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Autógrafo (XV)

(Isabel)

Sin desmerecer a nadie, se comprenderá que este autógrafo me haga especial ilusión y, por eso, requiera de un pie de foto. Es el autógrafo de mi sobrina Isabel. Isabel entró en este blog cuando apenas sabía hablar o lo hacía de aquella manera (en el archivo hay muchos posts que dan testimonio de eso) y cuando sea mayor habrá pantallas que no requerirán ni teclado ni siquiera el uso del dedo para deslizarse por ellas sino que igual un guiño de ojo servirá para entrar aquí y leerse en su infancia y sonreir un poco. Lo que lea es lo que fue. Hay palabras que valen, en ocasiones, más que un álbum entero de imágenes.

Ahora Isabel viene a comer con Carlos y en la sobremesa se ponen los canales de dibujos animados de la tele de fondo y sobre la mesa, las hojas de papel en las que dibujan animadamente puesto que prosiguen en su empeño de restaurar la fachada del frigorífico. Hoy mismo, Carlos ha desmontado una pintura rupestre y la ha sustituído por un fresco de verano de contornos más definidos y colores más vivos. Y es cuando se me ha ocurrido decirle a Isabel si podría escribirme lo que pone arriba, y le he dado las instrucciones del juego de los autógrafos: todas las palabras tienen que empezar con mayúscula menos una. Vale, ha dicho ella. Y ha cogido el boli y le ha salido a la primera, aunque lo ha escrito como le gusta dibujar a ella, con las rodillas en el suelo y la hoja apoyada en la mesa baja del salón rodeada de lápices de colores.

En el autógrafo de Isabel, las palabras van cuesta abajo, comprensible porque a los 7 años ya se sabe distinguir la derecha de la izquierda pero puede que se dude a ratos de dónde cae el Norte y dónde el Sur, si van arriba o abajo. No me ha pasado desapercibido el espacio en blanco entre las palabras. Yo lo quiero interpretar como el tiempo que ha habido este curso sin poder dedicarme a jugar con ella como el año pasado. Ya sé que ella no lo hace por eso pero yo lo interpreto así porque me da la gana y porque así ha sido realmente. Pero este verano, poco a poco, volvemos a reencontrar la sintonía que se consigue recabando tiempo y, sobre todo, recuperando el rumbo de las cosas. A los 40 años y aunque tengas la EGB muy buen puesta en la mochila, hay momentos en los que la aguja de la brújula pierde la dirección que apunta al Norte de las cosas hasta que llega un día que suspendes (de suspender, parar) la asignatura que cursabas y retornas a casa.