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Muertos

American Horror StoryAviso: este post revela tramas. Cuidado. Quien quiera seguir leyendo, avisado queda. Dicho esto, empezamos. Los minutos iniciales del episodio piloto de “American Horror Story” contienen una impecable secuencia que, al mismo tiempo, juega hasta con cierto descaro, por abundantes y explícitos, con guiños y referencias del género de terror. Quiero decir que no sólo nos presenta un arranque tópico y típico (una mansión de los años 20 en el soleado Los Angeles en la que tuvo lugar una tragedia en algún momento del pasado y adonde acude a vivir, desde Boston, una familia) sino que al hacerlo, se vale de elementos que nos recuerdan a tal película, a tal secuencia, a tal episodio de tal serie, ya sea por una frase dicha, por la presencia de un personaje arquetípico o por un motivo musical. Y, sin embargo, no es parodia lo que estamos viendo. Es el prometedor arranque de una narración que, pronto, nos convence de que si hace eso no es por falta de ideas sino que sobre lo de siempre, está dispuesta a construir algo sobre dos conceptos: posibilidades (muchas) y desarrollo (original y de gran recorrido). Y lo hace en doce entregas de 45 minutos que son los que conforman la primera temporada de una de las series revelación del año que se consumen con inquietud, curiosidad y desasosiego permanente.

Entra la cámara en esa mansión, entramos nosotros tras ella agazapados por lo que pueda pasar, y el montaje de las imágenes es rápido, no escatima en tomas ni en ángulos; a veces el plano trastabilla unos fotogramas, como si la cámara tiritara de miedo, o parpadeara de forma nerviosa. Tensión. Pasan cosas y pasan pronto; pasan en pasado y se solapan con el presente. Y con ese campo abonado, fértil, amplio, escuchamos la llegada de la familia, estamos nosotros en la casa para recibirles, como si fuéramos anfitriones. No sabemos, nos lo revelará la propia historia (americana, de horror), que algo de eso va en la receta de la serie: “estar” en la casa, “ser” de la casa. La casa, la mansión, trasunto de la casa encantada de tantas historias de terror (americanas o no), es un organismo con vida propia. Llega la familia y el andamiaje de la historia se completa con un casting perfecto. Establecidas las premisas, el decorado y los personajes, falta lo mejor: empezar a jugar a un juego perverso movido por una mente inteligente.

En el día a día de esta familia que ha cruzado el país de costa a costa para huir de su propia zozobra y empezar de nuevo, el esposo dedicando una estancia a su consulta privada de psiquiatría, la esposa intentando quitar el manto rancio de tanta mansión con ayuda de Moira, la asistenta, la hija adolescente encerrada en su habitación adolescente escuchando su música adolescente mientras se pinta las uñas de las manos de color adolescente; en el día a día, decía, comienza a aparecer gente: el paciente de la consulta, la pareja de decoradores de interiores, una amante despechada, los niños del vecindario. Y sorprende la habilidad de los guionistas en hacer natural el tránsito in crescendo de tanta gente que viene pero no se va, en hacer natural que los vecinos transiten la casa a cualquier hora como si no hubiera puerta y que lo hagan tanto si están los propietarios o no. Antes de que el espectador caiga en la cuenta, algo abrumado, de que la mansión se ha poblado de gente como en aquel camarote de los hermanos Marx, recibe el gran shock: están muertos. Muertos y bien muertos, aunque parezcan y aparezcan vivos y coleando. No hay apariciones espectrales, sábanas blancas, transparencias, no; no hay distinción, en la pantalla de “American Horror Story”, entre los vivos y los muertos, de tal manera que los muertos hablan, se enamoran, discuten y copulan con los vivos creando una desazón extraña y nueva en el espectador que no aparta la mirada porque sabe que lo próximo será del todo inesperado y sorprendente. Lo novedoso sazonado con esos guiños y referencias a las que antes aludía y que parecen la burla condescendiente que el narrador de la historia de fantasmas hace a sus sobrecogidos oyentes.

Descomunal la presencia de Jessica Lange en esta serie. Las series son, en Hollywood, el limbo de las estrellas retiradas por la edad de la pantalla grande que lo quiere todo nuevo y sin arrugas. Lange aparece aquí más que viva y que muerta, aparece babyjanesca, polanskiana, agria y agrietada, tensadas las cuerdas de violín de su cuello, las mandíbulas prietas, histriónica e histérica, desencajada, vecina diabólica, cerebro de la trama. Elegante. Genial.

Suena el timbre de la mansión. Llega alguien. A esa casa, durante doce episodios, puede llegar quien quiera. Lo difícil es salir. Sus habitantes pertenecen a la casa.

Esperanzas

“Te dije que podía hacerte llorar”

Grandes EsperanzasNo fue por la lima. Fue por el trozo de pastel. Se lo dice el convicto Abel Magwitch a Pip: “el miedo te hizo traerme la lima para cortar los grilletes pero lo que te movió a traerme un trozo de ese pastel fue el corazón”. Un gesto así, tan pequeño pero suficiente como para haber prendido una luz en las tinieblas de Magwitch durante años lo explica todo. Ay. Durante tres noches consecutivas, esta pasada navidad, los telespectadores de la BBC One asistieron a la hipnótica y sobresaliente adaptación de “Grandes esperanzas” en formato miniserie. Mucho Dickens habrá este año, año conmemorativo, bicentenario del nacimiento de este hombre prolífico y misterioso, mucho, así nos lo cuenta el biógrafo Peter Ackroyd en su excelente y voluminosa monografía, “El observador solitario”, al fin traducida al castellano. Un huevo el precio, oiga, no es poética la expresión, ya lo sé, pero menos poético es lo que uno exclama cuando da la vuelta al tocho y ve la etiquetita con el precio. En fin, reyes, he sido bueno y tal. A lo que estamos. Las esperanzas. Grandes esperanzas. Fue Lidia la que me puso tras la pista de esta adaptación cuando aún quedaban ecos en el aire del pase por la tele inglesa y la red se llenó de cumplidos de esos que abren el apetito. Una vez degustado el asunto, yo me quedo con un adjetivo: hipnótica. Los ingleses hacen muy bien las series, hacen mejor las adaptaciones de lo suyo, pero aquí han hecho una cosa asombrosa, algo tocado por una varita mágica, una belleza que, sin embargo y por exigencias del guión, no tiene piedad, tiene frío, una cosa desolada, permítaseme el homenaje dickensiano en forma de juego semántico que además es certero en la descripción porque así son los hilos de la historia original que Dickens anuda y nos anuda en la garganta de manera ejemplar.

“Grandes esperanzas” habla del auge del niño Pip desde la pobreza en la herrería apartada en un lugar inhóspito a la alta aristocracia londinense. Esa es la bóveda de una historia sostenida por misteriosos benefactores, lóbregos lugares e intenciones y constantes dickensianas que aparecen aquí y allá como la injusticia de la justicia que reparte lo mejor de sí misma al mejor postor. Y la novia. Esta novia cadáver, la señorita Havisham, que nos recibe en la mansión sepulcro vagando con su polvoriento vestido de novia, recorriendo descalza las habitaciones podridas donde aguarda, fosilizado por el polvo y los relojes detenidos, su pastel de boda en la mesa del banquete todavía dispuesta, trastornada desde que recibió la nota en la que alguien se llevaba su corazón y su alma y la dejaba amortajada con las manos frías y las flores marchitas, los labios costrados como los elegantes espejos desconchados de los salones que reflejan lo que la luz que se filtra por las ventanas viene a desnudar con grosera intención, nos hipnotiza con su presencia ultraterrena, el halo de luz que la rodea, su voz, el tono de las palabras (susurro monocorde y gélido, frío lamento en forma de dulce letanía). Nos fascina y nos hipnotiza como lo hace a Pip la primera vez que es requerida su presencia en la mansión sin saber que la mano de la fortuna se va a posar sobre sus hombros.


Desciende como un espectro la novia por la gran escalinata y acaricia con la mirada maternal a Pip atormentando sus oídos hasta las lágrimas con voz de niña: “La agonía es exquisita, ¿verdad?. El corazón roto, crees que vas a morir pero sigues viviendo un día y otro día y otro terrible día”. Silencio absoluto por parte del espectador para quien el reloj también se detiene mientras la cámara está allí dentro, deslizándose por las estancias de esa casa encantada. Quedan, por supuesto, las demás cuestiones, esas que pareciendo paralelas confluyen para formar el todo impecable y perfecto de esta narración inolvidable: el asunto de los abogados, prosperar en los salones de la aristocracia, la felicidad y la herida del amor, los fantasmas que retornan, los esfuerzos por quitarse de las espaldas el peso de los orígenes. Y así durante muchas páginas.




“Grandes esperanzas”, como sus hermanas, fue publicada por entregas en “All the year round” desde el 1 de diciembre de 1860 hasta agosto de 1861 y posteriormente salió de imprenta en forma de voluminosa novela. En su versión por entregas, concluía siempre dejando al lector en vilo, así lo requería el género y así lo dispuso Dickens al trazar el plan maestro de la narración. Brilla aquí la adaptación hecha por la guionista Sarah Phelps pero, ¿qué no brilla aquí? La dirección de Brian Kirk, un casting perfecto, una ambientación impecable fotografiada con maestría. El universo que Dickens alienta dibujando palabras con la tinta puebla los lugares, enciende las emociones, enfrenta a los corazones, despide a los muertos, ansía los besos, derrama lágrimas, tiene miedo. Y esperanzas. Todos albergan esperanzas, grandes esperanzas. La esperanza de salir de la miseria, de prosperar, la esperanza de obtener el perdón, o la esperanza de creer en la bondad de quien un día, a pesar del miedo, quiso llevar un trozo de pastel al monstruo hambriento.

Lost

Last “Lost”.

En el momento en que tecleo estas líneas, medio planeta está contando los minutos que faltan para que este serial de seriales resuelva el complicado nudo de un enigma de seis años de duración. Los Dumas y Dickens, maestros del folletín, estarían muy complacidos de poder vivir en propia carne una experiencia semejante. En Tres Cantos, sede de Cuatro, la noche es movidita y no exenta de incertidumbres, así lo cuenta, lo está contando en directo en la red, Elena Sánchez, Directora de Contenidos de la cadena. Contra todo pronóstico, ABC/Disney dio el “sí” a emitir el episodio final conjuntamente vía satélite en directo. No es una medida para evitar la piratería. Se da por sentado desde hace tiempo que hay un segmento importante de las series que se consumen vía descarga. Es más: dime si me descargas y entonces seré para los jefes una serie a tener en cuenta. Así va la cosa. No es hoy esa la cuestión. La cuestión es el saber, el enterarse los primeros, el que no te lo cuenten, que han sido seis años de laberintos, coño. Acierto a comprender la emoción de ese ritual, gesto de fidelidad, homenaje y despedida. Para que sea posible hay que proceder a una operación delicada: hay treinta minutos para proceder al subtitulado del episodio final, de doble duración y sin publicidad, insertando en el vídeo el archivo digital que los contiene y que llegará a Madrid minutos antes de la emisión. Todo muy trasatlántico, muy globalizado, todo como muy acontecimiento NASA, ya se sabe, técnicos despiertos, movimientos en las salas de control de emisión, las preguntas de rigor: fallará la señal?, saldrá todo bien? y tal, todo muy galáctico…

Y yo perdido.

Quiero decir que me perdí en “Perdidos” a final de la primera temporada, ya ves, con lo serial que soy yo, pero así fue. Dije: nos encontraremos unas vacaciones de estas. Pero fueron pasando las vacaciones, aumentando los dvd´s encima de la mesa y nada. Así que formo parte de la población que no podemos abrir un periódico, ni escuchar una emisora (he tenido que apagar la SER durante la cena), ni echar un vistazo a Facebook, Twitter y ya verás mañana, porque será la cuestión más debatida.

No importa si mañana el euro se hunde para siempre. La gente está pendiente y dependiente del final de “Lost”, y es tal la maraña argumental que hay verdadero morbo por ver cómo se ventila el asunto. Habrá quien diga así se hace y habrá quien diga pues vaya timo, pero digan lo que digan, dirán, dejarán caer alusiones a cosas que a los que nos quedamos perdidos en la isla en la orilla del puzzle no nos sonarán de nada y, por eso mismo, ya nos fastidiará haberlo oído.

Los que nos perdimos en “Perdidos” estamos perdidos.

Enigma

Twin PeaksQuién mató a Laura Palmer? Escuchar esa pregunta formulada con insistencia en las promos de la tele de hace ahora 20 años nos intrigó muchísimo. Tras esa pregunta llegaba una cosa alucinante, una invitación a entrar en un universo inquietante y hermoso, sórdido y maravilloso a un tiempo. Era Twin Peaks, la incursión televisiva de David Lynch cuyo episodio piloto, firmado por él, dejó atónitos a los señores de ABC (la cadena de tv de allí, no el periódico de aquí). Cómo se da luz verde a algo que tiene una habitación roja, un enano que habla al revés, una muerta que se lleva la mano a la nariz en ademán seductor, sombras de aves que sobrevuelan el fondo a cámara lenta y una señora mayor que lleva un leño en el regazo y lo acaricia y te dice lo que va a pasar. Cómo se da luz verde a eso siendo lo que allí hay tan negro. Mintiendo un poco, quizá. A David Lynch le importaba un pimiento quién había matado a Laura Palmer. De hecho, al contrario de lo que le sucedería a un buen sabueso, lo estimulante del caso no estaba en satisfacer el enigma sino en el hecho de que la pregunta no tuviera respuesta posible. Lynch no es un detective, es un explorador del submundo que existe en los pliegues más oscuros de nuestro cerebro. La promesa de encontrar respuesta al enigma fue el precio exigido para conseguir vía libre en un medio que ofrecía lo que Lynch necesitaba para escribir su poema macabro y triste, guasón y turbador: el serial por entregas.

Twin Peaks es una joya. Una joya rara, de ahí su excepcionalidad en todos los sentidos. Que sus dos temporadas adolecieran de dilataciones innecesarias no importó para apreciar lo apreciable, que no fue poco y sí mucho. Los episodios piloto de ambas temporadas, así como los finales, dirigidos por el propio Lynch, siguen siendo para mí los mejores Lynch. Dicen que Twin Peaks se adelantó 20 años a esta edad de oro del serial televisivo que ahora parece languidecer un poco. No creo que así fuera. Hoy, que los cinéfilos y los teleguays han comprendido y dado el beneplácito a la posibilidad de que la tele haga cosas distintas y hasta memorables, Twin Peaks lo tendría difícil. Demasiado sutil y brutal, una explícita materialización del abstracto lenguaje de lo onírico, demasiado experimental y, sin embargo, folletín de todos modos. Un serial de nuestro lado oscuro, que late en la madrugada de las conciencias.

Quién mató a Laura Palmer? Así empezó todo, con el descubrimiento en el río de un cadáver cuya cabeza emergía de una bolsa de plástico como si fuera el envoltorio de un regalo, o un sudario de diseño hipermoderno, o como si esta Laura Palmer, la chica inocente con secreto turbio al fondo, tan hermosa y tan cadáver, vistiera un precioso velo de princesa durmiente. Anverso y reverso. Así es todo en Twin Peaks, donde todo el mundo oculta algo y nada es lo que parece.

Uno se pregunta, ahora que se cumplen 20 años, cómo fue posible que esto se emitiera en el prime time de la era de las mamachichos y sin cancelación. Alguno en busca de teta hortera le daría al mando después de cenar y se encontraría con una cosa sin sentido (y sin teta) que, sin embargo, contenía un algo magnético que era la suma de muchas cosas: la atmósfera húmeda del lugar, las puertas cerradas, las miradas furtivas, el nombre de los personajes, la música sobrenatural de Badalamenti… Y toda una colección imborrable de imágenes convertidas en iconos: los chispazos de la sierra del aserradero, el parpadeo del tubo flurorescente en la sala de autopsias, la chica que camina en estado de shock por la vía abandonada del ferrocarril, el traje negro del engominado agente Cooper, el hallazgo narrativo y genial de conferir el estado de las pesquisas a un personaje inexistente, la secretaria de la que sólo sabemos el nombre, y lo sabemos porque el agente dicta y dicta a su aparato grabador de voz, la bandeja de donuts, el ventilador girando en la casa de luto. Y tantas otras imágenes, instantáneas de un mundo paralelo donde las pulsiones golpean las paredes del buenos días y que la malla de la cotidianidad tapa por si vienen visitas. Sólo tipos como Lynch pueden descender al pozo oscuro y tallar un diamante.

Twin Peaks llegó al mercado europeo con escepticismo y mucha discreción. Lo hizo colándose en los videoclubs, convertido en una entrega cerrada. Para ello, Lynch editó el episodio piloto suprimiendo las escenas finales y añadiendo algunas que pertenecían a lo que venía poco después a fin de conseguir un montaje conclusivo. La con-versión se conoce como “versión internacional”. Es un dato importante para los cazadores de rarezas porque el piloto oficial era espléndido pero el piloto convertido en largometraje para videoclubs es una joya absoluta.

Parrilla

Buenas noches. En los programas de esta noche hablaremos de los siguientes temas: la reorganización del sistema de regadío y sus consecuencias, el petróleo que ha comprado Lincolnshire y posteriormente debatiremos sobre la cuestión: barriles de poliestireno para el vino, ¿producen verrugas?. Y una nueva comedia muda noruega sobre problemas sociales en la tundra.”

“Caída y auge de Reginald Perrin”, temporada 1, ep 4.

Genial Leonard Rossiter, genial serie.

Desdoblamientos

United States of TaraInternet es como un patio de vecinos donde te puedes enterar, por ejemplo, de que en la tele del otro bloque (el otro bloque aquí es Estados Unidos) acaban de estrenar una serie estupenda, brillante, original y, sobre todo, con mucho material prometedor. Que la audiencia la acompañe. Es la última apuesta de ShowTime, artífice de productos siempre transgresores; desde aquel “Queer as Folk”, primer serial gay del que una amiga me dijo una vez que mucho folleteo y poco más y luego resultó que mucho folleteo pero algo más, pasando por (que no de“Weeds”“Californication”, y así hasta llegar a la serie donde nos encontramos con nuestro psicópata más entrañable, “Dexter”.

Ahora viene gente del mundo del cine (cada vez viene más gente del mundo del cine apuntándose a esta insólita, y que nos dure, edad de oro de las series de televisión) para poner en antena “United States of Tara”, cuyo cuarto episodio se emite este domingo en USA. Pero es lo que tiene el patio de vecinos, que te lo cuentan y te lo prestan un rato. Y tan ricamente. La serie cuenta con la producción ejecutiva de Steven Spielberg (de quien no se deja notar más que la pasta, quizá limitándose a dejar hacer mientras contempla las cosas divertido y atónito como nosotros), la presencia de la actriz Toni Collete (inmensa, inmensa, pongámoslo dos veces, qué menos) y los guiones de Diablo Cody (guionista de “Juno”).

Qué pasa en estos Estados Unidos de Tara, qué ocurre.

Ocurre que Tara, casada, madre de dos hijos adolescentes y decoradora de interiores padece un trastorno disociativo de la personalidad de manera que cuando se estresa se convierte en T., la adolescente zorrón que hace furor en MySpace, o puede que en Buck, el camionero zafio de cuya boca sale la más amplia gama de exabruptos y algún que otro escupitajo a un lado u otro, o puede que se convierta en la encantadora Alice, una ama de casa de los años cincuenta, de apariencia retro y maneras pulcras, exquisito acento inglés y más perfecta que Mary Poppins porque en la cinta métrica de Mary Poppins decía que era “prácticamente perfecta en todo” y aquí sobra el adverbio.

Esa es la tara de esta Tara y en ello reside, en primera impresión, la sospecha de que todo va a basarse en la gracieta de la transformación pero inmediatamente la genial interpretación, la asombrosa metamorfosis y el contenido que los guiones aportan a las situaciones nos hacen instalarnos en este nuevo universo catódico devorando con avidez las tramas. Lo original y novedoso aquí es que tras la piel de divertida (muy divertida) sit-com surge un drama familiar expuesto con realismo. A su vez, el drama de la convivencia casera con una madre y esposa que en cualquier instante desaparece para dejar paso por tiempo indefinido a un ser invasor se diluye en la comedia más hilarante con gran facilidad.

Sin la genial interpretación cuádruple de Toni Collete y los no menos geniales guiones esto sería probablemente una tontada. Nada más lejos de ello. “United States of Tara” es una de las mayores y mejores sorpresas que hemos visto últimamente en este Norte. Sus dosis de 23 minutos nos dejan enganchados y hambrientos de más y con la sospecha de que el reloj, en ocasiones, echa a correr cuando nos ve distraídos. Degustados los tres primeros capítulos dos veces, en el patio  de vecinos de Internet alguien ha dicho que el cuarto va para nota. Lo esperamos con ansia.

Extras

ExtrasLa vida de “Extras” fue breve pero intensa. Cosechó múltiples y variadas condecoraciones importantes. No llegué a conocerla en vida pero lo hice ayer al abrir el álbum de recuerdos del estuche de dvd´s. Y lo hice de golpe: puse el primer episodio y fue imposible detener el reproductor ante la tentación del segundo, y lo mismo pasó del segundo al tercero y así, entre sonoras carcajadas, llegué al final de la primera temporadaseis episodios de treinta minutos. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. O como dijo en su día el breviario: lo breve, si bueno, dos veces breve. Eso es lo que pasa aquí, que visto y no visto.

Qué grande “Extras”, producción que la BBC puso en marcha entre 2005 y 2007 escrita, dirigida y protagonizada por Ricky Gervais y Stephen Merchant. Gervais se mete en la piel de un actor, Andy Millman, que nunca olvida sus textos por la sencilla razón de que nunca tiene uno. Es un simple extra que se pasea por decorados y producciones diversas mendigando una frase de texto, frase que es la ambición de su vida y que no termina de llegar.

¿Ya está? No, qué va. La serie manipula y juega con una serie de recursos metaficcionales que la hacen brillar y que se desarrollan en varios niveles. De un lado, en cada capítulo asistimos a dos ficciones: aquella en la que Gervais hace de extra (una obra de teatro, una película de época, etc) y aquella que tiene lugar en los descansos del rodaje y que nos es presentada con visos de realidad. De hecho, en cada entrega hace aparición una estrella que hace de sí misma (el elenco va de Kate Winslet a Orlando Bloom, pasando por Samuel L. Jackson o Ben Stiller). Pero aquí es donde los cerebros de “Extras” dan otra vuelta de tuerca a la metaficción. Porque estas estrellas son nombradas por sus nombres reales y en los sets de rodaje hablan de cifras de taquilla reales y de experiencias igualmente reales en películas o trabajos mundialmente conocidos por todos y, sin embargo, esa realidad es una corteza para construir otra ficción. Dicho de otro modo por si lo anterior ha quedado embarullado: Kate Winslet o Ben Stiller no hacen de sí mismos; se valen de sí mismos para hacer de Kate Winslet y de Ben Stiller. El juego consiste en usar la realidad como envoltorio para construir una realidad falsa de treinta minutos. Si a eso le sumamos los enredos, las miserias y codicias de la profesión que tienen lugar entre bambalinas a golpe de diálogos atropellados a lo Woody Allen o de gags de irrupción y efecto súbito, el resultado es (la ocasión nos lo pone en bandeja), Extra-ordinario.

La originalidad en el concepto y la hilaridad del humor inglés son los principales cargos a presentar a la hora de acusar a “Extras” de que no nos podamos despegar de sus entregas. Hacía tiempo que no me enganchaba a algo de esa manera. Y qué golpes, qué risas.

(Y ahora un extra que no tiene nada que ver con Extras: cómo es posible que a estas alturas se editen dvds sin subtitular? acaso se piensan que las clases de inglés nos cunden tanto?)

Aída

AidaEl día que me enteré que Carmen Machi dejaba “Aída” casi me da un soponcio, sí, lo reconozco. Es más, daré detalles: era lunes, me acababa de levantar y todavía con la legaña puesta consulté en internet la audiencia del capítulo de la noche anterior, sí, como si fuera el productor ejecutivo de la serie, y cuando entraba en la página donde ponen las audiencias me encontré con el titular, con muchos pixeles gordos, y negros, no era para menos: “Carmen Machi deja “Aida” la próxima temporada” y fue leerlo y casi me llevo una mano al pecho del disgusto. Es curioso que cuando nos dan un disgusto nos llevemos la mano al pecho, como si ese peso que se nos pone por dentro se fuera a caer al suelo y eso también fuera un disgusto. Qué vida.

Leyendo la letra pequeña me enteré, en resumidas cuentas, de que esta mujer parecía estar un poco hasta el mocho (como diría su personaje) y que temía que la encasillaran. Y pensé: ya estamos con lo de siempre, pero qué manía les ha entrado ahora a todos los que triunfan con algo de distanciarse de ese algo pensando que son ellos y no el algo en el que se disfrazan el que les ha llevado a ser alguien (iba a poner otro “algo” pero eran demasiados). Esta mujer será Aída para siempre, aunque haga otra cosa, que las hará, en realidad ya las hace, y las hacía antes. Y sin embargo, quién es Carmen Machi? Pues Aída. Pues eso. Frank Sinatra no podía dejar de ser Frank Sinatra para dedicarse a otra cosa. Hombre,  tampoco es lo mismo. Bueno, qué más da si la cosa ya no tiene remedio.

Machi ya se escapó de “Aída” unos cuantos capítulos la anterior temporada, como el Jonathan o la Lorena del Instituto. Los audímetros no se dieron cuenta y yo creo que eso le valió a ella para terminar de salirse con la suya: la suya es que puede haber “Aída” sin Aída.  Eso nos conduce a la serie. Para mí, “Aída” (Globomedia) es la única sitcom de la tele que me hace reir, pero no me refiero a esa sonrisa que se te pone a veces ante un gag, no, sino a reir-reir, a carcajadas, vamos. Y creo que es una serie que ha evolucionado progresivamente de forma perfecta de manera que sus personajes han congeniado de maravilla con los actores que los representan y viceversa. Y por eso entre el final de la cuarta temporada y el comienzo de la quinta se vivieron momentos redondos.

No hay una serie que retrate semejante galería humana de desastres más sórdida aún por reales y cotidianos y que ponga sobre la barra del Bar Reinols (cuánto dice ese nombre de todo y de todos) un menú de temas sociales amargos sin que a uno le entre mala conciencia al sorprenderse a sí mismo riéndose a base de bien. Y ese es uno de los hallazgos de “Aída”: utilizar la vieja fórmula del esperpento, tan nuestro, para poner en evidencia hasta la distorsión (cómica) el reflejo crudo y duro de las circunstancias pero (y esto es lo genuíno de la serie de Globomedia) haciéndolo con una porción de talento proporcional a la ternura invertida en los guiones.

La heroína de “Aída” es la reina del mocho, alcohólica, ludópata, pobre, sola, dejemos las negritas porque ya son muy negras las palabras, mujer al borde de un ataque constante de nervios o mujer borde con ataque de nervios, que a ella le gusta ser directa. Su familia está compuesta por un ex-marido desaparecido, un hermano drogadicto, una madre escatológica y delirante, una hija con maneras de zorra poligonera (disculpas dobles: por la expresión y porque este término lo acuñaron en otra serie pero es que cuando lo oí me atraganté y se me quedó grabado, así que copio y pego), un hijo menor delincuente, una vecina prostituta, un tendero calzonazos e idealista fracasado, un hijo de tendero gay, amanerado y pedante (tres cruces bien clavadas cuando de vivir en el monte de los suburbios se trata), un cacique explotador, racista y fachón de los de bigotillo rancio, gomina y pantalón amarrado en la cintura del cuello para que quede clara la dimensión del badajo con el que lo hacen todo. Y así. Y todos gritan, lloran, se desesperan, meten la pata una y otra vez y sueñan con salir del agujero negro de todos los días que, para colmo, es un barrio que se llama “Esperanza Sur”. Y a pesar de todo nos hacen reir y los queremos y nos encantan.

“Los  Simpson” quizá podrían sobrevivir sin uno de ellos porque para eso se titulan en plural. Por lo mismo aquí en “Los Serrano” la gente iba y venía como les daba la gana y al final (al principio casi) pasabas a otro canal y así te enterebas al menos de otra serie o de algún anuncio. Pero “Aída”, femenino singular, no puede sobrevivir sin Aída, Carmen Machi, siquiera por un asunto de congruencia lógica y por mucho que nos digan, la una para justificar la marcha y los otros para disimular el disgusto, que la serie ya tiene rodaje suficiente para caminar sola. A ver si vamos a descarrilar.

La gente suele pensar que o la tele es una mierda o qué buenas son las series de la HBO. Lo de en medio se suele mirar con displicencia. Pues allá ellos. Esta noche comienza la sexta temporada de “Aída”. Machi saldrá a síncopas, unos días más, otros menos y otros nada. Y luego nada de nada. Desde luego.

Damages

DamagesQué miedo da Glenn Close en “Damages”, otra de las enormes series que pasan a engrosar la larga lista de esta nueva edad de oro que vive la ficción televisiva. Ya ha pasado el tiempo en que el cinéfilo miraba a estos productos por encima del hombro; ahora, quien lo siga haciendo, se está quedando fuera de juego: la composición narrativa por medio de imágenes se acomoda a nuevos cauces, otros formatos y en ellos interviene el talento dando forma a joyas como “Damages”.

Pero aquí la joya principal es Glenn Close, que campa triunfal a sabiendas de que forma parte de una industria que a las actrices de su edad, por enormes que sean, las relega o las jubila, o las olvida. Y sin embargo, esplendorosa y oscura a la vez, Glenn Close aparece en los primeros instantes del episodio piloto de “Damages” convertida en la abogada Patty Hewes, atención a  este nombre porque pasará a la historia de la ficción televisiva, Patty Hewes, la abogada galáctica, mediática, millonaria, todopoderosa. Mefistofélica. Obsérvese que hemos usado el punto para separar este adjetivo de los otros, encadenados por comas. Y ponemos el punto en lugar de las comas para poner el acento. Es inevitable que la boca del espectador se abra y sienta que se le encogen las tripas cuando contempla un gesto que sólo una diosa como Glenn Close puede hacer, y es el de mostrar el frío filo del acero que debe forjarse en las más oscuras cloacas de la maldad humana en la misma sonrisa que unos segundos antes lucía limpia. Eso lo hace Glenn Close como nadie. Aparece risueña, vestida como ejecutiva estrella, te sonríe, te tranquiliza, y sin mover un ápice los nervios faciales de pronto te das cuenta de que esos chispeantes ojos claros te están perforando, y que esa nariz aguileña es la de la peor bruja, y que su sonrisa es heladora. Qué miedo da Glenn Close aquí, sí: como actriz porque impone muchísimo; como Patty Hewes por lo que atestiguan los 13 episodios de la primera temporada de “Damages”. Me encuentro transitando todavía el ecuador y aún así me encojo de frío.

Damages

Hay series que orbitan alrededor de un solo personaje, y ese personaje nuclear tiene una atracción gravitatoria enorme, qué digo, es un agujero negro que lo engulle todo. Como Patty Hewes, Glenn Close. Pero “Damages” va más allá, no se mira al ombligo tras encontrar el filón del personaje sino que ese es el punto de partida para una trama que despliega un virtuosismo narrativo notable, tal que le permite ir adelante y atrás: toma elipsis, toma flash (de sorpresa, de pasmo) y flashback. Aquí nada es lo que parece, Patty nunca es lo que parece y lo que enreda y desenreda tampoco. Y todavía más: Ted Danson. Porque si Glenn Close es ese agujero negro que todo lo engulle, en el universo de esa serie hay espacio para otro astro importante, un papel de villano con la suficiente fuerza como para haber conseguido despojar a Ted Danson, al fin, tras dos décadas, del sambenito de Sam Malone, el glorioso personaje de Cheers.

En este duelo galáctico encarnizado hasta lo impensable donde todo vale, con víctimas propiciatorias, señuelos, falsas verdades, falsedades dobles e inteligencias perversas, transcurre “Damages” sin que el espectador pueda hacer otra cosa que encogerse en el sofá, rendido a la adicción que produce esta historia diabólica en la que tras cada cambio de plano puedes llevarte una sorpresa inesperada.

Aliciente

Siempre me he sentido incómodo con el suplemento de los viernes de El País, el de los jóvenes. No puedo hacer el chiste fácil de decir que me tientan poco las Tentaciones de El País porque el suplemento, que así se llamaba antes, ahora responde al nombre de EP3, que parece nombre de consola o de compuesto químico. Vale, hoy ya no soy tan joven pero antes lo era y pasaba lo mismo. No sé si los señores de PRISA han confundido lo progre con lo marciano. Igual es que no les queda nada de progre y por eso les sale algo marciano porque es habitual que pases páginas y salga gente muy rara que forma parte de grupos de música muy raros y así con (casi) todo.

Pero desde hace unas semanas busco con avidez la columna de Hernán Casciari, “Pantalla de humo”, sobre series de televisión. Y es una gozada cómo escribe este hombre, admirable. No sólo te informa de lo que se cuece principalmente en las pantallas USA (que no es poco, de hecho, empieza a ser inabarcable) sino que sus columnas me encantan por la fluidez de su escritura, su capacidad para desplegar en un instante un mapa preciso de la geografía de la serie en cuestión para luego sintetizar lo esencial en un par de frases impecables en el análisis. Sus recientes columnas sobre “Weeds” y “Pocoyó” son modélicas e imprescindibles, para quitarse el sombrero primero y luego guardarlas junto a los respectivos dvd´s.

Dexter

“La sangre es mi vida”. Aunque lo parezca, no lo dice Drácula, lo dice Dexter varias veces por capítulo y con cierta sorna porque la cosa tiene un doble sentido: forense de día y asesino psicópata en ratos libres. No se sabe si en este caso se cumple aquel lema de la pedagogía gore que decía que las letras con sangre entran pero, dadas las circunstancias, lo que está claro es que la sangre es la tinta con la que mejor se escribe el nombre:

Dexter

Dexter es Michael C. Hall, felizmente recuperado para la pantalla tras su singladura de 5 temporadas por la difunta “A dos metros bajo tierra” (sus apenados no la olvidamos):

Dexter

El pálido color de cara que luciera en aquellos episodios (herencia de madre, no cabe duda) ha dado lugar aquí a un bronceado que sugiere un cambio de aires. El aire es Miami. Bochornoso aire. Tiene que hacer un calor tan húmedo allí que no voy ni muerto. ¿Es importante este detalle para hablar de “Dexter”? Pues mira, sí, porque durante los episodios los ojos no pueden evitar posarse en esos surcos verticales que el sudor marca en las espaldas de las camisetas como si fueran la sombra de la columna vertebral, ni en los cielos blancos del mediodía, ni en las amenazadoras nubes gordísimas que se apiñan como montañas en el horizonte, ni en el zumbido de los aparatos de aire acondicionado funcionando las 24 horas del día, detalles todos estos que al director parecen ponerle contento porque los saca mucho pero que nos agobian a quienes tenemos un sentido nórdico de la existencia. En Miami además hay cocodrilos y cosas de esas.

Dexter es un justiciero vengador como los héroes de comic pero con matices porque él no se toma la justicia por su mano para curar momentáneamente el escozor de su propia herida sino como pretexto para hacer lo que más le gusta: matar. Simplemente. Ha salido la palabra cómic por ahí arriba y no es casual. Yo no sé si la novela de la que sale este Dexter es una novela gráfica pero desde luego tanto la estética como la ética sigue la senda del cómic. Y la actitud del espectador en este sentido ayuda a entrar en el asunto. Las cosas no son las mismas ni se dicen de la misma manera en una viñeta de Stan Lee que en un párrafo de Javier Marías pero lo importante es que en ambos casos tienen vida propia y son coherentes con el universo narrativo al que pertenecen. Y son creíbles.

El instante fundacional del mito al que nos remiten continuamente los fascículos de los comics está ocupado aquí, en flashback, por una escena paterno filial en la que el padre, tras confirmar los irrefrenables instintos homicidas del adolescente Dexter (hasta entonces sólo consumados con los bichejos del bosque) sugiere la manera de canalizarlos. Cómo, pregunta el hijo en pleno ataque de acné. Hay cosas a las que la policía no alcanza, deja caer el padre (policía, por cierto). Eso sería venganza? pregunta el hijo que parece pillar a la primera por dónde van los tiros. Eso sería justicia, puntualiza el padre. Justicia y venganza son conceptos que aparecen una y otra vez en la serie: los personajes utilizan la primera para justificar la segunda. Dexter, sobre todo, se divierte.

De la ética a la estética. Si lo del párrafo anterior era de tebeo lo de este también. Pero puntualicemos: decimos “esto es de tebeo” cuando algo es ridículo, cuando las cosas chirrían. Pero si lo que es de tebeo está en un tebeo las cosas cambian; es más: las cosas funcionan. Lo de antes funciona si el espectador asume dónde está. Por si acaso, la puesta en escena nos lo recuerda y la pantalla del televisor es utilizada en Dexter como viñeta de comic utilizando todos los recursos narrativos de la composición de la imagen. Un encuadre como éste anuncia una declaración trascendente:

Dexter

y en éste el personaje nos habla desde dentro, es un encuadre con vocación psicológica que nos está mostrando la identidad verdadera de una personalidad que se construye sobre la angustia y la tormenta interior:

Dexter

Más recursos narrativos visuales: Dexter buscando en la red (en un portátil Mac, qué tío) información sobre cierto ciudadano que quizá no es el buen tipo que aparenta a los ojos de la justicia:

Dexter

Bingo! Una vez confirmadas las sospechas, la adrenalina fluye y la sed vengadora de Dexter se despierta anunciándose mediante este efecto luminoso de glóbulo (rojo, claro):

Dexter

Dexter es un forense virtuoso y apreciado en la comunidad. Y un psicópata. Lo último sólo lo sabemos nosotros porque nos lo dice enseguida, y nos lo dice además con cierto orgullo, qué puñetero, y en off, que es la voz con la que mejor se expresa y uno de los mayores hallazgos de la serie. El resto de su personalidad también está teñido de ambigüedad: sus reservas ante el sexo, por ejemplo, sin que podamos asegurar si se trata de una reserva ante el sexo femenino o el masculino o bien ante el sexo en sí. En materia sentimental, los justicieros vengadores como Dexter son tipos especialmente sensibles a los corazones vulnerables pero también les gusta ir a su aire. Son solitarios solidarios. Eso es un problema gordo para un corazón vulnerable.

Lo mejor de Dexter es lo bien que está dibujado su personaje en las viñetas de este comic de gran colorido. Y su voz (en off) .Y la jeta, la de Michael C. Hall, nadie como él para este papel. Firma el asunto ShowTime, que hace siempre cosas transgresoras. A veces sólo se queda en eso y otras veces hay más.

Hermanos

Hermanos y DetectivesMe gusta “Hermanos y Detectives”. Me gusta porque se ve con agrado, sin más (y sin menos); me gusta su tono paródico, sus científicos en apuros y sus policías zoquetes dignos de una promoción de la T.I.A de Ibáñez (con todos los respetos para la tía de Ibáñez), su rollo a lo cluedo y su banda sonora de aire retro en plan series policiacas de los 70; me gusta su condición de producto realmente familiar y amable, al fin, cuando eso pasa hasta se agradece su aire ingenuo; me gusta por lo general la horma de ficción de baja intensidad, que no es algo autojustificativo de no sé qué y sí un reconocimiento a una serie de virtudes que pasan por asumir una condición modesta sin renunciar a la facturación digna; me gusta su casting, todo él, hasta la pandilla de fondo. En primer plano, me gusta (oh, sorpresa) el trabajo de Diego Martín, un actor por lo general muy sosito que ha tenido que encontrarse con un personaje así para caerse bien mutuamente (menos con menos es más, como en las mates) y me gusta Rodrigo Noya porque, aunque está más que demostrado que los niños cuando funcionan lo hacen muy bien, antes pueden pasar varias cosas: que el niño no funcione por soso o que el niño no funcione por cargante; aquí el niño funciona precisamente porque tiene que resultar cargante y funciona de tal manera que al principio no nos importa que sea cargante y después ya ni nos lo parece. Y me gusta la química entre los dos, hermanos y detectives, sobre todo su gradación, bien controlada, capítulo a capítulo, hacia arriba.

Hay más: me gusta el planteamiento y la evolución de esa tensión sexual (me gusta Marta Nieto) que no puede faltar en toda ficción que se precie. Y, qué leches, me gusta mucho que no haya la (ya casi inevitable) secuencia espectáculo que se lleva medio presupuesto del capítulo a costa de recolectar el share de la semana. Me gusta su aire de serie de cuando no había prime time, o cuando el prime time de las series era un sábado de invierno a media tarde en el UHF o la sobremesa de los días de vacaciones de verano, en la Primera Cadena. Y no me importa si las tramas son simples o compuestas, pero qué coño nos importa cómo son las tramas si lo que todos estamos esperando es que a Lorenzo se le encienda la bombilla y agarrado a la gafa empiese a largar sospechosos con asento argentiiino, vite.

A “Hermanos y Detectives” le renuevan contrato. Como se acaba el material del original argentino (la serie es remake de allí) y los guiones empleados apenas se han tocado, habrá que empezar a poner cosas enteramente de aquí. A ver cómo funciona.

Nostalgia

Septiembre, al fin. Pero ese no es el tema del post. La cosa hoy va de lo siguiente: ¿vende la nostalgia? Pues depende. En Televisión Española, por ejemplo, andan un poco moscas con el asunto desde que el año pasado, con motivo de su cincuentenario, vieron que la audiencia respondía de una manera inesperadamente positiva a los pequeños clips que rescataban del archivo mostrando programas, rostros, noticiarios, canciones y demás cosas del pasado. Sin embargo, la propuesta de programar la noche de los viernes el contenedor “En Serie”, prolongación de esa Operación Nostalgia y que pretendía rescatar episodios de series míticas, desde “Luz de Luna” (ay) hasta “M.A.S.H” (ay), consiguió en su estreno un descalabro histórico de audiencia.

En serio, “En Serie” fue un desastre.

Ahora ha quedado arrinconado a las madrugadas del sábado al domingo en La 2. Viene esto a colación porque hoy he visto, de casualidad, que esta madrugada toca revisar “Aquellos maravillosos años” a la maravillosa hora de las 3 y las 3 y 20 de la mañana respectivamente. Porque revisan dos cápítulos. Y debe haber sido esto de la nostalgia la que me ha llevado a utilizar el Teletexto (ay, el Teletexto!) para saciar mi curiosidad por saber qué dos episodios son los elegidos. Y desde luego, no se puede decir que hayan sido elegidos al azar. Son dos de los mejores. Cosecha excelente. El segundo de la segunda temporada y el vigésimo de la tercera. Traducidas las cifras a letras vienen a ser el episodio dedicado a Miss White, la profesora de Lengua (ay) y el (ay, ay) episodio de despedida del señor Collins, el profe de Matemáticas, que se muere el hombre y nos da un soponcio terrible y se nos queda la cara como la de Kevin Arnold cuando recibe la noticia. Y al final del capítulo no hay voz en off porque sale cantando en off Linda Ronstadt la canción “Good bye, my friend” y se nos saltan las lágrimas.

Ay.

Entre lo del Teletexto (silente superviviente jurásico en la era digital) y lo de que “Aquellos maravillosos años” vaya a volver a su casa de toda la vida, que fue La 2, aunque la vuelta sea fugaz y a las horas en las que se aparecen los fantasmas, y lo de los capítulos elegidos y tal, se me ha puesto el ánimo un poco melancólico. Sigo siendo el fan número uno de ese prodigio catódico, que conste; anda que no he moqueado pocas veces cuando el señor Collins se le aparece post mortem a Kevin Arnold para decirle (al fin) aquello de “buen trabajo, señor Arnold”…

(pero no me voy a quedar a verlos)

Weeds

Bush invadió una nación soberana desafiando a Naciones Unidas. Es un criminal de guerra y ahora se supone que yo debo ser uno de sus matones desechables con una jodida diana en la cabeza enmedio del desierto esperando que me vuele en pedazos un coche bomba preparado por un crío de 12 años al que le encantaba “Friends” hasta que uno de nuestros misiles destruyó su casa??? Me parece que no.
-Tenían armas de destrucción masiva.
-¡No había armas de destrucción masiva!
-¿No?… Bien… bueno, qué mas da. Oye, tengos cosas importantes que hacer.
-Dime qué hay más importante que las corporaciones se apoderen de la democracia.
-Tengo que ir a cagar.
-Oye, ¿por qué apoyas tan ciegamente a Bush?
-Me gusta su mujer, Laura. Le compraba hierba en la universidad.

“Weeds”, 1ª temporada, episodio 10.