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Exploraciones

el domingo de las madresEl domingo, Día del Padre, leí en dos tirones “El Domingo de las Madres”, última novela del británico Graham Swift que acaba de publicar Anagrama. Ambos domingos, el del lector y el de la ficción, que transcurre en el 30 de marzo de 1924, compartieron un limpio cielo azul que, en las latitudes inglesas donde transcurre la novela, es vivido como una feliz anomalía climática que pone la guinda a un día especial: el Domingo de las Madres. En aquellos tiempos de mansiones en mitad de la campiña, de señores y su servicio, días que tan bien reflejaron “Arriba y abajo” o “Downton Abbey”, según la generación a la que pertenezca el lector de este post, el cuarto domingo de Cuaresma era una jornada en la que el servicio, siguiendo una larga tradición, dejaba sus ocupaciones para volver a casa por unas horas y visitar a sus familias. El domingo 30 de marzo de 1924 los Niven y los Sheringham disimulan con británica flema su fastidio e, inválidos por la ausencia de asistentes, salen a comer a un lujoso restaurante. Mientras tanto, el hijo de los Sheringham y Jane, la criada huérfana de los Niven para quien el Domingo de las Madres no tiene dirección de destino, comparten lecho por ultima vez en la mansión, aprovechando la ausencia de los señores y del servicio: Paul Sheringham va a casarse en breves fechas.

Entonces el lector entra en trance ante la minuciosa y perspicaz disección que nos brinda Jane de todo lo que ocurre, siente y ve; cómo interpreta cada gesto, suposición, aliento, mirada, en una mezcla de melancolía anticipada y distante objetividad; y cuando Paul Sheringham se marcha para acudir al cóctel con su prometida -mundo desconocido y vedado para alguien como Jane-, continuamos atrapados en el minucioso, sosegado pero vibrante fluir de sensaciones que desgrana ella y nos convertimos en cómplices de una maravillosa e insólita situación: la criada no sólo dispone de una hora de tiempo para recorrer, inspeccionar y poseer a su antojo las dependencias de la mansión, sino que las recorre, inspecciona y hace suyas en la más insólita circunstancia: desnuda, de tal modo que su piel parece vestirse de un mundo de maravillas que, seguramente, pasa invisible para sus ocupantes cotidianos: la danza del polvo en un haz de sol, el sosiego del silencio primaveral, las vetas de las maderas nobles, las letras doradas en el lomo de los gruesos volúmenes, la inquietud y la quietud en mitad de la gran escalinata que desciende en solemne curva, la frialdad del mármol en la planta de los pies. La asunción de la propia circunstancia junto al deseo de que se materialice lo imprevisto no pugnan en lucha en la mente de Jane, simplemente transcurren plácidamente, como lo hace la narración subyugante que todavía nos hipnotiza en el camino de vuelta al atardecer por los caminos solitarios: “Pedaleando, oía el zumbido de las ruedas, sentía el aire entrándole en el pelo, en la ropa y, tuvo la sensación, casi en las venas. Nunca lograría explicar la libertad total, la creciente sensación de “posibilidad” que sintió en esos momentos”.

Humanidad

Sviatoslav RichterCoincidiendo con el centenario de su nacimiento, llegó “Por el camino de Richter”, memorable libro de connotaciones proustianas y no casuales. Habría que transitarlo para recordar el tiempo en que los artistas geniales eran, ante todo, profundamente sabios y profundamente humanos, da igual el orden de los factores: el adverbio es el mismo. Eso sí, si te animas a transitar este camino, agárrate fuerte: desde la primera página, Sviatoslav Richter arrolla con su incontinente, fascinante y fascinadora verborrea que se expande y ramifica ad infinitum. Da igual perder el hilo: el hilo anterior da paso a otro, y a otro, y a otro, y aunque el sentido que dio origen a la excursión se pierda, cada nuevo ramal es igualmente cautivador, hipnótico, desbordante, excesivo, hiperbólico, profundo, divertido, interesante, inesperado.

Richter fue un genio primero, y pianista después. Y como pianista tuvo mucho de mefistofélico, de arrebatador, verdadera fuerza desatada de la naturaleza con un fondo de desesperación que lo hacía todo aún más verdadero, más hondo. Hondura: esa es la palabra que diferencia sideralmente a Richter de muchos otros monstruos virtuosos; su profundidad insondable, su descenso a los infiernos de los cuales traía esos hallazgos que ponían los pelos de punta, no por raros ni lejanos, sino por ser sumamente humanos.

A Richter los soviéticos lo pusieron en el escaparate de Praga en los tiempos de color gris acorazado del telón de acero para tocar una serie de Sonatas de Beethoven y el suelo de la sala, literalmente, vibró. Era raro verle sonreir porque tuvo que ponerse una armadura impenetrable para que no se hiciera (más) pedazos tanta humanidad. No muchos supieron que las mañanas de los conciertos, estuviera en la ciudad que estuviese, ciudades que progresivamente eran más pequeñas por voluntad propia, apareciera en la escuela de música o en el conservatorio, sin previo aviso, con sus maneras rudas y sus andares marciales, dispuesto a tocar gratis para los alumnos el concierto de las tardes. Así fue en Pamplona una mañana de febrero de 1992 en la antigua sede del Conservatorio “Pablo Sarasate” de la calle Aoiz, en cuyas instalaciones entró como elefante en cacharrería topándose con aquel conserje modelo armario y dando lugar a un choque de titanes. Aquí, un testigo alucinado.

Richter era de risotada sonora, de golpe en la mesa, de lágrima oculta. Protagonizó al final un documental estremecedor. Vivió la vida intensamente y con tanta energía que a veces abría la ventana del hotel y aullaba a la luna, aunque como escribiera Luis Antonio de Villena de Miguel Ángel Buonarroti, “como casi todos los hombres, tampoco fue feliz”.

Diario

*Esto lo escribí en otro lugar al comienzo de una primavera, pero también tiene sentido hoy, día del solsticio de verano.

archivos_imagenes_carteles_1_11441Llega la primavera y estoy ante un grupo de alumnos en la universidad hablando sobre “El Gran Silencio”, la película documental de Philip Gröning que sorprendió al mundo en 2005 al mostrar, por vez primera, lo que sucedía al otro lado de los muros del monasterio principal de la orden de los Cartujos, en las alturas de los Alpes. Un mundo silente, sorprendente y trascendente que noquea a quienes vivimos en este mundo ruidoso y acelerado. La sensibilidad de Gröning le lleva a efectuar un montaje paralelo entre el círculo infinito de las estaciones del año, allá fuera, y el compás de las campanas que marcan la rutina de las estaciones de dentro, con sus maitines, laudes, primas, tercias, etc. Las imágenes se suceden lentas, hermosas, repletas de matices y me llevan a volver a subir, una vez en casa, a aquella otra montaña de la imaginación de Thomas Mann a la que subió hace casi un siglo Hans Castorp para ir a visitar a su primo Joachim en el sanatorio donde hace la cura de sus pulmones sin saber que tardaría siete años, siete, en volver a bajar.

Soy alpinista literario y reincidente de esa montaña porque de vez en cuando vuelvo allí, como acabo de hacer ahora, movido por el recuerdo que me ha traído la primavera y las estaciones de Philip Gröning, para retomar el pasaje en el que Hans Castorp, en pleno paseo, le pregunta a Joachim si se ha dado cuenta de que el día que marca el inicio del invierno los días empiezan a alargarse marcando en realidad el inicio de la primavera, mientras que el día que marca el inicio del verano los días empiezan a acortarse marcando en realidad el inicio del otoño. Y a continuación se pregunta a sí mismo qué celebrarían los hombres primitivos en las hogueras de San Juan. ¿Estarían de celebración antes de emprender el descenso a la oscuridad o estarían contentos porque ahí culmina el ascenso de la luz, el climax anual? “Danzarían alrededor de las hogueras movidos por un orgullo lleno de melancolía o por una melancolía llena de orgullo, según se mire”. Yo no digo nada, responde Joachim enredado en el discurso de su primo.

Aquí, afuera del documental de Gröning y abajo de la mágica montaña de Thomas Mann, acaba de llegar la primavera y los relojes lo celebran estirando la luz de las tardes. En nada llegará el solsticio de verano y volveremos a repetir una confusión ancestral creyendo celebrar el inicio de una cosa cuando de otra distinta se trata. Es la paradoja del círculo en el que se suceden las estaciones, nos diría Hans Castorp: “no hacemos sino girar en círculo con la esperanza de alcanzar una meta que, después de todo, ya es el punto de inflexión hacia otra cosa”.

Recomendaciones

Amaneció el día del libro y en Twitter circuló tempranero un tuit que llamó mi atención. En una librería de Madrid, los propietarios habían tenido la idea de proponer que fueran los propios lectores quienes recomendaran libros a otros lectores y a tal efecto habían colocado un mural donde podían achinchetarse tarjetitas previamente rellenadas. “Me gustaría recomendar este libro”, decía el encabezamiento de cada tarjeta. A continuación, venían una serie de campos para escribir el título del libro, la editorial (curiosamente, el nombre del autor no tenía lugar asignado) y el comentario mediante el cual el lector hacía su recomendación. La cámara de un móvil había puesto el ojo en una tarjeta entre tantas, amontonadas como estaban en el corcho del mural, y en ella se leía, en letra clara, a bolígrafo, como título del libro recomendado, “La señora Dalloway”; como editorial, Austral, y (y aquí viene lo notable, o lo noticiable; en todo caso, lo sorprendente) un comentario tan escueto como contundente: “Me arruinó la vida”.

Acusé la impresión de las palabras, no es para menos, y recordé entonces que, en mi biblioteca, la señora Dalloway residía en una edición de Alianza y se me ocurrió ir a visitarla a ver si seguía allí. Las páginas, amodorradas (ocurre cuando un libro lleva durmiendo mucho tiempo que las páginas se amodorran en papel de tacto suave, a veces con el tacto del terciopelo de un silencio largo) pasaron en ráfaga y, como rápidos flashback, llegaron a mi mente nombres e imágenes familiares de mi primera lectura. Cosas de las apetencias súbitas, esa misma tarde comencé a recorrer, de nuevo, el trayecto que la señora Dalloway hace una luminosa mañana londinense de junio y que comienza yendo a recoger unas flores para la fiesta que va a celebrar esa noche en su casa.

Me pregunté acerca del tiempo. No el de la lluvia y el sol, el del otoño o el del verano, tan en boca de los ingleses (como lo estaba en boca de mi abuela, que no era inglesa pero que admiraba en silencio a Maldonado, el hombre del tiempo de la tele de antes). El tiempo sobre el que me pregunté es el del reloj. En concreto, me pregunté si hoy hay tiempo para leer un libro como “La señora Dalloway”, que es breve, pero que requiere un tempo y una cadencia que no tengo muy claro que nos la permita la ansiedad de los minutos de este presente. Y de ahí pasé a pensar en el tiempo plasmado en las páginas de Virginia Woolf, noventa años atrás, concretamente en la cotidianidad que refiere, porque es un libro que transcurre en una sola jornada, y que empieza cuando Clarissa Dalloway decide ir en persona a comprar flores frescas para la fiesta de esa noche y termina cuando se van los últimos invitados. Es la cotidianidad de lo que pasa la que se vuelve extraordinaria hoy. Uno se detiene, escrutador y atento, en los detalles que seguramente para la señora Dalloway ni siquiera lo son ni lo merecen, y eso es muy curioso porque es precisamente el monólogo interior de esta mujer la que se fija en esto y lo otro, evocando, conectando, despertando cosas. Pero ella lo hace desde un mundo que ya no existe y que, además, Virginia Woolf amolda a sus intenciones: las de que ciertas cosas y personas se encuentren y entrecrucen en un azar que irá desencadenando un torrente de sentimientos y sensaciones verbalizadas, casi todo el tiempo, en silencio, en el discurso interior.

La voz narradora discurre con habilidad de dentro afuera en el espacio, desde el flujo incesante del pensamiento de un personaje al de otro, y al mismo tiempo se conduce adelante y atrás en el tiempo de las vivencias y los recuerdos. El Big Ben marca puntual las horas en las páginas de “La señora Dalloway” pero, aunque los personajes tengan prisa, algunos, y otros no, no es su prisa ni su tranquilidad la misma que noto yo cuando miro alrededor, o a través de la ventana, o incluso dentro de mí. Por eso me entregué con interés añadido a que el libro me sincronizara con un necesario cambio de tempo, al menos a mí me parecía necesario, igual a ti no.

¿Y ya está? ¿Eso es todo (amigos)? ¿Sólo es eso? Sólo es eso y sólo el principio, naturalmente. Pero no querrás que te lo cuente todo. Londres despierta con una luminosa mañana y también despierta y se desborda el caudal de pensamientos donde Woolf va depositando el suyo propio y donde, como pasa en los libros tocados por una extraña magia, también hay algo de lo tuyo: un reflejo en el espejo, una resonancia, una intuición de un eco remoto. “Me arruinó la vida”, decía la tarjeta de la librería de Twitter como argumento para abrir el apetito. Curioso argumento para abrir el apetito. No fue mi caso, no la causa de una ruina vital, pero entiendo a quien escribió esas palabras. Un libro puede desencadenar una avalancha: desde el atormentador “lo que pudo ser” a la comprensión de lo que no comprendiste en su momento, siendo ya tarde. Yo pasé por el continuo de palabras pensadas por la señora Dalloway y de ellas salté a las de él, él, ella, él, la otra, ese. Y vuelta. Y revuelta. Y entendí mejor que Virginia Woolf sintiera palpitar la vida con la intensidad de los poetas más dotados cuando se saben rotos y saben con anticipación lo que vendrá.

Firma

El termómetro de la calle empezó a subir y el sábado casi alcanzó la temperatura de la fiebre. Yo me resguardé entre las páginas del periódico. En el suplemento de libros, supe de la existencia de la última novela de Fernando Royuela, “Cuando Lázaro anduvo” (Alfaguara) y me interesó. A veces intuyes que un libro te va a gustar, sobre todo si viene de un autor que conoce muchas palabras, que las mezcla y las bate muy bien y que, además, es un fabulador de admirable inventiva. El domingo, a la hora del desayuno, leí en Twitter que, mira tú por dónde, Fernando Royuela firmaba ejemplares de “Cuando Lázaro anduvo” en la Feria del Libro de Zaragoza, caseta tal, de 18 a 19 horas y me decidí ir de excursión para allá. Es cierto que había algún elemento disuasorio (un domingo por la tarde en Zaragoza suena a cosa triste, como en Barcelona, no te digo nada en Madrid) pero la naturaleza ayudó haciendo que la temperatura descendiera notablemente (bendito invento el viento del Norte, sobre todo en verano). ¿No os importa?, dije en mitad del postre a la familia presente en la mesa, madre, hermano, cuñada, futuro sobrino en el ya voluminoso vientre de mi cuñada. No, no, adelante, respondieron. Para la estación que me fui.

En el tren escuché a Haydn. Tríos para piano por el Trío Wanderer en una grabación de esas tocadas por la varita mágica. Tríos ingeniosamente concebidos, alegremente escritos, alegremente interpretados. El paisaje acompañaba.

Sí, un domingo por la tarde es una cosa muy chunga en una ciudad grande. Todo está parado o lo parece y al estarlo o parecerlo aflora una capa hostil, fea, fría, descompasada, amodorrada. Pero creo que yo iba con la actitud apropiada hasta que me crucé con una tuna, negra y aterciopelada, abandurriada, cantando los clavelitos para que el rancio cuadro costumbrista estuviera completo, y tuve que sentarme en un banco presa de una súbita depresión anímica. La sombra, la brisa, la techumbre vegetal y verde, alivió; costó, pero alivió.

Una firma de libros es un trance promocional que tiene su lado necesario, es comprensible, pero tiene también su parte difícil. O a mí me lo parece. Aparece el escritor y entra en una caseta, casa durante unos minutos o quizá horas, y aunque el agente literario parece muy señor de los anillos en el momento de dar instrucciones a los encargados de la caseta, él, como tipo listo, desaparece dejando al autor con una palmadita en el hombro. El autor mira los libros que le rodean y pregunta, qué va a hacer si no. Esta es la zona de infantil, responde la chica con una sonrisa. El autor mira, se gira, vuelve a mirar, de lo que se trata es de adaptarse al medio rápidamente y, supongo, confiar en que se presente alguien.

Ahí entro yo.

Hola. Hola.

Las conversaciones, largas o breves, interesantes o intrascendentes, suelen empezar así, pero un hola de un escritor tiene algo especial porque, por primera vez, es una palabra suya no impresa y, además, suena con una voz que es la suya propia y no la tuya haciendo de la suya como ocurre en la lectura. Me dices tu nombre, por favor. Claro. El escritor miraba a través de las gafas de sol, protección general, trinchera donde refugiarse de la escena, fijo que sirven para eso, y empezó a mirar por encima de ellas, como descubriéndose al mismo tiempo que descubría la portada a sus 400 páginas de invención escrita, cuando le dije que había cogido un tren desde la provincia vecina para solicitar la firma de un libro que, estaba seguro, estoy seguro, me va a gustar mucho. Estaba a punto de ponerse a escribir cuando se detuvo y dijo, no me digas, ¿de verdad?, de verdad, ¿pero has venido en tren solo para esto?, sí y tan contento, pues no sabes cómo agradezco… ah pues mira… te voy a hacer un dibujo si no te importa. El escritor se metió la mano en la americana, a la altura del pecho y de allí sacó cuatro rotuladores de colores. Mi ceja advirtió el gesto. Cuando eres mayor, la ceja hace las funciones de la boca abierta cuando eres crío. El escritor miró de reojo (reojo de gafas de sol) a las encargadas de la caseta, como si temiera que no le dejaran hacer o como si quisiera hacer algo en secreto, ellas sonreían con las manos a la espalda, sin ocupación, la feria era feria de nombre, nada más, todo muy muermo y tal, y el escritor escribió con esmero y entonces empezó a colorear un molinillo sin prisa, con dedicación. Puedo sacar un foto, pregunté, pues claro, respondió él amablemente con voz de concentración en el molinillo de colores, así que saqué la foto con el teléfono móvil, ese teléfono que tiene de teléfono solo el nombre puesto que lo suelo tener cerrado aunque, eso sí, con él saco fotos, escucho a Haydn, aprendo idiomas, consulto la prima de riesgo, escribo artículos cuando van a llegar tarde al semanario y no sabes tú cuántas cosas más:

El escritor me entregó el libro y nos estrechamos la mano con una sonrisa, igual que cuando te dan un título o un premio, nos dimos las gracias y él se quedó allí y yo me vine al otro lado de la caseta donde además de cobrarte (con descuento), te dan una bolsa especial, un folleto especial, una guía especial, un marcador de páginas especial, todo en abundancia cómica. La bolsa especial iba engordando con cosas especiales cuando advertí que el escritor me miraba desde el otro lado. ¿Y ahora tienes que volverte en tren a tu ciudad?, preguntó. Claro, respondí. Iba a añadir que convenía hacerlo pronto, volver, porque un domingo por la tarde en una ciudad grande con una tuna suelta así lo aconseja, pero no lo hice, obviamente, a pesar de que estoy seguro de que alguien como el escritor comprendería perfectamente el clima emocional al que me refería e incluso lo expresaría muy bien, añadiendo matices que se me escapan. Buen viaje y muchas gracias. Muchas gracias a ti. Y espero que te guste el libro. Estoy seguro de que sí. Y de allí caminé hacia una parada de autobús, el autobús me llevó a la estación, en la estación subí al tren y el tren puso rumbo a casa. Empecé “Cuando Lázaro anduvo” cuando el tren salía de la estación. Sonreí al terminar el primer párrafo.

Kvothe

El temor de un hombre sabio“El hombre había desaparecido, el mito no: músico, mendigo, ladrón, estudiante, mago, trotamundos, héroe y asesino, Kvothe había borrado su rastro”. ¿Dónde está Kvothe? Está, lo sabemos bien, en la posada Roca de Guía, madrugando para preparar la masa del pan, encender el horno, subir de la bodega un barril nuevo de cerveza y pasar un paño sobre el mostrador de madera. Es una segunda vida, una vida disfraz, una vida silente. Una vida fuera de la vida. El día comienza. Kvothe tararea una vieja canción. En julio de 2009 escribí en este blog un post sobre la impresión que me había causado la lectura de un libro frondoso, voluminoso: “El nombre del viento”. Venía firmado por Patrick Rothfuss. Lo fui leyendo sabiendo que ya formaba parte de esos libros que vienen para quedarse, para formar parte de la imaginaria estantería de los imprescindibles. Muy bien escrito, inspirado en las tramas, en los lugares y en la fragua de los personajes, poético, épico y esotérico, fantástico por género y por calidad, y ante todo y sobre todo, narrado con palabras de otoño. Qué libro. Al final de esa reseña, escribí: “Nos dice la editorial que Rothfuss, cronista ejemplar, ha empleado más de diez años en montar minuciosamente este puzzle. Prefiero no creerlo porque cuando alcancemos el final de este tomo nos esperan dos más que no están escritos aún (Kvothe le ha dicho a Cronista que le contará su historia a lo largo de tres días). Sería una putada, con perdón, que se nos hiciera esperar tanto”.

Como soy una persona contradictoria, resultó que la editorial nos brindó la segunda parte en octubre del año pasado, me pasé por la librería el día del estreno… Y postergué su lectura hasta ahora. ¿Por qué? Qué se yo. Lo importante es que amanece en la posada Roca de Guía, es el segundo día y Kvothe, el posadero, se dispone a proseguir el relato de su vida a Cronista, que ya ha dispuesto sobre la mesa de madera sus utensilios de escribano. Mucho trabajo tiene por delante Cronista, mucho papel y mucha tinta necesarias porque este día segundo es aún más laborioso que el primero. “El temor del hombre sabio”, ese es el título del segundo libro, es todavía más extenso que el primero, unas 400 páginas más extenso, lo cual nos regocijó a quienes nos habíamos quedado boquiabiertos en aquellos memorables capítulos que hablaban sobre los años terribles y fascinantes vividos por Kvothe en los tejados de la ciudad alucinante de Tarbean o nos habíamos sobrecogido con las apariciones de Auri, criatura lunar, en la subrealidad. 1200 páginas de letra minúscula, oiga, un tocho de libro.

Abrí el otro día “El temor de un hombre sabio” con la emoción de quien sabe que va a volver a transitar los lugares ya conocidos. Y, por supuesto, con la curiosidad puesta en el qué pasa ahora. Y con preguntas, claro. Por ejemplo: ¿mantendrá Rothfuss el nivel? Esa es una pregunta obligada cuya respuesta requiere 1200 páginas de lectura, y como son muchas páginas, dan tiempo para formular otras preguntas. ¿Cómo retomar el hilo?, por ejemplo. Me daba un poco miedo eso porque, siendo yo mismo un lector que necesitaba un refresco de memoria (tenía imágenes, instantes, recuerdos, todos ellos nítidos pero fragmentados), me daba mucha pereza un posible resumen en forma de larguísimo preludio en cursiva. Nada de eso. Primera respuesta: las cosas van volviendo a la memoria en cuanto ponemos los pies en la taberna de madera y piedra, lo hacen con el reposo y la intensidad que definen a la forma de narrar de Rothfuss (intensidad y reposo, fórmula mágica).

Uno se arrellana en el sillón cuando se siente de nuevo dentro del universo concebido por Rothfuss. El arcano, el Archivo, sigaldría, un vínculo, el alar. Palabras de un lenguaje fantástico que nos confirman que hemos atravesado de nuevo el espejo. Habla Kvothe, anota Cronista, leemos nosotros. Una vez pasada la sorpresa agradable del reencuentro y confirmado el buen hacer literario diríamos, quizá, que falta una chispa definitiva que prenda la sorpresa, el fogonazo del hallazgo, ese que apareció en la obra anterior con creces. Estamos a punto de decirlo cuando la última frase del capítulo 59, página 489 de la edición española, estalla ante los ojos y es como si nos hubieran golpeado en el estómago, igual. Pasamos página tragando saliva. Nos mantiene Rothfuss en las alturas de la tensión, con buen pulso y pronto volvemos a tener la misma sensación. Nos preguntamos qué falla, si es que está fallando algo. Los lugares que visitamos nos atrapan, al igual que los personajes. Las cosas que ocurren nos interesan también. Concluimos entonces que hay una objeción que ponerle al libro: se llama exceso de páginas. Las mismas cosas, las mismas palabras, el mismo estilo con menos páginas daría un libro redondo y nos da pena reconocerlo porque vemos que esas páginas están muy bien escritas y responden al esfuerzo y al mimo y al interés por parte de Rothfuss de poner en manos de Cronista una narración a la altura de las circunstancias.

No quiere decir que estemos ante un libro fallido, ni mucho menos. Estamos un libro al que su hermano mayor le hace sombra, sombra inevitable, pero es una digna continuación. Nos gusta Kvothe. Nos gustan su orgullo y su honestidad, su tormenta interior, su impostura a síncopas. Nos gusta imprevisible. Nos gusta que nos imponga y nos gusta sentirlo vulnerable. Nos gusta su testarudez, su hambre de aprender. Nos gusta que se ponga gallito. Y nos gusta este Kvothe reposado y posadero que nos habla de aquel Kvothe joven cuya peripecia vamos conociendo.

Kvothe le ha dicho a Cronista que es mejor dejarlo por hoy y Cronista seca el plumín con un trapo. Están cansados. La noche cae y envuelve la posada. Hora de retirarse a descansar, mañana escucharemos el desenlace. “Todo hombre sabio teme tres cosas: la tormenta en el mar, la noche sin luna y la ira de un hombre amable”. Algo se mueve entre las sombras y en las conciencias oscuras una vez se ha hecho el silencio.

Algo va a ocurrir.

– Reseña de la primera parte de la trilogía de Rothfuss en La Idea del Norte clicando aquí

Contestador

Llamé desde la cabina y respondió una voz femenina sobre una música acariciadora:

-La verdadera paz está en nuestro interior. Si desea meditar en catalán, pulse uno; si desea meditar en castellano, pulse dos; para otros asuntos, manténgase a la espera. -Transcurrido un rato, amenizado con flautas y sonajas, la misma voz dijo en tono agrio-: ¿Qué coño quiere?

Eduardo Mendoza, “El enredo de la bolsa y la vida”

Memorial

Memorial Julio Mazo Por quinto año tengo la satisfacción de conducir un acto sencillo pero cargado de cariño a la memoria de mi amigo Julio Mazo, librero. La manera de hacerlo es la que a él, seguramente, le agradaría: hablando de libros. Desde hace cinco años, convocamos a quien quiera asistir al lugar de siempre, el salón-capilla del Hotel AC Ciudad de Tudela, y durante un rato intento llevarme de excursión a los asistentes al interior de un libro. En cada edición, un libro, un autor, un género, una manera de hacer literatura distintas. Pero no distantes en la forma de hacerlo. No. Hablo sin intención ni capacidad de erudición. Hablo desde el entusiasmo y desde el corazón y lo hago como lo haría con Julio, Julito, como lo hice tantos años en su mesa despacho del fondo de su librería. Eso también forma parte del homenaje, aunque esa parte va por dentro. Hablo a la gente congregada como si le hablara a él. De hecho, a veces le hablo a él.

Esta tarde llego con retraso, no al acto, que puntual me tendrá; me refiero a que la cita, en esta ocasión, llega con año y medio de distancia respecto de la última. No ha sido un descuido. Es el tiempo. Creemos que disponemos de él para ordenarlo pero es al revés. Sin embargo, este año el acto viene a coincidir con la fecha en la que Julito nos dejó, marchándose. Marchándose físicamente, porque en el pensamiento y en el corazón sigue viviendo, sonriendo, diciendo esas cosas suyas de la manera en que las decía y yo recordándole, igualmente, cada vez que tengo en las manos un libro o una ocurrencia que me hubiera gustado llevar a la mesa de la trastienda. En esta ocasión vamos con “Lugares que no quiero compartir con nadie”, de Elvira Lindo, una curiosidad de libro, hábilmente cosidas las piezas del puzzle que lo forman porque Lindo es una narradora hábil, mucho, tiene algo de flautista de Hamelin que nos engancha. Ejerce de anfitriona durante un viaje de 227 páginas a Nueva York y habla de lo que hay y de los fantasmas que hubo, nos emboba con la anécdota personal y presente o con la historia ajena y pretérita. Y al descubrirnos la ciudad se descubre un poco a sí misma. Es cierto que esta ciudad fascinante y dura, muy dura, te hace sentir pequeño, poca cosa, nada. Y al hacerlo, emerge algo: tú. Ni más ni menos. En el caos de esta ciudad alucinante es fácil que te encuentres. Creo, de hecho, que es inevitable. Y es una de las cosas más importantes que te traes de allí. Hay muchas cosas dentro del libro del que hablaré esta tarde en recuerdo de Julito y creo que pasaremos un rato agradable. Desde luego, intención, atención e ilusión hay puestas en ello, como siempre, desde la primera vez.

Claraboya

lagrimaLlegó “Claraboya”, la novela inédita de José Saramago, “el libro perdido y hallado en el tiempo”, la primera novela de un escritor que envió su manuscrito a una editorial portuguesa, a principios de los cincuenta, y de la cual ya nunca supo nada. No le dolía a Saramago que la editorial no hubiera publicado su novela, le dolió la falta de respuesta, aunque fuera un no, un gracias pero no nos encaja, un dedíquese a otra cosa. Nada. Silencio a cambio de miles de palabras esculpidas con ilusión y tesón. Dice Pilar del Río, Pilar y pilar del escritor, tantas veces Pilar a la entrada de sus obras, traductora aquí, una vez más, de esta novela que siendo primera nos la devuelve el tiempo póstuma, que Saramago consideraba que “ninguna empresa tiene obligación de publicar los manuscritos que le llegan, pero existe el deber de ofrecer una respuesta a quien la espera día a día, mes a mes, con impaciencia y hasta con desasosiego porque el libro entregado es algo más que una montaña de letras, lleva a un ser humano dentro”. Quizá los seres humanos vamos quedando fuera.

No es “Claraboya” un libro de mero valor testimonial, anecdótico. Que no se publicara no se debió a deficiencias literarias aunque silenció durante décadas la voz del escritor que aparece, desde la primera frase, distante en el tiempo a las grandes novelas posteriores, claro, pero no muy distinta. “Claraboya” es un germen. Todavía el discurso directo y el indirecto no trazan, en alianza, la línea única que le permitiría al narrador encontrar el compás y el tono melódico e hipnótico de lo que Luis Landero definiría un día como “esa letanía, como de canción de cuna”, pero se adivina. Un buen narrador, cuando cuenta, canta las palabras.

Dice una cita en el portal de la novela que “en todas las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido”. De eso va la cosa. Entramos por la claraboya del tejado de una humilde casa vecinal a una hora tranquila (“aislada por el sosiego de los vecinos y por el rumor igualmente sosegado de la lluvia”) y descendemos poco a poco para contemplar esa cotidianidad esencial que define la vida de las personas. Los desvelos, las alegrías, las salidas furtivas, las apariencias, los buenos días dichos al pasar, la costura silente frente al transistor, las manos descansando en el regazo, los suspiros, las conversaciones que se dicen por fuera, las conversaciones que se dicen por dentro, en monólogo íntimo. Hay incluso una estancia para el lector en forma de capítulo, el 21, maravilloso habitáculo de palabras donde asistimos al diálogo sabio entre el zapatero viejo y el joven inquieto y trotamundos que cita a Pessoa (“¿Me quieren casado, fútil y tributable?”) y que nos recuerda al caminante de Schubert que sabe que la felicidad está allá donde no esté él.

La voz anfitriona del narrador nos conduce de un piso a otro con hábil pulso de naturaleza cinematográfica: hay fundidos encadenados, suaves travellings y está también el tajo del montaje. “Claraboya” es una delicia: el ritmo, la casa (encantada), la frase precisa, la frase preciosa y la fotografía perfecta de las almas.

Dickens

Charles DickensCharles Dickens es un misterio entre líneas. Si somos nuestra infancia, según afirma Saint-Exupéry, las novelas de Dickens son un daguerrotipo de la suya y de ella surge, como reacción, su postura adulta ante el mundo. El caldo de cultivo Dickens se forjó en una infancia herida por las penurias familiares que le obligaron a dejar los lápices de la escuela primaria para trabajar en una sórdida e insalubre fábrica de betún, entre las ratas, a orillas del Támesis. Cuando la adversidad miró a otro lado, pudo volver a retomar sus estudios e incluso, más adelante, trabajar como empleado en un despacho de abogados. Ambas cosas se proyectan y se ramifican en su obra y en su vida: en los libros está David Copperfield y está Oliver Twist. Fuera de ellos, de manera explícita, la denuncia infatigable de los abusos y el abandono de una infancia desprotegida en una sociedad que esconde mucha suciedad, y el desolador retrato de un sistema judicial miserable.

Hay más, mucho más, y en ese mucho más hay unas cosas claras y otras cosas envueltas en la niebla del enigma. Me gusta Dickens. Me gusta lo que escribe pero creo que me gusta más quien lo escribe. Me gusta leer sus líneas, adivinarle en ellas y adivinarle entre líneas, que es cuando la Casa Desolada se queda vacía o La Pequeña Dorrit duerme un rato y no dice nada.

Drood. Qué misterio.

Después de Dickens hay cosas que no fueron las mismas, o lo fueron por primera vez. Dickens es el creador de las navidades pasadas, presentes y futuras, es decir, del imaginario de la navidad tal y como la concebimos, porque la concebimos igual, independientemente de que nos guste o no la navidad, la queramos con o sin fantasma. Dickens es también la voz que se alzó con vehemencia contra la pirateria intelectual, hizo más y mejor que todas las sgaes juntas y además no fue un zafio como el señor Teddy Bautista, todo un personaje dickensiano, dicho sea de paso. Pero, a ver, que me disperso (normal hablando de Dickens): ¿hablo de los personajes de su literatura o de la defensa de su literatura a manos de los piratas? Hablemos de las dos. En sus novelas, Dickens radiografía las miserias y los contrastes de su época a través de personajes grotescos. Es difícil imaginar en la vida real personajes así aunque, curiosamente, lo que dicen, lo que hacen y el entorno en el que se desenvuelve y que los ha forjado de esa manera es fiel a los tiempos. Alzaba la voz Dickens contra la piratería de sus creaciones y eso era mucho y era justo: era mucho porque voz, lo que se dice voz, tenía mucha. Lo atestiguan sus actuaciones (performances, dirían los modernos) en los teatros y en las que durante horas se atrincheraba tras un atril de orador, vaso de agua a un lado, y procedía a leer fragmentos de sus obras escenificando dichos fragmentos ante un público sobrecogido por el tono, los gestos, la portentosa capacidad de este hombre de convertirse materialmente en tal o cual personaje, hombre o mujer, niño o anciano, empleándose con una energía extenuante. Ahora, en nuestro tiempo, ese dictadorzuelo venezolano sale en la tele y se pone a hablar cuatro o cinco horas en un espanto, aunque espanto de índole muy diferente, y título torpe, ridículo, casi da vergüenza escribirlo: aló presidente. Lo de Dickens era otra cosa. Sería cosa igual de larga pero por lo recogido en los testimonios acojonaba más, te helaba la sangre, te hacía abrir los ojos, te instruía -entreteniéndote- acerca de qué va este mundo facundo. Te zarandeaba.

La energía de Charles Dickens parecía inagotable, como si hubiera hecho un pacto con algo sobrenatural, y se manifestaba escribiendo varias de sus novelas por entregas a la vez y a la vez que relatos cortos, obras de teatro, artículos, giras larguísimas y agotadoras por los EEUU para sus lecturas públicas igualmente agotadoras, aunque no lo aparentara. Y la denuncia a los piratas. Descubrió Dickens allá en las américas que la gente esperaba ansiosa en los puertos la llegada de los barcos que traían el siguiente capítulo de su folletín (preciosa imagen esa), veía grupos de personas que no sabían leer alrededor de alguien que sí sabía y lo hacía en alto para todos (preciosa imagen también), al mismo tiempo que se dio cuenta de que el país únicamente protegía a los autores patrios, dejando impunes a quienes hacían caja editando de manera fraudulenta sus obras. Como lo de Megaupload pero en tinta y papel decimonónica.

Hubo algún amigo de Dickens que se preguntaba, entre intrigado y preocupado, acerca de dónde estaba el límite de tanta energía, de si este hombre hecho a sí mismo quedaría deshecho en migajas o estallaría como un globo. Entre ellos, Wilkie Collins, el célebre novelista. Mucho habría que preguntarle a este Wilkie Collins, ay, cuánto nos gustaría hacerlo sobre esas excursiones nocturnas y kilómetricas de Dickens por los laberínticos barrios bajos de Londres porque están llenas de misterio y él, Collins, era el sofocado y silente acompañante ocasional, sofocado porque era difícil seguirle el paso marchoso a un Dickens bastón en ristre, silente porque de aquello no dijo ni mu.

Hay un trauma en la vida adulta de Dickens, siendo ya autor de culto, respetado y adinerado, y aparece fechado el 9 de junio de 1865 cuando el tren en el que viajaba descarriló. Salió ileso pero hubo muertos y heridos a los que ayudó a socorrer. Dicen que desde entonces este hombre se volvió más taciturno y si en realidad no lo hizo, lo escribió en una ficción truculenta Dan Simmons titulándola “Drood”, como el personaje de la novela inconclusa de Dickens, “El misterio de Edwin Drood”. Más misterio es que “Drood” se tradujera aquí como “La soledad de Charles Dickens” pero la novela, una novela ladrillo, tocho considerable, a mí me enganchó, oye.

La energía de Charles Dickens y él mismo nace en esa infancia herida, rasgada y desdichada entre las ratas en una fábrica de betún y se proyecta a lo largo de su intensa vida hasta el momento de su muerte, hasta el instante en que la pluma y el tintero dejan de encontrarse quedando el misterio de Edwin Drood y el suyo propio en blanco. Se proyecta de tal manera que poco antes había confesado a un amigo: “Todo mi ser se sentía tan imbuido de pesar y humillación al pensar en lo que había perdido que incluso ahora, famoso, satisfecho y contento, en mis ensoñaciones, cuando rememoro con tristeza aquella época de mi vida, muchas veces me olvido de que tengo una mujer y unos hijos, incluso de que soy un hombre”.

Hoy, Charles Dickens habría cumplido 200 años.

Literatura

La veía ahora, entre sus brazos, con dos o tres años, sobresaltada por la alegre sorpresa del viento mientras aspiraba el aire, con las mejillas coloradas y una mirada de regocijo, ocultando la cara en la curva del cuello de su padre.

-Agárrate a las plumas -dijo él- o saldrás volando.

Paul Quinn miró por última vez la luna, las estrellas y las nubes que desfilaban por el cielo antes de subir los escalones uno uno a hasta la cama.”

Keith Donohue, “Y si fuera un ángel”

Sigo recomendando la ópera prima de Keith Donohue, “El niño robado”, esa novela mágica, desolada y desoladora que empieza con una frase turbadora: “No me llames hada. Ya no nos gusta que nos llamen así”. Sigo recomendándola mientras me asomo a esta segunda incursión, llegada a las librerías con algo de silencio por mucho que la fajita promocional que abraza al libro sea de un amarillo luminoso. No habrá otro niño robado pero en las páginas de Donohue siempre hay una idea feliz, un detalle sorprendente, un destello conmovedor, un apunte redondo.

“Y si fuera un ángel” es la absurda traducción del original “Ángeles de destrucción” quizá porque así suena a bestseller de trama apocalíptica o cómic a lo Mazinger cuando, la verdad, y aunque el título hace justicia a la injusta realidad de las cosas que laten en el argumento, todo lo que escribe Donohue es un poema suave del invierno con huellas reconocibles en la nieve. Quiero decir con ésto que subyacen ideas comunes a su anterior libro vistas aquí desde otra perspectiva: la pérdida, la pérdida irreparable, el silencio de quienes han amado de forma intensa, las consecuencias de amar así. Fondo reconocible en una forma confortablemente familiar aunque el envoltorio cambie sustancialmente.

La señora Quinn, la pequeña Nora (¿y si fuera un ángel?), Sean, Erica, Paul. Donohue escribe libros de invierno, sus mejores párrafos descansan mullidos sobre la nieve. No importa que no vuelva a haber un niño robado si volvemos a encontrar literatura en párrafos como el que encabeza el post. Paul contempla, desde la ventana, “un cuarto de luna ceroso” (siempre deseé descubrir cómo describir una luna así) y añora, con remordimientos, a la hija que fue y se fue sin dejar rastro. La imagen de la niña “sobresaltada por la alegre sorpresa del viento” es una imagen preciosa que nos hace volver la vista y releer: “la alegre sorpresa del viento”. Los ojos releen con satisfacción el acierto, la diana, aquéllo donde reconocemos lo que hemos conocido y no sabríamos decir porque no acertamos a encontrar las palabras precisas. Paul Quinn puede evocar la imagen de la niña que fue su hija mirando la luna y las estrellas a través de la ventana en la madrugada helada y silente del invierno antes de subir los escalones hasta la cama. Pero que el escritor apostille que sube los escalones “uno a uno” dota al instante de peso y del pesar necesario. Qué cosa que un detalle dejado caer resbalando en la frase aporte y diga tanto. Escrito así, llegar a la cama es una derrota.

Literatura es iluminar una idea de vida y ser capaz de que el lector viva en ella.

Recuerdos

Un día, hacia el final de mi último año, no fui al colegio. En vez de eso me dirigí a Palm Springs en coche. Iba solo y oía un montón de cintas antiguas que me solían gustar pero que ya no me gustaban tanto y paré en un McDonald´s de Sunland a tomar una coca-cola y luego entré en el desierto y aparqué frente a la casa vieja. La nueva que había comprado la familia no me gustaba; bueno, no estaba mal, pero no era como la vieja. La casa vieja estaba desamueblada y por fuera parecía sucia y en ruinas y había hierbajos y una antena de televisión había caído del tejado y botes vacíos estaban dispersos por lo que había sido el jardín delantero. La piscina estaba vacía y me asaltaron todos esos recuerdos y tuve que sentarme con mi uniforme del colegio en la escalera de la piscina vacía y lloré. Recordaba todos los viernes por la noche en que llegábamos y los domingos por la noche en que nos íbamos y tardes pasadas jugando a las cartas junto a la piscina con mi abuela. Pero esos recuerdos parecían desvanecerse comparados con los botes vacíos dispersos por la hierba seca y las ventanas, todas ellas rotas. Mi tía había intentado vender la casa, pero supongo que se puso sentimental y terminó por no venderla. Mi padre quería venderla y se enfadó de verdad porque nadie lo hiciera. Pero se olvidaron del asunto y la casa nunca llegó a venderse. Aquel día no fui a Palm Springs a dar un paseo y ver la casa. Tampoco fui porque quisiera hacer novillos o algo por el estilo. Supongo que fui porque quería recordar cómo eran las cosas entonces. Pero no estoy seguro.”

Bret Easton Ellis, “Menos que cero”

Parravirgen

Robert Poste¿Qué vio la tía Ada Doom en la leñera cuando era niña? ¿Qué vio la matriarca de los Starkadder para permanecer recluída desde entonces allá arriba, en su habitación? Y la parravirgen. ¡Ay la parravirgen! ¿Qué influjo tiene entre los varones la parravirgen para que Meriam, la criada, se quede embarazada cada vez que florece? ¿Qué pasa en la próxima página, qué? En 1932, la periodista Stella Gibbons publicó “La hija de Robert Poste”, hilarante novela entonces, lo mismo hoy, recuperada felizmente por Impedimenta. Impedimenta es una editorial que rescata buenos títulos y los envuelve en la piel de bonitos libros. Libros para el tacto, la vista, el olfato y, como en este caso, la sonrisa y el placer. ¿Qué vio la vieja tía Ada de niña en la leñera? No lo sabemos cuando Flora, la hija de Robert Poste, aparece en la granja de Cold Comfort, que será granja pero no lo que dicen sus apellidos, de eso nos damos cuenta enseguida. Pero no pasa nada porque menuda es Flora Poste, a ella se le va a poner algo por delante, ja, y no pasa nada porque el lector, al divisar la lúgubre edificación, divisa también las intenciones de Stella Gibbons: disparar con balas de ingenio sobre todo lo que se le pone por delante, sean nombres y hombres de entonces, modos y maneras literarias y de los literatos, estilos y costumbres de la sociedad inglesa de la época, y hasta algún que otro ajuste de cuentas con las palabras. Lo hace brillantemente, jugando ahora con el disfraz de una novela a lo Austen hasta que a vuelta de párrafo algo dinamita las comas y te hace sonreir y regocijarte.

Gibbons crea a una heroina de armas tomar, frívola e inteligente, sofisticada y tradicional, que llega dispuesta a poner orden entre todos, todos muchos y raros: fanáticos religiosos y jovenzanos hipersexuados por el florecer de la parravirgen, vaquerizos nonagenarios que friegan los platos del desayuno con ramas de espino y una jovencita asilvestrada que corre feliz por los bosques. La hija de Robert Poste llega allí dispuesta a poner orden y arreglarlo todo “como tiene que ser” y antes de desempaquetar el equipaje fija la atención en esas novelas victorianas polvorientas del estante, maravillosas todas ellas porque son “las únicas que pueden leerse mientras te zampas una manzana”, y una vez que baja las escaleras y entra en la cocina comienza a cocinar su plan. No parece nada fácil al principio mientras observa a los Starkadder callar o rebuznar, con la sensación, durante las comidas, “de estar actuando en una de aquellas películas tan intelectuales y tan funestas del cine alemán”. ¿Qué demonios vería la tía Ada en la leñera para permanecer allí recluída?, piensa Flora mientras engrasa la maquinaria de esas vidas y se dirige, porque así lo manda el guión, a una velada en la Hermandad de los Benditos Estremecimientos.

Gibbons se lo pasa en grande y coloca tres asteriscos ante los párrafos descriptivos en los que se burla del estilo rimbombante y barroco de la narrativa “seria”. Pocas líneas después, como quien ya no aguanta más contener la respiración, arranca una bocanada de aire fresco a la frescura de su relato. Divertido, entrañable, escrito de una manera ingeniosa y hermosa porque Stella Gibbons hace burla pero lo hace delicadamente y con elegancia. “La hija de Robert Poste” conserva la solidez de su estructura y todo su encanto, que es mucho, y aunque posee rasgos propios de una época desaparecida, lejos de oler sus páginas a rancio nos invitan a leer con ojos de entonces y comprender su verdadero efecto mientras se gana nuestro afecto. La novela es una de esas que uno lamentaría terminar de leer si no fuera porque Impedimenta acaba de sacar su continuación, “Flora Poste y los artistas”. Y de esa gozada sólo me separa poner el punto seguido a este post, porque el libro lo tengo aquí, al lado, invitándome.

Anuario

La Idea del Norte 3¿Tiene sentido poner precio y papel a las palabras que aquí se han ido dibujando a lo largo del año y que pueden consultarse de forma gratuíta? Pues hombre, si a lo que aquí se dice se le ha cogido algún afecto o si el lector es de los que prefieren verlas dibujadas en el lienzo del papel antes que en un monitor, e incluso si todavía queda (que queda) un tipo de lector que prefiere llevarse los textos al sofá, pues quizá sí. Se suele olvidar, no obstante, un motivo que creo que es más importante: lo efímero. Se tiende a pensar y a creer que todo lo que consultamos en internet ahí está y estará porque sí, porque el ciberespacio es un lugar abstracto donde pasan cosas de ese tipo. Pero no. Los contenidos tienen un soporte, llamado dominio (la matrícula del sitio, en este caso del blog) y un alojamiento (donde se almacenan y distribuyen dichos contenidos). Y eso cuesta una pasta que se paga religiosamente allá por noviembre, cuando el banco pasa una nota, que no es precisamente como la tarjeta que recibía, cada 9 de noviembre, la señora del ramito de violetas de la canción de Cecilia. Cuando un blog llega a su última línea y su autor da de baja el contrato con el servidor de internet, los contenidos desaparecen engullidos por algún agujero, no se sabe si negro, blanco o transparente, del mismo ciberespacio donde hasta entonces habían permanecido a la vista de todos, sin necesidad de telescopio. ¿Eso quiere decir que a este blog le quedan pocas hojas por escribir? No, no. Pero es obvio que algún día ocurrirá, el qué, pues que termine, como todo.

Tengo que confesar algo.

Este libro tercero no iba a hacerse. No iba a hacerse porque me quedó un regusto raro de 2009, que es el año contenido en él. Pero pasaron dos cosas y por este orden: una, que desde Tokio, Diego, autor de la anterior portada, envió vía correo electrónico un boceto que hizo que mi ceja se levantara, sorprendida, gratamente sorprendida. Era un envoltorio cálido y atractivo a una nada (en ese momento aún era una nada). Dicho de otro modo: este libro empezó a construirse por el tejado, por el envoltorio. Entonces pasó lo segundo: que una excursión por los archivos, nocturna, linterna en mano, hizo que me diera cuenta, no sé si por la distancia del tiempo, el verlo en frío, qué se yo, que el regusto anteriormente mencionado había dado paso a un conjunto que leí y recopilé con una sonrisa en los labios.

Estoy muy satisfecho del resultado, si se me permite decirlo. Visto así, a toro pasado, observo que en este blog las personas se convierten en personajes entrañables de una obra por entregas, siempre dibujadas con cariño, y estoy seguro que así son percibidas por el lector, cómplice imprescindible de estos escritos. Lo fue Lindsay, la profesora de inglés; lo fue la abuela, que en este libro nos deja a mitad del recorrido sin avisar; lo son el médico (compendio personificado en singular de tantos plurales en bata blanca) y lo es B., reciente incorporación al elenco después de tantas bajas y que, por lo tanto, no entra en el libro aunque, me consta, cuenta con la simpatía de quien se asoma a esta pantalla y hasta sabe cómo es sin haber dejado escrito en ningún momento si es rubio o moreno, alto o bajo. En ocasiones, los detalles accesorios son suficientes para poner el alma de las personas en unas frases y que el lector les ponga, después, la piel más conveniente.

Recopilar, haciendo una obligada selección, el anuario de La Idea del Norte también da posibilidad para el juego creativo: ¿la traducción de los posts originales se mantiene fiel cuando se pasan al papel? ¿Hay omisiones? ¿Se desliza, así como si nada, algo que en su día no apareció? Si ocurre o no algo de eso, desde luego tentaciones hay, otra cosa es que se materialicen. Hay emejotismos, eso sí. Los emejotismos son esas cosas insignificantes que no aportan nada (pero que a mí me dicen algo, qué le vamos a hacer). ¿Un ejemplo? Bah, no, que me da vergüenza. Va, sí, que hay confianza, pero lo digo entre paréntesis, como si lo dijera por lo bajini:

(alguna vez, la acción de un día en el blog sucede otro día cuando paso a limpio la redacción al papel; vamos, que la fecha es otra)

Se me preguntará: ¿y eso? Pero no puedo responder porque un emejotismo es eso: una cosa que no tiene respuesta.

En fin. Para quien quiera llevarse un recuerdo de este blog, para quien quiera compartirlo en Navidad con los suyos, puede encontrarlo, en la cercanía geográfica, en los diversos establecimientos que la Librería Gómez tiene abiertos en Pamplona o en la Librería Julio Mazo de Tudela. Los demás, cercanos aunque haya muchos kilómetros por medio, pero cercanos igualmente, lo pueden encontrar haciendo clic aquí:

La Idea del Norte 3

Y para información adicional, La Idea del Norte 3 en Facebook.