Historias 9 March, 2010
Escrito por emejota en : Libros , Añade un comentario
Leí en un par de tiradas “Bilbao-New York-Bilbao” de Kirmen Uribe, libro que había despertado mi curiosidad. Llegaba con ciertas turbulencias porque, tras haber ganado el premio Nacional de la Crítica en 2008, en 2009 se alzaba con el Nacional de Narrativa sin haber sido traducido del euskera al castellano, lo que llevó (o trajo, según vayas o vengas del viaje y te sientes a la derecha, a la izquierda o en el centro del avión) la polémica. Ya pasó lo mismo en 2002 con el tranvía de Unai Elorriaga pero entonces la cosa quedó en menos ruido pero sí en un plus de alabanzas en plan pues imagina cómo será el libro para conseguir eso. Y aunque para muchos fue un libro pueril, otros encontramos en esa gozosa y aparente puerilidad el milagro feliz del libro. Uno comprende, sin embargo, que haya aspectos en Uribe que aviven polémicas de ese tipo, lo que no quita para entrar en el libro con la misma curiosidad (estrictamenbte literaria) con la que comenzaba este párrafo.
“Bilbao-New York-Bilbao” es un curioso ejercicio metaliterario; es decir, nos habla del proceso de gestación y construcción de una novela que es la propia novela sin que esta llegue a ser novela del todo una vez aterrizados en la última página, lo que deja una sensación de levedad en el aire, como si parte del equipaje se hubiera quedado en algún punto del trayecto de ese viaje Bilbao-New York (vía Frankfurt, por cierto, cosa esta, la de las vías aéreas, que nunca entenderé muy bien) y aun así no echemos nada en falta.
Transparente como es el libro en sus intenciones, el propio Uribe le cuenta a una pareja ocasional de viaje sus intenciones en mitad de la travesía:
Le expliqué a Fiona el proyecto de la novela. La idea había tomado cuerpo y al final se estructuraría en torno a un vuelo entre Bilbao y New York. El reto consistía en hablar de tres generaciones distintas de una familia, sin volver a la novela del siglo XIX. Expondría el proyecto de escritura de la novela, y fragmentariamente, muy fragmentariamente, historias de esas tres generaciones”.
Pero lo bueno del libro no está en el juego literario que propone ni en el propósito (hábilmente conseguido) de, efectivamente, subir y bajar por las ramas del árbol genealógico con una agilidad moderna. Lo mejor son las historias. En la práctica, las historias de Uribe son fragmentos que salen al paso de la historia y no se limitan únicamente a las de dichas generaciones, sino a cualquier cosa que a él mismo le recuerde una propia. Y no son pocas. Uribe es uno de esos tipos que encuentran historias (siempre pequeñas, siempre interesantes) debajo de las piedras y uno tiende a pensar, mientras pasa página, que debe ser una de esas personas a las que te quedarías escuchando largo tiempo mientras tomas algo con él. En definitiva, que es un narrador nato. A los contadores de historias es un placer escucharles, por la historia o por la manera de contar la historia, con esa sencillez en la exposición de las cosas y, al mismo tiempo, la capacidad para atrapar el interés.
El tufillo viene de algunos párrafos aislados que tiran para casa de una manera que a mí siempre me ha chirriado, ya sea dicha casa la casa de lo vasco, lo catalán. lo murciano o lo de Tombuctú. Me da igual, pero me chirría un poco el rollo reivindicativo de lo autóctono cuando está entonado en cierta tesitura, no sé. Debe ser cosa del oído. Que Uribe nos transmita su emoción ante la definición de que el euskera es “la lengua del mapa del tesoro porque está llena de x” puede entenderse, porque a la gente le gusta que le alaben lo propio, pero que nos muestre su disgusto porque el hijo de su pareja juegue en la Play con un Athlétic de Bilbao virtual que tiene un negro en el equipo es una cosa que no sé pero que qué se yo.
Lo mejor es volver al mar desde donde cuenta la mayor parte de las historias del pasado una vez pasada la página.
Relojes 3 February, 2010
Escrito por emejota en : Libros , 2 comentarios“He visto antes, no sé dónde, este mundo de cartón, en el que todo es de color pardo o rojo oscuro o amarillo o sin luz” (Jean Rhys, Ancho mar de los sargazos)
Hay veces en que yo recuerdo que:
Se lo dije a Patricia. Lo de Unai. Que había una novela preciosa, la del tranvía, tan llena de tanto en frases tan cortas y con esa cadencia repetitiva. Por ejemplo, diría Unai sobre lo anterior: “La del tranvía. La novela del tranvía. Estaba llena de frases cortas. La novela de Unai. Otras igual no tanto pero la de Unai sí”. Así es como lo diría más o menos y nos gustaría un montón. De esa manera empezó todo. Eso era cuando todavía no sabíamos que Phineas iba a estar esperando en el tejado diecisiete, sentado con dos manzanas asadas sobre los muslos y mirando la llegada de los trenes por si regresaba Sora. Sora no llega. Ni en un tren ni en el siguiente. Igual mañana. Tampoco sabíamos de la existencia de las cinco grabaciones de Londres, las grabaciones que dejaron los doctores antes de marcharse allí, huyendo. Podíamos intuir que tras ese mundo amable, distinto, tan nuevo y tan de Unai, había un poso triste. Eso ya pasaba en algunos rincones de la novela en la que empezó todo. La del tranvía. Lo que no imaginábamos es que nos íbamos a encontrar con el tiempo con una novela de cartón que sucede en los tejados y que nos encogería el alma por su crudeza primero y después por su maravillosa belleza de juguete.
Quizá por eso no importa que no haya frases cortas. Ni repeticiones de palabras. Alguna sí que hay y también cosas nuevas que te dicen: soy Unai. Y sonríes. Pero aquí desde los tejados de los párrafos se ven cosas extrañas: se ve a Phineas, y a Datos y a otros que vienen. Y aunque Unai te asegura que tienen más de 30 años y que incluso van a trabajar por las mañanas sólo eres capaz de visualizarlos en pantalón corto teniendo lo más 15 años. Y eso yendo para arriba. Puede parecer raro eso si no conoces a Unai. Si le conoces ya no es raro sino que todo es normal y además hasta te gusta.
Aquí hay una fábula cruda sobre los efectos de las dictaduras, los fascismos y de las cosas de color de plomo. Y sobre el miedo, sobre todo sobre el miedo y las ausencias de las personas que se salen de la línea roja que marca el miedo. Si te sales de la línea desapareces. En la forma de la historia hay fragmentaciones y una novela paralela a la novela. Los Informes Errun siguen sin encontrarse. A Raquel también se lo dije. Lo de los informes no, lo de Unai. Le dije lo del tranvía como a Patricia y le invité a subir y dijo que sí. Pero por teléfono le avisé el otro día que Londres es de cartón y que a ver qué tal. Seguí leyendo. Mr Mallowan pregunta sobre la bicicleta en el Londres de cartón pero en el otro sitio, que no sabemos cuál es ni falta que hace porque nos lo podemos imaginar, el doctor Bornas da pistas en una de las grabaciones de Londres que escuchamos clandestinamente en una habitación sin ventanas pero con un busto de Mahler en un rincón.
Mitrofan es el Mobutu o el Kim Jong-il de esta historia y los carboneros llevan gabardinas y hacen cosas malas a la gente y mientras Unai nos lo cuenta nos ahorra datos. Nos ahorra el dijo o el dice, por ejemplo. En esta novela, si Phineas dice Hola lo dice así: Hola -Phineas y no Hola -dijo Phineas. A veces hasta lo dice con un punto y aparte entre el Hola y el Phineas. Unai ahora no juega a repetir palabras como medio para establecer su deliciosa cadencia verbal sino que ahora ahorra cosas o las cambia de sitio. La forma es otra y el fondo también, siendo él el mismo.
Que Londres sea de cartón es una cosa que queda clara en la portada. Luego dentro lo pasas mal un rato y después las cosas te sorprenden y te invitan a jugar y para cuando terminas el libro ya sabes que se va a quedar contigo. Como el del tranvía. A Unai sólo se le puede querer tanto si se empieza subiendo al tranvía y pillándole el punto al viaje. Si no, igual no importa que miss Podgers hable o guarde secretos. Phineas lleva reloj. Y para Mr. Mallowan, dos manzanas en cursiva.
Eso es lo que yo recordaré, seguro, muchas veces.
Latidos 23 January, 2010
Escrito por emejota en : Libros , 5 comentarios“Love is dangerous for your tiny heart even in your dreams”
“La mecánica del corazón”, tic tac, es un librito extraño. Empieza en Edimburgo el día más frío de la historia y eso ya es toda una casualidad, pero a partir de ahí hay frases de seda auténtica que comparten página con otras de una aspereza cortante. Y mezcla un delicioso tono inicial de trazo impreciso, poético y onírico para deslizarse después por registros comunes de melodrama decimonónico y souvenir incluído, con historias de amor con fondo de Alhambra y castañuelas de una Carmen que no es la de Mérimée, que no es la de Mérimée, por algo se llama Miss Acacia. No sé. En cualquier caso, es un estimable y por momentos notable cuento para mayores que cuenta la aventura iniciática en esto de los amores por parte de un niño al que una doctora Madeleine, en lo alto de un torreón, ha puesto un reloj en su pecho para ayudar al funcionamiento de su deficiente corazón.
El tono del narrador, que cuenta el pasado en presente, bien podría ser el de un Vincent Price, así como lo anterior una escena Burtoniana (de Tim, no de Richard). Luego hay un tren fantasma donde Jack el Destripador escribe cartas de amor a mujeres muertas (brevísimo pasaje alucinante) y Georges Méliès sale buscando cartones usados para regalarle un viaje a la luna (de merengue, como así atestiguará la historia) a la mujer de sus sueños. Es curioso que los mecanismos del corazón de esta fábula sean de una precisión explícita total en lo metafórico y, sin embargo, nos cuenten algo que no terminamos de aprender. El qué. Pues eso, los mecanismos del corazón. En su “Encuentro en la noche”, ese enorme poeta del desencanto dotado de gran lirismo que fue Fritz Lang hace decir a sus personajes que estamos solos y a la intemperie y que quizá el amor sea un remedio temporal a sabiendas de que siempre se revela al final como peor que la propia enfermedad. Suele pasar, pero allí pasa en blanco y negro y aquí en este libro hay palabras de colores, dulces y amargos.
En la noche más fría de la historia, la doctora Madeleine pondrá un reloj en el pecho del recién nacido Jack y cuidará de él hasta que a los 10 años, el tic tac suene más fuerte en una especie de taquicardia del tilín que cierta bailaora hace al pasar y no precisamente con sus lentejuelas. La doctora Madeleine intentará que el pequeño concilie el sueño susurrando una letanía en inglés que funciona a medias como canción de cuna y a las horas enteras como medida disuasoria y después escribe en una pizarra:
1. No toques las agujas.
2. Domina tu cólera.
3. No te enamores nunca.
Pero la mecánica del corazón siempre va a su aire y aunque las agujas se incrusten en el pecho de este pequeño Jack en una de tantas metáforas de cristal de este libro, lo que hace con sus latidos no es muy distinto que lo que un adulto experimentado haría una y otra vez con similar resultado. La experiencia aquí poco vale. ¿Una historia triste? Sí y no. El enamoramiento siempre es así, como el tic tac del reloj que Jack lleva como corazón: sí y no. Todo tiene su tiempo y siempre un tiempo limitado tras el cual te pinchas y sangras. Allá tú si te contentas con un apósito y te pones a ver la tele y no reivindicas los instantes de embriaguez (”volver al tiempo en que amaba sin estrategias, cuando me arrojaba de cabeza sin miedo a estrellarme contra mis sueños”).
Este es un cuento que cuenta una historia de verdad que es resumen de la historia de verdad de cada uno: el tic tac del prendimiento, el tic tac de los celos, el tic tac de la desdicha, el tic tac del cielo. Pero ya he dicho al principio que este era un librito extraño. Tanto que, pareciendo que quien cuenta es el amor, a lo mejor lo que cuenta (tic tac) es salir pitando de él en dirección opuesta y quizá haya que tenerse eso en cuenta. Lo lees a ver.
Caín 16 October, 2009
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Libros , 2 comentarios
Tengo aquí al lado, con el olor a tinta nueva, el último libro de José Saramago, “Caín”. Llegó mediante aviso por sms la tarde ayer: deberías bajar a la librería, aunque sea un minuto. Con la intriga dejé los mandos de lo que me ocupaba en ese momento, me puse la primera cazadora del otoño, porque ayer de repente hizo una visita pregonera el invierno, y bajé a la librería. No esperaba encontrarme tan pronto un libro que se ha escrito tan rápido pero no importa porque el ritual se repitió igual: recibir como regalo el primer ejemplar de la caja y una dedicatoria, tradición inaugurada en su tiempo por mi añorado Julio Mazo con ese detallismo e ilusión tan suyas, y secundada después por Rosa, su viuda. Me reconforta el calor de esa liturgia, ayer especialmente, no sé si por llegar tan sin avisar como el invierno, no sé si por el frío del súbito invierno o por las circunstancias que en el capítulo de otro libro quedarán escritas.
Me conmueve una vez más la dedicatoria que Rosa me escribe en el libro y me conmueve la fidelidad de este hombre que, muy frágil de un tiempo a esta parte, tan delgado, con un hilo de voz pero con la cabeza tan lúcida como antaño, vuelve a dedicar su libro a Pilar, pilar de su existencia. Antes bastaba con un “A Pilar”, minúsculos caracteres suspendidos en la página en blanco a la entrada de la historia. De un tiempo a esta parte algo le sigue a la coma que las normas de estilo imponen cuando de poner un añadido se trata. Esta vez es “A Pilar, como si dijera agua” y ya la dedicatoria es como un relato infinito, un poema hondo, un qué se yo que te deja todo el resto de la blanca página para que te acurruques un rato.
Volverá a dar que hablar este “Caín” a quienes con maneras desabridas lanzaron dardos contra el autor del “Evangelio según Jesucristo”. A mí me sigue pareciendo que el miedo al vacío genera rabietas y creo que Saramago no busca provocar rabietas sino expresar sus ideas acerca del vacío de la idea de Dios y del vacío de la propia religión que llegó para llenar en falso esa ausencia. Y me sorprende esa respuesta intolerante que mira sin mirar (desde luego la literatura no la mira). Cuánto miedo ha dado durante siglos la imagen de Dios y cuánto miedo da la posibilidad de su ausencia.
Este recorrido personal sobre los primeros momentos del Antiguo Testamento, donde Saramago pone literatura a la fábula que secularmente ha sido tomada como literal, comienza retomando el inconfundible tono del narrador de todas sus novelas y el prodigioso tobogán de frases que deslizan suavemente al lector gracias a un pulso narrativo que permite encabezar el relato con una frase de once líneas y dieciséis comas y tan ricamente. Y la ironía sutil y el aliento poético y el sabio uso de las palabras y los decires que de sí mismo escuchamos del narrador, esforzándose en poner en orden y en claro un relato en comunicación cómplice con el lector. Y el alto forzoso que hace el lector ante la frase genial, que sale al paso súbitamente sin avisar: “… al mismo tiempo que experimentaba algo en el espíritu que tal vez fuese la felicidad, por lo menos se parecía mucho a la palabra”.
Pessoa 28 September, 2009
Escrito por emejota en : Libros , 3 comentarios
Muy de vez en cuando, lo suficiente como para que acumule algo de polvo en la estantería, me da por abrir el “Libro del desasosiego” de Fernando Pessoa. Por qué, ni idea. Lo hago, y ahora que lo pienso me parece muy curioso, siempre en la madrugada de un domingo al lunes y siempre abriéndolo por una página al azar, y no importa de qué página se trate porque leo lo que ahí dice Pessoa, con su tono de fado funcionarial, e indefectiblemente cierro el libro de golpe y con sobresalto (y el polvo revolotea un poco) y me digo con verdadero pasmo que así mismo lo habría dicho yo, igual igual, si cumpliera dos requisitos, a saber, el primero poseer el talento de Pessoa y el segundo, carecer de cierta ironía que ayuda a masticar las cosas de las que el libro da fe.
(fe es con acento o sin acento, a ver en qué quedamos y a ver si se aclaran los de las tildes)
A mí me parece que Pessoa tuvo el don de ver la existencia sin anestesia. O diciéndolo de otra manera: careció de las anestesias que nos vienen en el botiquín para ir tirando con apósitos de diversa índole. Y, sin embargo, instalado en esa tragedia, cada palabra señala a un tipo que vivió verdaderamente cada segundo de la existencia. Hay vidas no vividas y que, sin embargo, están convencidas de serlo plenamente. Y hay vidas que exprimen a la vida increíblemente, aunque el zumo resultante deje en el vaso la espuma del desencanto, la inutilidad y la fugacidad de las cosas todas, los espejismos del amor, los esfuerzos desesperados para no ver, esconder y evitar lo que acabo de enumerar entre comas y que expuesto con la desarmante lucidez, el pulso firme y el ritmo pausado que marca Pessoa crea el desasosiego inevitable ante tanta vertiginosa certeza.
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Apéndice: Ah, y los sueños. Vivamos en los sueños. Lo sueños de la infancia (la infancia es ya un sueño), los sueños que pueden materializarse, y sintamos la vida manifestarse en el milagro de los sueños que se materializaron.
Crónica 15 July, 2009
Escrito por emejota en : Libros , 5 comentarios
Kvothe, el cronista de esta novela río, caudalosa, nos cuenta el secreto de toda narración en la página 405 y sentencia: “Limpio, rápido y fácil como mentir. Sabemos cómo termina antes de que empiece. Por eso nos gustan las historias. Nos ofrecen la claridad y la sencillez de que carece nuestra vida real”. ¿Será por eso que, a pesar de lo dicho, nuestros ojos se han deslizado gustosamente hasta allí y nos acomodamos en el sofá para aventurarnos en el frondoso bosque de páginas que todavía nos espera? Es una cosa rara “El nombre del viento”, de Patrick Rothfuss, porque es un híbrido de Tolkien, aventura gráfica, el Oliver Twist de Dickens conjugado con los laberintos de Kafka (prodigiosas las páginas que condensan los tres años de penalidades transcurridos en la infinita ciudad de Tarbean), Harry Potter y, a pesar de todo, es otra cosa. Y nos gusta. Y nos sorprende placenteramente. Quizá porque a esta narración de corte fantástico se le ha despojado de todo lo que no nos gusta del género fantástico y porque en ella se cuela, provocando una curiosa sensación en el lector, la palabra cojones en lugar de pardiez, y se estudia en la Universidad en lugar de en un alto torreón puntiagudo entre calderos humeantes.
La aventura perfecta del verano. 872 páginas que Kvothe, el enigmático posadero con un pasado inimaginable a las espaldas, emplea para contar a lo largo de una única jornada los avatares de su infancia y adolescencia ante la atenta mirada de su silente y ambiguo discípulo Bast y el minucioso registro en hojas de papel que hace Cronista, llegado desde muy lejos para escuchar la historia. Ocasionalmente, al lector se le ofrece un respiro en brevísimos cortes titulados “Interludio” donde puede desperezarse junto con los tres únicos ocupantes de la posada Roca de Guía a lo largo de ese día en que permanece cerrada a la concurrencia, quizá estirar las piernas un poco o ir a tomar un trago al frigorífico mientras en el mundo de líneas impresas Kvothe corta un poco de pan recién horneado o sirve un vino rico para recuperar fuerzas. Y continuar. ¿Dónde estábamos? Qué placer el continuar.
El resumen de la historia de Kvothe nos lo dice muy pronto, antes incluso de contarnos el secreto que utilizan las historias para embelesarnos y que he reproducido al principio de este post. Dice Kvothe de su historia: “viajé, amé, perdí, confié y me traicionaron”. Entrando y saliendo de esas palabras, buscando incluso entre sus espacios, me encuentro todavía. Nos dice la editorial que Rothfuss, cronista ejemplar, ha empleado más de diez años en montar minuciosamente este puzzle. Prefiero no creerlo porque cuando alcancemos el final de este tomo nos esperan dos más que no están escritos aún (Kvothe le ha dicho a Cronista que le contará su historia a lo largo de tres días) . Sería una putada, con perdón, que se nos hiciera esperar tanto.
Libros 23 April, 2009
Escrito por emejota en : Libros , 3 comentariosDía del libro. De cuál? De cualquiera que merezca la pena. Esos libros son los que te sirven de espejo, o los que te sirven como mapa, o los que te zarandean, o los que hacen entrar por tus pupilas una emoción intensa (o varias) o consiguen ponerte en los labios una sonrisa. Los que huelen bien, esos también. Y los de Flanagan, último de mis amores, aunque haya tardado quince años en descubrirlo. Me he dado cuenta de que todos los libros que pasan a formar parte del montón de los libros especiales son aquellos en los que me encuentro a mí mismo, bien porque sí, bien porque no, bien porque parecido o podría ser. Eso pasa. Hasta en los libros de mentira, algunos de los cuales me parecen de verdad. Van a llamarme en veinte minutos de la radio para hablar de libros. No sé si del libro en sí, de algún libro en concreto o del acto íntimo de la lectura. No importa. Luego salgo pitando para Pamplona, donde tenía que estar llegando ahora si no fuera por el aviso de la radio. Feliz día del libro. Unas rosas para los que tengan la costumbre. Julio para una Rosa. Páginas emocionantes para todos.
(“La soledad de los números primos” sería un buen libro para regalar este año, si se me acepta la sugerencia)
Soledades 6 April, 2009
Escrito por emejota en : Libros , 2 comentarios“La luz estaba toda dentro y la oscuridad toda fuera”
Lo más raro de “La soledad de los números primos” es que es una novela perfecta sin que sepas muy bien qué es una novela perfecta. Quizá más que saberlo hace falta sentirlo, puede que eso explique que haya ratos que la dejas sobre tu regazo mientras piensas en esa frase que parece haber sido dejada caer en la blancura de la página para que la degustes o la recites para tí varias veces o para que rememores la presencia de esas almas solitarias, Alice y Mattia, convertidos para siempre en miembros por derecho propio de la galería de personajes inolvidables del imaginario personal. Y quizá explique también la profunda huella que te deja su lectura siendo consciente al mismo tiempo de su exquisita levedad. Precisión proustiana y concisión transparente en cada una de las frases, párrafos y diálogos de esta historia triste, que no desoladora; o desoladora, que no terrible. O terrible pero con un soplo de ternura sin otra concesión que el de estremecerte ligeramente como un cosquilleo en la nuca. En cualquier caso, maravillosamente incisiva en sus incursiones psicológicas, espejo para lectores (si no es en página par será impar, pero todos encontrarán su reflejo en algún instante), musical y poética, poema toda ella.
El responsable de todo esto te hace dudar al principio, cuando todavía no has abierto el libro, cuando solamente ves la reproducción de la portada en un anuncio y lees las frases promocionales. Un físico teórico, italiano, Paolo Giordano (1982), deja los teoremas y se pone a escribir una primera novela, “La soledad de los números primos”, de la que ya han salido multiplicados más de un millón de ejemplares. Lo primero que sospechas es que se trata del enésimo best-seller de intrigas esotéricas con códigos numéricos que tienen la clave del asunto pero resulta que la clave no está en el número sino en el sustantivo, soledad, y eso es lo que te hace levantar la ceja y fijarte entonces que el título es todo un hallazgo y te apetece repetirlo y hasta volver a escribirlo de nuevo:
La soledad de los números primos.
De mayor, a todos nos gustaría escribir una novela con un título así. Es inevitable entonces entrar y mirar. Luego sales distinto. Debe ser ese otro de los efectos de una novela perfecta.
Existen entre los números primos algunos que son especiales; son los que los matemáticos llaman “primos gemelos” porque entre ellos se interpone siempre un número par, como el 17 y el 19 y antes, el 11 y el 13. Mattia Balossino decide una tarde frente a un folio que él y Alice son el 2760889966649 y el 2760889966651, y está tan seguro de ello que hasta los pronuncia en voz alta. Está convencido de que “ninguna otra persona en el mundo había pensado nunca en aquellos números, ni los había escrito ni mucho menos pronunciado”. Pero son los suyos. “En su imaginación, aquellas cifras se habían teñido del color morado del pie de Alice recortado contra el resplandor azulado del televisor”.
A Giordano, esta realidad matemática le sirve como metáfora para contar la historia de Alice y Mattia, marcados en su infancia por sendas cicatrices. Desde la adolescencia hasta la vida adulta coincidirán y se sentirán atraídos el uno por el otro pero, como los primos gemelos, nunca llegarán a tocarse. A pesar de eso, las páginas en las que el destino los hace coincidir poniendo unos metros, unos centímetros y hasta milímetros de distancia, vibran con una intensidad insólita y conmovedora. Y las pocas palabras que se dicen resuenan en los márgenes con una riqueza de ecos que traen consigo las realidades que nos nacen de dentro cuando es otra persona la que nos hace temblar, vibrar, callar, temer, desear.
Dice la fajita promocional que abraza a la novela que “nada escapa a la atención de Giordano, que observa a sus personajes con la delicadeza feroz de quien sabe que la vida se compone de fragmentos, todos preciosos”. Y es verdad. Hipnótica, preciosa y precisa. Dolorosa y dulce. Así es esta novela espejo de tantas cosas y reflejo de otras nuevas.
Cita 23 March, 2009
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Libros , 7 comentarios
Esta tarde, puntualmente, como ocurre desde hace tres años, acudiré a la cita con el recuerdo de mi amigo Julio Mazo, de quien un día en este blog escribí que fue librero de vocación y hasta en vacación, librero todo el tiempo como todo el tiempo fue buen amigo y mejor persona. Así que a las 20:15 entraré en el Salón-Capilla del Hotel AC y hablaré de palabras impresas en su memoria. Celebramos hoy el III Memorial “Julio Mazo” y por tercer año consecutivo la familia me ha confiado la responsabilidad del acto, lo cual agradezco. No sé si los presentes lo agradecerán igual o estarán hasta el gorro y pensarán cuando me vean: otra vez éste?, qué pesao!
Este año hablo sobre Juan José Millás en una conferencia que lleva por título “Juan José Millás: un asombro permanente”. Antes, por la mañana, me tendré que pasar por un par de emisoras. Es curioso que siempre llama el mismo par de emisoras para que pases. El resto, pasa.
(Pero son cosas que pasan)
Preguntarán en las emisoras que por qué Millás y yo respondería que por qué no si no fuera porque, aunque no sea mi intención, suena a respuesta un poco borde. Diré en su lugar que porque me apasiona y yo sólo sé hablar de cosas que me apasionan. Bueno, sé hablar de otras, pero si no me apasionan me aburro.
Diré que en Millás se dan las condiciones para apasionar, tanto si se mira dentro de los escritos como si se mira fuera de ellos, tanto si se atiende al qué como si se observa el cómo. Por ahí va a ir la cosa esta tarde, siguiendo la costumbre de la casa: invitando a mirar. El secreto siempre está en mirar.
Pero antes, por la mañana, en las emisoras es probable que pregunten por lo del asombro permanente del título de la conferencia pero es que Millás es un tipo que continuamente muestra su asombro ante lo cotidiano, justo allá donde las cosas nos parecen tan triviales o tan familiares que a nuestros ojos son invisibles. Invisibles hasta que llega Millás y nos enseña los mecanismos ocultos de la realidad haciéndonos exclamar anda y, por el mismo precio, poniéndonos una sonrisa en los labios o invitándonos a leer dos veces la misma frase, bien por ingeniosa, por bien escrita o para cerciorarnos de que se trata de una frase y no de un verso.
En el lugar donde transcurrirá la conferencia ya me siento como en casa, no sólo por los tres Memoriales sino porque antes he hecho otras cosas, algunas hasta pueden parecer increíbles. Por hacer, he hecho hasta de soldado volviendo de la guerra, pero fue una vez y por exigencias del guión de Stravinski, que pedía un soldado para contar su Historia. Hoy en vez de regresar de la guerra con la camisa por fuera del pantalón me pondré la americana para pasar al otro lado del espejo varias veces, como manda Millás. Y una vez más, lo haré como cuando le contaba entusiasmos a Julio, allá en su despacho al fondo de la librería, él sentado ante su mesa llena de papeles, yo sentado en la silla donde antes y después se sentaba un montón de libros y más papeles. Lo contaré igual pero, por razones obvias, con más formalidad, que con Julio me reía mucho y a veces éramos un poco gamberros. Tampoco es que lo vaya a hacer muy formal; sólo lo justo. El resto está pensado con la intención de crear una atmósfera agradable y pasar un rato distendido. A ver.
Carta 4 March, 2009
Escrito por emejota en : Libros , 4 comentarios“Los niños chillaban, como si quisieran prevenir a los enamorados del porvenir de tanto romanticismo”

Querida Amélie:
Eres una tía rara, pero eso te encanta y nos encanta. En este mundo globalizado que por ese motivo, paradójicamente, cada vez resulta más uniforme apareces tú con tu rollo entre gótico y samurai, belga nacida en Japón, con rostro de tener todos los años y apenas unos pocos al mismo tiempo, temperamental, traviesa, imprevisible, excéntrica. ¿De verdad escribes todos los días del año de 4 a 8 de la mañana? ¿De verdad pillas el boli y zas zas zas ya vas por la novela 66 cuando “sólo” has publicado 19? (¿de verdad es un boli Bic?) Y ya puestos, ¿de verdad que tienes dicho en tu testamento que nadie toque las novelas que queden vírgenes hasta 75 años después de haber muerto? Chica, ¿ves? eso es muy tuyo, ese ramalazo de temperamento romántico que seguro que ha ido acompañado de un plom encima de la mesa. Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto. Bueno, de tí algo sí, pero los periódicos enseguida se olvidan de las noticias y pasan a hablar de Rouco o del número del cupón.
Te cuento. Había leído la anterior novela, sí, la del asesino, el “Diario de Golondrina” y llegaba a esta otra con la curiosidad por el anunciado cambio momentáneo de registro, más por eso que por lo autobiográfico, que eso no es nuevo. Me gustó la primera frase: “Me pareció que enseñar francés era el método más eficaz para aprender japonés” porque frases así son una buena puerta de entrada a una historia. Pero lo que me encontré a continuación me enganchó antes de pasar la primera página. Te ha salido una novela que es como un post muy largo en un blog: un ejercicio de búsqueda en la memoria afectiva para contar, impúdicamente, que al regresar a Japón viviste una historia de amor con Rinri, japonés de 20 años.
Oye, ¿de verdad era así? Porque la combinación entre tú y él es de lo más novelesco. Ahí estás tú batiendo el récord mundial de descenso a pie del monte Fuji y allá está él con su hieratismo, sus movimientos ceremoniosos y su paciencia candorosa. Toda la carga genética japonesa a excepción del punto samurai, que ese lo sacas tú bajando como una posesa del monte Fuji. Almodóvar diría de tí que eres un poco burra pero él tiene la virtud de decir eso y que suene como tiene que sonar, a piropo y a verdad.
Compré “Ni de Eva ni de Adán” y me pregunté que de quién era entonces, desconocedor de que esa es una expresión francesa que se refiere a algo o a alguien de quien nada se sabe: Rinri, claro. Japón, claro. Lo que te ha salido mejor es que no te limitas a mirar lo exótico con ojos comparativos de turista, quizá porque tú ya eres un poco de allá y si no lo fueras te daría igual. Lo mejor es que lo exótico, el choque fascinante, lo verdaderamente raro en su acepción más positiva y prometedora lo centras en Rinri.
Fuiste un poco traviesa, te encanta eso, ya lo sabemos, pero te aprovechaste de su cortesía oriental y de su torpeza con el idioma de Debussy para pasártelo en grande siguiéndole el juego en esos diálogos surrealistas y en esas proposiciones tan educadas. Me pregunto qué pasó para que de la diversión disimulada con esfuerzo surgiera el tuteo y lo que le siguió porque no lo dejas claro, él también se extraña en alguna página, no recuerdo si par o impar, y te lo pregunta, que por qué ahora de tú y no de usted. Tienes que sentirte sola en la cima del monte Fuji o en mitad de aquella terrible tormenta de nieve para que te confieses tal cual y te digas como eres. Si no, te cuesta. Por cierto, yo también me quedaría sobrecogido viendo un bosque de bambú nevado, con esa minúscula sombra blanca formando una verticalidad de terciopelo de hielo.
Dijeron en su momento las reseñas que lo tuyo con Rinri duró entre 1989 y 1991 y eso confirma una cosa por todos conocida en el fondo (aunque quizá no reconocida para no llevarse un disgusto) y otra que solo conozco yo y que es un secreto que quiero compartir contigo en esta carta. Por partes. Lo primero es que el enamoramiento dura aproximadamente ese tiempo, unos dos años. Ya lo dijo Stendhal, por citar a alguien de las letras ya que tú no eres cirujana o ingeniera de caminos y además, porque Stendhal te chifla. Y tú eres de las que cuando ve la llama debilitarse un poco no lo soporta y se empieza a poner negra y necesita echar a volar para buscar otras llamas, del tipo que sean. Por eso decía antes que eres una tía rara, porque te sales de la serie, de la fila. Y eso te encanta y nos encanta.
Y ahora va el secreto. Fue leer una (otra) frase hermosa, esperar tres páginas, y dejé de leer a falta de un nada. Es que no quiero saber cómo termina. Hay libros felices en el sentido de que te meten en un mundo burbuja del que no quieres salir y aunque no sé si la curiosidad al final ganará la partida, no quisiera que me chafaras por medio de un lugar común o una salida por piernas ese final anunciado. No. He leído con sumo agrado “Ni de Eva ni de Adán” sin llegar al final (de momento). Prefiero no saber si se ha muerto, si se ha convertido en un gris hombre de negocios (eso quizá no sea una muerte pero desde luego no es una vida) y tampoco quiero que te pongas tontorrona en la última página. En realidad, tampoco quiero que te salga el punto borde. No sé qué quiero, en definitiva.
De momento, poner el punto final de tu novela en una coma, ahora que me has revelado el secreto de la nieve y que más allá de los mil quinientos metros desapareces y que Yaloverás puede ser un lugar que cambia siempre y nunca a peor.
Tuyo afectísimo,
emejota.
Argumentos 22 February, 2009
Escrito por emejota en : Libros , 9 comentariosDos instántaneas de la existencia desde ángulos distintos:
Yo tenía veinte años. Cuando tienes veinte años, y veintiuno, y veintidós, y veintitrés, y veinticuatro, lo que quieres de la gente es que te hablen de tí. Cuando tienes veinte años, y veintiuno, y veintidós, y veintitrés, contemplas el mundo según como él te contempla a tí. ¿Se ríe la gente cuando haces un chiste? ¿Te besan las mujeres cuando te las cruzas en una fiesta? ¿Es así? Pues ya está, eso es lo que eres. Pero esas personas, se rían o no, te besen o no, también son jóvenes, así que empiezas a pensar que no te puedes fiar de ellos, de tus contemporáneos, de tus frustrados amigos y novias, que no es por ti mismo por lo que te besaron, sino que lo hicieron por ellos, por algo que les convenía, los muy narcisistas; mientras tú pedías reconocimiento, ¿qué pensaban ellos de tí? No tienes ni idea. Por eso es tan importante conocer a tus héroes cuando eres joven, para que te puedan decir algo. Cuando conocí a Morris Blinkel, lo único que quería que me dijera era: “Sí, lo veo en tí. Puedes hacer con ello lo que quieras, pero lo tienes. Puedes ser como yo, si es eso lo que deseas”
-Cuando eres joven -dijo Morris mirando por la ventana, dándonos la espalda-, y vas a lo tuyo, y lo tienes todo por delante y a todos a tu alrededor, no conoces a nadie más, y miras a los demás con sus vidas jodidas, y sabes que harás las cosas de otra manera, sabes que lo conseguirás y lo consigues. Eres más amable, más simpático, más listo. Y un buen día observas que has hecho todo lo que dijiste que ibas a hacer, pero, de alguna manera, te has olvidado de algo, pasó algo en el ínterin y todo el mundo ha desaparecido, todo es diferente, y miras a tu alrededor y te das cuenta de que te has jodido la vida igual que todos los demás idiotas. Y eso es lo que hay.
Se giró para vernos y sonrió valerosamente.”
Keith Gessen, “Todos los jóvenes tristes y literarios”
Vuelo 10 February, 2009
Escrito por emejota en : Libros, Varios , 7 comentariosVuelo podría ser abrir un libro y encontrarse uno paseando en una ciudad lejana. Las montañas nevadas que dibujaba de niña. Un ruido que se intuye a lo lejos. Caminar a tientas. Una vez en tu boca. (O en la mía). Cerrar los ojos en el coche y sentir las sombras de los árboles en los párpados. Vuelo podría ser subir el último escalón antes de llegar a casa. El tiempo que aprendimos sin negarnos a nosotros mismos. Bajar aún de noche a pisar la nieve intacta. Recorrer los nombres un instante antes del olvido. La última fecha. La primera flecha. Un verso de fuego. El silencio del frío. Reir. Dejar la luz encendida por si volvieras…”
Victoria (Paralelo 49)
A Victoria le salen las palabras desde lo más hondo del trance de los auténticos poetas, de los enormes poetas. Todo lo que escribe es un regalo delicioso. Victoria es, además, un hada que a veces se refleja fugazmente en un espejo. Lo sé bien.
Sunless 19 January, 2009
Escrito por emejota en : Libros , 4 comentarios
“Fargoon cerró el libro, colocó los dedos debajo de la barbilla y miró al pecho de su paciente”. Nosotros, sin embargo, miramos a los ojos de este libro insólito, “El Doctor Salt”, de Gerard Donovan (Tusquets), lo devoramos porque sí, porque hay libros que te miran a los ojos, te hipnotizan y no te sueltan hasta que te dicen todo lo que te tienen que decir, y luego te quedas con la sensación desconcertante de haberte reído a gusto y, al mismo tiempo, tener el estómago encogido. Tiene razón esta vez el cinturón azul que la editorial le ha puesto al libro y donde suelen aparecer frases laudatorias firmadas por gente que igual no conoces pero qué más da, el caso es que diga algo laudatorio; me pregunto si alguna vez una editorial pondrá un cinturón azul, verde o naranja donde pueda leerse que este libro es una auténtica basura y así nos ahorramos el tiempo y el dinero. Pero a lo que iba: tiene razón esta vez, mucha razón incluso, cuando dice: “Soberbio. Al igual que Beckett o Kafka, Donovan une sátira y tragedia, dolor e hilaridad”. Tiene tanta razón que, una vez copiadas estas palabras podría dejar de escribir porque ya está y sin embargo, no. Falta el motivo, el aire, el aliento; faltan ellos, los habitantes de las páginas, falta lo que el libro dice y lo que apunta, lo que está impreso y lo que se desliza entre líneas, el qué y el cómo.
Falta él, para empezar, Sunless, uno de esos protagonistas que quedará en la memoria. Por si somos olvidadizos, los diez primeros capítulos del libro se titulan así, Sunless, con el número correspondiente al lado, Sunless 1, Sunless 2; los siguientes se llaman Salt: Salt 1, Salt 2 y así hasta el octavo. No es otra persona, es la misma. Este libro habla en primera persona de un cobaya humano de laboratorio, de un esquizofrénico que se desdobla para luego mirarse en el espejo y reconocerse. En el camino pasan muchas cosas. El camino es el que recorre puntualmente Sunless desde su casa hasta el elegante despacho del doctor Matthew Fargoon, eminente psiquiatra, en la exclusiva clínica Pharmalak, en Salt Lake City. La clínica está montada a la última por los poderosos Laboratorios Pharmalak, pioneros en tantos fármacos y en tantas enfermedades, que esa es una de las tesis que el autor deja caer con mucha mala baba, humor y mosqueo como efecto secundario, inventarán los laboratorios algunos trastornos, síndromes, cuadros y demás enfermedades mentales como pretexto para que consumamos tal y cual pastilla cada ocho horas, pastilla de las muchas que salen de esa fábrica de pastillas que son los Laboratorios Pharmalak. Dejémoslo entre signos de interrogación y entre paréntesis y sigamos.
Para acudir a la clínica hay que subir a un tren hipermoderno propiedad de Pharmalak cuya única finalidad es llevar a los pacientes hasta el recinto situado allí arriba en la montaña (mágica?) junto a una estación invernal a la que acuden los esquiadores. En la clínica tratan con píldoras toda clase de trastornos. Mientras dura el viaje, unas pantallas de vídeo transmiten el Canal Pharmalak, que escupe imágenes incesantemente. Ya sea en películas, series o publicidad, muestra situaciones cotidianas que nos tienen que hacer pensar; si no, para eso está la voz en off. En la pantalla se ve a un hombre con el ceño fruncido sentado frente a una venta al otro lado de la cual se columpian unos niños:
¿Está todo el día cansado? ¿Experimenta cambios de humor? ¿Le irritan los niños, el ruido, el trato con los demás? ¿A menudo le apetece estar solo? Si ha experimentado alguno de estos síntomas en las últimas semanas, tal vez padezca Trastorno Agudo de la Sensibilidad, o TAS. Acuda a su médico. En la pantalla aparece una lista de los médicos a los cuales puede dirigirse. Si lo desea, tiene la posibilidad de probar un producto que alivia estos síntomas. Póngase en contacto con Pharmalak. Y ahora, sigamos con las noticias: una fuerte tormenta en Salt Lake City ha causado serios destrozos en cientos de hogares. Estas noticias pueden provocar ansiedad pero, ¿se siente usted incómodo en los festejos y conmemoraciones sociales? ¿excluído en fiestas? ¿sistemáticamente decepcionado? ¿Acaso no se han cumplido sus expectativas o se siente aislado y agobiado por anticipado? Tal vez padezca Trastorno de Ansiedad Estacional, o TAE. Hemos desarrollado un producto que alivia estos síntomas. Si lo desea…”
Así en el canal de televisión y en los anuncios colgados de las paredes en los pasillos de la clínica (la nieve cae fuera con fuerza) advirtiendo sobre la posibilidad de padecer Síndrome de Ansiedad Latente Máxima, Aguda y Reiterada o SALMAR. Elevax, nuevo producto de Pharmalak, es la solución.
Los pasillos conducen ante la mesa donde espera, escribiendo, el doctor Matthew Fargoon. El doctor Fargoon escribe antes, durante y después de la consulta con los pacientes. A Sunless le miró una sola vez, y sólo fue hasta el pecho. La frase que refiere el acontecimiento la puse al principio porque leerla fue un impacto. El de Fargoon y el nuestro, lectores mudos de asombro no tanto por lo que dice Sunless sino por la reacción del doctor Fargoon: “Fargoon cerró el libro, colocó los dedos debajo de la barbilla y miró al pecho de su paciente“. Impagable frase, una de tantas que nos hace preguntarnos quién es este Gerard Donovan que parece conocer tan bien y también la realidad hospitalaria, tan poco hospitalaria salvo excepciones excepcionales. Poeta. Nos dicen que ante todo es poeta y nos encaja: sólo un poeta metido a narrador tiende a terminar los capítulos con una frase que es más verso que frase. Y sólo un poeta podía alcanzar el éxtasis pastillero del libro, en la madrugada de la narración, con una metáfora así:
El cielo sostenía en la mano, ahí arriba, su propia gran pastilla redonda y blanca, con el valle al fondo. Yo podía cogerla con la punta de los dedos y probarla, probar algo que me hiciese sentir mejor, o simplemente sentir”.
Dice la contraportada que tras este relato sobre los peligros de la búsqueda de la propia identidad y el autoconocimiento hay una crítica feroz, no sólo de las empresas farmacéuticas interesadas únicamente en vender productos y de esa psiquiatría que en todo ve un trastorno, sino también del delirante mundo actual. No sabemos qué pastilla necesita el mundo pero mientras alguien lo averigua no está de más pasarse por las páginas de “El doctor Salt” para disfrutar y parar a pensar.
En caso de duda, consulte con su farmacéutico.
Cartas 24 December, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 7 comentarios
No encuentro el libro que recoge las cartas que cada Navidad, de 1920 a 1942, los hijos de J.R.R. Tolkien encontraban en la repisa de la chimenea procedentes del Polo Norte y escritas a mano por el mismísimo Papá Noel. No lo encuentro. Y me da mucha rabia porque podría enseñar la caligrafía temblorosa que Tolkien empleaba primorosamente para transmitir fantasías y mensajes (muchas veces de aliento en los tristes años de la guerra). Si encontrara el libro podría enseñar ese detalle y otros; podría enseñar hasta la portada para ver si alguien se lo ha encontrado por ahí y me lo trae de vuelta pero ni eso, claro.

Cuando descubrí las cartas de Papá Noel/Tolkien acababa de dejar de ser niño y eso me hizo sentir que llegaba tarde a algo. Luego sentí más cosas y por este orden: sentí no haber sido hijo de Tolkien, al menos las vísperas del 25 de diciembre. Después sentí no haber sido el mismo Tolkien durante el otoño previo a cada Navidad, porque este hombre se lo tenía que pasar bomba preparando al detalle las historias, el papel avejentado adrede así como las manchas de humedad en el sobre (en el Polo Norte hay mucha nieve y además reina el caos por culpa de las prisas), los dibujos a acuarela que reproducían instantáneas de la cotidianidad de unos personajes que, con los años, aumentaron en número y relevancia en los argumentos de las cartas, la escritura temblorosa simulando un tiritar de palabras debido al frío helador. En resumen, que sentí no ser Tolkien por un rato. Aún sentí más cosas. Sentí no ser padre y ahora, aunque tengo sobrinos, siento no saber dibujar.
(Aunque mira, ahora que lo pienso, la letra sí la tengo temblorosa, y eso hasta sin frío, toma ya)
Las cartas de Papá Noel/Tolkien son una delicia. No tienen el azúcar que se supone en estas cosas; tienen, en cambio, una imaginación desbordante. No es de extrañar que los niños miraran a la repisa de la chimenea con más entusiasmo que a los propios juguetes. Son, además, didácticas: el tamaño de las letras, el tipo de vocabulario y la extensión y temática de las mismas progresa año a año con la evolución del aprendizaje de los niños. Les estimula a leer al comienzo (qué pone, qué pone, qué dice), luego va todo rodado. Lo mismo vale para el contenido: la acción y la fantasía (la parte lúdica) se combina con los rigores de la realidad que tocó vivir a los pequeños Tolkien. Tolkien les habla, por boca de Papá Noel, del dolor, de las penurias, de la necesidad de fortalecerse en tiempos difíciles. Les habla de esperanza. Y les habla de la experiencia de crecer: Papá Noel les acompaña durante unos años y, finalmente, se despide de ellos en una última misiva.
(Leer eso me daba una pena terrible)
Las cartas son, además, asombrosamente detallistas: las letras capitulares están profusamente ornamentadas y Tolkien llega a diseñar una colección exclusiva de franqueo y sellado polar, imitando las franjas horizontales del rodillo de tinta en lo primero y recortando el papel para simular los bordes dentados en lo segundo:


Qué paciencia, qué mimo y, sin duda, qué disfrute el invertido en secreto en la confección de estas verdaderas joyas de artesanía.
En la madrugada que va de hoy a mañana, en la repisa de los Tolkien una mano dejaba unos sobres a los niños. Eso fue hace muchos años, tantos años como necesita el papel en ponerse amarillento sin necesidar de avejentarlo a mano. Yo he perdido el libro que las contiene, no lo encuentro; si lo tuviera, enseñaría por ejemplo la acuarela que delata al Oso Polar cometiendo el desastre de los paquetes ya preparados y apilados, se cayeron todos y por eso algunos tienen los bordes un poco mojados. Por el Oso, que siempre anda metiendo la pata.
Epílogo 18 December, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 2 comentariosAbrí hace unos meses “Lo que sé de los vampiros”, de Francisco Casavella, ganadora el pasado 6 de enero del Premio Nadal, quizá el único premio en el que confío algo, y quedé prendado por lo que allí se contaba y cómo se contaba. Luego la novela quedó en reposo, como tantas veces ocurre cuando la novela es larga y el tiempo escaso, cuando la historia te pide un espacio propio y tantas cosas ajenas a ella lo invaden, anulándolo. Ahora lanzan los periódicos la noticia de que Francisco Casavella se ha muerto, así, de golpe, un ataque al corazón, 45 años, y lo que sé de sus vampiros ha vuelto a mi memoria con una admiración incompleta, porque así ocurre cuando descubres algo interesante y por interesante lo dejas en ese aparte que es como un santuario de silencio y quietud donde esperan las cosas que merecen a pena. Dicen las noticias, a estas horas avanzadas de la madrugada, que Casavella dejó dicho que “todo es terrible, pero nada es serio. Nada es en blanco y negro, sino que todo es blanco y negro”. Y negro sobre blanco, como las frases impresas de su última novela.
Tinieblas 30 November, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 7 comentarios
Pregunta: ¿es “After Dark” la primera decepción que me he llevado con Haruki Murakami? Puede que sí. Me temo que sí. Entre la duda y la afirmación hay un trecho pero es que en las tinieblas en las que nos sumerge la última entrega del japonés en España es difícil orientarse. La acción de “After dark” transcurre a lo largo de una noche, concretamente desde las 23:56 hasta las 06:52, aunque el momento desencadenante que pone en marcha el universo inquietante y fascinante de Murakami, el de los mundos paralelos, los pliegues en el espacio-tiempo y en el alma de los personajes, la frontera donde lo mágico y lo real se funden y nos confunden (y bien que nos dejamos, si hasta lo esperamos: perdernos en sus páginas, qué gozada); en fin, ese momento viene determinado por las doce campanadas de la medianoche, como en los cuentos de hadas y brujas de toda la vida, solo que aquí no hay campanadas porque el de Murakami es un universo digital (“Aparecen los dígitos 0:00″). Al fin y al cabo, parte del atractivo del imaginario de Haruki Murakami es que transcurre aquí, ahora, siendo el aquí y ahora el hiper poblado, hiper tecnológico e hiper impersonal Japón del siglo XXI y no tiene que recrear un mundo fantástico y lejano. En las novelas de Murakami, el otro lado del espejo es este y la mayor parte de las veces no hacen falta madrigueras de conejo, ingerir pócimas ni similares para tener en la mano la entrada a la aventura.
Esta noche de 248 páginas que es “After Dark” es fría o, por lo menos, a mí me ha dejado frío. Es cierto que la habilidad de Murakami para los diálogos sigue siendo ejemplar pero sus personajes dan la impresión de sentirse condicionados por una dirección escénica un poco desmotivada. Lo que le sorprende al entrecejo, que se arruga al poco de empezar aun con la esperanza de que a lo largo de esta noche de novela las cosas se aclaren un poco, es el recurso de elementos trillados en detrimento de aquellos otros donde Murakami siempre se ha movido como pez en el agua. Por ejemplo, la sustitución de la narración en primera persona por ese (en ocasiones) cansino narrador-cámara (nos alejamos de la escena, nos situamos en tal ángulo, sobrevolamos la escena antes de descender girando por…) que habla y decide por nosotros (“no podemos intervenir aunque queramos”) y que ya está muy visto. Las cosas pueden estar muy vistas pero utilizadas con gracia es otra cosa. No es el caso.
Pero lo que más duele es el misterio, si es que lo hay. Ese es el problema más grande: que aquí hay tantas ganas de ponerle misterio a las tinieblas de la madrugada que no hay misterio. El problema está en que una cosa es narrar de manera nebulosa una historia, crear climas inciertos, querer insinuar dejando cabos sueltos a la imaginación pero otra es dejar los cables al aire dibujando escenas con una nitidez de contornos tal que no hace otra cosa que dejar en evidencia su condición de islotes de palabras flotando a la deriva en un mar de páginas. Así, se amontonan, como en una composición dadaísta, elementos dispares que pretenden crear un clima determinado y que sólo consiguen dejarnos fríos. Esa bella durmiente que yace en una habitación frente a un televisor apagado, esa voz del narrador cámara que se empeña en mirar al cristal del televisor porque (para colmo) presiente que algo va a pasar y mira por dónde, el aparato se enciende; ese temor nuestro (ay, ay) a que un Murakami caiga en la tentación de hacer (no, no!) que el televisor engulla a la bella durmiente para dejarla atrapada en un dormitorio catódico (recurso manido que, además, no conduce a nada).
En fin. Llegan las luces del amanecer y nos quedamos fundidos (fundidos en negro). Dónde queda esa magia que nos envuelve y nos rodea antes de que nos demos cuenta de ello y que nos atrapa con la fuerza de un hechizo en otras obras de Murakami; dónde quedan los intensos instantes, vibrantes, vividos en “La caza del carnero salvaje”, cuya trama vive en perfecto presente aunque su lectura quede en un verano del pasado; dónde queda la magia de llevarnos por caminos inaccesibles hasta la cabaña en la cima de una montaña agreste, sacudidas sus paredes por el viento crudo del invierno, donde esperamos junto al protagonista la llegada de un amigo de la infancia hasta que una noche, envueltos en una manta, tiritando, entramos en el salón movidos por una repentina certeza (el silbido de los remolinos de aire y la nieve afuera) y nos sentamos espalda con espalda con alguien, él, al fin llegó; y qué maravilloso milagro el de la literatura que hace posible que esa noche fría (en otras tinieblas que nada tienen que ver con estas) las palabras rompan el silencio con aliento gélido, estás muerto, y la respuesta que se escuche sea un si que nos provoca un escalofrío inolvidable.
“After Dark” está poco claro.
Nocturno 22 November, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 8 comentariosLos movimientos pausados del barman confieren al local una manera muy particular de fluir el tiempo.
Mary le pregunta al barman:
-¿Usted sólo pone elepés?
-Es que los cedés no me gustan -responde el barman.
-¿Por qué?
-Porque brillan demasiado.Haruki Murakami, “After Dark”
Regalo 21 November, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 3 comentarios
Me han traído a mediodía un regalo envuelto en papel azul y al abrirlo me he encontrado con la última novela de José Saramago, “El viaje del elefante”, el viaje que tuviera que interrumpir en la página 40 antes de irse al hospital y de ahí casi casi al otro barrio. Más de uno pensábamos que no volvía aunque deseábamos que lo hiciera, que volviera sano y salvo, que se recuperara poco a poco, empezando por los 16 kilos de peso perdidos; después, si las ganas regresaban, volver a tomar el lápiz para seguir trazando la senda de este viaje que me da que tiene buena pinta, muy buena pinta. Antes, en los años entusiastas del “Ensayo sobre la ceguera”, “Memorial del convento”, “El año de la muerte de Ricardo Reis” y “Todos los nombres”, mi añorado amigo y librero Julio Mazo abría la caja en la que venía la última novela de Saramago y me entregaba el primer ejemplar con la expresión ilusionada de quien te hace un gran regalo. Y era verdad. Desde que se nos fuera al hospital para no volver, Rosa, su viuda, continúa la tradición y además me lo regala con dedicatoria incluída. Firman también Anabel e Ilenka y aunque no es la primera vez que lo hacen me sigue haciendo la misma ilusión. En esta ocasión pone esto:

El libro vuelve a estar dedicado a Pilar del Río, “que no dejó que yo muriera”; de nuevo, la narración viene encabezada por una cita entresacada de un libro imaginario (“Libro de los Itinerarios”) y de nuevo (”de nuevo” en el universo de Saramago es una expresión que es sinónimo de regocijante reencuentro con lo familiar) arranca con una larga frase narrada por esa voz tan inconfundible que le hiciera decir un día a Luis Landero: “Yo no sé, ni quiero saberlo, de dónde ha sacado Saramago ese diabólico tono narrativo, duro y piadoso a un tiempo, con algo de letanía bíblica y de nana infantil, que le permite contar tan cerca del corazón”.
Lo pongo en el lugar de lo “enseguida” y con muchas ganas.
Reseña 13 November, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 4 comentariosTerminé la lectura de “El niño robado” con un cierto escalofrío. Lo leí con un placer indecible y al terminar lo lamenté mucho. En algunos libros te gustaría quedarte dentro aunque, en este caso, creo que en cierta manera estoy ahí. Me encontré en ese libro, sí, eso ya lo adelanté en el post que le dediqué (clic en este enlace: 27 de octubre) y ahora lo confirmo. Como confirmo que soy una infancia deshabitada. A raíz de esta frase recibí algún correo electrónico preguntándome qué quería decir exactamente con eso. Una infancia deshabitada es una infancia interrumpida súbitamente, una infancia cuyo tránsito natural se ve truncado de repente. Eso conlleva, entre otras cosas, que conserves un hilo permanente con ella, en el sentido de que el adulto que eres se pregunta cómo habrían sido las cosas de haber recorrido el cauce de las experiencias que llevan a todo niño, con lo bueno y lo menos bueno, a dejar de serlo. Al mismo tiempo, es como si el niño que se quedó allí con cara de pasmo por la rapidez con la que fue despojado de sí mismo, estuviera esperando a que lo rescatases. Eso es una infancia deshabitada y eso es lo que he encontrado en la fastástica narración de Keith Donahue, fantástica por bien escrita y porque es una historia escrita en la tesitura de ese género.
Durante casi 400 páginas me he sentido Henry Day y Aniday, el niño suplantado y el suplantador que le roba la identidad. Porque el primero se pregunta sobre el futuro que le habría tocado vivir y el segundo busca su identidad en su propia infancia mientras crece desconcertado en el cuerpo de un adulto que no le pertenece. En definitiva, el libro habla de una brecha, de una cicatriz, de un corte. Y de la supervivencia con la cicatriz en el cuerpo.
A la lectura (apasionada y apasionante) del libro le esperaba un apéndice imprevisto. Compré el ejemplar de la revista “Qué Leer” del mes de noviembre con el atractivo reclamo de un Haruki Murakami que miraba desde la portada prometiendo contarte cosas si entrabas a mirar. Pero al entrar me encontré con algo mejor: una reseña de “El niño robado” que me cautivó. Modélica en la concisión, precisa en la exposición de las ideas y, sobre todo, sensible al poema que se esconde tras la máscara de la novela. La clase de reseña que te hubiera gustado escribir porque dice lo que piensas de una manera que no habrías sido capaz. Mejor aún: esa clase de reseñas, raras por no habituales, que más allá de hablar de un libro consiguen que el lector ponga el verdadero punto final a la lectura de la novela. La terminan, la concluyen. La redondean.
Como el staff de Qué Leer viene a la entrada de la revista con los mails de cada uno de sus miembros, escribí a la responsable de cesión de derechos. Lo hice porque en este blog utilizo ráfagas de música clásica con un obvio afán didáctico que no me generan inquietud en cuanto a sentir que vulnero o fusilo las leyes que velan por la propiedad intelectual. Pero en el caso de algo que me apetecía mostrar por puro entusiasmo me entraron dudas así que me dirigí a la revista pidiendo permiso y, de paso, felicitando al autor de la reseña, Manu González. La respuesta fue muy afectuosa y por partida doble (doble, como en la novela): desde Madrid (donde se encuentra la responsable de cesión de derechos del grupo Hachette, Beatriz Barrionuevo) y desde Barcelona (donde se encuentra la redacción de la revista y desde donde escribía Sebas Redondo, Redactor Jefe). Concedido el permiso (mil gracias además por las palabras), es un placer anotar aquí ideas de otro lector que han enriquecido mi propia vivencia lectora. Y luego está mi oído de músico para la cadencia de las palabras y mi faceta de esteta, como dice una amiga mía, que hace que caiga rendido ante un párrafo como este:
Hay algo narcótico en la prosa del bienvenido Keith Donohue, algo tan hipnótico como la hojarasca del bosque que recrea tan mágicamente. Y no me refiero al exceso poético o al sortilegio casi arcano de producir frases maestras cada dos líneas: hablo de una narración sencilla a dos voces (el suplantador y el suplantado) a través de cuarenta años de historia norteamericana, que tiene el poder de engancharnos desde sus primeras palabras (”No me llames hada”, en el caso del nuevo Henry Day, y “Me he marchado”, en boca del recién bautizado Aniday)”
No me llames hada. Así empecé mi post sobre “El niño robado”. Es verdad que esa frase te pilla por sorpresa en la librería, en el momento de abrir el libro para ojearlo, y te atrapa. Y luego viene el resto que sucede exactamente tal y como lo cuenta Manu González:
Donohue ha encontrado en su primera novela la llave mágica que otros autores han buscado en miles de novelas anteriores. El poder de convertir el cuento infantil en una triste metáfora adulta de la inmortalidad y, sobre todo, del crecimiento.”
Este libro sucede en el limbo de las cosas no concluídas o no comenzadas. O de las cosas que necesitan empezar a concluirse, que ya es hora, o terminar de arrancar, que también. “Hacía tiempo que no llegaba a mis manos un libro tan gris (en el que no existen el banco y el negro, el bien ni el mal, la verdad ni la mentira)”. Queda en la estantería, en el lugar próximo que reservas para las cosas queridas, este libro que, como bien dice de nuevo Manu González, cuenta una historia “de sombría y conmovedora belleza”.
Crecer 27 October, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 5 comentarios
“No me llames hada. Ya no nos gusta que nos llamen así”. Eso para empezar. Antes, uno ha dejado deslizar la mirada por las novedades de la librería y repara en este niño robado y en la diminuta frase que corona la portada: “una novela sobre la dificultad de crecer” alzando la ceja. Es entonces, al coger el libro entre las manos y abrirlo, cuando se encuentra con esa frase sorprendente, con su matiz de suave advertencia y disimulada añoranza: “No me llames hada. Ya no nos gusta que nos llamen así”. Todas las novelas deberían empezar con una frase parecida. No, no hay que llamar hada a este narrador. Hay que llamarle “suplantador”. Pero de eso es probable que no te enteres hasta que no estés en casa con el libro en el regazo, leyendo absorto y en silencio esta historia maravillosa y maravillosamente bien contada que encuentra al otro lado de la ventana, en el atardecer de otoño, con el cielo gris y las ráfagas de aire que insolentemente se llevan por delante las últimas hojas de los árboles preludiando los primeros fríos, el acompañamiento idóneo.
Soy una infancia deshabitada. Eso no lo dice el libro, por eso la frase va sin entrecomillar. Eso lo digo yo. Soy una infancia deshabitada y si lo escribo aquí y no en post aparte es porque esa convicción fue decisiva para elegir este libro y buscar. Llevo mucho tiempo buscando una respuesta a una pregunta que no sé formular, por lo que tiendo a indagar en aquellas cosas ante las que el instinto reacciona como diciendo: quizá aquí. Y sigo ahí, en el quizá, porque me encuentro a mitad de la historia, y quiero que avance y al mismo tiempo que se quede quieta un rato conmigo dentro. Eso pasa con algunos libros; pocos. Este es uno de ellos. Ahora pongamos punto y aparte.
Un suplantador. Eso es lo que es el narrador de este relato de fantasía que, al mismo tiempo, es una alegoría sobre la dificultad de crecer. “Hace treinta años, en 1949, yo era un suplantador que se convirtió de nuevo en humano. Cambié de vida con Henry Day, un niño que había nacido en una granja situada a las afueras. Un día de verano, a última hora de la tarde, Henry se escapó de casa y se escondió en un castaño hueco. Nuestros espías dieron la alarma y yo me transformé en su copia perfecta. Lo atrapamos, y me metí en el espacio hueco para cambiar mi vida por la suya.” Toma ya.
A partir de ese momento el libro se escinde en dos. Los capítulos pares transcurren en el bosque y hablan de la suerte que corre el verdadero Henry Day quien, desconcertado, busca como si fueran tesoros trocitos de papel donde poder anotar su identidad, su historia; escribir con palabras la fotografía de lo suyo y de los suyos mientras, inexorablemente, va perdiendo conciencia de sí mismo, empezando por el nombre, que pasa de ser Henry Day a convertirse en un barro sonoro del mismo, Aniday. Aniday deambula junto con otros seres que en su día también fueron niños en una peregrinación interminable de estaciones (primaveras, inviernos); algunos de ellos llevan haciéndolo más de cien años. Si te quedas muy quieto, puedes escuchar la vibración lejana de los coches que transitan por una carretera próxima pero a estos seres, trasgos, hadas (no le llames hada al narrador) les pasa como a los invitados de la película de Buñuel, incapaces de traspasar la puerta de la estancia donde se celebra una fiesta y que les mantiene atrapados. Eso en los capítulos pares.
En los impares transcurre la existencia del falso Henry Day, a quien le ocurre justamente el proceso contrario: está obligado a ser ese niño, olvidar su propia infancia, centenaria, cuyos únicos recuerdos son el eco autoritario y paternal de unas frases en alemán de significado ahora incomprensible, y esforzarse en crecer siendo otro. La pubertad y la adolescencia configuran al nuevo Henry Day y lo enriquecen de experiencias al mismo tiempo que el suplantador pierde las habilidades adquiridas en el bosque y sus poderes: la agudeza visual a larga distancia, el oído atento. Eso en los impares.
Y tanto en unos como en otros la cadencia de las frases al compás preciso de las palabras justas y con una dulce sonoridad de melancolías que hablan acerca de la pérdida, de lo que habría sido y de lo que deberá ser. “El niño robado” habla de infancias abandonadas prematuramente y de lo que viene después, cuando pasas a la página siguiente.
Huellas 9 October, 2008
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Libros , 4 comentariosTenía razón una amiga mía al decirme que Pamplona está preciosa estos días. Porque Pamplona es una ciudad llena de árboles y césped, una ciudad verde verde, y eso quiere decir que estos días se vuelve amarilla, naranja, marrón, roja, todas esas tonalidades juntas y todas con un brillo insólito y espectacular.
Así estaba esta mañana, con el cielo muy azul arriba, el fresquito de octubre en el ambiente y todos esos colores alrededor de uno. Los transeúntes iban y venían o esperaban en el paso de cebra a que el semáforo cambiara a verde, pero yo me quedaba a ratos quieto contemplando lo que no era verde o estaba dejando de serlo. Qué misterio. Cómo sabrá la hoja y la rama de la que brota y el tronco que sostiene la rama y las raíces del propio árbol que hay que exhibir esos colores justo antes de arrugarse y morir, como un canto del cisne vegetal, si seguramente el árbol anda despistado con el cambio del clima, la capa fina de los hielos árticos o antárticos (que nunca me aclaro, aunque lo más probable es que sean finos ambos), la crisis de los mercados, y el otoño refugiado en letra gorda en los carteles de un centro comercial.
He podido escaparme unos minutos a ver algo que también es muy de otoño, la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión. Era la edición XXVIII así que la propia feria es antigua. La ocasión era la propicia para ir, que si no el próximo viaje ni quedará feria ni colores en las hojas de los árboles. He dedicado unos minutos a cambiar de hojas y dejarme caer por allí, hojeando y ojeando. Es curioso lo que te puedes encontrar. Por de pronto me he encontrado con un estornudo, que a su vez se ha encontrado con otro y luego ya he perdido la cuenta. Conclusión: debo ser alérgico al polvillo del libro viejo, ese que te deja las yemas de los dedos un poco ásperas y que tiene el color de la arena o de la ictericia del papel.
Pero lo mejor de todo no han sido los libros (aunque había algunos francamente interesantes, por sí mismos y por el precio), sino lo que algunos de ellos tenían en su interior: las huellas de sus antiguos propietarios. Y me he quedado quieto (cuántas veces me quedo quieto) pero no como cuando miras las hojas rojas y naranjas de los árboles con expresión de oh o de ah sino como cuando te das cuenta de algo interesantísimo que hasta entonces te había pasado desapercibido. Las huellas de los propietarios de esos libros. Ese ha sido el hallazgo, pensar en ellos, quiénes serían, por qué se deshicieron de esos libros, morirían algunos y después otros vendrían a decir qué hacemos con estos trastos; otros se verían obligados a desprenderse de aquellos títulos que habrían adquirido en su día por obligación o por devoción.
Me ha dado entonces por buscar sus huellas en los libros. Las páginas de una historia de la literatura estaban subrayadas cuidadosamente con lápiz y algunas palabras encerradas en circulitos de los cuales salía una flecha que conducía a la orilla de un margen para anotar: de lo que se deduce que tal y cual. Fascinante. La letra, sobre todo, de trazo meticuloso como quien acaba de encontrar pacientemente la confirmación de algo que sospechaba a saber desde cuántas hojas y cuántos otoños. He estado a punto de comprar una novela por el mero hecho de contener, en la cara oculta de la portada, una lista de nombres junto a una cantidad en pesetas, pocas pesetas, de participación en un sorteo de Lotería. No me preguntes cómo se titulaba la novela pero el primer nombre era Mª Antonia y la eme tenía unas curvas de caligrafía pasada de moda, como seguramente la novela, pero ahí estaba el encanto, y el de preguntarse quién estaría tras cada uno de esos nombres, quién de ellos leyó el libro, si le gustó y, por supuesto, si tocó el gordo o no. La vida del general nosecuántos compartía lomo con las garras de astracán de Terenci Moix, genial gamberrada el astracán de Moix, aunque me da que ese roce con la piel de la vida del general igual le hace sacar el sable. Y el Informe Hite, ese hito añejo de la sexualidad tenía mucho magreo encima, cosa comprensible, aunque las cosas con el tiempo se diluyen y quizá por eso estaba al lado del libro 21 de Los Hollister con su portada de color Tang de naranja como si fueran complementarios. Da igual. Yo rastreaba huellas (entre estornudos). No me ha dado tiempo de mucho pero sí lo suficiente. Luego me he tenido que lavar las manos y sonarme la nariz.
Zoquetes 29 September, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 4 comentarios“Estadísticamente todo se explica, personalmente todo se complica.”
Me resulta muy fácil y muy difícil hablar de “Mal de escuela” (Mondadori), de Daniel Pennac, el libro que habla del fracaso escolar, de la imposibilidad de comprender, y del consiguiente drama personal del niño o adolescente, drama diario vivido de forma consciente o inconsciente y exteriorizado de múltiples maneras, desde el silencio y el abandono hasta la rabia y la rebelión, y que es contado aquí desde dentro. Porque Daniel Pennac habla del cancre Pennac (palabra intraducible al castellano que el traductor ha convertido en zoquete) el chaval que sufrió ese drama en carne propia y que tuvo la fortuna de ser rescatado a los 14 años por un profesor que luego, al cabo de los años, no recordaba su nombre, Pennacchioni, Daniel, no le recuerdo, y eso a los ojos de Pennac no hizo sino acrecentar la tarea admirable de este hombre. Pennac lo relata todo desde sus 25 años de experiencia como docente y pasa los hechos por el microscopio explicándonos todos los detalles porque él estuvo allí y ahora está aquí, y por medio quedan los chicos, y los padres, y los dramas y la convicción de que pasan las épocas y cambian los tiempos pero no las causas y el dolor que sufren los cancres.
Pero decía que me resulta muy fácil y muy difícil hablar de este libro y es verdad. Muy fácil sería decir que es un libro imprescindible, maravilloso, expuesto con la sencillez que da la sabiduría profunda de las cosas. Eso sería lo fácil. Lo difícil viene por lo mismo. Empecé a leer este “Mal de escuela” y a las pocas páginas me vi tomando nota de frases, ideas, párrafos, y enseguida me encontré con una colección inagotable de hallazgos que hacía imposible su síntesis. Comprendí entonces que la síntesis es el propio libro, pura destilación de aciertos.
La nulidad. Soy una nulidad. Esa convicción pone en marcha el proceso. Cómo se llega ahí y qué ocurre entonces. Y cómo se sale. Que le pregunten a Pennac, cuyos argumentos desarman por su agudeza y sensibilidad. “En la sociedad donde vivimos, un adolescente instalado en la convicción de su nulidad es una presa”, alerta Pennac. Hay que dejarse de teorías y programas educativos abstractos y bajar a la obra, que es hablar, convivir, luchar, ilusionar. A los chavales. Y hacerlo juntos.
Hay algo en lo que incide especialmente Pennac y es en llevar a los chavales a vivir el presente del indicativo del aula. “El individuo se construye en la conciencia de su presente”. Generación tras generación, el cancre repite esta frase: “Nunca lo conseguiré”. Y Pennac pone el dedo en el lo, al punto de titular una parte de su libro “Lo, o el presente de encarnación”. Hay que hacer comprender a los chavales el significado de ese lo que se sienten incapaces de explicar (¿qué es lo que no vas a conseguir?). Hay que hacerlo “asaltando primero el bastión gramatical. Si deseábamos instalarnos sólidamente en el presente del indicativo de nuestro curso era preciso ajustar cuentas con aquellos misteriosos agentes de desencarnación. Comenzamos a cazar pues la ambigüedad en los pronombres (…) Y, en primer lugar, “lo”. Prescindamos de su denominación de pronombre personal neutro que suena como a chino en los oídos del alumno que lo oye por primera vez, abrámosle la panza, extirpermos de él todos los sentidos posibles, le pegaremos su etiqueta gramatical cuando volvamos a coserlo. Los gramáticos le conceden un valor impreciso. Pues bien, ¡precisémoslo! (…) “Lo”, o el porvenir inaccesible. Al no ver futuro alguno, el alumno no se instala en el presente. De ahí mi decisión de profesor: utilizar el análisis gramatical para atraerlos hasta el aquí, hasta el ahora.” “Lo” es algo que puede devorar y entonces puede que ya no sepamos quiénes somos. “Con aquellos chicos y chicas interrogamos ese lo al que nunca se llega porque se ignora que es sólo un estar allí, un estar ahora, un estar juntos y, al hacerlo, ser uno mismo” Por ahí empieza la tarea de rescate.
No estoy en absoluto de acuerdo con la afirmación de la escritora Clara Sánchez al escribir en su reseña del libro que Pennac lo cuenta todo “con un tono irónicamente desapasionado”. Pennac utiliza la ironía para hacernos llegar el drama y al mismo tiempo hacer sus capítulos transparentes, eso es cierto y ahí es nada, pero es el apasionamiento vibrante el que mueve cada palabra de Pennac y el lector no es ajeno a sus efectos (con la excepción de Clara Sánchez, en cuyas novelas no sopla precisamente un aire que mueva al menos una coma, dicho sea de paso).
Oscuridad 18 September, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 16 comentarios“El peregrino mundo sigue girando” (Rose Hawthorne)

“¿Ha de terminar de ese modo?”, se pregunta el narrador de la última novela de Paul Auster en la página 138. Cuando alcanzas la 207, donde está el punto final, nos lo preguntamos también nosotros. Vaya por delante que “Un hombre en la oscuridad” (Anagrama) es una gozada por partida doble, lo cual no es de extrañar tratándose de una historia que se bifurca. Pero a lo que iba: es una gozada por la historia que Auster teje desde la primera frase hasta la mitad de la página 138 (¿ha de terminar de ese modo?) y porque el libro entero es una nueva exhibición de la manera de narrar tan maravillosa que tiene este hombre.
El libro transcurre en el tiempo real de una noche de insomnio en la que el narrador, en primera persona, sumido en la oscuridad de su dormitorio, inventa una historia que entretenga el paso lento de las horas que marca el despertador de su mesilla. Inventar. Fabular. Eso es lo que hace el septuagenario August Brill noche tras noche, convaleciente de un accidente de coche en casa de su hija. Esta vez toca inventar a Owen Brick, sí, pongamos que se llama así; pongamos también que a ratos se hace llamar “El Gran Zavello” porque ejerce de mago en fiestas infantiles de cumpleaños. Qué hacemos con él. Situarlo dormido en el centro de un hoyo de tres metros de profundidad y de paredes lisas, de manera que cuando despierte no pueda salir de allí. Y qué pasará cuando despierte. Que le ayudarán a salir, descubrirá que en lugar de su capa de mago lleva puesto un uniforme militar y no sabrá dónde está. Pero lo mejor vendrá cuando descubra que se haya de golpe en unos Estados Unidos envueltos en una nueva Guerra de Secesión. Para Owen Brick, ayer la guerra estaba en Irak y hoy, al despertar en ese lugar extraño a sus ojos, la guerra está en casa. Norte contra Sur. Las Torres Gemelas siguen en pie pero las ciudades muestran las terribles cicatrices de los bombardeos. Comienzo prometedor. Qué más. Pongamos que Owen Brick es el elegido para detener la guerra. Y eso cómo se hace. Matando a la persona responsable, porque de este desaguisado general es responsable una sola persona, un anciano convaleciente de un accidente automovilístico. Cómo se llama. August Brill. Dicen que tiene insomnio.
Esa es la parte genial del libro, que en las formas tiene algo del Saramago de “Todos los nombres” y del “Ensayo sobre la ceguera” y de los mundos paralelos de Haruki Murakami aunque el propio narrador cita la idea de los mundos infinitos sugeridos por Giordano Bruno en el siglo XVI y los envuelve en un halo unamuniano: “No hay una sola realidad. Existen múltiples realidades. No hay un único mundo, sino muchos mundos, y todos discurren en paralelo, mundos y antimundos, mundos y sombras de mundos, y cada uno de ellos lo sueña, lo imagina o lo escribe alguien en otro mundo. Cada mundo es la creación mental de un individuo“.
Pero “Un hombre en la oscuridad” también es un título alegórico. Habla de las tinieblas en las que se encuentra sumido el ser humano en este mundo contemporáneo: “ojalá (mi hija) aprenda que los despreciables actos que los seres humanos cometen en perjuicio mutuo no son simples aberraciones, sino parte esencial de lo que somos. Así sufrirá menos”, y habla igualmente con énfasis crítico acerca de unos mandatarios norteamericanos a los que habría que meter en la cárcel, a Bush “junto con Cheney, Rumsfeld y toda la pandilla de delincuentes fascistas que dirigen el país”.
El problema de “Un hombre en la oscuridad”, su parte literaria en penumbra, es quizá la forma con la que ese aparato crítico está introducido en la narración, al final, un poco con calzador aunque la habilidad de Auster a la hora de contar la suavice un poco, pero no lo suficiente como para que el propio narrador se pregunte ¿ha de terminar de ese modo? a mitad de un libro que hasta entonces resulta fascinante y que en ese instante se quiebra para dar paso a una secuencia de acontecimientos: la minuciosa descripción, sin escatimar detalles, de una ejecución de un soldado en Irak o el drama de las familias que quedan en casa rotas, temas que dejan la doble sensación incómoda (este es un libro de dobles) de que la denuncia apremiaba sobre lo literario y que el lector se siente un poco culpable por lamentarlo.
Recuerdos 4 September, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 13 comentariosEmpezaré por el día en que salí de Pencey, que es un colegio que hay en Agerstown, Pennsylvania. Habrán oído hablar de él. En todo caso, seguro que han visto la propaganda. Se anuncia en miles de revistas siempre con un tío de muy buena facha montado en un caballo y saltando una valla. Como si en Pencey no se hiciera otra cosa que jugar todo el puto día al polo. Por mi parte, en todo el tiempo que estuve allí no vi un caballo ni por casualidad. Debajo de la foto del tío montando siempre pone lo mismo: “Desde 1888 moldeamos muchachos transformándolos en hombres espléndidos y de mente clara”. Tontadas. En Pencey se moldea tan poco como en cualquier otro colegio. Y allí no había un solo tío espléndido, ni de mente clara. Bueno, sí. Quizá dos. Eso como mucho. Y probablemente eran así de nacimiento.
(…) A los encuentros no solían ir muchas chicas. Por donde se le mirase era un asco de colegio. Selma Thurmer, la hija del director, sí iba con bastante frecuencia pero, vamos, no era exactamente el tipo de chica como para volverle a uno loco de deseo. Aunque simpática sí era. Una vez fuí sentado a su lado en el autobús y nos pusimos a hablar un rato. Me cayó muy bien. Tenía una nariz muy larga, las uñas todas comidas y como sanguinolentas, y llevaba en las tetas unos postizos de esos que parece que van a pincharle a uno, pero en el fondo daba un poco de pena. Lo que más me gustaba de ella es que nunca te venía con el rollo de lo fenomenal que era su padre. Probablemente sabía que era un gilipollas.”
J.D. Salinger, “El guardián entre el centeno”
Patria 1 September, 2008
Escrito por emejota en : Libros , 5 comentarios
Me impactó la espléndida (y me atrevería a decir que a estas alturas mítica) novela río de Jamie O´Neill, “Nadan dos chicos” (Ed. Pre-Textos) pacientemente escrita a lo largo de una década mientras trabajaba como celador nocturno en una institución psiquiátrica. Su lectura te recuerda que la gran literatura es vibrante, mueve y conmueve. Es una obra maravillosamente escrita, una novela coral que retrata a todos y cada uno de sus personajes con una nitidez tan asombrosa (tanto en el exterior como, sobre todo, en el interior) que deja en el lector la extraña certidumbre de haber convivido un tiempo real con ellos y en un lugar que, igualmente, deja una impronta indeleble. Y eso no ocurre todos los días. Tampoco ocurre todos los días que una novela tan extensa sepa a poco, no sacie, y si al llegar al final de la primera parte uno se dice por dentro no, por favor, es porque ya se ha implicado lo suficiente como para presentir y lamentar que la vida que transcurra en las siguientes páginas, como la que transcurre fuera, es probable que no sea la misma que deseamos.
Sospecho que hay mucho de la biografía personal del autor en estas páginas, aunque O´Neill sitúe la acción atrás en el tiempo, concretamente en los meses previos a la Pascua de 1916 en Dublín, el momento crucial del levantamiento de los irlandeses contra el gobierno británico. Jim y Doyler, dos chicos que nadan. Toda la turbulencia que agita ese periodo de la historia de Irlanda gira a su alrededor y los terminará engullendo. Ambos brotan de las páginas como dos personajes antagónicos: Jim es el hijo de un comerciante presuntuoso; Doyler es el hijo de un enfermo alcohólico que malvive en un tugurio. Jim es un chico ingenuo y reservado que se esfuerza en sus estudios; Doyler posee una mente despierta y brillante aunque se ha visto privado de estudios para sostener a su familia. El primero se plantea una posible vocación religiosa engatusado por un sacerdote que pierde las cuentas del rosario en la contemplación de la piel desnuda del cuello del chaval; el segundo bulle en ideas blasfemas y políticamente revolucionarias. Y a pesar de ello, o por ello, los chicos se encuentran y encajan y un día deciden ir a nadar junto al acantilado donde se bañan los hombres. Allí sellan un pacto: Doyler enseñará a nadar a Jim y en el plazo de un año alcanzarán a nado un distante islote que reclamarán para sí. Para entonces, algo inesperado, desconcertante y poderoso habrá surgido entre ellos.
La principal baza de O´Neill en esta novela es que habla del despertar del amor a la patria y del amor al amigo y los funde (y confunde) en una misma cosa. En un momento crucial de la historia, MacMurrough, el aristócrata venido a menos por haber protagonizado un escándalo wilderiano en el pasado le pregunta a Jim:
-¿Qué es Irlanda para que quieras luchar por ella?
A lo que el chaval contesta sin titubear:
-Es Doyler.
Patria y religión, esa combinación tan irlandesa, impregna igualmente toda la historia mientras que la de los chicos es una historia a refugio de la historia, fuera de las sospechas de esa procesión de personajes memorables que O´Neill hace desfilar con maestría. Es sorprendente que baste un golpe de bastón en el suelo de madera para saberlo todo acerca de la vieja tía Sawney; otras veces, la voz del narrador se ve interferida por la corriente del pensamiento del señor Mack, o del señor MacMurrough, consiguiendo con ello que el lector penetre en la conciencia de dos personas que sobreviven a su propia tormenta interior.
Esta es una historia de confusiones (sacerdotes que llaman a la salvación y al servicio de Dios a chicos que son dioses para estos mismos sacerdotes que encuentran en la carne su única salvación). Y, como ya he dicho antes, es una historia de mezclas: patria y amor, patria y religión, unidas por el pegamento del fanatismo. Cuando el señor Mack se lanza a la calle sorteando cadáveres a la búsqueda desesperada de su hijo Jim (soldado al servicio de la patria que a sus ojos es Doyler) el sacerdote que le sale al paso con semblante triunfal le larga una arenga espeluznante:
¡Sangre y muerte y lágrimas! Muchas madres llorarán y quedarán muchos hogares solitarios. Y serán injuriados, señor Mack, como lo fue Nuestro Salvador. Pero Irlanda resucitará, como lo hizo Nuestro Señor. Despertará y se mirará a sí misma como en un sueño. Y se maravillará de la magnificencia de sus hijos. Rece, señor Mack, rece a Dios para que también su hijo pueda sentir el anhelo de morir con estos mártires dichosos. Pues ya en el cielo los santos preparan la fiesta de bienvenida. Y ahora, señor Mack, creo que tengo que dejarle. Voy en misión de caridad a las hermanas de Santa María. ¿Quiere creer que se nos ha terminado el Santo Sacramento?”
Un libro inolvidable.