Nocilla 5 May, 2008
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La “Nocilla Experience” de Agustín Fernández Mallo es muy suculenta, vaya eso por delante. Y ahora vayamos por partes: Agustín Fernández Mallo es un físico nacido en 1967 que siempre posa en las fotos con un aire desaliñado como de prota de cortometraje setentero en 8 mm. Su Proyecto Nocilla se compone de tres partes, porque sabido es que el mundo se ordena por trilogías y, si no, al tiempo. “Nocilla Experience” es la segunda y la que más se ve porque la edita Alfaguara; la primera fue “Nocilla Dream” (2006) pero no la publicaba Alfaguara ni semejantes así que es difícil de ver y la tercera será “Nocilla Lab”. Esta “Nocilla Experience” es como si hicieras zapping ante una tele de muchos canales de manera que te salen historias fragmentadas, entrevistas a estrellas del pop fragmentadas, citas fragmentadas, otras historias fragmentadas y así hasta que llegas al final de la lista de canales y entonces reaparecen en un orden aleatorio, como si pulsaras números sueltos del mando, y lo que ves (lees) son esas mismas historias fragmentadas, entrevistas fragmentadas y un etcétera fragmentado pero más adelantadas en el tiempo, claro.
Se ha escrito muchísimo sobre esta “Nocilla Experience”, bueno y malo, pero es curioso observar que casi todo lo que se ha escrito ha sido también fragmentario: sobre sus páginas se han acuñado términos como caleidoscopio ficcional, customización, collage, tetris literario, nihilismo, indieísmo, sundanceísmo, bloggismo, deconstrucción ferranadrianesca, fragmentación científico-lírica, miniepisodios docuficcionados…
(Jesús)
La verdad es que (casi) todo eso es verdad, es decir, que de (casi) todo eso hay en la receta de esta crema literaria, al igual que en la crema homónima y original hay leche, cacao, avellanas y azúcar y a saber qué otras cosas más no tan sanas que no caben en el estribillo de la canción y de eso se aprovecha el fabricante, afortunado él. El problema es que las voces críticas que se han alzado han incurrido en lo mismo que critican: acusan a Fernández Mallo de primar la forma sobre el fondo pero ellos hacen lo mismo: no reparan en que la forma está imbricada en el fondo y viceversa y, además, ni siquiera hablan del fondo. Y lo hay, y es lo mejor, lo más sustancioso.
Las historias de Fernández Mallo atrapan por su disposición, por su composición (ilimitadamente imaginativa) y por la forma en la que están narradas, con un tono como de letanía sobria, como de un funcionario de ventanilla que repasa la documentación sin poner un ápice de emoción en el gesto ni en la voz, como de notario que es escrupuloso en la certificación de los sucesos y los datos. Y es ese tono de línea plana, de recitativo contenido que como mucho se atreve a redondear alguna de las micro escenas con una frase final que las vuelve de golpe poema, el acierto fundamental que convierte esta experiencia en Experience, o sea, la que te lleva de fuera adentro del libro. Porque esa voz crea el clima y sobre ese fondo las historias transcurren con vida propia, todas raras, de una rareza asombrosa y de tan raras, maravillosas. La estructura que utiliza Fernández Mallo se puede imitar, el fondo no. Y la mezcla jugosa entre fondo y forma que da consistencia a esta crema de Nocilla literaria tampoco: es toque y secreto de cocinero talentoso. Yo me he quedado con ganas de más.
Pi 28 April, 2008
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Me da la sensación de que este pequeño libro al que mis manos han recurrido con el tacto una y otra vez en el transcurso de la disertación ha movido algunas emociones esta tarde. Pocas veces recuerdo que tras el aplauso se haya producido un silencio y una inmovilidad semejantes en el público, que te obligan a decir algo, no sé, habrá que salir, no?, o cosas semejantes, porque lo has dicho todo y ya no te queda dentro más, sólo la sensación de que lo ocurrido en esa sala allí debe quedarse, lo que nos convierte en compañeros y cómplices en esta travesía a través del océano de palabras que es, al mismo tiempo, espejo donde todos, más o menos, nos reconocemos cuando nos damos cuenta de qué va la cosa en realidad.
Ahora queda una íntima satisfacción por lo realizado y la necesidad de descansar, de desconectar. Al punto de la mañana hay que subir a la cuarta planta del hospital, la misma que la de la película, donde hay gente a la que le ocurre lo mismo que en la película; a mí me van a quitar sangre y me pregunto si con en esa sangre se irán cansancios raros como el de esta tarde, cuando Richard Parker miraba fijamente desde el fondo del pasillo de la sala sin que lo supiera nadie poniéndomelo un poco difícil. Lo ha venido poniendo difícil todo este tiempo, pero yo lo he intentado solucionar hoy poniendo la mano sobre el libro, acaricíando sus páginas como si fuera algo tranquilizador o familiar, o un asidero, y hablando despacio y con un tono de voz más bien bajo. Y me alegro de haber podido ganarle este pulso a ese bichejo insolente.
(Gracias de nuevo por el reportaje, sanvani)
Espejos 15 April, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Libros , 10 comentarios
Rosa, la viuda de Julio Mazo, librero emblemático de esta ciudad y amigo entrañable, ha vuelto a confiarme la disertación literaria del II Memorial “Julio Mazo” que tendrá lugar el próximo lunes día 28 en el mismo lugar que el año anterior. Aunque supone meterse de nuevo en faena, que las cosas no caen llovidas del cielo, para mí es un honor y una emoción, y es una de esas cosas que te salen del corazón. Como esta ciudad es como es, y a veces parece alimentarse de murmuraciones maledicentes, habrá voces que digan, otra vez éste, de qué va, y otras cosas más. A Rosa no le importa. A mí, que en todo caso soy el afectado y además soy menos fino que Rosa, me la suda. Rosa dice que me confía un acto que para ella tiene una gran importancia en lo íntimo por afecto, por conexión personal y por otras cosas más que no soy yo el que las tiene que repetir. Hablando de repeticiones, me gustaría aprovechar el doblete para no repetirme: no sólo voy a cambiar de libro -cosa obvia- sino que el enfoque va a ser totalmente distinto. Esta vez me gustaría hablar de aquellos libros en los que, en lugar de encontrar cosas, nos encontramos a nosotros mismos. Libros que son un espejo. Libros que te sacuden por dentro y quedan en tí, o quedas en ellos, para siempre.
O sea, “Vida de Pi”.
Nota: las fotos del año pasado, aquí. Y por cierto, no se me olvida el enigmático episodio acaecido por aquellos días.
Despertar 12 April, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 2 comentariosLos miércoles por la mañana la señora Honey entra en mi habitación como siempre y sube las persianas y abre la gran ventana francesa. Deja entrar la luz danzante y el zumbido del mar, el crujido de las barcas ancladas en Roads y el sonido del cortacésped; el olor a hierba cortada y a syringa y el silbido desvergonzado del mirlo.
Luego viene hacia mi cama y se queda de pie, una mano pegada al costado, su vieja cara arrugada como si tuviera alguna noticia que dar y no supiera cómo hacerlo con delicadeza.
-Hoy es un día sin carne, dice.
Katherine Mansfield (1888-1923), “Diario”
Parodia 28 March, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Libros , 6 comentarios
Me he regalado el último libro de Eduardo Mendoza, recién salido de la imprenta, porque lo esperaba con ilusión y así me compensa el disgusto que me he llevado de par de mañana cuando me he enterado del cambio horario, que ya cae este fin de semana. Ya, ya sé, si todos los disgustos fueran así, pero es una forma de hablar. Lo del horario de verano es una cosa que pronunciada por un locutor de radio y escuchada por primera vez sobrecoge un poco y hasta un bastante, porque de un plumazo se va el escenario en el que transcurre el horario de invierno que tiene algo de refugio y de tiempo disponible para estar con uno mismo y dentro de uno mismo. Porque ahora la luz empieza a invadir las horas de la tarde que encendían las farolas, luz por luz, y el aire olerá a cesped y llegará el tiempo de las camisetas de manga corta. Y al final te acostumbras, cierto, pero resulta que este año el cambio me pilla con un cierto conflicto con el tiempo y es que esa sensación que empiezo a tener en septiembre de que tendré tiempo para lo que quiero leer, ver y pensar desaparece por estas fechas y este año la cosa se agrava porque llevo dándole vueltas a que no sé qué pasa con el tiempo, que se escurre, que no lo encuentro, que a saber dónde se mete. Y me agobio.
La curiosidad es muy caprichosa y quiere leer y ver. Y lo leería y lo vería todo. Pero no se puede. Y esa obviedad de repente un día me agobió. La primera vez fue en la FNAC, una reseña había abierto el apetito a la curiosidad, se había publicado la edición íntegra de “El hombre sin atributos” de Robert Musil y de pronto la vista se posó en dos tochos milenarios (milenarios de páginas) muy cerca de otro tocho milenario e igualmente apetecible como era la edición íntegra de los “Ensayos” de Montaigne, el hombre que se encerró en la torre de su castillo para escribir con toda tranquilidad teniendo todo el tiempo del mundo. Y sonó algo parecido a un tic tac, tic tac en mi cabeza y ni lo uno ni lo otro, ni Musil ni Montaigne. Eso es lo que pasó.
La segunda vez que me agobió el descubrimiento de que el tiempo es engañoso porque parece que se queda para estar con nosotros y es mentira y además no dura para siempre, fue en otra planta en el mismo establecimiento y en un día distinto. Me ví ante una estantería de tropecientos metros de largo y unos tres de alto llena, repleta, de cajitas de series de televisión, cada una de ellas ordenadas por temporadas y cada temporada con sus episodios ordenados. Y pasó lo mismo. En invierno parece que hay más tiempo para poder llegar a la página 623 de Musil o al episodio vigésimo primero de la temporada segunda de “Mujeres desesperadas”, que mis gustos son más extensos que las estanterías largas de la FNAC. Pero ahora, para empezar, quitan una hora de la noche de mañana, eso ya fastidia un poco, y luego el tiempo dejará de acompañar para semejantes cosas. O eso es lo que me parece ahora, que ya se sabe que cuando uno está en crisis pues se obceca.
Por eso la noticia del último libro de Mendoza, gamberro (el libro, bueno, y él también) divertido, irónico, en fin, ya sabemos cómo es un libro de Mendoza cuando se pone en ese plan, ha sido bienvenida. Lo que pasa que ya estamos en lo mismo. Cuándo leerlo. Porque Mendoza se incorpora a la lista de asuntos pendientes. En fin. Esta vez parece ser que la cosa tiene un poso paródico hacia esa literatura que ha venido floreciendo en los últimos tiempos sobre códigos y secretos y evangelios secretos y codificados y tal. Eso dicen. Pero el caso es que en el siglo I de nuestra era, Pomponio Flato (nombre muy a lo Mendoza) viaja por los confines del Imperio romano en busca de unas aguas de efectos portentosos pero el azar y la mala suerte lo llevan a Nazaret donde el carpintero del pueblo va a ser ejecutado por haber sido hallado culpable de un brutal asesinato. Muy a su pesar, Pomponio se verá metido en la solución del crimen contratado por el hijo del carpintero, niño candoroso y singular.
Lo de “El misterio de la cripta embrujada” y “El laberinto de las aceitunas” me hizo llorar de carcajadas cuando el tiempo duraba más, tanto que ni importaba. Tanto que ni pasaba de largo.
Digestión 23 February, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 1 comentarioNunca deberíamos comer demasiado cuando nos sentimos nostálgicos. Eso genera vértigos románticos, impulsos macabros, desesperaciones líricas. El que se siente a punto de hundirse en la elegía debería ayunar para conservar su espíritu seco y austero. Antes de escribir Las tribulaciones del joven Werther, ¿cuánto chucrut con guarnición se había zampado Goethe?
Los filósofos presocráticos, que se alimentaban con un par de higos y tres aceitunas, crearon un pensamiento simple y hermoso, desprovisto de sentimentalismo. Rousseau, que escribió la pringosa Nueva Eloísa, aseguraba que comía “muy ligeramente: excelentes lácteos, pastelería alemana”. Toda la mala fe de Jean-Jacques estalla en esa edificante declaración.
Yo, que acababa de ponerme las botas, empecé a darle vueltas a mi excursión campestre. De la familia que había visitado, quedaba lo mismo que había dejado del pollo: nada.”
Amélie Nothomb, “Diario de Golondrina”.
Lecturas 16 February, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 5 comentariosHan venido a juntarse tres de los libros más estimulantes y prometedores que he tenido ante los ojos desde hace mucho tiempo: “Lo que sé de los vampiros”, de Francisco Casavella, “Diario de Golondrina”, de Amélie Nothomb y, esperado con mucha curiosidad, “Sauce ciego, mujer dormida”, el libro de relatos de Haruki Murakami que Tusquets venía anunciando desde hace un tiempo.
El primero, con su título tan sugerente aunque la cosa no vaya por ahí, va a mejor, es el Premio Nadal de este año. Esto de los premios tiene el prestigio por los suelos pero el Nadal mantiene un grado de credibilidad notable. Si esta novela no fuera premio a lo mejor no estaría publicada ahora o pasaría desapercibida en el inasumible caudal de lanzamientos que desbordan a las librerías y a los lectores. Tiene un comienzo maravilloso, veremos si mantiene el tipo, quiero pensar que sí. Lo mismo le ocurre, pero con un plus de asombro, que hay que ver cómo escribe la gente, al “Diario de Golondrina”, que me ha llegado de regalo, mira qué bien. Y las entregas con cuentagotas de la bibliografía de Murakami reparan, tras las últimas novelas-río, en el ámbito de lo breve: 24 cuentos donde se comprimen las constantes de este autor que tanto me interesa.
Todavía tengo dos libros a medias y uno sin empezar. ¿Cómo se las arregla la gente para sacar tiempo? ¿Son conscientes los editores de que este ritmo frenético en los lanzamientos es un disparate?
Realidad y creatividad (2) 3 February, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Libros , 2 comentariosFin de semana casero de reposo de la bronquitis. A vueltas con lo sugerido en el post sobre el diario de P.D. James del otro día, leo en “Babelia” estas declaraciones de la novelista Fred Vargas (París, 1957) con motivo de la presentación en España de “La tercera virgen”:
Si los hombres hacemos arte no es para repetir la vida sino para hacer un doble de la vida. Y eso ya era así cuando vivíamos en cavernas. Creamos a partir de lo real pero lo desfiguramos, lo exageramos, lo miniaturizamos o le damos un carácter grotesco. Eso nos permite ver la realidad bajo otro prisma y comprender mejor y aceptar. Pero para que la creación artística funcione, para que tenga las virtudes terapéuticas que yo le atribuyo, hace falta que no esté demasiado alejada de lo real. Si es una abstracción, si no hay permeabilidad entre arte y vida, entonces el trasplante no funciona, se produce un rechazo. Fíjese, usted no podrá transcribir esta conversación tal cual sin ordenarla, sin cortar las repeticiones, las vacilaciones, sin buscar una mayor intensidad. Si se limita a copiar lo que oiga en su magnetófono, entonces eso será ilegible. No parecerá real. Para que las cosas parezcan reales, el arte sabe cómo hay que falsificar”
Realidad y creatividad 30 January, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Libros , 6 comentarios
Pensaba en el blog mientras volvía a la tarde en tren.
Me preguntaba si realmente le estaba sacando partido. Hablo en el sentido creativo. Esto es un diario, sí, o al menos esa era la intención inicial y de hecho lo es a ratos pero hay una vertiente que siempre me ha fascinado y que consiste en hacer de la realidad contada algo creativo. Supongo que esa es una herramienta muy común entre los escritores pero yo no lo soy y por eso, entre otros motivos, escribo un blog. Pensaba en estas cosas en el tren y he abierto el libro que llevaba en la mano y da la casualidad, mira tú por dónde, que el libro empezaba diciendo:
Escribo esto sentada en un compartimento casi vacío de primera clase del tren de las tres treinta y dos que va de Newton Abbot a Paddington, mientras contemplo el paisaje rojizo de Devon.”
En mi caso eran las dos y dieciocho y mi tren, un regional express, ni llevaba compartimentos ni primeras ni segundas. Si el paisaje era rojizo, que no creo, resultaba difícil asegurarlo dada la mugre acumulada en la ventanilla que, eso sí, ofrecía un filtro natural, una protección gratuíta a la radiación solar.
Sin embargo hay una relación más estrecha de lo que pueda parecer entre ambos viajes en tren, el que aparece en el libro y el que me traía de vuelta a casa. Porque el libro es el experimento que la novelista P.D. James llevó a cabo durante 365 días, desde el 3 de agosto de 1997 hasta el 3 de agosto de 1998 con el objetivo de escribir algo todos los días en forma de diario, desde lo cotidiano hasta la evocación puntual de un hecho del pasado. El editor lo presenta como “una original autobiografía escrita en forma de diario que incluye unas memorias”. Cómo se complica la vida la gente cuando todo eso se puede decir con una palabra: blog. A P.D. James, le guste o no, que no sé si le gusta o no, le ha salido un blog. 365 posts. Eso sí, sin comentarios. Y esto también: cobrando una pasta suculenta. De ahí lo de ir en un compartimento de primera viendo paisajes rojizos por la ventanilla.
Privado yo de atracciones paisajísticas, que no de interesantes conversaciones que flotaban en la atmósfera del vagón, me han llamado la atención las reflexiones previas al experimento y que la autora recoge en el prólogo porque apunta cosas que resultarán familiares a quienes un día se pusieron a escribir un blog. Pero sobre todo hay dos conceptos que me han proporcionado pensamiento para varios kilómetros de viaje: el concepto de diario como registro cotidiano y el concepto de creatividad. ¿Es posible ponerlas en común? Dice la señora James que hay quien experimenta la vida más a fondo cuando consiguen rememorarla tranquilamente que en el momento de vivirla y que así sucede con la ficción, que vive en la imaginación pero que sólo cuando pasa al papel adquiere un sentido distinto de realidad. Yo me quedo con esas últimas palabras y las llevo a mi terreno en forma de objetivo: que las cosas verdaderas adquieran por escrito un sentido distinto de realidad. Ahí es donde empieza lo creativo y mi interés y mi apetito se despiertan considerablemente.
En estas cosas pensaba durante el viaje.
Nocturno 29 January, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 3 comentariosMe desperté una vez durante la noche. Aparté el palio y miré hacia fuera. Vi una luna creciente muy definida y un cielo perfectamente despejado. Las estrellas brillaban con un resplandor tan feroz, tan contenido, que me pareció absurdo decir que la noche era negra. El mar yacía tranquilo, bañado en una luz tímida, grácil, un juego cadencioso de negro y plateado que se extendía sin límites a mi alrededor. El volumen de las cosas me desconcertó: el volumen del aire encima de mí, el volumen del agua a mi alrededor y debajo de mí. Por una parte estaba conmovido; por la otra, aterrorizado (…) Por primera vez, y no la última, ya que me ocurrió repetidas veces entre trances de tormento a lo largo de mi terrible experiencia, me di cuenta de la grandiosidad del escenario de mi sufrimiento. Aprecié mi sufrimiento por lo que realmente era, algo finito e insignificante, y me calmé. Mi sufrimiento no tenía cabida en ninguna parte, comprendí. Y era capaz de aceptarlo. No pasaba nada.”
Yann Martel, “Vida de Pi”
Contar 20 January, 2008
Escrito por emejota en : Cine, Libros , 10 comentariosSoy Leyenda. Yo no, sino Richard Matheson (Nueva Jersey, 1926) el escritor y guionista. Además de haber escrito una novela con ese título lo podría decir también de sí mismo: soy leyenda. Si no, que le pregunten a Roger Corman, Stephen King y un largo etcétera. A Matheson igual no se le conoce por el nombre pero todo el mundo conoce alguna de sus obras. Y lo más probable es que sea más de una. “El increíble hombre menguante”, la peli de los 50, por ejemplo; pues está basada en una novela suya. “El diablo sobre ruedas”, de Steven Spielberg; pues está basada en un relato suyo. En ambas el guión también está firmado por él, si la memoria no me falla. Hay más, pero hoy toca “Soy Leyenda”, maravillosa novela recientemente reeditada con motivo de la versión cinematográfica protagonizada por Will Smith.
No sé qué es lo que más envidio de Matheson: su imaginación o su maravillosa habilidad para contar. En realidad sí lo sé: es lo segundo. Admiro al Matheson narrador que imagina a un personaje llamado Robert Neville y carga sobre sus espaldas toda una novela. Porque Robert Neville está solo y no; en realidad es el único superviviente de una epidemia que ha convertido en vampiros a toda la humanidad y compartimos sus penurias y su aislamiento y combatimos con él el acoso que sufre durante muchas páginas, exactamente desde Enero de 1976 hasta principios de 1979. Inventar una historia así y hacerla verosímil es un arte. Hacerla rodar línea tras línea en suave deslizamiento es una gozada. Y el capítulo 13, concretamente ese capítulo, el capítulo en el que hace aparición el perro, que es casi como otra novela dentro de la novela, es para quitarse el sombrero.
“Soy Leyenda” la imagino en ese blanco y negro de película de Serie B de los 50 y a su personaje lo visualizo como un actor de esas películas viviendo en una casa de los suburbios de aquella época, con las paredes empapeladas en papel de flores, una escalera empinada que baja del primer piso hasta la puerta, una tele muy mamotreto en el salón (amplio) y un porche de madera. Y como quiero que así siga siendo pues no me he acercado a ver a este Robert Neville en la piel de un Will Smith transitando las calles de esta mañana, como quien dice, con rascacielos de fondo; y lo que he hecho en su lugar ha sido ponerme a releer la novela, que se lee de un tirón o dos, y trae de regalo, gratis, el capítulo 13.
(Una semana más tarde el perro había muerto)
Convalecencia 11 January, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 1 comentario
Son cosas que pasan, que tienen que pasar un día u otro, pero eso no quiere decir que después de la cena un periódico ojeado con retraso nos haga decir vaya, mira, Saramago está ingresado en un hospital. Aquí pone que arrastraba una neumonía desde Noviembre pero que se agravó con una insuficiencia respiratoria y el redactor deja caer de golpe los 85 años del escritor en el punto exacto de la frase donde las palabras adquieren un matiz de reserva. Dice la noticia que está estable. Y que le está cuidando Pilar, claro. Habría que preguntarle a los médicos si se espera la llegada del italiano, que a Blimunda confortó en la enfermedad con suave y blanda música; que le llamen, quizá esté entretenido con el jesuíta en una de esas conversaciones a la que ambos se entregan olvidando la hora y los minutos del reloj. Que le llamen a la mujer del médico si no, que esta noche de vigilia los ciegos no se quedarán ciegos.
El narrador esta noche descansa. Doña Ana reza a sus santos con siseos piadosos y el funcionario de la Conservaduría General registra afanosamente los nombres mientras el extremo de un hilo rodea su tobillo y el otro está amarrado a la pata de la cama de un hospital, basta un movimiento leve para que los cuidados todos vuelen hacia allá. El doctor Ricardo Reis pasea por la minúscula habitación del Hotel Bragança y el alfarero no trabajará hoy para no hacer ruído. Eso no lo dice la noticia del periódico pero lo sabemos nosotros de sobra.
Todavía no, don José.
Suite 10 November, 2007
Escrito por emejota en : Libros, Música , 3 comentarios
Se ha hecho esperar un año pero ya tenemos aquí “Las benévolas”, de Jonathan Littell (Nueva York, 1967). Llevo unos días mirándola de reojo, y mientras me decido a adentrarme en la novela, cosa que me suscita mucha curiosidad desde que tuve noticia de su existencia, sigo las declaraciones que va haciendo su autor a los medios, con desgana (la suya, que no la mía), con desgana él, que le debe dar mucha pereza hablar, aunque no sé hasta qué punto eso es una pose. Si lo que pretende Littell es hacerse un personaje, ayudas no le faltan. La introducción a la entrevista publicada recientemente por el suplemento cultural de “El País” es el sueño de todo escritor que desee una piel ad hoc, desde luego, porque en un momento y sin anestesia, estirando una frase por aquí y recortando una adjetivo por allá, nos dibujan a un norteamericano joven que, chulín él, se pone un día a escribir una novela de mil páginas en francés sobre el holocausto nazi para responderse a sí mismo ciertas cuestiones sobre la naturaleza del mal, gana nada menos que el Goncourt y no se molesta en ir a recibirlo. Para postre y como respuesta a los elogios mayúsculos recibidos por las vacas sagradas de la literatura (Vargas Llosa entre ellas) se permite decir que igual no vuelve a escribir otra novela. Sólo quiere que le dejen tranquilo. En Barcelona.
Pues así es, o así se muestra, Jonathan Littell. En esta entrevista y en las otras, a las que atiende con cierta distancia. Y es interesante lo que dice… hasta que el entrevistador desliza la cuestión musical. La cuestión musical viene a cuento porque la novela está dividida en partes que responden a los movimientos de una suite barroca. El problema es cuando la música desafina y eso empieza a pasar cuando el entrevistador pregunta sobre la razón de hacer una partición musical y Littell contesta que porque está bien lo del contrapunto.
(silencio de negra, más que nada para pensarlo un poco)
Pero lo definitivo viene cuando, Bach mediante, Littell da la definición de Fuga y suelta: “la fuga es una expresión musical del misterio de la Santísima Trinidad. Tres partes en una”.
Y se queda tan ancho.
Leche! Así no me lo aprendí yo, oiga. A ver si este tipo ha visto en la portada de un disco “Fuga a 3 voces” y ha dicho, ya está, tres en una, como el lubricante. Lees ésto y se te pone un calderón encima y empiezas a notar que Littell se te desmorona. Porque es inevitable preguntarse: si en el único asunto sobre el que conozco un poco veo que este señor desbarra de esa manera, ¿estará haciendo lo mismo y con el mismo desparpajo pedantesco en el resto?
Naturalmente, eso no quita un ápice al interés que a priori me despierta esta novela. A ver cuándo me pongo a ello.
Incendio 30 October, 2007
Escrito por emejota en : Libros , 2 comentariosNo quiero que me ames,
quiero que ames:
los incendios no tienen dueño.Alejandro Jodorowsky
Releyendo “Psicomagia” (Ed. Siruela)
Planeta 16 October, 2007
Escrito por emejota en : Libros , 4 comentariosNo sé de qué se escandalizan a estas horas. Bueno, dí que ya ni siquiera se escandalizan porque ya hace tiempo que se da por hecho. Lo que no termino de entender es cómo el sainete se sigue representando como si nadie se hubiera enterado. Pero vienen de casa enterados, por supuesto. Quizá es que forma parte del guión del sainete ese juego precisamente: actuar en el último acto haciendo como que no se actúa. La gente se aburre mucho.
Todo esto viene por lo del Planeta de este año. Millás e Izaguirre. Que el Planeta es un premio de encargo es sabido (y reconocido desde la casa) desde hace tiempo. Por si quedaran dudas, la novela ganadora en su día de Sánchez Dragó tenía un narrador que a mitad de página recibía la llamada de una editorial barcelonesa para encargarle el premio más famoso del país. Así que no lo decimos aquí. Lo dicen hasta dentro del premio. En fin. Planeta, con el descaro al que nos tiene acostumbrados, ha venido imponiendo una modalidad de premio-marketing porque al final, y desde el principio, es lo único que importa. Al parecer la jugada consiste en encargar a un autor una novela que Planeta habría publicado de todas las maneras dentro de la programación del curso pero a este autor, y por esta novela, se le paga más. Se le paga más porque incluye el sueldo por participar en el show de la intensa y fatigosa promoción, desfile por toda la geografía patria y la geografía de los medios. Tú ganas, yo gano. El autor gana y la editorial también. La editorial gana en publicidad y, por tanto, en ventas.
El juego es arriesgado porque a veces (no pocas) las cuentas no salen al final. Por eso entonces se juega a lo seguro (si es que hay algo seguro en el mundillo literario español, departamento de cuentas). Lo seguro es Millás, de sobrada solvencia (y con el premio, 100 milloncejos, solvencia en todos los sentidos), porque arrastra a toda su cartera de seguidores. Seguro. Si a eso le sumamos el perfil de comprador que sólo compra un libro al año, el Planeta, por inercia, pues la cosa pinta bien. Y aún así, y por si acaso, Izaguirre, reclamo mediático y narrador eficaz. Escribirán mejor algunos de los 600 candidatos restantes de Francia o de Talavera pero es que su cara no suena. Ya se publicará alguna de esas novelas a lo largo del año y punto.
Todo está previsto. Por eso ya no extraña el sainete, aunque vaya el ministro todo serio a la cena y esté el poeta otra vez en el jurado. En todo caso, lo que deja un poco así es la posibilidad de que un Millás haya dicho vale, venga. Que lo diga otro pues bien. Pero es que.
Umbral 28 August, 2007
Escrito por emejota en : Libros , 2 comentarios…esta corporeidad mortal y rosa
donde el amor inventa su infinito.Pedro Salinas
Precisión 23 August, 2007
Escrito por emejota en : Libros , 4 comentariosEra una caja pequeña y alargada que parecía de plata y porcelana. Tenía un bonito color azul que no era azul exactamente, sino más bien lila. Pero tampoco era del todo lila, porque tenía un punto gris. Para ser precisos, era del color de la congoja.”
Susanna Clarke, “Jonathan Strange y el señor Norrell”
Barbarita 20 August, 2007
Escrito por emejota en : Libros , 9 comentarios
Dice Barbarita que escribir un libro es una cosa difícil, muy pero que muy difícil, porque “hay que conocer todas y cada una de las reglas de ortografía. Y también de la gramática. Y hay que saber, además, qué es un palíndromo”. Sin embargo, un día Barbarita empezó a escribir un blog y tiempo después lo metió en un libro. Todo no, claro, pero algo sí. Para meter un blog en un libro se tienen que dar unas circunstancias especiales. Para saber qué circunstancias son esas basta pasarse por cualquier post del blog de Barbarita y echar un vistazo. De ahí que lo del libro no resulte tan difícil, después de todo. No obstante, que haya gente a la que salga un libro como el que le salió a Barbarita el día que decidió meter dentro un puñado de blog puede ser un problema. Yo lo sé bien.
Recibí el libro de Barbarita y cuando apenas lo había ojeado se lo pasé a una amiga, que es de letras, y la amiga se lo pasó a otra amiga, o quizá amigo, no importa porque tampoco sé si era de letras o no; lo que importa es que cuando fui al rescate del libro, el libro ya estaba en otras manos, y todos hablando primores del libro de Barbarita. Y todo era un poco surrealista porque se me empezaban a poner los dientes largos por un libro al que no había manera de asomarme y que, en realidad, me pertenecía. Era todo muy raro hasta hace un par de semanas que lo recuperé.
Por fin.
Y ahora que lo he terminado he podido reencontrarme con una manera de contar las cosas divertida, tierna, profunda, desenfadada y conmovedora (por separado y todo junto) que le hacen a uno alzar la ceja y sospechar todo el rato si estará leyendo a una escritora famosa bajo cuyo nombre se esconde una identidad secreta que un día empezó a escribir un blog en los ratos libres. Si no es así debería serlo, desde luego. Lo que sí sabemos, dicho con palabras que sólo han podido escribirse con una sonrisa en los labios, seguro, quién sabe si parecida a la que se le pone al lector, seguro, cuando las lee, es que Barbarita
nació en enero de 1968 en una ciudad situada un poco al norte y un poco al oeste de España, donde bastantes años después se celebrarían unos Juegos Olímpicos a los que asistió como espectador Jack Nicholson, entre otros”.
Barbarita cuenta instantáneas de su vida en Barcelona, mostrando lo que hay, lo que sale (Barbarita sabe mostrar en cuatro trazos -tris, tras- quién habita detrás de las caras que dibuja) y también lo que pasa, lo que le pasa, lo que dicen y lo que hubo, y le busca las cosquillas a las frases unas veces y otras veces se refugia a la sombra de un párrafo que tiene lo menos dos adjetivos de oro. Según le de. También tiene esa capacidad envidiable de saber llevar el compás del punto y aparte, y de la frase breve y del comienzo brillante, como éste:
Mi abuela, cuando falleció, ya era completamente sorda. Mi madre, por su parte, lleva treinta años escuchando sólo un pequeño fragmento de lo que se dice e imaginando todo lo demás”.
Barbarita tiene un libro hecho con un trozo de blog, ojos de niña traviesa que aún no ha perdido el asombro y algún que otro día nublado (sorbos espaciados de un té caliente). Y un cielo encendido de estrellas en un viaje de doce horas. Y Xavi durmiendo al principio de una página. Y la memoria de los pasos, que no se va porque ella no quiere. (Y la ausencia de un post que echamos de menos, mucho; los lectores también tenemos memoria)
Nota: las culpas por todo, aquí.
Hechizos 2 August, 2007
Escrito por emejota en : Libros , 7 comentarios“Todas las noches sin falta, Lady Pole y Stephen Black eran llamados por la campana triste a bailar en los sombríos salones de Desesperanza”
Estoy leyendo “Jonathan Strange y el Señor Norrell”, de Susanna Clarke, con verdadero placer. Voy por la página 390 y lo único que lamento es que sólo faltan unas 500 más. Eso no es muy habitual, que un millar de páginas sepa a poco, pero es que en esta novela insólita, unas de las propuestas más originales desde hace mucho tiempo, todo es muy peculiar. La trama nos sitúa en la Inglaterra de comienzos del XIX para presentarnos a Jonathan Strange y al señor Norrell, magos. En su afán de reinstaurar la práctica de la magia, devolviendo a este arte su antiguo esplendor y el importante papel que desempeñó en el pasado de la nación, acuerdan poner sus habilidades al servicio del gobierno británico en su lucha contra Napoleón Bonaparte.
Susanna Clarke ocupó diez años en construir esta monumental historia que, conviene aclararlo por la coyuntura editorial actual, no está dirigida al público infantil, ni mucho menos. Se ha señalado, con poca fortuna, la influencia de Harry Potter y del universo de Tolkien a la hora de hablar de este libro cuando en realidad la novela de Clarke se inserta en la tradición del folletín clásico de Dumas y Dickens, de cuyos mecanismos narrativos hace uso con fortuna.
Hay muchas cosas que me están llamando la atención de esta novela, aparte de la historia, que me encanta. Por ejemplo, el ritmo de lectura. Me da la sensación de que es el propio libro el que lo determina y no el lector. A diferencia de tantos otros libros que me he llevado de vacaciones, éste parece imponer sutilmente cuándo debes dejar de leerlo, aunque tengas tiempo, y ganas. Luego retomas la historia donde la dejaste y para cuando llevas dos líneas ya estás inmerso en el universo absorbente que ha construído Susanna Clarke pieza a pieza con minuciosidad. Esa es otra de las cosas que llama la atención: hay infinidad de detalles en cada una de las páginas de este libro, a cuyo pie encontramos con frecuencia unas notas muy bien documentadas repletas de referencias bibliográficas, aclaraciones y anécdotas, (algunas de gran extensión) más sorprendentes si cabe si tenemos en cuenta que todas son imaginarias. Curiosamente, este divertido alarde de falsas precisiones, referencias y corroboraciones confiere al relato la definitiva verosimilitud literaria que toda obra de ficción persigue.
Es difícil resistirse también a las ambientaciones, tanto al telón de fondo general (el escenario de la época) como a una determinada atmósfera en particular. Da la impresión de que en la novela hay cosas que ocurren para que Clarke se de el gustazo de recrearse en el ambiente de un instante: los diversos matices del cielo durante una nevada, catedrales cuyas piedras parecen exhalar el frío de mil inviernos, crujidos de madera que ponen en evidencia el silencio de un lugar o los reflejos de las velas y de unas pinturas venecianas en un espejo como adjetivos de la penumbra de una elegante estancia.
A vuelta de página podemos encontrarnos combatiendo con el mismísimo Wellington contra los franceses en el frente de Portugal o bien adentrarnos en el fantasmagórico reino nocturno de Desesperanza, donde las almas desfilan en una procesión espectral o bailan la música más triste al claro de una luna de hollín. En la portada de esta novela inmensa la enigmática silueta de un cuervo reclama constantemente nuestra atención. Un placer espléndido.
“Jonathan Strange y el señor Norrell”, Susanna Clarke. Editorial Salamandra, 2005. En edición de bolsillo desde Marzo de 2007.
Boda 16 July, 2007
Escrito por emejota en : Libros, Varios , 4 comentarios
José Saramago y Pilar del Río se han vuelto a casar. Es que una vez se casaron fuera y ahora se han casado dentro. Se casan pero no se cansan, dichosos ellos. Dicen que la ceremonia ha sido discreta y con pocos invitados, entra en lo posible que entre los mismos haya estado la mujer del médico, y quizá otro médico sin mujer pero con nombre sonoro, Ricardo Reis. Hay quien niega a Saramago su condición de escritor habiéndose subido previamente al sillón de la semántica, la semiótica y hasta de la estrambótica. Muy alto debe ser ese sillón para que desde allí no se alcance a distinguir bien las letras dispuestas en el papel o quizá es que con tanta retórica al servicio de la etiqueta a algunos se les olvida que literatura es cuando las frases te utilizan como recipiente y desde allí respiran y laten y te viven y, al final, vuelves a ser tú pero ya no el mismo, un tú mejor y mayor, enriquecido por un sustento incombustible. Claro que lo que importa ahora es que Baltasar y Blimunda se encontraron, eso ya lo sabíamos pero por un momento hacemos como que no y aplaudimos a los novios. Las campanas repican con regocijo. Felicidades.
Alicia 4 July, 2007
Escrito por emejota en : Libros , 2 comentariosHay que seguir con la tradición. Pero sólo vale leerlo por la tarde (click)
Ravel 9 June, 2007
Escrito por emejota en : Libros, Música , 1 comentario
George Gershwin le pidió a Ravel que le diera clases de composición y Ravel dijo que ni hablar y seguido le preguntó “¿para qué quiere ser un Ravel de segunda siendo un Gershwin de primera?”. No sabemos si Gershwin se quedó pensativo pero lo que es muy probable es que Ravel encendiera uno de sus habituales cigarrillos Gauloises esperando que el americano comprendiera que sería un disparate influir en su naturalidad melódica. Antes de eso, Ravel había cruzado el charco, de Francia a Estados Unidos, en un trasatlántico de lujo y una noche el capitán le pidió que tocara algo al piano y lo que sonó fue su Preludio, qué preludio, pues el Preludio, preludio sin más (y nada menos), un misterio insondable de apenas 30 compases que contienen las notas justas y donde se comprende que Ravel no podría enseñarse a sí mismo como tampoco se enseñaba a sí mismo por dentro, aunque por fuera se mostrara siempre impecable, con sus trajes a medida, sus tirantes a juego con sus camisas, los gemelos, los guantes, todo ese atuendo que era la piel de un cuerpo diminuto en estatura y complexión.
Jean Echenoz ha escrito sobre los últimos 10 años de Maurice Ravel y lo ha hecho de una manera que está en las antípodas de la biografía al uso. Se agradece. Pero lo más sorprendente de este librito breve, leve y, sin embargo, caprichoso en los detalles, preciso y precioso, es que donde verdaderamente está el espíritu de Ravel es, más que en el contenido de las frases (que también), en el trazado de las mismas: sutil, elegante, rectilíneo, transparente, todas esas cosas que se dan en la música de Ravel pero que sólo en Ravel dan como resultado ese lenguaje original, hondamente expresivo e instransferible.
Para Ravel, traducir al papel pautado el universo sonoro donde él habitaba suponía empezar jugando a encontrar ideas rítmicas en las máquinas de las fábricas, que tanto le fascinaban, por eso la cantidad de autómatas y artilugios mecánicos que llenaban su casa, una casa que, según la miraras, tenía más pisos a un lado que al opuesto, y que por dentro era minúscula y, al mismo tiempo, lo suficientemente espaciosa para este hombre menudo que podía gastar horas en el camino que le llevaba de la cocina al cuarto de estar reparando en esta o en aquella mínima pero minuciosa tarea. Los ritmos, sí; luego quizá ayudara el canto de los pájaros del jardín o del bosque de Rambouillet, donde se internaba a diario como el protagonista de un cuento; luego venían años de meditación y reflexión, relacionando ideas, estableciendo rutas, planeando estructuras; y, finalmente, una vez sumado todo, proceder a restar lo que sobra. Ya hay obra.
Qué le pasaría a Ravel al final. No lo sabemos. Pero un día empezó a coger el tenedor por la punta, otro a llevarse a la boca el cigarrillo por la parte encendida; unos compases más adelante ya no podía leer música, ni reconocer sus obras cuando sonaban en un concierto y le decía a su acompañante, precioso, precioso, tenemos que felicitar al autor; de ahí a no controlar el movimiento de sus ojos sobre las frases del periódico, que deberían ir de izquierda a derecha pero no, imposible, y la carta, ocho días para escribir una breve nota a sus amigos Delage confesando después haber tenido que buscar todas las palabras en el Larousse para saber cómo se escribían. Y todavía más y siempre dándose perfecta cuenta de que cada día menos.
Todo cambió para mí el día que escuché, flotando en un pasillo, un acorde que resultó ser de Ravel. Y todo sigue cambiando cada vez que escucho a Ravel, mago del sonido, creador de emociones caleidoscópicas, guardián del secreto, músico prodigioso. Ravel llegó a ser una imagen pública aclamada por las masas, aunque no escapa a la sagaz y observadora mirada de Echenoz que se las arreglara para no dejar, a su muerte en 1937, “ninguna imagen filmada ni la menor grabación de voz”.
Bonsái 3 June, 2007
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Libros , 4 comentariosAyer domingo me encontré con Gloria-hija y me compré un libro.
Primero lo de Gloria-hija. Gloria-hija se llama así para no confundirla con su madre, que es Gloria-madre. Me hizo mucha ilusión verla porque ni sé los tiempos que hacía, ya empezaba a pensar que igual había soñado que existía y todo. Pero no. Yo siento una complicidad especial con Gloria-hija porque es una de las personas que mejor conecta conmigo y, además, Gloria-hija es la persona que mejor escucha del mundo porque te escucha con los ojos. Tú le hablas, no? y entonces cuando enfatizas algo abre mucho los ojos y otras veces los entrecierra como escrutándote desde lejos (llevo muchos posts esperando la oportunidad de poner esa palabra, escrutar, tan crujiente, pero no tanto, como de oblea que se parte). A veces no sabes si los ojos de Gloria-hija reaccionan a lo que dices o si es que esa coreografía ocular marca el compás de lo que tienes que decir. Por si fuera poco, a Gloria-hija le intriga algo de este blog que a mí también me intriga y eso me ha gustado mucho. ¿Que qué le intriga? Ah, eso pregúntaselo a Gloria-hija.
Ahora lo del libro.
Una vez abrí un libro, eché un vistazo al primer párrafo como hago siempre para ver cómo suena, y tuve la convicción de que si algún día me pusiera a escribir un libro lo empezaría justamente así. Yo creo que por eso no escribiré nunca un libro, porque el comienzo ya lo ha escrito otro y ya no tiene gracia. El caso es que como llevaba dos libros gordos en la mano lo dejé para otro día y otro día va y ya no estaba. Eso tampoco tuvo gracia. Y luego se me olvidó hasta que esta mañana lo he vuelto a ver, lo he vuelto a abrir, he vuelto a sobrevolar el primer párrafo y he vuelto a tener la convicción de que si alguna vez me hubiera dado por escribir un libro seguro seguro que habría empezado así. Pero es que ya no tiene gracia porque lo ha hecho otro antes. Viene a decir ésto:
“Al final ella muere y él se queda solo. El resto es literatura.”
Los que me conocen asentirían con la cabeza como diciendo: cierto, cierto, así habría empezado emejota un libro. Lo dirían porque me conocen y dicen: cosas así son muy de emejota, sí. Y me gusta que lo digan porque así me ahorro explicaciones.
Es que es un principio genial porque de golpe y porrazo te lo dice todo y te deja mosca. Luego el resto está igual de bien todo el rato, tanto como para reconocer que yo no sabría escribirlo así, el principio sí pero todo lo demás no, las cosas como son. Y yo creo que el principio es así de condensado porque el libro en sí es pura condensación, un resumen, una miniatura. Se lee en unos cuarenta minutos y se titula “Bonsái” (claro). Y el autor es Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975).
Si le preguntas a Gloria-hija si esa frase es muy mía seguro que te dice que sí y además añadirá que “seguro”. Si no lo añade es que es otra Gloria y te has confundido. Yo creo que a Gloria-hija le gustaría “Bonsái”; esta mañana me ha dicho que conoció a Unai Elorriaga leyéndome y que le gustó mucho y por la tarde pensaba yo que si Unai Elorriaga supiese la de gente que ha comprado sus libros por recomendación mía igual hasta me regalaba una frase. Me haría una ilusión infinita o más todavía.
Magia 22 April, 2007
Escrito por emejota en : Libros , 7 comentarios“Los dedos de la niña ahogada buscan la piedra de la entrada;
alza las mangas de su vestido azul y contempla a Kafka en la orilla del mar”.
Hoy es el día del libro. Mañana ya no pero yo seguiré, como desde hace cuatro meses, sin querer salir de uno, “Kafka en la orilla”, de Haruki Murakami. Fue llegar a la página 584, posar la vista en el punto final y, como si despertara de un trance, me dije a mí mismo que no quería salir de allí. A veces recorres una obra y a la salida sientes que algo ha cambiado dentro de tí. Lo de “Kafka en la orilla” es un fogonazo, una experiencia difícilmente expresable: caes en las redes de ese hipnotizador de la palabra que es Murakami (prestidigitador de la primera persona del singular y del tiempo presente) y, como acertadamente afirmaba Rodrigo Fresán, tienes que entregarte totalmente; es necesario hacerlo, tienes que vencer toda resistencia para poder sumergirte en ese universo en el que la realidad y lo fantástico son como dos transparencias que se superponen. No hay que hacer preguntas a este libro, no hace falta: él te dará todas las respuestas.
Kafka Tamura se marcha de casa el día que cumple quince años. A partir de ahí, ya nada será lo mismo para él ni para el lector. Murakami hace aquí un compendio de sus constantes (personajes en busca de sí mismos o de algo que han perdido, el decisivo papel de las coincidencias) pero parece contarnoslo desde la dimensión de los sueños (”todos nosotros vivimos dentro de un sueño”), donde pasan veloces los vagones de metro con gente apretujada, los gatos hablan, el joven llamado Cuervo te susurra cosas al oído, Johnny Walker te lleva en volandas por las calles con su estrafalario atuendo y te invita a abrir la puerta y traspasarla o dos soldados de la II Guerra Mundial, perdidos en el bosque frondoso, custodian un pliegue del espacio-tiempo mientras tus ojos recorren las frases con asombro y las palabras emanan el delicioso olor a tinta impresa.
En “Kafka en la orilla” hallas un puñado de los personajes más fascinantes que te puedes encontrar: el inolvidable Nakata, que de niño formó parte del grupo de escolares que sufrió el extraño incidente de la montaña, el ambiguo bibliotecario Ôshima, la enigmática señora Saeki y, por supuesto, el propio Kafka Tamura, trasunto contemporáneo del protagonista de “El guardian entre el centeno” de Salinger en cuya traducción al japonés trabajaba Murakami cuando la idea de este libro surgió como un chispazo. Pero Murakami el hechicero tiene la asombrosa habilidad de elevar a la categoría de personajes con vida propia a seres inanimados: el edificio y las estancias silenciosas de la Biblioteca Kômura (el viento hace ondear lentamente las cortinas de las salas de lectura), el lápiz de punta siempre perfectamente afilada con el que juguetean los dedos de Ôshima o el Trío del Archiduque de Beethoven.
“El día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pequeña biblioteca. Quizá parezca un cuento de hadas. Pero no lo es. De ninguna de las maneras”. Y ya nada es lo mismo a partir de entonces.
Observar 15 March, 2007
Escrito por emejota en : Cine, Libros , 5 comentarios
Cuando a principios de Febrero Miguel Cane me hizo llegar desde México un ejemplar de su libro de conversaciones “Intimos extraños”, me llevé varias sorpresas. La primera la impresionante lista de celebridades con las que había tenido ocasión de conversar personalmente y que va de Meryl Streep a Roman Polanski, pasando por Nicole Kidman, Jodie Foster, Sigourney Weaver, Johnny Depp y así hasta 35 iconos vivientes del mundo del cine. La segunda fue imaginar la intensidad de la experiencia vital que es fácil intuir tras cada uno de estos logros periodísticos. Y la tercera fue preguntarme cómo es posible que alguien acostumbrado a desenvolverse en la vorágine de ese mundo bullicioso sea asiduo a las silenciosas latitudes de este blog.
La entrevista es un arte muy difícil, la buena entrevista, se sobreentiende; hay que ser capaz de saltar con sagacidad, tacto y paciencia los muros que ha erigido la persona que tienes delante para lograr extraer de ella la esencia. Para ello hace falta disponer de muchos recursos; algunos se adquieren y se perfeccionan con el hábito; otros son innatos. Aquí la tarea es especialmente complicada porque, como afirmaba Miguel en la promoción de su libro, se trata de conversar con actores que, en su mayor parte, siguen representando un papel fuera de los focos, de ahí el acierto en el título “Intimos extraños”. Quizá por eso, y aunque el contenido de las charlas mantiene en todo momento el interés del lector, donde el libro brilla realmente es en la habilidad del entrevistador para observar hasta los mínimos detalles, interpretando los gestos, los tonos, y escribiendo con ellos una “entrevista” paralela que, al mismo tiempo, sirve para crear una atmósfera que sitúa al lector en un lugar desde donde podrá disfrutar de un campo de visión mayor.
En este sentido Miguel repara en la manera de saludar de Jane Fonda (ofreciendo a todos los presentes la mano) y mientras ella se acomoda en un sofá él tiene tiempo más que suficiente para captar aquellos rasgos que hablan de la persona antes de que lo haga, quizá, el personaje: “La sonrisa es rápida, confiable, inteligente. Se sienta con la elegancia de una mujer de cierta edad acostumbrada a esta clase de eventos”. No escapan a los ojos del observador las escenificaciones que pretenden pasar por espontáneas: “La cita con Colin Farrell es lejos de los suntuosos salones de los hoteles de cinco estrellas donde habitualmente se llevan a cabo las entrevistas. En este caso, los publicistas conciertan el encuentro en un salón de billar ubicado en la parte baja de Manhattan (…) Colin y sus amigos juegan en una de las mesas -aunque apenas son las tres de la tarde y hace frío- fuman y beben cerveza. Al sonreir, el actor no se parece realmente a su persona en pantalla, ni al que figura en las fotos; más bien luce como un universitario que mata un rato entre clases. Su hermana Claudine ejerce como eficaz e inseparable asistente personal. Colin abre un paquete de Lucky Strikes sin filtro y ofrece uno”. De paso, el actor ofrece también una advertencia: “No me asustan las entrevistas, siempre digo lo primero que pienso, de todos modos siempre hablo de lo que quiero hablar”.
En ocasiones las barreras son inexpugnables: “Antes de comenzar la entrevista, la traductora que acompaña a Keanu Reeves advierte: por favor, no le hagas preguntas personales porque no las va a responder. Acto seguido aparece el actor con expresión inescrutable, traje gris y camisa negra. Su actitud es de precaución, aunque escucha atentamente todas las preguntas que se le formulan (…) La charla es sosegada y la advertencia es innecesaria, ya que para proteger su intimidad, Keanu Reeves es un experto”.
Y, sin embargo, en otras ocasiones, la empatía que consigue establecer el entrevistador con su entrevistado da como resultado una complicidad que incluso invierte las tornas, como en el caso de las dudas que manifiesta Liv Ullman con respecto a las entrevistas:
-Hay tantas cosas que pasan en el mundo y aquí estoy y la gente se sienta a entrevistarte y piensa que hay que preguntarte cómo es la actuación, cómo aprendes tus diálogos y cosas como ésas.
-Cosas no muy interesantes, me temo…
-No, pero no me refiero a tí, eres muy joven pero conoces muchas de estas películas. Es diferente. No esperaría que me preguntaras mi color favorito.
-Bueno, ¿cuál es su color favorito?
-Pues… ¡Azul! (risas) Pero, en serio.. ¿cuántos años tienes?
-Veintiséis.
-¡Eres muy joven! No puedo creer que hayas visto estas películas.
-Tenía doce cuando vi “Gritos y susurros”. Doce o trece.
-¿Y tus padres te dejaron verla?
-No sabían que la estaba viendo…
Tras escuchar estas interesantes conversaciones, este lector confiesa haber sentido la tentación de formularle algunas preguntas al entrevistador y así lo deja escrito, como de pasada, con una sonrisa irónica y afectuosa.




