Esperanzas 4 January, 2012
Escrito por emejota en : Series, Televisión , 2 comentarios“Te dije que podía hacerte llorar”
No fue por la lima. Fue por el trozo de pastel. Se lo dice el convicto Abel Magwitch a Pip: “el miedo te hizo traerme la lima para cortar los grilletes pero lo que te movió a traerme un trozo de ese pastel fue el corazón”. Un gesto así, tan pequeño pero suficiente como para haber prendido una luz en las tinieblas de Magwitch durante años lo explica todo. Ay. Durante tres noches consecutivas, esta pasada navidad, los telespectadores de la BBC One asistieron a la hipnótica y sobresaliente adaptación de “Grandes esperanzas” en formato miniserie. Mucho Dickens habrá este año, año conmemorativo, bicentenario del nacimiento de este hombre prolífico y misterioso, mucho, así nos lo cuenta el biógrafo Peter Ackroyd en su excelente y voluminosa monografía, “El observador solitario”, al fin traducida al castellano. Un huevo el precio, oiga, no es poética la expresión, ya lo sé, pero menos poético es lo que uno exclama cuando da la vuelta al tocho y ve la etiquetita con el precio. En fin, reyes, he sido bueno y tal. A lo que estamos. Las esperanzas. Grandes esperanzas. Fue Lidia la que me puso tras la pista de esta adaptación cuando aún quedaban ecos en el aire del pase por la tele inglesa y la red se llenó de cumplidos de esos que abren el apetito. Una vez degustado el asunto, yo me quedo con un adjetivo: hipnótica. Los ingleses hacen muy bien las series, hacen mejor las adaptaciones de lo suyo, pero aquí han hecho una cosa asombrosa, algo tocado por una varita mágica, una belleza que, sin embargo y por exigencias del guión, no tiene piedad, tiene frío, una cosa desolada, permítaseme el homenaje dickensiano en forma de juego semántico que además es certero en la descripción porque así son los hilos de la historia original que Dickens anuda y nos anuda en la garganta de manera ejemplar.
“Grandes esperanzas” habla del auge del niño Pip desde la pobreza en la herrería apartada en un lugar inhóspito a la alta aristocracia londinense. Esa es la bóveda de una historia sostenida por misteriosos benefactores, lóbregos lugares e intenciones y constantes dickensianas que aparecen aquí y allá como la injusticia de la justicia que reparte lo mejor de sí misma al mejor postor. Y la novia. Esta novia cadáver, la señorita Havisham, que nos recibe en la mansión sepulcro vagando con su polvoriento vestido de novia, recorriendo descalza las habitaciones podridas donde aguarda, fosilizado por el polvo y los relojes detenidos, su pastel de boda en la mesa del banquete todavía dispuesta, trastornada desde que recibió la nota en la que alguien se llevaba su corazón y su alma y la dejaba amortajada con las manos frías y las flores marchitas, los labios costrados como los elegantes espejos desconchados de los salones que reflejan lo que la luz que se filtra por las ventanas viene a desnudar con grosera intención, nos hipnotiza con su presencia ultraterrena, el halo de luz que la rodea, su voz, el tono de las palabras (susurro monocorde y gélido, frío lamento en forma de dulce letanía). Nos fascina y nos hipnotiza como lo hace a Pip la primera vez que es requerida su presencia en la mansión sin saber que la mano de la fortuna se va a posar sobre sus hombros.


Desciende como un espectro la novia por la gran escalinata y acaricia con la mirada maternal a Pip atormentando sus oídos hasta las lágrimas con voz de niña: “La agonía es exquisita, ¿verdad?. El corazón roto, crees que vas a morir pero sigues viviendo un día y otro día y otro terrible día”. Silencio absoluto por parte del espectador para quien el reloj también se detiene mientras la cámara está allí dentro, deslizándose por las estancias de esa casa encantada. Quedan, por supuesto, las demás cuestiones, esas que pareciendo paralelas confluyen para formar el todo impecable y perfecto de esta narración inolvidable: el asunto de los abogados, prosperar en los salones de la aristocracia, la felicidad y la herida del amor, los fantasmas que retornan, los esfuerzos por quitarse de las espaldas el peso de los orígenes. Y así durante muchas páginas.




“Grandes esperanzas”, como sus hermanas, fue publicada por entregas en “All the year round” desde el 1 de diciembre de 1860 hasta agosto de 1861 y posteriormente salió de imprenta en forma de voluminosa novela. En su versión por entregas, concluía siempre dejando al lector en vilo, así lo requería el género y así lo dispuso Dickens al trazar el plan maestro de la narración. Brilla aquí la adaptación hecha por la guionista Sarah Phelps pero, ¿qué no brilla aquí? La dirección de Brian Kirk, un casting perfecto, una ambientación impecable fotografiada con maestría. El universo que Dickens alienta dibujando palabras con la tinta puebla los lugares, enciende las emociones, enfrenta a los corazones, despide a los muertos, ansía los besos, derrama lágrimas, tiene miedo. Y esperanzas. Todos albergan esperanzas, grandes esperanzas. La esperanza de salir de la miseria, de prosperar, la esperanza de obtener el perdón, o la esperanza de creer en la bondad de quien un día, a pesar del miedo, quiso llevar un trozo de pastel al monstruo hambriento.
Lost 23 May, 2010
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Last “Lost”.
En el momento en que tecleo estas líneas, medio planeta está contando los minutos que faltan para que este serial de seriales resuelva el complicado nudo de un enigma de seis años de duración. Los Dumas y Dickens, maestros del folletín, estarían muy complacidos de poder vivir en propia carne una experiencia semejante. En Tres Cantos, sede de Cuatro, la noche es movidita y no exenta de incertidumbres, así lo cuenta, lo está contando en directo en la red, Elena Sánchez, Directora de Contenidos de la cadena. Contra todo pronóstico, ABC/Disney dio el “sí” a emitir el episodio final conjuntamente vía satélite en directo. No es una medida para evitar la piratería. Se da por sentado desde hace tiempo que hay un segmento importante de las series que se consumen vía descarga. Es más: dime si me descargas y entonces seré para los jefes una serie a tener en cuenta. Así va la cosa. No es hoy esa la cuestión. La cuestión es el saber, el enterarse los primeros, el que no te lo cuenten, que han sido seis años de laberintos, coño. Acierto a comprender la emoción de ese ritual, gesto de fidelidad, homenaje y despedida. Para que sea posible hay que proceder a una operación delicada: hay treinta minutos para proceder al subtitulado del episodio final, de doble duración y sin publicidad, insertando en el vídeo el archivo digital que los contiene y que llegará a Madrid minutos antes de la emisión. Todo muy trasatlántico, muy globalizado, todo como muy acontecimiento NASA, ya se sabe, técnicos despiertos, movimientos en las salas de control de emisión, las preguntas de rigor: fallará la señal?, saldrá todo bien? y tal, todo muy galáctico…
Y yo perdido.
Quiero decir que me perdí en “Perdidos” a final de la primera temporada, ya ves, con lo serial que soy yo, pero así fue. Dije: nos encontraremos unas vacaciones de estas. Pero fueron pasando las vacaciones, aumentando los dvd´s encima de la mesa y nada. Así que formo parte de la población que no podemos abrir un periódico, ni escuchar una emisora (he tenido que apagar la SER durante la cena), ni echar un vistazo a Facebook, Twitter y ya verás mañana, porque será la cuestión más debatida.

No importa si mañana el euro se hunde para siempre. La gente está pendiente y dependiente del final de “Lost”, y es tal la maraña argumental que hay verdadero morbo por ver cómo se ventila el asunto. Habrá quien diga así se hace y habrá quien diga pues vaya timo, pero digan lo que digan, dirán, dejarán caer alusiones a cosas que a los que nos quedamos perdidos en la isla en la orilla del puzzle no nos sonarán de nada y, por eso mismo, ya nos fastidiará haberlo oído.
Los que nos perdimos en “Perdidos” estamos perdidos.
Enigma 12 April, 2010
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Quién mató a Laura Palmer? Escuchar esa pregunta formulada con insistencia en las promos de la tele de hace ahora 20 años nos intrigó muchísimo. Tras esa pregunta llegaba una cosa alucinante, una invitación a entrar en un universo inquietante y hermoso, sórdido y maravilloso a un tiempo. Era Twin Peaks, la incursión televisiva de David Lynch cuyo episodio piloto, firmado por él, dejó atónitos a los señores de ABC (la cadena de tv de allí, no el periódico de aquí). Cómo se da luz verde a algo que tiene una habitación roja, un enano que habla al revés, una muerta que se lleva la mano a la nariz en ademán seductor, sombras de aves que sobrevuelan el fondo a cámara lenta y una señora mayor que lleva un leño en el regazo y lo acaricia y te dice lo que va a pasar. Cómo se da luz verde a eso siendo lo que allí hay tan negro. Mintiendo un poco, quizá. A David Lynch le importaba un pimiento quién había matado a Laura Palmer. De hecho, al contrario de lo que le sucedería a un buen sabueso, lo estimulante del caso no estaba en satisfacer el enigma sino en el hecho de que la pregunta no tuviera respuesta posible. Lynch no es un detective, es un explorador del submundo que existe en los pliegues más oscuros de nuestro cerebro. La promesa de encontrar respuesta al enigma fue el precio exigido para conseguir vía libre en un medio que ofrecía lo que Lynch necesitaba para escribir su poema macabro y triste, guasón y turbador: el serial por entregas.
Twin Peaks es una joya. Una joya rara, de ahí su excepcionalidad en todos los sentidos. Que sus dos temporadas adolecieran de dilataciones innecesarias no importó para apreciar lo apreciable, que no fue poco y sí mucho. Los episodios piloto de ambas temporadas, así como los finales, dirigidos por el propio Lynch, siguen siendo para mí los mejores Lynch. Dicen que Twin Peaks se adelantó 20 años a esta edad de oro del serial televisivo que ahora parece languidecer un poco. No creo que así fuera. Hoy, que los cinéfilos y los teleguays han comprendido y dado el beneplácito a la posibilidad de que la tele haga cosas distintas y hasta memorables, Twin Peaks lo tendría difícil. Demasiado sutil y brutal, una explícita materialización del abstracto lenguaje de lo onírico, demasiado experimental y, sin embargo, folletín de todos modos. Un serial de nuestro lado oscuro, que late en la madrugada de las conciencias.
Quién mató a Laura Palmer? Así empezó todo, con el descubrimiento en el río de un cadáver cuya cabeza emergía de una bolsa de plástico como si fuera el envoltorio de un regalo, o un sudario de diseño hipermoderno, o como si esta Laura Palmer, la chica inocente con secreto turbio al fondo, tan hermosa y tan cadáver, vistiera un precioso velo de princesa durmiente. Anverso y reverso. Así es todo en Twin Peaks, donde todo el mundo oculta algo y nada es lo que parece.
Uno se pregunta, ahora que se cumplen 20 años, cómo fue posible que esto se emitiera en el prime time de la era de las mamachichos y sin cancelación. Alguno en busca de teta hortera le daría al mando después de cenar y se encontraría con una cosa sin sentido (y sin teta) que, sin embargo, contenía un algo magnético que era la suma de muchas cosas: la atmósfera húmeda del lugar, las puertas cerradas, las miradas furtivas, el nombre de los personajes, la música sobrenatural de Badalamenti… Y toda una colección imborrable de imágenes convertidas en iconos: los chispazos de la sierra del aserradero, el parpadeo del tubo flurorescente en la sala de autopsias, la chica que camina en estado de shock por la vía abandonada del ferrocarril, el traje negro del engominado agente Cooper, el hallazgo narrativo y genial de conferir el estado de las pesquisas a un personaje inexistente, la secretaria de la que sólo sabemos el nombre, y lo sabemos porque el agente dicta y dicta a su aparato grabador de voz, la bandeja de donuts, el ventilador girando en la casa de luto. Y tantas otras imágenes, instantáneas de un mundo paralelo donde las pulsiones golpean las paredes del buenos días y que la malla de la cotidianidad tapa por si vienen visitas. Sólo tipos como Lynch pueden descender al pozo oscuro y tallar un diamante.
Twin Peaks llegó al mercado europeo con escepticismo y mucha discreción. Lo hizo colándose en los videoclubs, convertido en una entrega cerrada. Para ello, Lynch editó el episodio piloto suprimiendo las escenas finales y añadiendo algunas que pertenecían a lo que venía poco después a fin de conseguir un montaje conclusivo. La con-versión se conoce como “versión internacional”. Es un dato importante para los cazadores de rarezas porque el piloto oficial era espléndido pero el piloto convertido en largometraje para videoclubs es una joya absoluta.
Parrilla 4 October, 2009
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Buenas noches. En los programas de esta noche hablaremos de los siguientes temas: la reorganización del sistema de regadío y sus consecuencias, el petróleo que ha comprado Lincolnshire y posteriormente debatiremos sobre la cuestión: barriles de poliestireno para el vino, ¿producen verrugas?. Y una nueva comedia muda noruega sobre problemas sociales en la tundra.”
“Caída y auge de Reginald Perrin”, temporada 1, ep 4.
Genial Leonard Rossiter, genial serie.
Visita 17 August, 2009
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Sentí añoranza de los Fisher y decidí pasarme de visita por varios episodios (seguidos) de “A dos metros bajo tierra”, la inolvidable serie que Alan Ball trajo al mundo en 2000 y cuya existencia se apagó el 21 de Agosto de 2005. Este último dato es y no es cierto. No lo es porque en las estanterías la vista recorre, como si fueran lápidas, las cajas rectangulares, elegantes, que atesoran en dvd los restos incorruptos de sus 63 episodios divididos en 5 temporadas, preparados para ser reanimados a la orden del play.
Lo que añoré fue, además de los rostros y las voces y comprobar que todo sigue intacto, el ritmo y la casa. Hoy el ritmo narrativo parece obligado a convivir con el adjetivo frenético (al igual que la sequía congenia con el pertinaz) para ganar votos y confianza (el adjetivo que convive con frecuencia con la confianza es ciego). Pero aquí la virtud está en el diseño de un tempo y unos ritmos que no tienen prisa ni siquiera en conseguir su objetivo, que es el de hipnotizar. El truco está en que los diálogos de las diversas tramas que se alternan en cada episodio son concluyentes en la forma pero dejan unos puntos suspensivos en el fondo que, además, quedan subrayados por la prolongación en calderón del plano final de cada secuencia. Es normal entonces que los silencios marquen aquí la pauta del compás.
En “A dos metros bajo tierra”, además, los silencios más maravillosos están recogidos dentro, en la casa. Sentí añoranza de recorrer esa casa silenciosa, con sus múltiples estancias, su calma de reloj de pared en tarde de domingo, su penumbra pulcra, la luz filtrándose difuminada a través de las cortinas, su aire retro y algo gótico. Ha salido el adjetivo pulcro. Es un adjetivo que convive en esa casa con la señora Fisher, es ella el alma de la casa, es la casa un trasunto de ella, de su silencio, de su pulcritud, de su orden y concierto, escondite de su desorden y su desconcierto interior.
Hay que transitar esa casa, pasar los dedos por las paredes, quedarse sentado arriba, en lo alto de la escalera, para contemplar desde allí, a escondidas, entre los huecos de la barandilla, el orden silencioso de la cocina; dejar vagar la mirada entre los portarretratos, atravesar los pasillos y desfilar ante puertas entreabiertas de estancias que algún día cumplieron su función y reirían y gritarían y escucharían la llamada para bajar a desayunar. Hay que hacer la visita sin prisa y en puntos suspensivos (porque siempre hay que regresar) y después cerrar los párpados en un fundido en blanco, como harían ellos antes de pasar a la siguiente secuencia de sus vidas, no pocas veces teñidas de negro.
Desdoblamientos 7 February, 2009
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Internet es como un patio de vecinos donde te puedes enterar, por ejemplo, de que en la tele del otro bloque (el otro bloque aquí es Estados Unidos) acaban de estrenar una serie estupenda, brillante, original y, sobre todo, con mucho material prometedor. Que la audiencia la acompañe. Es la última apuesta de ShowTime, artífice de productos siempre transgresores; desde aquel “Queer as Folk”, primer serial gay del que una amiga me dijo una vez que mucho folleteo y poco más y luego resultó que mucho folleteo pero algo más, pasando por (que no de) “Weeds”, “Californication”, y así hasta llegar a la serie donde nos encontramos con nuestro psicópata más entrañable, “Dexter”.
Ahora viene gente del mundo del cine (cada vez viene más gente del mundo del cine apuntándose a esta insólita, y que nos dure, edad de oro de las series de televisión) para poner en antena “United States of Tara”, cuyo cuarto episodio se emite este domingo en USA. Pero es lo que tiene el patio de vecinos, que te lo cuentan y te lo prestan un rato. Y tan ricamente. La serie cuenta con la producción ejecutiva de Steven Spielberg (de quien no se deja notar más que la pasta, quizá limitándose a dejar hacer mientras contempla las cosas divertido y atónito como nosotros), la presencia de la actriz Toni Collete (inmensa, inmensa, pongámoslo dos veces, qué menos) y los guiones de Diablo Cody (guionista de “Juno”).
Qué pasa en estos Estados Unidos de Tara, qué ocurre.

Ocurre que Tara, casada, madre de dos hijos adolescentes y decoradora de interiores padece un trastorno disociativo de la personalidad de manera que cuando se estresa se convierte en T., la adolescente zorrón que hace furor en MySpace, o puede que en Buck, el camionero zafio de cuya boca sale la más amplia gama de exabruptos y algún que otro escupitajo a un lado u otro, o puede que se convierta en la encantadora Alice, una ama de casa de los años cincuenta, de apariencia retro y maneras pulcras, exquisito acento inglés y más perfecta que Mary Poppins porque en la cinta métrica de Mary Poppins decía que era “prácticamente perfecta en todo” y aquí sobra el adverbio.
Esa es la tara de esta Tara y en ello reside, en primera impresión, la sospecha de que todo va a basarse en la gracieta de la transformación pero inmediatamente la genial interpretación, la asombrosa metamorfosis y el contenido que los guiones aportan a las situaciones nos hacen instalarnos en este nuevo universo catódico devorando con avidez las tramas. Lo original y novedoso aquí es que tras la piel de divertida (muy divertida) sit-com surge un drama familiar expuesto con realismo. A su vez, el drama de la convivencia casera con una madre y esposa que en cualquier instante desaparece para dejar paso por tiempo indefinido a un ser invasor se diluye en la comedia más hilarante con gran facilidad.
Sin la genial interpretación cuádruple de Toni Collete y los no menos geniales guiones esto sería probablemente una tontada. Nada más lejos de ello. “United States of Tara” es una de las mayores y mejores sorpresas que hemos visto últimamente en este Norte. Sus dosis de 23 minutos nos dejan enganchados y hambrientos de más y con la sospecha de que el reloj, en ocasiones, echa a correr cuando nos ve distraídos. Degustados los tres primeros capítulos dos veces, en el patio de vecinos de Internet alguien ha dicho que el cuarto va para nota. Lo esperamos con ansia.
Cheers 24 January, 2009
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Estoy desde el viernes en “Cheers”, el mítico bar de Boston “where everybody knows your name”. Por ejemplo: se abre la puerta a la izquierda de la pantalla y aparece un señor con americana y panza notable y everybody exclama “Noooorm!” y, efectivamente, es Norm que se dirige a su sitio en la parte opuesta de la pantalla mientras solicita una jarra de cerveza. Me encuentro en el cuarto episodio de la sexta temporada observándolo todo un cuarto de siglo después, o quizá un cuarto de siglo antes, porque allí están todavía en mitad de los ochenta.
Cómo caí de nuevo allí es fácil y difícil de explicar al mismo tiempo. Tiene que ver con el diluvio que cayó el otro día cuando estaba de viaje. No me refugié en un “Cheers” porque tenía que ir de aquí para allá según la agenda prevista pero al final del día cogí un frío, como dicen los ingleses y las abuelas. Y a la mañana siguiente me encontraba afligido. ¿Acaso porque me dolían todos los huesos del cuerpo, tenía unas décimas de fiebre y dolor de garganta? No. Era por la Couldina, cuya seductora pero engañosa efervescencia traía consigo la tristeza que ya nos conocemos.
Decidí dedicarme el fin de semana.
Uno de los grandes placeres de la existencia consiste en encerrarte en casa un fin de semana desconectando del mundo y sintiéndote realmente en casa, en tu lugar, en tu refugio, sin horarios ni reloj, al calor de la calefacción o de un baño caliente, poniéndote ropa cómoda y haciendo lo que te da la gana. Haciendo un clic me encontré ante un auténtico museo televisivo, un ingente archivo de la historia de las series, todas a disposición del usuario, por orden alfabético los títulos, por orden numérico las temporadas y dentro de ellas en orden los capítulos. Y yo así (así es con la boca abierta). Algunas olían a naftalina y otras apenas acababan de ser despojadas de su envoltorio de plástico transparente.
Encontrarte de pronto con el capítulo que hace dos días emitió una cadena norteamericana de una serie novísima y al otro lado, qué se yo, la integral de “Los Picapiedra” o “Doctor Who”, o “Embrujada”, aquella inocente delicia que además arrugaba la nariz, me hizo abrir mucho los ojos y ponerme a buscar. Entre medias, rarezas inolvidables como aquella kafkiana “Odisea” en tres temporadas que la television canadiense puso en el aire con todos los planos inclinados en 1992.
Me pasé por la actual “30 Rock”, que ya me tiene enganchado, y fue entonces cuando me dio por entrar en “Cheers” y un capítulo llevó al otro, de la misma manera que una cerveza lleva a Norm a otra, y me di cuenta de que hay algo más reconfortante que quedarse en casa desconectado del mundo para dedicarse el tiempo del fin de semana y es hacer lo mismo pero entrando en “Cheers”, el bar de Sam Malone. Allí estoy, alguien quiere tomar algo?. Todo por la lluvia del otro día y eso sin saber el viento que iba a soplar. Apagué la luz y abracé un cojín poniéndolo sobre el pecho. Descubrí, allí, entre la clientela de este bar de atmósfera y encuentros inolvidables, que ahora lo que quiero ser de mayor es historiador de las sitcom, porque si hay historiadores de las screwball comedies y estudian con detalle las comedias de los LaCava, Leisen, Cukor, Sturges y demás por qué no hacer lo mismo con las sitcom. Porque número, género y material de estudio hay en cantidad abrumadora.
Para ser un historiador de las sitcom primero hay que verlas con detalle, notar cómo evolucionan las tramas, no dentro de una serie en concreto, que también, sino mirando en formato panorámico, esto es, viendo cómo el género avanza con el tiempo, experimenta, juega, cómo se forman y posteriormente evolucionan los clichés. Todas esas cosas. Y de paso disfrutas, te enganchas y te desenganchas de esta familia, de este grupo de amigos, de este lo que sea que diga la serie en cuestión.
Creo que al menos este fin de semana quiero ser historiador de eso; puede ser que sea historiador de eso los fines de semana de invierno. Luego quedarían los apuntes porque la memoria flaquea y la semana es larga, y sobre todo porque cuando venga el verano igual apetece menos y hay que esperar a Septiembre. Ay Septiembre. Pronto llegará Febrero y ya empezaremos a tomar precauciones ante la primavera, traicionera siempre. El tiempo pasa volando. Mira “Cheers” si no. Todo lo que sale, esa gente, esas risas; esa gente habla desde hace un cuarto de siglo y esas risas dónde estarán ya. Sin embargo todo sigue igual de ingenioso, la maquinaria perfectamente engrasada y es una gozada. Pero han pasado veintisiete inviernos con sus veintisiete primaveras, veranos y otoños desde que a una mojigata Shelley Long la dejaran plantada en el bar, que no en el altar, cuando se iba a casar. Allí empezó todo.
Hay gente que vuelca en internet estos tesoros y lo hace con una dedicación que no pasa desapercibida: la compresión adecuada, el orden preciso, los subtítulos dispuestos. Me niego a llamar a esto piratería; es un tributo, un velar por una parte nada despreciable de nuestra cultura que de otra manera desaparecería como cuando apagas el televisor. Las distribuidoras no apuestan por poner a la venta lo que consideran antiguallas porque tienen más de diez años, algo inaceptable para los ejecutivos del producto fresco y envasado al vacío. Por la misma razón, habría que descatalogar de las librerías “La conjura de los necios” y así indefinidamente.
En resumidas cuentas: sigo en “Cheers” y en “30 Rock”, como en un compás de dos tiempos, allí/aquí, allí/aquí. El lunes será día de escuela pero para entonces ya tendré otro oficio apuntado en la lista de deseos para cuando sea mayor: historiador catódico, investigador de los veintidós minutos y veintiséis episodios por temporada a tiempo parcial e imparcial.
Extras 3 January, 2009
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La vida de “Extras” fue breve pero intensa. Cosechó múltiples y variadas condecoraciones importantes. No llegué a conocerla en vida pero lo hice ayer al abrir el álbum de recuerdos del estuche de dvd´s. Y lo hice de golpe: puse el primer episodio y fue imposible detener el reproductor ante la tentación del segundo, y lo mismo pasó del segundo al tercero y así, entre sonoras carcajadas, llegué al final de la primera temporada: seis episodios de treinta minutos. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. O como dijo en su día el breviario: lo breve, si bueno, dos veces breve. Eso es lo que pasa aquí, que visto y no visto.
Qué grande “Extras”, producción que la BBC puso en marcha entre 2005 y 2007 escrita, dirigida y protagonizada por Ricky Gervais y Stephen Merchant. Gervais se mete en la piel de un actor, Andy Millman, que nunca olvida sus textos por la sencilla razón de que nunca tiene uno. Es un simple extra que se pasea por decorados y producciones diversas mendigando una frase de texto, frase que es la ambición de su vida y que no termina de llegar.
¿Ya está? No, qué va. La serie manipula y juega con una serie de recursos metaficcionales que la hacen brillar y que se desarrollan en varios niveles. De un lado, en cada capítulo asistimos a dos ficciones: aquella en la que Gervais hace de extra (una obra de teatro, una película de época, etc) y aquella que tiene lugar en los descansos del rodaje y que nos es presentada con visos de realidad. De hecho, en cada entrega hace aparición una estrella que hace de sí misma (el elenco va de Kate Winslet a Orlando Bloom, pasando por Samuel L. Jackson o Ben Stiller). Pero aquí es donde los cerebros de “Extras” dan otra vuelta de tuerca a la metaficción. Porque estas estrellas son nombradas por sus nombres reales y en los sets de rodaje hablan de cifras de taquilla reales y de experiencias igualmente reales en películas o trabajos mundialmente conocidos por todos y, sin embargo, esa realidad es una corteza para construir otra ficción. Dicho de otro modo por si lo anterior ha quedado embarullado: Kate Winslet o Ben Stiller no hacen de sí mismos; se valen de sí mismos para hacer de Kate Winslet y de Ben Stiller. El juego consiste en usar la realidad como envoltorio para construir una realidad falsa de treinta minutos. Si a eso le sumamos los enredos, las miserias y codicias de la profesión que tienen lugar entre bambalinas a golpe de diálogos atropellados a lo Woody Allen o de gags de irrupción y efecto súbito, el resultado es (la ocasión nos lo pone en bandeja), Extra-ordinario.
La originalidad en el concepto y la hilaridad del humor inglés son los principales cargos a presentar a la hora de acusar a “Extras” de que no nos podamos despegar de sus entregas. Hacía tiempo que no me enganchaba a algo de esa manera. Y qué golpes, qué risas.
(Y ahora un extra que no tiene nada que ver con Extras: cómo es posible que a estas alturas se editen dvds sin subtitular? acaso se piensan que las clases de inglés nos cunden tanto?)
Aída 14 December, 2008
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El día que me enteré que Carmen Machi dejaba “Aída” casi me da un soponcio, sí, lo reconozco. Es más, daré detalles: era lunes, me acababa de levantar y todavía con la legaña puesta consulté en internet la audiencia del capítulo de la noche anterior, sí, como si fuera el productor ejecutivo de la serie, y cuando entraba en la página donde ponen las audiencias me encontré con el titular, con muchos pixeles gordos, y negros, no era para menos: “Carmen Machi deja “Aida” la próxima temporada” y fue leerlo y casi me llevo una mano al pecho del disgusto. Es curioso que cuando nos dan un disgusto nos llevemos la mano al pecho, como si ese peso que se nos pone por dentro se fuera a caer al suelo y eso también fuera un disgusto. Qué vida.
Leyendo la letra pequeña me enteré, en resumidas cuentas, de que esta mujer parecía estar un poco hasta el mocho (como diría su personaje) y que temía que la encasillaran. Y pensé: ya estamos con lo de siempre, pero qué manía les ha entrado ahora a todos los que triunfan con algo de distanciarse de ese algo pensando que son ellos y no el algo en el que se disfrazan el que les ha llevado a ser alguien (iba a poner otro “algo” pero eran demasiados). Esta mujer será Aída para siempre, aunque haga otra cosa, que las hará, en realidad ya las hace, y las hacía antes. Y sin embargo, quién es Carmen Machi? Pues Aída. Pues eso. Frank Sinatra no podía dejar de ser Frank Sinatra para dedicarse a otra cosa. Hombre, tampoco es lo mismo. Bueno, qué más da si la cosa ya no tiene remedio.
Machi ya se escapó de “Aída” unos cuantos capítulos la anterior temporada, como el Jonathan o la Lorena del Instituto. Los audímetros no se dieron cuenta y yo creo que eso le valió a ella para terminar de salirse con la suya: la suya es que puede haber “Aída” sin Aída. Eso nos conduce a la serie. Para mí, “Aída” (Globomedia) es la única sitcom de la tele que me hace reir, pero no me refiero a esa sonrisa que se te pone a veces ante un gag, no, sino a reir-reir, a carcajadas, vamos. Y creo que es una serie que ha evolucionado progresivamente de forma perfecta de manera que sus personajes han congeniado de maravilla con los actores que los representan y viceversa. Y por eso entre el final de la cuarta temporada y el comienzo de la quinta se vivieron momentos redondos.
No hay una serie que retrate semejante galería humana de desastres más sórdida aún por reales y cotidianos y que ponga sobre la barra del Bar Reinols (cuánto dice ese nombre de todo y de todos) un menú de temas sociales amargos sin que a uno le entre mala conciencia al sorprenderse a sí mismo riéndose a base de bien. Y ese es uno de los hallazgos de “Aída”: utilizar la vieja fórmula del esperpento, tan nuestro, para poner en evidencia hasta la distorsión (cómica) el reflejo crudo y duro de las circunstancias pero (y esto es lo genuíno de la serie de Globomedia) haciéndolo con una porción de talento proporcional a la ternura invertida en los guiones.
La heroína de “Aída” es la reina del mocho, alcohólica, ludópata, pobre, sola, dejemos las negritas porque ya son muy negras las palabras, mujer al borde de un ataque constante de nervios o mujer borde con ataque de nervios, que a ella le gusta ser directa. Su familia está compuesta por un ex-marido desaparecido, un hermano drogadicto, una madre escatológica y delirante, una hija con maneras de zorra poligonera (disculpas dobles: por la expresión y porque este término lo acuñaron en otra serie pero es que cuando lo oí me atraganté y se me quedó grabado, así que copio y pego), un hijo menor delincuente, una vecina prostituta, un tendero calzonazos e idealista fracasado, un hijo de tendero gay, amanerado y pedante (tres cruces bien clavadas cuando de vivir en el monte de los suburbios se trata), un cacique explotador, racista y fachón de los de bigotillo rancio, gomina y pantalón amarrado en la cintura del cuello para que quede clara la dimensión del badajo con el que lo hacen todo. Y así. Y todos gritan, lloran, se desesperan, meten la pata una y otra vez y sueñan con salir del agujero negro de todos los días que, para colmo, es un barrio que se llama “Esperanza Sur”. Y a pesar de todo nos hacen reir y los queremos y nos encantan.
“Los Simpson” quizá podrían sobrevivir sin uno de ellos porque para eso se titulan en plural. Por lo mismo aquí en “Los Serrano” la gente iba y venía como les daba la gana y al final (al principio casi) pasabas a otro canal y así te enterebas al menos de otra serie o de algún anuncio. Pero “Aída”, femenino singular, no puede sobrevivir sin Aída, Carmen Machi, siquiera por un asunto de congruencia lógica y por mucho que nos digan, la una para justificar la marcha y los otros para disimular el disgusto, que la serie ya tiene rodaje suficiente para caminar sola. A ver si vamos a descarrilar.
La gente suele pensar que o la tele es una mierda o qué buenas son las series de la HBO. Lo de en medio se suele mirar con displicencia. Pues allá ellos. Esta noche comienza la sexta temporada de “Aída”. Machi saldrá a síncopas, unos días más, otros menos y otros nada. Y luego nada de nada. Desde luego.
Olimpiadas 8 August, 2008
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Los principios fundamentales de la Carta Olímpica, en su punto tercero, dicen que: “el objetivo del Olimpismo es poner siempre el deporte al servicio del desarrollo armónico del hombre, con el fin de favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana“. O la Carta Olímpica ha caducado, o no existe traducción al chino, o los chinos se hacen los suecos, que todo es posible en esta era de globalizaciones y mestizajes. Y de hipocresías. Y de mucha cáscara y dura (la cáscara y la jeta) para no poder encontrar la nuez, si es que la hay y no está hueca. Estas Olimpiadas que hoy empiezan tienen de espíritu olímpico lo que yo de karateka. Lo harán de una manera abrumadoramente espectacular, de eso no cabe duda, de manera proporcional a toda la podredumbre que ocultan bajo la alfombra. A mí estos Juegos Olímpicos me asquean. Y me parece el colmo la lectura epidérmica e interesada que los países participantes hacen de la Carta Olímpica con tal de ir a lo suyo y no ver, no oir. Oídos que no quieren ver, corazón con medalla de carbón (por no decir otra cosa menos fina)
Verbena 23 June, 2008
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En algún lugar de la conciencia, 25 años después, la Noche de San Juan sigue siendo la verbena que los del Planeta Imaginario celebran con risas de duendes a la orilla del mediterráneo en un atardecer azul y mágico de 1983.
Yo soñé allí.
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Damages 8 June, 2008
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Qué miedo da Glenn Close en “Damages”, otra de las enormes series que pasan a engrosar la larga lista de esta nueva edad de oro que vive la ficción televisiva. Ya ha pasado el tiempo en que el cinéfilo miraba a estos productos por encima del hombro; ahora, quien lo siga haciendo, se está quedando fuera de juego: la composición narrativa por medio de imágenes se acomoda a nuevos cauces, otros formatos y en ellos interviene el talento dando forma a joyas como “Damages”.
Pero aquí la joya principal es Glenn Close, que campa triunfal a sabiendas de que forma parte de una industria que a las actrices de su edad, por enormes que sean, las relega o las jubila, o las olvida. Y sin embargo, esplendorosa y oscura a la vez, Glenn Close aparece en los primeros instantes del episodio piloto de “Damages” convertida en la abogada Patty Hewes, atención a este nombre porque pasará a la historia de la ficción televisiva, Patty Hewes, la abogada galáctica, mediática, millonaria, todopoderosa. Mefistofélica. Obsérvese que hemos usado el punto para separar este adjetivo de los otros, encadenados por comas. Y ponemos el punto en lugar de las comas para poner el acento. Es inevitable que la boca del espectador se abra y sienta que se le encogen las tripas cuando contempla un gesto que sólo una diosa como Glenn Close puede hacer, y es el de mostrar el frío filo del acero que debe forjarse en las más oscuras cloacas de la maldad humana en la misma sonrisa que unos segundos antes lucía limpia. Eso lo hace Glenn Close como nadie. Aparece risueña, vestida como ejecutiva estrella, te sonríe, te tranquiliza, y sin mover un ápice los nervios faciales de pronto te das cuenta de que esos chispeantes ojos claros te están perforando, y que esa nariz aguileña es la de la peor bruja, y que su sonrisa es heladora. Qué miedo da Glenn Close aquí, sí: como actriz porque impone muchísimo; como Patty Hewes por lo que atestiguan los 13 episodios de la primera temporada de “Damages”. Me encuentro transitando todavía el ecuador y aún así me encojo de frío.

Hay series que orbitan alrededor de un solo personaje, y ese personaje nuclear tiene una atracción gravitatoria enorme, qué digo, es un agujero negro que lo engulle todo. Como Patty Hewes, Glenn Close. Pero “Damages” va más allá, no se mira al ombligo tras encontrar el filón del personaje sino que ese es el punto de partida para una trama que despliega un virtuosismo narrativo notable, tal que le permite ir adelante y atrás: toma elipsis, toma flash (de sorpresa, de pasmo) y flashback. Aquí nada es lo que parece, Patty nunca es lo que parece y lo que enreda y desenreda tampoco. Y todavía más: Ted Danson. Porque si Glenn Close es ese agujero negro que todo lo engulle, en el universo de esa serie hay espacio para otro astro importante, un papel de villano con la suficiente fuerza como para haber conseguido despojar a Ted Danson, al fin, tras dos décadas, del sambenito de Sam Malone, el glorioso personaje de Cheers.
En este duelo galáctico encarnizado hasta lo impensable donde todo vale, con víctimas propiciatorias, señuelos, falsas verdades, falsedades dobles e inteligencias perversas, transcurre “Damages” sin que el espectador pueda hacer otra cosa que encogerse en el sofá, rendido a la adicción que produce esta historia diabólica en la que tras cada cambio de plano puedes llevarte una sorpresa inesperada.
Aliciente 2 May, 2008
Escrito por emejota en : Series, Televisión , 4 comentariosSiempre me he sentido incómodo con el suplemento de los viernes de El País, el de los jóvenes. No puedo hacer el chiste fácil de decir que me tientan poco las Tentaciones de El País porque el suplemento, que así se llamaba antes, ahora responde al nombre de EP3, que parece nombre de consola o de compuesto químico. Vale, hoy ya no soy tan joven pero antes lo era y pasaba lo mismo. No sé si los señores de PRISA han confundido lo progre con lo marciano. Igual es que no les queda nada de progre y por eso les sale algo marciano porque es habitual que pases páginas y salga gente muy rara que forma parte de grupos de música muy raros y así con (casi) todo.
Pero desde hace unas semanas busco con avidez la columna de Hernán Casciari, “Pantalla de humo”, sobre series de televisión. Y es una gozada cómo escribe este hombre, admirable. No sólo te informa de lo que se cuece principalmente en las pantallas USA (que no es poco, de hecho, empieza a ser inabarcable) sino que sus columnas me encantan por la fluidez de su escritura, su capacidad para desplegar en un instante un mapa preciso de la geografía de la serie en cuestión para luego sintetizar lo esencial en un par de frases impecables en el análisis. Sus recientes columnas sobre “Weeds” y “Pocoyó” son modélicas e imprescindibles, para quitarse el sombrero primero y luego guardarlas junto a los respectivos dvd´s.
Ejemplo 8 January, 2008
Escrito por emejota en : Televisión, Varios , 4 comentarios
Como la mayoría de los lectores, empiezo a leer el periódico desde el final y en este País remodelado que no termina de encajarme, no sé, hay un hueco a la mitad que desconecta esta parte del final con la del principio, en fin, eso es otro tema, pues en este País remodelado, decía, aparece en primer lugar, es decir, en último, una sección que para un observador de detalles como yo resulta altamente estimulante. Se trata de la sección “Almuerzo con…” y en ella, como es de suponer, alguien de la casa se va a un restaurante a comer con alguien famoso y entre plato y plato se hace une entrevista. La entrevista, por lo general, es lo de menos. Digamos que la entrevista es el pretexto para ese recuadrito que reclama nuestra atención y donde se nos informa, detalladamente, del lugar elegido, los platos consumidos y su precio, el unitario y el total. Es fascinante porque estos menús dan la medida de muchas cosas. Por ejemplo, el de hoy.
En el almuerzo del ejemplar de hoy el que se va a comer por ahí es José Andrés, cocinero de la tele entre otros restaurantes. Le acompaña John Carlin y van a la “Tasquita de Enfrente”. No se especifica qué cosa hay enfrente de esta tasquita pero al menos sabemos que está en Madrid. Pues bien, menos mal que han elegido una Tasquita porque el tío, que para colmo parece insinuarnos en la foto las propiedades saludables de la manzana (en la edición en papel estratégicamente colocada además para tapar la papada, en la digital no) se zampa un menú de 201 euros. Es evidente que John Carlin algo comerá el hombre, pero por el texto que acompaña al almuerzo no parece que mucho. Hay para comer guiso de ibérico con alcachofa, calamares de potera a la romana perfumados, tartar de ventresca con caviar y anchoa, gamba roja con cuscus de ajo, espardeñas, berberechos con sake y salicornia, amanita cesarea, raya mantequilla negra, pannacota de trufa, borracho al ron y para que todo pase sin dificultad por el gaznate, vino Belondrade y Lurtón.
Buen provecho.
Es evidente por la corpulencia del cocinero que comidas como ésta no serán excepcionales y el hombre es dueño y señor de tragar lo que le de la gana, faltaría más. Pero los señores de los cereales o los yogures o los que sea que le pagan para anunciar la moderación y prevenir de lo cardionosequé cuidando el colesterol y el sobrepeso, promoviendo de paso la dieta sana y equilibrada, a buen seguro habrán comprendido que el tal anuncio ha perdido la mucha o poca credibilidad que tenía.
Dice John Carlin a los postres que el cocinero salió de la Tasquita directo a Barajas para coger el vuelo de las 5 a Nueva York donde aterrizaba, hora local, a las 6 para irse directamente a una cena promocional. Es de suponer que se habría llevado unas barritas de cereal para entretenerse durante el viaje.
Dexter 10 December, 2007
Escrito por emejota en : Series, Televisión , 21 comentarios“La sangre es mi vida”. Aunque lo parezca, no lo dice Drácula, lo dice Dexter varias veces por capítulo y con cierta sorna porque la cosa tiene un doble sentido: forense de día y asesino psicópata en ratos libres. No se sabe si en este caso se cumple aquel lema de la pedagogía gore que decía que las letras con sangre entran pero, dadas las circunstancias, lo que está claro es que la sangre es la tinta con la que mejor se escribe el nombre:

Dexter es Michael C. Hall, felizmente recuperado para la pantalla tras su singladura de 5 temporadas por la difunta “A dos metros bajo tierra” (sus apenados no la olvidamos):

El pálido color de cara que luciera en aquellos episodios (herencia de madre, no cabe duda) ha dado lugar aquí a un bronceado que sugiere un cambio de aires. El aire es Miami. Bochornoso aire. Tiene que hacer un calor tan húmedo allí que no voy ni muerto. ¿Es importante este detalle para hablar de “Dexter”? Pues mira, sí, porque durante los episodios los ojos no pueden evitar posarse en esos surcos verticales que el sudor marca en las espaldas de las camisetas como si fueran la sombra de la columna vertebral, ni en los cielos blancos del mediodía, ni en las amenazadoras nubes gordísimas que se apiñan como montañas en el horizonte, ni en el zumbido de los aparatos de aire acondicionado funcionando las 24 horas del día, detalles todos estos que al director parecen ponerle contento porque los saca mucho pero que nos agobian a quienes tenemos un sentido nórdico de la existencia. En Miami además hay cocodrilos y cosas de esas.
Dexter es un justiciero vengador como los héroes de comic pero con matices porque él no se toma la justicia por su mano para curar momentáneamente el escozor de su propia herida sino como pretexto para hacer lo que más le gusta: matar. Simplemente. Ha salido la palabra cómic por ahí arriba y no es casual. Yo no sé si la novela de la que sale este Dexter es una novela gráfica pero desde luego tanto la estética como la ética sigue la senda del cómic. Y la actitud del espectador en este sentido ayuda a entrar en el asunto. Las cosas no son las mismas ni se dicen de la misma manera en una viñeta de Stan Lee que en un párrafo de Javier Marías pero lo importante es que en ambos casos tienen vida propia y son coherentes con el universo narrativo al que pertenecen. Y son creíbles.
El instante fundacional del mito al que nos remiten continuamente los fascículos de los comics está ocupado aquí, en flashback, por una escena paterno filial en la que el padre, tras confirmar los irrefrenables instintos homicidas del adolescente Dexter (hasta entonces sólo consumados con los bichejos del bosque) sugiere la manera de canalizarlos. Cómo, pregunta el hijo en pleno ataque de acné. Hay cosas a las que la policía no alcanza, deja caer el padre (policía, por cierto). Eso sería venganza? pregunta el hijo que parece pillar a la primera por dónde van los tiros. Eso sería justicia, puntualiza el padre. Justicia y venganza son conceptos que aparecen una y otra vez en la serie: los personajes utilizan la primera para justificar la segunda. Dexter, sobre todo, se divierte.
De la ética a la estética. Si lo del párrafo anterior era de tebeo lo de este también. Pero puntualicemos: decimos “esto es de tebeo” cuando algo es ridículo, cuando las cosas chirrían. Pero si lo que es de tebeo está en un tebeo las cosas cambian; es más: las cosas funcionan. Lo de antes funciona si el espectador asume dónde está. Por si acaso, la puesta en escena nos lo recuerda y la pantalla del televisor es utilizada en Dexter como viñeta de comic utilizando todos los recursos narrativos de la composición de la imagen. Un encuadre como éste anuncia una declaración trascendente:

y en éste el personaje nos habla desde dentro, es un encuadre con vocación psicológica que nos está mostrando la identidad verdadera de una personalidad que se construye sobre la angustia y la tormenta interior:

Más recursos narrativos visuales: Dexter buscando en la red (en un portátil Mac, qué tío) información sobre cierto ciudadano que quizá no es el buen tipo que aparenta a los ojos de la justicia:

Bingo! Una vez confirmadas las sospechas, la adrenalina fluye y la sed vengadora de Dexter se despierta anunciándose mediante este efecto luminoso de glóbulo (rojo, claro):

Dexter es un forense virtuoso y apreciado en la comunidad. Y un psicópata. Lo último sólo lo sabemos nosotros porque nos lo dice enseguida, y nos lo dice además con cierto orgullo, qué puñetero, y en off, que es la voz con la que mejor se expresa y uno de los mayores hallazgos de la serie. El resto de su personalidad también está teñido de ambigüedad: sus reservas ante el sexo, por ejemplo, sin que podamos asegurar si se trata de una reserva ante el sexo femenino o el masculino o bien ante el sexo en sí. En materia sentimental, los justicieros vengadores como Dexter son tipos especialmente sensibles a los corazones vulnerables pero también les gusta ir a su aire. Son solitarios solidarios. Eso es un problema gordo para un corazón vulnerable.
Lo mejor de Dexter es lo bien que está dibujado su personaje en las viñetas de este comic de gran colorido. Y su voz (en off) .Y la jeta, la de Michael C. Hall, nadie como él para este papel. Firma el asunto ShowTime, que hace siempre cosas transgresoras. A veces sólo se queda en eso y otras veces hay más.
Chicho 4 December, 2007
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Leo haciendo click aquí, de casualidad, y con disgusto (y robando la foto, perdón), que “a Chicho, que actualmente se encuentra en su casa muy enfermo, no le llaman ni sus compañeros, ni ningún medio”. Lo que no dice es que, seguramente, las redacciones de los periódicos ya tendrán en el cajón, lista y corregida para cuando sea necesario, la necrológica y los reportajes especiales donde se dirá lo mucho que significó este hombre en el medio televisivo, lo irrepetible de su figura, y después en la tele saldrán compungidos los amigos. Y eso ya no es que sea triste: es repugnante y habitual.
De pequeño, yo quería ser de mayor Chicho Ibáñez Serrador para inventar el “Un, dos, tres, responda otra vez”. Cierto es que ponía como condición que lo pusieran en viernes después de la cena porque ese es el lugar idóneo donde encuentra acomodo la, a mi juicio, idea más maravillosa que se ha concebido para la tele. El “Un, dos, tres” es el recuento de nuestras infancias cuando éramos niños y algo parecido a un retorno a ella si nos pilló de mayores. Lo más fácil es que nos pasara las dos cosas porque 405 emisiones de “Un, dos, tres” son un tren con muchos vagones. ¿Funcionaría hoy el “Un, dos, tres”? Rotundamente no, pero él no tiene la culpa de que lo que no funcione es el resto, que es todo, todas las cosas, y que eso nos haya vuelto distintos, más de vuelta, más desencantados, con poco o ningún interés por saber si el coche estará en las babuchas que trajo el príncipe de Arabia a esta subasta delirante e imaginativa.
Hubo un tiempo que terminábamos de cenar en invierno y todos nos juntábamos frente a la tele esperando la sintonía aflautada y chispeante de Adolfo Waitzman y era como entrar en un parque de atracciones e ir de una atracción a otra. Sólo por aquel entonces, la imaginación podía aliarse con la escenografía de Ana del Castillo y ver en color los decorados de Las Mil y Una Noches o el Castillo de Drácula en una tele en blanco y negro. Por allí aparecía Chicho como sumo emperador, tan en su salsa, con aquellas despedidas de temporada tan histriónicas y emotivas desde el trono que era un sillón de cuarto de estar como de mansión vieja, puro en mano, demorando las frases de manera calculada, dejando caer una ironía macabra aquí y provocando una lagrimita tierna allí. Anda que no nos puso el nudo en la garganta más de una vez (una, dos y tres)
Narciso Ibáñez Serrador inventó el “Un, dos, tres”, caravana delirante de su imaginería particular y antes y después también hizo muchas cosas más, conviene decirlo por si alguien pregunta algún día. Pero hoy que está vivo y no le llama nadie, y para colmo no es viernes, me acuerdo con mucho cariño cuando en los cumpleaños nos poníamos a hacer el un, dos, tres de andar por casa sin saber que treinta años después lo recordaríamos con una sonrisa de añoranza cuando nos juntamos para tomar café. En EEUU a Ibáñez Serrador lo mimarían con veneración y lo tendrían en el Paseo de la Fama; aquí hace tiempo que la parrilla lo mandó a paseo y parece ser que ni le llaman a casa para ver qué tal. Y eso que hizo de Ruperta.
Hermanos 18 November, 2007
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Me gusta “Hermanos y Detectives”. Me gusta porque se ve con agrado, sin más (y sin menos); me gusta su tono paródico, sus científicos en apuros y sus policías zoquetes dignos de una promoción de la T.I.A de Ibáñez (con todos los respetos para la tía de Ibáñez), su rollo a lo cluedo y su banda sonora de aire retro en plan series policiacas de los 70; me gusta su condición de producto realmente familiar y amable, al fin, cuando eso pasa hasta se agradece su aire ingenuo; me gusta por lo general la horma de ficción de baja intensidad, que no es algo autojustificativo de no sé qué y sí un reconocimiento a una serie de virtudes que pasan por asumir una condición modesta sin renunciar a la facturación digna; me gusta su casting, todo él, hasta la pandilla de fondo. En primer plano, me gusta (oh, sorpresa) el trabajo de Diego Martín, un actor por lo general muy sosito que ha tenido que encontrarse con un personaje así para caerse bien mutuamente (menos con menos es más, como en las mates) y me gusta Rodrigo Noya porque, aunque está más que demostrado que los niños cuando funcionan lo hacen muy bien, antes pueden pasar varias cosas: que el niño no funcione por soso o que el niño no funcione por cargante; aquí el niño funciona precisamente porque tiene que resultar cargante y funciona de tal manera que al principio no nos importa que sea cargante y después ya ni nos lo parece. Y me gusta la química entre los dos, hermanos y detectives, sobre todo su gradación, bien controlada, capítulo a capítulo, hacia arriba.
Hay más: me gusta el planteamiento y la evolución de esa tensión sexual (me gusta Marta Nieto) que no puede faltar en toda ficción que se precie. Y, qué leches, me gusta mucho que no haya la (ya casi inevitable) secuencia espectáculo que se lleva medio presupuesto del capítulo a costa de recolectar el share de la semana. Me gusta su aire de serie de cuando no había prime time, o cuando el prime time de las series era un sábado de invierno a media tarde en el UHF o la sobremesa de los días de vacaciones de verano, en la Primera Cadena. Y no me importa si las tramas son simples o compuestas, pero qué coño nos importa cómo son las tramas si lo que todos estamos esperando es que a Lorenzo se le encienda la bombilla y agarrado a la gafa empiese a largar sospechosos con asento argentiiino, vite.
A “Hermanos y Detectives” le renuevan contrato. Como se acaba el material del original argentino (la serie es remake de allí) y los guiones empleados apenas se han tocado, habrá que empezar a poner cosas enteramente de aquí. A ver cómo funciona.
Nostalgia 1 September, 2007
Escrito por emejota en : Series, Televisión , 8 comentariosSeptiembre, al fin. Pero ese no es el tema del post. La cosa hoy va de lo siguiente: ¿vende la nostalgia? Pues depende. En Televisión Española, por ejemplo, andan un poco moscas con el asunto desde que el año pasado, con motivo de su cincuentenario, vieron que la audiencia respondía de una manera inesperadamente positiva a los pequeños clips que rescataban del archivo mostrando programas, rostros, noticiarios, canciones y demás cosas del pasado. Sin embargo, la propuesta de programar la noche de los viernes el contenedor “En Serie”, prolongación de esa Operación Nostalgia y que pretendía rescatar episodios de series míticas, desde “Luz de Luna” (ay) hasta “M.A.S.H” (ay), consiguió en su estreno un descalabro histórico de audiencia.
En serio, “En Serie” fue un desastre.
Ahora ha quedado arrinconado a las madrugadas del sábado al domingo en La 2. Viene esto a colación porque hoy he visto, de casualidad, que esta madrugada toca revisar “Aquellos maravillosos años” a la maravillosa hora de las 3 y las 3 y 20 de la mañana respectivamente. Porque revisan dos cápítulos. Y debe haber sido esto de la nostalgia la que me ha llevado a utilizar el Teletexto (ay, el Teletexto!) para saciar mi curiosidad por saber qué dos episodios son los elegidos. Y desde luego, no se puede decir que hayan sido elegidos al azar. Son dos de los mejores. Cosecha excelente. El segundo de la segunda temporada y el vigésimo de la tercera. Traducidas las cifras a letras vienen a ser el episodio dedicado a Miss White, la profesora de Lengua (ay) y el (ay, ay) episodio de despedida del señor Collins, el profe de Matemáticas, que se muere el hombre y nos da un soponcio terrible y se nos queda la cara como la de Kevin Arnold cuando recibe la noticia. Y al final del capítulo no hay voz en off porque sale cantando en off Linda Ronstadt la canción “Good bye, my friend” y se nos saltan las lágrimas.
Ay.
Entre lo del Teletexto (silente superviviente jurásico en la era digital) y lo de que “Aquellos maravillosos años” vaya a volver a su casa de toda la vida, que fue La 2, aunque la vuelta sea fugaz y a las horas en las que se aparecen los fantasmas, y lo de los capítulos elegidos y tal, se me ha puesto el ánimo un poco melancólico. Sigo siendo el fan número uno de ese prodigio catódico, que conste; anda que no he moqueado pocas veces cuando el señor Collins se le aparece post mortem a Kevin Arnold para decirle (al fin) aquello de “buen trabajo, señor Arnold”…
(pero no me voy a quedar a verlos)
Weeds 9 July, 2007
Escrito por emejota en : Series, Televisión , Añade un comentario-Bush invadió una nación soberana desafiando a Naciones Unidas. Es un criminal de guerra y ahora se supone que yo debo ser uno de sus matones desechables con una jodida diana en la cabeza enmedio del desierto esperando que me vuele en pedazos un coche bomba preparado por un crío de 12 años al que le encantaba “Friends” hasta que uno de nuestros misiles destruyó su casa??? Me parece que no.
-Tenían armas de destrucción masiva.
-¡No había armas de destrucción masiva!
-¿No?… Bien… bueno, qué mas da. Oye, tengos cosas importantes que hacer.
-Dime qué hay más importante que las corporaciones se apoderen de la democracia.
-Tengo que ir a cagar.
-Oye, ¿por qué apoyas tan ciegamente a Bush?
-Me gusta su mujer, Laura. Le compraba hierba en la universidad.
“Weeds”, 1ª temporada, episodio 10.
Doblador 13 April, 2007
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Pues a mí me ha dejado mosca, qué quieres que te diga. Resulta que cuando Miguel Angel Valdivieso murió, su viuda recibió una sentida nota de Woody Allen reconociendo el trabajo de su marido como doblador de sus películas. Y a mí ese gesto siempre me gustó porque, realmente, Valdivieso era grande. También era C3PO, por cierto. Y más. Pero sobre todo re-creó con su voz la personalidad del Woody Allen de “Annie Hall” y demás películas de esa época.
Y ahora resulta que Allen ha ofrecido la posibilidad de hacer un cameo al doblador actual, Joan Pera, por lo bien que le dobla. Y eso es lo que no me ha hecho gracia, mira. En primer lugar porque ahora nos va a salir este hombre un bienqueda, uno de esos que dice a todo el mundo lo maravilloso que es para salir del paso y ya está. Y segundo porque Joan Pera no dobla a Woody Allen; dobla a Miguel Angel Valdivieso, lo que demuestra que la sombra de Valdivieso es alargada. Eso para empezar. Y que Woody Allen no se entera o es un bienqueda, para continuar. Pero es que además escuchar a Joan Pera haciendo de Miguel Angel Valdivieso cuando doblaba a Woody Allen da mucha pena y es horroroso.
Dí que como el cameo, si finalmente se lleva a cabo, consiste en hacer un papel mudo, la cosa puede que no esté perdida y que Allen recupere los puntos perdidos. Porque los medios reseñan estos días la paradoja simpática de que un doblador haga un papel mudo pero yo quiero pensar que, en realidad, el verdadero gag consiste en que Allen lo ha preparado todo para tenerlo callado un rato. Eso sí que sería un golpe genial. Y un alivio.
Final 8 April, 2007
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Hoy comienzan a emitirse en EEUU los últimos episodios de “Los Soprano”, la serie que la cadena HBO sacó al aire en 1999 y que pasará a la historia por haber marcado nuevas pautas en la producción televisiva posterior. La serie puso sobre la mesa una serie de elementos que, por aquel entonces, sólo podían permitirse al amparo de la televisión de pago: experimentación e innovación, crudeza en el lenguaje, violencia y sexo explícitos en las tramas y una cuidadosa producción de largometraje al servicio de cada episodio. “Quería hacer lo que siempre había querido ver en televisión y nadie me daba. No quería hacer una serie sino una pequeña película cada semana”, decía su creador David Chase.
“Los Soprano” actualiza el género de mafiosos trasladándolo al ámbito urbano del New Jersey de nuestros días. Al poner al día las convenciones del género, el capo, Tony Soprano (un enorme James Gandolfini condenado de por vida a ser Tony Soprano antes que James Gandolfini) tiene que hacer frente a los conflictos con sus hijos adolescentes, padece estrés, sufre depresiones, toma Prozac y acude al psiquiatra. Imposible olvidar los encuentros con su psiquiatra (maravillosa Lorraine Bracco, como el resto de sus compañeros), especialmente aquella primera consulta en la que la psiquiatra le pregunta a qué se dedica y Tony Soprano tras tamborilear inquieto con los dedos en el reposabrazos de su sillón responde con un eufemismo genial: “reciclaje de desechos urbanos”.
Tony Soprano es hortera, zafio, sentimental, imprevisible, sádico, capaz de producir en el espectador simpatía y temor por igual. Es la cabeza de un numeroso clan cuyas historias, que se entrecruzan y se bifurcan indefinidamente, han ido tejiendo con mano maestra los guionistas a lo largo de seis temporadas. La serie no sólo ha hecho mella en una audiencia tan fiel como millonaria, sino que ha conseguido hacer claudicar a quienes, por sistema, negaban a la televisión su capacidad para albergar un formato de una calidad semejante y ha sido la única que ha sido programada en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) desde donde nos llega un análisis certero: “Es una mezcla extraordinaria de análisis psicológico y cartografía social, estrafalaria, intensa, inolvidable” (Lawrence Kardish).
Hace un par de años, Antonio Muñoz Molina dedicaba un extensísimo artículo en “El País” sobre la figura de Tony Soprano, algo insólito tratándose de un personaje de ficción. Llegaba a confesar Muñoz Molina, entusiasta de la serie como tantos otros, que después de transitar el mundo de Tony Soprano, el Vito Corleone de “El Padrino” resultaba artificioso. Si esta afirmación la llega a hacer cualquier otro, aun siendo cierta, los culturetas de turno le saltan a la yugular; como la dijo un académico e intelectual se hizo el silencio y con disimulo se pasó la página del periódico donde me parece que venía un anuncio, no me acuerdo bien.
Se acaban “Los Soprano” pero cada una de sus temporadas queda en un lugar privilegiado de la estanteria de los dvd´s para reiterados y regocijantes visionados. Junto con “A dos metros bajo tierra” forman los pilares de un ciclo irrepetible de series salidas de la factoría HBO (“Deadwood”, “Roma”, “Oz”, “Carnivale”) que dan cien vueltas a la mayor parte de la producción concebida para la pantalla grande demostrando que la televisión es un medio en el que hay cabida para el talento y la innovación. Nada será lo mismo a partir del modelo de “Los Soprano”. Es uno de los muchos bienes que nos deja en herencia.
Familia 22 March, 2007
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Mi confesada inclinación hacia la telefilia (versión series) incluye hacer esporádicas incursiones arqueológicas en el legado del pasado. La experiencia nos dice que es conveniente llevar puesto el casco por si las decepciones, que el tiempo no perdona. No ha sido el caso, afortunadamente, tras recibir y degustar en dvd la esperada primera temporada de “La Familia Addams”, la serie original de 1964, una pieza preciada donde las haya. Podría emitirse hoy perfectamente porque, sorprendentemente, conserva intactos su originalidad, su ingenio y su frescura.
A principios de los 90, Barry Sonnenfeld los llevó a la pantalla grande de manera simpática con un plantel de lujo: Anjelica Huston, Raul Julia y una jovencísima Christina Ricci en los principios de su carrera encarnando a una inquietante Miércoles. El largometraje jugaba con la parte tétrica de los Addams y aprovechaba la tecnología del momento para hacer que “Cosa”, la mano sin cuerpo, se deslizara a todo correr por los pasillos liberada al fin de la caja de la que surgía en la serie de la tele cual caparazón de tortuga. Pero la película dejaba en segundo plano lo fundamental: la crítica que los Addams hacen de la clase media norteamericana. Porque cuando entras en casa de los Addams y convives con ellos un par de capítulos te das cuenta de que los raros son los otros. A los Addams les horrorizan los picnics dominicales y los clubs de señoras que se reúnen por la tarde a tomar el té; les preocupa seriamente que su hijo coquetee con el traje de boy scout y las alarmas se disparan cuando le ven aproximarse a un bate de béisbol por si cae en la deplorable tentación de practicar “eso”.
Capítulo a capítulo, dinamitando las convenciones establecidas, van poniendo en evidencia todo, desde el sistema educativo a la política. Los Addams se valen del delirio para poner el dedo en la llaga consiguiendo, sin embargo, que la gente se ría. Poniendo todo del revés muestran la cruda cara de las cosas. Por eso cuando Gómez decide apostar con la lógica propia de los Addams por el político más corrupto o más susceptible de serlo es porque “como es bien sabido, un político ejemplar es aquel que al ganar las elecciones incumple todas sus promesas electorales y, si es necesario, manda a paseo a los suyos”.
Luego está el acertadísimo diseño de personajes y el casting que los encarna, las tramas, los escenarios y, sobre todo, los gadgets, esa colección de frases, objetos o situaciones recurrentes inherentes al género de la comedia y que actúan como mecanismo de conexión con el espectador al buscar su complicidad.
Se podría hablar largo y tendido de las veladas con los Addams, de los cuidados que Morticia procura a las rosas en el invernadero, cortándoles la flor como si fueran malas hierbas para cuidar las espinas que es lo que importa, o del pétreo mayordomo Lurch sentado al clavecín animando las noches de tormenta o de tantas cosas, pero… El “pero” está en la edición. Y eso sí que no tiene gracia. Porque todo teléfilo que se precie sabe que la primera temporada de los Addams, emitida por la cadena ABC entre 1964 y 1965 constaba de 34 episodios de 25 minutos.
Pues en la caja vienen 22.
Y por mucho que mires el pack no pone por ningún lado “Primera Temporada, primera parte”, sino “Primera Temporada” a secas. Dí que al menos los 22 episodios no son una selección de los 34 pero aún así no me da buena espina (como las de Morticia). Parece que las distribuidoras siguen empeñadas en que nos vayamos al mercado de Zona 1 donde encontramos la edición completa y a un precio más barato aunque ellas pierdan aquí clientes y dinero. A Gómez le parecería normal.
Proyecto 17 February, 2007
Escrito por emejota en : Series, Televisión , 6 comentariosUn día alguien echó un vistazo a esta portada:

Se asomó a su interior:

Y dijo: “adelante con ello”.
La verdad es que da un poco de vértigo pensarlo pero esta historia cumple ahora 20 años. Siguen siendo maravillosos.
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Meteorología 10 February, 2007
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Televisión , 6 comentarios
A mi abuela le pone el hombre del tiempo. El de la Primera. Cuando lo descubrí, ayer por la noche, me sorprendió y no me sorprendió. Quiero decir que de momento pues te choca un poco pero luego atas cabos y dices: claro, y sigues leyendo el periódico. Que el programa favorito de mi abuela es la previsión meteorológica era algo que sabíamos todos desde hace tiempo pero a mí me llamaba la atención el interés con el que ella seguía y sigue las explicaciones del tiempo previsto para mañana, pasado y el avance para el próximo fin de semana sobre todo porque mi abuela no sale de casa. No le gusta. Le dice mi madre: “mamá, vamos a bajar a dar un paseo que hace buena tarde” y de repente mi abuela se pone mala. No es que se ponga mala, es que dice que lleva mala desde por la mañana. A mi abuela cualquier cosa menos salir a la calle lo que pasa que cuando sale luego casi no entra. En fin, como iba diciendo, es un poco llamativo que siga las explicaciones de la borrasca que entra por Galicia con un interés tal que, algunas veces, al entrar en el salón, la he sorprendido de pie, con las manos entrelazadas en la espalda, plantada a medio metro de la pantalla, como escrutándolo todo. Y cuando se acaba el pronóstico se va y dice si te quito la tele, hijo, o la vas a ver, que me voy a coser.
Pero hay más indicios. Los reuní mentalmente todos ayer mientras hacía como que leía el periódico. Por ejemplo, cuando sale Paco Montesdeoca, que es el otro hombre del tiempo, mi abuela siempre dice que a este hombre no se le entiende nada y te dice que ya lo puedes quitar. Pero cuando sale José Antonio Maldonado dice que ssst y casi que te da apuro pasar la página del periódico para no hacer ruido. Una vez salió Montesdeoca y dijo: “ya lo puedes quitar, hijo, que a este hombre no se le entiende nada” y puse Telecinco en el mismo momento en que Jorge Javier Vázquez aseguraba muy serio que Paquirrín necesita el “Brain Training” con urgencia. En cuanto a las mujeres del tiempo, ni fu ni fa, sin más, pero sospecho que mi abuela no cree mucho lo que pronostican y espera a que venga Maldonado.
Me da que tampoco es muy normal que una persona que escucha en concentrado silencio las explicaciones sobre el mapa en el que van apareciendo soles enteros y soles a medias, nubes a secas y nubes mojadas, amén de estrellitas de nieve y flechas de viento y demás iconografía, te diga nada más terminar: “pero entonces va a llover o va a hacer bueno?”. Siempre. Maldonado dice “por el momento, esto es todo, muy buenas tardes”, y ella dice “buenas tardes” y a continuación se vuelve y te dice “pero entonces va a llover o va a hacer bueno?”. Podría pensarse que a sus noventa y pico años a mi abuela le cuesta comprender las cosas pero, ojo, que los años no nos despisten a nosotros porque se entera perfectamente. Lo que pasa es que Maldonado explica lo de la inestabilidad en las capas altas de la atmósfera y mi abuela dice: “este hombre se está poniendo un poco gordo últimamente, jo” o anuncia que las nieblas en el centro serán persistentes a lo largo de toda la jornada y ella dice: “pues vaya qué chaqueta más elegante lleva hoy este hombre, jo”.
Pero lo de ayer tuvo un matiz revelador, no sé, porque fue despedirse Maldonado y decir mi abuela: “este hombre está acatarrao, más le valía quedarse en casa y ya está”. Y luego, “te dejo puesta la tele o la vas a ver, hijo?”, que eso lo dice siempre. Lo del catarro fue concluyente para mí. Hay una teoría que afirma que los catarros suscitan ternuras delatoras. Si no la hay debería haberla porque eso todos lo sabemos. No me digas que tú no. Pues entonces.
Lotería 21 December, 2006
Escrito por emejota en : Televisión, Varios , 7 comentariosSigo pensando que la verdadera música de la Navidad es la de la lotería: la letanía de los niños de San Ildefonso, el rumor denso de los grandes bombos girando lentamente, la elevación súbita y emocionada de la entonación que preludia la llegada del premio, el consiguiente estrépito de voces y flashes, la puntualización serena del secretario de mesa (contrapunto riguroso a la melodía principal), las voces de la radio (vendido en la administración número tal), las risas nerviosas de los agraciados desde la tal administración bautizando la suerte con cava… El de este año es el último sorteo que retransmite Marisa Abad, una de las voces y rostros históricos de la tele, porque su nombre figura en la lista del ERE de Televisión Española. También la música pausada de su voz es un fragmento de paisaje de la Navidad que quedará fijado en la memoria de una mañana fría de Diciembre.