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Atlas

“Una vez había visto volar por encima del estuario a una garza que intentaba, mientras estaba en el aire, tragarse una anguila que acababa de pescar. La anguila, a su vez, intentaba escapar del gaznate de la garza, y se le veía un cuarto, la mitad o, en ocasiones, tres cuartos del cuerpo colgando. La indecisión que expresaban ambas criaturas era lastimosa.
Se habían propuesto demasiado.”

La librería

Observo en el informativo de mediodía la determinación de la viuda de un veterano lider sindical, animosa en medio del sepelio, para coger el micrófono y decir a la muchedumbre allí congregada que si nos caemos, nos levantamos y seguimos siempre adelante. Ovación del gentío. Yo me quedo pensando que tal vez, pero que una cosa es que nos caigamos y otra que nos hagan caer. Si te hacen caer, date por jodido. De eso, así, en una síntesis muy general, va un libro delicioso en la forma (todos los libros de Impedimenta son un objeto delicioso en las manos) y en las formas (apacible y meticulosamente inglés con rasgos costumbristas) e inquietante en el fondo. Sobre todo porque desciende muy al fondo para dibujar ciertos paisajes oscuros que conforman el atlas de geografía de la condición humana y por su habilidad para desmigar en trocitos y matices el territorio explorado.

Es “La librería”, de Penelope Fitzgerald (1916-2000). En un minúsculo pueblo costero de Suffolk que en 1959 aparece apartado del mundo y caracterizado “por lo que no tiene”, Florence Green, una mujer madura, decide invertir sus ahorros comprando una vieja edificación abandonada con poltergeist incluído para abrir una librería. Esa es la premisa, el arranque, el desencadenante de una acción liviana que el lector amante de los libros disfrutará viendo llegar los libros, ordenándolos en estanterías, tomándose un descanso para tomar el te en una de esas teteras en cuyo interior cae, con ruído de metal, el agua del grifo que se pondrá a calentar al fuego en la tarde de salitre.

Pero Fitzgerald ojea, y no los libros precisamente, y centra su atención en catalogar los modos de la fauna circundante cuando a esta le da por joder al personal. Qué molestará esta mujer con una librería, única distracción en ese pueblucho triste que tiene como única banda sonora de invierno el rugido de las olas y el viento de temporal. Aquí no importan tanto las razones sino la acción, implacable. Releamos el párrafo que abre este post y que aparece en la primera página de la novela. Es un anuncio, una profecía, una advertencia. Asusta el poder que alcanza “el brazo del privilegiado”, cita textual, cuando por aburrimiento, envidia, egocentrismo, complejos varios y varios etcétera hace acto de presencia. Y lo que admiramos de esta novela de Penelope Fitzgerald es que bajo su apariencia de amable y campiñesca comedia Ealing, con abogados patanes, damas de buenas costumbres, banqueros de sainete, fanfarrones desquehacerados y demás secundarios que aparecen a derecha o a izquierda del cuadro, surge la realidad paralela de la hipocresía oportunista, acomodada o disfrazada de buenas intenciones; aparece el miedo tras los portes solemnes y las condecoraciones, la pavorosa inseguridad tras los silencios de quien parece moverse como pez en el agua en el escenario social, la cobardía y el desdén inmisericorde.

Y eso pasa allí y sigue pasando aquí y en todas partes. Esta es la crónica de un fracaso anunciado porque ya nos lo anuncia Fitzgerald en la primera página: que su Florence Green, de frágil apariencia pero hábil y escurridiza ante los obstáculos como una anguila, saca medio cuerpo, a veces tres cuartos, a veces un cuarto, del gaznate de la garza, y que la indecisión que expresan ambas a lo largo del libro es lastimosa por lo que conduce a la (mala) acción en un caso y por los esfuerzos baldíos por defenderse en el otro. Y que ambas criaturas se proponen demasiado, una por tocar los ovarios y la otra por su lícita resistencia a vivir en tranquilidad.

Si te hacen caer, acaban con tu librería, y la historia termina con la misma frase con la que Penelope Fitzgerald concluye su relato, memorable y terrible frase por lo que contiene dentro y porque está envuelta en el papel de lo corriente.

Invitación

Por cuarto año consecutivo, hoy tengo el placer de invitar a la gente a zambullirse en un libro, y lo voy a hacer como homenaje al amigo ausente, amigo grande como gran persona que fue, librero amante de los libros (hay libreros que únicamente comercian con ellos); voy a hablar con el mismo entusiasmo por las cosas que le transmitía a él cuando acudía a su despacho improvisado al fondo de su librería y le encontraba sentado frente a la mesa donde se apilaban montañas de libros y papeles.

Este año toca “Agosto, Octubre”, de Andrés Barba. Toca porque me “tocó”. No estaba en la lista de libros candidatos; de hecho, llegó ayer como quien dice, en ese septiembre que no existe en su título, como una de las primeras novedades de la temporada. Habla del adolescente que un día habitó en nosotros y que, lo queramos o no, nos conforma. Y su autor tiene el don de llegar a lo hondo mediante una asombrosa economía de palabras. Tengo ganas de compartir la experiencia como lector y ojalá sepa transmitir la invitación a su lectura aunque me conformo con observar cómo escucha la gente. A la gente le gusta escuchar, escuchar historias, como se ensamblan las historias, dónde se guardan sus secretos, qué recursos se utilizan para que hagan más efecto. De eso va. Esta tarde, al calor de las historias que nos cuentan los libros.

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Epílogo

Murió Saramago, voz ética y estética, y los periódicos hablaron mucho -para bien y para menos bien, no se puede gustar a todos- de lo primero y apenas, y una pena, de lo segundo.

Llevaba Saramago escritas con dificultad una veintena de páginas de su primera novela cuando, de pronto, las manos empezaron a hablar con rapidez en el papel y el caudal de palabras ya no cesó. El truco: escribir como se habla. Saramago había sido en su infancia los oídos de un contador de historias excepcional, aquel abuelo Jerónimo con quien, en las noches calurosas del verano, dormía al aire bajo las encinas contemplando las estrellas y desgranando historias. Allí Saramago aprendió el qué y sobre todo el cómo, y el cómo es el tono, el ritmo, el arte de mantener el suspense sin detener la acción, de contar las cosas importantes con palabras transparentes o de jugar a las pausas o al tropel de palabras.

Para ser un gran contador de historias no basta con tenerlas sino que hay que saber interpretarlas. Saramago sabía hacerlo de manera primorosa y por eso en todas sus novelas uno distingue esa voz familiar e inimitable y se pone a escuchar mientras lee con apetito voraz. Se preguntó Luis Landero una vez que de dónde sacaba Saramago ese tono a medio camino entre la letanía y la nana. Una voz hipnótica, en todo caso. Del abuelo Jerónimo algo quedaría, ese campesino analfabeto que un día, cuando los médicos de la ciudad le dijeron que se iba a morir, corrió a casa y se puso a abrazar a los árboles. Ese episodio está relatado en una de las novelas inolvidables de Saramago. Son inolvidables las novelas y la voz que las cuenta.

Va a ser cierto eso de las intermitencias de la muerte: uno se va pero no del todo si abres un libro y oyes los rezos siseantes de Doña Ana o asistes con cara de pasmo a cómo los hombres salvan el escollo del camino que permitirá llevar el gran bloque de piedra que coronará el convento; o contemplas la inmensidad del cementerio (una página entera es necesaria para enumerar lo que hay desde aquí hasta allá en aquel camposanto alucinante) que el funcionario encargado de anotar todos los nombres, encaprichado por poner historia a uno de ellos, visita un atardecer; o adviertes con alarma que al ponerse el disco del semáforo en verde hay dos coches que quedarán detenidos.

Que llamen a la mujer del médico para que atiendan al narrador de historias, que venga el italiano a tocar el clavecín para consolar las amargas lágrimas de Blimunda, que la tarde del entierro de Saramago escribió unas palabras secretas en un ejemplar del “Memorial del convento” y lo puso en las manos del escritor. No amarillearán en el olvido tantas páginas hermosas.

Culpa

El buen ladrónHay libros que son una agradable sorpresa por sí mismos y que, además, traen consigo algún personaje inolvidable. Tal es el caso aquí de un personaje secundario que, sin pretenderlo, roba momentáneamente el protagonismo en este libro sobre robos, culpas y disculpas, para quedarse con el favor del lector. Es la señora Sands. La señora Sands abre la puerta de su pensión en la página 119 de la edición española de este libro, “El buen ladrón”, y aparece severa ella, delgada, mayor, la línea de los labios muy fina, malhumorada, disciplinada, hablando ASÍ y no así, y diciendo cosas como DIOS ESTÁ DEMASIADO OCUPADO PARA ANDAR POR AHÍ CASTIGANDO CHIQUILLOS porque está un poco sorda, es muy generala y por eso habla en mayúsculas.

Habla en mayúsculas en general y en esta última frase en particular porque tiene razón, ella que lo dice todo tan tiesa y tan recta, la espalda y la moral, disimulando un corazón que sospechamos que está herido y que es blando y cálido. Dios está demasiado ocupado para andar por ahí castigando chiquillos, eso dice la señora Sands mientras golpea la masa de harina que da gusto verla en un día lluvioso en un lugar de la américa profunda del siglo XIX. Lo dice porque Ren, el chiquillo protagonista de este libro, ha perdido una mano en un accidente que no puede recordar porque viene de cuando uno no tiene memoria ni palabras para expresar las cosas, y allí Dios desde luego no pintó nada porque ni hizo ni deshizo la calamidad.

El castigo, el remordimiento, la culpa y el pecado están muy presentes en la mente y las acciones de este chiquillo manco que ha pasado toda su vida de doce años en el sombrío orfanato de Saint Anthony donde los chicos rezan rosarios y leen los milagros de San Antonio. A Ren, que un día saldrá de allí reclamado por un familiar y no precisamente para ser llevado a un hogar confortable sino para embarcarse en una odisea truculenta, le pesa la culpa en esa nueva vida suya en la que tiene que robar y ver robar y rodearse de ladrones que excavan tumbas en la noche de los cementerios para sacar a los muertos los anillos y las dentaduras de oro. La señora Sands no es tonta y sabemos que cuando lo sacude en realidad lo achucha, hay mimos fugaces, pero eso no quita para que vaya pasando lo que tiene que pasar en este libro de aventuras tan estimable, ópera prima de Hannah Tinti.

A este libro lo que le hace un flaco favor es la fajita promocional, que reclama (mal) la atención del potencial comprador hablando de una historia “a lo Harry Potter” en un mundo “a lo Tim Burton”. Ni atisbos de lo uno ni falta que hace de lo otro. Empieza a haber críticos literarios que parecen desconocer el espíritu aventurero clásico, el del folletín decimonónico, el de las peripecias y los peligros, la acción, el de las hazañas y las oscuridades de la miseria social de un mundo en el que empiezan a abrir fábricas de hierro y proliferan callejuelas de casuchas de mala muerte donde se hacinan las criaturas entre el barro y unos padres de taberna.

En “El buen ladrón” hay conventos y tabernas, padrenuestros y blasfemias, cementerios, barro, noches sin luna, angustias, peligros, chimeneas por las que se trepa, despensas arrasadas, una chica con labio leporino y un chico sin mano, un gigante y un enano, y así una lista de ingredientes que todavía es más larga y que, bien cocinados, dan una aventura de las de leer bien arrebujados en el sofá, al amparo del frío y de la lluvia que cae dentro, en muchas de sus páginas.

Cena

Ren imaginó la cena que le esperaría a William aquella noche. La mujer del granjero sacaría la vajilla buena, si es que la tenían. Sí, decidió Ren: tenían una vajilla buena. Platos de porcelana blanca. Y también habría un pequeño cuenco con flores silvestres: capullos de color rosa y azul, y pequeños ranúnculos amarillos. Habría pan, aún caliente, cortado en rebanadas, en una cestita, cubierto con una servilleta. Habría algún tipo de estofado, caliente y lleno de carne sazonada con hierbas, tierna y suave y fácil de masticar. Y una montaña de patatas. Y maíz desgranado de las mazorcas. Y vasos de leche fresca. Y, enfriándose en el alféizar de la ventana de la cocina, justo detrás de la mujer del granjero, que estaría de pie en el hueco de la puerta esperando la llegada de la carreta de su marido, habría una tarta de moras. Para los tres.”

Hannah Tinti, “El buen ladrón”

Quizá, un descubrimiento.

Párrafo

Elizabeth se dedicó a una labor de aguja, y tenía suficiente entretenimiento con atender a lo que pasaba entre Darcy y su compañía. Los constantes elogios de ésta a la caligrafía de Darcy, a la simetría de sus renglones o a la extensión de la carta, así como la absoluta indiferencia con que eran recibidos, constituían un curioso diálogo que estaba exactamente de acuerdo con la opinión que Elizabeth tenía de cada uno de ellos.”

Jane Austen, “Orgullo y prejuicio”

Que el diálogo esté de acuerdo con la impresión de quien observa me parece un momento literariamente admirable.

Historias

Kirmen UribeLeí en un par de tiradas “Bilbao-New York-Bilbao” de Kirmen Uribe, libro que había despertado mi curiosidad. Llegaba con ciertas turbulencias porque, tras haber ganado el premio Nacional de la Crítica en 2008, en 2009 se alzaba con el Nacional de Narrativa sin haber sido traducido del euskera al castellano, lo que llevó (o trajo, según vayas o vengas del viaje y te sientes a la derecha, a la izquierda o en el centro del avión) la polémica. Ya pasó lo mismo en 2002 con el tranvía de Unai Elorriaga pero entonces la cosa quedó en menos ruido pero sí en un plus de alabanzas en plan pues imagina cómo será el libro para conseguir eso. Y aunque para muchos fue un libro pueril, otros encontramos en esa gozosa y aparente puerilidad el milagro feliz del libro. Uno comprende, sin embargo, que haya aspectos en Uribe que aviven polémicas de ese tipo, lo que no quita para entrar en el libro con la misma curiosidad (estrictamenbte literaria) con la que comenzaba este párrafo.

“Bilbao-New York-Bilbao” es un curioso ejercicio metaliterario; es decir, nos habla del proceso de gestación y construcción de una novela que es la propia novela sin que esta llegue a ser novela del todo una vez aterrizados en la última página, lo que deja una sensación de levedad en el aire, como si parte del equipaje se hubiera quedado en algún punto del trayecto de ese viaje Bilbao-New York (vía Frankfurt, por cierto, cosa esta, la de las vías aéreas, que nunca entenderé muy bien) y aun así no echemos nada en falta.

Transparente como es el libro en sus intenciones, el propio Uribe le cuenta a una pareja ocasional de viaje sus intenciones en mitad de la travesía:

Le expliqué a Fiona el proyecto de la novela. La idea había tomado cuerpo y al final se estructuraría en torno a un vuelo entre Bilbao y New York. El reto consistía en hablar de tres generaciones distintas de una familia, sin volver a la novela del siglo XIX. Expondría el proyecto de escritura de la novela, y fragmentariamente, muy fragmentariamente, historias de esas tres generaciones”.

Pero lo bueno del libro no está en el juego literario que propone ni en el propósito (hábilmente conseguido) de, efectivamente, subir y bajar por las ramas del árbol genealógico con una agilidad moderna. Lo mejor son las historias. En la práctica, las historias de Uribe son fragmentos que salen al paso de la historia y no se limitan únicamente a las de dichas generaciones, sino a cualquier cosa que a él mismo le recuerde una propia. Y no son pocas. Uribe es uno de esos tipos que encuentran historias (siempre pequeñas, siempre interesantes) debajo de las piedras y uno tiende a pensar, mientras pasa página, que debe ser una de esas personas a las que te quedarías escuchando largo tiempo mientras tomas algo con él. En definitiva, que es un narrador nato. A los contadores de historias es un placer escucharles, por la historia o por la manera de contar la historia, con esa sencillez en la exposición de las cosas y, al mismo tiempo, la capacidad para atrapar el interés.

El tufillo viene de algunos párrafos aislados que tiran para casa de una manera que a mí siempre me ha chirriado, ya sea dicha casa la casa de lo vasco, lo catalán. lo murciano o lo de Tombuctú. Me da igual, pero me chirría un poco el rollo reivindicativo de lo autóctono cuando está entonado en cierta tesitura, no sé. Debe ser cosa del oído. Que Uribe nos transmita su emoción ante la definición de que el euskera es “la lengua del mapa del tesoro porque está llena de x” puede entenderse, porque a la gente le gusta que le alaben lo propio, pero que nos muestre su disgusto porque el hijo de su pareja juegue en la Play con un Athlétic de Bilbao virtual que tiene un negro en el equipo es una cosa que no sé pero que qué se yo.

Lo mejor es volver al mar desde donde cuenta la mayor parte de las historias del pasado una vez pasada la página.

Relojes

“He visto antes, no sé dónde, este mundo de cartón, en el que todo es de color pardo o rojo oscuro o amarillo o sin luz” (Jean Rhys, Ancho mar de los sargazos)

Londres es de cartónHay veces en que yo recuerdo que:

Se lo dije a Patricia. Lo de Unai. Que había una novela preciosa, la del tranvía, tan llena de tanto en frases tan cortas y con esa cadencia repetitiva. Por ejemplo, diría Unai sobre lo anterior: “La del tranvía. La novela del tranvía. Estaba llena de frases cortas. La novela de Unai. Otras igual no tanto pero la de Unai sí”. Así es como lo diría más o menos y nos gustaría un montón. De esa manera empezó todo. Eso era cuando todavía no sabíamos que Phineas iba a estar esperando en el tejado diecisiete, sentado con dos manzanas asadas sobre los muslos y mirando la llegada de los trenes por si regresaba Sora. Sora no llega. Ni en un tren ni en el siguiente. Igual mañana. Tampoco sabíamos de la existencia de las cinco grabaciones de Londres, las grabaciones que dejaron los doctores antes de marcharse allí, huyendo. Podíamos intuir que tras ese mundo amable, distinto, tan nuevo y tan de Unai, había un poso triste. Eso ya pasaba en algunos rincones de la novela en la que empezó todo. La del tranvía. Lo que no imaginábamos es que nos íbamos a encontrar con el tiempo con una novela de cartón que sucede en los tejados y que nos encogería el alma por su crudeza primero y después por su maravillosa belleza de juguete.

Quizá por eso no importa que no haya frases cortas. Ni repeticiones de palabras. Alguna sí que hay y también cosas nuevas que te dicen: soy Unai. Y sonríes. Pero aquí desde los tejados de los párrafos se ven cosas extrañas: se ve a Phineas, y a Datos y a otros que vienen. Y aunque Unai te asegura que tienen más de 30 años y que incluso van a trabajar por las mañanas sólo eres capaz de visualizarlos en pantalón corto teniendo lo más 15 años. Y eso yendo para arriba. Puede parecer raro eso si no conoces a Unai. Si le conoces ya no es raro sino que todo es normal y además hasta te gusta.

Aquí hay una fábula cruda sobre los efectos de las dictaduras, los fascismos y de las cosas de color de plomo. Y sobre el miedo, sobre todo sobre el miedo y las ausencias de las personas que se salen de la línea roja que marca el miedo. Si te sales de la línea desapareces. En la forma de la historia hay fragmentaciones y una novela paralela a la novela. Los Informes Errun siguen sin encontrarse. A Raquel también se lo dije. Lo de los informes no, lo de Unai. Le dije lo del tranvía como a Patricia y le invité a subir y dijo que sí. Pero por teléfono le avisé el otro día que Londres es de cartón y que a ver qué tal. Seguí leyendo. Mr Mallowan pregunta sobre la bicicleta en el Londres de cartón pero en el otro sitio, que no sabemos cuál es ni falta que hace porque nos lo podemos imaginar, el doctor Bornas da pistas en una de las grabaciones de Londres que escuchamos clandestinamente en una habitación sin ventanas pero con un busto de Mahler en un rincón.

Mitrofan es el Mobutu o el Kim Jong-il de esta historia y los carboneros llevan gabardinas y hacen cosas malas a la gente y mientras Unai nos lo cuenta nos ahorra datos. Nos ahorra el dijo o el dice, por ejemplo. En esta novela, si Phineas dice Hola lo dice así: Hola -Phineas y no Hola -dijo Phineas. A veces hasta lo dice con un punto y aparte entre el Hola y el Phineas. Unai ahora no juega a repetir palabras como medio para establecer su deliciosa cadencia verbal sino que ahora ahorra cosas o las cambia de sitio. La forma es otra y el fondo también, siendo él el mismo.

Que Londres sea de cartón es una cosa que queda clara en la portada. Luego dentro lo pasas mal un rato y después las cosas te sorprenden y te invitan a jugar y para cuando terminas el libro ya sabes que se va a quedar contigo. Como el del tranvía. A Unai sólo se le puede querer tanto si se empieza subiendo al tranvía y pillándole el punto al viaje. Si no, igual no importa que miss Podgers hable o guarde secretos. Phineas lleva reloj. Y para Mr. Mallowan, dos manzanas en cursiva.

Eso es lo que yo recordaré, seguro, muchas veces.

Latidos

“Love is dangerous for your tiny heart even in your dreams”

La mecánica del corazón“La mecánica del corazón”, tic tac, es un librito extraño. Empieza en Edimburgo el día más frío de la historia y eso ya es toda una casualidad, pero a partir de ahí hay frases de seda auténtica que comparten página con otras de una aspereza cortante. Y mezcla un delicioso tono inicial de trazo impreciso, poético y onírico para deslizarse después por registros comunes de melodrama decimonónico y souvenir incluído, con historias de amor con fondo de Alhambra y castañuelas de una Carmen que no es la de Mérimée, que no es la de Mérimée, por algo se llama Miss Acacia. No sé. En cualquier caso, es un estimable y por momentos notable cuento para mayores que cuenta la aventura iniciática en esto de los amores por parte de un niño al que una doctora Madeleine, en lo alto de un torreón, ha puesto un reloj en su pecho para ayudar al funcionamiento de su deficiente corazón.

El tono del narrador, que cuenta el pasado en presente, bien podría ser el de un Vincent Price, así como lo anterior una escena Burtoniana (de Tim, no de Richard). Luego hay un tren fantasma donde Jack el Destripador escribe cartas de amor a mujeres muertas (brevísimo pasaje alucinante) y Georges Méliès sale buscando cartones usados para regalarle un viaje a la luna (de merengue, como así atestiguará la historia) a la mujer de sus sueños. Es curioso que los mecanismos del corazón de esta fábula sean de una precisión explícita total en lo metafórico y, sin embargo, nos cuenten algo que no terminamos de aprender. El qué. Pues eso, los mecanismos del corazón. En su “Encuentro en la noche”, ese enorme poeta del desencanto dotado de gran lirismo que fue Fritz Lang hace decir a sus personajes que estamos solos y a la intemperie y que quizá el amor sea un remedio temporal a sabiendas de que siempre se revela al final como peor que la propia enfermedad. Suele pasar, pero allí pasa en blanco y negro y aquí en este libro hay palabras de colores, dulces y amargos.

En la noche más fría de la historia, la doctora Madeleine pondrá un reloj en el pecho del recién nacido Jack y cuidará de él hasta que a los 10 años, el tic tac suene más fuerte en una especie de taquicardia del tilín que cierta bailaora hace al pasar y no precisamente con sus lentejuelas. La doctora Madeleine intentará que el pequeño concilie el sueño susurrando una letanía en inglés que funciona a medias como canción de cuna y a las horas enteras como medida disuasoria y después escribe en una pizarra:

1. No toques las agujas.
2. Domina tu cólera.
3. No te enamores nunca.

Pero la mecánica del corazón siempre va a su aire y aunque las agujas se incrusten en el pecho de este pequeño Jack en una de tantas metáforas de cristal de este libro, lo que hace con sus latidos no es muy distinto que lo que un adulto experimentado haría una y otra vez con similar resultado. La experiencia aquí poco vale. ¿Una historia triste? Sí y no. El enamoramiento siempre es así, como el tic tac del reloj que Jack lleva como corazón: sí y no. Todo tiene su tiempo y siempre un tiempo limitado tras el cual te pinchas y sangras. Allá tú si te contentas con un apósito y te pones a ver la tele y no reivindicas los instantes de embriaguez (“volver al tiempo en que amaba sin estrategias, cuando me arrojaba de cabeza sin miedo a estrellarme contra mis sueños”).

Este es un cuento que cuenta una historia de verdad que es resumen de la historia de verdad de cada uno: el tic tac del prendimiento, el tic tac de los celos, el tic tac de la desdicha, el tic tac del cielo. Pero ya he dicho al principio que este era un librito extraño. Tanto que, pareciendo que quien cuenta es el amor, a lo mejor lo que cuenta (tic tac) es salir pitando de él en dirección opuesta y quizá haya que tenerse eso en cuenta. Lo lees a ver.

Caín

CaínTengo aquí al lado, con el olor a tinta nueva, el último libro de José Saramago, “Caín”. Llegó mediante aviso por sms la tarde ayer: deberías bajar a la librería, aunque sea un minuto. Con la intriga dejé los mandos de lo que me ocupaba en ese momento, me puse la primera cazadora del otoño, porque ayer de repente hizo una visita pregonera el invierno, y bajé a la librería. No esperaba encontrarme tan pronto un libro que se ha escrito tan rápido pero no importa porque el ritual se repitió igual: recibir como regalo el primer ejemplar de la caja y una dedicatoria, tradición inaugurada en su tiempo por mi añorado Julio Mazo con ese detallismo e ilusión tan suyas, y secundada después por Rosa, su viuda. Me reconforta el calor de esa liturgia, ayer especialmente, no sé si por llegar tan sin avisar como el invierno, no sé si por el frío del súbito invierno o por las circunstancias que en el capítulo de otro libro quedarán escritas.

Me conmueve una vez más la dedicatoria que Rosa me escribe en el libro y me conmueve la fidelidad de este hombre que, muy frágil de un tiempo a esta parte, tan delgado, con un hilo de voz pero con la cabeza tan lúcida como antaño, vuelve a dedicar su libro a Pilar, pilar de su existencia. Antes bastaba con un “A Pilar”, minúsculos caracteres suspendidos en la página en blanco a la entrada de la historia. De un tiempo a esta parte algo le sigue a la coma que las normas de estilo imponen cuando de poner un añadido se trata. Esta vez es “A Pilar, como si dijera agua” y ya la dedicatoria es como un relato infinito, un poema hondo, un qué se yo que te deja todo el resto de la blanca página para que te acurruques un rato.

Volverá a dar que hablar este “Caín” a quienes con maneras desabridas lanzaron dardos contra el autor del “Evangelio según Jesucristo”. A mí me sigue pareciendo que el miedo al vacío genera rabietas y creo que Saramago no busca provocar rabietas sino expresar sus ideas acerca del vacío de la idea de Dios y del vacío de la propia religión que llegó para llenar en falso esa ausencia. Y me sorprende esa respuesta intolerante que mira sin mirar (desde luego la literatura no la mira). Cuánto miedo ha dado durante siglos la imagen de Dios y cuánto miedo da la posibilidad de su ausencia.

Este recorrido personal sobre los primeros momentos del Antiguo Testamento, donde Saramago pone literatura a la fábula que secularmente ha sido tomada como literal, comienza retomando el inconfundible tono del narrador de todas sus novelas y el prodigioso tobogán de frases que deslizan suavemente al lector gracias a un pulso narrativo que permite encabezar el relato con una frase de once líneas y dieciséis comas y tan ricamente. Y la ironía sutil y el aliento poético y el sabio uso de las palabras y los decires que de sí mismo escuchamos del narrador, esforzándose en poner en orden y en claro un relato en comunicación cómplice con el lector. Y el alto forzoso que hace el lector ante la frase genial, que sale al paso súbitamente sin avisar: “… al mismo tiempo que experimentaba algo en el espíritu que tal vez fuese la felicidad, por lo menos se parecía mucho a la palabra”.

Pessoa

Fernando PessoaMuy de vez en cuando, lo suficiente como para que acumule algo de polvo en la estantería, me da por abrir el “Libro del desasosiego” de Fernando Pessoa. Por qué, ni idea. Lo hago, y ahora que lo pienso me parece muy curioso, siempre en la madrugada de un domingo al lunes y siempre abriéndolo por una  página al azar, y no importa de qué página se trate porque leo lo que ahí dice Pessoa, con su tono de fado funcionarial, e indefectiblemente cierro el libro de golpe y con sobresalto (y el polvo revolotea un poco) y me digo con verdadero pasmo que así mismo lo habría dicho yo, igual igual, si cumpliera dos requisitos, a saber, el primero poseer el talento de Pessoa y el segundo, carecer de cierta ironía que ayuda a masticar las cosas de las que el libro da fe.

(fe es con acento o sin acento, a ver en qué quedamos y a ver si se aclaran los de las tildes)

A mí me parece que Pessoa tuvo el don de ver la existencia sin anestesia. O diciéndolo de otra manera: careció de las anestesias que nos vienen en el botiquín para ir tirando con apósitos de diversa índole.  Y, sin embargo, instalado en esa tragedia, cada palabra señala a un tipo que vivió verdaderamente cada segundo de la existencia. Hay vidas no vividas y que, sin embargo, están convencidas de serlo plenamente. Y hay vidas que exprimen a la vida increíblemente, aunque el zumo resultante deje en el vaso la espuma del desencanto, la inutilidad y la fugacidad de las cosas todas, los espejismos del amor, los esfuerzos desesperados para no ver, esconder y evitar lo que acabo de enumerar entre comas y que expuesto con la desarmante lucidez, el pulso firme y el ritmo pausado que marca Pessoa crea el desasosiego inevitable ante tanta vertiginosa certeza.

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Apéndice: Ah, y los sueños. Vivamos en los sueños. Lo sueños de la infancia (la infancia es ya un sueño), los sueños que pueden materializarse, y sintamos la vida manifestarse en el milagro de los sueños que se materializaron.

Crónica

El nombre del vientoKvothe, el cronista de esta novela río, caudalosa, nos cuenta el secreto de toda narración en la página 405 y sentencia: “Limpio, rápido y fácil como mentir. Sabemos cómo termina antes de que empiece. Por eso nos gustan las historias. Nos ofrecen la claridad y la sencillez de que carece nuestra vida real”. ¿Será por eso que, a pesar de lo dicho, nuestros ojos se han deslizado gustosamente hasta allí y nos acomodamos en el sofá para aventurarnos en el frondoso bosque de páginas que todavía nos espera? Es una cosa rara “El nombre del viento”, de Patrick Rothfuss, porque es un híbrido de Tolkien, aventura gráfica, el Oliver Twist de Dickens conjugado con los laberintos de Kafka (prodigiosas las páginas que condensan los tres años de penalidades transcurridos en la infinita ciudad de Tarbean), Harry Potter y, a pesar de todo, es otra cosa. Y nos gusta. Y nos sorprende placenteramente. Quizá porque a esta narración de corte fantástico se le ha despojado de todo lo que no nos gusta del género fantástico y porque en ella se cuela, provocando una curiosa sensación en el lector, la palabra cojones en lugar de pardiez, y se estudia en la Universidad en lugar de en un alto torreón puntiagudo entre calderos humeantes.

La aventura perfecta del verano. 872 páginas que Kvothe, el enigmático posadero con un pasado inimaginable a las espaldas, emplea para contar a lo largo de una única jornada los avatares de su infancia y adolescencia ante la atenta mirada de su silente y ambiguo discípulo Bast y el minucioso registro en hojas de papel que hace Cronista, llegado desde muy lejos para escuchar la historia. Ocasionalmente, al lector se le ofrece un respiro en brevísimos cortes titulados “Interludio” donde puede desperezarse junto con los tres únicos ocupantes de la posada Roca de Guía a lo largo de ese día en que permanece cerrada a la concurrencia, quizá estirar las piernas un poco o ir a tomar un trago al frigorífico mientras en el mundo de líneas impresas Kvothe corta un poco de pan recién horneado o sirve un vino rico para recuperar fuerzas. Y continuar. ¿Dónde estábamos? Qué placer el continuar.

El resumen de la historia de Kvothe nos lo dice muy pronto, antes incluso de contarnos el secreto que utilizan las historias para embelesarnos y que he reproducido al principio de este post. Dice Kvothe de su historia: “viajé, amé, perdí, confié y me traicionaron”. Entrando y saliendo de esas palabras, buscando incluso entre sus espacios, me encuentro todavía. Nos dice la editorial que Rothfuss, cronista ejemplar, ha empleado más de diez años en montar minuciosamente este puzzle. Prefiero no creerlo porque cuando alcancemos el final de este tomo nos esperan dos más que no están escritos aún (Kvothe le ha dicho a Cronista que le contará su historia a lo largo de tres días) . Sería una putada, con perdón, que se nos hiciera esperar tanto.

Libros

Día del libro. De cuál? De cualquiera que merezca la pena. Esos libros son los que te sirven de espejo, o los que te sirven como mapa, o los que te zarandean, o los que hacen entrar por tus pupilas una emoción intensa (o varias) o consiguen ponerte en los labios una sonrisa. Los que huelen bien, esos también. Y los de Flanagan, último de mis amores, aunque haya tardado quince años en descubrirlo. Me he dado cuenta de que todos los libros que pasan a formar parte del montón de los libros especiales son aquellos en los que me encuentro a mí mismo, bien porque sí, bien porque no, bien porque parecido o podría ser. Eso pasa. Hasta en los libros de mentira, algunos de los cuales me parecen de verdad. Van a llamarme en veinte minutos de la radio para hablar de libros. No sé si del libro en sí, de algún libro en concreto o del acto íntimo de la lectura. No importa. Luego salgo pitando para Pamplona, donde tenía que estar llegando ahora si no fuera por el aviso de la radio. Feliz día del libro. Unas rosas para los que tengan la costumbre. Julio para una Rosa. Páginas emocionantes para todos.

(“La soledad de los números primos” sería un buen libro para regalar este año, si se me acepta la sugerencia)