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Palabras

Como estos días no me salen las palabras, le he pedido a Lindsay reanudar las clases por si acaso va y me salen en inglés. Puede pasar. Al menos así vino ocurriendo en las clases que dimos hasta el paréntesis navideño en el que a mí me dio por quedarme mudo poco a poco y ella se fue a su pueblo. Para ir al pueblo de Lindsay hay que coger un avión y cruzar un océano pero llegas allí y hay un pueblo, como los que veo pasar cuando voy en autobús, obediente, a su casa/clase, todas las semanas, cien kilómetros para allá, cien kilómetros para acá, y el iPod poniendo banda sonora al viaje. Menos mal el iPod porque al menos el repertorio es aleatorio; el paisaje no tiene activada esa función.

Al regresar de uno de los últimos viajes, una tarde que casi era ya noche, miraba la niebla a través de la ventana y en ese momento sonó el Ave Maris Stella de Javier Busto y se me saltaron las lágrimas. Creo que ya lo dije. Lo que no dije es que en el autobús no viajaba casi nadie y una chica cabeceaba al otro lado del pasillo, dos asientos más adelante. Me pregunté si lo que hizo que se me saltaran las lágrimas fue lo que Javier Busto compuso o la interpretación que estaban haciendo, dentro del iPod, los componentes del Regensburger Domspatzem, un coro de nombre muy árido y difícil de pronunciar, más que el inglés que escucho en casa de Lindsay, y eso es porque es alemán. Si Lindsay enseñara alemán igual no iba en el autobús ni se me saltaban las lágrimas  provocando el dilema Busto o Regensburger. De hecho, si Lindsay enseñara alemán es probable también que se llamara Helga. No es lo mismo.

Pero las lágrimas. Es curioso que un grupo con un nombre de cactus suene tan suave, sobre todo en esta obra. Deslicé el dedo por la superficie del iPod y con una caricia del índice hice volver a sonar el Ave Maris Stella. Sonó igual, la misma perfección en la emisión de las voces, el alma puesta al unísono y al servicio de esas notas, y algo por mis adentros poniendo cara de asombro. Al llegar a casa me senté ante el ordenador y desde estas mismas teclas le escribí a Javier Busto. Tengo la costumbre de agradecer las cosas que me conmueven, costumbre que debe ser muy rara porque, por lo visto, la gente está acostumbrada a escribir cuando hay motivo para despotricar. Respondió muy amablemente lo cual es también de agradecer sobre todo porque debe ser un hombre muy ocupado: es médico y compositor. Yo soy paciente y compositor entre comillas; y ocupado no sé, pero preocupado muchas veces. Desde entonces hemos intercambiado unos mails estableciendo una comunicación de palabras pulsadas. No sé si me habría sentido con fuerzas de hacerlo con palabras sonoras. A Busto le presiento como un hombre con energía porque los adjetivos los suele poner en mayúscula mientras que yo me he sentido minúsculo en casa y en los días algún que otro rato.

Últimamente, sin embargo, no me preocupa nada. O quizá me preocupa todo y, como en los días de niebla, no distingo contornos. Se han ido las palabras, las ganas de palabras y la música pero creo que este post va saliendo porque, aunque no se vea y no lo pueda demostrar, llevo puestos los auriculares y a través de ellos está sonando el Ave Maris Stella. No me entero de mucho, ni del post ni de la música, porque sabido es que o hago una cosa o hago la otra pero las dos a la vez no porque no tengo dual core, con un corazón basta; pero observo que los dedos se van deslizando sin pereza por las teclas (aunque quizá diciendo vaguedades) y que mientras tanto en los oídos hay una sensación agradable, un murmullo reconfortante que no se concreta en algo preciso pero sí precioso. A veces la música actúa como cuando miras la niebla y los ojos, que no saben dónde posarse, se quedan suspendidos en la nada, flotando en ausencia de gravedad o de mayores complicaciones.

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Javier Busto: “Ave maris stella” (fragmento).
Regensburger Domspatzem.
Extraído del cd “Pacem” (Glissando, 2001)

Kantoria

“La Kantoría”, el coro formado por las voces femeninas provenientes de Kantika, ha resultado ganadora en todas las categorías del Gran Premio Nacional de Canto Coral que se ha celebrado este fin de semana en Zumárraga. Quede aquí constancia de la noticia, cuando todavía está fresca (y pasada por agua, que este fin de semana llueve torrencialmente por allá) con todo afecto y cariño, que luego me escriben y me riñen (cariñosamente) porque dicen (con razón) que no me acuerdo de ellas. Lo que no saben es que Basilio Astúlez, su director, lleva en la cartera una partitura mía para ellas para el próximo curso. Queda por saber si entonces me reñirán con más motivo o no, pero no importa. Hoy es día de alegría y de sentirnos orgullosos de ellas, que se lo han ganado a pulso, que han trabajado lo que nadie se puede imaginar, que lo sé bien.

Un beso para todas, para Alba, Mónica, Susana… (que mantiene un canal en YouTube del que enlazo esta grabación del 2006 tomada por las cámaras de Euskal Telebista en el Palacio Euskalduna de Bilbao como final de un acto institucional. Atención al final, a la hermosísima armonización del Agur Jaunak. Tiene que estar la mano de Javier Busto detrás, fijo). En fin, para todas (y para el jefe) la enhorabuena más cariñosa desde aquí.