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Magia

Un dos tresPor 25 pesetas, díganos un lugar mágico de la infancia. Pues mire, no siga porque ambos vamos a decir lo mismo: Un, dos, tres, responda otra vez. Hoy hace 40 años, 40, de la primera emisión en Televisión Española del Undostrés, así, todo junto, porque así es como lo pronunciaron varias generaciones de españoles. Para un niño de los setenta que pasaba las tardes de las anginas al calor del radiador leyendo Oscar, Kina y el Láser mientras la niebla borraba la parte superior de la torre de la Telefónica en el Paseo de Invierno y el olor del café procedente de la cocina de Cecilia se filtraba por el patio de vecinos, para un niño que veía los programas de la lavadora y se fascinaba por el azul del Vernel y su correspondiente colocón fruto de la fragancia suave que glosaba la etiqueta; un niño, en fin, de los de pan y chocolate en la merienda, esperando inquieto frente al televisor para que la programación de tarde abriera sus puertas y se materializara María Luisa Seco, ese hada buena, el Undostrés era percibido como una excursión al País de las Maravillas: el televisor era la madriguera a través de la cual llegabas a un sendero que, a derecha, a izquierda o al fondo, te mostraba mundos raros, diversos y fascinantes: el rincón de tanatorio y sainete de los Cicutas, de Valentín Tornos, Juan Tamariz, Paco Cecilio, nótese el pedazo de nombres, adviértase el pedazo de barbas; el rincón de las azafatas, como un campo de gafas gigantes y redondas plantadas entre números, cálculos y sonrisas; el rincón de las preguntas y respuestas, el de la calabaza fantasma y, oh, santo cielo, la subasta, esa inspiración irrepetible que un viernes te metía en el castillo de Drácula para cambiar la lápida por el saquito de tierra de Transilvania o te conducía a la isla del tesoro donde pretendían colarte el parche del pirata malo a cambio de que entregaras el mapa apergaminado.

Esta noche, cenando, le he dicho a mi madre que hoy hace 40 años que se emitió el primer Undostrés y ella ha respondido que, madre mía, cuarenta años, puntos suspensivos. Para nuestra casa, nuestra familia, mi padre, mi madre, mi hermana y yo (mi hermano aún no había venido), el undostrés representaba algo especial porque todos los viernes nos sentábamos en el cuarto de estar y no perdíamos detalle. Eran tiempos más ingenuos para el asombro, qué bueno eso, lo que daría yo por renovar ese asombro asombrado. No es que estuviéramos todo el tiempo ante la tele, en primer lugar porque no había tele más que pocas horas y con dos cadenas; los mayores trabajaban, se reunían a hablar con los vecinos (yo escuchaba risas confortables desde mi cama) y los pequeños íbamos al cole y pintábamos con las plastidecor. Pero había un rato en que todos coincidíamos frente al televisor, en las noches frías del invierno o tibias de la primavera. No fue hasta tiempo después, cuando el abuelo nos trajo el primer televisor en color en los mundiales del Naranjito, que me di cuenta de que habíamos visto en colores el Undostrés en blanco y negro, o así al menos lo había visto yo, y mira que los decorados simples pero hipnóticos, con esos redondeles y líneas gordas de Mingote, no eran otra cosa que eso: trazos negros sobre fondo blanco. Pero mi padre me decía que Kiko Ledgard llevaba un calcetín de otro color y yo juraría que era verdad. Qué cosas.

Entre el grupo de niñas y niños de nuestro barrio, teníamos la costumbre de montar un Undostrés de andar por casa después de las meriendas de cumpleaños. Era emocionante, muy emocionante, porque nos ponía la imaginación en el punto de ebullición de manera que convertíamos las cosas de una habitación cualquiera en un decorado de objetos preciosos, todos ellos con su correspondiente tarjetita. Y en la subasta podía tocarte la Ruperta pero nunca un coche, claro, pero sí unas chuches.

En mi recuerdo, el Undostrés es el pasmo de la magia y un sentimiento muy agradable de calor junto a la familia, los cuatro reunidos en el pequeño cuarto de estar y los deberes dormidos en la cartera del colegio. Sonaban las flautas chispeantes de la sintonía de Adolfo Waitzman y cantaba la voz uruguaya de Chicho, mago supremo del reino, tan afable y maquiávelico a un tiempo, presencia ocasional con puro, bufanda y gafas de cristales cuadrados de televisor, y cada cual ocupaba su puesto en esas noches que no serían mejores pero que seguro se vivieron con la intensidad de lo nuevo, de lo que queda por venir, y cuando en la imaginación de los niños no cabía la idea de una silla vacía y sólo se perdía en el país de las maravillas del Undostrés al son de campana y se acabó.

Muertos

American Horror StoryAviso: este post revela tramas. Cuidado. Quien quiera seguir leyendo, avisado queda. Dicho esto, empezamos. Los minutos iniciales del episodio piloto de “American Horror Story” contienen una impecable secuencia que, al mismo tiempo, juega hasta con cierto descaro, por abundantes y explícitos, con guiños y referencias del género de terror. Quiero decir que no sólo nos presenta un arranque tópico y típico (una mansión de los años 20 en el soleado Los Angeles en la que tuvo lugar una tragedia en algún momento del pasado y adonde acude a vivir, desde Boston, una familia) sino que al hacerlo, se vale de elementos que nos recuerdan a tal película, a tal secuencia, a tal episodio de tal serie, ya sea por una frase dicha, por la presencia de un personaje arquetípico o por un motivo musical. Y, sin embargo, no es parodia lo que estamos viendo. Es el prometedor arranque de una narración que, pronto, nos convence de que si hace eso no es por falta de ideas sino que sobre lo de siempre, está dispuesta a construir algo sobre dos conceptos: posibilidades (muchas) y desarrollo (original y de gran recorrido). Y lo hace en doce entregas de 45 minutos que son los que conforman la primera temporada de una de las series revelación del año que se consumen con inquietud, curiosidad y desasosiego permanente.

Entra la cámara en esa mansión, entramos nosotros tras ella agazapados por lo que pueda pasar, y el montaje de las imágenes es rápido, no escatima en tomas ni en ángulos; a veces el plano trastabilla unos fotogramas, como si la cámara tiritara de miedo, o parpadeara de forma nerviosa. Tensión. Pasan cosas y pasan pronto; pasan en pasado y se solapan con el presente. Y con ese campo abonado, fértil, amplio, escuchamos la llegada de la familia, estamos nosotros en la casa para recibirles, como si fuéramos anfitriones. No sabemos, nos lo revelará la propia historia (americana, de horror), que algo de eso va en la receta de la serie: “estar” en la casa, “ser” de la casa. La casa, la mansión, trasunto de la casa encantada de tantas historias de terror (americanas o no), es un organismo con vida propia. Llega la familia y el andamiaje de la historia se completa con un casting perfecto. Establecidas las premisas, el decorado y los personajes, falta lo mejor: empezar a jugar a un juego perverso movido por una mente inteligente.

En el día a día de esta familia que ha cruzado el país de costa a costa para huir de su propia zozobra y empezar de nuevo, el esposo dedicando una estancia a su consulta privada de psiquiatría, la esposa intentando quitar el manto rancio de tanta mansión con ayuda de Moira, la asistenta, la hija adolescente encerrada en su habitación adolescente escuchando su música adolescente mientras se pinta las uñas de las manos de color adolescente; en el día a día, decía, comienza a aparecer gente: el paciente de la consulta, la pareja de decoradores de interiores, una amante despechada, los niños del vecindario. Y sorprende la habilidad de los guionistas en hacer natural el tránsito in crescendo de tanta gente que viene pero no se va, en hacer natural que los vecinos transiten la casa a cualquier hora como si no hubiera puerta y que lo hagan tanto si están los propietarios o no. Antes de que el espectador caiga en la cuenta, algo abrumado, de que la mansión se ha poblado de gente como en aquel camarote de los hermanos Marx, recibe el gran shock: están muertos. Muertos y bien muertos, aunque parezcan y aparezcan vivos y coleando. No hay apariciones espectrales, sábanas blancas, transparencias, no; no hay distinción, en la pantalla de “American Horror Story”, entre los vivos y los muertos, de tal manera que los muertos hablan, se enamoran, discuten y copulan con los vivos creando una desazón extraña y nueva en el espectador que no aparta la mirada porque sabe que lo próximo será del todo inesperado y sorprendente. Lo novedoso sazonado con esos guiños y referencias a las que antes aludía y que parecen la burla condescendiente que el narrador de la historia de fantasmas hace a sus sobrecogidos oyentes.

Descomunal la presencia de Jessica Lange en esta serie. Las series son, en Hollywood, el limbo de las estrellas retiradas por la edad de la pantalla grande que lo quiere todo nuevo y sin arrugas. Lange aparece aquí más que viva y que muerta, aparece babyjanesca, polanskiana, agria y agrietada, tensadas las cuerdas de violín de su cuello, las mandíbulas prietas, histriónica e histérica, desencajada, vecina diabólica, cerebro de la trama. Elegante. Genial.

Suena el timbre de la mansión. Llega alguien. A esa casa, durante doce episodios, puede llegar quien quiera. Lo difícil es salir. Sus habitantes pertenecen a la casa.

Esperanzas

“Te dije que podía hacerte llorar”

Grandes EsperanzasNo fue por la lima. Fue por el trozo de pastel. Se lo dice el convicto Abel Magwitch a Pip: “el miedo te hizo traerme la lima para cortar los grilletes pero lo que te movió a traerme un trozo de ese pastel fue el corazón”. Un gesto así, tan pequeño pero suficiente como para haber prendido una luz en las tinieblas de Magwitch durante años lo explica todo. Ay. Durante tres noches consecutivas, esta pasada navidad, los telespectadores de la BBC One asistieron a la hipnótica y sobresaliente adaptación de “Grandes esperanzas” en formato miniserie. Mucho Dickens habrá este año, año conmemorativo, bicentenario del nacimiento de este hombre prolífico y misterioso, mucho, así nos lo cuenta el biógrafo Peter Ackroyd en su excelente y voluminosa monografía, “El observador solitario”, al fin traducida al castellano. Un huevo el precio, oiga, no es poética la expresión, ya lo sé, pero menos poético es lo que uno exclama cuando da la vuelta al tocho y ve la etiquetita con el precio. En fin, reyes, he sido bueno y tal. A lo que estamos. Las esperanzas. Grandes esperanzas. Fue Lidia la que me puso tras la pista de esta adaptación cuando aún quedaban ecos en el aire del pase por la tele inglesa y la red se llenó de cumplidos de esos que abren el apetito. Una vez degustado el asunto, yo me quedo con un adjetivo: hipnótica. Los ingleses hacen muy bien las series, hacen mejor las adaptaciones de lo suyo, pero aquí han hecho una cosa asombrosa, algo tocado por una varita mágica, una belleza que, sin embargo y por exigencias del guión, no tiene piedad, tiene frío, una cosa desolada, permítaseme el homenaje dickensiano en forma de juego semántico que además es certero en la descripción porque así son los hilos de la historia original que Dickens anuda y nos anuda en la garganta de manera ejemplar.

“Grandes esperanzas” habla del auge del niño Pip desde la pobreza en la herrería apartada en un lugar inhóspito a la alta aristocracia londinense. Esa es la bóveda de una historia sostenida por misteriosos benefactores, lóbregos lugares e intenciones y constantes dickensianas que aparecen aquí y allá como la injusticia de la justicia que reparte lo mejor de sí misma al mejor postor. Y la novia. Esta novia cadáver, la señorita Havisham, que nos recibe en la mansión sepulcro vagando con su polvoriento vestido de novia, recorriendo descalza las habitaciones podridas donde aguarda, fosilizado por el polvo y los relojes detenidos, su pastel de boda en la mesa del banquete todavía dispuesta, trastornada desde que recibió la nota en la que alguien se llevaba su corazón y su alma y la dejaba amortajada con las manos frías y las flores marchitas, los labios costrados como los elegantes espejos desconchados de los salones que reflejan lo que la luz que se filtra por las ventanas viene a desnudar con grosera intención, nos hipnotiza con su presencia ultraterrena, el halo de luz que la rodea, su voz, el tono de las palabras (susurro monocorde y gélido, frío lamento en forma de dulce letanía). Nos fascina y nos hipnotiza como lo hace a Pip la primera vez que es requerida su presencia en la mansión sin saber que la mano de la fortuna se va a posar sobre sus hombros.


Desciende como un espectro la novia por la gran escalinata y acaricia con la mirada maternal a Pip atormentando sus oídos hasta las lágrimas con voz de niña: “La agonía es exquisita, ¿verdad?. El corazón roto, crees que vas a morir pero sigues viviendo un día y otro día y otro terrible día”. Silencio absoluto por parte del espectador para quien el reloj también se detiene mientras la cámara está allí dentro, deslizándose por las estancias de esa casa encantada. Quedan, por supuesto, las demás cuestiones, esas que pareciendo paralelas confluyen para formar el todo impecable y perfecto de esta narración inolvidable: el asunto de los abogados, prosperar en los salones de la aristocracia, la felicidad y la herida del amor, los fantasmas que retornan, los esfuerzos por quitarse de las espaldas el peso de los orígenes. Y así durante muchas páginas.




“Grandes esperanzas”, como sus hermanas, fue publicada por entregas en “All the year round” desde el 1 de diciembre de 1860 hasta agosto de 1861 y posteriormente salió de imprenta en forma de voluminosa novela. En su versión por entregas, concluía siempre dejando al lector en vilo, así lo requería el género y así lo dispuso Dickens al trazar el plan maestro de la narración. Brilla aquí la adaptación hecha por la guionista Sarah Phelps pero, ¿qué no brilla aquí? La dirección de Brian Kirk, un casting perfecto, una ambientación impecable fotografiada con maestría. El universo que Dickens alienta dibujando palabras con la tinta puebla los lugares, enciende las emociones, enfrenta a los corazones, despide a los muertos, ansía los besos, derrama lágrimas, tiene miedo. Y esperanzas. Todos albergan esperanzas, grandes esperanzas. La esperanza de salir de la miseria, de prosperar, la esperanza de obtener el perdón, o la esperanza de creer en la bondad de quien un día, a pesar del miedo, quiso llevar un trozo de pastel al monstruo hambriento.

Lost

Last “Lost”.

En el momento en que tecleo estas líneas, medio planeta está contando los minutos que faltan para que este serial de seriales resuelva el complicado nudo de un enigma de seis años de duración. Los Dumas y Dickens, maestros del folletín, estarían muy complacidos de poder vivir en propia carne una experiencia semejante. En Tres Cantos, sede de Cuatro, la noche es movidita y no exenta de incertidumbres, así lo cuenta, lo está contando en directo en la red, Elena Sánchez, Directora de Contenidos de la cadena. Contra todo pronóstico, ABC/Disney dio el “sí” a emitir el episodio final conjuntamente vía satélite en directo. No es una medida para evitar la piratería. Se da por sentado desde hace tiempo que hay un segmento importante de las series que se consumen vía descarga. Es más: dime si me descargas y entonces seré para los jefes una serie a tener en cuenta. Así va la cosa. No es hoy esa la cuestión. La cuestión es el saber, el enterarse los primeros, el que no te lo cuenten, que han sido seis años de laberintos, coño. Acierto a comprender la emoción de ese ritual, gesto de fidelidad, homenaje y despedida. Para que sea posible hay que proceder a una operación delicada: hay treinta minutos para proceder al subtitulado del episodio final, de doble duración y sin publicidad, insertando en el vídeo el archivo digital que los contiene y que llegará a Madrid minutos antes de la emisión. Todo muy trasatlántico, muy globalizado, todo como muy acontecimiento NASA, ya se sabe, técnicos despiertos, movimientos en las salas de control de emisión, las preguntas de rigor: fallará la señal?, saldrá todo bien? y tal, todo muy galáctico…

Y yo perdido.

Quiero decir que me perdí en “Perdidos” a final de la primera temporada, ya ves, con lo serial que soy yo, pero así fue. Dije: nos encontraremos unas vacaciones de estas. Pero fueron pasando las vacaciones, aumentando los dvd´s encima de la mesa y nada. Así que formo parte de la población que no podemos abrir un periódico, ni escuchar una emisora (he tenido que apagar la SER durante la cena), ni echar un vistazo a Facebook, Twitter y ya verás mañana, porque será la cuestión más debatida.

No importa si mañana el euro se hunde para siempre. La gente está pendiente y dependiente del final de “Lost”, y es tal la maraña argumental que hay verdadero morbo por ver cómo se ventila el asunto. Habrá quien diga así se hace y habrá quien diga pues vaya timo, pero digan lo que digan, dirán, dejarán caer alusiones a cosas que a los que nos quedamos perdidos en la isla en la orilla del puzzle no nos sonarán de nada y, por eso mismo, ya nos fastidiará haberlo oído.

Los que nos perdimos en “Perdidos” estamos perdidos.

Enigma

Twin PeaksQuién mató a Laura Palmer? Escuchar esa pregunta formulada con insistencia en las promos de la tele de hace ahora 20 años nos intrigó muchísimo. Tras esa pregunta llegaba una cosa alucinante, una invitación a entrar en un universo inquietante y hermoso, sórdido y maravilloso a un tiempo. Era Twin Peaks, la incursión televisiva de David Lynch cuyo episodio piloto, firmado por él, dejó atónitos a los señores de ABC (la cadena de tv de allí, no el periódico de aquí). Cómo se da luz verde a algo que tiene una habitación roja, un enano que habla al revés, una muerta que se lleva la mano a la nariz en ademán seductor, sombras de aves que sobrevuelan el fondo a cámara lenta y una señora mayor que lleva un leño en el regazo y lo acaricia y te dice lo que va a pasar. Cómo se da luz verde a eso siendo lo que allí hay tan negro. Mintiendo un poco, quizá. A David Lynch le importaba un pimiento quién había matado a Laura Palmer. De hecho, al contrario de lo que le sucedería a un buen sabueso, lo estimulante del caso no estaba en satisfacer el enigma sino en el hecho de que la pregunta no tuviera respuesta posible. Lynch no es un detective, es un explorador del submundo que existe en los pliegues más oscuros de nuestro cerebro. La promesa de encontrar respuesta al enigma fue el precio exigido para conseguir vía libre en un medio que ofrecía lo que Lynch necesitaba para escribir su poema macabro y triste, guasón y turbador: el serial por entregas.

Twin Peaks es una joya. Una joya rara, de ahí su excepcionalidad en todos los sentidos. Que sus dos temporadas adolecieran de dilataciones innecesarias no importó para apreciar lo apreciable, que no fue poco y sí mucho. Los episodios piloto de ambas temporadas, así como los finales, dirigidos por el propio Lynch, siguen siendo para mí los mejores Lynch. Dicen que Twin Peaks se adelantó 20 años a esta edad de oro del serial televisivo que ahora parece languidecer un poco. No creo que así fuera. Hoy, que los cinéfilos y los teleguays han comprendido y dado el beneplácito a la posibilidad de que la tele haga cosas distintas y hasta memorables, Twin Peaks lo tendría difícil. Demasiado sutil y brutal, una explícita materialización del abstracto lenguaje de lo onírico, demasiado experimental y, sin embargo, folletín de todos modos. Un serial de nuestro lado oscuro, que late en la madrugada de las conciencias.

Quién mató a Laura Palmer? Así empezó todo, con el descubrimiento en el río de un cadáver cuya cabeza emergía de una bolsa de plástico como si fuera el envoltorio de un regalo, o un sudario de diseño hipermoderno, o como si esta Laura Palmer, la chica inocente con secreto turbio al fondo, tan hermosa y tan cadáver, vistiera un precioso velo de princesa durmiente. Anverso y reverso. Así es todo en Twin Peaks, donde todo el mundo oculta algo y nada es lo que parece.

Uno se pregunta, ahora que se cumplen 20 años, cómo fue posible que esto se emitiera en el prime time de la era de las mamachichos y sin cancelación. Alguno en busca de teta hortera le daría al mando después de cenar y se encontraría con una cosa sin sentido (y sin teta) que, sin embargo, contenía un algo magnético que era la suma de muchas cosas: la atmósfera húmeda del lugar, las puertas cerradas, las miradas furtivas, el nombre de los personajes, la música sobrenatural de Badalamenti… Y toda una colección imborrable de imágenes convertidas en iconos: los chispazos de la sierra del aserradero, el parpadeo del tubo flurorescente en la sala de autopsias, la chica que camina en estado de shock por la vía abandonada del ferrocarril, el traje negro del engominado agente Cooper, el hallazgo narrativo y genial de conferir el estado de las pesquisas a un personaje inexistente, la secretaria de la que sólo sabemos el nombre, y lo sabemos porque el agente dicta y dicta a su aparato grabador de voz, la bandeja de donuts, el ventilador girando en la casa de luto. Y tantas otras imágenes, instantáneas de un mundo paralelo donde las pulsiones golpean las paredes del buenos días y que la malla de la cotidianidad tapa por si vienen visitas. Sólo tipos como Lynch pueden descender al pozo oscuro y tallar un diamante.

Twin Peaks llegó al mercado europeo con escepticismo y mucha discreción. Lo hizo colándose en los videoclubs, convertido en una entrega cerrada. Para ello, Lynch editó el episodio piloto suprimiendo las escenas finales y añadiendo algunas que pertenecían a lo que venía poco después a fin de conseguir un montaje conclusivo. La con-versión se conoce como “versión internacional”. Es un dato importante para los cazadores de rarezas porque el piloto oficial era espléndido pero el piloto convertido en largometraje para videoclubs es una joya absoluta.

Parrilla

Buenas noches. En los programas de esta noche hablaremos de los siguientes temas: la reorganización del sistema de regadío y sus consecuencias, el petróleo que ha comprado Lincolnshire y posteriormente debatiremos sobre la cuestión: barriles de poliestireno para el vino, ¿producen verrugas?. Y una nueva comedia muda noruega sobre problemas sociales en la tundra.”

“Caída y auge de Reginald Perrin”, temporada 1, ep 4.

Genial Leonard Rossiter, genial serie.

Visita

Sentí añoranza de los Fisher y decidí pasarme de visita por varios episodios (seguidos) de “A dos metros bajo tierra”, la inolvidable serie que Alan Ball trajo al mundo en 2000 y cuya existencia se apagó el 21 de Agosto de 2005. Este último dato es y no es cierto. No lo es porque en las estanterías la vista recorre, como si fueran lápidas, las cajas rectangulares, elegantes, que atesoran en dvd los restos incorruptos de sus 63 episodios divididos en 5 temporadas, preparados para ser reanimados a la orden del play.

Lo que añoré fue, además de los rostros y las voces y comprobar que todo sigue intacto, el ritmo y la casa. Hoy el ritmo narrativo parece obligado a convivir con el adjetivo frenético (al igual que la sequía congenia con el pertinaz) para ganar votos y confianza (el adjetivo que convive con frecuencia con la confianza es ciego). Pero aquí la virtud está en el diseño de un tempo y unos ritmos que no tienen prisa ni siquiera en conseguir su objetivo, que es el de hipnotizar. El truco está en que los diálogos de las diversas tramas que se alternan en cada episodio son concluyentes en la forma pero dejan unos puntos suspensivos en el fondo que, además, quedan subrayados por la prolongación en calderón del plano final de cada secuencia. Es normal entonces que los silencios marquen aquí la pauta del compás.

En “A dos metros bajo tierra”, además, los silencios más maravillosos están recogidos dentro, en la casa. Sentí añoranza de recorrer esa casa silenciosa, con sus múltiples estancias, su calma de reloj de pared en tarde de domingo, su penumbra pulcra, la luz filtrándose difuminada a través de las cortinas, su aire retro y algo gótico. Ha salido el adjetivo pulcro. Es un adjetivo que convive en esa casa con la señora Fisher, es ella el alma de la casa, es la casa un trasunto de ella, de su silencio, de su pulcritud, de su orden y concierto, escondite de su desorden y su desconcierto interior.

Hay que transitar esa casa, pasar los dedos por las paredes, quedarse sentado arriba, en lo alto de la escalera, para contemplar desde allí, a escondidas, entre los huecos de la barandilla, el orden silencioso de la cocina; dejar vagar la mirada entre los portarretratos, atravesar los pasillos y desfilar ante puertas entreabiertas de estancias que algún día cumplieron su función y reirían y gritarían y escucharían la llamada para bajar a desayunar. Hay que hacer la visita sin prisa y en puntos suspensivos (porque siempre hay que regresar) y después cerrar los párpados en un fundido en blanco, como harían ellos antes de pasar a la siguiente secuencia de sus vidas, no pocas veces teñidas de negro.

Desdoblamientos

United States of TaraInternet es como un patio de vecinos donde te puedes enterar, por ejemplo, de que en la tele del otro bloque (el otro bloque aquí es Estados Unidos) acaban de estrenar una serie estupenda, brillante, original y, sobre todo, con mucho material prometedor. Que la audiencia la acompañe. Es la última apuesta de ShowTime, artífice de productos siempre transgresores; desde aquel “Queer as Folk”, primer serial gay del que una amiga me dijo una vez que mucho folleteo y poco más y luego resultó que mucho folleteo pero algo más, pasando por (que no de“Weeds”“Californication”, y así hasta llegar a la serie donde nos encontramos con nuestro psicópata más entrañable, “Dexter”.

Ahora viene gente del mundo del cine (cada vez viene más gente del mundo del cine apuntándose a esta insólita, y que nos dure, edad de oro de las series de televisión) para poner en antena “United States of Tara”, cuyo cuarto episodio se emite este domingo en USA. Pero es lo que tiene el patio de vecinos, que te lo cuentan y te lo prestan un rato. Y tan ricamente. La serie cuenta con la producción ejecutiva de Steven Spielberg (de quien no se deja notar más que la pasta, quizá limitándose a dejar hacer mientras contempla las cosas divertido y atónito como nosotros), la presencia de la actriz Toni Collete (inmensa, inmensa, pongámoslo dos veces, qué menos) y los guiones de Diablo Cody (guionista de “Juno”).

Qué pasa en estos Estados Unidos de Tara, qué ocurre.

Ocurre que Tara, casada, madre de dos hijos adolescentes y decoradora de interiores padece un trastorno disociativo de la personalidad de manera que cuando se estresa se convierte en T., la adolescente zorrón que hace furor en MySpace, o puede que en Buck, el camionero zafio de cuya boca sale la más amplia gama de exabruptos y algún que otro escupitajo a un lado u otro, o puede que se convierta en la encantadora Alice, una ama de casa de los años cincuenta, de apariencia retro y maneras pulcras, exquisito acento inglés y más perfecta que Mary Poppins porque en la cinta métrica de Mary Poppins decía que era “prácticamente perfecta en todo” y aquí sobra el adverbio.

Esa es la tara de esta Tara y en ello reside, en primera impresión, la sospecha de que todo va a basarse en la gracieta de la transformación pero inmediatamente la genial interpretación, la asombrosa metamorfosis y el contenido que los guiones aportan a las situaciones nos hacen instalarnos en este nuevo universo catódico devorando con avidez las tramas. Lo original y novedoso aquí es que tras la piel de divertida (muy divertida) sit-com surge un drama familiar expuesto con realismo. A su vez, el drama de la convivencia casera con una madre y esposa que en cualquier instante desaparece para dejar paso por tiempo indefinido a un ser invasor se diluye en la comedia más hilarante con gran facilidad.

Sin la genial interpretación cuádruple de Toni Collete y los no menos geniales guiones esto sería probablemente una tontada. Nada más lejos de ello. “United States of Tara” es una de las mayores y mejores sorpresas que hemos visto últimamente en este Norte. Sus dosis de 23 minutos nos dejan enganchados y hambrientos de más y con la sospecha de que el reloj, en ocasiones, echa a correr cuando nos ve distraídos. Degustados los tres primeros capítulos dos veces, en el patio  de vecinos de Internet alguien ha dicho que el cuarto va para nota. Lo esperamos con ansia.

Cheers

CheersEstoy desde el viernes en “Cheers”, el mítico bar de Boston “where everybody knows your name”. Por ejemplo: se abre la puerta a la izquierda de la pantalla y aparece un señor con americana y panza notable y everybody exclama “Noooorm!” y, efectivamente, es Norm que se dirige a su sitio en la parte opuesta de la pantalla mientras solicita una jarra de cerveza. Me encuentro en el cuarto episodio de la sexta temporada observándolo todo un cuarto de siglo después, o quizá un cuarto de siglo antes, porque allí están todavía en mitad de los ochenta.

Cómo caí de nuevo allí es fácil y difícil de explicar al mismo tiempo. Tiene que ver con el diluvio que cayó el otro día cuando estaba de viaje. No me refugié en un “Cheers” porque tenía que ir de aquí para allá según la agenda prevista pero al final del día cogí un frío, como dicen los ingleses y las abuelas. Y a la mañana siguiente me encontraba afligido. ¿Acaso porque me dolían todos los huesos del cuerpo, tenía unas décimas de fiebre y dolor de garganta? No. Era por la Couldina, cuya seductora pero engañosa efervescencia traía consigo la tristeza que ya nos conocemos.

Decidí dedicarme el fin de semana.

Uno de los grandes placeres de la existencia consiste en encerrarte en casa un fin de semana desconectando del mundo y sintiéndote realmente en casa, en tu lugar, en tu refugio, sin horarios ni reloj, al calor de la calefacción o de un baño caliente, poniéndote ropa cómoda y haciendo lo que te da la gana. Haciendo un clic me encontré ante un auténtico museo televisivo, un ingente archivo de la historia de las series, todas a disposición del usuario, por orden alfabético los títulos, por orden numérico las temporadas y dentro de ellas en orden los capítulos. Y yo así (así es con la boca abierta). Algunas olían a naftalina y otras apenas acababan de ser despojadas de su envoltorio de plástico transparente.

Encontrarte de pronto con el capítulo que hace dos días emitió una cadena norteamericana de una serie novísima y al otro lado, qué se yo, la integral de “Los Picapiedra” o “Doctor Who”, o “Embrujada”, aquella inocente delicia que además arrugaba la nariz, me hizo abrir mucho los ojos y ponerme a buscar. Entre medias, rarezas inolvidables como aquella kafkiana “Odisea” en tres temporadas que la television canadiense puso en el aire con todos los planos inclinados en 1992.

Me pasé por la actual “30 Rock”, que ya me tiene enganchado, y fue entonces cuando me dio por entrar en “Cheers” y un capítulo llevó al otro, de la misma manera que una cerveza lleva a Norm a otra, y me di cuenta de que hay algo más reconfortante que quedarse en casa desconectado del mundo para dedicarse el tiempo del fin de semana y es hacer lo mismo pero entrando en “Cheers”, el bar de Sam Malone. Allí estoy, alguien quiere tomar algo?. Todo por la lluvia del otro día y eso sin saber el viento que iba a soplar. Apagué la luz y abracé un cojín poniéndolo sobre el pecho. Descubrí, allí, entre la clientela de este bar de atmósfera y encuentros inolvidables, que ahora lo que quiero ser de mayor es historiador de las sitcom, porque si hay historiadores de las screwball comedies y estudian con detalle las comedias de los LaCava, Leisen, Cukor, Sturges y demás por qué no hacer lo mismo con las sitcom. Porque número, género y material de estudio hay en cantidad abrumadora.

Para ser un historiador de las sitcom primero hay que verlas con detalle, notar cómo evolucionan las tramas, no dentro de una serie en concreto, que también, sino mirando en formato panorámico, esto es, viendo cómo el género avanza con el tiempo, experimenta, juega, cómo se forman y posteriormente evolucionan los clichés. Todas esas cosas. Y de paso disfrutas, te enganchas y te desenganchas de esta familia, de este grupo de amigos, de este lo que sea que diga la serie en cuestión.

Creo que al menos este fin de semana quiero ser historiador de eso; puede ser que sea historiador de eso los fines de semana de invierno. Luego quedarían los apuntes porque la memoria flaquea y la semana es larga, y sobre todo porque cuando venga el verano igual apetece menos y hay que esperar a Septiembre. Ay Septiembre. Pronto llegará Febrero y ya empezaremos a tomar precauciones ante la primavera, traicionera siempre. El tiempo pasa volando. Mira “Cheers” si no. Todo lo que sale, esa gente, esas risas; esa gente habla desde hace un cuarto de siglo y esas risas dónde estarán ya. Sin embargo todo sigue igual de ingenioso, la maquinaria perfectamente engrasada y es una gozada. Pero han pasado veintisiete inviernos con sus veintisiete primaveras, veranos y otoños desde que a una mojigata Shelley Long la dejaran plantada en el bar, que no en el altar, cuando se iba a casar. Allí empezó todo.

Hay gente que vuelca en internet estos tesoros y lo hace con una dedicación que no pasa desapercibida: la compresión adecuada, el orden preciso, los subtítulos dispuestos. Me niego a llamar a esto piratería; es un tributo, un velar por una parte nada despreciable de nuestra cultura que de otra manera desaparecería como cuando apagas el televisor. Las distribuidoras no apuestan por poner a la venta lo que consideran antiguallas porque tienen más de diez años, algo inaceptable para los ejecutivos del producto fresco y envasado al vacío. Por la misma razón, habría que descatalogar de las librerías “La conjura de los necios” y así indefinidamente.

En resumidas cuentas: sigo en “Cheers” y en “30 Rock”, como en un compás de dos tiempos, allí/aquí, allí/aquí. El lunes será día de escuela pero para entonces ya tendré otro oficio apuntado en la lista de deseos para cuando sea mayor: historiador catódico, investigador de los veintidós minutos y veintiséis episodios por temporada a tiempo parcial e imparcial.

Extras

ExtrasLa vida de “Extras” fue breve pero intensa. Cosechó múltiples y variadas condecoraciones importantes. No llegué a conocerla en vida pero lo hice ayer al abrir el álbum de recuerdos del estuche de dvd´s. Y lo hice de golpe: puse el primer episodio y fue imposible detener el reproductor ante la tentación del segundo, y lo mismo pasó del segundo al tercero y así, entre sonoras carcajadas, llegué al final de la primera temporadaseis episodios de treinta minutos. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. O como dijo en su día el breviario: lo breve, si bueno, dos veces breve. Eso es lo que pasa aquí, que visto y no visto.

Qué grande “Extras”, producción que la BBC puso en marcha entre 2005 y 2007 escrita, dirigida y protagonizada por Ricky Gervais y Stephen Merchant. Gervais se mete en la piel de un actor, Andy Millman, que nunca olvida sus textos por la sencilla razón de que nunca tiene uno. Es un simple extra que se pasea por decorados y producciones diversas mendigando una frase de texto, frase que es la ambición de su vida y que no termina de llegar.

¿Ya está? No, qué va. La serie manipula y juega con una serie de recursos metaficcionales que la hacen brillar y que se desarrollan en varios niveles. De un lado, en cada capítulo asistimos a dos ficciones: aquella en la que Gervais hace de extra (una obra de teatro, una película de época, etc) y aquella que tiene lugar en los descansos del rodaje y que nos es presentada con visos de realidad. De hecho, en cada entrega hace aparición una estrella que hace de sí misma (el elenco va de Kate Winslet a Orlando Bloom, pasando por Samuel L. Jackson o Ben Stiller). Pero aquí es donde los cerebros de “Extras” dan otra vuelta de tuerca a la metaficción. Porque estas estrellas son nombradas por sus nombres reales y en los sets de rodaje hablan de cifras de taquilla reales y de experiencias igualmente reales en películas o trabajos mundialmente conocidos por todos y, sin embargo, esa realidad es una corteza para construir otra ficción. Dicho de otro modo por si lo anterior ha quedado embarullado: Kate Winslet o Ben Stiller no hacen de sí mismos; se valen de sí mismos para hacer de Kate Winslet y de Ben Stiller. El juego consiste en usar la realidad como envoltorio para construir una realidad falsa de treinta minutos. Si a eso le sumamos los enredos, las miserias y codicias de la profesión que tienen lugar entre bambalinas a golpe de diálogos atropellados a lo Woody Allen o de gags de irrupción y efecto súbito, el resultado es (la ocasión nos lo pone en bandeja), Extra-ordinario.

La originalidad en el concepto y la hilaridad del humor inglés son los principales cargos a presentar a la hora de acusar a “Extras” de que no nos podamos despegar de sus entregas. Hacía tiempo que no me enganchaba a algo de esa manera. Y qué golpes, qué risas.

(Y ahora un extra que no tiene nada que ver con Extras: cómo es posible que a estas alturas se editen dvds sin subtitular? acaso se piensan que las clases de inglés nos cunden tanto?)

Aída

AidaEl día que me enteré que Carmen Machi dejaba “Aída” casi me da un soponcio, sí, lo reconozco. Es más, daré detalles: era lunes, me acababa de levantar y todavía con la legaña puesta consulté en internet la audiencia del capítulo de la noche anterior, sí, como si fuera el productor ejecutivo de la serie, y cuando entraba en la página donde ponen las audiencias me encontré con el titular, con muchos pixeles gordos, y negros, no era para menos: “Carmen Machi deja “Aida” la próxima temporada” y fue leerlo y casi me llevo una mano al pecho del disgusto. Es curioso que cuando nos dan un disgusto nos llevemos la mano al pecho, como si ese peso que se nos pone por dentro se fuera a caer al suelo y eso también fuera un disgusto. Qué vida.

Leyendo la letra pequeña me enteré, en resumidas cuentas, de que esta mujer parecía estar un poco hasta el mocho (como diría su personaje) y que temía que la encasillaran. Y pensé: ya estamos con lo de siempre, pero qué manía les ha entrado ahora a todos los que triunfan con algo de distanciarse de ese algo pensando que son ellos y no el algo en el que se disfrazan el que les ha llevado a ser alguien (iba a poner otro “algo” pero eran demasiados). Esta mujer será Aída para siempre, aunque haga otra cosa, que las hará, en realidad ya las hace, y las hacía antes. Y sin embargo, quién es Carmen Machi? Pues Aída. Pues eso. Frank Sinatra no podía dejar de ser Frank Sinatra para dedicarse a otra cosa. Hombre,  tampoco es lo mismo. Bueno, qué más da si la cosa ya no tiene remedio.

Machi ya se escapó de “Aída” unos cuantos capítulos la anterior temporada, como el Jonathan o la Lorena del Instituto. Los audímetros no se dieron cuenta y yo creo que eso le valió a ella para terminar de salirse con la suya: la suya es que puede haber “Aída” sin Aída.  Eso nos conduce a la serie. Para mí, “Aída” (Globomedia) es la única sitcom de la tele que me hace reir, pero no me refiero a esa sonrisa que se te pone a veces ante un gag, no, sino a reir-reir, a carcajadas, vamos. Y creo que es una serie que ha evolucionado progresivamente de forma perfecta de manera que sus personajes han congeniado de maravilla con los actores que los representan y viceversa. Y por eso entre el final de la cuarta temporada y el comienzo de la quinta se vivieron momentos redondos.

No hay una serie que retrate semejante galería humana de desastres más sórdida aún por reales y cotidianos y que ponga sobre la barra del Bar Reinols (cuánto dice ese nombre de todo y de todos) un menú de temas sociales amargos sin que a uno le entre mala conciencia al sorprenderse a sí mismo riéndose a base de bien. Y ese es uno de los hallazgos de “Aída”: utilizar la vieja fórmula del esperpento, tan nuestro, para poner en evidencia hasta la distorsión (cómica) el reflejo crudo y duro de las circunstancias pero (y esto es lo genuíno de la serie de Globomedia) haciéndolo con una porción de talento proporcional a la ternura invertida en los guiones.

La heroína de “Aída” es la reina del mocho, alcohólica, ludópata, pobre, sola, dejemos las negritas porque ya son muy negras las palabras, mujer al borde de un ataque constante de nervios o mujer borde con ataque de nervios, que a ella le gusta ser directa. Su familia está compuesta por un ex-marido desaparecido, un hermano drogadicto, una madre escatológica y delirante, una hija con maneras de zorra poligonera (disculpas dobles: por la expresión y porque este término lo acuñaron en otra serie pero es que cuando lo oí me atraganté y se me quedó grabado, así que copio y pego), un hijo menor delincuente, una vecina prostituta, un tendero calzonazos e idealista fracasado, un hijo de tendero gay, amanerado y pedante (tres cruces bien clavadas cuando de vivir en el monte de los suburbios se trata), un cacique explotador, racista y fachón de los de bigotillo rancio, gomina y pantalón amarrado en la cintura del cuello para que quede clara la dimensión del badajo con el que lo hacen todo. Y así. Y todos gritan, lloran, se desesperan, meten la pata una y otra vez y sueñan con salir del agujero negro de todos los días que, para colmo, es un barrio que se llama “Esperanza Sur”. Y a pesar de todo nos hacen reir y los queremos y nos encantan.

“Los  Simpson” quizá podrían sobrevivir sin uno de ellos porque para eso se titulan en plural. Por lo mismo aquí en “Los Serrano” la gente iba y venía como les daba la gana y al final (al principio casi) pasabas a otro canal y así te enterebas al menos de otra serie o de algún anuncio. Pero “Aída”, femenino singular, no puede sobrevivir sin Aída, Carmen Machi, siquiera por un asunto de congruencia lógica y por mucho que nos digan, la una para justificar la marcha y los otros para disimular el disgusto, que la serie ya tiene rodaje suficiente para caminar sola. A ver si vamos a descarrilar.

La gente suele pensar que o la tele es una mierda o qué buenas son las series de la HBO. Lo de en medio se suele mirar con displicencia. Pues allá ellos. Esta noche comienza la sexta temporada de “Aída”. Machi saldrá a síncopas, unos días más, otros menos y otros nada. Y luego nada de nada. Desde luego.

Olimpiadas

Los principios fundamentales de la Carta Olímpica, en su punto tercero, dicen que: “el objetivo del Olimpismo es poner siempre el deporte al servicio del desarrollo armónico del hombre, con el fin de favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana“. O la Carta Olímpica ha caducado, o no existe traducción al chino, o los chinos se hacen los suecos, que todo es posible en esta era de globalizaciones y mestizajes. Y de hipocresías. Y de mucha cáscara y dura (la cáscara y la jeta) para no poder encontrar la nuez, si es que la hay y no está hueca. Estas Olimpiadas que hoy empiezan tienen de espíritu olímpico lo que yo de karateka. Lo harán de una manera abrumadoramente espectacular, de eso no cabe duda, de manera proporcional a toda la podredumbre que ocultan bajo la alfombra. A mí estos Juegos Olímpicos me asquean. Y me parece el colmo la lectura epidérmica e interesada que los países participantes hacen de la Carta Olímpica con tal de ir a lo suyo y no ver, no oir. Oídos que no quieren ver, corazón con medalla de carbón (por no decir otra cosa menos fina)

Verbena

En algún lugar de la conciencia, 25 años después, la Noche de San Juan sigue siendo la verbena que los del Planeta Imaginario celebran con risas de duendes a la orilla del mediterráneo en un atardecer azul y mágico de 1983.

Yo soñé allí.

 

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Damages

DamagesQué miedo da Glenn Close en “Damages”, otra de las enormes series que pasan a engrosar la larga lista de esta nueva edad de oro que vive la ficción televisiva. Ya ha pasado el tiempo en que el cinéfilo miraba a estos productos por encima del hombro; ahora, quien lo siga haciendo, se está quedando fuera de juego: la composición narrativa por medio de imágenes se acomoda a nuevos cauces, otros formatos y en ellos interviene el talento dando forma a joyas como “Damages”.

Pero aquí la joya principal es Glenn Close, que campa triunfal a sabiendas de que forma parte de una industria que a las actrices de su edad, por enormes que sean, las relega o las jubila, o las olvida. Y sin embargo, esplendorosa y oscura a la vez, Glenn Close aparece en los primeros instantes del episodio piloto de “Damages” convertida en la abogada Patty Hewes, atención a  este nombre porque pasará a la historia de la ficción televisiva, Patty Hewes, la abogada galáctica, mediática, millonaria, todopoderosa. Mefistofélica. Obsérvese que hemos usado el punto para separar este adjetivo de los otros, encadenados por comas. Y ponemos el punto en lugar de las comas para poner el acento. Es inevitable que la boca del espectador se abra y sienta que se le encogen las tripas cuando contempla un gesto que sólo una diosa como Glenn Close puede hacer, y es el de mostrar el frío filo del acero que debe forjarse en las más oscuras cloacas de la maldad humana en la misma sonrisa que unos segundos antes lucía limpia. Eso lo hace Glenn Close como nadie. Aparece risueña, vestida como ejecutiva estrella, te sonríe, te tranquiliza, y sin mover un ápice los nervios faciales de pronto te das cuenta de que esos chispeantes ojos claros te están perforando, y que esa nariz aguileña es la de la peor bruja, y que su sonrisa es heladora. Qué miedo da Glenn Close aquí, sí: como actriz porque impone muchísimo; como Patty Hewes por lo que atestiguan los 13 episodios de la primera temporada de “Damages”. Me encuentro transitando todavía el ecuador y aún así me encojo de frío.

Damages

Hay series que orbitan alrededor de un solo personaje, y ese personaje nuclear tiene una atracción gravitatoria enorme, qué digo, es un agujero negro que lo engulle todo. Como Patty Hewes, Glenn Close. Pero “Damages” va más allá, no se mira al ombligo tras encontrar el filón del personaje sino que ese es el punto de partida para una trama que despliega un virtuosismo narrativo notable, tal que le permite ir adelante y atrás: toma elipsis, toma flash (de sorpresa, de pasmo) y flashback. Aquí nada es lo que parece, Patty nunca es lo que parece y lo que enreda y desenreda tampoco. Y todavía más: Ted Danson. Porque si Glenn Close es ese agujero negro que todo lo engulle, en el universo de esa serie hay espacio para otro astro importante, un papel de villano con la suficiente fuerza como para haber conseguido despojar a Ted Danson, al fin, tras dos décadas, del sambenito de Sam Malone, el glorioso personaje de Cheers.

En este duelo galáctico encarnizado hasta lo impensable donde todo vale, con víctimas propiciatorias, señuelos, falsas verdades, falsedades dobles e inteligencias perversas, transcurre “Damages” sin que el espectador pueda hacer otra cosa que encogerse en el sofá, rendido a la adicción que produce esta historia diabólica en la que tras cada cambio de plano puedes llevarte una sorpresa inesperada.