Corpus 3 junio, 2010
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Empieza a sonar “El Corpus Christi en Sevilla”, tercera de las piezas de la “Suite Iberia” de Isaac Albéniz, y uno puede decir tanto “mira” como “escucha”. Si miras ves una solemne procesión que irá aproximándose, pasará dejando una imponente presencia sonora y se alejará en ecos que se pierden entre calles estrechas. Si escuchas, hay unos acordes que el pianista convierte en redobles solemnes y rítmicos de marcha y sobre ellos, a hombros, es conducida una melodía que causa una doble sorpresa: en primer lugar por su familiaridad inesperada y en segundo lugar porque “La Tarara”, que es lo que suena, de pronto, sin avisar, tiene un algo entre la inocencia y la melancolía que siempre me ha llamado la atención. Hay melodías populares que son un misterio delicioso:
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Esta procesión que transcurre entre las teclas blancas y negras del piano fascina por la inventiva y el afán exploratorio de Albéniz al mostrar esta melodía sencilla una y otra vez pero siempre a la luz de un reflejo distinto.
En el barullo armónico de la procesión se distingue el acento francés de las influencias recibidas en el París bullicioso de los Fauré, Debussy, d´Indy y Dukas, magos del sonido, pioneros en abrir nuevos senderos en los que el oído degusta exotismos de escalas nuevas, acordes que se liberan de los cauces hasta entonces marcados y contrapuntos que se deslizan con el atrevimiento de quien se aventura a explorar lo novedoso. Y junto a ello, mezclado con ello, la raíz romántica del nacionalismo musical, que escarba en en el folklore en busca de la esencia de lo propio, y del virtuosismo pianístico que nos remite a algunos de los éxtasis recogidos en las páginas lisztianas de los “Años de Peregrinaje”, con repicar de campanas en el mediodía blanco de la procesión brotando de las manos de acróbata del intérprete:
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Poeta 20 mayo, 2010
Escrito por emejota en : Música , 2 comentarios , trackbackCuando el compositor Robert Schumann se trasladó a Dresde, en 1845, un amigo suyo le recibió con estas palabras: “qué buena noticia tenerle aquí; ahora podremos estar en silencio juntos”. Me encanta esa frase. Además, define muy bien la incapacidad de comunicación verbal de un hombre que, sin embargo, utilizó el lenguaje de la música como un lenguaje de signos mágico que le permitió hablar desde lo más profundo de sí mismo.
Se conmemora este año el bicentenario del nacimiento de Robert Schumann y no son de esperar grandes fastos. Hay compositores mediáticos y otros que no tanto. Schumann ya en vida perteneció a estos últimos, lo que no quiere decir, ni mucho menos, que su música y su talento fueran menores. Que Schumann reinara en un mundo poético propio, al margen del romanticismo oficial, dice mucho de su originalidad y es una suerte para nosotros. Puede que Franz Liszt afirmara de su concierto para piano que era un concierto sin piano o que su propia mujer, Clara Schumann, virtuosa concertista, le pidiera por carta “componer por una vez una obra fácil de entender, una obra coherente y completa, sin títulos especiales, ni demasiado larga ni demasiado corta”. No importa. Son juicios de quienes creen en el talento de alguien que está ensimismado y ajeno a los requerimientos oficiales de la época. A Schumann lo encontramos siempre en su mundo de poeta recreando en la nada blanca del papel pautado sus recorridos por el bosque encantado, su fiesta de Carnaval y las historias fantásticas que se cuentan a la luz de la luna y se escuchan con oídos sobrecogidos; obras todas ellas de una fascinante originalidad, repletas de sorpresas, de guiños secretos, de acordes delicadísimos, de melodías luminosas y de pasajes umbríos. Si esta música estuvo lejos de la moda de salón desde luego está cerca de los corazones que nunca podrán quedarse impasibles ante la belleza que nos dejó como regalo.
La música de Schumann es alucinante y alucinada. La enfermedad mental se cebó sobre él de una manera cruel y su bipolaridad esquizoide se materializa, a lo largo de su producción, a través de dos figuras, dos alter ego que surgen de su poblado imaginario para convertirse en retratos intermitentes de sí mismo: Eusebius, el poeta melancólico, soñador e introvertido, y Florestán, el espíritu atormentado, arrebatado e inquieto. Schumann late en ellos en una sístole y diástole perpetua y a través de ellos, “siendo” en ellos, nos deja el legado de una música maravillosa, toda ella hecha misterio y sueños, de la que el poeta Gerardo Diego, rendido ante ella, confesó: “yo, arrebatado de desesperanzas/ música tuya adentro sigo y sigo/ y no sé si mis dedos –ay- la rozan”.
Música 20 abril, 2010
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Música , 3 comentarios , trackbackEncima de la banqueta del piano han ido acumulándose, apilados en dos montones, libros de partituras y sin partituras, un paquete de folios, folios sin paquete, billetes viejos de tren que me llevaron de aquí para allá, el Cahiers de Rohmer, que pillé en una estación, unos cuantos sobres regalos para introducir dvd´s o libros de la última campaña de Navidad de la Fnac que sobraron, una edición rara de Alicia, cuadernos pautados de apuntes musicales, un algo sobre Leonardo, hojas sueltas de periódico de artículos que me llamaron la atención y ahora no sé cuáles eran, sobres con fotos de tamaño grande (se desecharon pero las conservo de recuerdo), la autobiografía de Errol Fynn (qué tío el Errol) y una lata de cd´s. Todo eso (y hasta una camiseta publicitaria en su bolsa de plástico!)
Lo anterior viene a demostrar que llevo mucho tiempo sin sentarme a tocar el piano, obviamente. Pero hoy he apartado uno de los montones porque tenía que preparar una clase para mañana y la clase gira alrededor de una obra de Bach para laúd, la Suite BWV 997, y no tengo laúd ni guitarra, y aunque tuviera no sabría tocarlas. Toco el piano. Ocurre con Bach una cosa curiosa: puedo escucharlo con solo leerlo porque lo que encuentro me resulta, desde chaval, un territorio sonoro familiar y porque mi pensamiento musical es lineal y sigue el trazado de su contrapunto y la síntesis vertical de su armonía sin problemas. Con Beethoven, sin embargo, me siento bastante sordo en ocasiones. No es un chiste fácil, es la pura verdad.
Pero lo más curioso de todo es que Beethoven, al que escucho de lejos en el papel, no suele llamarme al piano para dejar las cosas claras mientras que Bach, al que sí escucho sin necesidad de instrumento, me lleva a él como un imán. La explicación es que a Bach necesito sentirlo en el tacto para que la experiencia sonora tenga un extra placentero que se extiende por todo el cuerpo. Quizá por eso mi memoria no emborrona las obras de Bach, porque las ha registrado codificadas en lenguaje táctil y musical.
Por la experiencia, siempre tan atractiva y atrayente, y por la preparación de la clase, me he hecho sitio en la banqueta y me he puesto a tocar la Fuga de esta Suite que las manos deberían hacer vibrar en las cuerdas de un laúd. Lo que ha sucedido es, de nuevo, que nada más empezar a leer y transmitir la lectura a los dedos me he encontrado en un paraje sonoro familiar en el que, aunque hay cosas que te anuncian dónde irán a parar tras su feliz periplo resbalando y entrechocando entre retardos, disonancias y consonancias, otras se presentan como una estimulante novedad. Conmueve una y otra vez la meticulosidad de este hombre en el trazo de unas líneas cuya impecable perfección siempre, siempre, está al servicio de la emoción más profunda. He sido testigo de ello, una vez más.
Album 7 marzo, 2010
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Creciendo.
Galáctico 29 enero, 2010
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Hay una sala sinfónica grande y abarrotada de gente esperando a que salga Lang Lang, el pianista galáctico. Nadie sabe aún que cuando termine el concierto, Lang Lang dejará caer su pañuelo impregnado en sudor así, en vertical, suavemente, como quien deja caer una pelota a ver si rebota, a alguien sentado en la primera fila. El gesto es lisztiano total pero la ciencia adelanta que es una barbaridad y ahora, con el ADN que hay en ese pañuelo, se pueden fabricar muchos Lang Lang. Este chico no ve CSI, parece. En fin. Desde su debut en el Carnegie Hall hace cinco años hasta este momento han pasado muchas cosas, pero todas armonizan poco con cualquiera de las 88 teclas del piano. Lo dice el mismo programa de mano. Dentro hay una página a todo color en la que Lang Lang anuncia unas Adidas modelo exclusivo Lang Lang. Incluyen el precio. Hay otro anuncio donde Lang Lang promociona la bufanda Lang Lang y otro donde anuncia su autobiografía. Hay quien puede escribir una autobiografía sin escribirla (la escribe otro) y sin haber cumplido los 30 pero pocas personas tienen en su haber el hecho de que un padre te ponga a tocar el piano todo el santo día y que al errar un pasaje te ordene con 8 años que te suicides porque eres un fracaso. Lang Lang cuenta eso en una televisión con esa sonrisa suya que tan bien congenia con la cámara pero el que le mira siente una cosa extraña, un asco al padre de Lang Lang y una tristeza por ese Lang Lang que en la última semana ha hecho el gamberro en un programa de la tele pasándoselo bomba, ha tocado en Valencia, tuvo una intoxicación de pescado en Zaragoza que lo mantuvo en el baño un par de días, tocará en unos minutos en esta sala donde los abrigos de piel y la mezcla de perfumes recuerdan con espanto el pasillo de fumigadoras de la planta baja de El Corte Inglés y después se marchará a Madrid. Y todo por no haberse suicidado, desobedeciendo a su padre.
Faltan unos minutos para que Lang Lang salga al escenario y, para amenizar la espera, el programa de mano hace una insólita enumeración de logros en el apartado biográfico, a saber: es imagen de Sony Electronics, Audi, Versace (de Versace son los trajes que luce en los conciertos) y de la compañía financiera Aegon. Y cuando necesita viajar en avión privado vuela con un jet Bombardier. La marca Steinway ha creado cinco versiones del piano Lang Lang ™ Steinway, utilizando por primera vez en 150 años de historia el nombre de un artista para bautizar un piano. Y la bufanda, las Adidas y el reloj (hay un reloj).
Me pregunto si ese Haydn perfecto que sonó en el Carnegie Hall, maravillosamente coreografiado con el gesto, habrá sido el responsable de todo esto en tan poco tiempo o, al revés, si se habrá vuelto un spot también. Despejamos dudas porque Lang Lang sale al escenario. Es bajito, delgado, sonríe pero no tanto como lo hace en otros lugares, saluda educadamente con gesto lento, se ha cambiado el pelo, se sienta ante el Steinway y sin concentración previa se introduce en una sonata de Beethoven iniciando una rutina diaria en la que lo único que cambia es el escenario.
El recital transcurre y Lang Lang suena a Lang Lang: impecable en los dedos, irregular en la interpretación. Borda un pasaje con una madurez asombrosa y lo culmina con una incongruencia de estudiante de grado medio. Da la sensación de que bucea dentro de la música pero que de pronto sale a respirar y pierde la concentración o se distrae viendo el paisaje. A veces, la concentración, o el trance, alcanza movimientos enteros, como la maravilla que hace con el tiempo lento de la tercera sonata de Beethoven. Mérito especial porque este público se empeña en que suenen más sus toses que las teclas del Lang Lang (piano) que pulsa el Lang Lang (pianista). Una cosa es un ataque de tos irremediable pero otra es una tos como quien eructa en el cuarto de estar de su casa mientras ve Los Simpson. Así es este público, por muchas pieles que lleve encima. Sospecho que alguna tos será producida por una reacción alérgica a este zumo de perfumes dulzones que flota en el aire.
Lang Lang vuelve a sentarse para zambullirse en la Appassionata pero ya el arranque indica que Lang Lang no está ahí dentro, sino fuera, y que tiene prisa. Todo suena en su sitio, ahorrando fuerzas, eso sí, pero todo en su sitio. Y nada más. Luego llega la novedad: el artista que vino de Oriente aventurándose en la Iberia de Albéniz, y su Evocación, preciosa, es más preciosa cuando Lang Lang la hace sonar pero su Corpus en Sevilla suena a Imagen de Debussy sin ese condimento que yo no sabría definir pero sí detectar. Me pregunto cómo sería posible que las manos diminutas de una Alicia de Larrocha duendearan de esa forma y las manos imponentes y flexibles de este chaval que cuando se pone a impresionar con las paráfrasis de Liszt hace vibrar al mismísimo piano no se inmuten. La pregunta que me hago es retórica pero no deja de sorprender un poco.
Tocar Prokofiev al final consigue ahogar las toses con su potente artillería pero enfría a un auditorio que ha cumplido el trámite: poder decir que ha visto a Lang Lang y que todo maravilloso y estupendo pero ya es hora de ir a casa a ver la tele. Lang Lang no parece muy decidido a hacer un bis, yo creo que está un poco desconcertado; quizá por eso cuando finalmente se decide a hacerlo saca de la manga un seguro que le librará de hacer un bis al bis: el cristalino primer estudio del Opus 25 de Chopin. Suena primorosamente en unas teclas que apenas parecen pulsadas sino rozadas y súbitamente suenan sendos cañonazos que no vienen a cuento y que nos descolocan, confirmando que este chico vale mucho pero vuela tan alto que no posa los pies. Lo hace a ratos, cierto, pero se cansa pronto. La impresión que da Lang Lang es la de ser un niño que sabe que juega a un juego serio. A veces juega a que no es un juego serio. A veces sí. Después se sube al avión y al día siguiente repite en otro jardín de infancia y todo sin perder la sonrisa y sin haberse suicidado el día que su padre se lo ordenó.
Allegro 25 enero, 2010
Escrito por emejota en : Música , 3 comentarios , trackbackDespertó el Concierto para Mandolina de Vivaldi, el célebre, sí, ese, despertó en una cadena de televisión, en un anuncio que anunciaba a otra cadena de televisión con muchos canales, pero dio igual cuáles y cuántos porque giré un poco la cabeza como quien ha escuchado un sonido atrayente o extraño o inesperado, da igual porque el gesto es el mismo, el de poner la oreja en primer plano, y los ojos se cerraron para recibir, de nuevo, esa melodía que para mí representa la esencia de lo que se cuece en la música barroca en general: esa aparente simplicidad feliz que parece ocultar una sombra dramática, que cuando sale, sale y nada la para pero otras veces ahí se queda, como insinuando que ahí está, el pulso igualmente feliz, constante, bien sonoro, en relieve, un pulso que goza de una vitalidad y una salud asombrosa y quiere presumir de ello anunciando que es él quien bombea las curvas de la melodía, los toboganes de la armonía deslizándose a través de círculos de quinta gozosamente inacabables y la transparencia formal. Tan transparente que parece decirte, así, hazlo, prueba. Pero no puedes.
Qué habría en la cabeza de este Antonio Vivaldi para fabricar cosas así, tan felices y tan melancólicas, por separado y juntas en transparencia, que de todo tiene. Qué alegrías o qué frustraciones disimuladas en este pulso incesante que parece decir adelante, adelante, y lo dice con ánimo mañanero, expresión que en noctámbulos como yo significaría una cosa muy distinta a la que quiero dar a entender. Pones la tele un rato, te anuncian otra tele con muchas teles dentro pero con lo que te quedas es con un Vivaldi que te lleva a otros Vivaldi, como en una modulación que, a veces, reexpone el tema principal, esto es, el Concierto para Mandolina, ese, sí, el célebre. Y creo yo que quedarse con eso es un fracaso publicitario cuando de enterarte de la oferta de mogollón de canales se trataba pero qué más dará si la música de este hombre no necesitó del Canal Viajar ni del Disney Channel porque en esa Venecia de mareas y mareos stendhelianos, de lienzos de colores vivos y nubes de algodón muy gordas y blandas, ni falta que hacía. Qué preciosidad y qué misterio el de esta música tan sencilla. Qué difícil es lo sencillo.
Adviento 29 noviembre, 2009
Escrito por emejota en : Análisis, Música , 4 comentarios , trackbackBach dirigió por primera vez su Cantata BWV 61 el 2 de diciembre de 1714, el primer Domingo de Adviento. Tras ser nombrado Kantor en la iglesia de Santo Tomás en Leipzig, en 1723, la recuperó incorporándola a su primer ciclo de Cantatas de Leipzig.
La inusual conclusión de la obra sustituye el tradicional Coral por un breve movimiento que ilustra, deliciosamente, la capacidad de Bach para iluminar el sentido del texto con sonidos, creando una imagen musical del mismo. El texto dice lo siguiente:
Amén, amén.
¡Ven, hermosa corona de alegría,
no te demores más!
¡Te espero impaciente!”
La idea principal es la de la espera y el ansia ante el advenimiento de Jesús. Y la música contribuye a realzar esta idea de varias maneras:
1. En primer lugar, la multiplicación entre las voces del coro de la palabra “Ven” (“Komm”, en alemán). Ven, suena en las sopranos y en los bajos; ven, se repite con insistencia entre las contraltos y los tenores. Eso subraya la impaciencia, las ganas.
2. Hay un momento muy especial coincidente con el verso final. Al entonar las palabras “Te espero impaciente”, el coro canta una escala musical completa en sentido descendente, es decir: do, si, la, sol, fa, mi, re, do. Así de sencillo y de eficaz. Porque el efecto es evidente: se trata de la ilustración musical simbólica, la llegada desde las alturas, del Hijo de Dios.
3. Mientras esto ocurre y las voces descienden, los instrumentos comienzan a hacer el movimiento contrario, ascendiendo hacia los agudos. Al mismo tiempo, Bach aprovecha las últimas voces que se han quedado rezagadas con el “amén” para hacerles prolongar la vocal inicial, la “a”. El efecto es precioso: mientras los instrumentos “alzan” la vista hacia arriba, las “aes” de las voces sugieren la imagen del asombro y de la sorpresa, las bocas abiertas en actitud de asombro y de anhelo ante el inminente advenimiento.
Visto así, sobre el papel, parece complejo. En el conjunto sonoro, que es donde hay que “verlo”, es de una sencillez y una eficacia pasmosa.
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¿Lo escuchamos de nuevo?
Identidad 28 noviembre, 2009
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En la realidad pasan cosas más extrañas que en la ficción, de ahí mi admiración por los que son capaces de fabular historias sacadas de la manga. Iba un día, no hace muchos, caminando por la calle cuando me topé con un cartel publicitario que preguntaba: “¿Quién es Emejota?”. Sustitúyase el nombre que me identifica en este norte imaginario de palabras con el nombre que me corresponde cuando no estoy tecleando y después imagínese mi asombro al leer de nuevo la pregunta “¿Quién es Emejota?” que figuraba en el cartel. Creo que yo, me respondí al mismo tiempo que respondía a la pregunta que me formulaba el cartel. Me pareció todo muy raro y miré a mi alrededor como si hubiera hecho algo malo esperando que no mirara nadie. Bajo la pregunta, impresa en el cartel, figuraba la fecha de hoy, un lugar y una hora, las 20:30. Me entró cierto morbillo. Vas por la calle, un cartel pregunta quién eres y por si no lo tienes claro te prometen contestación proponiéndote una cita con lugar, fecha y hora.
Efectuada la llamada de teléfono correspondiente, bajo una lluvia de hojas de otoño y mientras avanzaba por las calles, supe que Coral Barañáin preparaba un concierto con la integral de mi obra vocal. Y eso, Qué integral y Pero ya da para llenar un programa, fueron tres preguntas que formulé, de eso estoy seguro, lo que no recuerdo es en qué orden.
Hay un momento de incredulidad, inducido por la visión del cartel, en el que por una parte te dejas llevar como si siguieras una broma pero al mismo tiempo algo por dentro empieza a decir ay ay ay y glups, todo al mismo tiempo. A veces caminas bajo una lluvia de hojas de otoño y te entran sudores de primavera, sobre todo cuando a través del auricular te enteras de los detalles y la cosa pinta en serio. Tan en serio pinta que tecleo a unas horas de salir en coche para allá y tengo una sensación de curiosidad y pudor, un algo que no sé yo y al mismo tiempo un agradecimiento a toda la gente involucrada porque me consta que lo hacen con mucho afecto y muchos sudores invertidos.
Una historia que empieza con tintes surrealistas todavía guarda en el tintero algo para el epílogo: tengo prohibida la entrada en el auditorio hasta una hora determinada y esa orden, lejos de producirme ese cosquilleo como de víspera de sorpresa de fiesta de cumpleaños, me produce cierta alarma. Qué me encontraré, si, total, las partituras ya las conozco y en ellas no hay corcheas sorpresa ni acordes escondidos. También tengo aviso de que me pase por taquilla a recoger las invitaciones que están a mi nombre, pero creo que quien me ha dejado el aviso no es consciente de la escena que se va a producir, buenas tardes, buenas tardes, tengo unas invitaciones reservadas para Quién es Emejota, me dice su nombre, por favor?, soy Emejota. A partir de entonces, cuando se enciendan las luces del escenario, se supone que voy a saber algo más de mí. No sé si mirar con atención o girar la cabeza con disimulo hacia otro lado. Depende de quien resulte ser.
Des-Concierto 14 noviembre, 2009
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En el teatro, en el espectáculo “PaGaGnini”. Mientras el público va tomando sus asientos, suena en la sala una Suite Inglesa de Bach al clavecín en lo que parece un hilo musical trenzado por una delicada voz en off que anuncia la progresión de los movimientos de la obra. En el escenario, un cortinaje emperifollado y rojo guarda celosamente el misterio que, en breves minutos, quedará al descubierto.
(En el hilo musical, la suave voz anuncia la llegada de la no menos suave Zarabanda de Bach)
Una de las grandezas del teatro es esa. Que en un mismo espacio físico, separado por la frontera del telón, convivan de pronto dos realidades; que una nueva y tangible realidad invada la realidad cotidiana.
(Se abre el cortinaje plegándose en arrugas simétricas, no menos emperifolladas)
La salida a escena del maestro Ara Malikian ya es, en el gesto y el movimiento, un trazo fabuloso digno de un cartoon de Chuck Jones, y el efecto sonoro que acompaña su porte rimbombante sirve de preludio a este concierto que es el pretexto para un des-concierto genial donde se armoniza el talento musical con los acordes perfectos de la pantomima, el difícil virtuosismo del gag redondo y el slapstick ocasional. Lo que produce hilaridad y admiración a partes iguales es asistir a este perfecto disparate y comprobar que se trata de un disparate perfecto, inesperado, imprevisible, a veces tierno, muchas veces gamberro, hiperbólico todo el rato y, sin embargo, cuidadosamente afinado y atinado.
Otra de las grandezas del teatro la viven los actores, y en ocasiones, como en instantes de esta función, puedes sentir algo parecido a un atisbo de lo que tiene que ser esa vivencia. Baja del escenario en mitad de la representación uno de los miembros del cuarteto y conforme se acerca por el pasillo central del patio de butacas asistes a un insólito acontecimiento: el personaje que estaba arriba se deja allá algo que deja al descubierto aquí a la persona que hay debajo, y sientes la respiración agitada tras tantas piruetas, y ves el sudor en el rostro mientras con mirada tierna y chaplinesca declara su rendido amor por una espectadora
(mira tú por dónde, la vecina)
y con la risa de fondo del aforo, como en las sitcom pero sin enlatar, notas al actor convertido en ese momento en un personaje que ha engullido al actor, abstraído de un público y, sin embargo, pendiente y entregado a él. Esa dualidad me fascina. Un actor no lo es del todo hasta que no experimenta en propia piel eso y consigue salir victorioso. Todo lo que anula y mata el cine, con sus esperas interminables, late fuerte en el escenario de un teatro. Aquí la impostura es más grande porque el encuadre es mayor, mucho mayor que los 35 milímetros del celuloide, pero también es grande, muy grande, todo lo demás. Aquí el actor está en guardia continua, sostiene el compás de los tiempos, dirige a la orquesta del público con el gesto. Un actor en el escenario de un teatro vive el doble, se vive a sí mismo y se vive en el personaje. Y si consigue traspasar el patio de butacas vive, además, en cada una de las personas que le contempla.
Gran ovación a los maestros que abandonan ya el escenario.
Fuga 11 noviembre, 2009
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Ton Koopman. Manos y pies en Bach.
Himno 16 agosto, 2009
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Coro de Santo Tomás de Leipzig. Grabación en directo.
Sonata 10 agosto, 2009
Escrito por emejota en : Música , 7 comentarios , trackbackTe tumbas en el sofá a media tarde para relajarte un poco y por los auriculares suena una música de 1773, algo que siempre deja algo perplejo. El único latido temporal, el único aliento que nos llega de entonces está en la música, en el tiempo que tarda una nota en convertirse en otra, en la estela que deja una escala ascendente o en la disolución de un acorde tras el que surge un silencio que también late y por el que llega un rumor como de pasillo largo y ventanales con cristales irregulares que miran a una tarde como esta pero con fuente escupiendo agua al verano.
Suena Haydn, la Sonata para piano número 36, deliciosa pieza en todas sus partes, primera, segunda y tercera, y nos advierte el locutor del podcast, que lo fue antes de Radio Clásica, que va a sonar en piano Steinway, forma de advertir, quizá, quién sabe, que no va a sonar pura, que va a sonar distinta. Pero lo que pasa es que comienza esta sonata deliciosa, tanto como para repetir el adjetivo en el mismo párrafo a conciencia, y cierras los ojos, las manos descansando sobre el pecho, y la música que nunca soñó con sonar en un instrumento así suena que ni a medida. Es probable que sea necesario cerrar los ojos para ver y sentir cómo el macillo revestido de fieltro da ese golpecito de algodón sobre las cuerdas tensadas, y oler a madera, y percibir la ensalada de armónicos que se combinan primorosamente en la región umbría de la tabla armónica.
Los dedos del pianista pulsan las teclas en un non legato que significa, en lenguaje llano, que un dedo no da el relevo al otro en perfecta sincronía ni lo deja abandonado a traición, sino que suenan las teclas una tras otra con una imperceptible separación que ni llega a materializarse silencio ni tampoco personarse en un sonido sin fisuras y, sin embargo, surge una tercera cosa que no sabes bien qué es, o lo sabes y simplemente resulta ser lo que tiene que ser: una imagen táctil que dibuja en la retina del oído una sensación de terciopelo.
La música para tecla del Clasicismo, con su juguete, sus jardines umbríos pero coquetos, sus cosquillas y su transparencia, a veces velada por un velo que a la larga o a la corta también se revela transparente, suena como un milagro en un piano Steinway. Si los dedos que la transportan lo saben, todavía mejor. Hay puristas que torcerían el morro si leyeran una afirmación semejante, la del Steinway. Pero seguro que no ven la música con los ojos cerrados.
Jackson 26 junio, 2009
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Ha muerto Michael Jackson o, al menos, el espectro que quedaba del rey que murió al conquistar el trono de “Thriller” en los sofisticados, inocentes y analógicos ochenta. Jackson ha muerto en internet y eso impacta por partida doble, por la noticia en sí y por el apabullante poder de la red para propagar como la pólvora las informaciones, tender al aire en un clic toneladas de material de archivo y poner a disposición de los afligidos infinitos libros de condolencia en el tanatorio global que en los momentos en que redacto estas palabras colapsa Twitter, la página central de CNN y ralentiza los motores de búsqueda, mientras en YouTube la gente escribe lágrimas mientras suena la reproducción 12.198.290 de “Billie Jean”, esa obra maestra que enriqueció sustanciosamente la materia sensible de la que estamos hechos.
Justo hoy que el Imperio Prisa ha enseñado las grietas que afectan gravemente las paredes maestras de su faraónico tinglado podemos ver desde esta pantalla en tiempo real a la muchedumbre que se agolpa en las soleadas puertas de un hospital de Los Ángeles y escuchamos con una nostalgia punzante este Billie Jean al que hemos contribuído pasando a formar parte de la reproducción 12.198.291, como el que enciende un cirio en memoria de alguien, y sin que a Teddy Bautista y a la SGAE les hayan dado vela en este entierro imponente, global, universal, porque escuchamos Billie Jean desde la página oficial de Jackson. Así podremos rendir personal tributo al rey del pop de los ochenta sin que este recaudador de impuestos venga exigiendo miserablemente parte de la herencia en el momento más inoportuno.
Estamos hablando de varias cosas a la vez. De la muerte de Jackson, o de su espectro, convertido desde esta madrugada y para la eternidad en una figura inmortal como lo fue y lo es Elvis, y Marilyn y no muchos más, todos ellos figuras espectrales porque murieron entre luces antes de morir definitivamente en una sombra terrible, a veces demasiado alargada en el tiempo del eclipse. Y estamos hablando de la nostalgia de Billie Jean y de que es una obra maestra que siempre conjurará otros veranos añorados, más seguros y divertidos en el recuerdo de lo que seguramente fueron. Y hablamos de que algo está pasando pero que en realidad ya ha pasado, y lo que ha pasado es que la historia ahora se propaga a la velocidad de la luz y no se escribe con tinta. Y el que lo quiera asumir, bienvenido y enhorabuena. Hubo un tiempo que Billie Jean giraba en discos de vinilo y sonaba en los programas de radio de canciones dedicadas a Marta y a Elisa porque han aprobado los exámenes y para Roberto para que se recupere pronto de su operación de tobillo mientras veíamos en la tele del verano El Coche Fantástico o se nos ponía la lengua roja de Frigodedo o la garganta del azul clorado de las aguadillas de la piscina.
Ahora, sin embargo, Billie Jean suena como un regalo del propio Jackson desde su santuario personal en la red, o te la puedes comprar en iTunes por cuatro perras para que quede para siempre en tu iPod con una calidad impoluta y todo sin que ningún recaudador de impuestos, exprimidor de talentos sin entender nada que no sea la expresión mayor beneficio posible te haga sentirte sistemáticamente un delincuente. Llevo días pensando darme de baja de la SGAE por una cuestión estrictamente moral que hasta les eximiría de otra: el incumplimiento flagrante y chapucero de su supuesta razón de ser. Hay otras formas de gestionar los lícitos derechos de los artistas que no te hagan sentir vergüenza ajena. Esta noche de luto y Billie Jean, la gente está comprando esta y otras canciones geniales y eternas en iTunes porque la muerte reaviva nostalgias.
Jackson ya es inmortal.

Digitaciones 18 junio, 2009
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Martha Argerich interpretando a Domenico Scarlatti. Quien tuvo, retuvo.
Requiem 5 mayo, 2009
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Tras el fallecimiento de Robert Schumann, en el verano de 1856, Johannes Brahms esbozó unos compases sobre el versículo de Mateo “Bienaventurados los que padecen pues ellos serán consolados”. Uno piensa en el trágico deterioro que sufrió Schumann a raíz de su enfermedad mental y en la inquebrantable firmeza de Brahms, fiel amigo hasta el último instante, y este versículo tallado en música (y qué música) cobra todo sentido y sentimiento y nos deja sobrecogidos. Años después, otro fallecimiento, esta vez el de la madre de Brahms, le llevará a retomar y culminar la composición de “Un Requiem Alemán”, obra imponente, sobria, podríamos utilizar el adjetivo “brahmsiana” y no sería una mera redundancia sino un ejercicio de economía, porque Brahms, todo lo que Brahms buscaba y encontraba en música, está ahí. O aquí, porque tengo reciente su revisión.
La composición consta de 7 movimientos que van tornando la gravedad y el dramatismo inicial predominante en serenidad y cuyos textos reflexionan sobre la muerte y se abren a la creencia consoladora y reconfortante de la resurrección. No es una misa de difuntos puesta en música. Ni siquiera es propiamente música religiosa. Es una obra de concierto de resonancias espirituales o una sinfonía vocal, como antes lo fue por unos instantes la novena de Beethoven y como después, y de qué manera, la octava de Mahler. Pero aquí hay un ay que surge de un atractivo entramado sonoro donde la pincelada épica, el susurro intimista, la característica melodía brahmsiana de amplios y líricos vuelos y las ocasionales reminiscencias arcaicas dan forma a una obra profunda y conmovedora.
Bajo la batuta de Herbert von Karajan, forjador de un sonido orquestal y coral muy particular, la obra encuentra especial acomodo. Y lo mismo se puede decir de él, que se encuentra muy cómodo recorriendo los pasillos de cada una de las estancias que componen este Requiem Alemán. Es fascinante lo de este hombre subido al podio en el Olimpo de ese dios único que es él mismo, primero para sí mismo, luego para los demás. Es fascinante porque es plenamente consciente de la capacidad de fascinación en los otros y se entrega a la labor de una manera asombrosa. No se puede decir que Karajan ponga la música a su servicio sin antes advertir que, previamente a que la cámara se ponga a grabar o que los asistentes a un concierto se sienten en sus butacas, ha sido él quien lo ha hecho. Momentáneamente. Es después cuando pasa a su servicio, tras haberle dado forma indefectiblemente hermosa y ponerle su sello de perfección y apasionamiento, arrebatado y contenido a un tiempo, marca de la casa.
Karajan es ante sus músicos en el ensayo lo que Chaplin en la pantalla tras la cámara: el hombre menudo de movimientos rápidos que todo lo controla y lo manipula. En las numerosas filmaciones que van saliendo de los archivos de Deutsche Grammophon leemos su nombre en los títulos de crédito hasta tres veces, las tres con rango de director aunque puntualizando tareas: director musical, director artístico y director sin más (director sin más puede que sea realizador y, de paso, una forma de reconocerse único director en todos los sentidos).
Cada plano, cada ángulo, cada inserto trucado, la estética en la disposición orquestal y, sobre todo, su propio gesto estudiado al milímetro, de una teatralidad épica, provoca una atracción poderosa. Tal es la pasión y la veracidad con la que Karajan interpreta el papel que se escribió a sí mismo, luego de rendir tributo a la música y, de paso, dejarnos en herencia semejantes regalos, como este Requiem Alemán de Brahms filmado en directo con público (cosa no muy habitual cuando de dejar un documento a la posteridad se trataba) en 1978. Karajan dirige principalmente a los Wiener Singverein, con Gundula Janowitz y José Van Dam como solistas de excepción, mientras que su Filarmónica de Berlín parece estar un poco a un lado de su atención: su boca musita la integridad del texto, sus manos mueven los dedos y se alzan por encima de los hombros al tiempo que los brazos se extienden hacia la masa coral, porque allí está el corazón palpitante de esta obra excepcional, cántico espiritual de Brahms.
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