Nocturno 3 February, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Música , 4 comentariosLas manos tienen memoria. El tacto tiene memoria. Se olvida con demasiada frecuencia que tocar un piano no es una cuestión de, primero, saber el nombre de las notas para, después, buscarlas en el mapa del teclado, aprendiendo a caminar sobre él. Afortunadamente, cosas como la que suena cada vez que hacemos clic en lo que viene abajo nos recuerdan que hay algo más, cómo no va a haber algo más. El nombre de las notas, la habilidad de reconocerlas sin errar la puntería en las teclas, es el medio. El otro medio, el que da la hora en la diana de los compases, lo da la memoria de las manos: la memoria de toda una existencia anónima, sin rostro; ni siquiera sabemos si estas manos tienen dedos largos o pequeños, finos o gruesos, si son de hombre o de mujer. Acertamos a sentir que el piano las acoge con deleite, como si se convirtiera en una prolongación de esos diez dedos, depositario de su memoria a través de tacto. Pulsan los dedos, resbalan indolentes las manos; no hay tensión en lo que aquí se pulsa. Cuántos rostros acariciados, cuántas cartas escritas con la ortografía de lo sentido, cuántos pellizcos en los carrillos y cuántas lágrimas se necesita recoger para que el rigor del compás se disuelva en la calma del ritmo elegantemente elástico y para que la música brote con la sencilla naturalidad del verso secreto revelado y dicho con acierto. La memoria de las manos recuerda una palabra escrita en blanco y negro de teclas suaves: emoción.
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Suavidad 8 January, 2012
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Sonó, suena, “Maria Mater”, el cd del coro femenino “Vocalia Taldea” que me traje de Bilbao. No había podido hacerme antes con él -se estrenó a mediados de 2010- pero me acordaba. Todos los conjuntos vocales que dirige Basilio Astulez me interesan, eso el blog lo sabe y así lo recoge el archivo de los meses. ¿Qué es Maria Mater? Es un conjunto de composiciones marianas de diversas épocas y estilos, algunas expresamente escritas para Vocalia. Otra pregunta: ¿Por qué este trabajo resulta atractivo pero no termina de conmover? La respuesta no es fácil porque quizá no sea una y se bifurque en plurales. Pongo, además, en cuestión la pregunta misma. Pero al oyente que escribe estas líneas es lo que le produce: no le conmueve, gustándole. Escuchar con agrado algo que gusta no garantiza llegar a conmoverse. Hay una línea en algún punto, muy sutil, pero que una vez cruzada produce una punzada por dentro. Ese pellizco, ese escozor, es la manifestación de la emoción conmovida. Aquí no alcanzo a escalar ese punto y me pregunto las razones. Vaya, parece que este post va de preguntas, sigamos entonces con ellas: ¿Puede influir la elección del repertorio? Pues yo creo que sí. Es curioso esto de los repertorios porque funcionan a la manera de ingredientes que coinciden en un momento dado en la coctelera de un programa de concierto o en la centrifugadora del disco compacto. Y el resultado produce una química, una chispa, o no, son muchas las cosas que pueden pasar aun la competente defensa del conjunto que las interpreta.
Abro un pequeño paréntesis antes de seguir el hilo de esta última reflexión para hacer otra pregunta que me parece interesante: ¿Puede la competencia técnica llegar a enmascarar la emoción? Es decir, ¿puede lo bien hecho llegar a suplir la emoción y que nuestro oído no llegue a reparar en ello? Reflexiono sobre ello y vuelvo al repertorio, que es donde me había quedado.
La primera vez que escuché este disco esperé con ganas la pista dedicada al Ave Maria de Kentaro Sato, el compositor japonés. Kentaro Sato me suscita mucha atención, me despierta el interés y casi siempre lo satisface notablemente. Cuando los japoneses occidentalizan en sus incursiones estéticas corren el peligro (más bien lo corremos nosotros) de caer en lo kitsch, en lo facilón. Me comentaba Ferre, veterano lector de este blog, que siendo con mucha frecuencia así también es cierto que ponen un cuidado especial en lo que hacen. Asiento y estoy plenamente de acuerdo con esa observación. La memoria nos trae como ejemplo el impecable Kyrie de la Missa Pro Pace del propio Kentaro Sato, en mi opinión su obra maestra, redonda, porque no solo conmueve (conmueve por sí misma, nos conmovería solo con deslizar los ojos por la polifonía escrita en el papel pautado) sino que hace un trabajo de contrapuntista sin trampa (tan frecuente eso, la trampa) y con un oficio y un arte digno de maestro de una escuela de otros tiempos por la calidad asombrosa y el fácil fluir de las notas.
El motete que escuchamos en esta grabación tiene destellos de ese oficio y de esa inspiración y sin que sea su intención pero beneficiándose de ello, trae la sorpresa del disco. La sorpresa es, una vez más, Maider Bilbao, la pianista acompañante de algunas de estas piezas. Maider Bilbao es una pianista con ángel, tiene un toque que recuerda las palabras que Saramago escribiera sobre la supuesta interpretación al teclado de Domenico Scarlatti en un párrafo del Memorial del Convento: blanda y suave música. Qué bonita forma de describir un toque, el acto mecánico de tocar, y cuántas son las resonancias del término: blando. Pero además de eso, Maider Bilbao posee una inteligencia musical excepcional que la convierte en representante de uno de los infrecuentes casos en los que un pianista acompañante no sólo acompaña, sino que “ve”. Y, al hacerlo, ilumina lo que se canta.
Pongamos atención a la “blanda y suave” música del piano que emerge aproximadamente a los 30 segundos de haber comenzado este clip de audio, clip que me permito incluir, de paso, como muestra publicitaria de un trabajo que merece la pena tener en casa.
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Retornos 7 November, 2011
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Llovía y llueve. Crepitaba el agua bajo la cúpula de los paraguas, brillaba el pavimento de las aceras y los coches se deslizaban por el asfalto, salpicando. Una campana repicaba en la parte antigua de esta ciudad esta mañana y yo caminaba por el pasillo de un claustro siguiendo a una funcionaria joven, atenta, con muchas llaves y un par de juegos de cables de esto de la electrónica en las manos. Sonaban sus pasos multiplicados. He bajado la cabeza para mirar mis pies y he visto que mis pisadas no dejaban sombra impresa en el silencio en forma de eco. Espere aquí en la puerta porque las luces del salón de actos las tengo que dar desde la parte trasera, ha dicho la chica. Yo he respondido un vale, un sí, un de acuerdo, no me acuerdo; lo que recuerdo es que me ha sorprendido que me hiciera esperar de usted y no con un tuteo. Creo que ya soy mayor, a ver cuándo hago tanatorio a mi infancia, por cierto. Después recuerdo que me he visto dentro del salón oscuro, haciendo como si no supiera, escenificando una espera hasta que se hiciera la luz de un cuadro de mandos que yo accioné tantas veces en el pasado, antes incluso de que esta chica naciese, porque en ese mismo salón toqué el piano en público por primera vez y años después, por última. Cuántas horas sobre esas teclas, cuántos nervios, gratificaciones, temores, ilusiones, emociones, conversaciones con ese piano Pleyel, extraño instrumento, para que, cediendo un poco los dos, saliéramos airosos del paso, ese mismo piano de cola Pleyel cuya silueta veo sobre el escenario, más negra que la propia oscuridad que me rodea, antes de que el sonido (clas) de unos interruptores (clas, clas) ahogaran las tinieblas dando forma a lo familiar.
Qué hacía yo allí. Probar los equipos. Esta tarde conferencio allí, pongo mis manos en otras teclas, las de un ordenador portátil, en el mismo escenario donde puse las mismas manos en otras, blancas y negras, más blancas que negras, cuando las manos no se habían roto. Es una sensación especial. Ni buena ni mala ni extraña, adjetivos que se suelen asociar a las sensaciones, como pertinaz se asocia a la sequía, o intermitente a los chubascos, según suele asociar el hombre del tiempo en la tele. El de ahora no es chubasco ni es intermitente; el de ahora, que estoy viendo caer al otro lado de la ventana mientras tecleo este post es continuo, no muy fuerte, caería silenciosamente si no lo delatara el susurro que producen las ruedas de los coches que pasan de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Esta tarde me asocio a Brahms y a su Requiem Alemán. Hablo de Brahms, salgo a su encuentro, intento reconocerlo en la huella dactilar que deja en el pentagrama y compruebo entonces que el Requiem Alemán es suyo, que es una forma, la anterior, de decir que hablaré de su estilo y que, posteriormente, lo encontraremos plasmado en el primer movimiento de esta obra conmovedora e inteligente, mira tú que asociación más curiosa: conmovedora e inteligente.
Eso será luego.
Procedía a conectar mi ordenador portátil al equipo de la sala, esta mañana, y pensaba que igual soy un poco raro porque preparo las cosas con minuciosidad y gran esfuerzo precisamente para que no se note, para que quien escuche lo haga sin miedo, se deje llevar. Me pregunto a veces si tanto esfuerzo -no se imagina la gente cuánto- vale la pena y me contesto que sí, pero me da que ahora se lleva emplearse menos en las cosas, o igual es que lo que no se lleva es zambullirse en el Requiem Alemán de Brahms. Pues para eso estamos, no?. Perdone, ahora vuelvo, voy a dejar aviso de que esta tarde… Puntos suspensivos. Eso ha dicho la chica mientras abandonaba el escenario y desaparecía de la sala momentáneamente en un fundido de palabras y pasos. Comprobado que todo estaba en orden (esas cosas las confirma el ordenador enseguida si las cosas vienen bien dadas, pero no hay que fiarse y es pertinente la visita previa) me he acercado al piano Pleyel y lo he hecho como quien se acerca a alguien después de veinte años, con esa aprensión a que no te reconozcan, con el “me recuerda?” en los labios.
Me he sentado frente a ese teclado que siempre me pareció inmenso y pesado, quizá porque mis manos eran quinceañeras y de goma la primera vez que hubo contacto, Mozart, Sonata en si bemol, cuál de ellas, la primera en si bemol, ah, vale, es que tiene varias en si bemol, pues ya le digo que la primera, gracias, de nada, hombre, y me he puesto a tocar a Haydn. Y entonces ha ocurrido que Haydn se despegaba de los dedos como con alivio, como con facilidad, como quien se desliza con alborozo por un tobogán a la piscina un día de verano. Tantos años tocando en un piano digital, un piano ortopédico, han dado como resultado que la pulsación se convierta en un non legato que el Pleyel ha acogido con aprobación, creo yo. Pero lo mejor ha sido la dulzura con la que el instrumento respondía al movimiento muscular que hacía que cada dedo accionara esta tecla y esta otra. Un sonido analógico, lleno de armónicos, aterciopelado, definido, lleno e íntimo. No sé si las manos tocaban tan sueltas porque el piano así lo quería o si el piano sonaba decentemente porque las manos se olvidaban de que hace tiempo dejaron de serlo.
Ha vuelto la chica y sonreía y yo he dejado de tocar, a mi pesar, sí, pero estaba ahí a lo que estaba, y he vuelto a ese otro teclado de comandos, alfabeto y números para hacer pruebas de pantalla. Conozco esta sala, he dicho como en confidencia. Ah, sí?. Sí, aunque toqué por última vez aquí hace veinte años. La chica no ha dicho nada aunque ha sonreído con sonrisa incómoda, como si yo hubiera dicho algo inconveniente, no sé. Hemos decidido, por lo visto de mutuo acuerdo, mover ambos unos cables con movimientos que no servían para nada y seguir atendiendo las cuestiones técnicas que faltaban por atender, pocas, cosa de unos acordes, que si este cable lo pasaremos por allí, que si cuál de los micrófonos prefiere utilizar, que si hable un poco, por favor, uno, dos, sí, sí?. Y ya. Llovía cuando he salido de ese salón al claustro del edificio, un antiguo convento, me he visto en un cartel; al menos, me he visto en forma de nombre, informando a quien quisiera dónde me encontraré esta tarde y a qué hora. A mí esta tarde me gustaría tocar a Haydn a la hora del terciopelo pero como soy obediente, haré lo que pone en el cartel. Además, lo he trabajado con mucha dedicación. Quién sabe si hasta con dedicatoria.
Invitación 7 February, 2011
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Plegaria 31 December, 2010
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“O Salutaris Hostia”, Eriks Esenvalds.
The University of Utah Singers.
Navidad 25 December, 2010
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Armonización para voces blancas de un villancico tradicional asturiano. Trabajo realizado en 2007.
Fragmento interpretado por Coral Barañáin.
Paz 10 December, 2010
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Esta música apareció por casualidad y, de pronto, el corazón se encogió y se hizo grande, las dos cosas al mismo tiempo; y llegó algo parecido a un consuelo sin contornos ni sombras, un bálsamo. Y las lágrimas. También.
Lennon 8 December, 2010
Escrito por emejota en : Música , Añade un comentarioImagine, 8 de Diciembre de 1980.
Ciaccona 24 November, 2010
Escrito por emejota en : Música , 9 comentariosA Martín

La Ciaccona, con su circularidad infinita asentada sobre los cimientos de una cadencia elemental cerrada sobre sí misma, ejerció sobre los danzantes y los oyentes del Renacimiento y del Barroco el mismo influjo hipnótico, irresistiblemente placentero, como de colocón místico, que los giros igualmente infinitos que los derviches giróvagos hacían sobre sí mismos, como peonzas humanas, elevando las faldas de su túnica al compás de su trance. La Ciaccona es un pegamento/pegadizo: une el final de la cadencia con su principio, y su reiteración genera en el oyente una atención magnética in crescendo hacia las elevadas regiones donde estalla un climax. Y así, y otra vez y otra vez y otra vez y…
Santa Cecilia 22 November, 2010
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Música de La Idea del Norte.
Podría ser una nana breve, un verso de Victoria, un invierno, una lágrima de nieve, algo para escuchar en silencio y dentro de un paréntesis. Podría y puede ser lo que cada cual quiera. Nada más.
Contracorriente 16 November, 2010
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Acepté el encargo de poner música al documental “Pilar Sarasola, viuda de Luque: una mujer contracorriente”, con cierto escepticismo, como trabajo alimenticio, y terminé enganchado a la historia de esta mujer valiente donde las haya, y de los testimonios de los allegados supervivientes que ahí estaban, frente a la cámara de Juanjo Martínez, todos ellos tocados por el ángel, que diría Lorca. El documental se proyecta la semana próxima en la sede cordobesa de la Filmoteca de Andalucía y moverá emociones. Pilar Sarasola fue una señora de mucha categoría, como dirían los señores de barba blanca y aire culto o bohemio o las dos cosas, como el que aparece diciéndolo en un momento del metraje. Nacida en Huesca, pero con los recuerdos de la infancia grabados en Gijón, la llamada al corazón de Rogelio Luque la llevaría a Córdoba donde empezó y acabó todo con una librería mítica, la Librería Luque, de la calle Gondomar, como testigo del paso efervescente de la intelectualidad de la república y más tarde de la pira de libros y de la desaparición de quienes habían puesto ojos y corazón en sus páginas nada más comenzar la Guerra Civil.
A Rogelio Luque se lo llevaron una noche porque a alguien se le metió en la sesera que esos libros que aparecían en el escaparate, de Ortega, de Unamuno, novelas habría también, claro, pues eran sospechosas de lo peor y cuando esta mujer corrió al cuartelillo para llevar algo le contestaron que no hacía falta: “no va a comer más”. 39 años él, 31 ella. Pero esta mujer, lejos de amilanarse, lloró todo lo que tenía que llorar por su marido, los amigos queridos, los tiempos felices, y se dispuso a abrir su librería haciendo de ese acto diario rito y del lugar, santuario, a pesar del riesgo y las zancadillas.
Mirar las fotos y el celuloide rancio donde se ven los tiempos felices y los tiempos del horror; escuchar los testimonios, tan bien hablados en los timbres y tan apasionantes en la exposición y, sobre todo, recrear la presencia de esta Pilar en la voz en off de la actriz Cecilia Solaguren crea un caldo de cultivo donde algo, seguro, tiene que surgir, no sé si bueno pero malo, desde luego, no. Esas cosas las sabe de antemano el corazón. Y aunque la experiencia ha sido agotadora, estoy muy contento con el resultado. Un trabajo así es extenuante primero porque siempre te van a meter prisas a no ser que trabajes en algo que se llame “Pilar Sarasola, viuda de Luque: una mujer contracorriente” donde ya no hay prisas: hay urgencias. Segundo porque componer no es como escribir (sin demérito para lo segundo pero es que si no te vienen las notas y los acordes que las acompañan y los ritmos y… pues no te vienen); además, luego hay que sincronizar con la imagen, estudiarse la interpretación y grabarla, y vuelta a empezar con lo siguiente. Y valorar cada fragmento en la unidad y en su papel en el todo. Y el reloj haciendo tic tac, tic tac. Imagínese.
La estrategia de trabajo partió de la idea de lo que yo llamé, en mis soliloquios frente al pentagrama en blanco, “música en blanco y negro”. Qué quise decir con eso y qué quiero decir con eso, ni idea, pero así me salió el nombre y la mano se fue al lápiz. De ahí surgió un motivo musical simple: un arpegio ascendente. Y del mismo motivo dibuje tres diseños con tres colores armónicos distintos. Esos fueron los pilares de esta Pilar puesta en música:
El primero serviría para abrir (y sirvió):
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Este tendría un carácter episódico:
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Y este aguardaría por si las cosas precisaban ponernos serios:
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Estos tres pilares sostenían y cohesionaban, con sus ocasionales reapariciones, un total de 15 segmentos musicales, “tracks” los llamaríamos si habláramos en color y no en blanco y negro, cada uno respondiendo a las exigencias del guión. Entre el piano y la voz de Cecilia Solaguren hubo química, y eso ayudó mucho. Lo mismo con la de Paco Cerezo, pedazo de voz, y todavía alguna que otra más de los varios testimonios que pasaban por cámara en cuerpo presente a lo largo de los 45 minutos de metraje vistos 45 veces porque este trabajo es así.
Hoy, con la resaca del maratón viernes-madrugada del lunes en el cuerpo (y sobre todo en la mente), me siento muy contento de haber participado en este proyecto y mantengo, porque me lo dice un pálpito, que lo que ha hecho Juanjo Martínez tiene ángel, porque ha sabido combinar muy bien el don que muestran y demuestran quienes narran, caleidoscópicamente, la apasionante historia de esta mujer que nunca dejó que sus hijos la vieran venirse abajo y que luchó con la elegancia y sin despeinarse desde la trinchera de su librería.
Rescate 19 September, 2010
Escrito por emejota en : Música , 6 comentariosAbre un paréntesis, métete dentro y escucha:
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Es un fragmento maravillosos del caleidoscopio que forman los “Estudios Sinfónicos” de Robert Schumann, obra conceptualmente tan original como brillante y estimulante.
Lo más conmovedor de esta música es que, si se convirtió en banda sonora de este verano, en el jardín apartado y silente de aquel hotel mediterráneo, contemplando los destellos del sol del atardecer chispeando en el agua de la piscina, es porque se trata de una página de música que fue recuperada tras haber sido arrancada por su autor años después de haber sido compuesta; es decir, que es un poema musical que en una evaluación posterior no pasó el examen, al criba, el mínimo, a saber qué es lo que no pasó y lo que pasó para que la mente turbulenta de Schumann, la misma que en su momento la concibió poniendo en ella todo lo que de Schumann puede haber en una obra de Schumann, a saber, ese ritmo que pretende engañar al compás y sobrepasar la barra divisoria, con su síncopa anudada infinitamente en el bajo, la brevedad de su melancolía aunque suficiente para decirse, narrarse en esa lluvia de notas que se diría que comienza empezada, te empapa y aún te conduce hacia un climax que se escucha con el mismo placer que el que se obtiene pulsando las teclas y haciendo resbalar el pulgar, rubateando, entre cromatismos de tecla blanca y negra; la tormenta, en fin, retenida aquí en un instante plácido que un día sombrío, vaya por Dios, perdió el afecto y la consideración del poeta y que si podemos recrear es gracias al buen criterio de Johannes Brahms que preparó la edición de la obra completa para piano de Schumann a su muerte y comprendió, y quién no, que algo así no debía quedar a la sombra del olvido.
Qué misteriosa e inexpugnable la belleza de todo lo que las manos de Schumann encontraron a lo largo del teclado de un piano.
Corpus 3 June, 2010
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Empieza a sonar “El Corpus Christi en Sevilla”, tercera de las piezas de la “Suite Iberia” de Isaac Albéniz, y uno puede decir tanto “mira” como “escucha”. Si miras ves una solemne procesión que irá aproximándose, pasará dejando una imponente presencia sonora y se alejará en ecos que se pierden entre calles estrechas. Si escuchas, hay unos acordes que el pianista convierte en redobles solemnes y rítmicos de marcha y sobre ellos, a hombros, es conducida una melodía que causa una doble sorpresa: en primer lugar por su familiaridad inesperada y en segundo lugar porque “La Tarara”, que es lo que suena, de pronto, sin avisar, tiene un algo entre la inocencia y la melancolía que siempre me ha llamado la atención. Hay melodías populares que son un misterio delicioso:
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Esta procesión que transcurre entre las teclas blancas y negras del piano fascina por la inventiva y el afán exploratorio de Albéniz al mostrar esta melodía sencilla una y otra vez pero siempre a la luz de un reflejo distinto.
En el barullo armónico de la procesión se distingue el acento francés de las influencias recibidas en el París bullicioso de los Fauré, Debussy, d´Indy y Dukas, magos del sonido, pioneros en abrir nuevos senderos en los que el oído degusta exotismos de escalas nuevas, acordes que se liberan de los cauces hasta entonces marcados y contrapuntos que se deslizan con el atrevimiento de quien se aventura a explorar lo novedoso. Y junto a ello, mezclado con ello, la raíz romántica del nacionalismo musical, que escarba en en el folklore en busca de la esencia de lo propio, y del virtuosismo pianístico que nos remite a algunos de los éxtasis recogidos en las páginas lisztianas de los “Años de Peregrinaje”, con repicar de campanas en el mediodía blanco de la procesión brotando de las manos de acróbata del intérprete:
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Poeta 20 May, 2010
Escrito por emejota en : Música , 2 comentariosCuando el compositor Robert Schumann se trasladó a Dresde, en 1845, un amigo suyo le recibió con estas palabras: “qué buena noticia tenerle aquí; ahora podremos estar en silencio juntos”. Me encanta esa frase. Además, define muy bien la incapacidad de comunicación verbal de un hombre que, sin embargo, utilizó el lenguaje de la música como un lenguaje de signos mágico que le permitió hablar desde lo más profundo de sí mismo.
Se conmemora este año el bicentenario del nacimiento de Robert Schumann y no son de esperar grandes fastos. Hay compositores mediáticos y otros que no tanto. Schumann ya en vida perteneció a estos últimos, lo que no quiere decir, ni mucho menos, que su música y su talento fueran menores. Que Schumann reinara en un mundo poético propio, al margen del romanticismo oficial, dice mucho de su originalidad y es una suerte para nosotros. Puede que Franz Liszt afirmara de su concierto para piano que era un concierto sin piano o que su propia mujer, Clara Schumann, virtuosa concertista, le pidiera por carta “componer por una vez una obra fácil de entender, una obra coherente y completa, sin títulos especiales, ni demasiado larga ni demasiado corta”. No importa. Son juicios de quienes creen en el talento de alguien que está ensimismado y ajeno a los requerimientos oficiales de la época. A Schumann lo encontramos siempre en su mundo de poeta recreando en la nada blanca del papel pautado sus recorridos por el bosque encantado, su fiesta de Carnaval y las historias fantásticas que se cuentan a la luz de la luna y se escuchan con oídos sobrecogidos; obras todas ellas de una fascinante originalidad, repletas de sorpresas, de guiños secretos, de acordes delicadísimos, de melodías luminosas y de pasajes umbríos. Si esta música estuvo lejos de la moda de salón desde luego está cerca de los corazones que nunca podrán quedarse impasibles ante la belleza que nos dejó como regalo.
La música de Schumann es alucinante y alucinada. La enfermedad mental se cebó sobre él de una manera cruel y su bipolaridad esquizoide se materializa, a lo largo de su producción, a través de dos figuras, dos alter ego que surgen de su poblado imaginario para convertirse en retratos intermitentes de sí mismo: Eusebius, el poeta melancólico, soñador e introvertido, y Florestán, el espíritu atormentado, arrebatado e inquieto. Schumann late en ellos en una sístole y diástole perpetua y a través de ellos, “siendo” en ellos, nos deja el legado de una música maravillosa, toda ella hecha misterio y sueños, de la que el poeta Gerardo Diego, rendido ante ella, confesó: “yo, arrebatado de desesperanzas/ música tuya adentro sigo y sigo/ y no sé si mis dedos –ay- la rozan”.
Música 20 April, 2010
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Música , 3 comentariosEncima de la banqueta del piano han ido acumulándose, apilados en dos montones, libros de partituras y sin partituras, un paquete de folios, folios sin paquete, billetes viejos de tren que me llevaron de aquí para allá, el Cahiers de Rohmer, que pillé en una estación, unos cuantos sobres regalos para introducir dvd´s o libros de la última campaña de Navidad de la Fnac que sobraron, una edición rara de Alicia, cuadernos pautados de apuntes musicales, un algo sobre Leonardo, hojas sueltas de periódico de artículos que me llamaron la atención y ahora no sé cuáles eran, sobres con fotos de tamaño grande (se desecharon pero las conservo de recuerdo), la autobiografía de Errol Fynn (qué tío el Errol) y una lata de cd´s. Todo eso (y hasta una camiseta publicitaria en su bolsa de plástico!)
Lo anterior viene a demostrar que llevo mucho tiempo sin sentarme a tocar el piano, obviamente. Pero hoy he apartado uno de los montones porque tenía que preparar una clase para mañana y la clase gira alrededor de una obra de Bach para laúd, la Suite BWV 997, y no tengo laúd ni guitarra, y aunque tuviera no sabría tocarlas. Toco el piano. Ocurre con Bach una cosa curiosa: puedo escucharlo con solo leerlo porque lo que encuentro me resulta, desde chaval, un territorio sonoro familiar y porque mi pensamiento musical es lineal y sigue el trazado de su contrapunto y la síntesis vertical de su armonía sin problemas. Con Beethoven, sin embargo, me siento bastante sordo en ocasiones. No es un chiste fácil, es la pura verdad.
Pero lo más curioso de todo es que Beethoven, al que escucho de lejos en el papel, no suele llamarme al piano para dejar las cosas claras mientras que Bach, al que sí escucho sin necesidad de instrumento, me lleva a él como un imán. La explicación es que a Bach necesito sentirlo en el tacto para que la experiencia sonora tenga un extra placentero que se extiende por todo el cuerpo. Quizá por eso mi memoria no emborrona las obras de Bach, porque las ha registrado codificadas en lenguaje táctil y musical.
Por la experiencia, siempre tan atractiva y atrayente, y por la preparación de la clase, me he hecho sitio en la banqueta y me he puesto a tocar la Fuga de esta Suite que las manos deberían hacer vibrar en las cuerdas de un laúd. Lo que ha sucedido es, de nuevo, que nada más empezar a leer y transmitir la lectura a los dedos me he encontrado en un paraje sonoro familiar en el que, aunque hay cosas que te anuncian dónde irán a parar tras su feliz periplo resbalando y entrechocando entre retardos, disonancias y consonancias, otras se presentan como una estimulante novedad. Conmueve una y otra vez la meticulosidad de este hombre en el trazo de unas líneas cuya impecable perfección siempre, siempre, está al servicio de la emoción más profunda. He sido testigo de ello, una vez más.
Album 7 March, 2010
Escrito por emejota en : Album, Kantika, Música , 1 comentario
Creciendo.
Galáctico 29 January, 2010
Escrito por emejota en : Música , 4 comentarios
Hay una sala sinfónica grande y abarrotada de gente esperando a que salga Lang Lang, el pianista galáctico. Nadie sabe aún que cuando termine el concierto, Lang Lang dejará caer su pañuelo impregnado en sudor así, en vertical, suavemente, como quien deja caer una pelota a ver si rebota, a alguien sentado en la primera fila. El gesto es lisztiano total pero la ciencia adelanta que es una barbaridad y ahora, con el ADN que hay en ese pañuelo, se pueden fabricar muchos Lang Lang. Este chico no ve CSI, parece. En fin. Desde su debut en el Carnegie Hall hace cinco años hasta este momento han pasado muchas cosas, pero todas armonizan poco con cualquiera de las 88 teclas del piano. Lo dice el mismo programa de mano. Dentro hay una página a todo color en la que Lang Lang anuncia unas Adidas modelo exclusivo Lang Lang. Incluyen el precio. Hay otro anuncio donde Lang Lang promociona la bufanda Lang Lang y otro donde anuncia su autobiografía. Hay quien puede escribir una autobiografía sin escribirla (la escribe otro) y sin haber cumplido los 30 pero pocas personas tienen en su haber el hecho de que un padre te ponga a tocar el piano todo el santo día y que al errar un pasaje te ordene con 8 años que te suicides porque eres un fracaso. Lang Lang cuenta eso en una televisión con esa sonrisa suya que tan bien congenia con la cámara pero el que le mira siente una cosa extraña, un asco al padre de Lang Lang y una tristeza por ese Lang Lang que en la última semana ha hecho el gamberro en un programa de la tele pasándoselo bomba, ha tocado en Valencia, tuvo una intoxicación de pescado en Zaragoza que lo mantuvo en el baño un par de días, tocará en unos minutos en esta sala donde los abrigos de piel y la mezcla de perfumes recuerdan con espanto el pasillo de fumigadoras de la planta baja de El Corte Inglés y después se marchará a Madrid. Y todo por no haberse suicidado, desobedeciendo a su padre.
Faltan unos minutos para que Lang Lang salga al escenario y, para amenizar la espera, el programa de mano hace una insólita enumeración de logros en el apartado biográfico, a saber: es imagen de Sony Electronics, Audi, Versace (de Versace son los trajes que luce en los conciertos) y de la compañía financiera Aegon. Y cuando necesita viajar en avión privado vuela con un jet Bombardier. La marca Steinway ha creado cinco versiones del piano Lang Lang ™ Steinway, utilizando por primera vez en 150 años de historia el nombre de un artista para bautizar un piano. Y la bufanda, las Adidas y el reloj (hay un reloj).
Me pregunto si ese Haydn perfecto que sonó en el Carnegie Hall, maravillosamente coreografiado con el gesto, habrá sido el responsable de todo esto en tan poco tiempo o, al revés, si se habrá vuelto un spot también. Despejamos dudas porque Lang Lang sale al escenario. Es bajito, delgado, sonríe pero no tanto como lo hace en otros lugares, saluda educadamente con gesto lento, se ha cambiado el pelo, se sienta ante el Steinway y sin concentración previa se introduce en una sonata de Beethoven iniciando una rutina diaria en la que lo único que cambia es el escenario.
El recital transcurre y Lang Lang suena a Lang Lang: impecable en los dedos, irregular en la interpretación. Borda un pasaje con una madurez asombrosa y lo culmina con una incongruencia de estudiante de grado medio. Da la sensación de que bucea dentro de la música pero que de pronto sale a respirar y pierde la concentración o se distrae viendo el paisaje. A veces, la concentración, o el trance, alcanza movimientos enteros, como la maravilla que hace con el tiempo lento de la tercera sonata de Beethoven. Mérito especial porque este público se empeña en que suenen más sus toses que las teclas del Lang Lang (piano) que pulsa el Lang Lang (pianista). Una cosa es un ataque de tos irremediable pero otra es una tos como quien eructa en el cuarto de estar de su casa mientras ve Los Simpson. Así es este público, por muchas pieles que lleve encima. Sospecho que alguna tos será producida por una reacción alérgica a este zumo de perfumes dulzones que flota en el aire.
Lang Lang vuelve a sentarse para zambullirse en la Appassionata pero ya el arranque indica que Lang Lang no está ahí dentro, sino fuera, y que tiene prisa. Todo suena en su sitio, ahorrando fuerzas, eso sí, pero todo en su sitio. Y nada más. Luego llega la novedad: el artista que vino de Oriente aventurándose en la Iberia de Albéniz, y su Evocación, preciosa, es más preciosa cuando Lang Lang la hace sonar pero su Corpus en Sevilla suena a Imagen de Debussy sin ese condimento que yo no sabría definir pero sí detectar. Me pregunto cómo sería posible que las manos diminutas de una Alicia de Larrocha duendearan de esa forma y las manos imponentes y flexibles de este chaval que cuando se pone a impresionar con las paráfrasis de Liszt hace vibrar al mismísimo piano no se inmuten. La pregunta que me hago es retórica pero no deja de sorprender un poco.
Tocar Prokofiev al final consigue ahogar las toses con su potente artillería pero enfría a un auditorio que ha cumplido el trámite: poder decir que ha visto a Lang Lang y que todo maravilloso y estupendo pero ya es hora de ir a casa a ver la tele. Lang Lang no parece muy decidido a hacer un bis, yo creo que está un poco desconcertado; quizá por eso cuando finalmente se decide a hacerlo saca de la manga un seguro que le librará de hacer un bis al bis: el cristalino primer estudio del Opus 25 de Chopin. Suena primorosamente en unas teclas que apenas parecen pulsadas sino rozadas y súbitamente suenan sendos cañonazos que no vienen a cuento y que nos descolocan, confirmando que este chico vale mucho pero vuela tan alto que no posa los pies. Lo hace a ratos, cierto, pero se cansa pronto. La impresión que da Lang Lang es la de ser un niño que sabe que juega a un juego serio. A veces juega a que no es un juego serio. A veces sí. Después se sube al avión y al día siguiente repite en otro jardín de infancia y todo sin perder la sonrisa y sin haberse suicidado el día que su padre se lo ordenó.
Allegro 25 January, 2010
Escrito por emejota en : Música , 3 comentariosDespertó el Concierto para Mandolina de Vivaldi, el célebre, sí, ese, despertó en una cadena de televisión, en un anuncio que anunciaba a otra cadena de televisión con muchos canales, pero dio igual cuáles y cuántos porque giré un poco la cabeza como quien ha escuchado un sonido atrayente o extraño o inesperado, da igual porque el gesto es el mismo, el de poner la oreja en primer plano, y los ojos se cerraron para recibir, de nuevo, esa melodía que para mí representa la esencia de lo que se cuece en la música barroca en general: esa aparente simplicidad feliz que parece ocultar una sombra dramática, que cuando sale, sale y nada la para pero otras veces ahí se queda, como insinuando que ahí está, el pulso igualmente feliz, constante, bien sonoro, en relieve, un pulso que goza de una vitalidad y una salud asombrosa y quiere presumir de ello anunciando que es él quien bombea las curvas de la melodía, los toboganes de la armonía deslizándose a través de círculos de quinta gozosamente inacabables y la transparencia formal. Tan transparente que parece decirte, así, hazlo, prueba. Pero no puedes.
Qué habría en la cabeza de este Antonio Vivaldi para fabricar cosas así, tan felices y tan melancólicas, por separado y juntas en transparencia, que de todo tiene. Qué alegrías o qué frustraciones disimuladas en este pulso incesante que parece decir adelante, adelante, y lo dice con ánimo mañanero, expresión que en noctámbulos como yo significaría una cosa muy distinta a la que quiero dar a entender. Pones la tele un rato, te anuncian otra tele con muchas teles dentro pero con lo que te quedas es con un Vivaldi que te lleva a otros Vivaldi, como en una modulación que, a veces, reexpone el tema principal, esto es, el Concierto para Mandolina, ese, sí, el célebre. Y creo yo que quedarse con eso es un fracaso publicitario cuando de enterarte de la oferta de mogollón de canales se trataba pero qué más dará si la música de este hombre no necesitó del Canal Viajar ni del Disney Channel porque en esa Venecia de mareas y mareos stendhelianos, de lienzos de colores vivos y nubes de algodón muy gordas y blandas, ni falta que hacía. Qué preciosidad y qué misterio el de esta música tan sencilla. Qué difícil es lo sencillo.
Adviento 29 November, 2009
Escrito por emejota en : Análisis, Música , 4 comentariosBach dirigió por primera vez su Cantata BWV 61 el 2 de diciembre de 1714, el primer Domingo de Adviento. Tras ser nombrado Kantor en la iglesia de Santo Tomás en Leipzig, en 1723, la recuperó incorporándola a su primer ciclo de Cantatas de Leipzig.
La inusual conclusión de la obra sustituye el tradicional Coral por un breve movimiento que ilustra, deliciosamente, la capacidad de Bach para iluminar el sentido del texto con sonidos, creando una imagen musical del mismo. El texto dice lo siguiente:
Amén, amén.
¡Ven, hermosa corona de alegría,
no te demores más!
¡Te espero impaciente!”
La idea principal es la de la espera y el ansia ante el advenimiento de Jesús. Y la música contribuye a realzar esta idea de varias maneras:
1. En primer lugar, la multiplicación entre las voces del coro de la palabra “Ven” (“Komm”, en alemán). Ven, suena en las sopranos y en los bajos; ven, se repite con insistencia entre las contraltos y los tenores. Eso subraya la impaciencia, las ganas.
2. Hay un momento muy especial coincidente con el verso final. Al entonar las palabras “Te espero impaciente”, el coro canta una escala musical completa en sentido descendente, es decir: do, si, la, sol, fa, mi, re, do. Así de sencillo y de eficaz. Porque el efecto es evidente: se trata de la ilustración musical simbólica, la llegada desde las alturas, del Hijo de Dios.
3. Mientras esto ocurre y las voces descienden, los instrumentos comienzan a hacer el movimiento contrario, ascendiendo hacia los agudos. Al mismo tiempo, Bach aprovecha las últimas voces que se han quedado rezagadas con el “amén” para hacerles prolongar la vocal inicial, la “a”. El efecto es precioso: mientras los instrumentos “alzan” la vista hacia arriba, las “aes” de las voces sugieren la imagen del asombro y de la sorpresa, las bocas abiertas en actitud de asombro y de anhelo ante el inminente advenimiento.
Visto así, sobre el papel, parece complejo. En el conjunto sonoro, que es donde hay que “verlo”, es de una sencillez y una eficacia pasmosa.
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¿Lo escuchamos de nuevo?
Identidad 28 November, 2009
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Música , 2 comentarios
En la realidad pasan cosas más extrañas que en la ficción, de ahí mi admiración por los que son capaces de fabular historias sacadas de la manga. Iba un día, no hace muchos, caminando por la calle cuando me topé con un cartel publicitario que preguntaba: “¿Quién es Emejota?”. Sustitúyase el nombre que me identifica en este norte imaginario de palabras con el nombre que me corresponde cuando no estoy tecleando y después imagínese mi asombro al leer de nuevo la pregunta “¿Quién es Emejota?” que figuraba en el cartel. Creo que yo, me respondí al mismo tiempo que respondía a la pregunta que me formulaba el cartel. Me pareció todo muy raro y miré a mi alrededor como si hubiera hecho algo malo esperando que no mirara nadie. Bajo la pregunta, impresa en el cartel, figuraba la fecha de hoy, un lugar y una hora, las 20:30. Me entró cierto morbillo. Vas por la calle, un cartel pregunta quién eres y por si no lo tienes claro te prometen contestación proponiéndote una cita con lugar, fecha y hora.
Efectuada la llamada de teléfono correspondiente, bajo una lluvia de hojas de otoño y mientras avanzaba por las calles, supe que Coral Barañáin preparaba un concierto con la integral de mi obra vocal. Y eso, Qué integral y Pero ya da para llenar un programa, fueron tres preguntas que formulé, de eso estoy seguro, lo que no recuerdo es en qué orden.
Hay un momento de incredulidad, inducido por la visión del cartel, en el que por una parte te dejas llevar como si siguieras una broma pero al mismo tiempo algo por dentro empieza a decir ay ay ay y glups, todo al mismo tiempo. A veces caminas bajo una lluvia de hojas de otoño y te entran sudores de primavera, sobre todo cuando a través del auricular te enteras de los detalles y la cosa pinta en serio. Tan en serio pinta que tecleo a unas horas de salir en coche para allá y tengo una sensación de curiosidad y pudor, un algo que no sé yo y al mismo tiempo un agradecimiento a toda la gente involucrada porque me consta que lo hacen con mucho afecto y muchos sudores invertidos.
Una historia que empieza con tintes surrealistas todavía guarda en el tintero algo para el epílogo: tengo prohibida la entrada en el auditorio hasta una hora determinada y esa orden, lejos de producirme ese cosquilleo como de víspera de sorpresa de fiesta de cumpleaños, me produce cierta alarma. Qué me encontraré, si, total, las partituras ya las conozco y en ellas no hay corcheas sorpresa ni acordes escondidos. También tengo aviso de que me pase por taquilla a recoger las invitaciones que están a mi nombre, pero creo que quien me ha dejado el aviso no es consciente de la escena que se va a producir, buenas tardes, buenas tardes, tengo unas invitaciones reservadas para Quién es Emejota, me dice su nombre, por favor?, soy Emejota. A partir de entonces, cuando se enciendan las luces del escenario, se supone que voy a saber algo más de mí. No sé si mirar con atención o girar la cabeza con disimulo hacia otro lado. Depende de quien resulte ser.
Des-Concierto 14 November, 2009
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Música , 4 comentarios
En el teatro, en el espectáculo “PaGaGnini”. Mientras el público va tomando sus asientos, suena en la sala una Suite Inglesa de Bach al clavecín en lo que parece un hilo musical trenzado por una delicada voz en off que anuncia la progresión de los movimientos de la obra. En el escenario, un cortinaje emperifollado y rojo guarda celosamente el misterio que, en breves minutos, quedará al descubierto.
(En el hilo musical, la suave voz anuncia la llegada de la no menos suave Zarabanda de Bach)
Una de las grandezas del teatro es esa. Que en un mismo espacio físico, separado por la frontera del telón, convivan de pronto dos realidades; que una nueva y tangible realidad invada la realidad cotidiana.
(Se abre el cortinaje plegándose en arrugas simétricas, no menos emperifolladas)
La salida a escena del maestro Ara Malikian ya es, en el gesto y el movimiento, un trazo fabuloso digno de un cartoon de Chuck Jones, y el efecto sonoro que acompaña su porte rimbombante sirve de preludio a este concierto que es el pretexto para un des-concierto genial donde se armoniza el talento musical con los acordes perfectos de la pantomima, el difícil virtuosismo del gag redondo y el slapstick ocasional. Lo que produce hilaridad y admiración a partes iguales es asistir a este perfecto disparate y comprobar que se trata de un disparate perfecto, inesperado, imprevisible, a veces tierno, muchas veces gamberro, hiperbólico todo el rato y, sin embargo, cuidadosamente afinado y atinado.
Otra de las grandezas del teatro la viven los actores, y en ocasiones, como en instantes de esta función, puedes sentir algo parecido a un atisbo de lo que tiene que ser esa vivencia. Baja del escenario en mitad de la representación uno de los miembros del cuarteto y conforme se acerca por el pasillo central del patio de butacas asistes a un insólito acontecimiento: el personaje que estaba arriba se deja allá algo que deja al descubierto aquí a la persona que hay debajo, y sientes la respiración agitada tras tantas piruetas, y ves el sudor en el rostro mientras con mirada tierna y chaplinesca declara su rendido amor por una espectadora
(mira tú por dónde, la vecina)
y con la risa de fondo del aforo, como en las sitcom pero sin enlatar, notas al actor convertido en ese momento en un personaje que ha engullido al actor, abstraído de un público y, sin embargo, pendiente y entregado a él. Esa dualidad me fascina. Un actor no lo es del todo hasta que no experimenta en propia piel eso y consigue salir victorioso. Todo lo que anula y mata el cine, con sus esperas interminables, late fuerte en el escenario de un teatro. Aquí la impostura es más grande porque el encuadre es mayor, mucho mayor que los 35 milímetros del celuloide, pero también es grande, muy grande, todo lo demás. Aquí el actor está en guardia continua, sostiene el compás de los tiempos, dirige a la orquesta del público con el gesto. Un actor en el escenario de un teatro vive el doble, se vive a sí mismo y se vive en el personaje. Y si consigue traspasar el patio de butacas vive, además, en cada una de las personas que le contempla.
Gran ovación a los maestros que abandonan ya el escenario.
Fuga 11 November, 2009
Escrito por emejota en : Música , 5 comentarios
Ton Koopman. Manos y pies en Bach.
Himno 16 August, 2009
Escrito por emejota en : Música , 5 comentariosAudio clip: Adobe Flash Player (version 9 or above) is required to play this audio clip. Download the latest version here. You also need to have JavaScript enabled in your browser.
Coro de Santo Tomás de Leipzig. Grabación en directo.
Sonata 10 August, 2009
Escrito por emejota en : Música , 7 comentariosTe tumbas en el sofá a media tarde para relajarte un poco y por los auriculares suena una música de 1773, algo que siempre deja algo perplejo. El único latido temporal, el único aliento que nos llega de entonces está en la música, en el tiempo que tarda una nota en convertirse en otra, en la estela que deja una escala ascendente o en la disolución de un acorde tras el que surge un silencio que también late y por el que llega un rumor como de pasillo largo y ventanales con cristales irregulares que miran a una tarde como esta pero con fuente escupiendo agua al verano.
Suena Haydn, la Sonata para piano número 36, deliciosa pieza en todas sus partes, primera, segunda y tercera, y nos advierte el locutor del podcast, que lo fue antes de Radio Clásica, que va a sonar en piano Steinway, forma de advertir, quizá, quién sabe, que no va a sonar pura, que va a sonar distinta. Pero lo que pasa es que comienza esta sonata deliciosa, tanto como para repetir el adjetivo en el mismo párrafo a conciencia, y cierras los ojos, las manos descansando sobre el pecho, y la música que nunca soñó con sonar en un instrumento así suena que ni a medida. Es probable que sea necesario cerrar los ojos para ver y sentir cómo el macillo revestido de fieltro da ese golpecito de algodón sobre las cuerdas tensadas, y oler a madera, y percibir la ensalada de armónicos que se combinan primorosamente en la región umbría de la tabla armónica.
Los dedos del pianista pulsan las teclas en un non legato que significa, en lenguaje llano, que un dedo no da el relevo al otro en perfecta sincronía ni lo deja abandonado a traición, sino que suenan las teclas una tras otra con una imperceptible separación que ni llega a materializarse silencio ni tampoco personarse en un sonido sin fisuras y, sin embargo, surge una tercera cosa que no sabes bien qué es, o lo sabes y simplemente resulta ser lo que tiene que ser: una imagen táctil que dibuja en la retina del oído una sensación de terciopelo.
La música para tecla del Clasicismo, con su juguete, sus jardines umbríos pero coquetos, sus cosquillas y su transparencia, a veces velada por un velo que a la larga o a la corta también se revela transparente, suena como un milagro en un piano Steinway. Si los dedos que la transportan lo saben, todavía mejor. Hay puristas que torcerían el morro si leyeran una afirmación semejante, la del Steinway. Pero seguro que no ven la música con los ojos cerrados.
Jackson 26 June, 2009
Escrito por emejota en : Música , 7 comentarios
Ha muerto Michael Jackson o, al menos, el espectro que quedaba del rey que murió al conquistar el trono de “Thriller” en los sofisticados, inocentes y analógicos ochenta. Jackson ha muerto en internet y eso impacta por partida doble, por la noticia en sí y por el apabullante poder de la red para propagar como la pólvora las informaciones, tender al aire en un clic toneladas de material de archivo y poner a disposición de los afligidos infinitos libros de condolencia en el tanatorio global que en los momentos en que redacto estas palabras colapsa Twitter, la página central de CNN y ralentiza los motores de búsqueda, mientras en YouTube la gente escribe lágrimas mientras suena la reproducción 12.198.290 de “Billie Jean”, esa obra maestra que enriqueció sustanciosamente la materia sensible de la que estamos hechos.
Justo hoy que el Imperio Prisa ha enseñado las grietas que afectan gravemente las paredes maestras de su faraónico tinglado podemos ver desde esta pantalla en tiempo real a la muchedumbre que se agolpa en las soleadas puertas de un hospital de Los Ángeles y escuchamos con una nostalgia punzante este Billie Jean al que hemos contribuído pasando a formar parte de la reproducción 12.198.291, como el que enciende un cirio en memoria de alguien, y sin que a Teddy Bautista y a la SGAE les hayan dado vela en este entierro imponente, global, universal, porque escuchamos Billie Jean desde la página oficial de Jackson. Así podremos rendir personal tributo al rey del pop de los ochenta sin que este recaudador de impuestos venga exigiendo miserablemente parte de la herencia en el momento más inoportuno.
Estamos hablando de varias cosas a la vez. De la muerte de Jackson, o de su espectro, convertido desde esta madrugada y para la eternidad en una figura inmortal como lo fue y lo es Elvis, y Marilyn y no muchos más, todos ellos figuras espectrales porque murieron entre luces antes de morir definitivamente en una sombra terrible, a veces demasiado alargada en el tiempo del eclipse. Y estamos hablando de la nostalgia de Billie Jean y de que es una obra maestra que siempre conjurará otros veranos añorados, más seguros y divertidos en el recuerdo de lo que seguramente fueron. Y hablamos de que algo está pasando pero que en realidad ya ha pasado, y lo que ha pasado es que la historia ahora se propaga a la velocidad de la luz y no se escribe con tinta. Y el que lo quiera asumir, bienvenido y enhorabuena. Hubo un tiempo que Billie Jean giraba en discos de vinilo y sonaba en los programas de radio de canciones dedicadas a Marta y a Elisa porque han aprobado los exámenes y para Roberto para que se recupere pronto de su operación de tobillo mientras veíamos en la tele del verano El Coche Fantástico o se nos ponía la lengua roja de Frigodedo o la garganta del azul clorado de las aguadillas de la piscina.
Ahora, sin embargo, Billie Jean suena como un regalo del propio Jackson desde su santuario personal en la red, o te la puedes comprar en iTunes por cuatro perras para que quede para siempre en tu iPod con una calidad impoluta y todo sin que ningún recaudador de impuestos, exprimidor de talentos sin entender nada que no sea la expresión mayor beneficio posible te haga sentirte sistemáticamente un delincuente. Llevo días pensando darme de baja de la SGAE por una cuestión estrictamente moral que hasta les eximiría de otra: el incumplimiento flagrante y chapucero de su supuesta razón de ser. Hay otras formas de gestionar los lícitos derechos de los artistas que no te hagan sentir vergüenza ajena. Esta noche de luto y Billie Jean, la gente está comprando esta y otras canciones geniales y eternas en iTunes porque la muerte reaviva nostalgias.
Jackson ya es inmortal.
