Culpa 23 abril, 2010
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Hay libros que son una agradable sorpresa por sí mismos y que, además, traen consigo algún personaje inolvidable. Tal es el caso aquí de un personaje secundario que, sin pretenderlo, roba momentáneamente el protagonismo en este libro sobre robos, culpas y disculpas, para quedarse con el favor del lector. Es la señora Sands. La señora Sands abre la puerta de su pensión en la página 119 de la edición española de este libro, “El buen ladrón”, y aparece severa ella, delgada, mayor, la línea de los labios muy fina, malhumorada, disciplinada, hablando ASÍ y no así, y diciendo cosas como DIOS ESTÁ DEMASIADO OCUPADO PARA ANDAR POR AHÍ CASTIGANDO CHIQUILLOS porque está un poco sorda, es muy generala y por eso habla en mayúsculas.
Habla en mayúsculas en general y en esta última frase en particular porque tiene razón, ella que lo dice todo tan tiesa y tan recta, la espalda y la moral, disimulando un corazón que sospechamos que está herido y que es blando y cálido. Dios está demasiado ocupado para andar por ahí castigando chiquillos, eso dice la señora Sands mientras golpea la masa de harina que da gusto verla en un día lluvioso en un lugar de la américa profunda del siglo XIX. Lo dice porque Ren, el chiquillo protagonista de este libro, ha perdido una mano en un accidente que no puede recordar porque viene de cuando uno no tiene memoria ni palabras para expresar las cosas, y allí Dios desde luego no pintó nada porque ni hizo ni deshizo la calamidad.
El castigo, el remordimiento, la culpa y el pecado están muy presentes en la mente y las acciones de este chiquillo manco que ha pasado toda su vida de doce años en el sombrío orfanato de Saint Anthony donde los chicos rezan rosarios y leen los milagros de San Antonio. A Ren, que un día saldrá de allí reclamado por un familiar y no precisamente para ser llevado a un hogar confortable sino para embarcarse en una odisea truculenta, le pesa la culpa en esa nueva vida suya en la que tiene que robar y ver robar y rodearse de ladrones que excavan tumbas en la noche de los cementerios para sacar a los muertos los anillos y las dentaduras de oro. La señora Sands no es tonta y sabemos que cuando lo sacude en realidad lo achucha, hay mimos fugaces, pero eso no quita para que vaya pasando lo que tiene que pasar en este libro de aventuras tan estimable, ópera prima de Hannah Tinti.
A este libro lo que le hace un flaco favor es la fajita promocional, que reclama (mal) la atención del potencial comprador hablando de una historia “a lo Harry Potter” en un mundo “a lo Tim Burton”. Ni atisbos de lo uno ni falta que hace de lo otro. Empieza a haber críticos literarios que parecen desconocer el espíritu aventurero clásico, el del folletín decimonónico, el de las peripecias y los peligros, la acción, el de las hazañas y las oscuridades de la miseria social de un mundo en el que empiezan a abrir fábricas de hierro y proliferan callejuelas de casuchas de mala muerte donde se hacinan las criaturas entre el barro y unos padres de taberna.
En “El buen ladrón” hay conventos y tabernas, padrenuestros y blasfemias, cementerios, barro, noches sin luna, angustias, peligros, chimeneas por las que se trepa, despensas arrasadas, una chica con labio leporino y un chico sin mano, un gigante y un enano, y así una lista de ingredientes que todavía es más larga y que, bien cocinados, dan una aventura de las de leer bien arrebujados en el sofá, al amparo del frío y de la lluvia que cae dentro, en muchas de sus páginas.
Cena 10 abril, 2010
Escrito por emejota en : Libros , 4 comentarios , trackbackRen imaginó la cena que le esperaría a William aquella noche. La mujer del granjero sacaría la vajilla buena, si es que la tenían. Sí, decidió Ren: tenían una vajilla buena. Platos de porcelana blanca. Y también habría un pequeño cuenco con flores silvestres: capullos de color rosa y azul, y pequeños ranúnculos amarillos. Habría pan, aún caliente, cortado en rebanadas, en una cestita, cubierto con una servilleta. Habría algún tipo de estofado, caliente y lleno de carne sazonada con hierbas, tierna y suave y fácil de masticar. Y una montaña de patatas. Y maíz desgranado de las mazorcas. Y vasos de leche fresca. Y, enfriándose en el alféizar de la ventana de la cocina, justo detrás de la mujer del granjero, que estaría de pie en el hueco de la puerta esperando la llegada de la carreta de su marido, habría una tarta de moras. Para los tres.”
Hannah Tinti, “El buen ladrón”
Quizá, un descubrimiento.
Párrafo 22 marzo, 2010
Escrito por emejota en : Libros , 2 comentarios , trackbackElizabeth se dedicó a una labor de aguja, y tenía suficiente entretenimiento con atender a lo que pasaba entre Darcy y su compañía. Los constantes elogios de ésta a la caligrafía de Darcy, a la simetría de sus renglones o a la extensión de la carta, así como la absoluta indiferencia con que eran recibidos, constituían un curioso diálogo que estaba exactamente de acuerdo con la opinión que Elizabeth tenía de cada uno de ellos.”
Jane Austen, “Orgullo y prejuicio”
Que el diálogo esté de acuerdo con la impresión de quien observa me parece un momento literariamente admirable.
Historias 9 marzo, 2010
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Leí en un par de tiradas “Bilbao-New York-Bilbao” de Kirmen Uribe, libro que había despertado mi curiosidad. Llegaba con ciertas turbulencias porque, tras haber ganado el premio Nacional de la Crítica en 2008, en 2009 se alzaba con el Nacional de Narrativa sin haber sido traducido del euskera al castellano, lo que llevó (o trajo, según vayas o vengas del viaje y te sientes a la derecha, a la izquierda o en el centro del avión) la polémica. Ya pasó lo mismo en 2002 con el tranvía de Unai Elorriaga pero entonces la cosa quedó en menos ruido pero sí en un plus de alabanzas en plan pues imagina cómo será el libro para conseguir eso. Y aunque para muchos fue un libro pueril, otros encontramos en esa gozosa y aparente puerilidad el milagro feliz del libro. Uno comprende, sin embargo, que haya aspectos en Uribe que aviven polémicas de ese tipo, lo que no quita para entrar en el libro con la misma curiosidad (estrictamenbte literaria) con la que comenzaba este párrafo.
“Bilbao-New York-Bilbao” es un curioso ejercicio metaliterario; es decir, nos habla del proceso de gestación y construcción de una novela que es la propia novela sin que esta llegue a ser novela del todo una vez aterrizados en la última página, lo que deja una sensación de levedad en el aire, como si parte del equipaje se hubiera quedado en algún punto del trayecto de ese viaje Bilbao-New York (vía Frankfurt, por cierto, cosa esta, la de las vías aéreas, que nunca entenderé muy bien) y aun así no echemos nada en falta.
Transparente como es el libro en sus intenciones, el propio Uribe le cuenta a una pareja ocasional de viaje sus intenciones en mitad de la travesía:
Le expliqué a Fiona el proyecto de la novela. La idea había tomado cuerpo y al final se estructuraría en torno a un vuelo entre Bilbao y New York. El reto consistía en hablar de tres generaciones distintas de una familia, sin volver a la novela del siglo XIX. Expondría el proyecto de escritura de la novela, y fragmentariamente, muy fragmentariamente, historias de esas tres generaciones”.
Pero lo bueno del libro no está en el juego literario que propone ni en el propósito (hábilmente conseguido) de, efectivamente, subir y bajar por las ramas del árbol genealógico con una agilidad moderna. Lo mejor son las historias. En la práctica, las historias de Uribe son fragmentos que salen al paso de la historia y no se limitan únicamente a las de dichas generaciones, sino a cualquier cosa que a él mismo le recuerde una propia. Y no son pocas. Uribe es uno de esos tipos que encuentran historias (siempre pequeñas, siempre interesantes) debajo de las piedras y uno tiende a pensar, mientras pasa página, que debe ser una de esas personas a las que te quedarías escuchando largo tiempo mientras tomas algo con él. En definitiva, que es un narrador nato. A los contadores de historias es un placer escucharles, por la historia o por la manera de contar la historia, con esa sencillez en la exposición de las cosas y, al mismo tiempo, la capacidad para atrapar el interés.
El tufillo viene de algunos párrafos aislados que tiran para casa de una manera que a mí siempre me ha chirriado, ya sea dicha casa la casa de lo vasco, lo catalán. lo murciano o lo de Tombuctú. Me da igual, pero me chirría un poco el rollo reivindicativo de lo autóctono cuando está entonado en cierta tesitura, no sé. Debe ser cosa del oído. Que Uribe nos transmita su emoción ante la definición de que el euskera es “la lengua del mapa del tesoro porque está llena de x” puede entenderse, porque a la gente le gusta que le alaben lo propio, pero que nos muestre su disgusto porque el hijo de su pareja juegue en la Play con un Athlétic de Bilbao virtual que tiene un negro en el equipo es una cosa que no sé pero que qué se yo.
Lo mejor es volver al mar desde donde cuenta la mayor parte de las historias del pasado una vez pasada la página.
Relojes 3 febrero, 2010
Escrito por emejota en : Libros , 2 comentarios , trackback“He visto antes, no sé dónde, este mundo de cartón, en el que todo es de color pardo o rojo oscuro o amarillo o sin luz” (Jean Rhys, Ancho mar de los sargazos)
Hay veces en que yo recuerdo que:
Se lo dije a Patricia. Lo de Unai. Que había una novela preciosa, la del tranvía, tan llena de tanto en frases tan cortas y con esa cadencia repetitiva. Por ejemplo, diría Unai sobre lo anterior: “La del tranvía. La novela del tranvía. Estaba llena de frases cortas. La novela de Unai. Otras igual no tanto pero la de Unai sí”. Así es como lo diría más o menos y nos gustaría un montón. De esa manera empezó todo. Eso era cuando todavía no sabíamos que Phineas iba a estar esperando en el tejado diecisiete, sentado con dos manzanas asadas sobre los muslos y mirando la llegada de los trenes por si regresaba Sora. Sora no llega. Ni en un tren ni en el siguiente. Igual mañana. Tampoco sabíamos de la existencia de las cinco grabaciones de Londres, las grabaciones que dejaron los doctores antes de marcharse allí, huyendo. Podíamos intuir que tras ese mundo amable, distinto, tan nuevo y tan de Unai, había un poso triste. Eso ya pasaba en algunos rincones de la novela en la que empezó todo. La del tranvía. Lo que no imaginábamos es que nos íbamos a encontrar con el tiempo con una novela de cartón que sucede en los tejados y que nos encogería el alma por su crudeza primero y después por su maravillosa belleza de juguete.
Quizá por eso no importa que no haya frases cortas. Ni repeticiones de palabras. Alguna sí que hay y también cosas nuevas que te dicen: soy Unai. Y sonríes. Pero aquí desde los tejados de los párrafos se ven cosas extrañas: se ve a Phineas, y a Datos y a otros que vienen. Y aunque Unai te asegura que tienen más de 30 años y que incluso van a trabajar por las mañanas sólo eres capaz de visualizarlos en pantalón corto teniendo lo más 15 años. Y eso yendo para arriba. Puede parecer raro eso si no conoces a Unai. Si le conoces ya no es raro sino que todo es normal y además hasta te gusta.
Aquí hay una fábula cruda sobre los efectos de las dictaduras, los fascismos y de las cosas de color de plomo. Y sobre el miedo, sobre todo sobre el miedo y las ausencias de las personas que se salen de la línea roja que marca el miedo. Si te sales de la línea desapareces. En la forma de la historia hay fragmentaciones y una novela paralela a la novela. Los Informes Errun siguen sin encontrarse. A Raquel también se lo dije. Lo de los informes no, lo de Unai. Le dije lo del tranvía como a Patricia y le invité a subir y dijo que sí. Pero por teléfono le avisé el otro día que Londres es de cartón y que a ver qué tal. Seguí leyendo. Mr Mallowan pregunta sobre la bicicleta en el Londres de cartón pero en el otro sitio, que no sabemos cuál es ni falta que hace porque nos lo podemos imaginar, el doctor Bornas da pistas en una de las grabaciones de Londres que escuchamos clandestinamente en una habitación sin ventanas pero con un busto de Mahler en un rincón.
Mitrofan es el Mobutu o el Kim Jong-il de esta historia y los carboneros llevan gabardinas y hacen cosas malas a la gente y mientras Unai nos lo cuenta nos ahorra datos. Nos ahorra el dijo o el dice, por ejemplo. En esta novela, si Phineas dice Hola lo dice así: Hola -Phineas y no Hola -dijo Phineas. A veces hasta lo dice con un punto y aparte entre el Hola y el Phineas. Unai ahora no juega a repetir palabras como medio para establecer su deliciosa cadencia verbal sino que ahora ahorra cosas o las cambia de sitio. La forma es otra y el fondo también, siendo él el mismo.
Que Londres sea de cartón es una cosa que queda clara en la portada. Luego dentro lo pasas mal un rato y después las cosas te sorprenden y te invitan a jugar y para cuando terminas el libro ya sabes que se va a quedar contigo. Como el del tranvía. A Unai sólo se le puede querer tanto si se empieza subiendo al tranvía y pillándole el punto al viaje. Si no, igual no importa que miss Podgers hable o guarde secretos. Phineas lleva reloj. Y para Mr. Mallowan, dos manzanas en cursiva.
Eso es lo que yo recordaré, seguro, muchas veces.
Latidos 23 enero, 2010
Escrito por emejota en : Libros , 5 comentarios , trackback“Love is dangerous for your tiny heart even in your dreams”
“La mecánica del corazón”, tic tac, es un librito extraño. Empieza en Edimburgo el día más frío de la historia y eso ya es toda una casualidad, pero a partir de ahí hay frases de seda auténtica que comparten página con otras de una aspereza cortante. Y mezcla un delicioso tono inicial de trazo impreciso, poético y onírico para deslizarse después por registros comunes de melodrama decimonónico y souvenir incluído, con historias de amor con fondo de Alhambra y castañuelas de una Carmen que no es la de Mérimée, que no es la de Mérimée, por algo se llama Miss Acacia. No sé. En cualquier caso, es un estimable y por momentos notable cuento para mayores que cuenta la aventura iniciática en esto de los amores por parte de un niño al que una doctora Madeleine, en lo alto de un torreón, ha puesto un reloj en su pecho para ayudar al funcionamiento de su deficiente corazón.
El tono del narrador, que cuenta el pasado en presente, bien podría ser el de un Vincent Price, así como lo anterior una escena Burtoniana (de Tim, no de Richard). Luego hay un tren fantasma donde Jack el Destripador escribe cartas de amor a mujeres muertas (brevísimo pasaje alucinante) y Georges Méliès sale buscando cartones usados para regalarle un viaje a la luna (de merengue, como así atestiguará la historia) a la mujer de sus sueños. Es curioso que los mecanismos del corazón de esta fábula sean de una precisión explícita total en lo metafórico y, sin embargo, nos cuenten algo que no terminamos de aprender. El qué. Pues eso, los mecanismos del corazón. En su “Encuentro en la noche”, ese enorme poeta del desencanto dotado de gran lirismo que fue Fritz Lang hace decir a sus personajes que estamos solos y a la intemperie y que quizá el amor sea un remedio temporal a sabiendas de que siempre se revela al final como peor que la propia enfermedad. Suele pasar, pero allí pasa en blanco y negro y aquí en este libro hay palabras de colores, dulces y amargos.
En la noche más fría de la historia, la doctora Madeleine pondrá un reloj en el pecho del recién nacido Jack y cuidará de él hasta que a los 10 años, el tic tac suene más fuerte en una especie de taquicardia del tilín que cierta bailaora hace al pasar y no precisamente con sus lentejuelas. La doctora Madeleine intentará que el pequeño concilie el sueño susurrando una letanía en inglés que funciona a medias como canción de cuna y a las horas enteras como medida disuasoria y después escribe en una pizarra:
1. No toques las agujas.
2. Domina tu cólera.
3. No te enamores nunca.
Pero la mecánica del corazón siempre va a su aire y aunque las agujas se incrusten en el pecho de este pequeño Jack en una de tantas metáforas de cristal de este libro, lo que hace con sus latidos no es muy distinto que lo que un adulto experimentado haría una y otra vez con similar resultado. La experiencia aquí poco vale. ¿Una historia triste? Sí y no. El enamoramiento siempre es así, como el tic tac del reloj que Jack lleva como corazón: sí y no. Todo tiene su tiempo y siempre un tiempo limitado tras el cual te pinchas y sangras. Allá tú si te contentas con un apósito y te pones a ver la tele y no reivindicas los instantes de embriaguez (“volver al tiempo en que amaba sin estrategias, cuando me arrojaba de cabeza sin miedo a estrellarme contra mis sueños”).
Este es un cuento que cuenta una historia de verdad que es resumen de la historia de verdad de cada uno: el tic tac del prendimiento, el tic tac de los celos, el tic tac de la desdicha, el tic tac del cielo. Pero ya he dicho al principio que este era un librito extraño. Tanto que, pareciendo que quien cuenta es el amor, a lo mejor lo que cuenta (tic tac) es salir pitando de él en dirección opuesta y quizá haya que tenerse eso en cuenta. Lo lees a ver.
Caín 16 octubre, 2009
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Tengo aquí al lado, con el olor a tinta nueva, el último libro de José Saramago, “Caín”. Llegó mediante aviso por sms la tarde ayer: deberías bajar a la librería, aunque sea un minuto. Con la intriga dejé los mandos de lo que me ocupaba en ese momento, me puse la primera cazadora del otoño, porque ayer de repente hizo una visita pregonera el invierno, y bajé a la librería. No esperaba encontrarme tan pronto un libro que se ha escrito tan rápido pero no importa porque el ritual se repitió igual: recibir como regalo el primer ejemplar de la caja y una dedicatoria, tradición inaugurada en su tiempo por mi añorado Julio Mazo con ese detallismo e ilusión tan suyas, y secundada después por Rosa, su viuda. Me reconforta el calor de esa liturgia, ayer especialmente, no sé si por llegar tan sin avisar como el invierno, no sé si por el frío del súbito invierno o por las circunstancias que en el capítulo de otro libro quedarán escritas.
Me conmueve una vez más la dedicatoria que Rosa me escribe en el libro y me conmueve la fidelidad de este hombre que, muy frágil de un tiempo a esta parte, tan delgado, con un hilo de voz pero con la cabeza tan lúcida como antaño, vuelve a dedicar su libro a Pilar, pilar de su existencia. Antes bastaba con un “A Pilar”, minúsculos caracteres suspendidos en la página en blanco a la entrada de la historia. De un tiempo a esta parte algo le sigue a la coma que las normas de estilo imponen cuando de poner un añadido se trata. Esta vez es “A Pilar, como si dijera agua” y ya la dedicatoria es como un relato infinito, un poema hondo, un qué se yo que te deja todo el resto de la blanca página para que te acurruques un rato.
Volverá a dar que hablar este “Caín” a quienes con maneras desabridas lanzaron dardos contra el autor del “Evangelio según Jesucristo”. A mí me sigue pareciendo que el miedo al vacío genera rabietas y creo que Saramago no busca provocar rabietas sino expresar sus ideas acerca del vacío de la idea de Dios y del vacío de la propia religión que llegó para llenar en falso esa ausencia. Y me sorprende esa respuesta intolerante que mira sin mirar (desde luego la literatura no la mira). Cuánto miedo ha dado durante siglos la imagen de Dios y cuánto miedo da la posibilidad de su ausencia.
Este recorrido personal sobre los primeros momentos del Antiguo Testamento, donde Saramago pone literatura a la fábula que secularmente ha sido tomada como literal, comienza retomando el inconfundible tono del narrador de todas sus novelas y el prodigioso tobogán de frases que deslizan suavemente al lector gracias a un pulso narrativo que permite encabezar el relato con una frase de once líneas y dieciséis comas y tan ricamente. Y la ironía sutil y el aliento poético y el sabio uso de las palabras y los decires que de sí mismo escuchamos del narrador, esforzándose en poner en orden y en claro un relato en comunicación cómplice con el lector. Y el alto forzoso que hace el lector ante la frase genial, que sale al paso súbitamente sin avisar: “… al mismo tiempo que experimentaba algo en el espíritu que tal vez fuese la felicidad, por lo menos se parecía mucho a la palabra”.
Pessoa 28 septiembre, 2009
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Muy de vez en cuando, lo suficiente como para que acumule algo de polvo en la estantería, me da por abrir el “Libro del desasosiego” de Fernando Pessoa. Por qué, ni idea. Lo hago, y ahora que lo pienso me parece muy curioso, siempre en la madrugada de un domingo al lunes y siempre abriéndolo por una página al azar, y no importa de qué página se trate porque leo lo que ahí dice Pessoa, con su tono de fado funcionarial, e indefectiblemente cierro el libro de golpe y con sobresalto (y el polvo revolotea un poco) y me digo con verdadero pasmo que así mismo lo habría dicho yo, igual igual, si cumpliera dos requisitos, a saber, el primero poseer el talento de Pessoa y el segundo, carecer de cierta ironía que ayuda a masticar las cosas de las que el libro da fe.
(fe es con acento o sin acento, a ver en qué quedamos y a ver si se aclaran los de las tildes)
A mí me parece que Pessoa tuvo el don de ver la existencia sin anestesia. O diciéndolo de otra manera: careció de las anestesias que nos vienen en el botiquín para ir tirando con apósitos de diversa índole. Y, sin embargo, instalado en esa tragedia, cada palabra señala a un tipo que vivió verdaderamente cada segundo de la existencia. Hay vidas no vividas y que, sin embargo, están convencidas de serlo plenamente. Y hay vidas que exprimen a la vida increíblemente, aunque el zumo resultante deje en el vaso la espuma del desencanto, la inutilidad y la fugacidad de las cosas todas, los espejismos del amor, los esfuerzos desesperados para no ver, esconder y evitar lo que acabo de enumerar entre comas y que expuesto con la desarmante lucidez, el pulso firme y el ritmo pausado que marca Pessoa crea el desasosiego inevitable ante tanta vertiginosa certeza.
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Apéndice: Ah, y los sueños. Vivamos en los sueños. Lo sueños de la infancia (la infancia es ya un sueño), los sueños que pueden materializarse, y sintamos la vida manifestarse en el milagro de los sueños que se materializaron.
Crónica 15 julio, 2009
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Kvothe, el cronista de esta novela río, caudalosa, nos cuenta el secreto de toda narración en la página 405 y sentencia: “Limpio, rápido y fácil como mentir. Sabemos cómo termina antes de que empiece. Por eso nos gustan las historias. Nos ofrecen la claridad y la sencillez de que carece nuestra vida real”. ¿Será por eso que, a pesar de lo dicho, nuestros ojos se han deslizado gustosamente hasta allí y nos acomodamos en el sofá para aventurarnos en el frondoso bosque de páginas que todavía nos espera? Es una cosa rara “El nombre del viento”, de Patrick Rothfuss, porque es un híbrido de Tolkien, aventura gráfica, el Oliver Twist de Dickens conjugado con los laberintos de Kafka (prodigiosas las páginas que condensan los tres años de penalidades transcurridos en la infinita ciudad de Tarbean), Harry Potter y, a pesar de todo, es otra cosa. Y nos gusta. Y nos sorprende placenteramente. Quizá porque a esta narración de corte fantástico se le ha despojado de todo lo que no nos gusta del género fantástico y porque en ella se cuela, provocando una curiosa sensación en el lector, la palabra cojones en lugar de pardiez, y se estudia en la Universidad en lugar de en un alto torreón puntiagudo entre calderos humeantes.
La aventura perfecta del verano. 872 páginas que Kvothe, el enigmático posadero con un pasado inimaginable a las espaldas, emplea para contar a lo largo de una única jornada los avatares de su infancia y adolescencia ante la atenta mirada de su silente y ambiguo discípulo Bast y el minucioso registro en hojas de papel que hace Cronista, llegado desde muy lejos para escuchar la historia. Ocasionalmente, al lector se le ofrece un respiro en brevísimos cortes titulados “Interludio” donde puede desperezarse junto con los tres únicos ocupantes de la posada Roca de Guía a lo largo de ese día en que permanece cerrada a la concurrencia, quizá estirar las piernas un poco o ir a tomar un trago al frigorífico mientras en el mundo de líneas impresas Kvothe corta un poco de pan recién horneado o sirve un vino rico para recuperar fuerzas. Y continuar. ¿Dónde estábamos? Qué placer el continuar.
El resumen de la historia de Kvothe nos lo dice muy pronto, antes incluso de contarnos el secreto que utilizan las historias para embelesarnos y que he reproducido al principio de este post. Dice Kvothe de su historia: “viajé, amé, perdí, confié y me traicionaron”. Entrando y saliendo de esas palabras, buscando incluso entre sus espacios, me encuentro todavía. Nos dice la editorial que Rothfuss, cronista ejemplar, ha empleado más de diez años en montar minuciosamente este puzzle. Prefiero no creerlo porque cuando alcancemos el final de este tomo nos esperan dos más que no están escritos aún (Kvothe le ha dicho a Cronista que le contará su historia a lo largo de tres días) . Sería una putada, con perdón, que se nos hiciera esperar tanto.
Libros 23 abril, 2009
Escrito por emejota en : Libros , 3 comentarios , trackbackDía del libro. De cuál? De cualquiera que merezca la pena. Esos libros son los que te sirven de espejo, o los que te sirven como mapa, o los que te zarandean, o los que hacen entrar por tus pupilas una emoción intensa (o varias) o consiguen ponerte en los labios una sonrisa. Los que huelen bien, esos también. Y los de Flanagan, último de mis amores, aunque haya tardado quince años en descubrirlo. Me he dado cuenta de que todos los libros que pasan a formar parte del montón de los libros especiales son aquellos en los que me encuentro a mí mismo, bien porque sí, bien porque no, bien porque parecido o podría ser. Eso pasa. Hasta en los libros de mentira, algunos de los cuales me parecen de verdad. Van a llamarme en veinte minutos de la radio para hablar de libros. No sé si del libro en sí, de algún libro en concreto o del acto íntimo de la lectura. No importa. Luego salgo pitando para Pamplona, donde tenía que estar llegando ahora si no fuera por el aviso de la radio. Feliz día del libro. Unas rosas para los que tengan la costumbre. Julio para una Rosa. Páginas emocionantes para todos.
(“La soledad de los números primos” sería un buen libro para regalar este año, si se me acepta la sugerencia)
Soledades 6 abril, 2009
Escrito por emejota en : Libros , 2 comentarios , trackback“La luz estaba toda dentro y la oscuridad toda fuera”
Lo más raro de “La soledad de los números primos” es que es una novela perfecta sin que sepas muy bien qué es una novela perfecta. Quizá más que saberlo hace falta sentirlo, puede que eso explique que haya ratos que la dejas sobre tu regazo mientras piensas en esa frase que parece haber sido dejada caer en la blancura de la página para que la degustes o la recites para tí varias veces o para que rememores la presencia de esas almas solitarias, Alice y Mattia, convertidos para siempre en miembros por derecho propio de la galería de personajes inolvidables del imaginario personal. Y quizá explique también la profunda huella que te deja su lectura siendo consciente al mismo tiempo de su exquisita levedad. Precisión proustiana y concisión transparente en cada una de las frases, párrafos y diálogos de esta historia triste, que no desoladora; o desoladora, que no terrible. O terrible pero con un soplo de ternura sin otra concesión que el de estremecerte ligeramente como un cosquilleo en la nuca. En cualquier caso, maravillosamente incisiva en sus incursiones psicológicas, espejo para lectores (si no es en página par será impar, pero todos encontrarán su reflejo en algún instante), musical y poética, poema toda ella.
El responsable de todo esto te hace dudar al principio, cuando todavía no has abierto el libro, cuando solamente ves la reproducción de la portada en un anuncio y lees las frases promocionales. Un físico teórico, italiano, Paolo Giordano (1982), deja los teoremas y se pone a escribir una primera novela, “La soledad de los números primos”, de la que ya han salido multiplicados más de un millón de ejemplares. Lo primero que sospechas es que se trata del enésimo best-seller de intrigas esotéricas con códigos numéricos que tienen la clave del asunto pero resulta que la clave no está en el número sino en el sustantivo, soledad, y eso es lo que te hace levantar la ceja y fijarte entonces que el título es todo un hallazgo y te apetece repetirlo y hasta volver a escribirlo de nuevo:
La soledad de los números primos.
De mayor, a todos nos gustaría escribir una novela con un título así. Es inevitable entonces entrar y mirar. Luego sales distinto. Debe ser ese otro de los efectos de una novela perfecta.
Existen entre los números primos algunos que son especiales; son los que los matemáticos llaman “primos gemelos” porque entre ellos se interpone siempre un número par, como el 17 y el 19 y antes, el 11 y el 13. Mattia Balossino decide una tarde frente a un folio que él y Alice son el 2760889966649 y el 2760889966651, y está tan seguro de ello que hasta los pronuncia en voz alta. Está convencido de que “ninguna otra persona en el mundo había pensado nunca en aquellos números, ni los había escrito ni mucho menos pronunciado”. Pero son los suyos. “En su imaginación, aquellas cifras se habían teñido del color morado del pie de Alice recortado contra el resplandor azulado del televisor”.
A Giordano, esta realidad matemática le sirve como metáfora para contar la historia de Alice y Mattia, marcados en su infancia por sendas cicatrices. Desde la adolescencia hasta la vida adulta coincidirán y se sentirán atraídos el uno por el otro pero, como los primos gemelos, nunca llegarán a tocarse. A pesar de eso, las páginas en las que el destino los hace coincidir poniendo unos metros, unos centímetros y hasta milímetros de distancia, vibran con una intensidad insólita y conmovedora. Y las pocas palabras que se dicen resuenan en los márgenes con una riqueza de ecos que traen consigo las realidades que nos nacen de dentro cuando es otra persona la que nos hace temblar, vibrar, callar, temer, desear.
Dice la fajita promocional que abraza a la novela que “nada escapa a la atención de Giordano, que observa a sus personajes con la delicadeza feroz de quien sabe que la vida se compone de fragmentos, todos preciosos”. Y es verdad. Hipnótica, preciosa y precisa. Dolorosa y dulce. Así es esta novela espejo de tantas cosas y reflejo de otras nuevas.
Cita 23 marzo, 2009
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Esta tarde, puntualmente, como ocurre desde hace tres años, acudiré a la cita con el recuerdo de mi amigo Julio Mazo, de quien un día en este blog escribí que fue librero de vocación y hasta en vacación, librero todo el tiempo como todo el tiempo fue buen amigo y mejor persona. Así que a las 20:15 entraré en el Salón-Capilla del Hotel AC y hablaré de palabras impresas en su memoria. Celebramos hoy el III Memorial “Julio Mazo” y por tercer año consecutivo la familia me ha confiado la responsabilidad del acto, lo cual agradezco. No sé si los presentes lo agradecerán igual o estarán hasta el gorro y pensarán cuando me vean: otra vez éste?, qué pesao!
Este año hablo sobre Juan José Millás en una conferencia que lleva por título “Juan José Millás: un asombro permanente”. Antes, por la mañana, me tendré que pasar por un par de emisoras. Es curioso que siempre llama el mismo par de emisoras para que pases. El resto, pasa.
(Pero son cosas que pasan)
Preguntarán en las emisoras que por qué Millás y yo respondería que por qué no si no fuera porque, aunque no sea mi intención, suena a respuesta un poco borde. Diré en su lugar que porque me apasiona y yo sólo sé hablar de cosas que me apasionan. Bueno, sé hablar de otras, pero si no me apasionan me aburro.
Diré que en Millás se dan las condiciones para apasionar, tanto si se mira dentro de los escritos como si se mira fuera de ellos, tanto si se atiende al qué como si se observa el cómo. Por ahí va a ir la cosa esta tarde, siguiendo la costumbre de la casa: invitando a mirar. El secreto siempre está en mirar.
Pero antes, por la mañana, en las emisoras es probable que pregunten por lo del asombro permanente del título de la conferencia pero es que Millás es un tipo que continuamente muestra su asombro ante lo cotidiano, justo allá donde las cosas nos parecen tan triviales o tan familiares que a nuestros ojos son invisibles. Invisibles hasta que llega Millás y nos enseña los mecanismos ocultos de la realidad haciéndonos exclamar anda y, por el mismo precio, poniéndonos una sonrisa en los labios o invitándonos a leer dos veces la misma frase, bien por ingeniosa, por bien escrita o para cerciorarnos de que se trata de una frase y no de un verso.
En el lugar donde transcurrirá la conferencia ya me siento como en casa, no sólo por los tres Memoriales sino porque antes he hecho otras cosas, algunas hasta pueden parecer increíbles. Por hacer, he hecho hasta de soldado volviendo de la guerra, pero fue una vez y por exigencias del guión de Stravinski, que pedía un soldado para contar su Historia. Hoy en vez de regresar de la guerra con la camisa por fuera del pantalón me pondré la americana para pasar al otro lado del espejo varias veces, como manda Millás. Y una vez más, lo haré como cuando le contaba entusiasmos a Julio, allá en su despacho al fondo de la librería, él sentado ante su mesa llena de papeles, yo sentado en la silla donde antes y después se sentaba un montón de libros y más papeles. Lo contaré igual pero, por razones obvias, con más formalidad, que con Julio me reía mucho y a veces éramos un poco gamberros. Tampoco es que lo vaya a hacer muy formal; sólo lo justo. El resto está pensado con la intención de crear una atmósfera agradable y pasar un rato distendido. A ver.
Carta 4 marzo, 2009
Escrito por emejota en : Libros , 4 comentarios , trackback“Los niños chillaban, como si quisieran prevenir a los enamorados del porvenir de tanto romanticismo”

Querida Amélie:
Eres una tía rara, pero eso te encanta y nos encanta. En este mundo globalizado que por ese motivo, paradójicamente, cada vez resulta más uniforme apareces tú con tu rollo entre gótico y samurai, belga nacida en Japón, con rostro de tener todos los años y apenas unos pocos al mismo tiempo, temperamental, traviesa, imprevisible, excéntrica. ¿De verdad escribes todos los días del año de 4 a 8 de la mañana? ¿De verdad pillas el boli y zas zas zas ya vas por la novela 66 cuando “sólo” has publicado 19? (¿de verdad es un boli Bic?) Y ya puestos, ¿de verdad que tienes dicho en tu testamento que nadie toque las novelas que queden vírgenes hasta 75 años después de haber muerto? Chica, ¿ves? eso es muy tuyo, ese ramalazo de temperamento romántico que seguro que ha ido acompañado de un plom encima de la mesa. Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto. Bueno, de tí algo sí, pero los periódicos enseguida se olvidan de las noticias y pasan a hablar de Rouco o del número del cupón.
Te cuento. Había leído la anterior novela, sí, la del asesino, el “Diario de Golondrina” y llegaba a esta otra con la curiosidad por el anunciado cambio momentáneo de registro, más por eso que por lo autobiográfico, que eso no es nuevo. Me gustó la primera frase: “Me pareció que enseñar francés era el método más eficaz para aprender japonés” porque frases así son una buena puerta de entrada a una historia. Pero lo que me encontré a continuación me enganchó antes de pasar la primera página. Te ha salido una novela que es como un post muy largo en un blog: un ejercicio de búsqueda en la memoria afectiva para contar, impúdicamente, que al regresar a Japón viviste una historia de amor con Rinri, japonés de 20 años.
Oye, ¿de verdad era así? Porque la combinación entre tú y él es de lo más novelesco. Ahí estás tú batiendo el récord mundial de descenso a pie del monte Fuji y allá está él con su hieratismo, sus movimientos ceremoniosos y su paciencia candorosa. Toda la carga genética japonesa a excepción del punto samurai, que ese lo sacas tú bajando como una posesa del monte Fuji. Almodóvar diría de tí que eres un poco burra pero él tiene la virtud de decir eso y que suene como tiene que sonar, a piropo y a verdad.
Compré “Ni de Eva ni de Adán” y me pregunté que de quién era entonces, desconocedor de que esa es una expresión francesa que se refiere a algo o a alguien de quien nada se sabe: Rinri, claro. Japón, claro. Lo que te ha salido mejor es que no te limitas a mirar lo exótico con ojos comparativos de turista, quizá porque tú ya eres un poco de allá y si no lo fueras te daría igual. Lo mejor es que lo exótico, el choque fascinante, lo verdaderamente raro en su acepción más positiva y prometedora lo centras en Rinri.
Fuiste un poco traviesa, te encanta eso, ya lo sabemos, pero te aprovechaste de su cortesía oriental y de su torpeza con el idioma de Debussy para pasártelo en grande siguiéndole el juego en esos diálogos surrealistas y en esas proposiciones tan educadas. Me pregunto qué pasó para que de la diversión disimulada con esfuerzo surgiera el tuteo y lo que le siguió porque no lo dejas claro, él también se extraña en alguna página, no recuerdo si par o impar, y te lo pregunta, que por qué ahora de tú y no de usted. Tienes que sentirte sola en la cima del monte Fuji o en mitad de aquella terrible tormenta de nieve para que te confieses tal cual y te digas como eres. Si no, te cuesta. Por cierto, yo también me quedaría sobrecogido viendo un bosque de bambú nevado, con esa minúscula sombra blanca formando una verticalidad de terciopelo de hielo.
Dijeron en su momento las reseñas que lo tuyo con Rinri duró entre 1989 y 1991 y eso confirma una cosa por todos conocida en el fondo (aunque quizá no reconocida para no llevarse un disgusto) y otra que solo conozco yo y que es un secreto que quiero compartir contigo en esta carta. Por partes. Lo primero es que el enamoramiento dura aproximadamente ese tiempo, unos dos años. Ya lo dijo Stendhal, por citar a alguien de las letras ya que tú no eres cirujana o ingeniera de caminos y además, porque Stendhal te chifla. Y tú eres de las que cuando ve la llama debilitarse un poco no lo soporta y se empieza a poner negra y necesita echar a volar para buscar otras llamas, del tipo que sean. Por eso decía antes que eres una tía rara, porque te sales de la serie, de la fila. Y eso te encanta y nos encanta.
Y ahora va el secreto. Fue leer una (otra) frase hermosa, esperar tres páginas, y dejé de leer a falta de un nada. Es que no quiero saber cómo termina. Hay libros felices en el sentido de que te meten en un mundo burbuja del que no quieres salir y aunque no sé si la curiosidad al final ganará la partida, no quisiera que me chafaras por medio de un lugar común o una salida por piernas ese final anunciado. No. He leído con sumo agrado “Ni de Eva ni de Adán” sin llegar al final (de momento). Prefiero no saber si se ha muerto, si se ha convertido en un gris hombre de negocios (eso quizá no sea una muerte pero desde luego no es una vida) y tampoco quiero que te pongas tontorrona en la última página. En realidad, tampoco quiero que te salga el punto borde. No sé qué quiero, en definitiva.
De momento, poner el punto final de tu novela en una coma, ahora que me has revelado el secreto de la nieve y que más allá de los mil quinientos metros desapareces y que Yaloverás puede ser un lugar que cambia siempre y nunca a peor.
Tuyo afectísimo,
emejota.
Argumentos 22 febrero, 2009
Escrito por emejota en : Libros , 9 comentarios , trackbackDos instántaneas de la existencia desde ángulos distintos:
Yo tenía veinte años. Cuando tienes veinte años, y veintiuno, y veintidós, y veintitrés, y veinticuatro, lo que quieres de la gente es que te hablen de tí. Cuando tienes veinte años, y veintiuno, y veintidós, y veintitrés, contemplas el mundo según como él te contempla a tí. ¿Se ríe la gente cuando haces un chiste? ¿Te besan las mujeres cuando te las cruzas en una fiesta? ¿Es así? Pues ya está, eso es lo que eres. Pero esas personas, se rían o no, te besen o no, también son jóvenes, así que empiezas a pensar que no te puedes fiar de ellos, de tus contemporáneos, de tus frustrados amigos y novias, que no es por ti mismo por lo que te besaron, sino que lo hicieron por ellos, por algo que les convenía, los muy narcisistas; mientras tú pedías reconocimiento, ¿qué pensaban ellos de tí? No tienes ni idea. Por eso es tan importante conocer a tus héroes cuando eres joven, para que te puedan decir algo. Cuando conocí a Morris Blinkel, lo único que quería que me dijera era: “Sí, lo veo en tí. Puedes hacer con ello lo que quieras, pero lo tienes. Puedes ser como yo, si es eso lo que deseas”
-Cuando eres joven -dijo Morris mirando por la ventana, dándonos la espalda-, y vas a lo tuyo, y lo tienes todo por delante y a todos a tu alrededor, no conoces a nadie más, y miras a los demás con sus vidas jodidas, y sabes que harás las cosas de otra manera, sabes que lo conseguirás y lo consigues. Eres más amable, más simpático, más listo. Y un buen día observas que has hecho todo lo que dijiste que ibas a hacer, pero, de alguna manera, te has olvidado de algo, pasó algo en el ínterin y todo el mundo ha desaparecido, todo es diferente, y miras a tu alrededor y te das cuenta de que te has jodido la vida igual que todos los demás idiotas. Y eso es lo que hay.
Se giró para vernos y sonrió valerosamente.”
Keith Gessen, “Todos los jóvenes tristes y literarios”
Vuelo 10 febrero, 2009
Escrito por emejota en : Libros, Varios , 7 comentarios , trackbackVuelo podría ser abrir un libro y encontrarse uno paseando en una ciudad lejana. Las montañas nevadas que dibujaba de niña. Un ruido que se intuye a lo lejos. Caminar a tientas. Una vez en tu boca. (O en la mía). Cerrar los ojos en el coche y sentir las sombras de los árboles en los párpados. Vuelo podría ser subir el último escalón antes de llegar a casa. El tiempo que aprendimos sin negarnos a nosotros mismos. Bajar aún de noche a pisar la nieve intacta. Recorrer los nombres un instante antes del olvido. La última fecha. La primera flecha. Un verso de fuego. El silencio del frío. Reir. Dejar la luz encendida por si volvieras…”
Victoria (Paralelo 49)
A Victoria le salen las palabras desde lo más hondo del trance de los auténticos poetas, de los enormes poetas. Todo lo que escribe es un regalo delicioso. Victoria es, además, un hada que a veces se refleja fugazmente en un espejo. Lo sé bien.