujará senderos temblorosos en la superficie del agua. El viernes, ese cartel daba la bienvenida a la gente, mucha, que llenó el cine donde se proyectaba este corto de parto tan largo. En las butacas, fila tres, a mi izquierda, mi madre, y a mi derecha, David, su padre, su madre y su hermano Javi. A nuestra espalda, la escolta del Cheriff, que tanto nos ha cuidado durante todo este tiempo. Allí estábamos con los ojos puestos en la pantalla blanca que, minutos después, se transformaría en una habitación en penumbra, una madrugada cualquiera, desde la que alguien, guarecido entre las sombras y la tenue luz filtrada por la ventana, habla con las palabras, con la mirada y con el silencio.

Pasan muchas cosas desde que un día lanzas un mensaje en una botella al ciberespacio en el océano de Facebook en espera de que un chaval la aviste en las costas de su ordenador. Pasan muchas cosas desde entonces hasta el viernes; pasaron muchas cosas incluso el viernes, algunas divertidas, algunas con las legañas puestas por el madrugón, otras emocionantes y muchas, las más, llenas de cariño. Y de comprensión. Que el público sepa mirar más allá del plano contra plano para bucear en el espacio estático del fotograma y darse cuenta de que los ojos no sólo recorren el cuadro sino que se deslizan escrutando el alma de las cosas produce una conexión, una complicidad inmediata, y trae consigo la reconfortante sensación de la comunicación que se establece en intimidad. Así que más que felices, y satisfechos, y por eso nos dimos un abrazo largo largo, abrazados al mismo tiempo por el aplauso largo largo del público. Y no es más ni es menos.

“@Wendy” es la historia de una pérdida y de un encuentro, y la gente se dio cuenta de lo primero y de lo segundo, y de que allí fuimos para presentar a nuestra niña con toda la humildad del mundo y también con la satisfacción de quienes dejan algo de su corazón en lo que se ha hecho. Las cosas que salen de lo más hondo del corazón no son infalibles pero hablan con franqueza y le dicen a uno al oído que no hay que tener miedo. Alguien habrá que sintonice, siempre hay alguien (uno, dos, varios, muchos) que sintoniza con el lenguaje del corazón y cuando eso ocurre y te devuelve la comunicación salta una chispa por dentro que no tiene precio. No tiene precio.

Gracias a todos.

Album

Cumpleaños David
Madrid, sábado 16 de octubre, 22 horas (más o menos). Servidor se encuentra en el Metro, línea 10, en el trayecto entre las estaciones de Gregorio Marañón y Tribunal; llevo puesta una americana, tal y como indica la invitación al evento al que me dirijo, y custodio entre el brazo y mi costado izquierdo un pequeño objeto envuelto en papel azul. Es un regalo.

El metro chirría en las curvas y mis tobillos llevan la contraria a las oscilaciones del vagón para preservar la verticalidad. Observo. Frente a mí, también de pie, tres chicas de unos treinta y pocos años. Una a mi izquierda, otra al frente y la última a la derecha. Estamos tan cerca que, para cualquiera que nos vea, pertenezco al grupo, cerrando el cuadrado. La chica de la izquierda lleva una melena morena a mechas, nariz afilada, mucha pulsera y un maquillaje que, o pasa por bronceado, o es bronceado. Asisto inevitablemente a la conversación.

-Y lo del pelo!?, pregunta escandalizada la chica de las pulseras.
-Tía, eso es tema tabú, ta-bú, con eso te lo digo todo, responde la chica de la derecha.
-Ya tía pero, tú sabes que su novio se va a quedar calvo antes de los 35???
-Que sí tía, pero que eso ni mencionárselo, tema tabú, ya te digo.
-Y esas entradas, un horror.
-Ya…
-Pues chica, ya me dirás tú, pero que te quedes sin trabajo y tener al novio así, osea, pues, no sé, qué fuerte.

Y yo alzo la ceja, carraspeando para mí mismo.

-Pero lo más fuerte es que además la pobre es fea y no se da cuenta, tía, apunta la chica que está entre las dos, frente a mí, interviniendo por primera vez.

La agradable voz de la megafonía anuncia mi estación de destino donde efectuaré un transbordo. La gente tiene unos problemas muy raros, pienso mientras atravieso pasillos y subo y bajo escaleras. Un hombre toca el acordeón y canta sonriendo. Tiene que ser difícil cantar sonriendo por lo de la vocalización.

A las 22:30, estoy en la calle Goya, un pelín así, con la sensación de que sí pero a ver qué pasa, es decir, porque me sale del corazón felicitar a David acompañándole esa noche y a ver qué pasa porque a ver qué hace un cuarentón como yo en una fiesta en la que no voy a conocer a casi nadie y que se supone joven y bulliciosa. Pero antepongo a mis temores lo que hay que anteponer: David cumple dieciocho años, hay que ver, dieciocho ya. Todavía faltan unos minutos para que, dentro del local, me presente al actor José Luis García-Pérez, su tito en aquella película, “Cachorro” y me lleve una sorpresa muy agradable y hasta me emocione un poco al verlos juntos de nuevo tanto tiempo después de la secuencia de la despedida en la película. Qué congoja la secuencia de la despedida. Pero eso luego. Ahora, hay un grupo de personas esperando en la calle y en nada aparece David y me busca con la mirada. Entonces descubro que ha decidido echarme un cable y que tiene pensado mantenerlo tendido a lo largo de la fiesta. No pasarán más de tres minutos sin que venga o me esté observando desde el grupo de personas que atiende o me pregunte si todo bien, si me apetece beber algo, si todo bien, seguro, todo bien, y cuando no está él en un radio cercano está su hermano Pedro.

En la fiesta hay tres grupos definidos: los jóvenes, los mayores y los actores (mayores y jóvenes). Parece difícil conciliarlos. Yo animo a David a que atienda a sus amigos con la misma insistencia con la que él me asiste, y su actitud es genuinamente david, muy suya. Hay un show divertido en mitad de la fiesta que promete repartirse por episodios a lo largo de la velada y en un instante de pausa salgo afuera a tomar un poco el aire porque hace calor, mucho calor. David sale detrás. No pasa nada, ahora entro, le digo. Pero él dice que de acuerdo y que ya entrará también él, y nos sentamos juntos en la escalinata que desciende de la acera y te lleva al local de la fiesta.

David se ha llevado una sorpresa de esas que se expresan con un silencio elocuente cuando ha abierto el pequeño paquete azul, de forma rectangular, que le he llevado como regalo. Regalo especial para un cumpleaños especial porque pone dieciocho velas en la tarta. Lo especial del regalo no es su valor material (que apenas lo tiene), ni su aparatosidad (es muy pequeñito). Lo que lo hace especial para David es que está hecho de él.

Alguna foto, hielo en los vasos, conversaciones con esta persona y aquella, otro capítulo del show, aplausos, flashes, risas, y a eso de las 2 de la mañana pienso con sensatez que lo más justo, habiéndose desvivido David para que no me encontrara fuera de lugar, es que de ahí en adelante viva su noche como la tiene que vivir un chaval de dieciocho años, así que inicio la operación retirada dando abrazos y saludos con el convencimiento de que hago bien: he estado bien en la fiesta, más que eso incluso, y me voy muy contento. Y todavía me voy a sentir mejor en el hotel, seguro, cuando imagine a David disfrutando el resto de la noche como solo los chavales de esa edad lo hacen mientras tienen esa edad. Se lo merece. Reconforta pensar que aunque este cachorro se nos hace mayor, sigue teniendo el corazón de oro y hasta se ocupa de buscar en el móvil de un amigo que pasa por allí el teléfono de RadioTaxi.

El taxista que me recoge es un taxista melancólico y su conversación me recuerda a Millás, no sé si por Millás o por sus relatos sobre taxis y taxistas. Como me siento bien y despierto estoy tentado de decirle que dé un rodeo porque iniciamos, con la Torre Picasso como fugaz testigo presencial, un debate sobre los chavales de hoy en día y tal. Y caigo entonces en la cuenta de que ya estoy en el capítulo de hablar de los chavales de hoy en día y tal. Puntos suspensivos. En el hotel, me doy una ducha y busco el paquete de galletas de chocolate que había empezado por la tarde en el tren. En el televisor, el novio de Falete asegura, sudor en la frente, que nunca, nunca, ha sido novio de Falete y una periodista frunce el ceño y muerde la patilla de la gafa, como sumida en deliberaciones antes de emitir veredicto.

Espejo

David CastilloPasé el fin de semana en Madrid invitado por David y su familia y la experiencia fue muy reconfortante. Hubo tiempo para muchas cosas. Muchas cosas es relajarte frente al acuario al que David dedica tantas y tan minuciosas atenciones, contemplar el Guernica de Picasso en el Reina Sofía mientras afuera caen chuzos de punta, comer un pollo exquisito y tener una conversación tranquila en la buhardilla y así hasta que llega el domingo por la tarde y se acerca la hora de salida del tren. También es visionar por primera vez “@wendy”. Estreno. Lo habíamos pactado entre los dos en los tiempos de los ensayos, allá en el verano pasado: que veríamos el resultado los dos juntos, a solas, y luego haríamos un pase para la familia. Es lo lógico cuando el trabajo fue un mano a mano concienzudo. En el trayecto en tren hubo un par de veces que dirigí la vista hacia la mochila donde llevaba el disco duro que contenía el corto y me hice preguntas, claro, como por ejemplo cuándo sería el instante.

El instante fue pasada la media tarde del sábado, frente al monitor, en la habitación a oscuras, como dice Leopoldo Panero en unas letras de 1968: Peter Pan es sólo un nombre, un nombre para pronunciar a solas, con voz queda, en la habitación a oscuras. Reviví de una manera muy directa aquellos ensayos del verano en los instantes previos a visionar el resultado de todo ese trabajo, David a mi derecha, yo a su izquierda, ambos frente al monitor y ambos con una inquietud cómplice. Me costará olvidar la imagen de David viéndose a sí mismo, mirándose en un espejo en el que la imagen reflejada llegaba con unos meses de diferencia, hacia atrás o hacia adelante en el tiempo, según fuera el lado que mirases.

Al otro lado del espejo, David decía sus frases una tarde de septiembre que la cámara, que todo lo inventa, registró como si de una madrugada a la luz de la luna se tratara; en este lado del espejo, David movía los labios sin darse cuenta en un curioso playback silente que reproducía fielmente lo que él mismo hablaba en la pantalla. Mientras lo hacía, unas lágrimas le resbalaban por la mejilla y yo me preguntaba qué razones llevan a la memoria para conservar intactas 740 palabras. El fundido en negro final puso una luz en alguna parte de los dos después de compartir unos segundos de silencio, un abrazo que anunciaba y celebraba la llegada a la meta y un intercambio de impresiones posterior que, según observé, transcurrió en un tono casi susurrante. Luego hicimos el pase para la familia, sentados ellos, quedándonos de pie en la retaguardia nosotros, y nueve minutos y veintiún segundos después los abrazos, las sonrisas y las emociones se hicieron plurales. Ahora ya lo podrá ver quien quiera y decir lo que quiera al respecto. Para nosotros, “@wendy” tiene un significado particular y creo que compartimos la sensación de que el destino lo dispuso todo para que coincidiéramos porque nos teníamos que encontrar. Encontrarse en el poema de la pérdida que es “@wendy” no deja de ser curioso. Mirar en el espejo del otro devuelve una imagen nítida de uno mismo. Eso es lo que aprendes cuanto estudias el guión.

@david

David CastilloMi regalo de navidad, este año, no llegó el 25 de diciembre sino que lo hizo con antelación, el 25 de agosto, el día que conocí a David. Nada más saludarnos en la recepción de un hotel en Madrid me di cuenta de que no estaba ante el actor que fue Bernardo en “Cachorro” y que tanto me conmovió, ni con el habitante de ese entrañable barrio catódico y dominical que semanalmante me pone la sonrisa en los labios, sino que estaba ante la persona que era actor, y que era un chaval, más chaval todavía de lo esperado, tímido pero con la sonrisa franca, nervioso pero con las ganas puestas. Fue conocerlo y reconocerlo. A lo largo de aquella mañana que se supone era de ensayo y que en realidad fue un hablar de esto y aquello encaminado a prepararnos para encontrar, en algún rincón de la conversación, al personaje que iba a suponer todo un reto para él, un Peter Pan adolescente que ha decidido embarcarse en la aventura de crecer para perderse en la soledad de una habitación vacía, en la penumbra de la madrugada, a solas ante la cámara, percibí rasgos de una familiaridad que a ratos me sorprendía, a ratos me obligaba a reprimir una risa y a ratos me conmovía. Las biografías de ambos eran obviamente distintas pero había detalles en la forma de expresar las cosas, de sentirlas, en la manera de observar, en la de preguntar, en un momentáneo eclipse de la mirada, en la complicidad ante una ironía dejada caer sobre la mesa a ver qué pasaba, en la forma de tomar las cosas, de temer a las cosas y seguro que en algún que otro etcétera igualmente familiares con los que me identifiqué plenamente cuando yo tenía su edad. Y creo que eso fue lo que produjo una conexión inmediata entre los dos: la complicidad mediante el entendimiento.

Durante el trabajo intenso a lo largo del final del verano, al salir al encuentro del personaje, creo que David salió de alguna manera al encuentro de sí mismo y yo estuve allí para observarle, intentando ayudarle si era necesario. No es fácil descubrir que ya no hay dibujos en las paredes. Nunca lo ha sido. El regalo que supuso conocer a David no vino sólo porque se prestó y se dejó la piel en encarnar una ficción bajo cuyo disfraz me escondía y me expresaba yo mismo sino en descubrir a un ser humano con la capacidad de desarmar. David desarma por lo que dice y por cómo lo dice, por ir con el corazón en la mano, por tener los pies en la tierra, por ser consciente de lo que hay que ser consciente, por ser un luchador, por su prudencia sensata, por su imprudencia sana y adolescente, por su humor, su sensibilidad, su honradez en asumir sus errores y su rapidez de reflejos para sacar provecho de ellos, su honestidad, su humildad, su fortaleza y su vulnerabilidad, por todo aquello que le dibuja y que es imposible que te deje indiferente. A David es imposible no quererlo y yo tuve la suerte de encontrármelo, de trabajar juntos para un corto y que al decir corten se quedara.

De alguna manera ahora ejerzo de hermano mayor y él de hermano pequeño. Me sigue desarmando igual que en aquellos ensayos porque es capaz de llamarte y de sacar de sí una frase de una madurez aleccionadora como soltar una ocurrencia de niño que sonríe al mundo de día y teme que llegue la oscuridad de la noche. Todos cuando hemos sido adolescentes hemos buscado referentes adultos. Si yo, tal vez, pueda que lo esté siendo de alguna forma, no es porque me haya presentado ante él como alguien que camina sobre seguro. Creo que si David me quiere por algo es por lo que soy, un ser imperfecto, porque sabe que tengo mis blancos y mis eclipses, porque me ha visto arriba y me ha visto abajo, y no me ha dado vergüenza decirle entonces que tenía un poco de vergüenza o decirle que no pasa nada y que estoy de guardia por lo que pueda necesitar. Con David te ríes o se te pone un nudo en la garganta y en ambas cosas se te pone una sonrisa. Y eso le pone contento, no pide otra cosa que eso, que estés contento. Lo consigue con un mensaje, con una llamada, con un abrazo o con una ocurrencia.

Al igual que el Peter Pan moderno que tuvo que encarnar, hay en él una parte de niño que tiene temor a los cambios que depara crecer y yo le recuerdo con frecuencia que las personas crecen pero que la esencia permanece intacta. El día 25 de agosto yo esperaba nervioso en la recepción de un hotel sin saber todavía que era mi 25 de diciembre, sopesando la posibilidad de encontrarme con un niñato que salía en la tele y que vendría con ínfulas de estrella (fugaz o no) y verás tú. Y de pronto me encontré con David. Así, ya está. Y es difícil explicarlo (menos mal que hubo quien lo puede atestiguar) pero muy de vez en cuando te encuentras con alguien e inmediatamente algo por dentro te dice ay, no un ay de temor, de esos de madre mía, no, sino un ay de los que nacen del sentimiento más puro, de los que reconfortan y te dicen que has encontrado a una persona que ha nacido con el don de poner una pequeña luz. Eso es un regalo. Ese fue mi regalo. Y lo cuido mucho y sabe que lo voy a seguir cuidando igual, da igual lo que pase cuando el calendario pase.

Teaser

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“@Wendy”. Teaser de audio. David Castillo.

(Hay que cerrar los ojos para imaginar una pantalla en negro y subir el volumen. Más)

Comunicación

En el set de rodaje de “@Wendy”, el pasado septiembre, en el decorado cuidadosamente descuidado que, por exigencias del guión, precisa de una habitación habitada por el tiempo y olvidada de todos.

Los técnicos ultiman los preparativos de la siguiente escena y trasladan luces y hablan entre ellos pero resulta fácil preparar a David para la escena más difícil porque lo que muestran esos ojos que te miran como con temor es en realidad una entrega incondicional. Por eso es suficiente usar un hilo de voz, dibujar en el aire cuatro frases y encontrar en el breve silencio posterior el asentimiento. La mayor certeza, la comunicación más honda, te la da ese silencio cuyo significado percibes nítidamente. Luego viene el agradecimiento en el rostro relajado que te sonríe, que esa es otra de las cualidades de David, el agradecimiento profundo, y aún después el lenguaje de las manos buscando otras manos pone la rúbrica de la complicidad. Sólo entonces llega el momento de la concentración en solitario y aunque me retiro, lo hago en apariencia: aunque me aleje unos metros, el hilo invisible por el que fluye todo lo vivido, lo hablado, lo puesto en común y, sobre todo, el aliento y el ánimo incesante sigue enviando señales, sigue emitiendo latidos.

Así todavía hoy.

Un día fuí al encuentro del actor y descubrí, con sorpresa, a mi alter ego. Puedo decir por tanto que el día que lo conocí, lo reconocí. Y el instinto, que había hecho su apuesta tiempo atrás, respiró con satisfacción. Lo que no podía decirme el instinto es que iba a encontrarme con un ser humano excepcional. David pertenece a esa clase de personas que llega para quedarse en el corazón. En eso estamos de acuerdo todos los que hemos tenido la fortuna de encontrarlo en el camino.