Ejemplo 8 enero, 2008
Escrito por emejota en : Televisión, Varios , 4 comentarios , trackback
Como la mayorÃa de los lectores, empiezo a leer el periódico desde el final y en este PaÃs remodelado que no termina de encajarme, no sé, hay un hueco a la mitad que desconecta esta parte del final con la del principio, en fin, eso es otro tema, pues en este PaÃs remodelado, decÃa, aparece en primer lugar, es decir, en último, una sección que para un observador de detalles como yo resulta altamente estimulante. Se trata de la sección “Almuerzo con…” y en ella, como es de suponer, alguien de la casa se va a un restaurante a comer con alguien famoso y entre plato y plato se hace une entrevista. La entrevista, por lo general, es lo de menos. Digamos que la entrevista es el pretexto para ese recuadrito que reclama nuestra atención y donde se nos informa, detalladamente, del lugar elegido, los platos consumidos y su precio, el unitario y el total. Es fascinante porque estos menús dan la medida de muchas cosas. Por ejemplo, el de hoy.
En el almuerzo del ejemplar de hoy el que se va a comer por ahà es José Andrés, cocinero de la tele entre otros restaurantes. Le acompaña John Carlin y van a la “Tasquita de Enfrente”. No se especifica qué cosa hay enfrente de esta tasquita pero al menos sabemos que está en Madrid. Pues bien, menos mal que han elegido una Tasquita porque el tÃo, que para colmo parece insinuarnos en la foto las propiedades saludables de la manzana (en la edición en papel estratégicamente colocada además para tapar la papada, en la digital no) se zampa un menú de 201 euros. Es evidente que John Carlin algo comerá el hombre, pero por el texto que acompaña al almuerzo no parece que mucho. Hay para comer guiso de ibérico con alcachofa, calamares de potera a la romana perfumados, tartar de ventresca con caviar y anchoa, gamba roja con cuscus de ajo, espardeñas, berberechos con sake y salicornia, amanita cesarea, raya mantequilla negra, pannacota de trufa, borracho al ron y para que todo pase sin dificultad por el gaznate, vino Belondrade y Lurtón.
Buen provecho.
Es evidente por la corpulencia del cocinero que comidas como ésta no serán excepcionales y el hombre es dueño y señor de tragar lo que le de la gana, faltarÃa más. Pero los señores de los cereales o los yogures o los que sea que le pagan para anunciar la moderación y prevenir de lo cardionosequé cuidando el colesterol y el sobrepeso, promoviendo de paso la dieta sana y equilibrada, a buen seguro habrán comprendido que el tal anuncio ha perdido la mucha o poca credibilidad que tenÃa.
Dice John Carlin a los postres que el cocinero salió de la Tasquita directo a Barajas para coger el vuelo de las 5 a Nueva York donde aterrizaba, hora local, a las 6 para irse directamente a una cena promocional. Es de suponer que se habrÃa llevado unas barritas de cereal para entretenerse durante el viaje.
Dexter 10 diciembre, 2007
Escrito por emejota en : Series, Televisión , 21 comentarios , trackback“La sangre es mi vida”. Aunque lo parezca, no lo dice Drácula, lo dice Dexter varias veces por capÃtulo y con cierta sorna porque la cosa tiene un doble sentido: forense de dÃa y asesino psicópata en ratos libres. No se sabe si en este caso se cumple aquel lema de la pedagogÃa gore que decÃa que las letras con sangre entran pero, dadas las circunstancias, lo que está claro es que la sangre es la tinta con la que mejor se escribe el nombre:

Dexter es Michael C. Hall, felizmente recuperado para la pantalla tras su singladura de 5 temporadas por la difunta “A dos metros bajo tierra” (sus apenados no la olvidamos):

El pálido color de cara que luciera en aquellos episodios (herencia de madre, no cabe duda) ha dado lugar aquà a un bronceado que sugiere un cambio de aires. El aire es Miami. Bochornoso aire. Tiene que hacer un calor tan húmedo allà que no voy ni muerto. ¿Es importante este detalle para hablar de “Dexter”? Pues mira, sÃ, porque durante los episodios los ojos no pueden evitar posarse en esos surcos verticales que el sudor marca en las espaldas de las camisetas como si fueran la sombra de la columna vertebral, ni en los cielos blancos del mediodÃa, ni en las amenazadoras nubes gordÃsimas que se apiñan como montañas en el horizonte, ni en el zumbido de los aparatos de aire acondicionado funcionando las 24 horas del dÃa, detalles todos estos que al director parecen ponerle contento porque los saca mucho pero que nos agobian a quienes tenemos un sentido nórdico de la existencia. En Miami además hay cocodrilos y cosas de esas.
Dexter es un justiciero vengador como los héroes de comic pero con matices porque él no se toma la justicia por su mano para curar momentáneamente el escozor de su propia herida sino como pretexto para hacer lo que más le gusta: matar. Simplemente. Ha salido la palabra cómic por ahà arriba y no es casual. Yo no sé si la novela de la que sale este Dexter es una novela gráfica pero desde luego tanto la estética como la ética sigue la senda del cómic. Y la actitud del espectador en este sentido ayuda a entrar en el asunto. Las cosas no son las mismas ni se dicen de la misma manera en una viñeta de Stan Lee que en un párrafo de Javier MarÃas pero lo importante es que en ambos casos tienen vida propia y son coherentes con el universo narrativo al que pertenecen. Y son creÃbles.
El instante fundacional del mito al que nos remiten continuamente los fascÃculos de los comics está ocupado aquÃ, en flashback, por una escena paterno filial en la que el padre, tras confirmar los irrefrenables instintos homicidas del adolescente Dexter (hasta entonces sólo consumados con los bichejos del bosque) sugiere la manera de canalizarlos. Cómo, pregunta el hijo en pleno ataque de acné. Hay cosas a las que la policÃa no alcanza, deja caer el padre (policÃa, por cierto). Eso serÃa venganza? pregunta el hijo que parece pillar a la primera por dónde van los tiros. Eso serÃa justicia, puntualiza el padre. Justicia y venganza son conceptos que aparecen una y otra vez en la serie: los personajes utilizan la primera para justificar la segunda. Dexter, sobre todo, se divierte.
De la ética a la estética. Si lo del párrafo anterior era de tebeo lo de este también. Pero puntualicemos: decimos “esto es de tebeo” cuando algo es ridÃculo, cuando las cosas chirrÃan. Pero si lo que es de tebeo está en un tebeo las cosas cambian; es más: las cosas funcionan. Lo de antes funciona si el espectador asume dónde está. Por si acaso, la puesta en escena nos lo recuerda y la pantalla del televisor es utilizada en Dexter como viñeta de comic utilizando todos los recursos narrativos de la composición de la imagen. Un encuadre como éste anuncia una declaración trascendente:

y en éste el personaje nos habla desde dentro, es un encuadre con vocación psicológica que nos está mostrando la identidad verdadera de una personalidad que se construye sobre la angustia y la tormenta interior:

Más recursos narrativos visuales: Dexter buscando en la red (en un portátil Mac, qué tÃo) información sobre cierto ciudadano que quizá no es el buen tipo que aparenta a los ojos de la justicia:

Bingo! Una vez confirmadas las sospechas, la adrenalina fluye y la sed vengadora de Dexter se despierta anunciándose mediante este efecto luminoso de glóbulo (rojo, claro):

Dexter es un forense virtuoso y apreciado en la comunidad. Y un psicópata. Lo último sólo lo sabemos nosotros porque nos lo dice enseguida, y nos lo dice además con cierto orgullo, qué puñetero, y en off, que es la voz con la que mejor se expresa y uno de los mayores hallazgos de la serie. El resto de su personalidad también está teñido de ambigüedad: sus reservas ante el sexo, por ejemplo, sin que podamos asegurar si se trata de una reserva ante el sexo femenino o el masculino o bien ante el sexo en sÃ. En materia sentimental, los justicieros vengadores como Dexter son tipos especialmente sensibles a los corazones vulnerables pero también les gusta ir a su aire. Son solitarios solidarios. Eso es un problema gordo para un corazón vulnerable.
Lo mejor de Dexter es lo bien que está dibujado su personaje en las viñetas de este comic de gran colorido. Y su voz (en off) .Y la jeta, la de Michael C. Hall, nadie como él para este papel. Firma el asunto ShowTime, que hace siempre cosas transgresoras. A veces sólo se queda en eso y otras veces hay más.
Chicho 4 diciembre, 2007
Escrito por emejota en : Televisión , 9 comentarios , trackback
Leo haciendo click aquÃ, de casualidad, y con disgusto (y robando la foto, perdón), que “a Chicho, que actualmente se encuentra en su casa muy enfermo, no le llaman ni sus compañeros, ni ningún medio”. Lo que no dice es que, seguramente, las redacciones de los periódicos ya tendrán en el cajón, lista y corregida para cuando sea necesario, la necrológica y los reportajes especiales donde se dirá lo mucho que significó este hombre en el medio televisivo, lo irrepetible de su figura, y después en la tele saldrán compungidos los amigos. Y eso ya no es que sea triste: es repugnante y habitual.
De pequeño, yo querÃa ser de mayor Chicho Ibáñez Serrador para inventar el “Un, dos, tres, responda otra vez”. Cierto es que ponÃa como condición que lo pusieran en viernes después de la cena porque ese es el lugar idóneo donde encuentra acomodo la, a mi juicio, idea más maravillosa que se ha concebido para la tele. El “Un, dos, tres” es el recuento de nuestras infancias cuando éramos niños y algo parecido a un retorno a ella si nos pilló de mayores. Lo más fácil es que nos pasara las dos cosas porque 405 emisiones de “Un, dos, tres” son un tren con muchos vagones. ¿FuncionarÃa hoy el “Un, dos, tres”? Rotundamente no, pero él no tiene la culpa de que lo que no funcione es el resto, que es todo, todas las cosas, y que eso nos haya vuelto distintos, más de vuelta, más desencantados, con poco o ningún interés por saber si el coche estará en las babuchas que trajo el prÃncipe de Arabia a esta subasta delirante e imaginativa.
Hubo un tiempo que terminábamos de cenar en invierno y todos nos juntábamos frente a la tele esperando la sintonÃa aflautada y chispeante de Adolfo Waitzman y era como entrar en un parque de atracciones e ir de una atracción a otra. Sólo por aquel entonces, la imaginación podÃa aliarse con la escenografÃa de Ana del Castillo y ver en color los decorados de Las Mil y Una Noches o el Castillo de Drácula en una tele en blanco y negro. Por allà aparecÃa Chicho como sumo emperador, tan en su salsa, con aquellas despedidas de temporada tan histriónicas y emotivas desde el trono que era un sillón de cuarto de estar como de mansión vieja, puro en mano, demorando las frases de manera calculada, dejando caer una ironÃa macabra aquà y provocando una lagrimita tierna allÃ. Anda que no nos puso el nudo en la garganta más de una vez (una, dos y tres)
Narciso Ibáñez Serrador inventó el “Un, dos, tres”, caravana delirante de su imaginerÃa particular y antes y después también hizo muchas cosas más, conviene decirlo por si alguien pregunta algún dÃa. Pero hoy que está vivo y no le llama nadie, y para colmo no es viernes, me acuerdo con mucho cariño cuando en los cumpleaños nos ponÃamos a hacer el un, dos, tres de andar por casa sin saber que treinta años después lo recordarÃamos con una sonrisa de añoranza cuando nos juntamos para tomar café. En EEUU a Ibáñez Serrador lo mimarÃan con veneración y lo tendrÃan en el Paseo de la Fama; aquà hace tiempo que la parrilla lo mandó a paseo y parece ser que ni le llaman a casa para ver qué tal. Y eso que hizo de Ruperta.
Hermanos 18 noviembre, 2007
Escrito por emejota en : Series, Televisión , 11 comentarios , trackback
Me gusta “Hermanos y Detectives”. Me gusta porque se ve con agrado, sin más (y sin menos); me gusta su tono paródico, sus cientÃficos en apuros y sus policÃas zoquetes dignos de una promoción de la T.I.A de Ibáñez (con todos los respetos para la tÃa de Ibáñez), su rollo a lo cluedo y su banda sonora de aire retro en plan series policiacas de los 70; me gusta su condición de producto realmente familiar y amable, al fin, cuando eso pasa hasta se agradece su aire ingenuo; me gusta por lo general la horma de ficción de baja intensidad, que no es algo autojustificativo de no sé qué y sà un reconocimiento a una serie de virtudes que pasan por asumir una condición modesta sin renunciar a la facturación digna; me gusta su casting, todo él, hasta la pandilla de fondo. En primer plano, me gusta (oh, sorpresa) el trabajo de Diego MartÃn, un actor por lo general muy sosito que ha tenido que encontrarse con un personaje asà para caerse bien mutuamente (menos con menos es más, como en las mates) y me gusta Rodrigo Noya porque, aunque está más que demostrado que los niños cuando funcionan lo hacen muy bien, antes pueden pasar varias cosas: que el niño no funcione por soso o que el niño no funcione por cargante; aquà el niño funciona precisamente porque tiene que resultar cargante y funciona de tal manera que al principio no nos importa que sea cargante y después ya ni nos lo parece. Y me gusta la quÃmica entre los dos, hermanos y detectives, sobre todo su gradación, bien controlada, capÃtulo a capÃtulo, hacia arriba.
Hay más: me gusta el planteamiento y la evolución de esa tensión sexual (me gusta Marta Nieto) que no puede faltar en toda ficción que se precie. Y, qué leches, me gusta mucho que no haya la (ya casi inevitable) secuencia espectáculo que se lleva medio presupuesto del capÃtulo a costa de recolectar el share de la semana. Me gusta su aire de serie de cuando no habÃa prime time, o cuando el prime time de las series era un sábado de invierno a media tarde en el UHF o la sobremesa de los dÃas de vacaciones de verano, en la Primera Cadena. Y no me importa si las tramas son simples o compuestas, pero qué coño nos importa cómo son las tramas si lo que todos estamos esperando es que a Lorenzo se le encienda la bombilla y agarrado a la gafa empiese a largar sospechosos con asento argentiiino, vite.
A “Hermanos y Detectives” le renuevan contrato. Como se acaba el material del original argentino (la serie es remake de allÃ) y los guiones empleados apenas se han tocado, habrá que empezar a poner cosas enteramente de aquÃ. A ver cómo funciona.
Nostalgia 1 septiembre, 2007
Escrito por emejota en : Series, Televisión , 8 comentarios , trackbackSeptiembre, al fin. Pero ese no es el tema del post. La cosa hoy va de lo siguiente: ¿vende la nostalgia? Pues depende. En Televisión Española, por ejemplo, andan un poco moscas con el asunto desde que el año pasado, con motivo de su cincuentenario, vieron que la audiencia respondÃa de una manera inesperadamente positiva a los pequeños clips que rescataban del archivo mostrando programas, rostros, noticiarios, canciones y demás cosas del pasado. Sin embargo, la propuesta de programar la noche de los viernes el contenedor “En Serie”, prolongación de esa Operación Nostalgia y que pretendÃa rescatar episodios de series mÃticas, desde “Luz de Luna” (ay) hasta “M.A.S.H” (ay), consiguió en su estreno un descalabro histórico de audiencia.
En serio, “En Serie” fue un desastre.
Ahora ha quedado arrinconado a las madrugadas del sábado al domingo en La 2. Viene esto a colación porque hoy he visto, de casualidad, que esta madrugada toca revisar “Aquellos maravillosos años” a la maravillosa hora de las 3 y las 3 y 20 de la mañana respectivamente. Porque revisan dos cápÃtulos. Y debe haber sido esto de la nostalgia la que me ha llevado a utilizar el Teletexto (ay, el Teletexto!) para saciar mi curiosidad por saber qué dos episodios son los elegidos. Y desde luego, no se puede decir que hayan sido elegidos al azar. Son dos de los mejores. Cosecha excelente. El segundo de la segunda temporada y el vigésimo de la tercera. Traducidas las cifras a letras vienen a ser el episodio dedicado a Miss White, la profesora de Lengua (ay) y el (ay, ay) episodio de despedida del señor Collins, el profe de Matemáticas, que se muere el hombre y nos da un soponcio terrible y se nos queda la cara como la de Kevin Arnold cuando recibe la noticia. Y al final del capÃtulo no hay voz en off porque sale cantando en off Linda Ronstadt la canción “Good bye, my friend” y se nos saltan las lágrimas.
Ay.
Entre lo del Teletexto (silente superviviente jurásico en la era digital) y lo de que “Aquellos maravillosos años” vaya a volver a su casa de toda la vida, que fue La 2, aunque la vuelta sea fugaz y a las horas en las que se aparecen los fantasmas, y lo de los capÃtulos elegidos y tal, se me ha puesto el ánimo un poco melancólico. Sigo siendo el fan número uno de ese prodigio catódico, que conste; anda que no he moqueado pocas veces cuando el señor Collins se le aparece post mortem a Kevin Arnold para decirle (al fin) aquello de “buen trabajo, señor Arnold”…
(pero no me voy a quedar a verlos)
Weeds 9 julio, 2007
Escrito por emejota en : Series, Televisión , Añade un comentario , trackback-Bush invadió una nación soberana desafiando a Naciones Unidas. Es un criminal de guerra y ahora se supone que yo debo ser uno de sus matones desechables con una jodida diana en la cabeza enmedio del desierto esperando que me vuele en pedazos un coche bomba preparado por un crÃo de 12 años al que le encantaba “Friends” hasta que uno de nuestros misiles destruyó su casa??? Me parece que no.
-TenÃan armas de destrucción masiva.
-¡No habÃa armas de destrucción masiva!
-¿No?… Bien… bueno, qué mas da. Oye, tengos cosas importantes que hacer.
-Dime qué hay más importante que las corporaciones se apoderen de la democracia.
-Tengo que ir a cagar.
-Oye, ¿por qué apoyas tan ciegamente a Bush?
-Me gusta su mujer, Laura. Le compraba hierba en la universidad.
“Weeds”, 1ª temporada, episodio 10.
Doblador 13 abril, 2007
Escrito por emejota en : Cine, Televisión , 6 comentarios , trackback
Pues a mà me ha dejado mosca, qué quieres que te diga. Resulta que cuando Miguel Angel Valdivieso murió, su viuda recibió una sentida nota de Woody Allen reconociendo el trabajo de su marido como doblador de sus pelÃculas. Y a mà ese gesto siempre me gustó porque, realmente, Valdivieso era grande. También era C3PO, por cierto. Y más. Pero sobre todo re-creó con su voz la personalidad del Woody Allen de “Annie Hall” y demás pelÃculas de esa época.
Y ahora resulta que Allen ha ofrecido la posibilidad de hacer un cameo al doblador actual, Joan Pera, por lo bien que le dobla. Y eso es lo que no me ha hecho gracia, mira. En primer lugar porque ahora nos va a salir este hombre un bienqueda, uno de esos que dice a todo el mundo lo maravilloso que es para salir del paso y ya está. Y segundo porque Joan Pera no dobla a Woody Allen; dobla a Miguel Angel Valdivieso, lo que demuestra que la sombra de Valdivieso es alargada. Eso para empezar. Y que Woody Allen no se entera o es un bienqueda, para continuar. Pero es que además escuchar a Joan Pera haciendo de Miguel Angel Valdivieso cuando doblaba a Woody Allen da mucha pena y es horroroso.
Dà que como el cameo, si finalmente se lleva a cabo, consiste en hacer un papel mudo, la cosa puede que no esté perdida y que Allen recupere los puntos perdidos. Porque los medios reseñan estos dÃas la paradoja simpática de que un doblador haga un papel mudo pero yo quiero pensar que, en realidad, el verdadero gag consiste en que Allen lo ha preparado todo para tenerlo callado un rato. Eso sà que serÃa un golpe genial. Y un alivio.
Final 8 abril, 2007
Escrito por emejota en : Series, Televisión , 3 comentarios , trackback
Hoy comienzan a emitirse en EEUU los últimos episodios de “Los Soprano”, la serie que la cadena HBO sacó al aire en 1999 y que pasará a la historia por haber marcado nuevas pautas en la producción televisiva posterior. La serie puso sobre la mesa una serie de elementos que, por aquel entonces, sólo podÃan permitirse al amparo de la televisión de pago: experimentación e innovación, crudeza en el lenguaje, violencia y sexo explÃcitos en las tramas y una cuidadosa producción de largometraje al servicio de cada episodio. “QuerÃa hacer lo que siempre habÃa querido ver en televisión y nadie me daba. No querÃa hacer una serie sino una pequeña pelÃcula cada semana”, decÃa su creador David Chase.
“Los Soprano” actualiza el género de mafiosos trasladándolo al ámbito urbano del New Jersey de nuestros dÃas. Al poner al dÃa las convenciones del género, el capo, Tony Soprano (un enorme James Gandolfini condenado de por vida a ser Tony Soprano antes que James Gandolfini) tiene que hacer frente a los conflictos con sus hijos adolescentes, padece estrés, sufre depresiones, toma Prozac y acude al psiquiatra. Imposible olvidar los encuentros con su psiquiatra (maravillosa Lorraine Bracco, como el resto de sus compañeros), especialmente aquella primera consulta en la que la psiquiatra le pregunta a qué se dedica y Tony Soprano tras tamborilear inquieto con los dedos en el reposabrazos de su sillón responde con un eufemismo genial: “reciclaje de desechos urbanos”.
Tony Soprano es hortera, zafio, sentimental, imprevisible, sádico, capaz de producir en el espectador simpatÃa y temor por igual. Es la cabeza de un numeroso clan cuyas historias, que se entrecruzan y se bifurcan indefinidamente, han ido tejiendo con mano maestra los guionistas a lo largo de seis temporadas. La serie no sólo ha hecho mella en una audiencia tan fiel como millonaria, sino que ha conseguido hacer claudicar a quienes, por sistema, negaban a la televisión su capacidad para albergar un formato de una calidad semejante y ha sido la única que ha sido programada en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) desde donde nos llega un análisis certero: “Es una mezcla extraordinaria de análisis psicológico y cartografÃa social, estrafalaria, intensa, inolvidable” (Lawrence Kardish).
Hace un par de años, Antonio Muñoz Molina dedicaba un extensÃsimo artÃculo en “El PaÃs” sobre la figura de Tony Soprano, algo insólito tratándose de un personaje de ficción. Llegaba a confesar Muñoz Molina, entusiasta de la serie como tantos otros, que después de transitar el mundo de Tony Soprano, el Vito Corleone de “El Padrino” resultaba artificioso. Si esta afirmación la llega a hacer cualquier otro, aun siendo cierta, los culturetas de turno le saltan a la yugular; como la dijo un académico e intelectual se hizo el silencio y con disimulo se pasó la página del periódico donde me parece que venÃa un anuncio, no me acuerdo bien.
Se acaban “Los Soprano” pero cada una de sus temporadas queda en un lugar privilegiado de la estanteria de los dvd´s para reiterados y regocijantes visionados. Junto con “A dos metros bajo tierra” forman los pilares de un ciclo irrepetible de series salidas de la factorÃa HBO (“Deadwood”, “Roma”, “Oz”, “Carnivale”) que dan cien vueltas a la mayor parte de la producción concebida para la pantalla grande demostrando que la televisión es un medio en el que hay cabida para el talento y la innovación. Nada será lo mismo a partir del modelo de “Los Soprano”. Es uno de los muchos bienes que nos deja en herencia.
Familia 22 marzo, 2007
Escrito por emejota en : Series, Televisión , 3 comentarios , trackback
Mi confesada inclinación hacia la telefilia (versión series) incluye hacer esporádicas incursiones arqueológicas en el legado del pasado. La experiencia nos dice que es conveniente llevar puesto el casco por si las decepciones, que el tiempo no perdona. No ha sido el caso, afortunadamente, tras recibir y degustar en dvd la esperada primera temporada de “La Familia Addams”, la serie original de 1964, una pieza preciada donde las haya. PodrÃa emitirse hoy perfectamente porque, sorprendentemente, conserva intactos su originalidad, su ingenio y su frescura.
A principios de los 90, Barry Sonnenfeld los llevó a la pantalla grande de manera simpática con un plantel de lujo: Anjelica Huston, Raul Julia y una jovencÃsima Christina Ricci en los principios de su carrera encarnando a una inquietante Miércoles. El largometraje jugaba con la parte tétrica de los Addams y aprovechaba la tecnologÃa del momento para hacer que “Cosa”, la mano sin cuerpo, se deslizara a todo correr por los pasillos liberada al fin de la caja de la que surgÃa en la serie de la tele cual caparazón de tortuga. Pero la pelÃcula dejaba en segundo plano lo fundamental: la crÃtica que los Addams hacen de la clase media norteamericana. Porque cuando entras en casa de los Addams y convives con ellos un par de capÃtulos te das cuenta de que los raros son los otros. A los Addams les horrorizan los picnics dominicales y los clubs de señoras que se reúnen por la tarde a tomar el té; les preocupa seriamente que su hijo coquetee con el traje de boy scout y las alarmas se disparan cuando le ven aproximarse a un bate de béisbol por si cae en la deplorable tentación de practicar “eso”.
CapÃtulo a capÃtulo, dinamitando las convenciones establecidas, van poniendo en evidencia todo, desde el sistema educativo a la polÃtica. Los Addams se valen del delirio para poner el dedo en la llaga consiguiendo, sin embargo, que la gente se rÃa. Poniendo todo del revés muestran la cruda cara de las cosas. Por eso cuando Gómez decide apostar con la lógica propia de los Addams por el polÃtico más corrupto o más susceptible de serlo es porque “como es bien sabido, un polÃtico ejemplar es aquel que al ganar las elecciones incumple todas sus promesas electorales y, si es necesario, manda a paseo a los suyos”.
Luego está el acertadÃsimo diseño de personajes y el casting que los encarna, las tramas, los escenarios y, sobre todo, los gadgets, esa colección de frases, objetos o situaciones recurrentes inherentes al género de la comedia y que actúan como mecanismo de conexión con el espectador al buscar su complicidad.
Se podrÃa hablar largo y tendido de las veladas con los Addams, de los cuidados que Morticia procura a las rosas en el invernadero, cortándoles la flor como si fueran malas hierbas para cuidar las espinas que es lo que importa, o del pétreo mayordomo Lurch sentado al clavecÃn animando las noches de tormenta o de tantas cosas, pero… El “pero” está en la edición. Y eso sà que no tiene gracia. Porque todo teléfilo que se precie sabe que la primera temporada de los Addams, emitida por la cadena ABC entre 1964 y 1965 constaba de 34 episodios de 25 minutos.
Pues en la caja vienen 22.
Y por mucho que mires el pack no pone por ningún lado “Primera Temporada, primera parte”, sino “Primera Temporada” a secas. Dà que al menos los 22 episodios no son una selección de los 34 pero aún asà no me da buena espina (como las de Morticia). Parece que las distribuidoras siguen empeñadas en que nos vayamos al mercado de Zona 1 donde encontramos la edición completa y a un precio más barato aunque ellas pierdan aquà clientes y dinero. A Gómez le parecerÃa normal.
Proyecto 17 febrero, 2007
Escrito por emejota en : Series, Televisión , 6 comentarios , trackbackUn dÃa alguien echó un vistazo a esta portada:

Se asomó a su interior:

Y dijo: “adelante con ello”.
La verdad es que da un poco de vértigo pensarlo pero esta historia cumple ahora 20 años. Siguen siendo maravillosos.
_______________________________________________________
MeteorologÃa 10 febrero, 2007
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Televisión , 6 comentarios , trackback
A mi abuela le pone el hombre del tiempo. El de la Primera. Cuando lo descubrÃ, ayer por la noche, me sorprendió y no me sorprendió. Quiero decir que de momento pues te choca un poco pero luego atas cabos y dices: claro, y sigues leyendo el periódico. Que el programa favorito de mi abuela es la previsión meteorológica era algo que sabÃamos todos desde hace tiempo pero a mà me llamaba la atención el interés con el que ella seguÃa y sigue las explicaciones del tiempo previsto para mañana, pasado y el avance para el próximo fin de semana sobre todo porque mi abuela no sale de casa. No le gusta. Le dice mi madre: “mamá, vamos a bajar a dar un paseo que hace buena tarde” y de repente mi abuela se pone mala. No es que se ponga mala, es que dice que lleva mala desde por la mañana. A mi abuela cualquier cosa menos salir a la calle lo que pasa que cuando sale luego casi no entra. En fin, como iba diciendo, es un poco llamativo que siga las explicaciones de la borrasca que entra por Galicia con un interés tal que, algunas veces, al entrar en el salón, la he sorprendido de pie, con las manos entrelazadas en la espalda, plantada a medio metro de la pantalla, como escrutándolo todo. Y cuando se acaba el pronóstico se va y dice si te quito la tele, hijo, o la vas a ver, que me voy a coser.
Pero hay más indicios. Los reunà mentalmente todos ayer mientras hacÃa como que leÃa el periódico. Por ejemplo, cuando sale Paco Montesdeoca, que es el otro hombre del tiempo, mi abuela siempre dice que a este hombre no se le entiende nada y te dice que ya lo puedes quitar. Pero cuando sale José Antonio Maldonado dice que ssst y casi que te da apuro pasar la página del periódico para no hacer ruido. Una vez salió Montesdeoca y dijo: “ya lo puedes quitar, hijo, que a este hombre no se le entiende nada” y puse Telecinco en el mismo momento en que Jorge Javier Vázquez aseguraba muy serio que PaquirrÃn necesita el “Brain Training” con urgencia. En cuanto a las mujeres del tiempo, ni fu ni fa, sin más, pero sospecho que mi abuela no cree mucho lo que pronostican y espera a que venga Maldonado.
Me da que tampoco es muy normal que una persona que escucha en concentrado silencio las explicaciones sobre el mapa en el que van apareciendo soles enteros y soles a medias, nubes a secas y nubes mojadas, amén de estrellitas de nieve y flechas de viento y demás iconografÃa, te diga nada más terminar: “pero entonces va a llover o va a hacer bueno?”. Siempre. Maldonado dice “por el momento, esto es todo, muy buenas tardes”, y ella dice “buenas tardes” y a continuación se vuelve y te dice “pero entonces va a llover o va a hacer bueno?”. PodrÃa pensarse que a sus noventa y pico años a mi abuela le cuesta comprender las cosas pero, ojo, que los años no nos despisten a nosotros porque se entera perfectamente. Lo que pasa es que Maldonado explica lo de la inestabilidad en las capas altas de la atmósfera y mi abuela dice: “este hombre se está poniendo un poco gordo últimamente, jo” o anuncia que las nieblas en el centro serán persistentes a lo largo de toda la jornada y ella dice: “pues vaya qué chaqueta más elegante lleva hoy este hombre, jo”.
Pero lo de ayer tuvo un matiz revelador, no sé, porque fue despedirse Maldonado y decir mi abuela: “este hombre está acatarrao, más le valÃa quedarse en casa y ya está”. Y luego, “te dejo puesta la tele o la vas a ver, hijo?”, que eso lo dice siempre. Lo del catarro fue concluyente para mÃ. Hay una teorÃa que afirma que los catarros suscitan ternuras delatoras. Si no la hay deberÃa haberla porque eso todos lo sabemos. No me digas que tú no. Pues entonces.
LoterÃa 21 diciembre, 2006
Escrito por emejota en : Televisión, Varios , 7 comentarios , trackbackSigo pensando que la verdadera música de la Navidad es la de la loterÃa: la letanÃa de los niños de San Ildefonso, el rumor denso de los grandes bombos girando lentamente, la elevación súbita y emocionada de la entonación que preludia la llegada del premio, el consiguiente estrépito de voces y flashes, la puntualización serena del secretario de mesa (contrapunto riguroso a la melodÃa principal), las voces de la radio (vendido en la administración número tal), las risas nerviosas de los agraciados desde la tal administración bautizando la suerte con cava… El de este año es el último sorteo que retransmite Marisa Abad, una de las voces y rostros históricos de la tele, porque su nombre figura en la lista del ERE de Televisión Española. También la música pausada de su voz es un fragmento de paisaje de la Navidad que quedará fijado en la memoria de una mañana frÃa de Diciembre.
Cincuentenario 28 octubre, 2006
Escrito por emejota en : Televisión , 12 comentarios , trackback
Mi infancia está en los laberÃnticos archivos de Televisión Española. Empieza con el misterioso cÃrculo cromático de la Carta de Ajuste, con su relojito abajo a la derecha descontando minutos para que se levante el telón y tú sentado esperando, porque esta tele es una tele a ratos. A veces hay tele y a veces no. Por la mañana, por ejemplo, si tienes anginas y no vas al colegio, no. Por la tarde hay un rato que tampoco, qué fastidio. Y al mediodÃa hay que verla rápido porque dura poco y se acaba pronto y allà sale una señora que se llama Isabel Tenaille. Un nombre asà debió inventarse para quedar como recuerdo confortable: queda bien en un estante de la memoria. Y si te asomabas al cuarto de estar por la noche, a una hora prohibida, podÃas ver cómo echaban el cierre de la tele con una bandera ondeando al aire. Al principio salió un señor muy mayor y luego otro más joven. La música era la misma. Lo más importante es que luego salÃa una nieve de moscas ruidosas y a dormir (yo llevaba un pijama rojo en el que ponÃa “Montreal 76″).
La ventana de Televisión Española alimentó nuestra mirada ingenua e ilusionada: las meriendas con pan y chocolate ponÃan sabor a la presencia cariñosa de Maria Luisa Seco, que anunciaba el Barrio Sésamo y el contenedor “Un globo, dos globos, tres globos” (“la tierra es un globo donde vivo yo”), con Gloria Fuertes y “La Mansión de los Plaff”, los lunes, y “El Monstruo de Sánchezstein”, y un concurso que lo anunciaron un dÃa y tardó en llegar la tira que se llamaba “Destino: Plutón”, quizá porque se tardaba mucho en conectar con Plutón.
La tele era la emoción de los viernes por la noche, cuando te sentabas con toda la familia en invierno a ver “El hombre y la Tierra” y luego venÃa ese alucine increÃble del “Un, dos, tres” de Kiko Ledgard, que dicen que llevaba un calcetÃn de cada color aunque el “Un, dos, tres” salÃa en blanco y negro. Allà salÃan los decorados delineados con las lÃneas raras de Mingote y las barbas de Don Cicuta, que parecÃa que tenÃa polvo por encima el hombre, y las secretarias que estaban allà como soporte de esas gafas increÃblemente redondas. HabÃa una que contaba las pesetas. Las otras sonreÃan. Y la Ruperta. La infancia es la Ruperta. Y en los anuncios le dabas al botón del UHF e igual te salÃa la música inquietante de “La Clave”, irresistible, y luego un señor fumando con pipa hablando con otros señores. Los otros señores no fumaban pipa. No se les entendÃa nada de lo que decÃan. A la Ruperta sà aunque nunca hablaba.
La tele era “Mazinguer Z” de postre los sábados y “La casa de la pradera” de postre los domingos. Y Gaby, Fofó, Miliki y Fofito (“cómo están ustedeees?”) programa esencial porque contenÃa lo mejor de la tele: “La Aventura”, que era un culebrón surrealista apasionante. Para mà era esencial saber el tÃtulo de la Aventura del sábado pero habÃa un pequeño problema: todavÃa no sabÃa leer. Asà que llamaba corriendo a mi madre pero a veces estaba hablando por teléfono. Y yo: “¡que me leas la Aventuraaaaaaaaaaaaa!”. Pero nada. Qué fastidio. Y la tele era también el “Especial Nochebuena” y el “Especial Nochevieja”, con su toque maravillosamente kitsch de cortinillas de espumillón y bolas de árbol de navidad a un lado de los presentadores mientras en casa se encendÃan unas lucecitas de colores en el árbol de navidad y luego otras. Y asà todo el rato.
La tele eran las vacaciones, porque entonces no cerraba por la tarde y te salÃa un cartel que decÃa “Especial Vacaciones” y permanecÃa en pantalla unos minutos que debÃan durar una eternidad y no sabÃas qué iba a haber detrás, y eso en el fondo era lo mejor, aunque lo de detrás también fuera lo mejor: “Pipi Calzaslargas” (¿dónde venden la cola de pegar Konrad, por Dios!) y los dibujos animados de “El lagarto Juancho” y “Maguila el Gorila” y “Los Picapiedra”.
La tele era el “Sábado Cine” y el escalofrÃo de ver “La amenaza de Andrómeda” desafiando la severa advertencia de los dos rombos. Aquella tele era capaz de pasar a las diez de la noche una pelÃcula en blanco y negro, hazaña hoy impensable, y que los enredos de Cary Grant y Katherine Hepburn llevaran a la cama a todos tan contentos y sin agobios de share a la mañana siguiente.
La tele eran las señoras guapas de continuidad que salÃan delante de unas cortinas con unos folios en la mano y cara de cierto sopor por la espera, porque esperaban en algún sitio todo el rato para decir que ahora venÃa la pelÃcula y si estaban con los rulos puestos y se fundÃan los fusibles de la tele sólo se les oÃa la voz por encima de un cartel y decÃan que señoras y señores, les rogamos disculpen esta interrupción; dentro de unos momentos volveremos con nuestra programación. DecÃan ese pareado a oscuras y luego volvÃa la luz. A veces tardaba más y otras tardaba menos.
La tele eran palabras: Paseo de la Habana, Ballet Zoom, Ana del Castillo (decoradora siempre), Ahmed Al Gabali (siempre decorador con nombre de Aladino), DirectÃsimo, Jesús Hermida y Los Chiripitifláuticos. Y más.
Televisión Española cumple hoy 50 años. La infancia de todos está entre ellos. Felicidades.
Collage 14 octubre, 2006
Escrito por emejota en : Música, Series, Televisión , 10 comentarios , trackbackA Ferre, modulando hacia otro tema.
Menos mal que está el dvd. SÃ, porque muchas veces me pasa que pongo un episodio de “A dos metros bajo tierra” (Six feet under, Alan Ball) y cuando termina el minuto y medio de cabecera no puedo resistir coger el mando y volverla a pasar otra vez. Y otra. Me fascina, está a la cabeza de las cabeceras (valga el juego de palabras) o, si se prefiere, es la joya de la corona de las cabeceras, lo que es lo mismo porque, ¿dónde se colocan las coronaaaas? Pues en la cabeza.
(Me parece que me estoy yendo por las ramas)
(y puede que del árbol que sale… encabezando esta cabecera)
A lo que voy, que aprovechando que alguien ha tenido a bien colgar en YouTube la cabecera como Dios manda (formato 16:9, buena calidad de imagen y, sopresa!, sin los créditos impresos) me he decidido a comentarla. Pero sólo algunos aspectos porque si me pusiera a largar sobre esta cabecera (tantas veces visionada) nos podrÃan dar las uvas. Y como que no.
HBO es una cadena que echa el resto en el diseño de sus cabeceras. Aquà se trata de una cabecera narrativa porque nos cuenta muchas cosas pero no lo hace de forma meramente lineal sino que lo que presenta es un curioso collage de motivos y sÃmbolos, todos ellos con un punto en común: la muerte.
La música hace lo mismo por lo que podrÃa pensarse que el compositor lo tiene difÃcil. Pues no. No si se la dan a Thomas Newman porque Newman es un músico que brilla especialmente en ese terreno. Soy de la opinión que Newman trabaja creando pequeños e ingeniosos gadgets musicales, breves ráfagas que en muchas ocasiones funcionan en bucle, como ocurre en la genial banda sonora de esa pelÃcula curiosÃsima que fue “Una serie de catastróficas desdichas” y que aquà nadie fue a ver: los mayores porque pensaban que era para niños; los niños porque les daba miedo. Yo como no soy ni mayor ni niño pues la vi. Y me gustó. Mucho.
(Me estoy volviendo a ir por las ramas)
Collage. SÃmbolos. En el ámbito visual y en el musical. Lo primero que vemos y oÃmos son los sÃmbolos esenciales que van a reaparecer a lo largo de la cabecera: el cuervo (pájaro de mal agüero) y el árbol (ay los quebraderos de cabeza que les dio a los chicos de la HBO dar con “el árbol”!). Al mismo tiempo, y con igual importancia, escuchamos un acorde pianÃstico punzante y agudo que se repite con insistencia, un acorde de séptima mayor construÃdo por superposición de cuartas. Traduccción: un acorde gélido. Un hallazgo lo del acorde, oiga. Dicho acorde viene a representar el impacto súbito que produce en nosotros el inesperado anuncio de un deceso, el estupor en el que nos sumimos en un trance asà y el estado de confusión, preguntas, desconcierto, todo lo que se quiera, que viene a continuación. El acorde es un grito, un dolor. ¿Todo eso cabe en un acorde?. En este sÃ, desde luego.
PodrÃa hablarse, y mucho, de la acertada sincronÃa entre lo que vemos y lo que oÃmos. Dos ejemplos: el hermosÃsimo plano de la separación de manos (se separan bruscamente coincidiendo con la enésima repetición del acorde -la brusquedad nos habla del doloroso momento de la separación, de la pérdida- para flotar en el aire a continuación a cámara lenta como contraste -representando, quizá, el estupor de quien se queda y el misterio que deja quien se marcha: ¿hacia dónde va?-). Otro ejemplo: la música se pone verdaderamente en marcha coincidiendo con el brusco giro que hace la rueda de la camilla de un difunto al iniciar su viaje a través de un largo pasillo de hospital que deja atrás el mundo de los vivos -representado por la silueta de un ser humano al contraluz- y se adentra en un más allá cuyo misterio insondable se traduce en un blanco deslumbrante que ciega la pantalla.
Pero lo que me interesa en este post no es tanto la sincronÃa como el trabajo de collage en sÃ, la suma de trocitos que, juntos, conforman un todo narrativo. En este sentido hay tres momentos especialmente significativos que se corresponden con tres reflexiones fundamentales que nos plantea el hecho en sà de la muerte, a saber: 1) la ancestral inquietud del ser humano sobre la posibilidad de la existencia de un más allá de la muerte; 2) la condición del ser humano como un ente mortal y 3) el inexorable paso del tiempo, la fugacidad de la existencia.
Estos tres fragmentos del collage están representados de la siguiente manera: la incertidumbre ante un más allá lo representa la cámara girando sobre sà misma mientras mira al cielo, al tiempo que la música cesa su ritmo dejando suspendido en el aire un acorde estático que viene a significar un instante sin contornos ni pliegues, un infinito, mil preguntas sin respuestas. El resultado es estético, estático y extático.

Similar procedimiento musical (ausencia de ritmo dejando flotar un acorde en suspenso) acompaña la breve ráfaga visual que representa la inexorabilidad del final: unas flores marchitándose en un jarrón mientras el acorde fluctúa, languidece.

Curiosamente, esta ausencia de ritmo en los fragmentos claves contrasta con el segmento que nos habla de la fugacidad de la existencia. Aquà no sólo hay ritmo sino que es un ritmo insistente; en realidad se asemeja al sonido de la maquinaria de un reloj: el paso del tiempo. No es menos significativo (y me parece todo un acierto) que las imágenes nos presenten entonces un recipiente de lÃquido de embalsamar graduado y numerado: simbolizan las dimensiones de un todo finito que descuenta latidos progresivamente.


Con estas pistas sólo queda disfrutar del estupendo y minucioso trabajo realizado que invita a ser visionado varias veces porque una vez sabe a poco. A mà me pasa. Menos mal que está el dvd y siempre puedes echar mano del mando a distancia y volver al principio. Sobra decir que lo que viene después de la cabecera está a la altura. Qué gran serie (ya difunta, por cierto).
“Six Feet Under” – Cabecera
(Click en el centro de la imagen para visionar el video)
Casting 2 octubre, 2006
Escrito por emejota en : Series, Televisión , 6 comentarios , trackback
No, no es el superviviente de una catástrofe. Tampoco se trata de un secuestrado recién liberado o de un conductor ebrio esperando a su abogado en una comisarÃa. Es un fotograma del casting que llevarÃa a Hugh Laurie a convertirse en el doctor House. Ver para creer.