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Aliciente 2 May, 2008

Escrito por emejota en : Series, Televisión , 4 comentarios

Siempre me he sentido incómodo con el suplemento de los viernes de El País, el de los jóvenes. No puedo hacer el chiste fácil de decir que me tientan poco las Tentaciones de El País porque el suplemento, que así se llamaba antes, ahora responde al nombre de EP3, que parece nombre de consola o de compuesto químico. Vale, hoy ya no soy tan joven pero antes lo era y pasaba lo mismo. No sé si los señores de PRISA han confundido lo progre con lo marciano. Igual es que no les queda nada de progre y por eso les sale algo marciano porque es habitual que pases páginas y salga gente muy rara que forma parte de grupos de música muy raros y así con (casi) todo.

Pero desde hace unas semanas busco con avidez la columna de Hernán Casciari, “Pantalla de humo”, sobre series de televisión. Y es una gozada cómo escribe este hombre, admirable. No sólo te informa de lo que se cuece principalmente en las pantallas USA (que no es poco, de hecho, empieza a ser inabarcable) sino que sus columnas me encantan por la fluidez de su escritura, su capacidad para desplegar en un instante un mapa preciso de la geografía de la serie en cuestión para luego sintetizar lo esencial en un par de frases impecables en el análisis. Sus recientes columnas sobre “Weeds” y “Pocoyó” son modélicas e imprescindibles, para quitarse el sombrero primero y luego guardarlas junto a los respectivos dvd´s.

Dexter 10 December, 2007

Escrito por emejota en : Series, Televisión , 19 comentarios

“La sangre es mi vida”. Aunque lo parezca, no lo dice Drácula, lo dice Dexter varias veces por capítulo y con cierta sorna porque la cosa tiene un doble sentido: forense de día y asesino psicópata en ratos libres. No se sabe si en este caso se cumple aquel lema de la pedagogía gore que decía que las letras con sangre entran pero, dadas las circunstancias, lo que está claro es que la sangre es la tinta con la que mejor se escribe el nombre:

Dexter

Dexter es Michael C. Hall, felizmente recuperado para la pantalla tras su singladura de 5 temporadas por la difunta “A dos metros bajo tierra” (sus apenados no la olvidamos):

Dexter

El pálido color de cara que luciera en aquellos episodios (herencia de madre, no cabe duda) ha dado lugar aquí a un bronceado que sugiere un cambio de aires. El aire es Miami. Bochornoso aire. Tiene que hacer un calor tan húmedo allí que no voy ni muerto. ¿Es importante este detalle para hablar de “Dexter”? Pues mira, sí, porque durante los episodios los ojos no pueden evitar posarse en esos surcos verticales que el sudor marca en las espaldas de las camisetas como si fueran la sombra de la columna vertebral, ni en los cielos blancos del mediodía, ni en las amenazadoras nubes gordísimas que se apiñan como montañas en el horizonte, ni en el zumbido de los aparatos de aire acondicionado funcionando las 24 horas del día, detalles todos estos que al director parecen ponerle contento porque los saca mucho pero que nos agobian a quienes tenemos un sentido nórdico de la existencia. En Miami además hay cocodrilos y cosas de esas.

Dexter es un justiciero vengador como los héroes de comic pero con matices porque él no se toma la justicia por su mano para curar momentáneamente el escozor de su propia herida sino como pretexto para hacer lo que más le gusta: matar. Simplemente. Ha salido la palabra cómic por ahí arriba y no es casual. Yo no sé si la novela de la que sale este Dexter es una novela gráfica pero desde luego tanto la estética como la ética sigue la senda del cómic. Y la actitud del espectador en este sentido ayuda a entrar en el asunto. Las cosas no son las mismas ni se dicen de la misma manera en una viñeta de Stan Lee que en un párrafo de Javier Marías pero lo importante es que en ambos casos tienen vida propia y son coherentes con el universo narrativo al que pertenecen. Y son creíbles.

El instante fundacional del mito al que nos remiten continuamente los fascículos de los comics está ocupado aquí, en flashback, por una escena paterno filial en la que el padre, tras confirmar los irrefrenables instintos homicidas del adolescente Dexter (hasta entonces sólo consumados con los bichejos del bosque) sugiere la manera de canalizarlos. Cómo, pregunta el hijo en pleno ataque de acné. Hay cosas a las que la policía no alcanza, deja caer el padre (policía, por cierto). Eso sería venganza? pregunta el hijo que parece pillar a la primera por dónde van los tiros. Eso sería justicia, puntualiza el padre. Justicia y venganza son conceptos que aparecen una y otra vez en la serie: los personajes utilizan la primera para justificar la segunda. Dexter, sobre todo, se divierte.

De la ética a la estética. Si lo del párrafo anterior era de tebeo lo de este también. Pero puntualicemos: decimos “esto es de tebeo” cuando algo es ridículo, cuando las cosas chirrían. Pero si lo que es de tebeo está en un tebeo las cosas cambian; es más: las cosas funcionan. Lo de antes funciona si el espectador asume dónde está. Por si acaso, la puesta en escena nos lo recuerda y la pantalla del televisor es utilizada en Dexter como viñeta de comic utilizando todos los recursos narrativos de la composición de la imagen. Un encuadre como éste anuncia una declaración trascendente:

Dexter

y en éste el personaje nos habla desde dentro, es un encuadre con vocación psicológica que nos está mostrando la identidad verdadera de una personalidad que se construye sobre la angustia y la tormenta interior:

Dexter

Más recursos narrativos visuales: Dexter buscando en la red (en un portátil Mac, qué tío) información sobre cierto ciudadano que quizá no es el buen tipo que aparenta a los ojos de la justicia:

Dexter

Bingo! Una vez confirmadas las sospechas, la adrenalina fluye y la sed vengadora de Dexter se despierta anunciándose mediante este efecto luminoso de glóbulo (rojo, claro):

Dexter

Dexter es un forense virtuoso y apreciado en la comunidad. Y un psicópata. Lo último sólo lo sabemos nosotros porque nos lo dice enseguida, y nos lo dice además con cierto orgullo, qué puñetero, y en off, que es la voz con la que mejor se expresa y uno de los mayores hallazgos de la serie. El resto de su personalidad también está teñido de ambigüedad: sus reservas ante el sexo, por ejemplo, sin que podamos asegurar si se trata de una reserva ante el sexo femenino o el masculino o bien ante el sexo en sí. En materia sentimental, los justicieros vengadores como Dexter son tipos especialmente sensibles a los corazones vulnerables pero también les gusta ir a su aire. Son solitarios solidarios. Eso es un problema gordo para un corazón vulnerable.

Lo mejor de Dexter es lo bien que está dibujado su personaje en las viñetas de este comic de gran colorido. Y su voz (en off) .Y la jeta, la de Michael C. Hall, nadie como él para este papel. Firma el asunto ShowTime, que hace siempre cosas transgresoras. A veces sólo se queda en eso y otras veces hay más.

Hermanos 18 November, 2007

Escrito por emejota en : Series, Televisión , 11 comentarios

Hermanos y DetectivesMe gusta “Hermanos y Detectives”. Me gusta porque se ve con agrado, sin más (y sin menos); me gusta su tono paródico, sus científicos en apuros y sus policías zoquetes dignos de una promoción de la T.I.A de Ibáñez (con todos los respetos para la tía de Ibáñez), su rollo a lo cluedo y su banda sonora de aire retro en plan series policiacas de los 70; me gusta su condición de producto realmente familiar y amable, al fin, cuando eso pasa hasta se agradece su aire ingenuo; me gusta por lo general la horma de ficción de baja intensidad, que no es algo autojustificativo de no sé qué y sí un reconocimiento a una serie de virtudes que pasan por asumir una condición modesta sin renunciar a la facturación digna; me gusta su casting, todo él, hasta la pandilla de fondo. En primer plano, me gusta (oh, sorpresa) el trabajo de Diego Martín, un actor por lo general muy sosito que ha tenido que encontrarse con un personaje así para caerse bien mutuamente (menos con menos es más, como en las mates) y me gusta Rodrigo Noya porque, aunque está más que demostrado que los niños cuando funcionan lo hacen muy bien, antes pueden pasar varias cosas: que el niño no funcione por soso o que el niño no funcione por cargante; aquí el niño funciona precisamente porque tiene que resultar cargante y funciona de tal manera que al principio no nos importa que sea cargante y después ya ni nos lo parece. Y me gusta la química entre los dos, hermanos y detectives, sobre todo su gradación, bien controlada, capítulo a capítulo, hacia arriba.

Hay más: me gusta el planteamiento y la evolución de esa tensión sexual (me gusta Marta Nieto) que no puede faltar en toda ficción que se precie. Y, qué leches, me gusta mucho que no haya la (ya casi inevitable) secuencia espectáculo que se lleva medio presupuesto del capítulo a costa de recolectar el share de la semana. Me gusta su aire de serie de cuando no había prime time, o cuando el prime time de las series era un sábado de invierno a media tarde en el UHF o la sobremesa de los días de vacaciones de verano, en la Primera Cadena. Y no me importa si las tramas son simples o compuestas, pero qué coño nos importa cómo son las tramas si lo que todos estamos esperando es que a Lorenzo se le encienda la bombilla y agarrado a la gafa empiese a largar sospechosos con asento argentiiino, vite.

A “Hermanos y Detectives” le renuevan contrato. Como se acaba el material del original argentino (la serie es remake de allí) y los guiones empleados apenas se han tocado, habrá que empezar a poner cosas enteramente de aquí. A ver cómo funciona.

Nostalgia 1 September, 2007

Escrito por emejota en : Series, Televisión , 8 comentarios

Septiembre, al fin. Pero ese no es el tema del post. La cosa hoy va de lo siguiente: ¿vende la nostalgia? Pues depende. En Televisión Española, por ejemplo, andan un poco moscas con el asunto desde que el año pasado, con motivo de su cincuentenario, vieron que la audiencia respondía de una manera inesperadamente positiva a los pequeños clips que rescataban del archivo mostrando programas, rostros, noticiarios, canciones y demás cosas del pasado. Sin embargo, la propuesta de programar la noche de los viernes el contenedor “En Serie”, prolongación de esa Operación Nostalgia y que pretendía rescatar episodios de series míticas, desde “Luz de Luna” (ay) hasta “M.A.S.H” (ay), consiguió en su estreno un descalabro histórico de audiencia.

En serio, “En Serie” fue un desastre.

Ahora ha quedado arrinconado a las madrugadas del sábado al domingo en La 2. Viene esto a colación porque hoy he visto, de casualidad, que esta madrugada toca revisar “Aquellos maravillosos años” a la maravillosa hora de las 3 y las 3 y 20 de la mañana respectivamente. Porque revisan dos cápítulos. Y debe haber sido esto de la nostalgia la que me ha llevado a utilizar el Teletexto (ay, el Teletexto!) para saciar mi curiosidad por saber qué dos episodios son los elegidos. Y desde luego, no se puede decir que hayan sido elegidos al azar. Son dos de los mejores. Cosecha excelente. El segundo de la segunda temporada y el vigésimo de la tercera. Traducidas las cifras a letras vienen a ser el episodio dedicado a Miss White, la profesora de Lengua (ay) y el (ay, ay) episodio de despedida del señor Collins, el profe de Matemáticas, que se muere el hombre y nos da un soponcio terrible y se nos queda la cara como la de Kevin Arnold cuando recibe la noticia. Y al final del capítulo no hay voz en off porque sale cantando en off Linda Ronstadt la canción “Good bye, my friend” y se nos saltan las lágrimas.

Ay.

Entre lo del Teletexto (silente superviviente jurásico en la era digital) y lo de que “Aquellos maravillosos años” vaya a volver a su casa de toda la vida, que fue La 2, aunque la vuelta sea fugaz y a las horas en las que se aparecen los fantasmas, y lo de los capítulos elegidos y tal, se me ha puesto el ánimo un poco melancólico. Sigo siendo el fan número uno de ese prodigio catódico, que conste; anda que no he moqueado pocas veces cuando el señor Collins se le aparece post mortem a Kevin Arnold para decirle (al fin) aquello de “buen trabajo, señor Arnold”…

(pero no me voy a quedar a verlos)

Weeds 9 July, 2007

Escrito por emejota en : Series, Televisión , Añade un comentario
-Bush invadió una nación soberana desafiando a Naciones Unidas. Es un criminal de guerra y ahora se supone que yo debo ser uno de sus matones desechables con una jodida diana en la cabeza enmedio del desierto esperando que me vuele en pedazos un coche bomba preparado por un crío de 12 años al que le encantaba “Friends” hasta que uno de nuestros misiles destruyó su casa??? Me parece que no.
-Tenían armas de destrucción masiva.
-¡No había armas de destrucción masiva!
-¿No?… Bien… bueno, qué mas da. Oye, tengos cosas importantes que hacer.
-Dime qué hay más importante que las corporaciones se apoderen de la democracia.
-Tengo que ir a cagar.
-Oye, ¿por qué apoyas tan ciegamente a Bush?
-Me gusta su mujer, Laura. Le compraba hierba en la universidad.

“Weeds”, 1ª temporada, episodio 10.

Final 8 April, 2007

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Hoy comienzan a emitirse en EEUU los últimos episodios de “Los Soprano”, la serie que la cadena HBO sacó al aire en 1999 y que pasará a la historia por haber marcado nuevas pautas en la producción televisiva posterior. La serie puso sobre la mesa una serie de elementos que, por aquel entonces, sólo podían permitirse al amparo de la televisión de pago: experimentación e innovación, crudeza en el lenguaje, violencia y sexo explícitos en las tramas y una cuidadosa producción de largometraje al servicio de cada episodio. “Quería hacer lo que siempre había querido ver en televisión y nadie me daba. No quería hacer una serie sino una pequeña película cada semana”, decía su creador David Chase.

“Los Soprano” actualiza el género de mafiosos trasladándolo al ámbito urbano del New Jersey de nuestros días. Al poner al día las convenciones del género, el capo, Tony Soprano (un enorme James Gandolfini condenado de por vida a ser Tony Soprano antes que James Gandolfini) tiene que hacer frente a los conflictos con sus hijos adolescentes, padece estrés, sufre depresiones, toma Prozac y acude al psiquiatra. Imposible olvidar los encuentros con su psiquiatra (maravillosa Lorraine Bracco, como el resto de sus compañeros), especialmente aquella primera consulta en la que la psiquiatra le pregunta a qué se dedica y Tony Soprano tras tamborilear inquieto con los dedos en el reposabrazos de su sillón responde con un eufemismo genial: “reciclaje de desechos urbanos”.

Tony Soprano es hortera, zafio, sentimental, imprevisible, sádico, capaz de producir en el espectador simpatía y temor por igual. Es la cabeza de un numeroso clan cuyas historias, que se entrecruzan y se bifurcan indefinidamente, han ido tejiendo con mano maestra los guionistas a lo largo de seis temporadas. La serie no sólo ha hecho mella en una audiencia tan fiel como millonaria, sino que ha conseguido hacer claudicar a quienes, por sistema, negaban a la televisión su capacidad para albergar un formato de una calidad semejante y ha sido la única que ha sido programada en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) desde donde nos llega un análisis certero: “Es una mezcla extraordinaria de análisis psicológico y cartografía social, estrafalaria, intensa, inolvidable” (Lawrence Kardish).

Hace un par de años, Antonio Muñoz Molina dedicaba un extensísimo artículo en “El País” sobre la figura de Tony Soprano, algo insólito tratándose de un personaje de ficción. Llegaba a confesar Muñoz Molina, entusiasta de la serie como tantos otros, que después de transitar el mundo de Tony Soprano, el Vito Corleone de “El Padrino” resultaba artificioso. Si esta afirmación la llega a hacer cualquier otro, aun siendo cierta, los culturetas de turno le saltan a la yugular; como la dijo un académico e intelectual se hizo el silencio y con disimulo se pasó la página del periódico donde me parece que venía un anuncio, no me acuerdo bien.

Se acaban “Los Soprano” pero cada una de sus temporadas queda en un lugar privilegiado de la estanteria de los dvd´s para reiterados y regocijantes visionados. Junto con “A dos metros bajo tierra” forman los pilares de un ciclo irrepetible de series salidas de la factoría HBO (“Deadwood”, “Roma”, “Oz”, “Carnivale”) que dan cien vueltas a la mayor parte de la producción concebida para la pantalla grande demostrando que la televisión es un medio en el que hay cabida para el talento y la innovación. Nada será lo mismo a partir del modelo de “Los Soprano”. Es uno de los muchos bienes que nos deja en herencia.

Familia 22 March, 2007

Escrito por emejota en : Series, Televisión , 3 comentarios

Mi confesada inclinación hacia la telefilia (versión series) incluye hacer esporádicas incursiones arqueológicas en el legado del pasado. La experiencia nos dice que es conveniente llevar puesto el casco por si las decepciones, que el tiempo no perdona. No ha sido el caso, afortunadamente, tras recibir y degustar en dvd la esperada primera temporada de “La Familia Addams”, la serie original de 1964, una pieza preciada donde las haya. Podría emitirse hoy perfectamente porque, sorprendentemente, conserva intactos su originalidad, su ingenio y su frescura.

A principios de los 90, Barry Sonnenfeld los llevó a la pantalla grande de manera simpática con un plantel de lujo: Anjelica Huston, Raul Julia y una jovencísima Christina Ricci en los principios de su carrera encarnando a una inquietante Miércoles. El largometraje jugaba con la parte tétrica de los Addams y aprovechaba la tecnología del momento para hacer que “Cosa”, la mano sin cuerpo, se deslizara a todo correr por los pasillos liberada al fin de la caja de la que surgía en la serie de la tele cual caparazón de tortuga. Pero la película dejaba en segundo plano lo fundamental: la crítica que los Addams hacen de la clase media norteamericana. Porque cuando entras en casa de los Addams y convives con ellos un par de capítulos te das cuenta de que los raros son los otros. A los Addams les horrorizan los picnics dominicales y los clubs de señoras que se reúnen por la tarde a tomar el té; les preocupa seriamente que su hijo coquetee con el traje de boy scout y las alarmas se disparan cuando le ven aproximarse a un bate de béisbol por si cae en la deplorable tentación de practicar “eso”.

Capítulo a capítulo, dinamitando las convenciones establecidas, van poniendo en evidencia todo, desde el sistema educativo a la política. Los Addams se valen del delirio para poner el dedo en la llaga consiguiendo, sin embargo, que la gente se ría. Poniendo todo del revés muestran la cruda cara de las cosas. Por eso cuando Gómez decide apostar con la lógica propia de los Addams por el político más corrupto o más susceptible de serlo es porque “como es bien sabido, un político ejemplar es aquel que al ganar las elecciones incumple todas sus promesas electorales y, si es necesario, manda a paseo a los suyos”.

Luego está el acertadísimo diseño de personajes y el casting que los encarna, las tramas, los escenarios y, sobre todo, los gadgets, esa colección de frases, objetos o situaciones recurrentes inherentes al género de la comedia y que actúan como mecanismo de conexión con el espectador al buscar su complicidad.

Se podría hablar largo y tendido de las veladas con los Addams, de los cuidados que Morticia procura a las rosas en el invernadero, cortándoles la flor como si fueran malas hierbas para cuidar las espinas que es lo que importa, o del pétreo mayordomo Lurch sentado al clavecín animando las noches de tormenta o de tantas cosas, pero… El “pero” está en la edición. Y eso sí que no tiene gracia. Porque todo teléfilo que se precie sabe que la primera temporada de los Addams, emitida por la cadena ABC entre 1964 y 1965 constaba de 34 episodios de 25 minutos.

Pues en la caja vienen 22.

Y por mucho que mires el pack no pone por ningún lado “Primera Temporada, primera parte”, sino “Primera Temporada” a secas. Dí que al menos los 22 episodios no son una selección de los 34 pero aún así no me da buena espina (como las de Morticia). Parece que las distribuidoras siguen empeñadas en que nos vayamos al mercado de Zona 1 donde encontramos la edición completa y a un precio más barato aunque ellas pierdan aquí clientes y dinero. A Gómez le parecería normal.

Proyecto 17 February, 2007

Escrito por emejota en : Series, Televisión , 6 comentarios

Un día alguien echó un vistazo a esta portada:

Se asomó a su interior:

Y dijo: “adelante con ello”.

La verdad es que da un poco de vértigo pensarlo pero esta historia cumple ahora 20 años. Siguen siendo maravillosos.
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Collage 14 October, 2006

Escrito por emejota en : Música, Series, Televisión , 8 comentarios

A Ferre, modulando hacia otro tema.

Menos mal que está el dvd. Sí, porque muchas veces me pasa que pongo un episodio de “A dos metros bajo tierra” (Six feet under, Alan Ball) y cuando termina el minuto y medio de cabecera no puedo resistir coger el mando y volverla a pasar otra vez. Y otra. Me fascina, está a la cabeza de las cabeceras (valga el juego de palabras) o, si se prefiere, es la joya de la corona de las cabeceras, lo que es lo mismo porque, ¿dónde se colocan las coronaaaas? Pues en la cabeza.

(Me parece que me estoy yendo por las ramas)

(y puede que del árbol que sale… encabezando esta cabecera)

A lo que voy, que aprovechando que alguien ha tenido a bien colgar en YouTube la cabecera como Dios manda (formato 16:9, buena calidad de imagen y, sopresa!, sin los créditos impresos) me he decidido a comentarla. Pero sólo algunos aspectos porque si me pusiera a largar sobre esta cabecera (tantas veces visionada) nos podrían dar las uvas. Y como que no.

HBO es una cadena que echa el resto en el diseño de sus cabeceras. Aquí se trata de una cabecera narrativa porque nos cuenta muchas cosas pero no lo hace de forma meramente lineal sino que lo que presenta es un curioso collage de motivos y símbolos, todos ellos con un punto en común: la muerte.

La música hace lo mismo por lo que podría pensarse que el compositor lo tiene difícil. Pues no. No si se la dan a Thomas Newman porque Newman es un músico que brilla especialmente en ese terreno. Soy de la opinión que Newman trabaja creando pequeños e ingeniosos gadgets musicales, breves ráfagas que en muchas ocasiones funcionan en bucle, como ocurre en la genial banda sonora de esa película curiosísima que fue “Una serie de catastróficas desdichas” y que aquí nadie fue a ver: los mayores porque pensaban que era para niños; los niños porque les daba miedo. Yo como no soy ni mayor ni niño pues la vi. Y me gustó. Mucho.

(Me estoy volviendo a ir por las ramas)

Collage. Símbolos. En el ámbito visual y en el musical. Lo primero que vemos y oímos son los símbolos esenciales que van a reaparecer a lo largo de la cabecera: el cuervo (pájaro de mal agüero) y el árbol (ay los quebraderos de cabeza que les dio a los chicos de la HBO dar con “el árbol”!). Al mismo tiempo, y con igual importancia, escuchamos un acorde pianístico punzante y agudo que se repite con insistencia, un acorde de séptima mayor construído por superposición de cuartas. Traduccción: un acorde gélido. Un hallazgo lo del acorde, oiga. Dicho acorde viene a representar el impacto súbito que produce en nosotros el inesperado anuncio de un deceso, el estupor en el que nos sumimos en un trance así y el estado de confusión, preguntas, desconcierto, todo lo que se quiera, que viene a continuación. El acorde es un grito, un dolor. ¿Todo eso cabe en un acorde?. En este sí, desde luego.

Podría hablarse, y mucho, de la acertada sincronía entre lo que vemos y lo que oímos. Dos ejemplos: el hermosísimo plano de la separación de manos (se separan bruscamente coincidiendo con la enésima repetición del acorde -la brusquedad nos habla del doloroso momento de la separación, de la pérdida- para flotar en el aire a continuación a cámara lenta como contraste -representando, quizá, el estupor de quien se queda y el misterio que deja quien se marcha: ¿hacia dónde va?-). Otro ejemplo: la música se pone verdaderamente en marcha coincidiendo con el brusco giro que hace la rueda de la camilla de un difunto al iniciar su viaje a través de un largo pasillo de hospital que deja atrás el mundo de los vivos -representado por la silueta de un ser humano al contraluz- y se adentra en un más allá cuyo misterio insondable se traduce en un blanco deslumbrante que ciega la pantalla.

Pero lo que me interesa en este post no es tanto la sincronía como el trabajo de collage en sí, la suma de trocitos que, juntos, conforman un todo narrativo. En este sentido hay tres momentos especialmente significativos que se corresponden con tres reflexiones fundamentales que nos plantea el hecho en sí de la muerte, a saber: 1) la ancestral inquietud del ser humano sobre la posibilidad de la existencia de un más allá de la muerte; 2) la condición del ser humano como un ente mortal y 3) el inexorable paso del tiempo, la fugacidad de la existencia.

Estos tres fragmentos del collage están representados de la siguiente manera: la incertidumbre ante un más allá lo representa la cámara girando sobre sí misma mientras mira al cielo, al tiempo que la música cesa su ritmo dejando suspendido en el aire un acorde estático que viene a significar un instante sin contornos ni pliegues, un infinito, mil preguntas sin respuestas. El resultado es estético, estático y extático.

Similar procedimiento musical (ausencia de ritmo dejando flotar un acorde en suspenso) acompaña la breve ráfaga visual que representa la inexorabilidad del final: unas flores marchitándose en un jarrón mientras el acorde fluctúa, languidece.

Curiosamente, esta ausencia de ritmo en los fragmentos claves contrasta con el segmento que nos habla de la fugacidad de la existencia. Aquí no sólo hay ritmo sino que es un ritmo insistente; en realidad se asemeja al sonido de la maquinaria de un reloj: el paso del tiempo. No es menos significativo (y me parece todo un acierto) que las imágenes nos presenten entonces un recipiente de líquido de embalsamar graduado y numerado: simbolizan las dimensiones de un todo finito que descuenta latidos progresivamente.

Con estas pistas sólo queda disfrutar del estupendo y minucioso trabajo realizado que invita a ser visionado varias veces porque una vez sabe a poco. A mí me pasa. Menos mal que está el dvd y siempre puedes echar mano del mando a distancia y volver al principio. Sobra decir que lo que viene después de la cabecera está a la altura. Qué gran serie (ya difunta, por cierto).

“Six Feet Under” - Cabecera

(Click en el centro de la imagen para visionar el video)

Casting 2 October, 2006

Escrito por emejota en : Series, Televisión , 6 comentarios

No, no es el superviviente de una catástrofe. Tampoco se trata de un secuestrado recién liberado o de un conductor ebrio esperando a su abogado en una comisaría. Es un fotograma del casting que llevaría a Hugh Laurie a convertirse en el doctor House. Ver para creer.

Cabecera 16 September, 2006

Escrito por emejota en : Series, Televisión , 6 comentarios

“Anatomía de Grey” (2005-)

Desconozco si algún certamen tiene establecido un premio en la categoría de mejor diseño de cabeceras para series de TV (pero si no existe, ya tardan)

Padre 31 August, 2006

Escrito por emejota en : Series, Televisión , 8 comentarios

Kevin Arnold ha sido padre. La noticia saltó a la prensa y fue toda una sorpresa aunque ya nos lo avisó él mismo al final del episodio 115: que de mayor se casaría y tendría un hijo. Lo que no sabíamos es que sería niño, que se llamaría Oliver y que nacería el 5 de Agosto de 2006. También nos dijo que, para entonces, Winnie Cooper sólo sería un recuerdo dulce fijado para siempre en aquellos maravillosos años de la infancia. Vamos, que se iba a casar con otra. Cuando lo anunció se nos encogió un poco el corazón, la verdad, después de haber asistido a 115 ternuras, besos y afectos, encuentros y desencuentros. Luego hubo un fundido en negro y apareció en los créditos, por última vez, la tarjeta de visita del mago: Bob Brush, producción ejecutiva, y entonces se nos escapó un suspiro. Ay. Ahora Kevin Arnold ha sido padre. Aquel chaval que soportaba largos primeros planos subrayando asombrosamente con el rostro las emociones que dictaba la voz en off ya tiene 30 años y ha hecho muchas cosas desde aquel episodio 115. Se licenció en la Universidad de Stanford, se casó con su amor de la niñez, Jennifer Stone y cuando hizo sus pinitos tras la cámara invitó a la verdadera Winnie Cooper, Danica McKellar, para que apareciera fugazmente en un episodio de la igualmente fugaz sit-com “Working”. Eso también nos lo había advertido: que Winnie Cooper y él no se casarían pero que tan amigos de por vida. Cómo pasa el tiempo: este post es una voz en off que recuerda aquellos maravillosos años en los que nos emocionábamos viendo “Aquellos maravillosos años”. Del episodio piloto va a hacer pronto la friolera de 20 años y yo recuerdo perfectamente su primer visionado, muchas veces después revivido, con esa preciosa fotografía que captaba a la perfección la atmósfera de un verano de finales de los 60 en la cocina de una familia de clase media. A partir de ahí vendrían los monosílabos gruñones de Jack Arnold, la confortable presencia de Norma Arnold, y Karen, Wayne, los Bosques de Harper, Joe Cocker, Paul Pfeiffer, el señor Collins (implacable e inolvidable profesor de matemáticas que se marchó a los sones de Linda Ronstadt, “Good bye, my friend”), la señorita White, Judy Collins, el coche familiar y así todo el rato. Fred Savage ha tenido un hijo porque sigue siendo Kevin Arnold y ya avisó que eso iba a pasar. Luego pusieron unos anuncios.

Funeraria 29 June, 2006

Escrito por emejota en : Series, Televisión , 4 comentarios

Que la pequeña pantalla puede dejar ídem a la grande con productos muy superiores es un hecho que tiene en las series de la cadena norteamericana HBO un reflejo ejemplar. Tengo encima de la mesa la tercera temporada de “A dos metros bajo tierra” (Six feet under), la maravillosa serie creada por Alan Ball y que es uno de mis placeres predilectos que me reservo para un tiempo de vacaciones. La veo en dvd porque escucharla doblada seguro que es pecado mortal. Como hace mucho tiempo que vi la segunda temporada he rebobinado un poco la memoria y he empezado revisando el precioso episodio 7 de dicha temporada y a partir de ahí voy a continuar hasta completar la habitual tanda de 13 que me deposite, al fin, en la tan ansiada tercera entrega.

“A dos metros bajo tierra” es un serial que se debate entre la vida y la muerte y cuyos capítulos tienen forma de lápida. Cada entrega comienza en el instante de la muerte de un ciudadano anónimo, el consiguiente inserto en pantalla de su esquela (nombre y apellidos; año de nacimiento y muerte debajo y entre paréntesis) y su posterior aparición en la funeraria “Fisher & Sons” donde será convenientemente tratado. Allí asistimos a las vicisitudes de los vivos (las peripecias de los miembros de la familia Fisher) y a su contrapunto representado por la presencia silenciosa del difunto de turno y su propia circunstancia colándose durante unas horas por debajo de las puertas.

Todo aquí es un gozo, empezando por los maravillosos títulos de crédito y el collage musical que los acompaña al compás del más allá y el más acá, impagables en su diseño y realización. Impecable el trabajo de casting para poner piel y carne a un elenco de personajes, todos, los principales y los secundarios, ricos en matices y en profundidad psicológica, de una singularidad extraordinaria. Maravillosos los guiones, la fotografía, los escenarios, los encuadres; cuidados al extremo los detalles (los fundidos en blanco como pincelada sutil que remite al hecho trascendente de la muerte presente en cada fotograma), y, sobre todo, el tempo de la narración (sorprendentes los intensos momentos de introspección, de intimidad sobrecogida y de silencio conseguido en un medio, el televisivo, que tiende a sentirse incómodo ante estas cosas)

Todavía recuerdo en la primera temporada (desapareció posteriormente) la aparición de una breve y recurrente ráfaga incidental de música que llevaba incorporado el olor de la tierra recién removida, el estremecimiento de la luz de una vela solitaria, un latido que se extingue y una mano buscando consolar la congoja del pecho mientras la mirada se eleva a un cielo que atesora preguntas y misterios ilimitados.

Directo 12 March, 2006

Escrito por emejota en : Series, Televisión , 3 comentarios

7 vidas“7 vidas” es una sit-com que hace justicia a su nombre por méritos más que suficientes. Llegar al capítulo 200 en estos tiempos de turbulencias televisivas es un acontecimiento digno de celebración y esta noche lo han hecho realizando el capítulo en directo. Toma ya. La experiencia se ha saldado con nota y ha permitido al espectador participar, por una vez, de una experiencia inusual: la empatía con el elenco de actores, porque hoy eran actores más que personajes. Hoy no se veía a Sole repartiendo collejas sino a Amparo Baró haciendo de Sole y jugándose el tipo ante una platea de varios millones de personas. Lo mismo es aplicable para los demás, con la excepción de Javier Cámara y Paz Vega, cuyo breve segmento venía grabado al no poder estar presentes por compromisos laborales.

Lo de “7 vidas” tiene mayor mérito porque ha conseguido clavar cada uno de sus personajes y no sólo sobrevivir a la posterior fuga de los actores/actrices que les daban vida sino que ha sido capaz de repetir la operación con idéntico resultado durante años. En las series de televisión (y también en el mundo de la canción), pasa una cosa muy curiosa: en cuanto alguien tiene un éxito grande siente la repentina necesidad de “echar a andar en solitario”, esa es la frase socorrida en esos casos pero ocurre que, salvo excepciones contadas, el recorrido posterior es muy breve; parecen no darse cuenta de que el éxito obtenido no reside en ellos como individualidades, sino en ellos como pieza del engranaje de un colectivo. Esta temporada “7 vidas” ha experimentado un descenso de la audiencia porque esta vez no se ha ido un personaje, se han ido varios de golpe y algunos eran verdaderos pilares de la serie (nunca te tenías que haber marchado, Carmen Machi).

Como ya he dicho en alguna otra ocasión que yo de mayor quiero ser productor ejecutivo de una serie de tv (de una serie buena, ya puestos), puedes imaginar el interés con el que he seguido la emisión. Me he fijado en muchos detalles curiosos y he apreciado el fantástico trabajo realizado con precisión de relojero pero sobre todo, me ha llamado la atención que la ficción ha fluido con la naturalidad de lo real mientras que el único desliz apreciable en el ámbito real (la risa no contenida de Carmen Machi interrumpiendo momentáneamente su diálogo con Gonzalo de Castro) ha resultado del todo ficticio. Seguramente lo era, venía en el guión. Qué curioso. Así que en la siguiente pausa publicitaria me he quedado dando vueltas a eso, a la idea de tener que falsear la realidad precisamente para acrecentar su carga de veracidad; teatralizar el directo para recordarnos que lo que vemos no es teatro grabado. Iba a llegar a alguna conclusión sobre el asunto cuando ha empezado el siguiente bloque y ya he perdido el hilo. En cualquier caso, magnífico trabajo. Aplausos.

Lastre 20 December, 2005

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El mayor lastre que arrastran las series españolas de televisión es su minutaje. El resurgir del formato, hace unos años, fue convenientemente aprovechado por las cadenas exigiendo a las productoras que estiraran el minutaje. El razonamiento era sencillo: si una serie funciona y da audiencia, ¿para qué sentarse a pensar nuevos formatos, para qué arriesgar apostando por nuevos productos? Se va a lo seguro y punto. Las cadenas son muy conservadoras. De esta manera, los guionistas se vieron forzados, a su pesar, a exceder las medidas establecidas por la convención: 23 minutos para una serie de media hora, 46 minutos para una serie de una hora (los minutos sobrantes van para publicidad). En esto los americanos son maestros e inflexibles salvo contadas excepciones excepcionales que, siempre, tienen una justificación, digámoslo así, expresiva.

El mayor mérito de una serie como “7 vidas” es sobrevivir 47 minutos tan espléndida habiendo nacido para durar 23. Otras no tienen tanta suerte, y es que duplicar la duración de una serie de una hora es un disparate. Las 4 o 5 subtramas de cada episodio se dilatan en exceso, el ritmo se resiente, y no todas las series saben salir airosas. Echas un ojo a la escaleta de los episodios de “Los Serrano”, que Globomedia sirve a Telecinco, y te entran agobios: 78 minutos, 72, ¡83 incluso!. Lo de “Los Serrano” (que ha vuelto esta noche) es una pena, porque bien formateada sería otra cosa muy distinta y bastante mejor.

Llenar 80 minutos semanales de tramas que apenas progresan tiene que ser un suplicio para los guionistas; digo yo que será por eso que, de puro aburrimiento, se ponen a jugar. Cómo explicar, si no, que en los pocos minutos que he visto esta noche hayan aparecido, seguidos, tres guiños cinéfilos que nada tenían que ver con la trama: el primero ha sido una alusión a una película de Chicho Ibáñez Serrador (“¿Quién puede matar a un niño?”); el segundo ha sido una parodia bastante literal del famoso discurso del alcalde de “Bienvenido Mister Marshall”, ya sabes, aquello de “como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación…” (hay que imaginarlo con la voz de don Pepe Isbert, ilustre inolvidable); y el tercero, el más evidente, ha sido una recreación grotesca de la escena del hachazo en la puerta de Jack Nicholson en “El Resplandor”, de Kubrick. Digo grotesca porque no era Jack Nicholson en su inquietante papel del desquiciado señor Torrance quien pretendía derribar la puerta tras la que se encontraba una aterrorizada Shelley Duvall sino que era “el Genaro”, matarife de cerdos, quien pretendía ejercer como tal con Antonio Resines (!)

Ignoro si ha habido más guiños cinéfilos pero es que me he puesto el abrigo y me he pasado un rato por “Cheers” (ay)

Desconocido 18 November, 2005

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El Chaplin desconocido Si me pidieran una lista que recogiera los libros, discos o vídeos raros más ansiados, esos que una vez tuviste y que perdiste en algún préstamo (ay, esos préstamos) o esa película que viste cuando ni siquiera había video para llevártela debajo del brazo, mi lista de deseos estaría encabezada, sin dudarlo, por la magnífica serie documental “El Chaplin desconocido”, que elaboró la británica Thames TV allá por los 80 y que tan hondo impacto me causó en mis años de adolescencia.

Pues mira tú por dónde que los amables señores de Amazon, tan hábiles ellos en el trato con el cliente para que no se les escape sin que se note, me acaban de enviar un e-mail diciéndome que como comprador el año pasado de cierta porción de celuloide rancio quizá me interesaría saber que el próximo día 29 sale en dvd “The unknown Chaplin” y he dado un salto de alegría.

“El Chaplin desconocido” era un meticuloso trabajo de los historiadores Kevin Brownlow y David Gill tras haber recuperado miles de metros de celuloide, la mayor parte en estado de putrefacción, lo que daba a la cosa un aire aún más clandestino si cabe, un carácter casi espectral a las alucinantes imágenes que se entreveían y que según Chaplin nunca deberían haber salido a la luz. Mostraban las tomas falsas de secuencias míticas, lo cual no deja de ser algo muy atractivo pero no lo mejor, ni de lejos, que lo que venía a continuación. Porque se mostraba ante los fascinados ojos del espectador el proceso de la progresiva transformación de las secuencias a cada repetición, añadiendo detalles, suprimiendo cosas, variando elementos, que revelaban a las claras la enfermiza obsesión perfeccionista de Chaplin hasta alcanzar la toma ideal.

El título del trabajo, dividido en 3 capítulos, no podía hacer más justicia al contenido, desde luego, porque lo mejor era contemplar a un Chaplin del todo distinto al que luego veíamos en la toma definitiva. Recuerdo, porque se me quedó grabada en la memoria, la imagen de Chaplin sentado en el decorado nevado de “La quimera del oro” en un momento crítico del rodaje, a punto de suponer el colapso de la película; se le ve solo en la nieve, apartado, con el rostro descompuesto, tenso, oscuro, y la cosa impresionaba todavía más dado que aparecía en aquella imagen caracterizado de su amable personaje. La sensación era muy extraña: era como ver un ser hundido, demacrado, un ser derrotado y vencido con la piel de un inocente payaso.

El documento no tiene desperdicio. Yo ya lo he tachado de la lista y he hecho una reserva. Por cierto que la portada es horrorosa.

Cosmos 19 September, 2005

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Carl SaganRecuerdo que hace unos años, bajo la constelación de estrellas eléctricas del firmamento navideño, la noticia de la muerte de Carl Sagan salió del informativo nocturno y nos sorprendió con el mazapán en la boca. Si nacemos del polvo de las estrellas yo no sé por qué tenemos que apagarnos tan pronto.

De entre la galaxia de fascículos coleccionables que trae Septiembre a los quioscos he visto esta mañana el semblante sonriente del doctor Sagan. Editan su inolvidable “Cosmos” en dvd. Tengo desde hace unos años la edición americana, pero he comprado esta primera entrega confiando en volver a oir un rato la voz de su maravilloso doblaje. No ha habido suerte: está redoblada. Tendré que extremar los cuidados con mis viejos vhs para que duren. La edición ha sido supervisada por Ann Druyan, que fue esposa de Sagan y a quien la serie está dedicada. Ella ha llevado a cabo una tarea de actualización del material teniendo en cuenta la luz arrojada por los avances científicos habidos desde que se rodó el proyecto, hace ya la friolera de 25 años.

La primera vez que pasaron “Cosmos” por la tele -los lunes, después de cenar, en la primera de TVE, lo reseño porque ese horario hoy sería impensable para una serie documental- yo era muy pequeño como para enterarme algo de la fiesta. Tuve que esperar a su edición por entregas en vhs por la editorial RBA para vivir, años después, una experiencia que me marcaría profundamente. Cada quince días, ahí estaba yo antes de que abrieran para recoger el capítulo correspondiente, que devoraba con absoluta devoción.

A Sagan le agradeceremos de por vida muchas cosas. Por ejemplo, que iluminara nuestra conciencia, haciéndonos sentir protagonistas de un misterio trascendental. De la Biblioteca de Alejandría al viaje épico de las sondas Voyager, del latido de la célula al eco lejano del Big Bang, Sagan aparecía con su chaqueta de pana y su jersey de cuello alto, nos decía cosas como que en la orilla del océano cósmico está el hombre, con esas maneras tan suyas, y te llevaba de la mano, hipnotizado, para contarte historias de viajeros: Huygens, Tycho Brahe, Kepler (con qué intensidad vivimos la angustia existencial de Kepler!)

Yo aprendí de Sagan que la astronomía es una ciencia poética, que la música de las esferas existe, que el universo es lo que cabe en 13 horas de vídeo y que la respuesta a todas las preguntas da siempre infinito. No es poco.

Serial 24 August, 2005

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Yo, como soy muy raro, de mayor quiero ser productor ejecutivo de una serie de televisión. De una serie buena, claro. Puestos a pedir, una serie de culto. Fantaseo secretamente con esa idea desde los tiempos del bachillerato y siento una mezcla de envidia y admiración cuando aparecen en la pantalla los nombres solitarios de James Burrows, Bob Brush, Brad Grey o Allan Ball, que los productores ejecutivos se reservan la pantalla para ellos solos, faltaría más.

Siento debilidad por el formato serial en cualquier manifestación, literaria o cinematográfica. Me gusta la ficción por entregas: historias dosificadas a razón de 13 (o 26) capítulos de 23 (o 46) minutos. Que Tony Soprano tenga 53 minutos para él no nos extraña nada, conociéndole, cualquiera le dice que no, y hasta lo agradecemos. Ahora bien, que una de sus entregas tenga 42, como ha pasado ya en un par de ocasiones, es un efecto expresivo de eficacia garantizada. Conocer el engranaje del serial es importante (y si además lo disfrutas, mejor). Me gusta la intermitencia con la que avanza la narración, el espacio emocional en blanco que surje durante la suspensión temporal de la acción. Allí vives en vilo mientras el ánimo se prepara para una nueva inmersión. También me seduce mucho la capacidad del formato para hacer evolucionar, progresivamente, a los personajes, la relación de familiaridad y cierta complicidad que se establece entre ellos y el espectador. Y, por supuesto, me gusta la posibilidad que ofrece de jugar con el tiempo, hacer avanzar el mundo de ficción a través de una escala temporal paralela a la real (los guiones de una temporada de “Aquellos maravillosos años” abarcaban los acontecimientos transcurridos desde el final de un verano al principio del siguiente, espacio de tiempo prácticamente similar al de su emisión).

Decía Juan Cueto ayer en El País que al cabo de medio siglo de pantalla de cristal, “las ficciones de la tele empiezan a ser muy superiores a las de la centenaria pantalla de tela” y animaba a los cinéfilos a visitarlas sin prejuicios. Tiene razón. Acabo de revisar por enésima vez el piloto de la legendaria “Twin Peaks” y, entre sobresalto y sobresalto, te encuentras al mejor David Lynch. Desde que mataron a Laura Palmer (“¿Quién mató a Laura Palmer?”) y apareció metida en aquella bolsa de plástico han pasado unos añitos, pero no se nota nada. Ahora, buena parte de la culpa de lo que dice Juan Cueto la tienen los señores de la cadena por cable HBO, responsables de maravillas como “Los Soprano”, “A dos metros bajo tierra”, “Oz” y la esotérica “Carnivale”, entre otras.

Yo disfruto mucho con lo serial, pero no me conformo con cualquier cosa: soy bastante exigente. Lo tengo que ser si de mayor quiero ser productor ejecutivo de una serie de culto. Yo no pido sólo calidad a una serie, también pido que las posibilidades que brinda el serial estén bien explotadas. Luego me fastidia mucho que los programadores alteren el orden de los capítulos o te metan 3 seguidos, haciendo saltar por los aires el imprescindible ritual de saborear el emocionante vacío entre entregas. Hay quien se harta de la insensibilidad de los programadores y se compra la serie en dvd pero luego se traga la temporada completa en dos noches. No sé qué es peor.

Santuario 17 July, 2005

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Paul, Kevin y Winnie
Toda infancia tiene su santuario, territorio de aventuras y refugio secreto, y un día desaparece. Para Kevin, Winnie y Paul ese lugar era el Bosque de Harper, un puñado de árboles en la frontera de un suburbio urbano. Las excavadoras los derribaban en el capítulo 22 para preparar el terreno al nuevo Centro Comercial pero la noche anterior los tres chicos acudían allí a jugar por última vez al escondite en un gesto que tenía algo de ceremonia ritual en la que quedaban sellados muchos vínculos para siempre.

“Aquellos maravillosos años” es algo más que mi serie favorita; es un poemario: 115 preciosos poemas de 23 minutos cada uno. Esos guiones impecables, con su mezcla de ironía y nostalgia; aquel chaval capaz de interpretar con la mirada las palabras dichas por la voz en off (o aquella voz en off capaz de interpretar con las palabras las miradas del niño Fred Savage, en cualquier caso, extraordinario doblaje el de Armando Carreras). Tantas cosas. Me acordé ayer porque ocurrió algo que me llevó a visitar el que fue el santuario de mi infancia. Al llegar comprobé que ya no existe, que ni siquiera se puede pisar. Donde un día estuvo aquel lugar se levantan hoy 3 edificios altos y blancos. Ví también que había una boca de metal que lleva a un párking privado y un supermercado que sacaba a la calle olor a detergente y tenía en el suelo de la entrada una hoja de lechuga podrida. Miré un rato el entorno y quise observarme a mí mismo. No es la primera vez que me siento extraño al recorrer algunas zonas en mi propia ciudad, como si fuera un forastero que retorna después de mucho tiempo, curiosa sensación cuando jamás he salido de aquí más de 15 días seguidos. Lo que me produjo desazón fue que estando allí buscándome en el pasado me costó reconocerme en el presente así que, buscando la escasa sombra que el sol debía haber dejado olvidada, decidí volver a casa.

Kevin Arnold y Winnie Cooper se dieron su primer beso una tarde a los pies del gran árbol en el Bosque de Harper, santuario de todas las infancias. Lo vio la cámara antes de iniciar discretamente su retirada mientras la voz de Judy Collins sacaba magia de una canción de John Lennon: “Hay lugares que recordaré toda mi vida, aunque hayan cambiado (…) Aunque sé que nunca perderé el afecto por las gentes y las cosas que un día sucedieron y sé que a menudo me pararé a pensar en ellos, en mi vida, a ti te he querido más”.