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Ejemplo 8 enero, 2008

Escrito por emejota en : Televisión, Varios , 4 comentarios , trackback

Como la mayoría de los lectores, empiezo a leer el periódico desde el final y en este País remodelado que no termina de encajarme, no sé, hay un hueco a la mitad que desconecta esta parte del final con la del principio, en fin, eso es otro tema, pues en este País remodelado, decía, aparece en primer lugar, es decir, en último, una sección que para un observador de detalles como yo resulta altamente estimulante. Se trata de la sección “Almuerzo con…” y en ella, como es de suponer, alguien de la casa se va a un restaurante a comer con alguien famoso y entre plato y plato se hace une entrevista. La entrevista, por lo general, es lo de menos. Digamos que la entrevista es el pretexto para ese recuadrito que reclama nuestra atención y donde se nos informa, detalladamente, del lugar elegido, los platos consumidos y su precio, el unitario y el total. Es fascinante porque estos menús dan la medida de muchas cosas. Por ejemplo, el de hoy.

En el almuerzo del ejemplar de hoy el que se va a comer por ahí es José Andrés, cocinero de la tele entre otros restaurantes. Le acompaña John Carlin y van a la “Tasquita de Enfrente”. No se especifica qué cosa hay enfrente de esta tasquita pero al menos sabemos que está en Madrid. Pues bien, menos mal que han elegido una Tasquita porque el tío, que para colmo parece insinuarnos en la foto las propiedades saludables de la manzana (en la edición en papel estratégicamente colocada además para tapar la papada, en la digital no) se zampa un menú de 201 euros. Es evidente que John Carlin algo comerá el hombre, pero por el texto que acompaña al almuerzo no parece que mucho. Hay para comer guiso de ibérico con alcachofa, calamares de potera a la romana perfumados, tartar de ventresca con caviar y anchoa, gamba roja con cuscus de ajo, espardeñas, berberechos con sake y salicornia, amanita cesarea, raya mantequilla negra, pannacota de trufa, borracho al ron y para que todo pase sin dificultad por el gaznate, vino Belondrade y Lurtón.

Buen provecho.

Es evidente por la corpulencia del cocinero que comidas como ésta no serán excepcionales y el hombre es dueño y señor de tragar lo que le de la gana, faltaría más. Pero los señores de los cereales o los yogures o los que sea que le pagan para anunciar la moderación y prevenir de lo cardionosequé cuidando el colesterol y el sobrepeso, promoviendo de paso la dieta sana y equilibrada, a buen seguro habrán comprendido que el tal anuncio ha perdido la mucha o poca credibilidad que tenía.

Dice John Carlin a los postres que el cocinero salió de la Tasquita directo a Barajas para coger el vuelo de las 5 a Nueva York donde aterrizaba, hora local, a las 6 para irse directamente a una cena promocional. Es de suponer que se habría llevado unas barritas de cereal para entretenerse durante el viaje.

Dexter 10 diciembre, 2007

Escrito por emejota en : Series, Televisión , 21 comentarios , trackback

“La sangre es mi vida”. Aunque lo parezca, no lo dice Drácula, lo dice Dexter varias veces por capítulo y con cierta sorna porque la cosa tiene un doble sentido: forense de día y asesino psicópata en ratos libres. No se sabe si en este caso se cumple aquel lema de la pedagogía gore que decía que las letras con sangre entran pero, dadas las circunstancias, lo que está claro es que la sangre es la tinta con la que mejor se escribe el nombre:

Dexter

Dexter es Michael C. Hall, felizmente recuperado para la pantalla tras su singladura de 5 temporadas por la difunta “A dos metros bajo tierra” (sus apenados no la olvidamos):

Dexter

El pálido color de cara que luciera en aquellos episodios (herencia de madre, no cabe duda) ha dado lugar aquí a un bronceado que sugiere un cambio de aires. El aire es Miami. Bochornoso aire. Tiene que hacer un calor tan húmedo allí que no voy ni muerto. ¿Es importante este detalle para hablar de “Dexter”? Pues mira, sí, porque durante los episodios los ojos no pueden evitar posarse en esos surcos verticales que el sudor marca en las espaldas de las camisetas como si fueran la sombra de la columna vertebral, ni en los cielos blancos del mediodía, ni en las amenazadoras nubes gordísimas que se apiñan como montañas en el horizonte, ni en el zumbido de los aparatos de aire acondicionado funcionando las 24 horas del día, detalles todos estos que al director parecen ponerle contento porque los saca mucho pero que nos agobian a quienes tenemos un sentido nórdico de la existencia. En Miami además hay cocodrilos y cosas de esas.

Dexter es un justiciero vengador como los héroes de comic pero con matices porque él no se toma la justicia por su mano para curar momentáneamente el escozor de su propia herida sino como pretexto para hacer lo que más le gusta: matar. Simplemente. Ha salido la palabra cómic por ahí arriba y no es casual. Yo no sé si la novela de la que sale este Dexter es una novela gráfica pero desde luego tanto la estética como la ética sigue la senda del cómic. Y la actitud del espectador en este sentido ayuda a entrar en el asunto. Las cosas no son las mismas ni se dicen de la misma manera en una viñeta de Stan Lee que en un párrafo de Javier Marías pero lo importante es que en ambos casos tienen vida propia y son coherentes con el universo narrativo al que pertenecen. Y son creíbles.

El instante fundacional del mito al que nos remiten continuamente los fascículos de los comics está ocupado aquí, en flashback, por una escena paterno filial en la que el padre, tras confirmar los irrefrenables instintos homicidas del adolescente Dexter (hasta entonces sólo consumados con los bichejos del bosque) sugiere la manera de canalizarlos. Cómo, pregunta el hijo en pleno ataque de acné. Hay cosas a las que la policía no alcanza, deja caer el padre (policía, por cierto). Eso sería venganza? pregunta el hijo que parece pillar a la primera por dónde van los tiros. Eso sería justicia, puntualiza el padre. Justicia y venganza son conceptos que aparecen una y otra vez en la serie: los personajes utilizan la primera para justificar la segunda. Dexter, sobre todo, se divierte.

De la ética a la estética. Si lo del párrafo anterior era de tebeo lo de este también. Pero puntualicemos: decimos “esto es de tebeo” cuando algo es ridículo, cuando las cosas chirrían. Pero si lo que es de tebeo está en un tebeo las cosas cambian; es más: las cosas funcionan. Lo de antes funciona si el espectador asume dónde está. Por si acaso, la puesta en escena nos lo recuerda y la pantalla del televisor es utilizada en Dexter como viñeta de comic utilizando todos los recursos narrativos de la composición de la imagen. Un encuadre como éste anuncia una declaración trascendente:

Dexter

y en éste el personaje nos habla desde dentro, es un encuadre con vocación psicológica que nos está mostrando la identidad verdadera de una personalidad que se construye sobre la angustia y la tormenta interior:

Dexter

Más recursos narrativos visuales: Dexter buscando en la red (en un portátil Mac, qué tío) información sobre cierto ciudadano que quizá no es el buen tipo que aparenta a los ojos de la justicia:

Dexter

Bingo! Una vez confirmadas las sospechas, la adrenalina fluye y la sed vengadora de Dexter se despierta anunciándose mediante este efecto luminoso de glóbulo (rojo, claro):

Dexter

Dexter es un forense virtuoso y apreciado en la comunidad. Y un psicópata. Lo último sólo lo sabemos nosotros porque nos lo dice enseguida, y nos lo dice además con cierto orgullo, qué puñetero, y en off, que es la voz con la que mejor se expresa y uno de los mayores hallazgos de la serie. El resto de su personalidad también está teñido de ambigüedad: sus reservas ante el sexo, por ejemplo, sin que podamos asegurar si se trata de una reserva ante el sexo femenino o el masculino o bien ante el sexo en sí. En materia sentimental, los justicieros vengadores como Dexter son tipos especialmente sensibles a los corazones vulnerables pero también les gusta ir a su aire. Son solitarios solidarios. Eso es un problema gordo para un corazón vulnerable.

Lo mejor de Dexter es lo bien que está dibujado su personaje en las viñetas de este comic de gran colorido. Y su voz (en off) .Y la jeta, la de Michael C. Hall, nadie como él para este papel. Firma el asunto ShowTime, que hace siempre cosas transgresoras. A veces sólo se queda en eso y otras veces hay más.

Chicho 4 diciembre, 2007

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Chicho Ibañez Serrador

Leo haciendo click aquí, de casualidad, y con disgusto (y robando la foto, perdón), que “a Chicho, que actualmente se encuentra en su casa muy enfermo, no le llaman ni sus compañeros, ni ningún medio”. Lo que no dice es que, seguramente, las redacciones de los periódicos ya tendrán en el cajón, lista y corregida para cuando sea necesario, la necrológica y los reportajes especiales donde se dirá lo mucho que significó este hombre en el medio televisivo, lo irrepetible de su figura, y después en la tele saldrán compungidos los amigos. Y eso ya no es que sea triste: es repugnante y habitual.

De pequeño, yo quería ser de mayor Chicho Ibáñez Serrador para inventar el “Un, dos, tres, responda otra vez”. Cierto es que ponía como condición que lo pusieran en viernes después de la cena porque ese es el lugar idóneo donde encuentra acomodo la, a mi juicio, idea más maravillosa que se ha concebido para la tele. El “Un, dos, tres” es el recuento de nuestras infancias cuando éramos niños y algo parecido a un retorno a ella si nos pilló de mayores. Lo más fácil es que nos pasara las dos cosas porque 405 emisiones de “Un, dos, tres” son un tren con muchos vagones. ¿Funcionaría hoy el “Un, dos, tres”? Rotundamente no, pero él no tiene la culpa de que lo que no funcione es el resto, que es todo, todas las cosas, y que eso nos haya vuelto distintos, más de vuelta, más desencantados, con poco o ningún interés por saber si el coche estará en las babuchas que trajo el príncipe de Arabia a esta subasta delirante e imaginativa.

Hubo un tiempo que terminábamos de cenar en invierno y todos nos juntábamos frente a la tele esperando la sintonía aflautada y chispeante de Adolfo Waitzman y era como entrar en un parque de atracciones e ir de una atracción a otra. Sólo por aquel entonces, la imaginación podía aliarse con la escenografía de Ana del Castillo y ver en color los decorados de Las Mil y Una Noches o el Castillo de Drácula en una tele en blanco y negro. Por allí aparecía Chicho como sumo emperador, tan en su salsa, con aquellas despedidas de temporada tan histriónicas y emotivas desde el trono que era un sillón de cuarto de estar como de mansión vieja, puro en mano, demorando las frases de manera calculada, dejando caer una ironía macabra aquí y provocando una lagrimita tierna allí. Anda que no nos puso el nudo en la garganta más de una vez (una, dos y tres)

Narciso Ibáñez Serrador inventó el “Un, dos, tres”, caravana delirante de su imaginería particular y antes y después también hizo muchas cosas más, conviene decirlo por si alguien pregunta algún día. Pero hoy que está vivo y no le llama nadie, y para colmo no es viernes, me acuerdo con mucho cariño cuando en los cumpleaños nos poníamos a hacer el un, dos, tres de andar por casa sin saber que treinta años después lo recordaríamos con una sonrisa de añoranza cuando nos juntamos para tomar café. En EEUU a Ibáñez Serrador lo mimarían con veneración y lo tendrían en el Paseo de la Fama; aquí hace tiempo que la parrilla lo mandó a paseo y parece ser que ni le llaman a casa para ver qué tal. Y eso que hizo de Ruperta.

Hermanos 18 noviembre, 2007

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Hermanos y DetectivesMe gusta “Hermanos y Detectives”. Me gusta porque se ve con agrado, sin más (y sin menos); me gusta su tono paródico, sus científicos en apuros y sus policías zoquetes dignos de una promoción de la T.I.A de Ibáñez (con todos los respetos para la tía de Ibáñez), su rollo a lo cluedo y su banda sonora de aire retro en plan series policiacas de los 70; me gusta su condición de producto realmente familiar y amable, al fin, cuando eso pasa hasta se agradece su aire ingenuo; me gusta por lo general la horma de ficción de baja intensidad, que no es algo autojustificativo de no sé qué y sí un reconocimiento a una serie de virtudes que pasan por asumir una condición modesta sin renunciar a la facturación digna; me gusta su casting, todo él, hasta la pandilla de fondo. En primer plano, me gusta (oh, sorpresa) el trabajo de Diego Martín, un actor por lo general muy sosito que ha tenido que encontrarse con un personaje así para caerse bien mutuamente (menos con menos es más, como en las mates) y me gusta Rodrigo Noya porque, aunque está más que demostrado que los niños cuando funcionan lo hacen muy bien, antes pueden pasar varias cosas: que el niño no funcione por soso o que el niño no funcione por cargante; aquí el niño funciona precisamente porque tiene que resultar cargante y funciona de tal manera que al principio no nos importa que sea cargante y después ya ni nos lo parece. Y me gusta la química entre los dos, hermanos y detectives, sobre todo su gradación, bien controlada, capítulo a capítulo, hacia arriba.

Hay más: me gusta el planteamiento y la evolución de esa tensión sexual (me gusta Marta Nieto) que no puede faltar en toda ficción que se precie. Y, qué leches, me gusta mucho que no haya la (ya casi inevitable) secuencia espectáculo que se lleva medio presupuesto del capítulo a costa de recolectar el share de la semana. Me gusta su aire de serie de cuando no había prime time, o cuando el prime time de las series era un sábado de invierno a media tarde en el UHF o la sobremesa de los días de vacaciones de verano, en la Primera Cadena. Y no me importa si las tramas son simples o compuestas, pero qué coño nos importa cómo son las tramas si lo que todos estamos esperando es que a Lorenzo se le encienda la bombilla y agarrado a la gafa empiese a largar sospechosos con asento argentiiino, vite.

A “Hermanos y Detectives” le renuevan contrato. Como se acaba el material del original argentino (la serie es remake de allí) y los guiones empleados apenas se han tocado, habrá que empezar a poner cosas enteramente de aquí. A ver cómo funciona.

Nostalgia 1 septiembre, 2007

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Septiembre, al fin. Pero ese no es el tema del post. La cosa hoy va de lo siguiente: ¿vende la nostalgia? Pues depende. En Televisión Española, por ejemplo, andan un poco moscas con el asunto desde que el año pasado, con motivo de su cincuentenario, vieron que la audiencia respondía de una manera inesperadamente positiva a los pequeños clips que rescataban del archivo mostrando programas, rostros, noticiarios, canciones y demás cosas del pasado. Sin embargo, la propuesta de programar la noche de los viernes el contenedor “En Serie”, prolongación de esa Operación Nostalgia y que pretendía rescatar episodios de series míticas, desde “Luz de Luna” (ay) hasta “M.A.S.H” (ay), consiguió en su estreno un descalabro histórico de audiencia.

En serio, “En Serie” fue un desastre.

Ahora ha quedado arrinconado a las madrugadas del sábado al domingo en La 2. Viene esto a colación porque hoy he visto, de casualidad, que esta madrugada toca revisar “Aquellos maravillosos años” a la maravillosa hora de las 3 y las 3 y 20 de la mañana respectivamente. Porque revisan dos cápítulos. Y debe haber sido esto de la nostalgia la que me ha llevado a utilizar el Teletexto (ay, el Teletexto!) para saciar mi curiosidad por saber qué dos episodios son los elegidos. Y desde luego, no se puede decir que hayan sido elegidos al azar. Son dos de los mejores. Cosecha excelente. El segundo de la segunda temporada y el vigésimo de la tercera. Traducidas las cifras a letras vienen a ser el episodio dedicado a Miss White, la profesora de Lengua (ay) y el (ay, ay) episodio de despedida del señor Collins, el profe de Matemáticas, que se muere el hombre y nos da un soponcio terrible y se nos queda la cara como la de Kevin Arnold cuando recibe la noticia. Y al final del capítulo no hay voz en off porque sale cantando en off Linda Ronstadt la canción “Good bye, my friend” y se nos saltan las lágrimas.

Ay.

Entre lo del Teletexto (silente superviviente jurásico en la era digital) y lo de que “Aquellos maravillosos años” vaya a volver a su casa de toda la vida, que fue La 2, aunque la vuelta sea fugaz y a las horas en las que se aparecen los fantasmas, y lo de los capítulos elegidos y tal, se me ha puesto el ánimo un poco melancólico. Sigo siendo el fan número uno de ese prodigio catódico, que conste; anda que no he moqueado pocas veces cuando el señor Collins se le aparece post mortem a Kevin Arnold para decirle (al fin) aquello de “buen trabajo, señor Arnold”…

(pero no me voy a quedar a verlos)

Weeds 9 julio, 2007

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-Bush invadió una nación soberana desafiando a Naciones Unidas. Es un criminal de guerra y ahora se supone que yo debo ser uno de sus matones desechables con una jodida diana en la cabeza enmedio del desierto esperando que me vuele en pedazos un coche bomba preparado por un crío de 12 años al que le encantaba “Friends” hasta que uno de nuestros misiles destruyó su casa??? Me parece que no.
-Tenían armas de destrucción masiva.
-¡No había armas de destrucción masiva!
-¿No?… Bien… bueno, qué mas da. Oye, tengos cosas importantes que hacer.
-Dime qué hay más importante que las corporaciones se apoderen de la democracia.
-Tengo que ir a cagar.
-Oye, ¿por qué apoyas tan ciegamente a Bush?
-Me gusta su mujer, Laura. Le compraba hierba en la universidad.

“Weeds”, 1ª temporada, episodio 10.

Doblador 13 abril, 2007

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Joan PeraPues a mí me ha dejado mosca, qué quieres que te diga. Resulta que cuando Miguel Angel Valdivieso murió, su viuda recibió una sentida nota de Woody Allen reconociendo el trabajo de su marido como doblador de sus películas. Y a mí ese gesto siempre me gustó porque, realmente, Valdivieso era grande. También era C3PO, por cierto. Y más. Pero sobre todo re-creó con su voz la personalidad del Woody Allen de “Annie Hall” y demás películas de esa época.

Y ahora resulta que Allen ha ofrecido la posibilidad de hacer un cameo al doblador actual, Joan Pera, por lo bien que le dobla. Y eso es lo que no me ha hecho gracia, mira. En primer lugar porque ahora nos va a salir este hombre un bienqueda, uno de esos que dice a todo el mundo lo maravilloso que es para salir del paso y ya está. Y segundo porque Joan Pera no dobla a Woody Allen; dobla a Miguel Angel Valdivieso, lo que demuestra que la sombra de Valdivieso es alargada. Eso para empezar. Y que Woody Allen no se entera o es un bienqueda, para continuar. Pero es que además escuchar a Joan Pera haciendo de Miguel Angel Valdivieso cuando doblaba a Woody Allen da mucha pena y es horroroso.

Dí que como el cameo, si finalmente se lleva a cabo, consiste en hacer un papel mudo, la cosa puede que no esté perdida y que Allen recupere los puntos perdidos. Porque los medios reseñan estos días la paradoja simpática de que un doblador haga un papel mudo pero yo quiero pensar que, en realidad, el verdadero gag consiste en que Allen lo ha preparado todo para tenerlo callado un rato. Eso sí que sería un golpe genial. Y un alivio.

Final 8 abril, 2007

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Hoy comienzan a emitirse en EEUU los últimos episodios de “Los Soprano”, la serie que la cadena HBO sacó al aire en 1999 y que pasará a la historia por haber marcado nuevas pautas en la producción televisiva posterior. La serie puso sobre la mesa una serie de elementos que, por aquel entonces, sólo podían permitirse al amparo de la televisión de pago: experimentación e innovación, crudeza en el lenguaje, violencia y sexo explícitos en las tramas y una cuidadosa producción de largometraje al servicio de cada episodio. “Quería hacer lo que siempre había querido ver en televisión y nadie me daba. No quería hacer una serie sino una pequeña película cada semana”, decía su creador David Chase.

“Los Soprano” actualiza el género de mafiosos trasladándolo al ámbito urbano del New Jersey de nuestros días. Al poner al día las convenciones del género, el capo, Tony Soprano (un enorme James Gandolfini condenado de por vida a ser Tony Soprano antes que James Gandolfini) tiene que hacer frente a los conflictos con sus hijos adolescentes, padece estrés, sufre depresiones, toma Prozac y acude al psiquiatra. Imposible olvidar los encuentros con su psiquiatra (maravillosa Lorraine Bracco, como el resto de sus compañeros), especialmente aquella primera consulta en la que la psiquiatra le pregunta a qué se dedica y Tony Soprano tras tamborilear inquieto con los dedos en el reposabrazos de su sillón responde con un eufemismo genial: “reciclaje de desechos urbanos”.

Tony Soprano es hortera, zafio, sentimental, imprevisible, sádico, capaz de producir en el espectador simpatía y temor por igual. Es la cabeza de un numeroso clan cuyas historias, que se entrecruzan y se bifurcan indefinidamente, han ido tejiendo con mano maestra los guionistas a lo largo de seis temporadas. La serie no sólo ha hecho mella en una audiencia tan fiel como millonaria, sino que ha conseguido hacer claudicar a quienes, por sistema, negaban a la televisión su capacidad para albergar un formato de una calidad semejante y ha sido la única que ha sido programada en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) desde donde nos llega un análisis certero: “Es una mezcla extraordinaria de análisis psicológico y cartografía social, estrafalaria, intensa, inolvidable” (Lawrence Kardish).

Hace un par de años, Antonio Muñoz Molina dedicaba un extensísimo artículo en “El País” sobre la figura de Tony Soprano, algo insólito tratándose de un personaje de ficción. Llegaba a confesar Muñoz Molina, entusiasta de la serie como tantos otros, que después de transitar el mundo de Tony Soprano, el Vito Corleone de “El Padrino” resultaba artificioso. Si esta afirmación la llega a hacer cualquier otro, aun siendo cierta, los culturetas de turno le saltan a la yugular; como la dijo un académico e intelectual se hizo el silencio y con disimulo se pasó la página del periódico donde me parece que venía un anuncio, no me acuerdo bien.

Se acaban “Los Soprano” pero cada una de sus temporadas queda en un lugar privilegiado de la estanteria de los dvd´s para reiterados y regocijantes visionados. Junto con “A dos metros bajo tierra” forman los pilares de un ciclo irrepetible de series salidas de la factoría HBO (“Deadwood”, “Roma”, “Oz”, “Carnivale”) que dan cien vueltas a la mayor parte de la producción concebida para la pantalla grande demostrando que la televisión es un medio en el que hay cabida para el talento y la innovación. Nada será lo mismo a partir del modelo de “Los Soprano”. Es uno de los muchos bienes que nos deja en herencia.

Familia 22 marzo, 2007

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Mi confesada inclinación hacia la telefilia (versión series) incluye hacer esporádicas incursiones arqueológicas en el legado del pasado. La experiencia nos dice que es conveniente llevar puesto el casco por si las decepciones, que el tiempo no perdona. No ha sido el caso, afortunadamente, tras recibir y degustar en dvd la esperada primera temporada de “La Familia Addams”, la serie original de 1964, una pieza preciada donde las haya. Podría emitirse hoy perfectamente porque, sorprendentemente, conserva intactos su originalidad, su ingenio y su frescura.

A principios de los 90, Barry Sonnenfeld los llevó a la pantalla grande de manera simpática con un plantel de lujo: Anjelica Huston, Raul Julia y una jovencísima Christina Ricci en los principios de su carrera encarnando a una inquietante Miércoles. El largometraje jugaba con la parte tétrica de los Addams y aprovechaba la tecnología del momento para hacer que “Cosa”, la mano sin cuerpo, se deslizara a todo correr por los pasillos liberada al fin de la caja de la que surgía en la serie de la tele cual caparazón de tortuga. Pero la película dejaba en segundo plano lo fundamental: la crítica que los Addams hacen de la clase media norteamericana. Porque cuando entras en casa de los Addams y convives con ellos un par de capítulos te das cuenta de que los raros son los otros. A los Addams les horrorizan los picnics dominicales y los clubs de señoras que se reúnen por la tarde a tomar el té; les preocupa seriamente que su hijo coquetee con el traje de boy scout y las alarmas se disparan cuando le ven aproximarse a un bate de béisbol por si cae en la deplorable tentación de practicar “eso”.

Capítulo a capítulo, dinamitando las convenciones establecidas, van poniendo en evidencia todo, desde el sistema educativo a la política. Los Addams se valen del delirio para poner el dedo en la llaga consiguiendo, sin embargo, que la gente se ría. Poniendo todo del revés muestran la cruda cara de las cosas. Por eso cuando Gómez decide apostar con la lógica propia de los Addams por el político más corrupto o más susceptible de serlo es porque “como es bien sabido, un político ejemplar es aquel que al ganar las elecciones incumple todas sus promesas electorales y, si es necesario, manda a paseo a los suyos”.

Luego está el acertadísimo diseño de personajes y el casting que los encarna, las tramas, los escenarios y, sobre todo, los gadgets, esa colección de frases, objetos o situaciones recurrentes inherentes al género de la comedia y que actúan como mecanismo de conexión con el espectador al buscar su complicidad.

Se podría hablar largo y tendido de las veladas con los Addams, de los cuidados que Morticia procura a las rosas en el invernadero, cortándoles la flor como si fueran malas hierbas para cuidar las espinas que es lo que importa, o del pétreo mayordomo Lurch sentado al clavecín animando las noches de tormenta o de tantas cosas, pero… El “pero” está en la edición. Y eso sí que no tiene gracia. Porque todo teléfilo que se precie sabe que la primera temporada de los Addams, emitida por la cadena ABC entre 1964 y 1965 constaba de 34 episodios de 25 minutos.

Pues en la caja vienen 22.

Y por mucho que mires el pack no pone por ningún lado “Primera Temporada, primera parte”, sino “Primera Temporada” a secas. Dí que al menos los 22 episodios no son una selección de los 34 pero aún así no me da buena espina (como las de Morticia). Parece que las distribuidoras siguen empeñadas en que nos vayamos al mercado de Zona 1 donde encontramos la edición completa y a un precio más barato aunque ellas pierdan aquí clientes y dinero. A Gómez le parecería normal.

Proyecto 17 febrero, 2007

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Un día alguien echó un vistazo a esta portada:

Se asomó a su interior:

Y dijo: “adelante con ello”.

La verdad es que da un poco de vértigo pensarlo pero esta historia cumple ahora 20 años. Siguen siendo maravillosos.
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Meteorología 10 febrero, 2007

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MaldonadoA mi abuela le pone el hombre del tiempo. El de la Primera. Cuando lo descubrí, ayer por la noche, me sorprendió y no me sorprendió. Quiero decir que de momento pues te choca un poco pero luego atas cabos y dices: claro, y sigues leyendo el periódico. Que el programa favorito de mi abuela es la previsión meteorológica era algo que sabíamos todos desde hace tiempo pero a mí me llamaba la atención el interés con el que ella seguía y sigue las explicaciones del tiempo previsto para mañana, pasado y el avance para el próximo fin de semana sobre todo porque mi abuela no sale de casa. No le gusta. Le dice mi madre: “mamá, vamos a bajar a dar un paseo que hace buena tarde” y de repente mi abuela se pone mala. No es que se ponga mala, es que dice que lleva mala desde por la mañana. A mi abuela cualquier cosa menos salir a la calle lo que pasa que cuando sale luego casi no entra. En fin, como iba diciendo, es un poco llamativo que siga las explicaciones de la borrasca que entra por Galicia con un interés tal que, algunas veces, al entrar en el salón, la he sorprendido de pie, con las manos entrelazadas en la espalda, plantada a medio metro de la pantalla, como escrutándolo todo. Y cuando se acaba el pronóstico se va y dice si te quito la tele, hijo, o la vas a ver, que me voy a coser.

Pero hay más indicios. Los reuní mentalmente todos ayer mientras hacía como que leía el periódico. Por ejemplo, cuando sale Paco Montesdeoca, que es el otro hombre del tiempo, mi abuela siempre dice que a este hombre no se le entiende nada y te dice que ya lo puedes quitar. Pero cuando sale José Antonio Maldonado dice que ssst y casi que te da apuro pasar la página del periódico para no hacer ruido. Una vez salió Montesdeoca y dijo: “ya lo puedes quitar, hijo, que a este hombre no se le entiende nada” y puse Telecinco en el mismo momento en que Jorge Javier Vázquez aseguraba muy serio que Paquirrín necesita el “Brain Training” con urgencia. En cuanto a las mujeres del tiempo, ni fu ni fa, sin más, pero sospecho que mi abuela no cree mucho lo que pronostican y espera a que venga Maldonado.

Me da que tampoco es muy normal que una persona que escucha en concentrado silencio las explicaciones sobre el mapa en el que van apareciendo soles enteros y soles a medias, nubes a secas y nubes mojadas, amén de estrellitas de nieve y flechas de viento y demás iconografía, te diga nada más terminar: “pero entonces va a llover o va a hacer bueno?”. Siempre. Maldonado dice “por el momento, esto es todo, muy buenas tardes”, y ella dice “buenas tardes” y a continuación se vuelve y te dice “pero entonces va a llover o va a hacer bueno?”. Podría pensarse que a sus noventa y pico años a mi abuela le cuesta comprender las cosas pero, ojo, que los años no nos despisten a nosotros porque se entera perfectamente. Lo que pasa es que Maldonado explica lo de la inestabilidad en las capas altas de la atmósfera y mi abuela dice: “este hombre se está poniendo un poco gordo últimamente, jo” o anuncia que las nieblas en el centro serán persistentes a lo largo de toda la jornada y ella dice: “pues vaya qué chaqueta más elegante lleva hoy este hombre, jo”.

Pero lo de ayer tuvo un matiz revelador, no sé, porque fue despedirse Maldonado y decir mi abuela: “este hombre está acatarrao, más le valía quedarse en casa y ya está”. Y luego, “te dejo puesta la tele o la vas a ver, hijo?”, que eso lo dice siempre. Lo del catarro fue concluyente para mí. Hay una teoría que afirma que los catarros suscitan ternuras delatoras. Si no la hay debería haberla porque eso todos lo sabemos. No me digas que tú no. Pues entonces.

Lotería 21 diciembre, 2006

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Sigo pensando que la verdadera música de la Navidad es la de la lotería: la letanía de los niños de San Ildefonso, el rumor denso de los grandes bombos girando lentamente, la elevación súbita y emocionada de la entonación que preludia la llegada del premio, el consiguiente estrépito de voces y flashes, la puntualización serena del secretario de mesa (contrapunto riguroso a la melodía principal), las voces de la radio (vendido en la administración número tal), las risas nerviosas de los agraciados desde la tal administración bautizando la suerte con cava… El de este año es el último sorteo que retransmite Marisa Abad, una de las voces y rostros históricos de la tele, porque su nombre figura en la lista del ERE de Televisión Española. También la música pausada de su voz es un fragmento de paisaje de la Navidad que quedará fijado en la memoria de una mañana fría de Diciembre.

Cincuentenario 28 octubre, 2006

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TVEMi infancia está en los laberínticos archivos de Televisión Española. Empieza con el misterioso círculo cromático de la Carta de Ajuste, con su relojito abajo a la derecha descontando minutos para que se levante el telón y tú sentado esperando, porque esta tele es una tele a ratos. A veces hay tele y a veces no. Por la mañana, por ejemplo, si tienes anginas y no vas al colegio, no. Por la tarde hay un rato que tampoco, qué fastidio. Y al mediodía hay que verla rápido porque dura poco y se acaba pronto y allí sale una señora que se llama Isabel Tenaille. Un nombre así debió inventarse para quedar como recuerdo confortable: queda bien en un estante de la memoria. Y si te asomabas al cuarto de estar por la noche, a una hora prohibida, podías ver cómo echaban el cierre de la tele con una bandera ondeando al aire. Al principio salió un señor muy mayor y luego otro más joven. La música era la misma. Lo más importante es que luego salía una nieve de moscas ruidosas y a dormir (yo llevaba un pijama rojo en el que ponía “Montreal 76″).

La ventana de Televisión Española alimentó nuestra mirada ingenua e ilusionada: las meriendas con pan y chocolate ponían sabor a la presencia cariñosa de Maria Luisa Seco, que anunciaba el Barrio Sésamo y el contenedor “Un globo, dos globos, tres globos” (“la tierra es un globo donde vivo yo”), con Gloria Fuertes y “La Mansión de los Plaff”, los lunes, y “El Monstruo de Sánchezstein”, y un concurso que lo anunciaron un día y tardó en llegar la tira que se llamaba “Destino: Plutón”, quizá porque se tardaba mucho en conectar con Plutón.

La tele era la emoción de los viernes por la noche, cuando te sentabas con toda la familia en invierno a ver “El hombre y la Tierra” y luego venía ese alucine increíble del “Un, dos, tres” de Kiko Ledgard, que dicen que llevaba un calcetín de cada color aunque el “Un, dos, tres” salía en blanco y negro. Allí salían los decorados delineados con las líneas raras de Mingote y las barbas de Don Cicuta, que parecía que tenía polvo por encima el hombre, y las secretarias que estaban allí como soporte de esas gafas increíblemente redondas. Había una que contaba las pesetas. Las otras sonreían. Y la Ruperta. La infancia es la Ruperta. Y en los anuncios le dabas al botón del UHF e igual te salía la música inquietante de “La Clave”, irresistible, y luego un señor fumando con pipa hablando con otros señores. Los otros señores no fumaban pipa. No se les entendía nada de lo que decían. A la Ruperta sí aunque nunca hablaba.

La tele era “Mazinguer Z” de postre los sábados y “La casa de la pradera” de postre los domingos. Y Gaby, Fofó, Miliki y Fofito (“cómo están ustedeees?”) programa esencial porque contenía lo mejor de la tele: “La Aventura”, que era un culebrón surrealista apasionante. Para mí era esencial saber el título de la Aventura del sábado pero había un pequeño problema: todavía no sabía leer. Así que llamaba corriendo a mi madre pero a veces estaba hablando por teléfono. Y yo: “¡que me leas la Aventuraaaaaaaaaaaaa!”. Pero nada. Qué fastidio. Y la tele era también el “Especial Nochebuena” y el “Especial Nochevieja”, con su toque maravillosamente kitsch de cortinillas de espumillón y bolas de árbol de navidad a un lado de los presentadores mientras en casa se encendían unas lucecitas de colores en el árbol de navidad y luego otras. Y así todo el rato.

La tele eran las vacaciones, porque entonces no cerraba por la tarde y te salía un cartel que decía “Especial Vacaciones” y permanecía en pantalla unos minutos que debían durar una eternidad y no sabías qué iba a haber detrás, y eso en el fondo era lo mejor, aunque lo de detrás también fuera lo mejor: “Pipi Calzaslargas” (¿dónde venden la cola de pegar Konrad, por Dios!) y los dibujos animados de “El lagarto Juancho” y “Maguila el Gorila” y “Los Picapiedra”.

La tele era el “Sábado Cine” y el escalofrío de ver “La amenaza de Andrómeda” desafiando la severa advertencia de los dos rombos. Aquella tele era capaz de pasar a las diez de la noche una película en blanco y negro, hazaña hoy impensable, y que los enredos de Cary Grant y Katherine Hepburn llevaran a la cama a todos tan contentos y sin agobios de share a la mañana siguiente.

La tele eran las señoras guapas de continuidad que salían delante de unas cortinas con unos folios en la mano y cara de cierto sopor por la espera, porque esperaban en algún sitio todo el rato para decir que ahora venía la película y si estaban con los rulos puestos y se fundían los fusibles de la tele sólo se les oía la voz por encima de un cartel y decían que señoras y señores, les rogamos disculpen esta interrupción; dentro de unos momentos volveremos con nuestra programación. Decían ese pareado a oscuras y luego volvía la luz. A veces tardaba más y otras tardaba menos.

La tele eran palabras: Paseo de la Habana, Ballet Zoom, Ana del Castillo (decoradora siempre), Ahmed Al Gabali (siempre decorador con nombre de Aladino), Directísimo, Jesús Hermida y Los Chiripitifláuticos. Y más.

Televisión Española cumple hoy 50 años. La infancia de todos está entre ellos. Felicidades.

Collage 14 octubre, 2006

Escrito por emejota en : Música, Series, Televisión , 10 comentarios , trackback

A Ferre, modulando hacia otro tema.

Menos mal que está el dvd. Sí, porque muchas veces me pasa que pongo un episodio de “A dos metros bajo tierra” (Six feet under, Alan Ball) y cuando termina el minuto y medio de cabecera no puedo resistir coger el mando y volverla a pasar otra vez. Y otra. Me fascina, está a la cabeza de las cabeceras (valga el juego de palabras) o, si se prefiere, es la joya de la corona de las cabeceras, lo que es lo mismo porque, ¿dónde se colocan las coronaaaas? Pues en la cabeza.

(Me parece que me estoy yendo por las ramas)

(y puede que del árbol que sale… encabezando esta cabecera)

A lo que voy, que aprovechando que alguien ha tenido a bien colgar en YouTube la cabecera como Dios manda (formato 16:9, buena calidad de imagen y, sopresa!, sin los créditos impresos) me he decidido a comentarla. Pero sólo algunos aspectos porque si me pusiera a largar sobre esta cabecera (tantas veces visionada) nos podrían dar las uvas. Y como que no.

HBO es una cadena que echa el resto en el diseño de sus cabeceras. Aquí se trata de una cabecera narrativa porque nos cuenta muchas cosas pero no lo hace de forma meramente lineal sino que lo que presenta es un curioso collage de motivos y símbolos, todos ellos con un punto en común: la muerte.

La música hace lo mismo por lo que podría pensarse que el compositor lo tiene difícil. Pues no. No si se la dan a Thomas Newman porque Newman es un músico que brilla especialmente en ese terreno. Soy de la opinión que Newman trabaja creando pequeños e ingeniosos gadgets musicales, breves ráfagas que en muchas ocasiones funcionan en bucle, como ocurre en la genial banda sonora de esa película curiosísima que fue “Una serie de catastróficas desdichas” y que aquí nadie fue a ver: los mayores porque pensaban que era para niños; los niños porque les daba miedo. Yo como no soy ni mayor ni niño pues la vi. Y me gustó. Mucho.

(Me estoy volviendo a ir por las ramas)

Collage. Símbolos. En el ámbito visual y en el musical. Lo primero que vemos y oímos son los símbolos esenciales que van a reaparecer a lo largo de la cabecera: el cuervo (pájaro de mal agüero) y el árbol (ay los quebraderos de cabeza que les dio a los chicos de la HBO dar con “el árbol”!). Al mismo tiempo, y con igual importancia, escuchamos un acorde pianístico punzante y agudo que se repite con insistencia, un acorde de séptima mayor construído por superposición de cuartas. Traduccción: un acorde gélido. Un hallazgo lo del acorde, oiga. Dicho acorde viene a representar el impacto súbito que produce en nosotros el inesperado anuncio de un deceso, el estupor en el que nos sumimos en un trance así y el estado de confusión, preguntas, desconcierto, todo lo que se quiera, que viene a continuación. El acorde es un grito, un dolor. ¿Todo eso cabe en un acorde?. En este sí, desde luego.

Podría hablarse, y mucho, de la acertada sincronía entre lo que vemos y lo que oímos. Dos ejemplos: el hermosísimo plano de la separación de manos (se separan bruscamente coincidiendo con la enésima repetición del acorde -la brusquedad nos habla del doloroso momento de la separación, de la pérdida- para flotar en el aire a continuación a cámara lenta como contraste -representando, quizá, el estupor de quien se queda y el misterio que deja quien se marcha: ¿hacia dónde va?-). Otro ejemplo: la música se pone verdaderamente en marcha coincidiendo con el brusco giro que hace la rueda de la camilla de un difunto al iniciar su viaje a través de un largo pasillo de hospital que deja atrás el mundo de los vivos -representado por la silueta de un ser humano al contraluz- y se adentra en un más allá cuyo misterio insondable se traduce en un blanco deslumbrante que ciega la pantalla.

Pero lo que me interesa en este post no es tanto la sincronía como el trabajo de collage en sí, la suma de trocitos que, juntos, conforman un todo narrativo. En este sentido hay tres momentos especialmente significativos que se corresponden con tres reflexiones fundamentales que nos plantea el hecho en sí de la muerte, a saber: 1) la ancestral inquietud del ser humano sobre la posibilidad de la existencia de un más allá de la muerte; 2) la condición del ser humano como un ente mortal y 3) el inexorable paso del tiempo, la fugacidad de la existencia.

Estos tres fragmentos del collage están representados de la siguiente manera: la incertidumbre ante un más allá lo representa la cámara girando sobre sí misma mientras mira al cielo, al tiempo que la música cesa su ritmo dejando suspendido en el aire un acorde estático que viene a significar un instante sin contornos ni pliegues, un infinito, mil preguntas sin respuestas. El resultado es estético, estático y extático.

Similar procedimiento musical (ausencia de ritmo dejando flotar un acorde en suspenso) acompaña la breve ráfaga visual que representa la inexorabilidad del final: unas flores marchitándose en un jarrón mientras el acorde fluctúa, languidece.

Curiosamente, esta ausencia de ritmo en los fragmentos claves contrasta con el segmento que nos habla de la fugacidad de la existencia. Aquí no sólo hay ritmo sino que es un ritmo insistente; en realidad se asemeja al sonido de la maquinaria de un reloj: el paso del tiempo. No es menos significativo (y me parece todo un acierto) que las imágenes nos presenten entonces un recipiente de líquido de embalsamar graduado y numerado: simbolizan las dimensiones de un todo finito que descuenta latidos progresivamente.

Con estas pistas sólo queda disfrutar del estupendo y minucioso trabajo realizado que invita a ser visionado varias veces porque una vez sabe a poco. A mí me pasa. Menos mal que está el dvd y siempre puedes echar mano del mando a distancia y volver al principio. Sobra decir que lo que viene después de la cabecera está a la altura. Qué gran serie (ya difunta, por cierto).

“Six Feet Under” – Cabecera

(Click en el centro de la imagen para visionar el video)

Casting 2 octubre, 2006

Escrito por emejota en : Series, Televisión , 6 comentarios , trackback

No, no es el superviviente de una catástrofe. Tampoco se trata de un secuestrado recién liberado o de un conductor ebrio esperando a su abogado en una comisaría. Es un fotograma del casting que llevaría a Hugh Laurie a convertirse en el doctor House. Ver para creer.