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Ventanas

AvatarTodo territorio de fantasía tiene un peaje y una puerta de entrada. Para que Alicia entrara al País de las Maravillas necesitó comer y beber (no sabemos qué contenía exactamente lo que comió y bebió) y para que los niños Darling salieran volando por la ventana que a su vez era la entrada al País de Nunca Jamás recibieron unos polvos mágicos (no sabemos si por fuera o por vía nasal). Lo uno y lo otro harían arrugar la nariz a la liga de la neurosis imperante que se encarga por velar de lo políticamente correcto. No es el tema. Sigo. Para entrar en Pandora, última maravilla territorial de los sueños, necesitas unas gafas que te entregan al comprar la entrada del cine. En la entrada no pone Cómeme ni Bébeme, eso lo sugieren por sí mismas las palomitas y la Pepsi pero una vez recibes la invitación para ponerte las gafas

(llenas de roña, por cierto)

la pantalla se convierte literalmente en una ventana abierta. No hay más que dirigir la vista hacia las esquinas de la misma y uno siente un cierto vértigo. Ganas dan de estirar el brazo en el convencimiento de que allá no vas a tocar material alguno, sino que vas a traspasar el muro blanco que allí había hasta que las luces se han apagado y podrás entrar allá, en el deslumbrante mundo de Pandora.

No es por llevar la contraria, pero oído una y otra vez que mucho ruido y pocas nueces, expresión que traducida aquí viene a decir que mucho mundo maravilloso pero una historia de lo más flojito y convencional, me atrevería a recordar que las fantasmagorías de Méliès se cimentaban en la propia materialización ante los ojos de un escenario teóricamente imposible y bastaba y sobraba. El cine, antes de servir como vehículo a la expresión dramática, era eso: sueño, magia, oh, ah. Y se encendían las luces. Si tenemos en cuenta eso, qué más da que este Méliès megalómano de los USA haya hecho de la historia el colmo de lo trillado y lo facilón, los buenos contra los malos, los militares de cabeza cuadrada contra el ecologismo de la madre tierra, las energías que todo lo unen y el ohmm, ohmm y tal.

Qué más da.

Le pediríamos y le pedimos, aunque ni falta hizo, un guión con todas las dimensiones psicológicas a un Rohmer y con todas las costuras bien cosidas por punzadas de ingenio a los Diamond y demás, pero aquí las dimensiones, tres, de este NeverLand de seres azules y de cosas increíbles cumplen a la perfección su afán de espectáculo alucinante y alucinógeno, con esas hojitas de árboles y pólenes diversos que uno “ve” flotar entre algún lugar impreciso del patio de butacas y de otro lugar más al fondo que, a su vez, se pierde en el infinito.

Cada cierto tiempo, una puerta te incita a cruzar el umbral que te llevará al territorio donde se alucina un rato y donde no te preguntas (es el hechizo el responsable, seguro) cómo es posible que cupiera tanta gente en la bala cohete que impactó contra el ojo de merengue de la Luna llena de Méliès; es más, ni siquiera te preguntas cómo ese señor viejecito que agita el bastón pudo bajar tan ufano del proyectil tras la odisea gravitatoria y sin que sus pantalones del domingo recibieran ni un así del merengue ocular. Y pasando tantas cosas y tan asombrosas, no pasa nada.

Moon

MoonDónde estaba yo la noche del sábado al domingo? A muchos kilómetros de altura sobre la ciclogénesis explosiva que nos visitó el fin de semana: en la cara oculta de la Luna, buen refugio para visionar una película sobre cuya superficie se había posado la curiosidad unas semanas atrás, “Moon” (2009), de Duncan Jones. Moon es una película de ciencia ficción indie y eso la posibilita contar lo que cuenta, hacerlo de la manera que lo hace y resultar confortable. Aquí no hay aparatosas invasiones del pabellón auditivo con armas surround ni alienígenas renderizados pero tampoco sesudas reflexiones sobre la levedad del ser en la ingravidez del cosmos. Lo que hay es una cosa sencilla, en la puesta en escena y en lo que la puebla, una historia con gancho suficiente para no importarte que al fondo, o en el trasfondo, queden unas dudas razonables sobre su propio sustento o viabilidad, que está eficazmente contada (no es poco), que posee una banda sonora tan económica como eficiente y una serie de guiños con afán de homenaje hecho con simpatía (de la mastodóntica y sobria elegancia del ojo orwelliano de HAL 9000 a este robot que se expresa mediante emoticonos amarillos hay mucho polvo de estrellas glamurosas esparcido por el espacio sideral), además de contar con un único habitante lunar, el astronauta Sam Bell (Sam Rockwell) del que no se puede decir más si no has visto la película, aunque ahora que releo las palabras precendentes, es como si hubiera dicho lo de oro parece plata no es con la tranquilidad de que nadie me va a reprochar cosas a lo vaya, tenía que decirlo o vaya, no se podía morder la lengua, no; al contrario, quizá la curiosidad ajena se plantee entonces alunizar en el disco que contiene esta película que cayó simpática en algún festival y es comprensible. El viaje es recomendable.

Zulueta

O no está acostumbrado el blog a estas ausencias mías o tiene celos porque ha echado el cerrojo y cuando he querido entrar para escribir este post me ha pedido la contraseña.

Qué paciencia.

Sobre todo para encontrar la contraseña. Es curioso lo de las contraseñas porque pasa el tiempo y las automatizas y no te enteras del efecto. Qué efecto. Pues el efecto que adviertes cuando, como a mí hace unos minutos, olvidas la contraseña, la buscas y entonces te das cuenta de que la contraseña dijo algo que ya no dice. O dice algo distinto a lo que dijo en su momento.

Lo importante es que ya estoy dentro, un poco de polvo hay por aquí, y que si lo anterior parece una digresión ajena al título del post se debe a que de Zulueta ya he hablado varias veces en esta misma pantalla y que la novedad reside en que me cabo de enterar de que ha muerto. Tampoco me he parado a leer la letra pequeña, donde suelen explicar la causa del óbito o fallecimiento, pero qué más da cuando lo que te choca es el titular, cuando el muerto estuvo siempre en la cuerda floja de la mala salud y cuando, y esto es lo más importante, ya no tiene remedio, independientemente de lo que haya ocasionado la muerte.

A la gente le gusta saber de qué se ha muerto la otra gente. Eso es por morbo, un morbo que esconde una curiosa jerarquía mortuoria. Parece que tiene más impacto mediático morirte de algo fulminante pero, sin embargo, una larga enfermedad parece llevar implícita corbatas negras y gafas negras de funeral tenso. Pues se ha muerto Iván Zulueta, y como las otras redes sociales me dejan decir lo mismo pero en breve, no he podido empezar allí con la entradilla anterior pero sí he podido decir algo que repetiré aquí, lugar donde, si hiciera falta, hasta podría explayarme. Pero no creo que sea necesario: Zulueta fue el director de “Arrebato” pero si dices que fue un ser genial saldría también la película “Arrebato”. Son sinónimos. Y que hay muchos directores, muchos menos artistas y un solo Zulueta. Y ya ni eso.

Lo que no he dicho es que igual Zulueta no fue ni director pero eso pasa cuando uno es artista de verdad, que puede ser director y mecanógrafo y hacer obras de fontanería e incluso ser muy torpe para otras cosas, prácticas o por no haber practicado. Cuando se tiene el don, uno, otro, el que sea, se tiene. Y no hay verdad más grande, que sentenciaba Lorca en otro contexto.

Lo del “Arrebato” de Zulueta del 80 no lo terminó de pillar mucha gente porque el diccionario y cierta pasión en las venas ha hecho de la palabra algo así como un guantazo de letras o un vociferío con erre vibrante. Pero resulta que el arrebato de Zulueta era más del tipo del arrebatamiento místico, solo que el éxtasis aquí era ante el álbum de cromos de La Bella Durmiente o de la Flora y Fauna Marina que regalaban con los Donuts y no ante la estampita de una santa. En la contemplación prolongada de la impresión en cuatricomia de esas estampas con bordecito blanco prende el arrebato de Zulueta. Quien lo probó, lo sabe, vuelve a sentenciar Lorca desde otro contexto.

Cuando ví “Arrebato” me sentí comprendido y confortado. Y menos raro. Fue un alivio. Luego apareció el espectro de Will More y todos abrimos mucho la boca de asombro y de miedo y de ternura y de respeto. Así, con las tres i griegas en la misma frase. Y ahora me estoy acordando de la casa vegetal y destartalada de Zulueta en San Sebastián, enseñando cromos con el batín puesto como quien comparte una reliquia y su madre preguntándole al fondo qué le apetece hoy para comer.

Cartelera

Películas para una Navidad.

Umm (pensando)

La Carrera del Siglo, El Baile de los Vampiros, La Bruja Novata y Fanny y Alexander.

Me salen las mismas siempre de tirón. Las tres primeras por reminiscencias de navidades pasadas, la última (primera en tantas cosas) por las navidades pasadas que pasan dentro de ella cada vez que la ves y por todo lo demás. Dura tanto y tan bien que cabe todo lo demás.

Luego están las películas que te regalas, en el sentido estético o en el sentido material; a veces en los dos sentidos. El primer regalo ha sido la placentera revisión de “El placer”, de Max Ophuls, más regalo aún para los sentidos en la reciente y primorosa edición en dvd por Versus. Me ha dejado en silencio de palabras, como en el cine mudo, aunque en el cine mudo las palabras de los intertítulos eran lo único que allí se hablaba. Y eso es porque me ha dejado dentro de la película, todavía no he salido de ella, lo haré en breve que mañana es Nochebuena y hay que cenar y antes hay que ayudar a preparar la cena y hacer alguna cosa más.

El Festin de Babette, claro, también.

Tara

Lo que el viento se llevoEste no es el póster original de “Lo que el viento se llevó”, pero es igual al que el señor Palacios me dio a escondidas un día de invierno al salir del colegio, alargando su mano tras la verja del cine donde trabajaba. Lo colgué en la pared de mi habitación, junto con otros. Quizá era raro ver atravesar el parque al anochecer a un chaval con la mochila en la espalda y algo parecido al plano de un arquitecto enrollado en la mano, como quien llevaba algo valioso y cuya cotización venía dada por la emoción sentida el domingo precedente en la butaca ante cosas como “El Imperio Contraataca” o “Ben Hur”, que fueron ocupando su sitio en mi habitación.

Mirar esos posters era rendir un tributo a ese mundo que se iluminaba en la pantalla todas las semanas a la misma hora y en el que me sumergía con especial entrega sabedor de que los lunes eran indefectiblemente negros por el suplicio del colegio. En el colegio no se entendía ese pálpito por las cosas que el señor Palacios, con su metro y medio de estatura, sus gafas de miope, el señor que te cortaba la entrada vestido de uniforme, me certificaba con la entrega de esos rollos de papel en un pacto secreto que él y yo habíamos alcanzado como colegas, aunque nos separaran unos cincuenta años de edad. Yo iba entre semana, a la salida del colegio, me quedaba un rato ante la verja del cine más allá de la cual no se veía nada aunque sabías que estaba el vestíbulo y las tres puertas de entrada a la sala, y la barra del bar, y las palomitas, y aquel olor a cine, que no era el de las palomitas sino el de mil aventuras llenas de colorines, apuros, risas y besos en la boca que después dejaban una especie de resonancia hueca, como diciendo, aquí estuvimos, ahora a saber. Pues yo me quedaba ahí quieto y enseguida emergían de la oscuridad las gafas del señor Palacios, que ya no llevaba su uniforme de los domingos de conserje sino una chaqueta de lana gorda de las que se hacían en casa, y abría la puerta, alargaba la mano, y me entregaba el rollo de papel envuelto como si fuera un pergamino secreto. Parco en palabras, porque no quería que nadie se enterase para que no le marearan con lo de los carteles, el señor Palacios nunca me dijo no a un cartel.

El poster de “Lo que el viento se llevó” tuvo una significación especial para mí porque me recordaba la proyección de una película que, si ya era por sí misma un acontecimiento, no lo fue menor el de su llegada. Tanta gente, tantos minutos, tantos días en cartel en una ciudad tan pequeña en la que, con suerte, había cine desde el viernes y hasta una sesión el lunes, y eso si la película era gorda. Pero ésta estuvo dos semanas, hasta en miércoles, y se veía con colores extraños, fuertes, y la imagen era cuadrada, y la música sonaba a música de película de la tele más que de película de cine, y si había tanta gente fuera ni te cuento la que había dentro de aquel cuadrado de luz increíblemente inacabable, ese incendio, esos gritos, el señor del bigote brillante, la señora guapa que se hacía un traje con una cortina porque para chula, ella. Y también era raro, muy raro, que quien me acompañara al cine fuera mi abuela y no mi padre y que yo fuera el único niño que veía aquello.

“Lo que el viento se llevó” supuso para mí el descubrimiento de lo que sucedía en la sala durante la proyecciónde una película y la intuición de lo que debía suceder detrás de la cámara que había rodado eso tan gigantesco e hiperbólico que, a los sones de trompetas y la imagen a contraluz de Scarlatta O´Hara empuñando la tierra de Tara en un crepúsculo en technicolor de esos rabiosos, como rabiosa estaba ella porque cuatro horas y puteada al final, hay que fastidiarse, levantó un aplauso gigantesco en la sala. El señor Palacios hizo un así discreto con la cabeza cuando pasé por su lado y días después me planté frente al cine, que era un cine en sombra, para que a los pocos minutos alargara la mano entre la verja y me hiciera entrega del resumen de toda aquella emoción. El cine es una realidad maravillosa fabricada por unos señores que viven, por lo general, en una pavorosa irrealidad.

Hoy hace 70 años que en un cine de Atlanta se encendió y hasta se incendió la pantalla con el metraje infinito de “Lo que el viento se llevó”.

Sueños

“¡Jesús, Jesús! Las cosas que hemos visto…” (William Shakespeare)

My own private IdahoCreo que no es fácil encontrar un personaje más frágil y desamparado que el que encarna River Phoenix en “Mi Idaho privado” (Gus Van Sant, 1991). Roto desde el primer fotograma, huyendo de la autocompasión por las carreteras de esta road movie que no es una road movie, nos impone y nos encoge el corazón a partes iguales. Eso es lo primero que quedó en la retina del primer visionado en la ventana del betamax de esta película rara, poética, enseguida etiquetada como película de culto, allá cuando teníamos 20 años y que ahora, editada al fin tras un incomprensible y larguísimo espacio de tiempo, a punto de sumar otros 20, confirmamos: es difícil permanecer impasible ante la entereza desamparada de este personaje que tan bien encarna River Phoenix, inquietante como nunca.

Pero eso no basta para tener en estima a esta película. Hay más cosas. Si sólo se tratara de eso diríamos que es una película de chaperos donde la cámara centra su objetivo en dos; uno lo es por necesidad y el otro por rebeldía. El primero es River Phoenix que a lo largo del metraje persigue y es perseguido por dos tipos de sueño: el primero, la búsqueda de la seguridad y la inocencia perdidas encarnadas en la figura de una madre prontamente desaparecida; el segundo, la narcolepsia que fulmina su consciencia secuencia tras secuencia. Aquí es donde viene bien presentar al chapero número dos, Keanu Reeves, su ángel de la guarda, hijo de político ricachón, heredero de un imperio que ha decidido cruzar al otro lado de la calle, donde están los callejones oscuros y los cuartuchos sórdidos y abandonados para dedicarse, digámoslo sin rodeos, a joder. Principalmente a su padre.

Lo que vuelve especial a esta historia es que aborda de manera certera la sutil y confusa frontera que separa en ocasiones la lealtad incondicional, la devoción y la camaradería de la amistad adolescente de lo que en realidad es un amor profundo, tan profundo que a veces los aludidos no se enteran, o tan profundo que, si se enteran, se mira por si acaso para otro lado. Como dice la película en un momento dado, “ya que otra cosa es imposible, al menos estoy a su lado”. Si algo convierte realmente en excepcional la tan nombrada escena en la que River Phoenix declara a Keanu Reeves sus sentimientos es, justamente, que sólo suceda en un sueño de una de las crisis de su narcolepsia.

Y especial y alucinante es la irrupción en el entorno urbano y moderno de un personaje grotesco que nos hace levantar la ceja al reconocerlo enseguida: es Falstaff, el personaje de Shakespeare, pendenciero, vanidoso, embustero y embaucador. De pronto se abre un espacio “extraño” pero muy bien encajado en medio de la película y de la gran urbe, y los solares y los edificios abandonados se convierten en escenario de una representación donde los indigentes y los chaperos pasan a ser extras de reparto, y la música de los coches se funde con una banda sonora juglaresca, y las botas de cuero y los vaqueros lucen como un atuendo de atrezzo de época. Es entonces cuando el diálogo literal de “Enrique IV” se filtra en el guión de Van Sant y se distribuyen convenientemente los papeles: Keanu Reeves es un trasunto del príncipe Hal que traicionará un día a su mentor y compañero de correrías, Falstaff, y lo humillará hasta herir de muerte su corazón, rechazándolo, cuando se convierta en Enrique V: “No te conozco, anciano. He soñado largo tiempo con una especie de hombre como tú, así de libertino, pero ahora he despertado y desprecio mi sueño”.

De sueños imposibles va colmada esta película. “Oh, sueño, amable sueño”, dice el rey Enrique IV en el texto de Shakespeare. River Phoenix sueña caído en la cuneta de una carretera solitaria cuyo final se pierde en el horizonte.

Grande

López VázquezHe oído en las noticias de la radio que se acababa de morir José Luis López Vázquez y he sentido mucha pena y, al mismo tiempo, una admiración profunda. Hay actores buenos y muy buenos. Luego están los grandes. Y aún después viene una categoría de serie limitada, fueras de serie más bien, a la que pertenecen unos pocos. López Vázquez pertenece a ese club. Había y hay, porque lo de este hombre pervivirá por los tiempos de los tiempos, unas circunstancias que lo convierten en único: la versatilidad, la personalidad inconfundible (desde el gesto de la mandíbula a la voz y su manera de articular las palabras) y haber sido escritor y representante involuntario, en cada uno de sus trabajos, de muchos capítulos de la historia reciente de todos. Las últimas noches, acordándome de la conversación mantenida con un amigo, frecuenté esa oficina bancaria donde se prepara un atraco a las 3 y la sonrisa acudió puntual a la boca como lo hace siempre al contemplar a esa pandilla de infelices que te despierta tanta ternura y que bajo las órdenes del jefe de la banda, José María Forqué, hacían una parodia del “Atraco Perfecto” de Kubrick con ecos del “Quinteto de la muerte” de Mackendrick aunque al final el botín resultante era una radiografía exacta de todo aquello en lo que los espectadores del estreno se reconocían.

Contemplar una y mil veces a López Vázquez derrochando genialidades a lo largo de metros y metros de celuloide en “Plácido”, “Mi querida señorita” o la trilogía de “La escopeta nacional” (sigo pensando que esa trilogía muestra mejor que muchos libros de historia ciertos aspectos de la Transición) no tiene precio. Una de las cosas que más me gustan de actores como López Vázquez es que en todo momento supieron ser lo eran: cómicos, qué palabra más bonita, recipiente de tantas cosas, cómicas y no; y en esa palabra estaban las tablas del escenario, de primera y de segunda división, el polvo de los caminos, la entrega al público, la devoción y la vocación, el sacrificio silencioso y, sobre todo, no ponerse a enarbolar causas solidarias con gesto raro de intelectual tontaina por ser actor. Solidarios somos todos si tenemos la voluntad de serlo. Tontaínas con ínfulas de intelectual son otros. López Vázquez supo que la función debía continuar pasara lo que pasara, en blanco y negro o en color, en la tele, en el teatro o en el cine. Su acción solidaria queda en forma de bálsamo en el corazón de muchas generaciones de españolitos que, en momentos necesitados, se iban a la cama con la sonrisa puesta o la emoción en la garganta.

Imaginario

El Imaginario del Doctor ParnassusDesde sus comienzos, el cine trazó una senda opuesta al realismo entusiasta de imágenes en movimiento de obreros saliendo de fábricas, trenes llegando a la estación y bulliciosas calles de grandes urbes. Esa otra senda, escapista de ese mundo plasmado en blanco y negro, fundó sus principios al amparo de la oscuridad clandestina de las estancias y la fantasmagoría que las lámparas temblorosas hacían aparecer en la pantalla blanca y tuvo en Méliès, el mago que terminaría sus días vendiendo sus autómatas y sus juguetes en un pequeño puesto en una estación parisina, a su principal artífice.

Lo que más me fascina de Méliès es que su sentido de lo fantástico no se proyectó con facilidad en el imaginario de los que vinieron después, a pesar de que contaron progresivamente con más artilugios técnicos para contribuir a la causa. Las alucinantes películas de Méliès, cuya aguda visión del mundo del espectáculo hacía enmarcar los encuadres con aquellas tatarabuelas de las mamachicho dispuestas en formación y enseñando muslamen ya fuera en la mismísima superficie de la Luna o en el Centro de la Tierra, lo son principalmente porque no terminan de encajar en la clasificación de los géneros a nada que las miremos bien. Siempre van más allá, cruzando el espejo y buscándole los pliegues a lo fantástico, de manera que materializan lo maravilloso haciendo posible la representación de lo oculto, de paisajes oníricos que hasta entonces aguardaban dentro de la chistera del mago.

El Imaginario del Doctor ParnassusNo todos los cineastas que han transitado los mundos del fantástico han sido poseedores de ese instinto y de ese sentido de lo mágico que no encuentra límites en el corazón de aquellos afortunados soñadores que escriben versos con varita mágica. Gilliam puede. Y nos lo demuestra fantásticamente bien en esta película mágica, pero mágica de verdad, pocas películas merecen tal calificativo, que es “El Imaginario del Doctor Parnassus”. Con una trama sencilla pero bien trenzada, basada en la tradicional pugna entre el bien y el mal como ocurre en los cuentos, Gilliam nos lleva sin engaño al otro lado del espejo. Esa es la diferencia entre Gilliam y otros. Que Gilliam, como los grandes magos, te hace creer y, de paso, despliega su apabullante e inagotable imaginación y su no menos apabullante manera de materializarla. Materializar las fantasmagorías más abstractas es cosa muy complicada y por tanto uno asiste absorto a lo que aparece en pantalla y se entrega al espectáculo si ha conseguido dejar en la puerta su vestimenta de incredulidades. Si no, ya se encargará de ello Gilliam en un abracadabra, una nubecilla de azufre y un pase por aquí y otro por allá para que nos creamos lo que acontece a esa troupe anacrónica, ese Carnivale alucinante de velos de zíngara, turbantes orientales y cartas de tarot que transita la noche londinense de discotecas en cuyo interior se alucina de otra manera. Cada loco alucina con su tema.

Christopher Plummer está genial y milenario y la inquietante presencia de Heath Ledger lo es por partida doble, por méritos propios y por la circunstancia accidental de su fallecimiento a falta del rodaje de las escenas oníricas. Que la primera vez que aparezca en pantalla sea ahorcado sobre las nocturnas aguas del Támesis parece tener algo de premonitorio. Que Johnny Deep, Jude Law y Colin Farrell se prestaran a completar el trabajo juega ciertamente a favor de la historia porque cada rostro, una vez traspasado el espejo de cristal blando que el Doctor Parnassus tiene en su carromato, parece mostrar una capa de cebolla más en el ambiguo y escurridizo personaje que encarna Ledger.

El imaginario del Doctor Parnassus no es muy distinto del de Méliès o del propio Gilliam y, de hecho, es todo él un disfraz de ambos que nos invita desde el escenario a un pasen y vean inolvidable.

Carmen

Carmen MauraY no la de Mérimée sino la Maura, la misma que me inspira una admiración y un respeto reverencial desde que un día la ví decir en un anuncio eso de tacita a tacita con un tono tan así que ladee la cabeza un poco y ya se me olvidaron los anuncios siguientes. Luego en el UHF volvió a salir con puntualidad semanal y un señor de voz algo cansada o cansina o las dos cosas le decía nena, tú vales mucho y a mí lo que me hacía gracia es que la nena sonreía, sí, pero era una sonrisa como de acordarse de la madre y el padre y demás parentela de ese señor. Y fue entonces cuando le pillé el punto a la Maura, su rollo visceral, su cosa desabrida y tierna, su talentazo enorme que un día explotó cuando Almodóvar dijo acción en aquellas películas ochenteras que siguen siendo fantásticas y que el día que parezcan petardas pues tanto mejor. Qué tandem aquel, Maura-Almodóvar, Almodóvar-Maura.

Una tarde paseaba mis diecisiete años por el Paseo de Gracia de Barcelona y se puso a llover esa lluvia triste de Barcelona. En la otra acera, y ocupando la fachada entera de un cine de los de antes, de los de más de 40 butacas y hasta 400, un cartel enorme justificaba sus dimensiones por lo largo del título de la película que anunciaba: “Mujeres al borde de un ataque de nervios”. Decidí entrar no recuerdo si por la lluvia triste o movido por la curiosidad, que mira que se hablaba de la película, y eso antes de lo del Oscar que terminó en fiasco.

En el interior del cine, abarrotado, caí en la cuenta de dos cosas; una, que no sé qué pintaba yo en Barcelona con 17 años y en laborable estando como tenía que estar en un instituto y dos, que de repente me sentí muy solo. Entonces se apagaron las luces y empezó a salir un gallinero en un ático súper fashion, y lo del gazpacho, y un contestador volando por la ventana, y lo de los terroristas chiítas y todas esas cosas, y la sonrisa que se había empezado a dibujar en el rostro dio paso a las risas hilarantes y lo mismo le pasó al cine entero y entonces ya no me importó ni la cuestión uno ni la dos porque lo que pintaba, pintaba bien, y porque ya no me encontraba para nada solo. La risa colectiva es mucha compañía.

A mí la Maura me encanta cuando tuerce el morro y se pone borde y cuando se hace la coqueta. Me encanta en todas partes. Y está genial en “Ay, Carmela” y en “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, da lo mismo que se ponga en plan ejecutiva que en falda prieta de maruja amargada por el marido. Y nunca la olvidaremos entrada en carnes y arrastrando las erres en aquel memorable rrrrriégueme, rrrriégueme con el que implora alivio para los calores del asfalto, y quién sabe si para el de las hormonas, al funcionario municipal en la tórrida noche de “La ley del deseo”, qué calor te hacen sentir ese montón de erres y qué cosa tan orgásmica tiene esa secuencia, por Dios.

La Maura es una todoterreno que siempre hace de Maura, yo no sé cómo se las arregla para hacer cosas distintas siendo siempre la misma. Tú ves en la pantalla a una de esas actrices anodinas pero que salen en todos los programas y las revistas de corazón y se te queda el asunto anodino como ellas mismas. Pero la Maura no te deja indiferente, con su nariz respingona (o lo parece, ahora no me acuerdo), sus labios finos y su mandíbula prieta. Unos andares suyos así como echándole mala hostia son suficientes para que merezca la pena esa cosa tan rara que es “Reinas”, tan rara como para osar teñir de rubio a Unax Ugalde, el chico con el don de lo oscuro, y aún tendrás oportunidad cada vez que te lo pida el cuerpo de verla brincar por los tejados perseguida por esa loca genial de Terele Pávez en “La Comunidad”, gozoso trasunto polanskiano de Alex de la Iglesia.

A mí la Maura me parece grande, enorme. La Maura tiene sus rarezas porque tiene que ser muy rara y se lo merece, leñe, pero me juego lo que sea a que sabe medir lo que es y lo que no es, lo que vale y lo que no vale, se le ve en ese toque desencantado que a veces disimula con ironía y otras no, y con el que da la vuelta al mundo 80 veces a tanta niñata de teleserie e incluso de largometraje que apura sus días de estrella fugaz.

Lo de la Maura viene porque hoy le han dado la Medalla de Oro de la Academia de Cine. Una Academia de Cine justifica su existencia por reconocimientos como este aunque el reconocimiento mayor es el que le damos todos a ella desde hace tantos años y los que nos quedan. Qué tía, la Maura. (Y qué grande su vuelta a casa en “Volver”, no nos lo dejemos en el tintero, no).

Aventuras

Errol FlynnErrol Flynn cumpliría ahora 100 años, como la mamá de película de Carlos Saura, si no fuera porque viviendo la mitad, vivió una vida al cuadrado. Eso por lo menos. En su tiempo, Errol Flynn era la estrella que hacía como pocos de héroe aventurero con un punto canalla. Hoy uno ve claramente que ese espadachín que brinca tanto en blanco y negro como en technicolor era un aventurero real, de carne y hueso, un tipo con un par de bemoles forjado en la calle que había salido adelante porque se comía la vida a bocados. Errol Flynn no iría a un festival de cine en clase preferente rodeado de representantes. Lo veríamos en el vagón de cola jugándose los cuartos a las cartas, cantando alguna canción irlandesa con 40 grados de alcohol en las venas y decidido a que si hay que bajar a empujar, se baja y se empuja.

Un día nos dijeron que Flynn se pinchaba la coca en la punta del mismísimo o de la mismísima, el género cambia según lo pensemos en fino o en bruto pero la aprensión que sentimos entonces fue la misma y colectiva. La de Flynn es una aventura que no cabía en las pantallas de la época y, sin embargo, no hubo otro aventurero como él. Sospecho que los cineastas de hoy en día le miran con cierta displicencia y es una pena porque orbitando en la esfera hueca de la trascendencia, que es lo que se estila, olvidan que Flynn sintetiza uno de los ejes fundacionales del cine: el movimiento incesante y la pura aventura, mezcla de los sueños de Mèlies y las acrobacias arábigas de Douglas Fairbanks.

No hubo ni habrá otro Robin Hood como el de Flynn porque Flynn marcó la pauta. El apabullante colorín del technicolor de la Warner, las hojas verdes, los salones de castillo de techos inalcanzables y los nobles con cara de carta número once de la baraja de Heraclio Fournier pusieron su parte. Recuerdo que una soporífera tarde de estudio en clase de ciencias de primero de BUP, otoñal afuera, invernal dentro, con la infinita clasificación de no sé qué bichos en el libro de texto, detecté un movimiento en los pupitres anteriores al mío, situado en la retaguardia: en intervalos regulares de tiempo, un diminuto librito de tapa blanda pasaba de mano en mano. Cuando llegó a mí me asomé a un relato de papel amarronado que hacía más lóbrega o aportaba su toque de acompañamiento, según se mire, la lisérgica historia en la que un tipo se lo montaba con una tipa con las mallas verdes del Robin Hood de Errol Flynn. A Laura las mallas verdes le pusieron colorada la cara, a David se le puso al rojo otra cosa, a Sandra no recuerdo qué color le iba y yo, que ya por entonces me fijaba en los detalles entre líneas, miré con el ansia secreta del voyeur los títulos de crédito de la primera página e imaginé al anónimo escritor llevando un sábado por la tarde las cuartillas mecanografiadas al despacho-cuchitril, como de detective de novela negra, de una pequeña editorial de Barcelona. Creo que esa tarde, en la clase de ciencias, las mallas verdes de Errol Flynn nos enseñaron de qué iba eso del fetichismo mientras el libro de texto que teníamos sobre el pupitre se empeñaba en clasificar a los artrópodos.

Flynn sigue resultando magnético en la pantalla de la Warner de los 30 y su Robin Hood está más vivo que muchos de los héroes que luego latieron a 24 fotogramas por segundo. Así era el tío.

Voces (IV)

Irene Cara: “Out here on my own” (Michael Gore).
Videoclip de la película “Fama” (Alan Parker, 1980)

La interpretación que Irene Cara hace de esta preciosa canción es absolutamente maravillosa. Y el papel que Michael Gore da al piano, tan singular, percusivo pero siempre lírico, algo más que un acompañamiento de la voz, es memorable. Que a contratiempo se esté anunciando un remake de esta película que cerró los 70 con candado de oro es una lamentable desgracia. Yo me consuelo con el vídeo de arriba.

Periferia

Déjame entrarMe quedo tomando unas notas en y sobre la periferia de “Déjame entrar” (Tomas Alfredson, 2008), estrenada este fin de semana, porque ya entré en ella en un post no muy lejano. Varias notas. La primera es dar cuenta de la preciosa reseña que Carlos Reviriego hace de la película en el último número de la edición española de “Cahiers du Cinema” a propósito de la poética del fuera de campo. Luego están las voces entusiasmadas, o ensimismadas, que se han escuchado estos días, como la de Jordi Costa: “Una película que no es sólo buena: es única e importante, perturbadora, bellísima y brutal”.

No todos los días se estrena una película sueca y con pocos, muy pocos diálogos. Menos todavía en tiempos en los que las salas andan necesitadas de pirotecnias ruidosas para atraer a los espectadores a la taquilla. Es inevitable preguntarse, con cierta inquietud, si al ver en la sinopsis el asunto vampírico y el asunto adolescente los empresarios y distribuidores habrán pensado que tienen entre manos otro “Crepúsculo” y, por tanto, otro chollo, otra forma de hincarle el diente al bolsillo ajeno. No sé si lo que me preocupa de esa posibilidad es la salud de la sensibilidad de esos señores o que nos estén tratando como memos. Es probable que ambas cosas porque, a fin de cuentas, con tal de pagar entrada a ellos qué más les da.

No sé tampoco si habrán hecho cálculos respecto al retraso de su desembarco porque antes del estreno ya la podías ver en casa en Alta Definición y, además, en versión original. Que la película tenga poco diálogo no quiere decir que verla doblada sea una aberración porque hay poemas desnudos, estremecedores y estremecidos, que apenas ocupan una mínima porción de la página en blanco (en este caso la pantalla blanca que, a su vez, está perpetuamente nevada) y de esa desnudez brota precisamente todo su impacto. Tachar esos versos para poner otros encima, aunque sea con buena caligrafía, se llevará los vahos gélidos, los susurros nocturnos y el manto uniforme de silencio entre palabras llenándolo de pisadas.

Más allá de la liturgia de la sala de cine, “Déjame entrar” se ve, se escucha y se siente mejor fuera de ella. Las costumbres (no se concibe la versión original en el circuito comercial salvo en lugares concretos de grandes urbes) y la apuesta caprichosa de la tecnología por empeñarse en cultivar prodigios en unos lugares antes que en otros (la apabullante definición del BluRay confiere a estas noches nórdicas una presencia y una profundidad engullidora) son las responsables. La considerable riqueza que atesora esta película, tan amplia en lecturas y matices, es, sin embargo, la misma en todas partes y en cada proyección. Sólo hay que asomarse a ella bien abrigados y con el alma en el bolsillo.

Fantasmagoría

VampyrAntes de la laboriosa reconstrucción llevada a cabo por Martin Koerber en 1998 para la Cinemateca de Bolonia a partir de fragmentos salvables de varias copias incompletas, “Vampyr” (1932), de Carl Theodor Dreyer, era una película prácticamente inédita. Ahora vuelve a ser absolutamente insólita y la interesante edición especial para coleccionistas en doble dvd a cargo de Versus lo confirma.

Es posible que el gancho comercial y la dificultad añadida de hacer pasar por caja una película que tiene casi 80 años lleve a anunciarla como una gran película de terror cuando en realidad, para ser justos, deberíamos referirnos a ella como una película “sobrenatural”, y no sé por qué pongo las comillas, como si dudara de que lo fuese o me pareciera raro. No a lo primero y sí a lo segundo. “Vampyr” es fundamentalmente rara. Pero no rara por espesa, no rara por rollo; es rara por razones atmosféricas, ambientales; inquietante y turbadora; ni da respuestas ni plantea preguntas. Entrar en “Vampyr” es entrar al otro lado del espejo y la pretensión de Dreyer al hacerla, creo, aunque esgrimir las razones que me llevan a pensarlo superarían el razonable metraje de este post, van en gran parte por ahí.

La otra parte vendría dada por la puesta en práctica de una experimentación regocijante que abarca muchos aspectos, desde la manera de contar (o no contar) hasta la forma de jugar con la cámara y la luz para encontrar nuevos efectos con la complicidad del director de fotografía y futuro realizador Rudolph Maté.

Las imágenes de “Vampyr” abarcan desde las brumas de un impresionismo visual:

hasta las sombras y las transparencias de un surrealismo onírico.

El pretexto es un relato de Sheridan Le Fanu adaptado libremente y la cara de pasmo y el porte hierático del barón Nicolás de Gunzburg, protagonista por capricho y porque paga el asunto, une las diferentes estampas de este más allá que Dreyer torna visible sin que el mundo que transitamos a lo largo de 73 minutos pierda su condición de fantasmagoría, transparente como un espectro y al mismo tiempo oscura, muy oscura, como esas sombras que se proyectan con insistencia en las paredes blancas de la película.

La composición estética del plano, con alegoría simbólica o sin ella, es una constante del cine de Dreyer que ya aparece en esta primitiva realización contribuyendo a añadir belleza y desazón que al conjunto no le falta.

Belleza y desazón son aquí elementos que se imbrican con naturalidad porque en esta frontera que cruzamos cuando se apagan las luces las cosas funcionan de otra manera. De hecho, tienen la inconsistencia de los sueños y los sueños (incluso los sueños dentro de otros sueños) aparecen y no precisamente, como pudiera pensarse, para justificar lo que vemos, sino para confundirnos y extraviarnos en un mar de interrogantes cuya irresolución no nos importa. “Vampyr” es impregnarse de una atmósfera mágica y poética, tenebrosa y agobiante; vivir con asombro una experiencia que solo sucede en los sueños que de pronto pierden pie y caen por el barranco de las pesadillas.

La edición de Versus viene con un segundo disco con interesantes documentales en los que Eric Rohmer, Truffaut, Henri Langlois y Jean-Luz Godard hablan, buscan y preguntan a Dreyer sobre su cine con el apasionamiento con el que estos cineastas ponían los acentos en cada plano que escrutaban. Dreyer responde cortesmente sin apenas mover los labios, introvertido, con un carraspeo y una tosecilla como si las palabras no tuvieran costumbre de salir, algo normal en un hombre que habló elocuentemente poniendo luz en rostros ajenos, escrutando el alma en primeros planos que transmitían un lenguaje universal.

“Vampyr” viene en dos copias. La primera, la reconstrucción de 1998, con las rayas del tiempo en el celuloide. La segunda, la restauración digital de 2009, sin las mismas. “Con” y “Sin”. En estos casos, yo prefiero “con”. Sabe mejor.

Nombramiento

No me gusta nada, pero nada, el nombramiento de Ángeles González-Sinde como Ministra de Cultura. Como su antecesor, que tampoco me gustaba nada, muestra una aversión a la red fundada en un alarmante desconocimiento, o en un conocimiento decimonónico. O en una ceguera. “¿Para qué necesitamos un ADSL a no sé cuántas gigas?”, se preguntaba a sí misma en una entrevista en el diario El País hace ahora un año. Pues, desde luego, para bajarse una película suya no. Tiro para lo de las películas y las bajadas porque lo suyo viene en plan obsesión, en plan radical. Y así, mal vamos.

Es comprensible la alegría mostrada por el mundo del cine patrio ante su nombramiento. Menos comprensible es que un cine que pide protección frente a la “invasión” norteamericana de la pantalla cometa el disparate de hacer 200 títulos al año, de los cuales 195 o son rollos infumables o ni se llegan a estrenar, 2 son obras de directores que encuentran sitio en la cartelera por méritos propios, 1 es la sorpresa agradable del año y 1 se nos pasó.

La otra es “Torrente”.

Lo que no termina de comprender este cine es que se vale de la bandera de la cultura para obtener protección pública frente a un “enemigo” que es pura industria. No creo en los ministerios de cultura. No hay que subvencionar la cultura de esta manera: en todo caso, hay que fomentar una cultura de base y eso se encuentra en otro departamento: educación. A la larga sale mejor y más barato. Y me saca un poco de quicio que estos señores se empeñen en que veamos esos productos tratándonos como si fuéramos cortos, incultos y sin criterio, incapaces de pensar por un instante que, a lo mejor (a lo peor), lo que hacen no gusta y punto.

Pero esta ministra cineasta va a meter tijera, al (poco) tiempo, en el asunto de intercambio de archivos. Indiscriminadamente, me temo. Es de las personas a las que le enseñas la tarjeta donde pone INTERNET y la tarjeta donde pone INTERCAMBIO y ya se imagina que te vas a bajar la filmografía completa de Garci antes que pensar que también puedes compartir una tesis doctoral con alguien de Noruega.

A mí, personalmente, la filmografía de Garci me da mucha pereza; tampoco es que tenga una tesis doctoral que intercambiar con Noruega ni con otro sitio pero a lo que voy es que por “salvar” el cine español nos van a dejar sin series norteamericanas, ya lo verás; bueno, ya no lo verás. Un acto, por otra parte, donde no consigo ver la bandera pirata y sí (ya puestos) una correcta cultura audiovisual. Porque si nos bajamos las series de allí es porque:

a-están en el formato correcto, que la lista de series que pierden en el camino las franjitas negras arriba y abajo empieza a ser notable.
b-se ven mejor, porque vienen en Alta Definición y
c- están en versión original, y así el producto llega sin adulteraciones.

Vamos, que cumplen todos los requisitos por los que claman estos señores ante los incultos ciudadanos a los que pretenden abrir los ojos.

Aún podemos ir más allá y entrar en el asunto monetario, que al fin y al cabo es lo único que cuenta (porque es una industria, insisto). Y aqui tampoco acierto a ver ningún acto feo. Estas series no restan espectadores a ninguna taquilla: la mayor parte de ellas se financian con publicidad privada, no con una entrada ni con una subvención, su primera emisión, en multidifusión por los diferentes husos horarios de los EEUU y los tropecientos canales existentes, ya ha sufragado en la mayoría de los casos su coste y generado incluso una porción de beneficio, beneficio que irá en aumento en su distribución posterior a nivel internacional a pesar de las descargas.

¿Para qué necesitamos un ADSL a no sé cuántas gigas? Pues para lo que nos dé la gana, faltaría más. Para bajarme “United States of Tara”, para mantener una videoconferencia profesional o personal. Cuando esta señora sea informada de que hay distribuidoras, las mismas que ponen las películas en los cines, que ya ofrecen cine por internet mediante pago (cosa que debe saber porque hasta ahora ha sido Presidenta de la Academia de Cine y conoce el negocio) y que para que el cliente pague por esos contenidos se necesitan no sé cuántas gigas se contestará a sí misma: pero qué australopiteca fuí. Pero será tarde para muchas cosas.

Como en el caso de la SGAE, hay gentes que en lugar de subirse al AVE de las tecnologías se empeñan en ir en diligencia; que en lugar de adaptarse a las nuevas y fascinantes posibilidades se quedan enquistadas en tiempos y prácticas inquisitoriales, viendo el demonio en todas partes. Pero lo malo es que mandan. Pena.

Entrega

Recientemente cité “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”, película con un título tan largo como grande es toda ella. Dentro de la película debe de haber muchas palabras, dicen, pero es curioso que yo la recuerdo por sus silencios, elocuentes, eso sí. Y por la luz, una luz que envuelve a los personajes recogiéndolos en sí mismos al mismo tiempo que los radiografía perfectamente a nuestros ojos. Es una película elegíaca, crepuscular en todos los sentidos y los sentidos la transitan con admiración y silencio al compás de su ritmo, pausado, o eso queda también en el recuerdo a falta de una nueva revisión.

Algo de eso habrá, seguro, porque el verdadero climax argumental es en realidad un anticlimax pues no dibuja un pico especial en la gráfica que registra sus latidos. Y sin embargo, está sutilmente deslizado y sucede con precisión matemática en el mismo ecuador del metraje, aglutinando lo anterior, haciendo cuentas y preparando el desenlace con el resultado ya en mano.

La secuencia tiene lugar en una última cena de connotaciones simbólicas. En la cabecera, el legendario forajido Jesse James, invitado de honor en casa de sus secuaces, los hermanos Ford. No es fácil digerir una cena con Jesse James, tal es el respeto que infunde, tal es su irascibilidad, los misteriosos e imprevisibles senderos que recorre su sentido del humor. Uno no sabe cuándo y cuánto reir a un comentario chistoso suyo, ni si el comentario es en sí una trampa que dice como te rías te mato, o si realmente todo es más sencillo que eso y si sale un chiste entre plato y plato se ríe y que venga el postre. Temor, veneración y respeto. Es Jesse James. Cuidado, forastero.

En el extremo opuesto de la mesa, frente a él, está el pequeño de los hermanos Ford. Es un chaval introvertido, de pocas palabras o de bastantes y torpes. O eso parece. En esta película es conveniente tener eso a mano, tanto como el revolver: dudar, no dar nada por sentado. Ambigüedad es la palabra. Ambigüedad es aquí una palabra que se extiende como un manto elástico cubriéndolo todo. Los minutos se suceden, el vino y la comida relajan las ataduras que hasta entonces mantenían tensa la atmósfera y entonces alguien deja caer, como diversión de postre (riámonos un poco del pequeño) que el pequeño Bob es un secreto e incondicional devoto de Jesse James desde la infancia. A Jesse James se le levanta una ceja, eso parece haberle interesado, y se dirige con la mirada al pequeño Bob pidiéndole que le hable de esa historia. Risas. No de Jesse James, que mira serio y desafiante; no del pequeño Bob, incapaz de levantar la mirada del plato.

Las risas, a media voz, transcurren en el intermedio de esa mesa larga a cuyos extremos se sientan el venerador y el venerado.

Jesse James quiere escuchar la historia de la propia voz de su protagonista y si Jesse James quiere algo hay que seguirle la corriente, a poder ser con celeridad. Nunca se sabe. De nuevo aparece en escena la ambigüedad: ¿por qué esa insistencia por parte de Jesse James? ¿Es un simple divertimento no exento de sadismo el que busca al poner a prueba al balbuceante y tembloroso admirador o es acaso esa sonrisa cínica el disfraz que utiliza el héroe para disimular un interés ante un sentimiento inconfesable? Tachán es una onomatopeya que podría sonar en nuestros oídos pero, sin embargo, lo que percibimos en ese instante es un silencio denso y tenso que se podría cortar con uno de los cuchillo que hay sobre la mesa.

Habla, cuenta, pide Jesse James.

Y el pequeño Bob lo intenta, qué remedio, al principio de una manera confusa, guarda en su habitación, desde niño, bajo la almohada, las historias que la prensa ha contado sobre las aventuras de Jesse James, las relee todavía por las noches aunque las sabe palabra por palabra de memoría. Sí, bueno, ya sabe que la prensa ha hecho literatura de los hechos, que lo que allí está impreso está multiplicado por diez pero qué importa cuando él lo multiplica por cien.

El pequeño Bob confiesa esos secretos mientras juguetea nervioso con su tenedor dando vueltas a la salsa.

Al otro lado de la mesa, Jesse James sonríe condescendiente y satisfecho.

Prosigue, vamos.

Y Bob continúa, ahondando en detalles que ya no están impresos en papel de periódico manoseado por el uso sino que ya son suyos, reflexiones propias, sentimientos propios que vuelven su discurso más confiado y fluído al comprobar que el interés de Jesse James no ha decaído, que Jesse James no ha dicho cállate, imbécil, me aburres.

La cámara inicia un lento acercamiento al rostro de Jesse James al mismo tiempo que lo hace al de Bob Ford. El ritmo al que lo hace es al de las palabras, concretamente al del argumento que llevan esas palabras. Al acercarse a Jesse James le está quitando la máscara y deja entrever cierta inquietud que se apodera del héroe. Al acercarse a Robert Ford nos está asomando a un corazón que, confiado, se abre derribando los obstáculos de la prudencia.

En el momento en el que la revelación está dicha a falta de decirse explícitamente, Bob Ford levanta al fin los ojos y los posa en Jesse James. Es la imagen misma de la entrega. Una entrega incondicional.

Frente a él, un hiératico Jesse James sostiene la mirada. Los murmullos y las risas de los otros han cesado. No nos sentimos capaces de interpretar la mirada de Jesse James, si es un sí, un no, un lo sabía, un lo mismo siento, un pero qué imbécil eres, chaval, un pero que par de bemoles tienes. No lo sabemos. No lo sabe nadie. Por eso el tiempo parece detenerse infinitamente en los escasos segundos que dura el plano estático.

Jesse James despega lentamente la espalda que hasta entonces estaba apoyada en el respaldo de la silla, apoya los brazos en la mesa y desliza hacia adelante la cabeza, como si fuera a decir algo importante, como si fuera a pedir confirmación de algo no escuchado con suficiente claridad.

Nuevo silencio.

Y justo entonces, nos sobresaltamos, ellos y nosotros, los que están dentro del cuadro y los que estamos fuera, ante la estrambótica carcajada que el forajido da como respuesta al largo y sentido discurso de Robert Ford.

Todo ha sido un juego. ¿O no? Ya hemos dicho antes que la ambigüedad planea sobre esta película constantemente. No sabremos si Jesse James ríe tras haberse divertido un rato o si lo hace para disimular algo. Hay risas estrambóticas y sonoras que nacen de los nervios y que pretenden acallar murmullos internos. Nadie nos despejará la duda pero, a cambio, sucederá algo notable, un punto de inflexión en esta historia que tiene lugar en un mismo plano, el de Bob Ford que recibe en la cara los salivazos de esa carcajada zafia cuando todavía tiene la expresión embelesada. Bastará un instante para que baje la mirada, humillado y avergonzado, y la vuelva a levantar, ni humillado ni avergonzado, pero sí con un matiz totalmente nuevo que esta vez no necesita de palabras: Robert Ford sabe, porque así lo acaba de decidir, que va a matar al legendario Jesse James.

Esto viene a demostrar lo que el dicho ancestral no se cansa de repetir, que del amor al odio hay un paso (o unos pocos fotogramas) y que Casey Affleck hace un trabajo grande, grande, y que se tenía que haber llevado el Oscar para el que estaba nomidado el año pasado por este trabajo, leñe.