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Mirada

Resulta muy curioso pasar al otro lado de la pantalla para ver cómo nos ven desde allí. Cómo se ve este blog en otras pantallas y cómo lo interpreta quien lo ve. Así lo hizo Marcos en su día y, a los días, mi mala cabeza lo dejó en la estantería de “pendientes de publicación”. Desde ahora deja la sala de espera, que ya es hora.

Gracias, Marcos.

Alturas

Sentado en el sofá y mirando al frente, al otro lado de la ventana del televisor el incombustible presentador del concurso de todos los días y todos los lustros hace preguntas y espera respuestas. A la izquierda, al otro lado de la ventana de cristal, el cielo sigue jugando al ahora te mojo ahora no. En el regazo, la ventana de la tableta digital me muestra el contenido de la bandeja del correo electrónico, los titulares de la prensa y todo el etcétera al que se pued acceder sólo con deslizar un dedo. Qué cosas. Solía decir Gloria-madre que le sigue maravillando pensar que de dentro de la cajita que te has llevado a la almohada, en una noche de insomnio, puedan salir voces, diálogos, canciones. Me acuerdo de eso y sonrío y, de paso, me acuerdo de Gloria-madre a la que tengo que llamar un día de estos, por cierto, y entre una cosa y otra lo ando posponiendo.

Ventanas, sí. Mires a donde mires, infinitos mundos se presentan a tus ojos. Uno se pregunta si un Nostradamus medieval, en el caleidoscopio de sus visiones, incluiría estos canales de subrealidad y de hiperrealidad, que de todo hay, y admira la templanza que hay que tener para transcribirlo en cuartetas, con su rima y todo. Admirable. Entraremos en el post de hoy o no. Claro. Pero es la actitud contemplativa de estos días festivos de hogar, reposo, chaparrones, arco iris, canto de pájaros, lecturas y alucine, sea cual sea la ventana a la que te asomes, la que ralentiza las cosas.

Ahora, por ejemplo, desde la ventana del televisor el incombustible presentador se despide hasta la próxima edición, en la ventana de toda la vida vuelve a nublarse el sol y la ventana de la tableta digital que tengo en las rodillas ha llamado al cristal en forma de notificación y me tiene en un asombro como de Gloria-madre porque una cámara, varias en realidad, está mostrando en directo imágenes de la Zona Cero de Manhattan, en una mañana luminosa de primavera. Allí no es fiesta pero están celebrando algo. Dentro de unos minutos, el nuevo rascacielos del World Trade Center va a arrebatar al Empire State su condición de edificio más alto, casi once años después. A esto los americanos le dan mucho rollo americano, ya sabemos cómo son, pero las circunstancias, el simbolismo y lo vistoso del acto hacen del asunto un espectáculo muy curioso, la verdad, por eso estoy aquí (aquí o ahí?) mirando y rescatando imágenes.

La responsable de todo es esta viga de acero que, hace unos minutos, los obreros que trabajan allí han querido firmar antes de que parta hacia las alturas. A pesar de los nombres, las siluetas de manos, las fechas, las citas del tipo nombre más corazón más nombre y todo lo que sea firmable en una viga de acero, queda bien a la vista una cifra en dígitos grandes: 1271. Y en pequeño figura la abreviatura “ft”. Se refiere a que cuando la grúa ice esa viga y la ponga erecta en lo alto del edificio que hace de guardian de la ahora apacible zona donde en su momento se levantaron las Torres Gemelas, se alcanzará la altura de 1271 pies, que son muchos metros, los suficientes para que, por unos centímetros, se cruce la barrera invisible que desbanca al Empire State como techo de la ciudad. No importa mucho, en realidad: el ascenso a la planta 102 del viejo rascacielos donde se encuentra el observatorio desde el que se divisa todo lo divisable seguirá recibiendo a millones de turistas y generando una fortuna ingente de ingresos. No es para menos: no todos los edificios pueden presumir de haber servido de árbol de un simio gigante en los tiempos del blanco y negro, o de haber hecho que Kim Novak y James Stewart se besaran en el amanecer gélido y solitario de una mañana de Navidad en Technicolor y así un largo etcétera.

Desde hace unos minutos, el encanto estético e histórico del imponente edificio art decó y el simbolismo representado por esta nueva torre de vidrio, tan moderna y estilizada, cursarán con un frenesí de negociaciones de fondo que no aparecen en las guías turísticas, a saber, la pugna por hacerse con el emplazamiento de las antenas que emiten la señal de radio y televisión que son cosa cotizadísima, quizá porque los sueños vienen de las nubes y a esta ciudad, y a todas las ciudades del mundo, les hace falta soñar. No es sueño, sin embargo, ni espejismo de oráculo lo que aparece enmarcado en la ventana de la tableta digital. Son imágenes en movimiento desde una megalópolis en una mañana de primavera muy azul sin que hayas tenido que subirte a un avión y cruzar 5700 kilómetros de océano. Sentado desde el sofá, las cámaras muestran a una grúa elevando la viga de acero que, una vez plantada en lo que va a ser el piso cien del edificio nuevo del World Trade Center, vendrá a ser el banderín que clavaban los antiguos conquistadores cuando alcanzaban una meta. Ni siquiera tienes que levantar la cabeza, como están haciendo los ciudadanos, curiosos, obreros, turistas y taxistas que pasan por allá. En este momento curioso, simbólico, atracción enésima de una ciudad que es toda ella atracción en sesión continua, uno se pregunta, mientras lee que aún quedan altura y metros desde esta viga hacia arriba, tantos como para superar los 500, muy lejos de los trecientos y mucho de su vecino, qué habrá sido de esa promesa, enfáticamente reiterada, de que la época de esas verticalidades monstruosas son cosa del pasado porque este presente incierto y tan inseguro no podía saber, cuando aún era futuro, que las cosas serían así.

Clic en esta foto para verla a tamaño grande. Merece la pena

Reflexión

Existe un problema, generado por el uso generalizado de las redes sociales, que ha conseguido que disminuyan el número de enlaces entre blogs y, por consiguiente, que disminuya el contenido en la red. El tema es interesante ya que la tendencia apunta a que somos nosotros mismos quienes estamos haciendo que el entramado de la red que nos unía sea cada vez más débil. Los enlaces en las redes sociales, además de por su permanencia fugaz, no generan contenido dentro de Internet ya que son obviados por los buscadores…”

Leído aquí citando a este post. Enrique Vila-Matas lo recoge hoy, a su vez, en El País.

Profecías

Una mañana mitológica, en el claro de un bosque frondoso, pongamos por caso, algún profeta habría que, dirigiéndose con pasos de sandalia hacia el oráculo, se asomaría al espejo del agua para conjugar el porvenir, verbo futuro donde los haya. Vería entonces a gentes atemorizadas de otras gentes, apiñadas una sobre otra en grandes cuevas verticales. Vería -sin verla- que la vida gira en torno a una bolsa con be mayúscula, de volumen, material, contorno y textura desconocidos pero que latiría marcando el ritmo de la existencia, ahora llenándose, ahora vaciándose.

Vería cosas increíbles que nadie más habría visto, más allá de la constelación de Orión. Vería el Metro de Madrid, el chicle de fresa, las mantillas de Semana Santa, a Mario Vaquerizo, la asignatura de Técnicas de Intervención Cognitivo-Conductuales II, a unos niños hiperalimentados pintando un mural sobre el hambre en el mundo durante la catequesis, a la MTV, actores progres con criada filipina en su mansión, a la Unión Europea, el Tuenti, el inquietante tinte caoba del presentador de la tertulia de Intereconomía, la derecha y la izquierda, los sucedáneos de pescado con sabor a cangrejo, a bichos extraños con cuerpo de cangrejo y cabeza de diputado como asegurará haber visto Woody Allen con unas gafas que, a simple vista, infunden credibilidad; a los niños soldado, la misa de siete, los brokers, el misterio de Ylenia Carrisi, la reforma laboral, el egoísmo sordo y ciego (y contagioso), la condonación de la deuda de la deuda de los intereses de la deuda, la duda de los que adeudan, la deuda de los que dudan, las palomitas de colores, el representante de Belén Esteban en la tierra, la tranquilidad y la confianza de las gentes en el progreso certificada por unos teléfonos inteligentes fabricados por personas en condiciones de cucaracha, el edredoning, el drama de las colas del paro, el drama de las colas ante el nuevo iPhone para hacerse con el primero, el Carrusel Deportivo, salchichas de silicona dentro de los labios, cualquier domingo por la tarde, el burka, Nati Abascal, Silvio Berlusconi, las listas de espera, los robots humanos de Corea del Norte, las nuevas Lay´s sabor barbacoa, la externalización de los informativos, un modisto francés abanicándose el botox, el retiro de los banqueros, la soledad de los números primos, Kiko Rivera sentado en un trono entre aplausos de sus súbditos, el número de atención al cliente de MoviStar, la deconstrucción gastronómica, el cierre de ambulatorios, el descaro de los políticos, los trajes de los políticos, el desolador murmullo del vestíbulo de la Estación de Atocha cualquier día a cualquier hora, Angela Merkel, el paro de contrato indefinido, los comedores de los colegios, la quema de calorías en los gimnasios, las agencias de calificación, las agencias de descalificación, los ansiolíticos, la meditación, el cibersexo, los consejos de ministros, el capitán Alatriste, el cambio de divisas, el desahucio, las gafas de 3D, las votaciones de Eurovisión, la nanotecnología, un billete de turista para un viaje espacial, la falta de vacunas, las pantallas táctiles sin que su consumación sea pecado, la mentira como herramienta de supervivencia, la resignación en los atascos.

El profeta vería estas cosas y agitaría con su mano la superficie del agua para turbarla intentando hacer desaparecer la nefasta visión. Después de eso, a quién podría extrañarle que dictaminase una fecha para el fin de los tiempos.

Nocturno (II)

Nocturno del Brooklyn Bridge, Federico García Lorca

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano
que se queja tres años
porque tiene un paisaje seco en la rodilla;
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.

No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.
Pero no hay olvido, ni sueño:
carne viva. Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso
y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros.

Un día
los caballos vivirán en las tabernas
y las hormigas furiosas
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.

Otro día
veremos la resurrección de las mariposas disecadas
y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,
a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente
o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,
donde espera la dentadura del oso,
donde espera la mano momificada del niño
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Pero si alguien cierra los ojos,
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!

Haya un panorama de ojos abiertos
y amargas llagas encendidas.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
Ya lo he dicho.
No duerme nadie.
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
abrid los escotillones para que vea bajo la luna
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.