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Requiem

Requiem alemánTras el fallecimiento de Robert Schumann, en el verano de 1856, Johannes Brahms esbozó unos compases sobre el versículo de Mateo “Bienaventurados los que padecen pues ellos serán consolados”. Uno piensa en el trágico deterioro que sufrió Schumann a raíz de su enfermedad mental y en la inquebrantable firmeza de Brahms, fiel amigo hasta el último instante, y este versículo tallado en música (y qué música) cobra todo sentido y sentimiento y nos deja sobrecogidos. Años después, otro fallecimiento, esta vez el de la madre de Brahms, le llevará a retomar y culminar la composición de “Un Requiem Alemán”, obra imponente, sobria, podríamos utilizar el adjetivo “brahmsiana” y no sería una mera redundancia sino un ejercicio de economía, porque Brahms, todo lo que Brahms buscaba y encontraba en música, está ahí. O aquí, porque tengo reciente su revisión.

La composición consta de 7 movimientos que van tornando la gravedad y el dramatismo inicial predominante en serenidad y cuyos textos reflexionan sobre la muerte y se abren a la creencia consoladora y reconfortante de la resurrección. No es una misa de difuntos puesta en música. Ni siquiera es propiamente música religiosa. Es una obra de concierto de resonancias espirituales o una sinfonía vocal, como antes lo fue por unos instantes la novena de Beethoven y como después, y de qué manera, la octava de Mahler. Pero aquí hay un ay que surge de un atractivo entramado sonoro donde la pincelada épica, el susurro intimista, la característica melodía brahmsiana de amplios y líricos vuelos y las ocasionales reminiscencias arcaicas dan forma a una obra profunda y conmovedora.

Bajo la batuta de Herbert von Karajan, forjador de un sonido orquestal y coral muy particular, la obra encuentra especial acomodo. Y lo mismo se puede decir de él, que se encuentra muy cómodo recorriendo los pasillos de cada una de las estancias que componen este Requiem Alemán. Es fascinante lo de este hombre subido al podio en el Olimpo de ese dios único que es él mismo, primero para sí mismo, luego para los demás. Es fascinante porque es plenamente consciente de la capacidad de fascinación en los otros y se entrega a la labor de una manera asombrosa. No se puede decir que Karajan ponga la música a su servicio sin antes advertir que, previamente a que la cámara se ponga a grabar o que los asistentes a un concierto se sienten en sus butacas, ha sido él quien lo ha hecho. Momentáneamente. Es después cuando pasa a su servicio, tras haberle dado forma indefectiblemente hermosa y ponerle su sello de perfección y apasionamiento, arrebatado y contenido a un tiempo, marca de la casa.

Karajan es ante sus músicos en el ensayo lo que Chaplin en la pantalla tras la cámara: el hombre menudo de movimientos rápidos que todo lo controla y lo manipula. En las numerosas filmaciones que van saliendo de los archivos de Deutsche Grammophon leemos su nombre en los títulos de crédito hasta tres veces, las tres con rango de director aunque puntualizando tareas: director musical, director artístico y director sin más (director sin más puede que sea realizador y, de paso, una forma de reconocerse único director en todos los sentidos).

Cada plano, cada ángulo, cada inserto trucado, la estética en la disposición orquestal y, sobre todo, su propio gesto estudiado al milímetro, de una teatralidad épica, provoca una atracción poderosa. Tal es la pasión y la veracidad con la que Karajan interpreta el papel que se escribió a sí mismo, luego de rendir tributo a la música y, de paso, dejarnos en herencia semejantes regalos, como este Requiem Alemán de Brahms filmado en directo con público (cosa no muy habitual cuando de dejar un documento a la posteridad se trataba) en 1978. Karajan dirige principalmente a los Wiener Singverein, con Gundula Janowitz y José Van Dam como solistas de excepción, mientras que su Filarmónica de Berlín parece estar un poco a un lado de su atención: su boca musita la integridad del texto, sus manos mueven los dedos y se alzan por encima de los hombros al tiempo que los brazos se extienden hacia la masa coral, porque allí está el corazón palpitante de esta obra excepcional, cántico espiritual de Brahms.

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Cello

A Iván.

Dice André Previn que Mozart trató de forma individual todos los instrumentos de una manera técnicamente perfecta y hasta con un cuidado físico a excepción del cello. No es que lo tratara mal, es que no lo trató mirándole a los ojos. Dicho de otra manera: el milagro mozartiano no vibró en las cuerdas del cello.

Fue Brahms quien ideó una melodía absolutamente maravillosa, de un lirismo arrollador y al mismo tiempo tan delicada, que la introdujo con cuidado en mitad de un concierto para piano y orquesta, como quien mete entre algodones una cosa muy frágil, temeroso de que se rompa. El oyente que transita el segundo concierto para piano de Brahms se encuentra, al llegar al tercer movimiento, con un pequeño concierto para cello y orquesta sin que el piano se muestre molesto ni siquiera un poco celoso, sino colaborador. El piano solista se convierte allí en eco sombra de una melodía de vuelo amplio, inagotable y llena de matices, de gemidos, de suspiros, de alientos contenidos, caídas súbitas y ascensos impetuosos que el cello entona principalmente en la región de los agudos, allá en las cumbres donde su garganta vibra para decirnos ay. Cuando Brahms hace esas cosas es muy probable que se nos ponga la carne de gallina.

Curiosamente, el encabezado de este movimiento carece de adjetivación, tan Brahmsiana ella. Si el allegro que le precede es appassionato y el allegreto que le sigue es grazioso, este andante anda a secas, andante y andando, ahí te las entiendas. Eso ocurre cuando las palabras se quedan escasas para explicar, indicar, dar una pista. Llega un momento en que uno tira la toalla y dice, andante, y ya está, no se sabe si confiando en que la propia música se explique o confiando en la sensibilidad del intérprete y que su gusto no sea de nuestro disgusto.

La pieza está llena de ingeniosidades compositivas que sirven de soporte y andamiaje a la profunda inspiración, como que el contracanto que acompaña al cello al comienzo se convierta finalmente en canto (y encanto) del cello sin que nada se ponga en contra a excepción del piano, que entonces acompaña vestido con un motivo que antes había lucido en exclusiva. Parece un rompecabezas pero eso no tiene ninguna importancia. De este concierto dentro de otro concierto se puede decir que nos duele en el alma y con eso le estamos diciendo a la cara una cosa bonita y además verdadera. Es el eterno enigma que acompaña a la belleza cuando nos sale de golpe al paso: decimos ay y hay algo por dentro que se regocija hasta lo indecible aunque se nos salte una lágrima.

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Integral

Estuvo brillante Anne Sophie Mutter ayer en Pamplona desplegando la integral de las Sonatas para violín y piano de Brahms con decisión y aliento poético. Hace falta un par de bemoles para entregarse a la tarea y algo más que eso para hacerlo con ese sonido tan bello. Ese “algo” es la palabra borrosa que separa a un gran intérprete de un intérprete genial, el misterioso pasillo por el que sólo acertamos a ver luz al final, luz inexplicable que nos deslumbra, luz que emana de unos pocos a cuyo calor nos acercamos los demás: esa lumbre misteriosa es alimento para el espíritu. A eso se refería Gerardo Diego en estos versos:

Yo, arrebatado de desesperanzas,
música tuya adentro sigo y sigo
y no sé si mis dedos -ay- la rozan”

(Soneto a Robert Schumann)

Quizá no la rocen pero la sentimos y asentimos a esa certeza un poco enmudecidos. Son necesarias muchas cosas para salir airosos de un programa como el de ayer: dominio técnico, sólida visión de conjunto del mapa de la geografía brahmsiana, capacidad de concentración y resistencia física, enorme sensibilidad y entrega. Entrega honesta. Tocar con la disposición de quien trae de ese bosque frondoso unas flores para tí: hacerlo con dedicación. Eso es lo que hizo la Mutter ayer, tras pasar un poco de puntillas la Sonata segunda que sirvió de calentamiento y de tanteo ante un público que se mostró un poco frío al principio. A partir de ahí todo cambió para regalarnos un resto de recital que quedará en nuestro recuerdo, ante todo, como hermoso. La bella música de Brahms, de melancolías impetuosas, parajes densos y claros en el bosque, interpretada de una manera hermosa, honda y natural a un tiempo. Si además el diálogo con el acompañante (el pianista Lambert Orkis) se establece en términos de complicidad, la cosa queda redonda.

Es difícil permanecer indiferente a la poética brahmsiana, sobre todo cuando se nos ofrece de una manera tan diáfana y directa.

Coda al programa: el multimillonario y faraónico Auditorio “Baluarte” de Pamplona es una decepción desconcertante; por fuera promete pero por dentro es feo a más no poder, de concepción provinciana y estética setentera: no se puede a estas alturas diseñar una sala que parece un cine de los de antes, flanqueando el cuadro por cortinajes en zig zag por arrriba y por los lados, creando un escenario en el que los músicos parecen estar en la final de un “Gente Joven” de los de Marisa Abad de la tele de aquellos tiempos, coño. Y esos incomodísimos asientos rojos como de skay (al menos lo parece) son un enigma: uno podría pensar que son un capricho del diseñador queriéndolos integrar en el conjunto, pero es que son feos, incómodos y no tienen cabida posible en el pentagrama. No entiendo cómo un edificio que por fuera muestra lo que muestra, por dentro es como un cine jesuítico de domingo por la tarde.

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