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Autoridad

En un concierto para piano y orquesta, ¿quién manda? ¿el director o el solista?

El sábado 7 de Abril de 1962, Leonard Bernstein dirigía a la Filarmónica de Nueva York en el Carnegie Hall:

En la segunda parte del concierto estaba programado el Primer Concierto para piano de Brahms. El solista, Glenn Gould:

Aquel día ocurrió algo insólito. Bernstein salió a escena, saludó, y en lugar de coger la batuta para dirigir a sus músicos se volvió de cara al público con la intención de dirigirles unas palabras. Y ante el estupor de los presentes, lo hizo. Conservamos el instante gracias a la retransmisión del concierto por una emisora de radio. Conociendo a Gould, tan caprichoso, siempre con sus enfermedades imaginarias a vueltas, la gente debió pensar que lo que Bernstein iba a anunciar era precisamente la ausencia del pianista. No sería la primera vez. Por eso, empezó su discurso con una broma; dijo: “No teman, el señor Gould está aquí” y la gente se echó a reir. La habilidad de Bernstein a la hora de desenvolverse frente al público era notable, como lo atestiguan sus legendarios programas didácticos de televisión.

Gould Bernstein

Bueno pero, si el señor Gould está aquí, ¿qué nos va a contar usted?, debieron pensar los asistentes al concierto. Pues nos va a contar, ni más ni menos, que no se hace responsable de lo que pueda pasar en los minutos siguientes, así de claro, tal era la cordial discrepancia entre solista y director en cuanto a la concepción de la obra de Brahms. Bernstein admitía estas cosas e incluso las afrontaba como una aventura estimulante siempre y cuando el punto de vista del solista tuviera consistencia. En el caso de Gould, las divergencias eran tales y, al mismo tiempo, merecían tal crédito por su parte, que Bernstein se vio obligado a hacer un preludio al concierto.

Pongámonos en situación: el locutor que está retransmitiendo el evento para la radio dice en un momento determinado que parece que el señor Bernstein va a decir algo a la audiciencia así que damos paso al escenario. Se hace el silencio y Bernstein comienza a exponer un divertido e interesante discurso. Podemos escuchar el audio original en inglés con una transcripción aproximada en español.

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(aplausos) No se asusten, el señor Gould está aquí (risas). Aparecerá en un momento.

Como saben todos ustedes, no tengo costumbre de hablar en ningún concierto excepto en el ensayo general de los Jueves por la noche, pero ha ocurrido algo curioso que merece, en mi opinión, una o dos palabras.

Están a punto de escuchar, cómo decirlo, una interpretación nada ortodoxa del Concierto de Brahms, una interpretación diferente a cualquier otra que yo haya escuchado jamás (…) porque se aparta con frecuencia de las indicaciones del propio Brahms. No puedo decir que esté en total acuerdo con la concepción que el señor Gould tiene de la obra y esto me hace plantear una pregunta interesante: ¿Qué hago dirigiéndolo? (risas del público)

Pues voy a dirigirlo porque el señor Gould es tan válido y serio como artista que debo tomar en cuenta seriamente las cosas que él concibe de buena fe, y su concepción es lo suficientemente interesante como para que yo piense que merece la pena que ustedes la conozcan también.Pero la vieja cuestión permanece en el aire: en un concierto… ¿Quién es el jefe? (risas del público) ¿el solista o el director? (risas). La respuesta es que a veces uno y a veces el otro según el grado de implicación en el asunto. Pero casi siempre, los dos alcanzan un acuerdo por persuasion o química o bien mediante “amenazas” (risas) para conseguir una interpretación unificada.

Sólo una vez antes en mi vida tuve que someterme al concepto del todo incompatible y novedoso del intérprete y fue la última vez que acompañé al señor Gould, (grandes risas) pero esta vez, las discrepancias entre nuestros puntos de vista son tan grandes que me he visto obligado a hacer este pequeño aviso. Me dirán entonces que por qué lo voy a dirigir (…) o por qué no he buscado otro solista e incluso un director que me sustituya. Pues en primer lugar porque estoy fascinado y agradecido por tener la oportunidad de mostrar una cara nueva de una obra tan conocida; en segundo lugar, porque hay momentos en la interpretación del señor Gould que emergen con asombrosa frescura y convicción.

En tercer lugar porque todos podemos aprender algo de este artista extraordinario que es un filósofo de la interpretación; y, finalmente, porque en esta música podemos encontrar lo que Dimitri Mitropoulos solía denominar “el factor DEPORTIVO” (risas), el factor de la curiosidad, la aventura, el experimento y les puedo asegurar que ha sido toda una aventura esta semana (risas) colaborar con el señor Gould en este Concierto de Brahms y es con este espíritu aventurero con el que ahora nos presentamos ante ustedes”

(fuerte ovación)

 

Principio

Glenn Gould - Variaciones Goldberg (1955)

Hay mitos que perduran aunque poco a poco se hayan ido olvidando las razones que los convirtieron en tales mitos o esas razones ya no importen. Son mitos reducidos a iconos, a marcas de prestigio. Es curioso comprobar que, en muchas ocasiones, con eso basta. La mítica grabación de Glenn Gould de las “Variaciones Goldberg” de 1955 ha dejado de estar protegida al transcurrir 50 años desde su lanzamiento comercial por la CBS (cuyo catálogo está actualmente en manos de Sony). Por eso y porque se sigue vendiendo de forma increíble, varios sellos discrográficos menores se han abalanzado sobre ella para reeditarla a precio reducido. Por el momento, Naxos, Regis Records y Membran Music (ésta última a 3,75 euros) ya la han incorporado a su oferta.

Las Variaciones del 55 son un relámpago, un corte a cuchillo con el pasado. Poseen ese rasgo genial de quien ya tiene claro desde el principio lo que quiere y así lo manifiesta. Se podría decir que la carrera artística de Gould, como la de tantos genios, comienza visualizando la meta y los años posteriores representan el trazado y el recorrido tenaz del camino que asciende hasta ella con la necesaria experiencia acumulada. Toda meta es el fruto de un viaje. A lo largo de las siguientes grabaciones, en una progresión no siempre lineal, con sus avances y sus fracasos, el vigor y el arrojo juveniles del principio salen al encuentro de la madurez sosegada del concepto y culminan con la perfección de la idea. Es así como las Variaciones del 55 (primera grabación de Gould) y su decisión de volver a grabarlas en el 81 (su obra póstuma) cobran verdadero sentido y unidad.

Gould no fue un pianista; fue un músico que tocaba el piano. Es conveniente hacer una distinción entre una cosa y otra porque no significan lo mismo. Como tal músico, aportó cosas decisivas en mi propia formación. Me enseñó el elemento reflexivo de la música, por ejemplo, aunque después no estuve de acuerdo con algunas de sus propias reflexiones. Escuchándole tocar a Bach aprendí una dimensión del contrapunto reveladora que me proyectó a muchos ámbitos de la música. Y ante el instrumento, creo que Gould nos ilustra como pocos acerca de la importancia de establecer una relación física con la música, en este caso una relación táctil a través del teclado, que no es lo mismo que tocar con los dedos las teclas correctas.

Despachar a Gould tal y como se suele hacer como el pianista de las velocidades extremas, o como el excéntrico que emitía extraños sonidos con la boca mientras tocaba, me parece una manera epidérmica y facilona de hacerlo, más propia de esas afirmaciones superficiales y provocadoras con las que el mismo Gould envolvía a menudo su discurso con evidente fruición. Por esa razón, es seguro que Gould estaría de acuerdo con ese dictamen sobre sí mismo.

Viajeros

Voyager 2El calendario y el paso del tiempo siguen empeñados en sumirme en la nostalgia y el estupor. El 20 de Agosto de 1977 yo tenía 7 años y junto a mi padre escuché en el telediario de la noche calurosa la noticia de que desde Cabo Cañaveral había salido al espacio la primera de las sondas Voyager, aunque de nombre fuera segunda: Voyager 2. Lo excitante de las Voyager, la 1 y la 2 (aunque yo me quedé con la 2, igual mi padre se quedó con la 1, no sé), lo que las diferenciaba de otras, eran las misiones que se les habían asignado, que también eran dos.

La primera era explorar los planetas exteriores, llegar allí donde nadie había llegado gracias al ingenioso sistema de vuelo que se le había ocurrido a un estudiante universitario consistente en aprovechar el campo gravitatorio de los planetas para coger impulso hacia el siguiente mediante un efecto peonza. La segunda de las misiones, la más fascinante, era que las dos pequeñas sondas partían con la orden de, una vez terminados los deberes, internarse en los remotos confines del universo por los siglos de los siglos portando ese anhelo ancestral del ser humano de perpetuarse. Ninguna creación del ser humano, a día de hoy, le sobrevivirá tanto como las Voyager, que seguirán surcando la glacial oscuridad a una velocidad inimaginable cuando el Sol haya agotado su combustible y la Tierra y los demás planetas del Sistema Solar hace muchísimo que hayan desaparecido convertidos en motas de polvo cósmico. Qué vértigo da pensarlo.

Mi padre me explicaba algo parecido hasta donde yo podía entenderlo aquellas noches del verano de 1977 en la terraza y cuando mucho después (o poco, visto lo visto) en 1986 la Voyager 2 llegó a Urano me puse a recortar de los periódicos la noticia al volver del Instituto y lo mismo hice en 1989 cuando alcanzó Neptuno y todavía años después cuando giró la cámara para tomar, a las puertas del límite del Sistema Solar, la fotografía más imponente que se ha tomado jamás: todos los planetas, todos los vecinos, posando juntos; con un Sol convertido en un puntito minúsculo indistinguible entre el océano de estrellas a no ser por la flechita puesta gentilmente por los científicos, y un apenas nada que resultaba ser ésto que tan grande parece porque hay otros océanos, y los desiertos, y la Muralla China, y el Paseo de Gracia de Barcelona, y la cordillera del Himalaya, y la Marathon de Nueva York, y la cocina de mi casa desde la que se ve a un vecino hacerse un lío con la cuerda del tendedor nueva. La fotografía daba para pensar en muchas cosas.

Qué cosa el instinto de permanencia buscando perpetuarse. Las especies se perpetúan en la descendencia y desde hace 30 años, también en el viaje interminable de la Voyager 2. De la misma manera que llevamos al abuelo en el nombre que nos pusieron y los ministros y los alcaldes y hasta las ciudades enteras dejan su señal al mañana en las placas inaugurales de los parques, las calles y las autovías, la Voyager lleva en su interior la señal de todos los que somos, los que fueron y los que serán. Los científicos le encargaron a Carl Sagan el trabajo (más testimonial que práctico, pero indudablemente atractivo) de confeccionar una grabación que contuviera los sonidos de la Tierra: la lluvia al caer, el canto de los pájaros, el llanto de un recién nacido, la música de Bach brotando de las manos de Glenn Gould… No deja de ser significativo que el músico que un día huyó del mundo siga viajando fuera de él aun cuando el músico ya no existe y aun cuando llegue el momento en que el propio mundo ya no exista.

30 agostos después, la Voyager 2 sigue latiendo a pesar de los achaques de la edad y del esfuerzo; un poco sorda, un poco ciega, un poco reumática (alguna articulación se resiente en forma de antenas que no se despliegan), la sonda sigue enviando un débil beep y unos gramos de información diaria (su cuaderno de bitácora) que tardan la friolera de 15.000 millones de kilómetros en llegar a los oídos de una generación de científicos distinta a la que la despidió, tal día como ayer, en el amanecer caluroso de Cabo Cañaveral.

El día que la Voyager 2 agote sus últimas reservas de batería y se desconecte, allá por 2030, pasará a convertirse en un meteoro silencioso y veloz, sin obstáculos ni freno. Los modernos ordenadores de hoy en día han determinado que el primer objeto astral que avistará de cerca la viajera en su travesía infinita tendrá lugar dentro de 193.000 años, cuando pase a 1,7 años luz de la estrella Ross248. Por su parte, el viejo ordenador que lleva a bordo la Voyager 2 guiándola en su viaje épico sucumbiría a la hora de hacer correr algunos de los juegos que a finales de los 80 se programaron para el ordenador Spectum. Todas las cifras aquí nos desbordan y sobrecogen.

Control

Una vez Glenn Gould grabó unas piezas de Grieg y en la carpeta del LP advirtió a los críticos que Grieg había sido primo de su bisabuelo materno y, por lo tanto, eso le proporcionaba una “envidiable autoridad interpretativa” (cita textual). Luego se puso a grabar algo de Bizet, que mira que ya es raro eso, tanto que a nadie se le había ocurrido antes, y Gould aprovechó la ocasión para volver a dirigirse a los críticos “sugiriéndoles” las frases que debían utilizar a la hora de juzgar su trabajo: si el disco era de su agrado, debían utilizar la expresión “viva e intensa, como sólo se puede dar en una primera lectura; participa de la frescura, la inocencia y la libertad que niega la tradición”. Si, por el contrario, el disco no era de su agrado, debían poner: “lamentablemente, se trata de una interpretación que todavía no ha cuajado; una interpretación en busca aún de su esqueleto arquitectónico”.

Cuando grabó la reducción para piano que Liszt hizo de la Quinta Sinfonía de Beethoven, Gould fue más allá y en el disco incluyó la crítica entera y además por cuadruplicado porque la “encargó” a cuatro críticos imaginarios entresacados de la galería de los múltiples personajes en los que se metamorfoseaba. Entre ellos figuraban, en esta ocasión, los testimonios del doctor S. F. Lemming, de la Asociación de Psiquiatras de Dakota del Norte, y el inefable Zoltan Mostanyi, crítico de “Rapsodia”, revista del Sindicato del Proletariado Musical de Budapest.

Yo creo que a Glenn Gould le salvó el sentido del humor y la imaginación bulliciosa, porque alguien que ejerce un autocontrol tan obsesivo en todos y cada uno de sus actos tanto de su vida personal como profesional puede explotar sin una válvula de escape. Ese es uno de los asuntos que trata el magnífico librito “Conversaciones con Glenn Gould”, de Jonathan Cott, recién traducido (al fin!) al castellano. Jonathan Cott fue considerado en su día como “entrevistador ideal” por el “Washington Post”, periódico que no se quejará de que lo hayamos nombrado en este blog dos veces en una semana. Que lo pongan en la portada por lo menos, no?. Cott fue quien recibía de madrugada esas largas llamadas telefónicas que Gould efectuaba desde su particular “Fortaleza de la Soledad” y que se prolongaban durante horas. Yo creo que Cott supo traspasar la corteza del personaje y la persona que había detrás le buscó. Fascinante. Escuchándoles estoy con los ojos puestos en las frases del libro así que hoy abreviaré.

Un blog que tiene una inscripción gouldiana en la puerta no puede dejar de reseñar y celebrar un acontecimiento así, máxime cuando hace tiempo que Gould no pasaba por aquí y cuando el libro de Cott, mira por dónde, no es el único que acaba de salir. Le acompaña otro, voluminoso, de título convencional pero de contenido sabroso, según me cuentan fuentes de confianza: “Vida y Arte de Glenn Gould”, de Kevin Bazzana.

Una de las muchas cosas que me fascinan de la personalidad de Gould es su capacidad para envolver con humor e inventiva el secreto de su misterio. Eso es lo que suelen hacer para mantenerse a flote los supervivientes de un naufragio.

Lección

Glenn Gould:

“Cuando era chaval tenía un perro que se llamaba Nick. Tenía un bonito pelaje negro y blanco. Mientras me vestía con mi mejor traje oscuro para mi primer concierto con orquesta, mi padre me aconsejó mantener alejado a Nick, cosa más fácil de decir que de hacer. Nick era afectuoso y no te dejaba partir hacia una misión difícil sin antes despedirse efusivamente. La cosa es que en el transcurso del concierto miré hacia el suelo y vi mi reluciente pantalón repleto de pelos de perro. Yo no veía nada malo en el asunto pero, para no delatar las efusiones de Nick sabiendo que mis padres estaban entre bastidores, decidí limpiar mis pantalones.Los muchos tutti de la orquesta en el finale eran la ocasión soñada para efectuar la Operación “fuera pelos” y me puse manos a la obra. Uno, dos, tal vez tres tutti habían transcurrido ya y la operación estaba casi acabada. Pero una pregunta empezó a rondar mi cabeza: ¿Por dónde iba el concierto? No vi el problema hasta el final de ese tutti, fuera cual fuera. Intenté desesperadamente recordar lo que, aparte de quitar pelos de mi pantalón, había hecho durante los últimos 5 minutos.

Fue la primera lección de mi colaboración con una orquesta sinfónica: o estás muy atento a lo que haces, o acércate sólo a perros de pelo corto.”

e-mail

Alguien me dijo el otro día que cuando envías una carta deja de pertenecerte y pasa a ser propiedad del destinatario, que puede hacer con ella lo que quiera. Lo digo porque esta tarde me he encontrado un mail de una de las personas asistentes al ciclo de conferencias sobre Gould y aunque la he recibido en mi dirección personal considero que contiene argumentos lo suficientemente interesantes como para atreverme a transcribirla aquí, aunque sea parcialmente. Y es que el mensaje vuelve a demostrar que no hace falta “saber” de música para conocerla bien y poseer una más que notable capacidad de apreciación que permita ahondar en ella. También demuestra algo que vengo constatando, con estupor, desde hace muchos años y que ya he manifestado en anteriores ocasiones en este mismo blog: que las observaciones más agudas e inteligentes sobre Gould las he escuchado siempre de personas que no eran músicos.

Así que, omitiendo la identidad del comunicante (a quien aprovecho para mostrarle mi agradecimiento también a través de este medio) y suprimiendo algunas cuestiones de carácter personal, he aquí un extracto de lo que he recibido:

“Buenas tardes, emejota.
Soy del segundo grupo, de ese que quedó en silencio casi religioso ayer por la tarde. En primer lugar, agradecerte el valor de lanzarte a la aventura de unas conferencias como estas. Sin tu valor, hubieramos perdido un privilegio, y sospecho que tú un sueño. Porque ha dado la impresión desde el principio que más allá de la pasión cariñosa que pones en todo lo que haces, en éstas habia mucho de ti. Asi que supongo que todos hemos salido ganando.
(…)
Ayer, viendo aquella filmación, creí comprender por qué canturreba Gould. Independientemente de sus extravagancias, (…) en Gould hay un grado de comunicación, de comunión con la música muy especial. En vez de canturrear parecia que hablara con la musica, que dialogaran ambos y de ese dialogo salía un virtuosismo que la arrancaba de donde estuviera encerrada, y la liberaba desde su piano para que cogiera vuelo. (…) Yo no entiendo de musica lo suficiente, pero a diferencia de otros interpretes que “interpretan”, Gould parece liberar la musica, casi como si fuera un pianista de Jazz. La diferencia es que no improvisaba, claro, pero dejaba que la musica fluyera,con las notas precisas, pero con su propio ritmo, con su propio vuelo, como si volara como humo de cigarrillo hacia el techo de la sala, ligera, grácil, feliz.

En ese Norte intimista, solitario, alejado del “ruido” de la humano, supongo que es donde la musica y el podian escucharse, comprenderse, fundirse sin interferencias.

Supongo que si fuera un melomano ortodoxo, le odiaria. Pero como sólo soy un ser humano al que le gusta la musica, Gould ha conseguido que su autenticidad, su genuina y arrolladora sinceridad, comunicara conmigo, y con él la música que ¿interpretaba? o ¿dejaba fluir? o ¿liberaba? o simplemente, surgía.

Un abrazo y ánimo. Estamos deseando que nos sorprendas de nuevo y nos hagas avanzar, en esta inhóspita tierra nuestra para todas estas cosas, en el camino de la sensibilidad, del reconocimiento interno, de ese camino de sentimientos que es la música.”

La carta me ha calado hondo.

Crónica (y IV)

Tengo que reconocer que la última de las conferencias del ciclo Gould ha sido algo peculiar: sólo he hablado durante 10 minutos. Lo he advertido nada más comenzar: “hoy voy a hablar muy poco, apenas 10 minutos; el resto lo dirá él”. Y la razón que ha motivado esa brevedad en mi exposición se ha debido a la proximidad al corazón del Norte, final de nuestro trayecto. Cuando alcanzas la frontera del Norte ocurren cosas extrañas. No es que no puedas entrar, es que no puedes decir. “La Idea del Norte” es un espacio mental, una atmósfera emocional. No hay palabras, o quizá sobran.

He empleado el tiempo en proyectar íntegramente el vídeo que Gould se hizo grabar en el estudio de grabación interpretando su última versión de las “Variaciones Goldberg”, en 1981. No es la misma que apareció, poco después, en disco. El fundido en negro tras la última pulsación ha producido una reacción inesperada en el primer grupo: alguien ha sentido la necesidad de pedir un aplauso y ese desahogo colectivo que rompía un silencio absoluto mantenido durante toda la proyección ha desencadenado una serie de comentarios espontáneos, entusiastas, emotivos y sumamente interesantes. “Yo he sentido su dolor”, ha dicho una voz sorprendida de sí misma, como si hubiera sido presa de una revelación; “a mí me ha despertado ternura”, ha añadido otra voz más pudorosa. Hay quien ha observado que la música no estaba fuera, esperando ser atrapada con las manos y fijada en el teclado, sino que salía de dentro. Pero el conjunto ha percibido la comunión entre el hombre y su instrumento, la “verdad” que se ha materializado en el éxtasis de la interpretación, llamémosle “verdad” a eso que nos embelesa y nos hace sentir que lo que ves nace del fondo del corazón de ese ser a quien, finalmente, hemos encontrado.

La reacción del segundo grupo ha sido igualmente intensa, pero se ha materializado de manera muy distinta. Yo sé por experiencia que cada grupo tiene su propia tonalidad; yo mismo marco un compás distinto ante un grupo u otro, una vez que he podido adivinarles el tono, cosa a la que empleo unos minutos el primer día mientras pronuncio las palabras de bienvenida y el diapasón de dentro trabaja. En el segundo grupo el fundido en negro tras el final del Aria se ha prolongado en el aire de la sala, en la que nadie se ha movido y donde se ha mantenido un silencio sobrecogido como si todavía permaneciéramos allí, imposibilitados de volver.

Ya ha terminado todo. Yo no sé si a lo largo de estos tres días he hecho un buen trabajo; pero sí sé que he hecho bien en muchas personas, porque lo he visto y lo he sentido, y eso es motivo más que suficiente para recompensar, con creces, este esfuerzo tan grande en el que he puesto el alma, en el que tengo la impresión de haber perdido algo y haber recuperado otras cosas de mí mismo, y que quedará para siempre en el recuerdo de los momentos inolvidables.

Ahora toca regresar.

Crónica (II)

Hoy me he levantado con el cuerpo dolorido, como si me hubieran dado una paliza, pero con la mente despejada. Nos espera la segunda etapa del viaje. He recibido un correo electrónico en el que alguien me dice que si Gould llevaba a todas partes su silla yo hago lo mismo con la lamparita. Es verdad. Quizá pueda parecer algo grotesca, así de primeras, esa necesidad mía de dirigirme a los demás en una sala en penumbra, con una lamparita de luz cálida a mi lado. Me horroriza la luz blanca. Soy una persona que le da mucha importancia a las atmósferas y necesito recrear una muy concreta para contar historias que de color y calor.

Ayer tenía miedo a cómo reaccionaría el público al presentarles a Gould. La misma sensación que cuando vas a presentar a alguien que ha venido de visita y avisas de antemano a los amigos que es un poquito especial antes de que asome por la puerta. Por eso aposté por crear un ambiente distendido en el que primara el humor para hacerlo más fácil. Como ya nos conocemos, hoy vamos a adentrarnos en un nuevo territorio: el de las emociones. En realidad ya surgieron ayer, por eso me sorprendió tanto.

Tengo todo preparado para salir. Tengo la costumbre (vale, la manía) de llegar una hora antes y dedicarme al delicioso ritual de ponerlo todo a punto. No me refiero al material que necesito para trabajar sino también a que me gusta pasearme por la sala vacía, alinerar correctamente las butacas, sentarme un rato aquí, allá, asistiendo por un momento a cómo se ve la historia al otro lado. Me encanta ese momento, la espera, y me encanta mimar, también de esa manera, a los que van a venir después. Luego empezarán a llegar los primeros madrugadores y les daré la bienvenida. Me gusta verles llegar. Después desaparezco discretamente en un descuido y voy a por mi chocolatina, sólo son un par de minutos. Hoy llueve. Se respirará bonito.

Crónica (I)

Si echas un vistazo a la lista de viajeros que esta tarde han iniciado la incursión al Norte, encontrarás el nombre de Olga. Cuando se han encendido las luces de la sala de conferencias, la he visto pasar con lágrimas en los ojos y una sonrisa amplia en el rostro, que es un tipo de llanto que a mí siempre me ha impresionado muchísimo porque nunca sabes si llora la sonrisa o sonríe el llanto. Al percatarse de que la miraba me ha dicho que no pasaba nada, pero es que era inevitable quererlo y al decir eso ha señalado a la pantalla donde todavía permanecía la imagen estática de Gould embelesado inclinado sobre el teclado del piano. Ha sido la reacción más destacada de una primera jornada de viaje que ha dejado en el ánimo de los exploradores sensaciones positivas, por lo que he podido percibir.

¿Qué imagen quedará de Gould en ellos? Me lo preguntaba mientras contemplaba sus rostros a la vez que les hablaba. Surgían sonrisas, y de las sonrisas las risas; risas amables, de esas que te dicen que todo va bien, que adelante. También ha habido momentos para el silencio atento y la mirada absorta en las evoluciones de las manos del pianista en la pantalla. Ha sido un primer contacto, una presentación. Yo he sentido el calambre de la emoción. No se me escapa que al pretender hablar del intérprete yo mismo le estoy interpretando; muestro a Gould tal y como lo veo y lo siento y me pregunto cómo interpretaran ellos, a su vez, la imagen que yo les deje como recuerdo de esta experiencia que acaba de emprender el camino.

Ahora toca descanso. Todavía no saben, no se lo esperan, que mañana Gould renunciará.

Norte

Ha llegado el día. Dentro de un par de horas daré comienzo al ciclo de conferencias sobre Glenn Gould que lleva el título de “La Idea del Norte” y que se prolongará hasta el miércoles en sesiones dobles porque han salido dos grupos: uno a las 19:00 y otro a las 20:30. Me toca hacer de guía en esta incursión al Norte que no sé muy bien qué va a depararnos. Confieso que esa incertidumbre me resulta sumamente estimulante. Haré de explorador sentado ante una mesa con la lamparita al lado y el portátil al otro, la sala en penumbra y Gould esperando en la pantalla.

Esta mañana, probando los equipos, ha ocurrido una cosa curiosa. Me he sentado en una de las butacas de la sala de conferencias vacía y Gould ha aparecido en una filmación en blanco y negro de 1959. Se removía inquieto en su esperpéntica silla de apenas 32 cm de altura y ha vuelto su mirada para preguntarme si el ruído de la madera resultaba molesto. Esa filmación la he visto decenas de veces pero de pronto me ha sorprendido comprobar que quien me hablaba era un extraño al que yo no conocía de nada. Me he acercado al portátil inquieto y he vuelto a poner la grabación y esta vez, al hablarme, he encontrado a la figura familiar que esperaba ver y he sentido una confortable sensación de alivio.

A decir verdad, no es la primera vez que me ocurre. Gould es resbaladizo y hace siempre lo posible por mantener las distancias y esconderse, lo sé bien. Así que he tomado la determinación de hacer lo mismo con él esta tarde. No va a saber por dónde le voy a salir al encuentro, a pesar de que el mapa del guión ha sido trazado concienzudamente estos últimos días para evitar extravíos en la ruta. Cualquiera puede pensar que eso es una tontería, que no sirve de nada. Pero yo ya me entiendo.

Travesía

Glenn Gould

Dice Mari que debo estar preparando algo gordo porque me he dejado barba de 3 días y, por lo visto, ha observado que eso sucede cuando estoy muy enfrascado en algo importante. Sigo con Gould. Me encuentro en el espacio que separa estas dos imágenes en el que cabe toda una vida y desde donde observo la evolución que convierte al chaval impetuoso de la derecha en el hombre sereno de la izquierda. Mientras voy atando cabos, ambos tocan lo mismo, pero lo que suena es diferente. Es el precio a pagar por hacer la travesía al Norte.

A veces me sorprende la rapidez con la que fluye el trabajo y otras me atasco. Unas veces escribo con una regocijante sensación de satisfacción que se desvanece cuando releo lo escrito. Anoto, corrijo, suprimo y despejo espacio para nuevas ideas que surjen súbitamente. Ya no recuerdo cuándo conseguí salir de la foto de la derecha. Hoy me he enfadado una vez con él y dos conmigo mismo pero a media tarde hemos alcanzado un acuerdo que espero mantener un tiempo razonable que me permita, al menos, ir acercándome a las puertas de la foto de la izquierda y empezar a respirar tranquilo. Ya falta menos. Sigo encontrando sorpresas, detalles en los que no había reparado. Mari ha reparado que algo debo tener entre manos cuando llevo tres días sin afeitarme. Le he dicho que a ver mañana.

Gould

Glenn GouldTrabajar en algo que te apasiona, por laborioso que sea el trabajo, es un privilegio que no dejo de valorar. La semana próxima sale a la luz, al fin, un proyecto largamente acariciado: un ciclo de conferencias sobre Glenn Gould. Llevaba tiempo con la mirada puesta en un ciclo que tuviera al intérprete como protagonista. Los cursos de divulgación musical suelen olvidar ese eslabón fundamental en la cadena de comunicación entre la obra musical y el oyente. Un cuadro, una película, no necesitan intermediarios; la música sí. Plantear una pregunta como ¿qué parte de sí mismo pone el intérprete en la obra que reproduce? me ha parecido desde siempre sumamente estimulante para poner al oyente en predisposición de descubrir este mundo fascinante en el que reparamos tan poco.

Hay otra razón para hacerlo ahora y hacerlo con Gould. En realidad, dos razones: la primera es que se conmemora el cincuentenario de la grabación de la primera versión de las Goldberg y los aniversarios, siempre lo digo, son excusas estupendas para traer a colación asuntos que nos apasionan. La segunda es que Gould es el tipo perfecto para ejemplificar un proyecto de este tipo porque Gould representa lo mejor y lo peor, es un personaje excesivo y torrencial. Y contar con un material tan enfático es bueno desde el punto de vista pedagógico.

Como el formato es novedoso y, lo reconozco, atrevido, que ésto no es Madrid sino una pequeña ciudad de provincias, el ciclo Gould es el primer proyecto de producción propia que Aula Clásica asume en solitario; vamos, que no contamos con el apoyo de nadie. Otro reto a afrontar: ¿se animará alguién a adentrarse en la aventura?

Estoy del todo inmerso con Gould y hay algo que me desasosiega: demasiado para elegir, para seleccionar, aunque tengo muy claro en la cabeza de dónde parto y el punto exacto al que quiero llegar. Acabo de visionar su grabación de una Gallarda de Byrd con la cámara fija en la vertical del teclado, y de esa excentricidad de un par de minutos sale una lección de contrapunto que los dedos de Gould delinean exquisitamente. Antes he escuchado el fragmento de audio de lo que aconteció en el Carnegie Hall de New York el 6 de Abril del 62 cuando Bernstein, antes de comenzar a dirigir el Concierto en re de Brahms, se vuelve inesperadamente al público y lanza un discurso advirtiendo de lo que se avecina, que no está del todo de acuerdo con lo que el señor Gould va a hacer pero que si no ha sido cancelado es porque, en el fondo, cree en las ideas de este “pensador del piano”, así lo denomina, y se confiesa fascinado. Después, ante la sorpresa y las risas del auditorio, Bernstein se pregunta encogiéndose de hombros “¿pero aquí quién es el jefe, el pianista o el director de orquesta?”.

En conclusión, que tengo todo el archivo Gould sobre la mesa y por el suelo: montones de carpetas, apuntes, cd´s, fotografías, vídeos, libros, papeles… Y todo lo reflexionado durante años, lo vivido con deleite, lo soportado con indignación, que a mí Gould me cae simpático hasta cuando se pone insoportable. Me encuentro estresado y pasándomelo en grande; divirtiéndome y algo asustado. Así es entrar en Gould. Pero la oportunidad ha llegado: 14, 15 y 16 de Noviembre. Tengo que encerrarme para dar forma al puzzle, no queda mucho tiempo, así que en este blog que tanto debe al espíritu gouldiano no sé qué va a pasar los próximos días; una de tres: o lo desatiendo (sería la primera vez que dejo pasar varios días sin escribir), o escribo con frecuencia sobre Gould de manera paralela a lo que vaya saliendo en el trabajo en el que estoy inmerso, por lo cual pido (más) paciencia a mis lectores o, quién sabe, lo mismo no pasa nada y mañana salgo con un post cualquiera, como si de unos días normales se tratara. A saber. De momento, vuelvo al trabajo.

Imagen sonora

Existe una filmación casera de Glenn Gould en la que la cámara recoge un interesante y misterioso fenómeno. El pianista se sienta al piano y empezar a tocar el tema del pasaje fugado del primer movimiento de la Partita 2 de Bach cuando algo ocurre y obliga a Gould a detenerse súbitamente. Vemos un gesto de contrariedad en el rostro del pianista que, sin pausa, vuelve a comenzar desde el principio. Entonces ocurre lo mismo, más o menos en el mismo lugar, y Gould se impacienta, oímos una exclamación de fastidio y la mano libre efectúa en el aire un rápido movimiento lateral, como quien quiere borrar lo ocurrido y empezar de nuevo. Pero nada cambia.

Entonces Gould se levanta contrariado y se dirige hacia la ventana que está situada detrás de él. La música ha cesado en el piano pero no en sus labios. El característico canturreo de Gould registra una frenética actividad al compás del chasquido de los dedos de su mano, que se agita nerviosa mientras los ojos miran sin mirar a través de la ventana. De pronto vemos una luz en el rostro de Gould, como quien acaba de recordar algo que tenía atascado en la punta de la lengua. Rápidamente vuelve a sentarse al piano y comienza a tocar las mismas notas del comienzo de la fuga. Y esta vez todo fluye con normalidad.

Lo más chocante de la escena, lo que deja perplejo al espectador, es que en ningún momento se ha producido una nota falsa o un error que justificara los sucesivos parones y el evidente gesto de contrariedad del pianista. ¿Qué ha pasado entonces? Lo que ha pasado es que Gould no había conseguido enfocar la imagen sonora de la música sobre el teclado.

Hay músicos que mantienen con el sonido una estrecha relación táctil. En el piano, se me ocurren los nombres de Gould, Baremboim y Brendel, por ejemplo. Hacen del acto mecánico de pulsar fundamento de una honda experiencia estética. Al contacto físico con el instrumento establecen una relación de comunicación profunda con el sonido matizada por el tacto. Pero a veces ocurre que la imagen sonora requerida no se forma nítida en la retina táctil, sin que ello quiera decir que se den notas falsas, barro sonoro. Se trata de encontrar un punto armonioso en el que el complejo juego de respuestas del instrumento a los impulsos sensoriales de la pulsación iluminen en algún lugar del cerebro la conformidad requerida para que todo fluya en la certeza de que “así tiene que ser”. Lo curioso es que, una vez en ello, la aparición de unas notas falsas no nos hará detenernos y volver a empezar; mucho menos levantarnos a mirar por una ventana la solución a un error que entonces nada importa. En música, la armonía es otra cosa.