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Super 8 16 November, 2011

Escrito por emejota en : Asuntos propios, Cine , 4 comentarios

Para C. con retraso

Super8

Hubo otros veranos de Super 8 que hoy duermen en bobinas de 90 y 120 metros depositadas en unas cajas que no han vuelto a abrirse, es curioso; no he querido volver a abrirlas, no por nada malo, ni bueno; es un respeto, un secreto, algo más que un puñado de fotos antiguas. Es el verano tal cual, en movimiento: nos movemos todos hace muchos años en el color del Kodachrome, se mueven las mansas aguas del mediterráneo de Cambrils, construyo fortalezas y castillos en la arena con mi hermano, nada, un retaco de hermano por aquel entonces. Y yo sano, aún. Reímos, escondemos nuestro rostro ante la cámara, miramos desde la pantalla a la abuela con gesto distraído, hay turistas, hay mañanas, y tardes. Está todo vivo, eso es lo que pasa e impresiona, que sigue viviendo. Pero en silencio. El Super8 que retuvo en la retina e imprimió en sus celdas de celuloide (18 por segundo) aquellos veranos, era mudo. De eso me acordé cuando tantos veranos después, concretamente este, viendo la publicidad de esta película, primero en las calles de Nueva York, luego en las calles de aquí, la curiosidad me llevó al cine. Lo hice un viernes por la noche con Sergio, dos generaciones distintas y, por tanto, dos pares de ojos que miraban la pantalla con ópticas distintas.

Yo fuí un niño Super8, sí, qué pasa. Mi padre me regaló un tomavistas Eumig y cuando empuñas uno de esos cacharros no se te olvida en la vida el ruido de la película al pasar, el olor del negativo, las peripecias de economía visual para aprovechar los exiguos 15 metros de cinta contenidos en cartuchos. Y el amarillo. El amarillo es el color del Super8. Mira:

Los cartuchos contenidos en esa caja eran un lujo porque valían mucho dinero. Hoy grabas lo que te da la gana, y hasta en alta definición, con el móvil, aparato que cada vez sirve para más cosas y cuya finalidad principal que es la de recibir y hacer llamadas pasará, si no ha pasado ya, a un segundo plano. Grabas y borras, grabas y lo que sea menos pensar en que el dedo no tiene que quedarse pegado muchos segundos en el botoncito porque, si no, aparecera pronto la luz roja de Basta. Breves minutos a doblón aquellos del Super 8 que hoy valen lo que costaron, sin duda, porque capturaron fielmente, en pequeñas dosis, un mundo que ya no existe.

Volvamos a la sala.

Este Super8 que nos proyectaron en 35 milímetros o en copia digital, es una película a cuatro manos, las de Spielberg y las de Abrams, dos generaciones distintas allí en la pantalla de la misma manera que aquí en las butacas estamos sentados, fila 8, números 1 y 3, Sergio y yo, dos generaciones distintas de espectadores. Antes de que se apaguen las luces observo entre el público a chavales de viernes por la noche y a parejas de mi edad y de más edad. Esta va a ser una película en dos tiempos, o de dos tiempos, y se comprueba enseguida, al poco de empezar sus 114 minutos. Cuántos cartuchos de Super8 habría que unir para sumar 114 minutos. Una barbaridad. Aparece una historia y a ratos ves que quien toma el mando de la filmadora es Abrams, que yo creo que es más de la generación del vídeo (el vídeo mató a la estrella del Super8), y a ratos es Spielberg. Se nota. Abrams aporta la huella moderna caracterizada por esa espectacularidad tan aparatosa como prescindible, como diciendo mucho por no tener nada que decir, pero luego viene Spielberg y con un plano muy de él, recurrente, la cámara a ras de suelo captando un derrape de las ruedas de una bici levantando polvo en un camino arenoso en una tarde azul, zas, ahí está la esencia viva del verano de la infancia, la de la pandilla unida para no ser vencida hasta septiembre por lo menos, la de las meriendas compartidas como los secretos y las aguadillas en el cloro de la piscina. Y levantas la ceja, no sabes si por la identificación o por la cantidad de significados que contiene un plano tan sencillo.

Transcurre Super8 entretenida si te entregas a su propuesta, a su invitación a revivir el espíritu de Los Goonies, ET, las noches azules de Encuentros en la Tercera Fase, en fin, de esas películas, y mientras tanto los chavales recogen sus aventuras en su propia filmadora de Super8 hasta que el cartucho se acaba. Entonces, abro mucho los ojos cuando les acompaño a la tienda de revelado y recuerdo y comprendo que nosotros no fuimos una generación de la inmediatez. Teníamos prisa, claro, pero al contrario de lo que hacemos hoy, grabar y nada más hacerlo mirar la pantalla para ver el resultado y repetir si no nos gusta, o borrarlo, o quedar satisfechos, lo que sea pero en el acto, el Super8 nos enseñó a esperar. Y mientras esperábamos, nos enseñó la emoción y la excitación de la espera. Metías aquellos cartuchos en unas bolsas de papel del mismo color amarillo, si eran Kodak, o blanco, si eran Agfa, y los metías en el buzón más cercano. Y a esperar. Siete, diez, quince días. Llegaba cualquier mañana de cualquiera de esos veranos y bajabas raudo por la escalera al portal, a la hora del reparto del correo, y si a través del cristal translúcido y oscuro de la puertecita del buzón veías un bulto amarillo, un latido amarillo, se te ponía una alegría de colores en el corazón. Dentro del sobre, el laboratorio había liberado del cartucho la bobina de celuloide y te lo devolvía, negativo convertido en positivo, para que pusieras la sábana ante el cuadro del salón, bajaras las persianas, convocaras a la familia a la luz del proyector y surgiera entonces un mundo silente en el que nos veíamos y nos reconocíamos aunque con el estupor y la añoranza por contemplar con nitidez un lugar de verano que ya había empezado a disolverse en la memoria.

Eso lo (re)vives cuando ves Super8. Y mientras tanto, pasas un buen rato con su propuesta amable e inocente, como ochentera y tal.

Crepúsculos 2 March, 2011

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Valor de LeyNo se sabe la razón pero el western, el poco western que queda, da, por lo general, pereza. Pásate por un multicine, mira a la gente hacer lo propio con los títulos disponibles y lo comprobarás. Bueno, pues si te da pereza y consigues vencerla, “Valor de Ley”, la última película de los hermanos Coen, remake de algún modo de aquella de un John Wayne setentero que ya no estaba para séptimos de caballerías, ni quintos, habrá merecido la pena. Y mucho. Puede ocurrir, también, que si entras en la sala, la 2 en mi caso, no haya cuatro gatos, sino tres. Y antes de la película entiendes qué es un western crepuscular. Luego empieza y ves otra variante de western crepúscular con sus caminos polvorientos, sus gentes mirando de refilón, las funerarias de ataúdes de madera de pino y funerarios de expresión mortecina, los banqueros arrogantes y barrigones, la roña en la ropa del héroe crepuscular, fanfarrón y tuerto. Y la niña. Glups con la niña y sus cojones (con perdón) bien puestos. Todo lo que allí aparece atrapa tu atención o, por lo menos, hace que te pongas cómodo en la butaca porque compruebas la solidez de los actores dando vida a sus respectivos personajes y, sobre todo, porque asistes con regocijo a una forma de narrar que retoma con buen pulso un clasicismo del bueno. Hay westerns de hoy narrados a ritmo de videoclip y westerns que recuperan un clasicismo narrativo que luce muy bien cuando cae en manos que saben lo que hacen. Es el caso con creces y la película se crece.

Qué cosa la del western que aunque nos remite a tiempos de teles de sábados por la tarde aún nos llama, a pesar de que el factor pereza pueda hacer acto de presencia. Guillermo Altares escribía hace poco en El País una reflexión muy interesante sobre eso al afirmar que “el cine del Oeste nos enfrenta con dilemas morales, nos habla de personajes cabezotas que nunca se rinden, de héroes reluctantes, tipos que hacen el bien por encima de sus propios deseos, nos relata la construcción de un país mientras que, como espectadores, encontramos el refugio apacible de los recuerdos de nuestra infancia. Son filmes que mezclan la violencia y la poesía, el amor y los paisajes infinitos, nos hablan de puestas sol –incluso hay un subgénero que lleva esa imagen en su denominación: western crepuscular– y de espacios infinitos, de venganzas que nunca terminan, de héroes ocultos y olvidados, de historias de amistad por encima de cualquier obstáculo. El western forma parte de la vida y regresar a él es recuperar una parte de todos nosotros. Por eso siempre vuelve”. Lo que decía, un texto muy bueno. Pues eso es lo que traen los hermanos Coen en esta película que merece la pena de verdad y cuyos personajes quedan, como queda lo que dicen y los espacios que transitan.

Alcobas 8 January, 2011

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Un ladrón en la alcobaEs curioso comprobar cómo las películas de los años 30 han envejecido notablemente de 20 años a esta parte. Quizá no han cambiado las películas, hemos cambiado nosotros. Si la comedia de los años 30 nació y brilló para poner luz durante hora y media en el triste panorama social resultante de la Gran Depresión norteamericana, esta crisis global nos alcanza refugiándonos en la contemplación de las truculencias ajenas que desfilan en los sálvame de la tele. No lo digo yo, lo dice el share y lo dicen también los empresarios de las salas. Ha cambiado en nosotros también, inevitablemente, la forma de leer y comprender la imagen. Aún así, y precisamente por eso, es fácil advertir con regocijo que los cinco primeros minutos de “Un ladrón en la alcoba”, o “Trouble in Paradise”, de 1932 y de Ernst Lubitsch el grande, atesoran un talentazo difícilmente encontrable en los tiempos de las 3D y el arsenal digital. Las frases ingeniosas, el ritmo en los diálogos, los dobles sentidos, las alusiones sutiles y mordaces, envueltas las unas en las otras y viceversa, abundan sin descanso. Y la cámara está siempre donde tiene que estar para contar la historia, eficaz y sin alardes, indispensable y sin hacerse notar, como tiene que ser, pasándoselo bomba jugando con cortinillas, transiciones, grúas y demás elementos al servicio de las correrías de este ladrón de guante blanco, Gastón Monescu, que sube y baja escaleras a toda velocidad, besa elegantemente la mano de las señoras adineradas de Venecia mientras les birla las perlas y todo sin arrugarse el impoluto traje. Para llamarse Gastón Monescu merece la pena ser ladrón por un rato en blanco y negro y con gomina.

Un ladrón en la alcobaHay un talento en Lubitsch que tropecientos años después no vamos a descubrir, o sí, porque habrá generaciones, hay generaciones, refractarias al blanco y negro donde se esculpieron a golpe de brillantez las grandes comedias de la alta comedia. Su habilidad para poner en marcha el engranaje del juego y dominarlo a la perfección, con sus equívocos, sus trampas, la pizca romántica al cóctel ácido, su concesión al claro de luna, la gamberrada súbita, la cita recurrente (la de las enamorados y la que se pronuncia), los enredos que suceden tras las puertas que se nos cierran en las narices dejando a la cámara compuesta y sin saber qué hacer, la elipsis que apela a la complicidad del espectador y agiliza veloz el ritmo, valor sagrado en toda comedia que merezca tal nombre, todo eso y mucho más es Lubitsch. Mucho más es la mala uva y la buena intención, el decir sin decir diciendo, y, como ejemplo, esta comedia maravillosa recién editada, al fin, en dvd.

Mi adolescencia es un ciclo Lubitsch de la segunda cadena grabado con mimo en cintas beta, desde “Montecarlo” hasta “La dama de armiño”, qué quieres que le haga si para mí era descubrir un tesoro tras otro cada semana: “To be or not to be”, “El bazar de las sorpresas” y este Ladrón en la alcoba en la que hay ladrones de joyas y de corazones, donde tras la frase seria hay un inserto de un gondolero dándole al osolemío pero llevando basura en lugar de amores que al final, lo más probable, es que terminen en el vertedero y donde en el momento en que la temperatura sube y hay que meterse en la cama, y no precisamente por fiebre, la cámara se las arreglará para salirse con la suya en un tiempo en el que no se podían mostrar según qué calenturas.

“¿Sabes, François? El matrimonio es un precioso error que dos personas cometen juntas. Pero contigo, François, sería sólo un error”, dice frívolamente Madame Colete haciéndose la lánguida al tiempo que da vueltas a la aceituna del cóctel. En el piso de arriba una sombra se desliza furtivamente con la combinación de una caja fuerte en la memoria y un gondolero canta a la luz de la luna. La brisa balancea las cortinas a medianoche.

Régimen 23 November, 2010

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“Te está mintiendo pero no importa eso porque le quieres.”

Bon appetitHay una docena escasa de personas en la sala donde se proyecta “Bon Appétit” y una de ellas está hundida en la butaca tapándose los ojos con una mano, apesadumbrado. Soy yo. La cosa ha empezado torcida en cuanto Unax Ugalde, enigma único del cine patrio, ha abierto la boca y se ha podido comprobar que no es él quien habla, sino que está doblado por una voz de doblaje. Parece una redundancia pero no lo es: podría haberse doblado a sí mismo o por una voz que no fuera voz de doblaje de esas de peli americana. Sólo cuando ocurre algo así comprueba uno el aliento que el doblaje quita a la interpretación, su verdadera magnitud. En este caso, además, es que Unax Ugalde tiene en su voz parte esencial de lo suyo, que no es poco. Pero a continuación viene una cosa entre fogones de alta cocina que, en realidad, esconde un régimen de esos de dejarte el gesto mustio, porque el menú que desfila en pantalla es un conjunto de ingredientes que no cuajan, bien por la falta rigurosa (y asombrosa) de sal que el régimen parece imponer, por la caducidad de los mismos (rancios, rancios)

(un sms de la vecina a la 1:19 de la madrugada? Un momento que ahora vuelvo)

Ya. Bueno (malo), que todo muy manido, descorazonadoramente manido, muy deshilachado, sosón, sin ninguna progresión dramática creíble, o coherente o, simplemente, organizada de manera que permita levantar el vuelo de algo o marcar el ritmo del compás. Lugares comunes, un conjunto de situaciones desaprovechadas que en la digestión repiten, ni chicha ni limoná, ahora un parto, ahora un viaje a Bilbao, ahora a ver qué es lo siguiente porque todo cabe en el buche de estos 90 minutos y así todo el rato. Y el estupor que le llueve a uno encima es ver, en los títulos iniciales, un ICO, un ICAA, una decena de productoras y televisiones y todo al servicio de la nada o del algo sustancioso, no pidamos ya algo original. Da azogue, pereza, abruma pensar en la de gestiones que los señores de la peli tuvieron que hacer y las cosas administrativas que tuvieron que lidiar entre España, Suiza y Alemania para sacar adelante algo así, y pensar que hubo quien pensó que la cosa aportaba algo, que merecía la pena, no sé, lo normal en estos casos. Es sorprendente comprobar que, salvo rarísimas excepciones, empieza a ser usual que el salto del cortometraje al largometraje traiga a directores que son la leche en el montaje y la planificación de los planos y que lo hacen con tal empeño que se olvidan de algo que algo contará: el guión, por ejemplo. El recipiente necesita un contenido; poco hacemos si le ponemos lazo a la caja si dentro o hay aire o algo rancio o el Almax que se necesita tras degustar (o disgustar) este menú que debería hacer pensar muchas cosas y llamar a la reflexión a una parte importante del gremio.

Y todo para decir algo que ya sabíamos antes de entrar en la sala: que el amor te inocula su veneno para anestesiarte mientras dura la operación a corazón abierto y tiempo habrá para despertar y darse cuenta de su inevitable fracaso.

Austrohúngaro 15 November, 2010

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BerlangaLuis García Berlanga fue un señor austrohúngaro. Eso lo primero. Austrohúngaro de Valencia, para más señas. Con unas señas de identidad así, es normal que el expediente curse como cursa, sobresaliente en el dominio fallero y esperpéntico de un medio, el cine, donde expresar una voz propia a través de muchas voces, muchas, tantas como para necesitar del plano secuencia, ese en el que la cámara no corta ni fija su ojo aquí abrumada por tantos que vienen y van y tanto que dicen y no menos tanto que ocurre.

Pocos autores tienen, además, la capacidad para poner en boca de tantas bocas la denuncia o el retrato poco honroso de nuestro lado menos honroso provocando, sin embargo, sonrisas, risas y hasta ternura. No utilizó Berlanga estas armas para congeniar con los espectadores a los que previamente había azuzado un poco haciéndoles mirarse en el espejo, no: Berlanga lo hacía así, de aquellos modos, primero porque se lo quería pasar en grande y segundo porque mediante esa fórmula, tan nuestra y tan suya, los problemas quedaban aún más en evidencia sin que escocieran en la butaca, si acaso después, cuando la cabeza repasa y reposa.

El universo creado por Berlanga está poblado de seres y situaciones falleras que arden en deseos de reir mientras retratan una España de pandereta terrible y tierna que espera a los americanos en blanco y negro o anestesia un rato el murmur de la conciencia poniendo un pobre a su mesa. Más tarde, ya en colores y sacando los colores, dibuja el tríptico de “La Escopeta Nacional” donde aparecen reflejados todos, siendo “todos” todos los arquetipos y circunstancias que explican, como ningún libro de texto, la Transición española.

José Isbert, tremendo y entrañable verdugo y otras cosas en otras cintas; Luis Escobar, Marqués de las Marismas del Guadalquivir de paisano y Marqués de Leguineche en el oficio; Luis Ciges balbucendo surrealismos y Mary Santpere haciendo mala sangre a través de un walkie talkie son algunas de las criaturas mediante las que Berlanga habla y se lo pasa bomba compartiendo con nosotros la diversión. Forman parte, junto al cura (da igual qué cura, los curas de Berlanga son muy curas) o el trepa, o el señorito salido, de uno de los imaginarios más importantes y potentes que hemos conocido. Una suerte. Que el señor Alex de la Iglesia, presidente de la Academia del Cine, dijera entre coronas de flores que Berlanga fue más grande que Ford o Dreyer es de traca, y no de las de valencia berlanguiana precisamente, y nos hizo dudar por un momento de la inteligencia de un señor que nos parecía inteligente hasta el momento: Berlanga, Ford y Dreyer, no son más grandes que ninguno porque poseen el rarísimo don de ser ellos mismos además de genios y, por eso razón, incomparables e inimitables.

Estrellas 2 October, 2010

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El Gran LeslieMurió Tony Curtis y nos extrañó un poco la noticia porque aunque en los últimos tiempos lo habíamos visto aparecer de manera esporádica en los programas de cotilleos con pinta de turista hortera, vejez camuflada a golpe de corporaciones quirúrgico estéticas y agarrado del brazo de alguna modelo de temporada, en la retina se nos había quedado joven. En otros colegas suyos eso no pasaba, quizá porque tuvieron una mayor suerte laboral y los vimos arrugarse poco a poco en pantalla de manera que cuando la noticia del óbito llegó a los telediarios nos extrañó menos. Pongo por caso reciente Paul Newman.

Pero Curtis seguía siendo ese actor joven, risueño, amable e inquetante a un tiempo; ambiguo. Grande. Tony Curtis aparece inmortalizado en nuestro recuerdo travestido en blanco y negro o vestido de millonario con monóculo en “Con faldas y a lo loco”, traducción absurda y hasta burda de una película genial que nos divirtió y nos fascinó tanto que ni se nos ocurrió protestar por lo de la traducción del título, indigno de la película pero digno de cualquier jaimitada de los años del destape, de esas que ponían entre semana, medio clandestinamente, en el antiguo Cine Regio. Muy Regio pero con jaimitadas italianas del tipo “No me toques el pito que me irrito” y demás posters donde el título de fontanería, por cierto, era muy apreciado. Qué pena el The End del Cine Regio. Ay.

Pero me estoy yendo por las ramas. Hoy, el The End es para Tony Curtis. Se le ha citado en muchos de sus papeles memorables pero para mí, Curtis será siempre El Gran Leslie, de impoluta vestimenta blanca y destello en la dentadura cuando sonreía en la maravillosa película de Blake Edwards “La Carrera del Siglo”. Cuando hay una carrera de coches de época entre New York y París y en ella participan Henry Mancini, Natalie Wood y Jack Lemmon, la cosa promete. 32.000 kilómetros de carrera atravesando el Oeste de Saloon, el Ártico de los icebergs y los palacios de la Europa Central, a finales del XIX, necesitan muchos minutos de celuloide, 150 minutos de película de esas que ves una tarde desapacible de sábado de otoño o en el frío del invierno y que te hacen feliz como sólo las películas lo conseguían antes.

Allí, Curtis bebe champán y sonríe todo el rato con una elegancia aristocrática a lo largo de una locura en CinemaScope que es, en sí, varias películas en una, parodia de muchas cosas (“El prisionero de Zenda”, las batallas de tartas de merengue de los slapstick del cine mudo y hasta de la serie televisiva de dibujos animados “Los autos locos”, que nos ponían en la tele después de que Maria Luisa Seco, rostro de nuestra infancia catódica, diera la señal de salida de la carrera).

Tony Curtis ya no está y ya quedan pocos en la lista del technicolor

Oh! 29 September, 2010

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Mago 29 April, 2010

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Alfred HitchcockHoy hace 30 años que murió Alfred Hitchcock y ese día, aunque yo tenía 10 años y llevaba varias jornadas completando con mis compañeros de clase un mural en cartulina blanca para alguna sandez obligatoria, la noticia no me pasó desapercibida. Ahora que lo pienso me parece algo raro que un niño de 10 años atienda en la tele la noticia de la muerte de Alfred Hitchcock con un interés y hasta con un sentimiento más propio de adulto pero sobre todo fue la curiosidad que me suscitaba el personaje la responsable de todo. Ahí es donde mi memoria tiene una laguna de niebla. No sé si la curiosidad venía por cierto conocimiento previo o fue esa curiosidad la que me llevó, pronto, a conocerlo.

Avanzando en la trama, tendría que situarme en mi adolescencia, con 15 o 16 años, para recordar uno de los momentos más felices de una adolescencia que también fue algo rara, o mucho. Para empezar fue una adolescencia convaleciente. Como no hay mal que por bien no venga, un día cayó en mis manos curiosas el tocho de Donald Spoto “Hitchcock, la cara oculta del genio” al mismo tiempo que el betamax del vecino cinéfilo del cuarto, un señor al que le resultaban muy curiosas mis curiosidades y no ponía inconveniente en darles de comer, me sirvió en bandeja los films de la etapa británica que la tele estaba pasando después de cenar. El videoclub se encargó de facilitarme, por 24 o 48 horas, a elegir, la etapa de la Universal. Y como no hay dos sin tres ni tres sin cuatro, un libro de bolsillo llamó mi atención, de casualidad (ay, inocencia), en una librería: eran las conversaciones que Truffaut había mantenido con Hitchcock. El libro sobre cine más maravilloso y más vivo que seguramente se ha escrito.

Total: festival Hitchcock por orden (casi) cronológico.

Si tienes ante tí un otoño y un invierno de convalecencia forzosa en una edad difícil puedes hacer dos cosas: o pasar el tiempo mirando por la ventana sintiéndote una mierda o descubrir a Hitchcock fotograma a fotograma con los mejores guías: Spoto para poner el marco, el vídeo para poner la película y Truffaut para, en el coloquio posterior, hacerle a Hitchcock las preguntas obligatorias y brillantes que ponían el dedo en la llaga. El mando a distancia se encargaba de rebobinar las secuencias que el director aconsejaba revisar con un fíjese aquí, observe que y demás que me llevaron a pensar que Hitchcock, a pesar del perfil que se trazaba de él, y no hablo precisamente del perfil que él mismo se dibujó en una servilleta de papel, disfrutó hablando con el entusiasta y perseverante Truffaut.

Disfruté yo también mucho, sí, muchísimo. Y aprendí otro tanto. Aprendí que lo de este hombre era, fundamentalmente, una facilidad para contar historias digna de un encantador de serpientes. Lo aprendí como mero espectador primero y, más tarde, estudiando detalles que se reproducían aquí y allá formando un estilo reconocible. Sólo alguien dotado de esa facilidad para contar una historia en imágenes podía hacer una breve película dentro de una película con la mera narración de la música (la escena del atentado en el Albert Hall de Londres en “El hombre que sabía demasiado”) o hacer lo mismo sin ni siquiera música y conseguir de paso y rizando el rizo, hacer creíble que una avioneta fumigue a un Cary Grant de traje (“Con la muerte en los talones”)

Lo de Hitchcock me enseñó la minuciosidad y el arte en la planificación, en el dibujo literal, previo al rodaje, de cada plano, siempre desde el ángulo mejor. Se comprende así el presunto desinterés de este hombre por el rodaje en sí, que seguramente no fue tanto, pero sí debió resultar menos apasionante: el reto ya estaba conseguido antes, en el cuaderno.

Entre título y título, desde aquella alucinante “Alarma en el expreso” hasta “Vértigo”, por citar las dos primeras que me vienen a la cabeza, comprendí que lo de Hitchcock era una facilidad tal que a menudo ocurría que lo que te había parecido una virguería técnica (comienzo de “Psicosis”, por poner un ejemplo) luego, en un posterior visionado, privado ya del factor novedad, se revelaba como algo resuelto de una manera desconcertante, entre casera y de aquellas maneras. Pero no pasaba nada entonces y sigue sin pasar ahora: tal era la fuerza narradora de este contador de historias que nos colaba todo y como si nada.

Siempre nos dijeron que este señor era muy raro y oscuro. A mi siempre me pareció que fue un acomplejado, un ser atenazado por a saber qué miedos, frágil, necesitado de armaduras y hasta de armas punzantes para salir indemne del combate. Y luego estaba Alma, que siempre me intrigó mucho. Pero un huevo, vamos. Pero eso es otro aniversario.

Alicia 21 April, 2010

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AliciaEsta Alicia reitera a lo largo de gran parte del metraje de su película que no es “esa” Alicia. Y tiene razón. No importa que la acción transcurra unos 10 años después de la primera incursión en el País de las Maravillas una tarde dorada. Para ser Alicia no basta con ponerse el disfraz y asignarse el nombre. Alicia es la generadora de un mundo cuyo sin-sentido tiene pleno sentido porque está al cuidado de la lógica abrumadoramente brillante, ilimitada y disparatada de Carroll. Aquí no. Hay alusiones a esa jerga de palabras imposibles que Carroll siembra en sus poemas pero están sin cocer, sin coser y sin aire. Sospecho que el doblaje tampoco ayuda. No es esta la Alicia que un día fue pero tampoco el País de las Maravillas lo es. Lo que visitamos al volver a caer por la madriguera tras un conejo blanco que ya no usa reloj es más un revival vistoso, eso sí, que enumera y utiliza tópicos mil veces vistos: el gag ocasional sobre la cita célebre, la fusión de elementos del material original, las frases inofensivas dejadas caer una, dos y tres veces para que al final de la película reaparezcan con un sentido de rúbrica de algo, la enésima utilización de un entorno arrasado, marchito y apocalíptico en espera del salvador/a que le devuelva los colores y la triste aparición del, llamémosle así, “elemento Transformers”: el aparatoso y barroco bicharraco digital que podría habitar la selva de King Kong o el Pandora de Avatar y, de hecho, seguro que sale del mismo software a golpe de clic clic por el mismo dedo.

Este País de las Maravillas tiene mucho del territorio que Terry Gilliam creó para su fantasía de los hermanos Grimm. Mucho préstamo hay aquí. Disney ha creado una Alicia nueva teniendo en las estanterías la mejor Alicia posible: la de animación de 1950 que, siendo su mayor fracaso comercial, sigue siendo maravillosa porque resuelve muy bien muchos de los problemas que plantea adaptar la fantasía de Carroll: la falta de contornos, cielos y horas del escenario de Carroll se traduce allí en abstracción; el necesario aligeramiento de la profusa carga verbal de acertijos y dobles, triples y cuádruples (sin)sentidos de Carroll deja intacta, sin embargo, la mala leche, el carácter inquietante de la locura, el humor con aguijón.

Aquí no pasa eso.

Lo mejor de esta Alicia que es mezcla de muchas cosas sin ser ninguna de ellas Alicia es ese Sombrerero Loco tras el cual parece estar Johnny Deep. Al principio su pinta espanta, temeroso el espectador de asistir a un festival histriónico y hortera, pero finalmente se revela como la aportación potente y genuina del toque burtoniano a esta película tan poco burtoniana: su personaje es trágico y melancólico, como un clown cuya mueca cansada parece emerger de un viejo daguerrotipo.

La posterior adición del 3D hace que algunos planos brillen pero eclipsa otros e invita a quitarse un rato las gafas. Disney ya hizo una ensalada similar con “Oz”, allá por los ochenta: un Oz ajado a la espera del retorno de su Dorothy y bla bla blá. La diferencia es que le salió una cosa tan oscura, inquetante y atractiva que quedó en las estanterías donde se aparcan los productos malditos. Hay cosas incomprensibles.

Se pasa buen rato, de todas formas, con esta Alicia que no es esa Alicia, aunque se esfuerce en demostrar su “muchedad” y hasta se enfunde una armadura medieval y empuñe una espada. Una cosa rara, entre Mordor y la Bella Durmiente, Shreck y alguna cosa más. En qué se diferencia un cuervo de un escritorio?, pregunta el Sombrerero. No tengo ni idea, se responde a sí mismo. Eso Carroll lo colocaría en su compás y lo sazonaría con el ritmo adecuado y funcionaría. Aquí ponemos el oído,  nos encogemos de hombros y nos sale decir por dentro: pues vale.

Todo muy virtuoso, muy bonito, pero sin pulpa. Una vez más.

Ventanas 8 March, 2010

Escrito por emejota en : Cine , 11 comentarios

AvatarTodo territorio de fantasía tiene un peaje y una puerta de entrada. Para que Alicia entrara al País de las Maravillas necesitó comer y beber (no sabemos qué contenía exactamente lo que comió y bebió) y para que los niños Darling salieran volando por la ventana que a su vez era la entrada al País de Nunca Jamás recibieron unos polvos mágicos (no sabemos si por fuera o por vía nasal). Lo uno y lo otro harían arrugar la nariz a la liga de la neurosis imperante que se encarga por velar de lo políticamente correcto. No es el tema. Sigo. Para entrar en Pandora, última maravilla territorial de los sueños, necesitas unas gafas que te entregan al comprar la entrada del cine. En la entrada no pone Cómeme ni Bébeme, eso lo sugieren por sí mismas las palomitas y la Pepsi pero una vez recibes la invitación para ponerte las gafas

(llenas de roña, por cierto)

la pantalla se convierte literalmente en una ventana abierta. No hay más que dirigir la vista hacia las esquinas de la misma y uno siente un cierto vértigo. Ganas dan de estirar el brazo en el convencimiento de que allá no vas a tocar material alguno, sino que vas a traspasar el muro blanco que allí había hasta que las luces se han apagado y podrás entrar allá, en el deslumbrante mundo de Pandora.

No es por llevar la contraria, pero oído una y otra vez que mucho ruido y pocas nueces, expresión que traducida aquí viene a decir que mucho mundo maravilloso pero una historia de lo más flojito y convencional, me atrevería a recordar que las fantasmagorías de Méliès se cimentaban en la propia materialización ante los ojos de un escenario teóricamente imposible y bastaba y sobraba. El cine, antes de servir como vehículo a la expresión dramática, era eso: sueño, magia, oh, ah. Y se encendían las luces. Si tenemos en cuenta eso, qué más da que este Méliès megalómano de los USA haya hecho de la historia el colmo de lo trillado y lo facilón, los buenos contra los malos, los militares de cabeza cuadrada contra el ecologismo de la madre tierra, las energías que todo lo unen y el ohmm, ohmm y tal.

Qué más da.

Le pediríamos y le pedimos, aunque ni falta hizo, un guión con todas las dimensiones psicológicas a un Rohmer y con todas las costuras bien cosidas por punzadas de ingenio a los Diamond y demás, pero aquí las dimensiones, tres, de este NeverLand de seres azules y de cosas increíbles cumplen a la perfección su afán de espectáculo alucinante y alucinógeno, con esas hojitas de árboles y pólenes diversos que uno “ve” flotar entre algún lugar impreciso del patio de butacas y de otro lugar más al fondo que, a su vez, se pierde en el infinito.

Cada cierto tiempo, una puerta te incita a cruzar el umbral que te llevará al territorio donde se alucina un rato y donde no te preguntas (es el hechizo el responsable, seguro) cómo es posible que cupiera tanta gente en la bala cohete que impactó contra el ojo de merengue de la Luna llena de Méliès; es más, ni siquiera te preguntas cómo ese señor viejecito que agita el bastón pudo bajar tan ufano del proyectil tras la odisea gravitatoria y sin que sus pantalones del domingo recibieran ni un así del merengue ocular. Y pasando tantas cosas y tan asombrosas, no pasa nada.

Moon 28 February, 2010

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MoonDónde estaba yo la noche del sábado al domingo? A muchos kilómetros de altura sobre la ciclogénesis explosiva que nos visitó el fin de semana: en la cara oculta de la Luna, buen refugio para visionar una película sobre cuya superficie se había posado la curiosidad unas semanas atrás, “Moon” (2009), de Duncan Jones. Moon es una película de ciencia ficción indie y eso la posibilita contar lo que cuenta, hacerlo de la manera que lo hace y resultar confortable. Aquí no hay aparatosas invasiones del pabellón auditivo con armas surround ni alienígenas renderizados pero tampoco sesudas reflexiones sobre la levedad del ser en la ingravidez del cosmos. Lo que hay es una cosa sencilla, en la puesta en escena y en lo que la puebla, una historia con gancho suficiente para no importarte que al fondo, o en el trasfondo, queden unas dudas razonables sobre su propio sustento o viabilidad, que está eficazmente contada (no es poco), que posee una banda sonora tan económica como eficiente y una serie de guiños con afán de homenaje hecho con simpatía (de la mastodóntica y sobria elegancia del ojo orwelliano de HAL 9000 a este robot que se expresa mediante emoticonos amarillos hay mucho polvo de estrellas glamurosas esparcido por el espacio sideral), además de contar con un único habitante lunar, el astronauta Sam Bell (Sam Rockwell) del que no se puede decir más si no has visto la película, aunque ahora que releo las palabras precendentes, es como si hubiera dicho lo de oro parece plata no es con la tranquilidad de que nadie me va a reprochar cosas a lo vaya, tenía que decirlo o vaya, no se podía morder la lengua, no; al contrario, quizá la curiosidad ajena se plantee entonces alunizar en el disco que contiene esta película que cayó simpática en algún festival y es comprensible. El viaje es recomendable.

Zulueta 30 December, 2009

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O no está acostumbrado el blog a estas ausencias mías o tiene celos porque ha echado el cerrojo y cuando he querido entrar para escribir este post me ha pedido la contraseña.

Qué paciencia.

Sobre todo para encontrar la contraseña. Es curioso lo de las contraseñas porque pasa el tiempo y las automatizas y no te enteras del efecto. Qué efecto. Pues el efecto que adviertes cuando, como a mí hace unos minutos, olvidas la contraseña, la buscas y entonces te das cuenta de que la contraseña dijo algo que ya no dice. O dice algo distinto a lo que dijo en su momento.

Lo importante es que ya estoy dentro, un poco de polvo hay por aquí, y que si lo anterior parece una digresión ajena al título del post se debe a que de Zulueta ya he hablado varias veces en esta misma pantalla y que la novedad reside en que me cabo de enterar de que ha muerto. Tampoco me he parado a leer la letra pequeña, donde suelen explicar la causa del óbito o fallecimiento, pero qué más da cuando lo que te choca es el titular, cuando el muerto estuvo siempre en la cuerda floja de la mala salud y cuando, y esto es lo más importante, ya no tiene remedio, independientemente de lo que haya ocasionado la muerte.

A la gente le gusta saber de qué se ha muerto la otra gente. Eso es por morbo, un morbo que esconde una curiosa jerarquía mortuoria. Parece que tiene más impacto mediático morirte de algo fulminante pero, sin embargo, una larga enfermedad parece llevar implícita corbatas negras y gafas negras de funeral tenso. Pues se ha muerto Iván Zulueta, y como las otras redes sociales me dejan decir lo mismo pero en breve, no he podido empezar allí con la entradilla anterior pero sí he podido decir algo que repetiré aquí, lugar donde, si hiciera falta, hasta podría explayarme. Pero no creo que sea necesario: Zulueta fue el director de “Arrebato” pero si dices que fue un ser genial saldría también la película “Arrebato”. Son sinónimos. Y que hay muchos directores, muchos menos artistas y un solo Zulueta. Y ya ni eso.

Lo que no he dicho es que igual Zulueta no fue ni director pero eso pasa cuando uno es artista de verdad, que puede ser director y mecanógrafo y hacer obras de fontanería e incluso ser muy torpe para otras cosas, prácticas o por no haber practicado. Cuando se tiene el don, uno, otro, el que sea, se tiene. Y no hay verdad más grande, que sentenciaba Lorca en otro contexto.

Lo del “Arrebato” de Zulueta del 80 no lo terminó de pillar mucha gente porque el diccionario y cierta pasión en las venas ha hecho de la palabra algo así como un guantazo de letras o un vociferío con erre vibrante. Pero resulta que el arrebato de Zulueta era más del tipo del arrebatamiento místico, solo que el éxtasis aquí era ante el álbum de cromos de La Bella Durmiente o de la Flora y Fauna Marina que regalaban con los Donuts y no ante la estampita de una santa. En la contemplación prolongada de la impresión en cuatricomia de esas estampas con bordecito blanco prende el arrebato de Zulueta. Quien lo probó, lo sabe, vuelve a sentenciar Lorca desde otro contexto.

Cuando ví “Arrebato” me sentí comprendido y confortado. Y menos raro. Fue un alivio. Luego apareció el espectro de Will More y todos abrimos mucho la boca de asombro y de miedo y de ternura y de respeto. Así, con las tres i griegas en la misma frase. Y ahora me estoy acordando de la casa vegetal y destartalada de Zulueta en San Sebastián, enseñando cromos con el batín puesto como quien comparte una reliquia y su madre preguntándole al fondo qué le apetece hoy para comer.

Cartelera 23 December, 2009

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Películas para una Navidad.

Umm (pensando)

La Carrera del Siglo, El Baile de los Vampiros, La Bruja Novata y Fanny y Alexander.

Me salen las mismas siempre de tirón. Las tres primeras por reminiscencias de navidades pasadas, la última (primera en tantas cosas) por las navidades pasadas que pasan dentro de ella cada vez que la ves y por todo lo demás. Dura tanto y tan bien que cabe todo lo demás.

Luego están las películas que te regalas, en el sentido estético o en el sentido material; a veces en los dos sentidos. El primer regalo ha sido la placentera revisión de “El placer”, de Max Ophuls, más regalo aún para los sentidos en la reciente y primorosa edición en dvd por Versus. Me ha dejado en silencio de palabras, como en el cine mudo, aunque en el cine mudo las palabras de los intertítulos eran lo único que allí se hablaba. Y eso es porque me ha dejado dentro de la película, todavía no he salido de ella, lo haré en breve que mañana es Nochebuena y hay que cenar y antes hay que ayudar a preparar la cena y hacer alguna cosa más.

El Festin de Babette, claro, también.

Tara 15 December, 2009

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Lo que el viento se llevoEste no es el póster original de “Lo que el viento se llevó”, pero es igual al que el señor Palacios me dio a escondidas un día de invierno al salir del colegio, alargando su mano tras la verja del cine donde trabajaba. Lo colgué en la pared de mi habitación, junto con otros. Quizá era raro ver atravesar el parque al anochecer a un chaval con la mochila en la espalda y algo parecido al plano de un arquitecto enrollado en la mano, como quien llevaba algo valioso y cuya cotización venía dada por la emoción sentida el domingo precedente en la butaca ante cosas como “El Imperio Contraataca” o “Ben Hur”, que fueron ocupando su sitio en mi habitación.

Mirar esos posters era rendir un tributo a ese mundo que se iluminaba en la pantalla todas las semanas a la misma hora y en el que me sumergía con especial entrega sabedor de que los lunes eran indefectiblemente negros por el suplicio del colegio. En el colegio no se entendía ese pálpito por las cosas que el señor Palacios, con su metro y medio de estatura, sus gafas de miope, el señor que te cortaba la entrada vestido de uniforme, me certificaba con la entrega de esos rollos de papel en un pacto secreto que él y yo habíamos alcanzado como colegas, aunque nos separaran unos cincuenta años de edad. Yo iba entre semana, a la salida del colegio, me quedaba un rato ante la verja del cine más allá de la cual no se veía nada aunque sabías que estaba el vestíbulo y las tres puertas de entrada a la sala, y la barra del bar, y las palomitas, y aquel olor a cine, que no era el de las palomitas sino el de mil aventuras llenas de colorines, apuros, risas y besos en la boca que después dejaban una especie de resonancia hueca, como diciendo, aquí estuvimos, ahora a saber. Pues yo me quedaba ahí quieto y enseguida emergían de la oscuridad las gafas del señor Palacios, que ya no llevaba su uniforme de los domingos de conserje sino una chaqueta de lana gorda de las que se hacían en casa, y abría la puerta, alargaba la mano, y me entregaba el rollo de papel envuelto como si fuera un pergamino secreto. Parco en palabras, porque no quería que nadie se enterase para que no le marearan con lo de los carteles, el señor Palacios nunca me dijo no a un cartel.

El poster de “Lo que el viento se llevó” tuvo una significación especial para mí porque me recordaba la proyección de una película que, si ya era por sí misma un acontecimiento, no lo fue menor el de su llegada. Tanta gente, tantos minutos, tantos días en cartel en una ciudad tan pequeña en la que, con suerte, había cine desde el viernes y hasta una sesión el lunes, y eso si la película era gorda. Pero ésta estuvo dos semanas, hasta en miércoles, y se veía con colores extraños, fuertes, y la imagen era cuadrada, y la música sonaba a música de película de la tele más que de película de cine, y si había tanta gente fuera ni te cuento la que había dentro de aquel cuadrado de luz increíblemente inacabable, ese incendio, esos gritos, el señor del bigote brillante, la señora guapa que se hacía un traje con una cortina porque para chula, ella. Y también era raro, muy raro, que quien me acompañara al cine fuera mi abuela y no mi padre y que yo fuera el único niño que veía aquello.

“Lo que el viento se llevó” supuso para mí el descubrimiento de lo que sucedía en la sala durante la proyecciónde una película y la intuición de lo que debía suceder detrás de la cámara que había rodado eso tan gigantesco e hiperbólico que, a los sones de trompetas y la imagen a contraluz de Scarlatta O´Hara empuñando la tierra de Tara en un crepúsculo en technicolor de esos rabiosos, como rabiosa estaba ella porque cuatro horas y puteada al final, hay que fastidiarse, levantó un aplauso gigantesco en la sala. El señor Palacios hizo un así discreto con la cabeza cuando pasé por su lado y días después me planté frente al cine, que era un cine en sombra, para que a los pocos minutos alargara la mano entre la verja y me hiciera entrega del resumen de toda aquella emoción. El cine es una realidad maravillosa fabricada por unos señores que viven, por lo general, en una pavorosa irrealidad.

Hoy hace 70 años que en un cine de Atlanta se encendió y hasta se incendió la pantalla con el metraje infinito de “Lo que el viento se llevó”.

Sueños 13 December, 2009

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“¡Jesús, Jesús! Las cosas que hemos visto…” (William Shakespeare)

My own private IdahoCreo que no es fácil encontrar un personaje más frágil y desamparado que el que encarna River Phoenix en “Mi Idaho privado” (Gus Van Sant, 1991). Roto desde el primer fotograma, huyendo de la autocompasión por las carreteras de esta road movie que no es una road movie, nos impone y nos encoge el corazón a partes iguales. Eso es lo primero que quedó en la retina del primer visionado en la ventana del betamax de esta película rara, poética, enseguida etiquetada como película de culto, allá cuando teníamos 20 años y que ahora, editada al fin tras un incomprensible y larguísimo espacio de tiempo, a punto de sumar otros 20, confirmamos: es difícil permanecer impasible ante la entereza desamparada de este personaje que tan bien encarna River Phoenix, inquietante como nunca.

Pero eso no basta para tener en estima a esta película. Hay más cosas. Si sólo se tratara de eso diríamos que es una película de chaperos donde la cámara centra su objetivo en dos; uno lo es por necesidad y el otro por rebeldía. El primero es River Phoenix que a lo largo del metraje persigue y es perseguido por dos tipos de sueño: el primero, la búsqueda de la seguridad y la inocencia perdidas encarnadas en la figura de una madre prontamente desaparecida; el segundo, la narcolepsia que fulmina su consciencia secuencia tras secuencia. Aquí es donde viene bien presentar al chapero número dos, Keanu Reeves, su ángel de la guarda, hijo de político ricachón, heredero de un imperio que ha decidido cruzar al otro lado de la calle, donde están los callejones oscuros y los cuartuchos sórdidos y abandonados para dedicarse, digámoslo sin rodeos, a joder. Principalmente a su padre.

Lo que vuelve especial a esta historia es que aborda de manera certera la sutil y confusa frontera que separa en ocasiones la lealtad incondicional, la devoción y la camaradería de la amistad adolescente de lo que en realidad es un amor profundo, tan profundo que a veces los aludidos no se enteran, o tan profundo que, si se enteran, se mira por si acaso para otro lado. Como dice la película en un momento dado, “ya que otra cosa es imposible, al menos estoy a su lado”. Si algo convierte realmente en excepcional la tan nombrada escena en la que River Phoenix declara a Keanu Reeves sus sentimientos es, justamente, que sólo suceda en un sueño de una de las crisis de su narcolepsia.

Y especial y alucinante es la irrupción en el entorno urbano y moderno de un personaje grotesco que nos hace levantar la ceja al reconocerlo enseguida: es Falstaff, el personaje de Shakespeare, pendenciero, vanidoso, embustero y embaucador. De pronto se abre un espacio “extraño” pero muy bien encajado en medio de la película y de la gran urbe, y los solares y los edificios abandonados se convierten en escenario de una representación donde los indigentes y los chaperos pasan a ser extras de reparto, y la música de los coches se funde con una banda sonora juglaresca, y las botas de cuero y los vaqueros lucen como un atuendo de atrezzo de época. Es entonces cuando el diálogo literal de “Enrique IV” se filtra en el guión de Van Sant y se distribuyen convenientemente los papeles: Keanu Reeves es un trasunto del príncipe Hal que traicionará un día a su mentor y compañero de correrías, Falstaff, y lo humillará hasta herir de muerte su corazón, rechazándolo, cuando se convierta en Enrique V: “No te conozco, anciano. He soñado largo tiempo con una especie de hombre como tú, así de libertino, pero ahora he despertado y desprecio mi sueño”.

De sueños imposibles va colmada esta película. “Oh, sueño, amable sueño”, dice el rey Enrique IV en el texto de Shakespeare. River Phoenix sueña caído en la cuneta de una carretera solitaria cuyo final se pierde en el horizonte.

Grande 2 November, 2009

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López VázquezHe oído en las noticias de la radio que se acababa de morir José Luis López Vázquez y he sentido mucha pena y, al mismo tiempo, una admiración profunda. Hay actores buenos y muy buenos. Luego están los grandes. Y aún después viene una categoría de serie limitada, fueras de serie más bien, a la que pertenecen unos pocos. López Vázquez pertenece a ese club. Había y hay, porque lo de este hombre pervivirá por los tiempos de los tiempos, unas circunstancias que lo convierten en único: la versatilidad, la personalidad inconfundible (desde el gesto de la mandíbula a la voz y su manera de articular las palabras) y haber sido escritor y representante involuntario, en cada uno de sus trabajos, de muchos capítulos de la historia reciente de todos. Las últimas noches, acordándome de la conversación mantenida con un amigo, frecuenté esa oficina bancaria donde se prepara un atraco a las 3 y la sonrisa acudió puntual a la boca como lo hace siempre al contemplar a esa pandilla de infelices que te despierta tanta ternura y que bajo las órdenes del jefe de la banda, José María Forqué, hacían una parodia del “Atraco Perfecto” de Kubrick con ecos del “Quinteto de la muerte” de Mackendrick aunque al final el botín resultante era una radiografía exacta de todo aquello en lo que los espectadores del estreno se reconocían.

Contemplar una y mil veces a López Vázquez derrochando genialidades a lo largo de metros y metros de celuloide en “Plácido”, “Mi querida señorita” o la trilogía de “La escopeta nacional” (sigo pensando que esa trilogía muestra mejor que muchos libros de historia ciertos aspectos de la Transición) no tiene precio. Una de las cosas que más me gustan de actores como López Vázquez es que en todo momento supieron ser lo eran: cómicos, qué palabra más bonita, recipiente de tantas cosas, cómicas y no; y en esa palabra estaban las tablas del escenario, de primera y de segunda división, el polvo de los caminos, la entrega al público, la devoción y la vocación, el sacrificio silencioso y, sobre todo, no ponerse a enarbolar causas solidarias con gesto raro de intelectual tontaina por ser actor. Solidarios somos todos si tenemos la voluntad de serlo. Tontaínas con ínfulas de intelectual son otros. López Vázquez supo que la función debía continuar pasara lo que pasara, en blanco y negro o en color, en la tele, en el teatro o en el cine. Su acción solidaria queda en forma de bálsamo en el corazón de muchas generaciones de españolitos que, en momentos necesitados, se iban a la cama con la sonrisa puesta o la emoción en la garganta.

Imaginario 27 October, 2009

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El Imaginario del Doctor ParnassusDesde sus comienzos, el cine trazó una senda opuesta al realismo entusiasta de imágenes en movimiento de obreros saliendo de fábricas, trenes llegando a la estación y bulliciosas calles de grandes urbes. Esa otra senda, escapista de ese mundo plasmado en blanco y negro, fundó sus principios al amparo de la oscuridad clandestina de las estancias y la fantasmagoría que las lámparas temblorosas hacían aparecer en la pantalla blanca y tuvo en Méliès, el mago que terminaría sus días vendiendo sus autómatas y sus juguetes en un pequeño puesto en una estación parisina, a su principal artífice.

Lo que más me fascina de Méliès es que su sentido de lo fantástico no se proyectó con facilidad en el imaginario de los que vinieron después, a pesar de que contaron progresivamente con más artilugios técnicos para contribuir a la causa. Las alucinantes películas de Méliès, cuya aguda visión del mundo del espectáculo hacía enmarcar los encuadres con aquellas tatarabuelas de las mamachicho dispuestas en formación y enseñando muslamen ya fuera en la mismísima superficie de la Luna o en el Centro de la Tierra, lo son principalmente porque no terminan de encajar en la clasificación de los géneros a nada que las miremos bien. Siempre van más allá, cruzando el espejo y buscándole los pliegues a lo fantástico, de manera que materializan lo maravilloso haciendo posible la representación de lo oculto, de paisajes oníricos que hasta entonces aguardaban dentro de la chistera del mago.

El Imaginario del Doctor ParnassusNo todos los cineastas que han transitado los mundos del fantástico han sido poseedores de ese instinto y de ese sentido de lo mágico que no encuentra límites en el corazón de aquellos afortunados soñadores que escriben versos con varita mágica. Gilliam puede. Y nos lo demuestra fantásticamente bien en esta película mágica, pero mágica de verdad, pocas películas merecen tal calificativo, que es “El Imaginario del Doctor Parnassus”. Con una trama sencilla pero bien trenzada, basada en la tradicional pugna entre el bien y el mal como ocurre en los cuentos, Gilliam nos lleva sin engaño al otro lado del espejo. Esa es la diferencia entre Gilliam y otros. Que Gilliam, como los grandes magos, te hace creer y, de paso, despliega su apabullante e inagotable imaginación y su no menos apabullante manera de materializarla. Materializar las fantasmagorías más abstractas es cosa muy complicada y por tanto uno asiste absorto a lo que aparece en pantalla y se entrega al espectáculo si ha conseguido dejar en la puerta su vestimenta de incredulidades. Si no, ya se encargará de ello Gilliam en un abracadabra, una nubecilla de azufre y un pase por aquí y otro por allá para que nos creamos lo que acontece a esa troupe anacrónica, ese Carnivale alucinante de velos de zíngara, turbantes orientales y cartas de tarot que transita la noche londinense de discotecas en cuyo interior se alucina de otra manera. Cada loco alucina con su tema.

Christopher Plummer está genial y milenario y la inquietante presencia de Heath Ledger lo es por partida doble, por méritos propios y por la circunstancia accidental de su fallecimiento a falta del rodaje de las escenas oníricas. Que la primera vez que aparezca en pantalla sea ahorcado sobre las nocturnas aguas del Támesis parece tener algo de premonitorio. Que Johnny Deep, Jude Law y Colin Farrell se prestaran a completar el trabajo juega ciertamente a favor de la historia porque cada rostro, una vez traspasado el espejo de cristal blando que el Doctor Parnassus tiene en su carromato, parece mostrar una capa de cebolla más en el ambiguo y escurridizo personaje que encarna Ledger.

El imaginario del Doctor Parnassus no es muy distinto del de Méliès o del propio Gilliam y, de hecho, es todo él un disfraz de ambos que nos invita desde el escenario a un pasen y vean inolvidable.

Carmen 22 October, 2009

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Carmen MauraY no la de Mérimée sino la Maura, la misma que me inspira una admiración y un respeto reverencial desde que un día la ví decir en un anuncio eso de tacita a tacita con un tono tan así que ladee la cabeza un poco y ya se me olvidaron los anuncios siguientes. Luego en el UHF volvió a salir con puntualidad semanal y un señor de voz algo cansada o cansina o las dos cosas le decía nena, tú vales mucho y a mí lo que me hacía gracia es que la nena sonreía, sí, pero era una sonrisa como de acordarse de la madre y el padre y demás parentela de ese señor. Y fue entonces cuando le pillé el punto a la Maura, su rollo visceral, su cosa desabrida y tierna, su talentazo enorme que un día explotó cuando Almodóvar dijo acción en aquellas películas ochenteras que siguen siendo fantásticas y que el día que parezcan petardas pues tanto mejor. Qué tandem aquel, Maura-Almodóvar, Almodóvar-Maura.

Una tarde paseaba mis diecisiete años por el Paseo de Gracia de Barcelona y se puso a llover esa lluvia triste de Barcelona. En la otra acera, y ocupando la fachada entera de un cine de los de antes, de los de más de 40 butacas y hasta 400, un cartel enorme justificaba sus dimensiones por lo largo del título de la película que anunciaba: “Mujeres al borde de un ataque de nervios”. Decidí entrar no recuerdo si por la lluvia triste o movido por la curiosidad, que mira que se hablaba de la película, y eso antes de lo del Oscar que terminó en fiasco.

En el interior del cine, abarrotado, caí en la cuenta de dos cosas; una, que no sé qué pintaba yo en Barcelona con 17 años y en laborable estando como tenía que estar en un instituto y dos, que de repente me sentí muy solo. Entonces se apagaron las luces y empezó a salir un gallinero en un ático súper fashion, y lo del gazpacho, y un contestador volando por la ventana, y lo de los terroristas chiítas y todas esas cosas, y la sonrisa que se había empezado a dibujar en el rostro dio paso a las risas hilarantes y lo mismo le pasó al cine entero y entonces ya no me importó ni la cuestión uno ni la dos porque lo que pintaba, pintaba bien, y porque ya no me encontraba para nada solo. La risa colectiva es mucha compañía.

A mí la Maura me encanta cuando tuerce el morro y se pone borde y cuando se hace la coqueta. Me encanta en todas partes. Y está genial en “Ay, Carmela” y en “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, da lo mismo que se ponga en plan ejecutiva que en falda prieta de maruja amargada por el marido. Y nunca la olvidaremos entrada en carnes y arrastrando las erres en aquel memorable rrrrriégueme, rrrriégueme con el que implora alivio para los calores del asfalto, y quién sabe si para el de las hormonas, al funcionario municipal en la tórrida noche de “La ley del deseo”, qué calor te hacen sentir ese montón de erres y qué cosa tan orgásmica tiene esa secuencia, por Dios.

La Maura es una todoterreno que siempre hace de Maura, yo no sé cómo se las arregla para hacer cosas distintas siendo siempre la misma. Tú ves en la pantalla a una de esas actrices anodinas pero que salen en todos los programas y las revistas de corazón y se te queda el asunto anodino como ellas mismas. Pero la Maura no te deja indiferente, con su nariz respingona (o lo parece, ahora no me acuerdo), sus labios finos y su mandíbula prieta. Unos andares suyos así como echándole mala hostia son suficientes para que merezca la pena esa cosa tan rara que es “Reinas”, tan rara como para osar teñir de rubio a Unax Ugalde, el chico con el don de lo oscuro, y aún tendrás oportunidad cada vez que te lo pida el cuerpo de verla brincar por los tejados perseguida por esa loca genial de Terele Pávez en “La Comunidad”, gozoso trasunto polanskiano de Alex de la Iglesia.

A mí la Maura me parece grande, enorme. La Maura tiene sus rarezas porque tiene que ser muy rara y se lo merece, leñe, pero me juego lo que sea a que sabe medir lo que es y lo que no es, lo que vale y lo que no vale, se le ve en ese toque desencantado que a veces disimula con ironía y otras no, y con el que da la vuelta al mundo 80 veces a tanta niñata de teleserie e incluso de largometraje que apura sus días de estrella fugaz.

Lo de la Maura viene porque hoy le han dado la Medalla de Oro de la Academia de Cine. Una Academia de Cine justifica su existencia por reconocimientos como este aunque el reconocimiento mayor es el que le damos todos a ella desde hace tantos años y los que nos quedan. Qué tía, la Maura. (Y qué grande su vuelta a casa en “Volver”, no nos lo dejemos en el tintero, no).

Aventuras 20 June, 2009

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Errol FlynnErrol Flynn cumpliría ahora 100 años, como la mamá de película de Carlos Saura, si no fuera porque viviendo la mitad, vivió una vida al cuadrado. Eso por lo menos. En su tiempo, Errol Flynn era la estrella que hacía como pocos de héroe aventurero con un punto canalla. Hoy uno ve claramente que ese espadachín que brinca tanto en blanco y negro como en technicolor era un aventurero real, de carne y hueso, un tipo con un par de bemoles forjado en la calle que había salido adelante porque se comía la vida a bocados. Errol Flynn no iría a un festival de cine en clase preferente rodeado de representantes. Lo veríamos en el vagón de cola jugándose los cuartos a las cartas, cantando alguna canción irlandesa con 40 grados de alcohol en las venas y decidido a que si hay que bajar a empujar, se baja y se empuja.

Un día nos dijeron que Flynn se pinchaba la coca en la punta del mismísimo o de la mismísima, el género cambia según lo pensemos en fino o en bruto pero la aprensión que sentimos entonces fue la misma y colectiva. La de Flynn es una aventura que no cabía en las pantallas de la época y, sin embargo, no hubo otro aventurero como él. Sospecho que los cineastas de hoy en día le miran con cierta displicencia y es una pena porque orbitando en la esfera hueca de la trascendencia, que es lo que se estila, olvidan que Flynn sintetiza uno de los ejes fundacionales del cine: el movimiento incesante y la pura aventura, mezcla de los sueños de Mèlies y las acrobacias arábigas de Douglas Fairbanks.

No hubo ni habrá otro Robin Hood como el de Flynn porque Flynn marcó la pauta. El apabullante colorín del technicolor de la Warner, las hojas verdes, los salones de castillo de techos inalcanzables y los nobles con cara de carta número once de la baraja de Heraclio Fournier pusieron su parte. Recuerdo que una soporífera tarde de estudio en clase de ciencias de primero de BUP, otoñal afuera, invernal dentro, con la infinita clasificación de no sé qué bichos en el libro de texto, detecté un movimiento en los pupitres anteriores al mío, situado en la retaguardia: en intervalos regulares de tiempo, un diminuto librito de tapa blanda pasaba de mano en mano. Cuando llegó a mí me asomé a un relato de papel amarronado que hacía más lóbrega o aportaba su toque de acompañamiento, según se mire, la lisérgica historia en la que un tipo se lo montaba con una tipa con las mallas verdes del Robin Hood de Errol Flynn. A Laura las mallas verdes le pusieron colorada la cara, a David se le puso al rojo otra cosa, a Sandra no recuerdo qué color le iba y yo, que ya por entonces me fijaba en los detalles entre líneas, miré con el ansia secreta del voyeur los títulos de crédito de la primera página e imaginé al anónimo escritor llevando un sábado por la tarde las cuartillas mecanografiadas al despacho-cuchitril, como de detective de novela negra, de una pequeña editorial de Barcelona. Creo que esa tarde, en la clase de ciencias, las mallas verdes de Errol Flynn nos enseñaron de qué iba eso del fetichismo mientras el libro de texto que teníamos sobre el pupitre se empeñaba en clasificar a los artrópodos.

Flynn sigue resultando magnético en la pantalla de la Warner de los 30 y su Robin Hood está más vivo que muchos de los héroes que luego latieron a 24 fotogramas por segundo. Así era el tío.

Voces (IV) 23 April, 2009

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Irene Cara: “Out here on my own” (Michael Gore).
Videoclip de la película “Fama” (Alan Parker, 1980)

La interpretación que Irene Cara hace de esta preciosa canción es absolutamente maravillosa. Y el papel que Michael Gore da al piano, tan singular, percusivo pero siempre lírico, algo más que un acompañamiento de la voz, es memorable. Que a contratiempo se esté anunciando un remake de esta película que cerró los 70 con candado de oro es una lamentable desgracia. Yo me consuelo con el vídeo de arriba.

Periferia 20 April, 2009

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Déjame entrarMe quedo tomando unas notas en y sobre la periferia de “Déjame entrar” (Tomas Alfredson, 2008), estrenada este fin de semana, porque ya entré en ella en un post no muy lejano. Varias notas. La primera es dar cuenta de la preciosa reseña que Carlos Reviriego hace de la película en el último número de la edición española de “Cahiers du Cinema” a propósito de la poética del fuera de campo. Luego están las voces entusiasmadas, o ensimismadas, que se han escuchado estos días, como la de Jordi Costa: “Una película que no es sólo buena: es única e importante, perturbadora, bellísima y brutal”.

No todos los días se estrena una película sueca y con pocos, muy pocos diálogos. Menos todavía en tiempos en los que las salas andan necesitadas de pirotecnias ruidosas para atraer a los espectadores a la taquilla. Es inevitable preguntarse, con cierta inquietud, si al ver en la sinopsis el asunto vampírico y el asunto adolescente los empresarios y distribuidores habrán pensado que tienen entre manos otro “Crepúsculo” y, por tanto, otro chollo, otra forma de hincarle el diente al bolsillo ajeno. No sé si lo que me preocupa de esa posibilidad es la salud de la sensibilidad de esos señores o que nos estén tratando como memos. Es probable que ambas cosas porque, a fin de cuentas, con tal de pagar entrada a ellos qué más les da.

No sé tampoco si habrán hecho cálculos respecto al retraso de su desembarco porque antes del estreno ya la podías ver en casa en Alta Definición y, además, en versión original. Que la película tenga poco diálogo no quiere decir que verla doblada sea una aberración porque hay poemas desnudos, estremecedores y estremecidos, que apenas ocupan una mínima porción de la página en blanco (en este caso la pantalla blanca que, a su vez, está perpetuamente nevada) y de esa desnudez brota precisamente todo su impacto. Tachar esos versos para poner otros encima, aunque sea con buena caligrafía, se llevará los vahos gélidos, los susurros nocturnos y el manto uniforme de silencio entre palabras llenándolo de pisadas.

Más allá de la liturgia de la sala de cine, “Déjame entrar” se ve, se escucha y se siente mejor fuera de ella. Las costumbres (no se concibe la versión original en el circuito comercial salvo en lugares concretos de grandes urbes) y la apuesta caprichosa de la tecnología por empeñarse en cultivar prodigios en unos lugares antes que en otros (la apabullante definición del BluRay confiere a estas noches nórdicas una presencia y una profundidad engullidora) son las responsables. La considerable riqueza que atesora esta película, tan amplia en lecturas y matices, es, sin embargo, la misma en todas partes y en cada proyección. Sólo hay que asomarse a ella bien abrigados y con el alma en el bolsillo.

Fantasmagoría 13 April, 2009

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VampyrAntes de la laboriosa reconstrucción llevada a cabo por Martin Koerber en 1998 para la Cinemateca de Bolonia a partir de fragmentos salvables de varias copias incompletas, “Vampyr” (1932), de Carl Theodor Dreyer, era una película prácticamente inédita. Ahora vuelve a ser absolutamente insólita y la interesante edición especial para coleccionistas en doble dvd a cargo de Versus lo confirma.

Es posible que el gancho comercial y la dificultad añadida de hacer pasar por caja una película que tiene casi 80 años lleve a anunciarla como una gran película de terror cuando en realidad, para ser justos, deberíamos referirnos a ella como una película “sobrenatural”, y no sé por qué pongo las comillas, como si dudara de que lo fuese o me pareciera raro. No a lo primero y sí a lo segundo. “Vampyr” es fundamentalmente rara. Pero no rara por espesa, no rara por rollo; es rara por razones atmosféricas, ambientales; inquietante y turbadora; ni da respuestas ni plantea preguntas. Entrar en “Vampyr” es entrar al otro lado del espejo y la pretensión de Dreyer al hacerla, creo, aunque esgrimir las razones que me llevan a pensarlo superarían el razonable metraje de este post, van en gran parte por ahí.

La otra parte vendría dada por la puesta en práctica de una experimentación regocijante que abarca muchos aspectos, desde la manera de contar (o no contar) hasta la forma de jugar con la cámara y la luz para encontrar nuevos efectos con la complicidad del director de fotografía y futuro realizador Rudolph Maté.

Las imágenes de “Vampyr” abarcan desde las brumas de un impresionismo visual:

hasta las sombras y las transparencias de un surrealismo onírico.

El pretexto es un relato de Sheridan Le Fanu adaptado libremente y la cara de pasmo y el porte hierático del barón Nicolás de Gunzburg, protagonista por capricho y porque paga el asunto, une las diferentes estampas de este más allá que Dreyer torna visible sin que el mundo que transitamos a lo largo de 73 minutos pierda su condición de fantasmagoría, transparente como un espectro y al mismo tiempo oscura, muy oscura, como esas sombras que se proyectan con insistencia en las paredes blancas de la película.

La composición estética del plano, con alegoría simbólica o sin ella, es una constante del cine de Dreyer que ya aparece en esta primitiva realización contribuyendo a añadir belleza y desazón que al conjunto no le falta.

Belleza y desazón son aquí elementos que se imbrican con naturalidad porque en esta frontera que cruzamos cuando se apagan las luces las cosas funcionan de otra manera. De hecho, tienen la inconsistencia de los sueños y los sueños (incluso los sueños dentro de otros sueños) aparecen y no precisamente, como pudiera pensarse, para justificar lo que vemos, sino para confundirnos y extraviarnos en un mar de interrogantes cuya irresolución no nos importa. “Vampyr” es impregnarse de una atmósfera mágica y poética, tenebrosa y agobiante; vivir con asombro una experiencia que solo sucede en los sueños que de pronto pierden pie y caen por el barranco de las pesadillas.

La edición de Versus viene con un segundo disco con interesantes documentales en los que Eric Rohmer, Truffaut, Henri Langlois y Jean-Luz Godard hablan, buscan y preguntan a Dreyer sobre su cine con el apasionamiento con el que estos cineastas ponían los acentos en cada plano que escrutaban. Dreyer responde cortesmente sin apenas mover los labios, introvertido, con un carraspeo y una tosecilla como si las palabras no tuvieran costumbre de salir, algo normal en un hombre que habló elocuentemente poniendo luz en rostros ajenos, escrutando el alma en primeros planos que transmitían un lenguaje universal.

“Vampyr” viene en dos copias. La primera, la reconstrucción de 1998, con las rayas del tiempo en el celuloide. La segunda, la restauración digital de 2009, sin las mismas. “Con” y “Sin”. En estos casos, yo prefiero “con”. Sabe mejor.

Nombramiento 7 April, 2009

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No me gusta nada, pero nada, el nombramiento de Ángeles González-Sinde como Ministra de Cultura. Como su antecesor, que tampoco me gustaba nada, muestra una aversión a la red fundada en un alarmante desconocimiento, o en un conocimiento decimonónico. O en una ceguera. “¿Para qué necesitamos un ADSL a no sé cuántas gigas?”, se preguntaba a sí misma en una entrevista en el diario El País hace ahora un año. Pues, desde luego, para bajarse una película suya no. Tiro para lo de las películas y las bajadas porque lo suyo viene en plan obsesión, en plan radical. Y así, mal vamos.

Es comprensible la alegría mostrada por el mundo del cine patrio ante su nombramiento. Menos comprensible es que un cine que pide protección frente a la “invasión” norteamericana de la pantalla cometa el disparate de hacer 200 títulos al año, de los cuales 195 o son rollos infumables o ni se llegan a estrenar, 2 son obras de directores que encuentran sitio en la cartelera por méritos propios, 1 es la sorpresa agradable del año y 1 se nos pasó.

La otra es “Torrente”.

Lo que no termina de comprender este cine es que se vale de la bandera de la cultura para obtener protección pública frente a un “enemigo” que es pura industria. No creo en los ministerios de cultura. No hay que subvencionar la cultura de esta manera: en todo caso, hay que fomentar una cultura de base y eso se encuentra en otro departamento: educación. A la larga sale mejor y más barato. Y me saca un poco de quicio que estos señores se empeñen en que veamos esos productos tratándonos como si fuéramos cortos, incultos y sin criterio, incapaces de pensar por un instante que, a lo mejor (a lo peor), lo que hacen no gusta y punto.

Pero esta ministra cineasta va a meter tijera, al (poco) tiempo, en el asunto de intercambio de archivos. Indiscriminadamente, me temo. Es de las personas a las que le enseñas la tarjeta donde pone INTERNET y la tarjeta donde pone INTERCAMBIO y ya se imagina que te vas a bajar la filmografía completa de Garci antes que pensar que también puedes compartir una tesis doctoral con alguien de Noruega.

A mí, personalmente, la filmografía de Garci me da mucha pereza; tampoco es que tenga una tesis doctoral que intercambiar con Noruega ni con otro sitio pero a lo que voy es que por “salvar” el cine español nos van a dejar sin series norteamericanas, ya lo verás; bueno, ya no lo verás. Un acto, por otra parte, donde no consigo ver la bandera pirata y sí (ya puestos) una correcta cultura audiovisual. Porque si nos bajamos las series de allí es porque:

a-están en el formato correcto, que la lista de series que pierden en el camino las franjitas negras arriba y abajo empieza a ser notable.
b-se ven mejor, porque vienen en Alta Definición y
c- están en versión original, y así el producto llega sin adulteraciones.

Vamos, que cumplen todos los requisitos por los que claman estos señores ante los incultos ciudadanos a los que pretenden abrir los ojos.

Aún podemos ir más allá y entrar en el asunto monetario, que al fin y al cabo es lo único que cuenta (porque es una industria, insisto). Y aqui tampoco acierto a ver ningún acto feo. Estas series no restan espectadores a ninguna taquilla: la mayor parte de ellas se financian con publicidad privada, no con una entrada ni con una subvención, su primera emisión, en multidifusión por los diferentes husos horarios de los EEUU y los tropecientos canales existentes, ya ha sufragado en la mayoría de los casos su coste y generado incluso una porción de beneficio, beneficio que irá en aumento en su distribución posterior a nivel internacional a pesar de las descargas.

¿Para qué necesitamos un ADSL a no sé cuántas gigas? Pues para lo que nos dé la gana, faltaría más. Para bajarme “United States of Tara”, para mantener una videoconferencia profesional o personal. Cuando esta señora sea informada de que hay distribuidoras, las mismas que ponen las películas en los cines, que ya ofrecen cine por internet mediante pago (cosa que debe saber porque hasta ahora ha sido Presidenta de la Academia de Cine y conoce el negocio) y que para que el cliente pague por esos contenidos se necesitan no sé cuántas gigas se contestará a sí misma: pero qué australopiteca fuí. Pero será tarde para muchas cosas.

Como en el caso de la SGAE, hay gentes que en lugar de subirse al AVE de las tecnologías se empeñan en ir en diligencia; que en lugar de adaptarse a las nuevas y fascinantes posibilidades se quedan enquistadas en tiempos y prácticas inquisitoriales, viendo el demonio en todas partes. Pero lo malo es que mandan. Pena.

Entrega 23 February, 2009

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Recientemente cité “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”, película con un título tan largo como grande es toda ella. Dentro de la película debe de haber muchas palabras, dicen, pero es curioso que yo la recuerdo por sus silencios, elocuentes, eso sí. Y por la luz, una luz que envuelve a los personajes recogiéndolos en sí mismos al mismo tiempo que los radiografía perfectamente a nuestros ojos. Es una película elegíaca, crepuscular en todos los sentidos y los sentidos la transitan con admiración y silencio al compás de su ritmo, pausado, o eso queda también en el recuerdo a falta de una nueva revisión.

Algo de eso habrá, seguro, porque el verdadero climax argumental es en realidad un anticlimax pues no dibuja un pico especial en la gráfica que registra sus latidos. Y sin embargo, está sutilmente deslizado y sucede con precisión matemática en el mismo ecuador del metraje, aglutinando lo anterior, haciendo cuentas y preparando el desenlace con el resultado ya en mano.

La secuencia tiene lugar en una última cena de connotaciones simbólicas. En la cabecera, el legendario forajido Jesse James, invitado de honor en casa de sus secuaces, los hermanos Ford. No es fácil digerir una cena con Jesse James, tal es el respeto que infunde, tal es su irascibilidad, los misteriosos e imprevisibles senderos que recorre su sentido del humor. Uno no sabe cuándo y cuánto reir a un comentario chistoso suyo, ni si el comentario es en sí una trampa que dice como te rías te mato, o si realmente todo es más sencillo que eso y si sale un chiste entre plato y plato se ríe y que venga el postre. Temor, veneración y respeto. Es Jesse James. Cuidado, forastero.

En el extremo opuesto de la mesa, frente a él, está el pequeño de los hermanos Ford. Es un chaval introvertido, de pocas palabras o de bastantes y torpes. O eso parece. En esta película es conveniente tener eso a mano, tanto como el revolver: dudar, no dar nada por sentado. Ambigüedad es la palabra. Ambigüedad es aquí una palabra que se extiende como un manto elástico cubriéndolo todo. Los minutos se suceden, el vino y la comida relajan las ataduras que hasta entonces mantenían tensa la atmósfera y entonces alguien deja caer, como diversión de postre (riámonos un poco del pequeño) que el pequeño Bob es un secreto e incondicional devoto de Jesse James desde la infancia. A Jesse James se le levanta una ceja, eso parece haberle interesado, y se dirige con la mirada al pequeño Bob pidiéndole que le hable de esa historia. Risas. No de Jesse James, que mira serio y desafiante; no del pequeño Bob, incapaz de levantar la mirada del plato.

Las risas, a media voz, transcurren en el intermedio de esa mesa larga a cuyos extremos se sientan el venerador y el venerado.

Jesse James quiere escuchar la historia de la propia voz de su protagonista y si Jesse James quiere algo hay que seguirle la corriente, a poder ser con celeridad. Nunca se sabe. De nuevo aparece en escena la ambigüedad: ¿por qué esa insistencia por parte de Jesse James? ¿Es un simple divertimento no exento de sadismo el que busca al poner a prueba al balbuceante y tembloroso admirador o es acaso esa sonrisa cínica el disfraz que utiliza el héroe para disimular un interés ante un sentimiento inconfesable? Tachán es una onomatopeya que podría sonar en nuestros oídos pero, sin embargo, lo que percibimos en ese instante es un silencio denso y tenso que se podría cortar con uno de los cuchillo que hay sobre la mesa.

Habla, cuenta, pide Jesse James.

Y el pequeño Bob lo intenta, qué remedio, al principio de una manera confusa, guarda en su habitación, desde niño, bajo la almohada, las historias que la prensa ha contado sobre las aventuras de Jesse James, las relee todavía por las noches aunque las sabe palabra por palabra de memoría. Sí, bueno, ya sabe que la prensa ha hecho literatura de los hechos, que lo que allí está impreso está multiplicado por diez pero qué importa cuando él lo multiplica por cien.

El pequeño Bob confiesa esos secretos mientras juguetea nervioso con su tenedor dando vueltas a la salsa.

Al otro lado de la mesa, Jesse James sonríe condescendiente y satisfecho.

Prosigue, vamos.

Y Bob continúa, ahondando en detalles que ya no están impresos en papel de periódico manoseado por el uso sino que ya son suyos, reflexiones propias, sentimientos propios que vuelven su discurso más confiado y fluído al comprobar que el interés de Jesse James no ha decaído, que Jesse James no ha dicho cállate, imbécil, me aburres.

La cámara inicia un lento acercamiento al rostro de Jesse James al mismo tiempo que lo hace al de Bob Ford. El ritmo al que lo hace es al de las palabras, concretamente al del argumento que llevan esas palabras. Al acercarse a Jesse James le está quitando la máscara y deja entrever cierta inquietud que se apodera del héroe. Al acercarse a Robert Ford nos está asomando a un corazón que, confiado, se abre derribando los obstáculos de la prudencia.

En el momento en el que la revelación está dicha a falta de decirse explícitamente, Bob Ford levanta al fin los ojos y los posa en Jesse James. Es la imagen misma de la entrega. Una entrega incondicional.

Frente a él, un hiératico Jesse James sostiene la mirada. Los murmullos y las risas de los otros han cesado. No nos sentimos capaces de interpretar la mirada de Jesse James, si es un sí, un no, un lo sabía, un lo mismo siento, un pero qué imbécil eres, chaval, un pero que par de bemoles tienes. No lo sabemos. No lo sabe nadie. Por eso el tiempo parece detenerse infinitamente en los escasos segundos que dura el plano estático.

Jesse James despega lentamente la espalda que hasta entonces estaba apoyada en el respaldo de la silla, apoya los brazos en la mesa y desliza hacia adelante la cabeza, como si fuera a decir algo importante, como si fuera a pedir confirmación de algo no escuchado con suficiente claridad.

Nuevo silencio.

Y justo entonces, nos sobresaltamos, ellos y nosotros, los que están dentro del cuadro y los que estamos fuera, ante la estrambótica carcajada que el forajido da como respuesta al largo y sentido discurso de Robert Ford.

Todo ha sido un juego. ¿O no? Ya hemos dicho antes que la ambigüedad planea sobre esta película constantemente. No sabremos si Jesse James ríe tras haberse divertido un rato o si lo hace para disimular algo. Hay risas estrambóticas y sonoras que nacen de los nervios y que pretenden acallar murmullos internos. Nadie nos despejará la duda pero, a cambio, sucederá algo notable, un punto de inflexión en esta historia que tiene lugar en un mismo plano, el de Bob Ford que recibe en la cara los salivazos de esa carcajada zafia cuando todavía tiene la expresión embelesada. Bastará un instante para que baje la mirada, humillado y avergonzado, y la vuelva a levantar, ni humillado ni avergonzado, pero sí con un matiz totalmente nuevo que esta vez no necesita de palabras: Robert Ford sabe, porque así lo acaba de decidir, que va a matar al legendario Jesse James.

Esto viene a demostrar lo que el dicho ancestral no se cansa de repetir, que del amor al odio hay un paso (o unos pocos fotogramas) y que Casey Affleck hace un trabajo grande, grande, y que se tenía que haber llevado el Oscar para el que estaba nomidado el año pasado por este trabajo, leñe.

Moral 31 January, 2009

Escrito por emejota en : Cine , 6 comentarios

YumaNo está el western entre mis predilecciones. Demasiado polvoriento todo. Y esa trascendencia en las miradas diciendo cuida que disparo yo primero, forastero, suele parecerme demasiado teatral y me aburre. Es cierto que hay películas de Ford maravillosas pero a veces encuentro en alguna mucho mascar de tabaco, mucho pasarse el pulgar por los tirantes, sentimentalismos de domingo y el típico viejete gracioso de Saloon sin dentadura que guiña el ojo todo el rato y que se llama Joe o pregunta por Joe.

Mucha pereza.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte ha habido un resurgir del género que recientemente ha dado (cosecha de 2007) dos obras excepcionales como son “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford” (Andrew Dominik), elegía preciosa de aire contemplativo que uno no se cansaría de ver y de sentir, de ver y de sentir, y “El tren de las 3:10″ (James Mangold), remake de una película de Delmer Daves rodada cincuenta años antes.

“El tren de las 3:10″ llegó a España con un año de retraso y no se detuvo hasta ayer por la noche en la pantalla de mi casa, las luces apagadas, el mando en la mano y el dedo en el play. Y una gozada. La historia cuenta el traslado de un forajido al tren que le llevará ante la justicia escoltado por un pequeño grupo de hombres entre los que se encuentra, por fuerza mayor, económica, un buen tipo, padre de familia que se dejó una pierna en el campo de batalla en defensa de la patria y al que el cacique del lugar ha privado primero de agua para regar sus tierras, ha prendido fuego a su establo después y le ha dado el ultimatum para que abandone el lugar llevándose a su mujer y a sus dos hijos.

El forajido es Russell Crowe, el tipo que necesita el sueldo extra es Christian Bale, los demás cuentan menos aun haciéndolo redondo porque lo de estos dos es un duelo mayúsculo y no de los de pistolas precisamente, aunque el dedo se les deslice alguna que otra vez al gatillo, recelosos el uno del otro. Aquí el duelo es, en primer lugar, interpretativo. Brillante. Crowe alza la ceja y luce sombrero como pocos. Bale es Bale como nadie. Dentro de la piel de los personajes que ambos bordan a la perfección se establece otro duelo de tipo moral. El hombre de principios rectos (“una cosa es pensar en matar a alguien y otra hacerlo”) y el hombre sin principios, ni rectos ni curvos. Y mientras transcurre el largo viaje, con los secuaces del forajido siguiéndoles los pies, sombra y amenaza constante, hay tiempo de sobra para las palabras que siembran la duda y la tentación.

A Christian Bale le tocan la moral en esta película y Crowe disfruta con ello ofreciéndole en billetes la inmediata solución a sus problemas a cambio de que le deje escapar, una oferta que supera con creces la acordada por la justicia como retribución por los servicios prestados. La justicia aquí no cuenta con una digna representación precisamente. Bale está solo y encaja el golpe y el siguiente y el otro, testarudo que es Bale, y no lento precisamente en las réplicas; algo hay de caballero oscuro siempre en Bale por muy rectas que sean las líneas de su guión (guión, todo sea dicho, generoso en referencias y homenajes). Se tambalearán los cimientos de frío mármol de Crowe, claudicará Bale a quien le toca empezar la película con el vaso a pocas gotas de colmar su paciencia?

En la película hay acción y reacción, tensión in crescendo conforme las agujas del reloj acercan al dichoso tren al andén de la estación aun cuando en ocasiones haya que esperar escondidos en la habitación de un hotel. Es curioso cómo la tensión tira de los extremos de la cuerda a pesar de que la acción se haya ido a echarse la siesta un rato. Este tren de las 3:10 a Yuma tarda 120 minutos en llegar pero pasan sin que uno apenas se entere. Eso es buena señal, muy buena señal.