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Actualización 23 marzo, 2012

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Actualizando mi Curriculum Vitae:

-Acepté el reto de Pepsi en 2010.
-Soy autor de una armonización brevísima que, sin embargo, me llevó cuatro años completarla, desde 2008 hasta 2012 (hasta esta mañana, concretamente) Eso no quiere decir necesariamente que sea incompetente; tampoco quiere decir necesariamente que sea perfeccionista hasta encontrar la nota exacta debajo de las alfombras. En realidad, no sé que quiere decir necesariamente. Se trata de una melodía del folklore vasco que se titula “Kanta, kanta dezagun” y aparece en el Cancionero de Azkue.
-La visión de chipirones en su tinta crea automáticamente una zona de exclusión de varias decenas de metros que no oso traspasar en largo tiempo.
-Empecé a vaciarme de mí mismo a finales de 2009. Es como si se hubiera secado un tallo que llevaba una savia necesaria (que no sabia). No obstante, y por lo que parece ser y escucho, por fuera se me nota menos.
-Nunca he utilizado la palabra “admonitorio”
-Ya puedo volar en avión. Lo pongo por si hace falta.
-Se me han olvidado todos los libros de Paul Auster menos “El libro de las ilusiones”. Qué desilusión, o qué pérdida de tiempo.
-No sé a quién protestar sobre el hecho de que los deportes sean las únicas cosas con potestad para desplazar a las noticias de su puntualidad en la radio y en la tele.
-Voy a ser tío por tercera vez. Es chico.

Primavera 21 marzo, 2012

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 7 comentarios , trackback

Aunque la mañana está sombría y llueve, aunque las noticias hablan de la nieve blanca caída en la ciudad oscura, y aunque parece que hoy es primavera sólo en El Corte Inglés (ese invento tan setentero y anclado en el tiempo, El Corte Inglés, tan bunkeriano y tal) creo que me he reconciliado con la primavera.

Entre tanto hospital, tanto ir y venir al hospital, tanto ir y venir por esos pasillos, de la planta baja, de la planta cuarta (exuberancia de plantas en el hospital), tanta prueba diagnóstica acumulada, que si una sangría de medio litro, que si un scanner con contraste intravenoso yodado, vi los almendros florecidos, sus explosiones de nata y fresa, y los vi una mañana fresca en la que el sol te hacía cerrar los ojos con placer porque resultaba agradable, sumamente agradable, como si te meciera, y aspiraba el olor fresco a verde nuevo, y escuché el alborozo inquieto de los pájaros (misterio el eco del canto de los pájaros, tan distinto el de unos y el de otros, como si el espacio transparente del aire tuviera diferentes opacidades). Sí, lo sé, lo he visto, me ha salido una frase muy larga, larguísima, y no ha llegado a conclusión alguna. Pero es una metáfora de lo que hay: porque las pruebas han sido largas pero todavía no han llegado a conclusiones diagnósticas definitivas, y porque de tan largo y variado lo sucedido me daba pereza ponerme a escribir. A veces, uno pierde el sentido de la síntesis y, además, tiene que priorizar el tiempo cuando de atender al trabajo y a los dolores y a las citas con los médicos se trata.

He hecho muchas cosas en los pocos ratos no hospitalarios y me queda la satisfacción primaveral, es decir, vivificante, de haber cumplido con todos y cada uno de los compromisos: las clases que surgen de quienes se ven náufragos ante la inminente colisión con el iceberg “findecurso”, la clase de cine pendiente con mis queridos Senior de la Universidad, en Pamplona, a quienes llevé a través de “La noche del cazador”, ese cuento mágico de Charles Laughton, los artículos en el semanario en el que colaboro, y alguna cosa más que ahora no recuerdo. He leído mucho y he ído al cine. En dos películas hice oh y en otra zzz. La próxima semana, a Bilbao de nuevo, pero esta vez para hacer de guía por el monumento sonoro de la Pasión según San Juan de Bach. Muchas ganas. Luego habrá que volver al hospital. Hay, con bastante probabilidad, operación en el horizonte, pero hay que pensarlo, al parecer. El cómo, el cuándo, el momento preciso, el tener en cuenta las variables de un organismo cuyo sistema inmunológico se agrede a sí mismo porque no funciona correctamente, y el de una médula que se ha vuelto loca y le da por hacer cosas raras con la sangre. Y lo que haya por debajo, si es que lo hay. Por ejemplo, fue el médico, cuál, uno de ellos, a auscultarme por protocolo puesto que de lo que se trataba era de vigilar el riñón y tuvo que pedirle a la enfermera que trajeran el aparato del electrocardiograma. Glups, quise decir yo. Es que ha sido auscultarle y he oído una arritmia y quiero cerciorarme, respondió el médico con el ceño fruncido. Glups, volví a decir yo, porque no es la primera vez que alguien escucha una arritmia y mi árbol genealógico cardiaco es de infarto (en sentido literal y figurado). La gráfica fina del electrocardiograma salió bien dibujada pero el médico se quedó con la mosca detrás de la oreja, por lo menos se le quedó cara de eso. A mí me pasaría lo mismo.

Entro a este cuaderno con la entrada de la primavera y quito telarañas. Limpieza de primavera de Peter Pan, contaba el libro encantado y desencantado. Yo ahora tengo que pasarme por la oficina de Correos, dando un pequeño paseo bajo la lluvia, pero dejo la puerta abierta a las palabras.

Desdecir 4 marzo, 2012

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 15 comentarios , trackback

Previamente, en el blog:

Eso escribí el pasado uno de febrero, con un deje de suspense, la sonrisilla en los labios, los dedos deslizándose sigilosos para no pulsar una tecla de más.

Prosigamos.

La vida nos desdice, nos rectifica, nos mueve como si fuéramos marionetas en manos de un titiritero. Si lo hace por azar, por fastidiar o porque tenemos un ángel de la guarda (sensación que no es nueva para mí, aunque siempre es desconcertante) no lo sé, pero el caso es que lo que quería decir sin decir en ese párrafo es que hoy tenía que estar en Nueva York, de regreso a Park Slope, Brooklyn, pero no ha podido ser. Dejemos para otra ocasión las razones del regreso y centrémonos en las que lo han impedido. Fue el cólico. El del riñón. El cólico de hace nueve días. Pasó dejando un punto doloroso fijo, de esos que no sabes si son residuo resentido tras la tormenta o tormenta latente todavía que toma aliento para el próximo envite.

Es inevitable pensar que tienes por delante un viaje muy largo (casa-Madrid/Madrid-JFK/JFK-Brooklyn) en una jornada que por cuestiones de los husos horarios iba a durar más de 24 horas estirándose hasta las 30. Es inevitable pensar si al riñón le dará por hacerse notar al poco de despegar, qué se yo, en el minuto veintisiete de vuelo, pongamos por caso, y te ves encerrado en un tubo largo sin posibilidad de escapatoria hasta dentro de ocho horas vomitando y tal. Un horror. American Horror Story, para ser precisos. Es inevitable, en definitiva, ser sensatos y acudir al médico.

Acudir al médico porque tocaba, todo sea dicho, aunque las circunstancias alteraron el menú del día. Pasa esto, le dices al médico. Y de postre añades que me voy a Nueva York mañana a las 8 de la mañana. Silencio momentáneo flotando en la consulta, rumor de voces en el pasillo. Quizá no sea aconsejable o no pueda ser, contestó el médico, y apartando el historial médico abrió hoja nueva en el monitor de ordenador dijo, vamos a centrarnos en este asunto y el motivo de esta consulta lo posponemos, le parece? Yo puse cara de qué remedio, aunque se me quedaron las ganas de decirle al médico que no me tratara de usted, porque me sonó a preludio de tenemos que hablar, fórmula tantas veces oída en los seriales médicos de la tele y temida cuando de la vida real, esa que no tiene anuncios, se trata.

Qué nos dirá si no es aconsejable o si no puede ser, le pregunté al médico. La ecografía que le estoy pidiendo, contestó. El médico tecleó, dejó de teclear, me miró por encima de sus gafas y me dijo: tengo que advertirle que dé por perdida la tarde, esto va por Urgencias y ya sabe. Ya sé, sí.

En Urgencias había un señor a mi izquierda con un dolor súbito en el brazo izquierdo y una señora a mi derecha con una neumonía. Yo miraba al frente y pensaba que para un inmunodeprimido como yo, estar en un lugar así es como para coger de todo, leñe. Sonó mi nombre. Contado así va rápido pero la realidad está plagada de silencios, esperas y desesperos. Ahora pasan dos cosas: una, que siempre me ha sorprendido la sinuosidad del pasillo que lleva, en este hospital, al habitáculo penumbroso del ecógrafo. Es como si ir por la trastienda del hospital, esto es, por Urgencias, fuera para el arquitecto del hospital como ir por detrás de un decorado. La segunda cosa es la temperatura fresca de la habitación, frescura reclamada por la tecnología, al parecer. Y parecer no sé, pero aparecer apareció rauda la ecógrafa, joven ella, joven pero escrutando la pantalla con una seguridad de quien ha leído muchos ecos y sonidos. Posó el aparato de extremo redondeado por la piel untada en el gel frío y viscoso que tanta cosa da y pronunció una exclamación que pilló de sorpresa al chicle que llevaba en su boca. Uff, dijo a continuación. Como yo no podía hacer tap tap con el pie, porque estaba tumbado, me giré rompiendo todo protocolo y le pregunté, qué, así, sin más. Pues qué quiere que le diga. Pues parece que ya está todo dicho. Adónde dice usted que iba, perdón, que va mañana. ¿Iba?, subrayé en negrita. Es que, dijo ella, a veces hay que buscar a ver si hay piedras en el riñón pero en su caso es que, buah, se dejan ver solas y hasta con destello. Yo: ¿Entonces hay más de una? Ella: Entonces hay como para hacer un collar de piedras a su mujer (si es que usted está casado)

Me sonó más raro lo del usted y lo del casado que el resto, pero volviendo a mirar al techo, tumbado como estaba, con los brazos tras la nuca, como si estuviera tomando el sol en la playa (frase textual de la ecógrafa para indicar cómo tenía que ponerme) me imaginé en esa playa viendo pasar al Airbus de Iberia dejando su estela blanca en el cielo azul. Bye, decía una voz en alguna parte. El médico asomó la cabeza, intercambió miradas con la técnico, asomó la cabeza y la mirada al aparato y dándome un toque suave al hombro dijo: espéreme unos minutos que ahora vuelvo, tenemos que hablar.

Tenemos que hablar, la frase.

Estuvimos hablando en el box 3 sobre el problema. El problema es que dos de los cálculos encontrados en mi riñón derecho tienen un tamaño mayor que un garbanzo. Y no pueden salir, claro. Y luego hay otros que podrían obstruir el ureter. Y hay por lo menos otro en el riñón izquierdo y… En fin, que no hay viaje, pregunté sin preguntar con el tono en el que se dicen las cosas que ya sabes pero que no te gustaría saber. Creo que es un riesgo, dijo el médico, y en un trayecto tan largo, más. Además, prosiguió, dado el tamaño de esos cálculos hay que practicar enseguida una litotricia (visualíceseme sentado en un taburete de esos circulares donde en realidad se sientan los médicos para explorar, escuchando, llevándome una mano a los ojos como el que exclama anda, la cartera, y volviéndome pequeño, muy pequeño, o quizá fuera el taburete el que se volviera grande, como en la tarde de Alicia)

Aceleremos, porque el riñón dolía (y duele). El médico redactó un informe que fue lo suficientemente contundente para que, al menos, pudiera obtener el reembolso íntegro del viaje (lo cual no es poco) y lo suficientemente contundente para que la consulta preferente solicitada a urología fuera tramitada al instante. En conclusión: en tierra, dolorido (más vale que no estoy allá, la verdad) y esperando a que mañana, al punto de la mañana, se decida cuando empieza ese proceso que lo venden como una técnica que es el no va más de la modernidad, que te machaca los cálculos sin necesidad de bisturí, pero que no te ahorra la colección de cólicos necesarios hasta la expulsión sanguinolenta del material residual si no hay complicaciones mediante, toquemos madera

A estas horas del domingo, yo pensaba estar atravesando el puente de Brooklyn pero he atravesado el pasillo hasta la cocina para visitar la caja de Buscapina. No puedo evitar pensar, no obstante, que lo que en un principio me hizo exclamar pero qué oportuno, pero qué oportuno, al final ha sido justamente eso, oportuno. Pero meterme en el túnel de las litotricias, con sus ramales inciertos, sus cólicos de serie y tal se me está haciendo cuesta arriba. Este post un poco también, la verdad, pero es por el dolor, que no es compatible con la postura ni con el teclear y nubla un poco la concentración.

Continuará.

Fotografía 28 febrero, 2012

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Dice el poeta, en ese verso genial, que “la luz no se ve”. Pero igualmente genial es descubrir que sí, que sí se ve. Cual anacrónico impresionista de andar por casa, estoy descubriendo la luz. Con verdadera fascinación y asombro, añado. Todo a raíz de que hace unas semanas me diera por ponerme ante una de mis asignaturas pendientes: la fotografía. No la fotografía de las máquinas compactas, automáticas, de esas que lo único que tienes que hacer es mirar y disparar. No. Hablo de tener en las manos una cámara réflex y decidirte a adentrarte en la aventura de la luz, cosa difícil, muchas veces ingrata; otras, por lo mismo, altamente gratificante. Me cité un día con Blanca, todoterreno en estos asuntos del diafragma, la velocidad de obturación, las sensibilidades, fotógrafo de los tiempos del negativo de verdad, de esas máquinas que nos hacen admirar a quienes las usaron, sin red, acostumbrados como estamos nosotros a que todo nos lo haga todo. Blanca era la profe perfecta porque, a, lo que acabo de decir, b, la confianza, c, la pasión por lo que hace, d, su capacidad para contagiarlo con altas dosis de pedagogía y honestidad en la didáctica, e, su generosidad. Y, por si faltara poco, f, su su energía unida a su sentido del humor. Suma todo lo anterior y se comprenderá que la citara un día, en una cafetería, en plan emboscada, je, soltándolo así, de golpe, me enseñarías a adentrarme en este misterio, porque para mí siempre lo ha sido, la luz, qué cosa, atraparla, dibujar con luz la misma luz que te mueve cosas por dentro y, al dibujarla, ser capaz de meter en el encuadre algo de la emoción que esa luz te suscita.

Y así, limitadito de entendederas pero tozudo, lo primero de un tiempo a esta parte por el desgaste de la edad o el desgaste en general (supongo) y lo segundo porque viene de serie y se agudiza por lo anterior, volviéndome tozudo al cuadrado, me paralizó, en plan asombro, en plan quedarte así, con la boca abierta, descubrir la luz. Lo huidizo de esa luz. Lo difícil que es convencerle a la cámara de que vea lo mismo que ves, porque la cámara hace lo mismo, tozuda como tú, y te quiere convencer de que lo que ve ella es lo correcto. Descubres, entonces, con desconcierto, que la cámara, viendo lo mismo, ve de distinta manera: no ve la luz proyectada en el lienzo de las cosas, ve la luz que reflejan las cosas. Hum, dices por dentro, porque puede parecer en la práctica lo mismo pero no, no lo es. Y mientras tanto te haces con la máquina, con la cámara, estas reflex digitales que hacen de todo pero, ojo, si les dices cómo, y aún así, todo tan escurridizo, todo tan delicado y sutil, que si mides la luz (expresión maravillosa: medir la luz, medir la luz) y lo haces allí, el ojo de la cámara te quema el cielo azul, devolviéndotelo blanco, y si mides un trocito más al lado, te regala el cielo ansiado pero te oscurece hasta las tinieblas lo que tus ojos ven en sombra, sí, pero perfectamente definido y visible su contenido.

Para medir la luz hay que ver la luz, y pensarla, pensarla poéticamente, si se me permite el atrevimiento, porque una vez que te sueltas un poco de la mano de los números y las teorías y te decides a dar tus primeros pasos por instinto, te la das muchas veces contra el suelo pero otras avanzas un poquito, y luego otro poquito. Qué placer seguir al instinto cuando miras por el visor y algo por dentro hace que compongas un encuadre con esa rapidez misteriosa y convencida, la misma que conoces de la aventura de componer ante el papel pautado, la misma que conoces de la aventura de escribir una frase que lo dice todo mejor que la que acabas de borrar, diciendo lo mismo.

Hacer la incursión y la excursión a las luces de un crepúsculo de invierno, en ese instante tan maravilloso como puñetero, porque las condiciones de luz están al límite y reduciéndose por momentos, es fascinante si buscas el acuerdo con la cámara de manera que lo vea todo, o al menos como tú lo ves, o como tú quieres que lo vean: que no se pierda la gradación que asciende del fuego del horizonte al negro noche, con la estela de azules infinitos intermedia, tan sugerente, tan bella, que lo capte, que lo atrape, pero que al mismo tiempo sea sensible al sendero que se proyecta hacia el infinito, teniendo la deferencia de no borrarlo en un tachón negro y definitivo sino que mire en él, como si tuviera que transitarlo; en fin, conseguir eso, con el silencio de la paciencia y la constancia, la concentración casi en recogimiento, tú y la luz, el silencio ambiente, el silencio invernal del termómetro y el crepúsculo, es el descubrimiento de estos días, como lo es el estallido naranja del sol en las fachadas, y tantas cosas.

En eso andamos, entre pitos y flautas. Sin Blanca, todo estaría negro, valga el mal chiste, malo pero certero. Blanca se ofreció a enseñarme los fundamentos de la fotografía, confiada en que iba a picarme el gusanillo, y así ha sido, pero lo que me ha puesto en bandeja, en realidad, es el descubrimiento de un lenguaje, de un medio de expresión, del cofre del tesoro, porque a mí las cosas me tienen que latir, a mí la vida me suena así, en el latido de las cosas y he vuelto a sentir el pulso y eso es bueno.

Escribir con luz, oh maravilla.

Incidencia 27 febrero, 2012

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Fue el riñón. El derecho. Un cólico, sí. Abramos un paréntesis para añadir (y muy inoportuno). Anda, y cuándo pasó. Pues el viernes por la tarde, y se hizo notar en el momento justo en el que Pablo hacía una pregunta: este acorde, qué es. Esa fue la pregunta y, zas, un punto, o un punzón candente, un aguijón. Es una cosa sutil al principio y uno confía que sea un tirón para que no sea cólico, y si es cólico que sea moderado en la escala Richter de los cólicos. Hay un momento en el ascenso en la tabla en el que sabes que no hay retorno y es cuando empiezan a subirte unas bilis o unas babas raras y vomitona al canto. Ya, ya sé que no es agradable leerlo, pero menos agradable es pasarlo. No obstante, no nos adelantemos. No hemos presentado a Pablo, por ejemplo, que lleva viniendo a casa con periodicidad semanal desde hace un mes y medio porque quiere presentarse a una prueba en el conservatorio y la sacará porque puede, tiene potencial, mucho. Pablo estaba sentado al piano y al terminar un ejercicio dijo que tenía una pregunta y a mí me gusta que tenga preguntas que hacer porque cuando lo hace siempre plantea cosas interesantes, así lo advertí desde el primer día. Puso su mano larga sobre las teclas y preguntó: este acorde, qué es. Y al incorporarme un poco hacia adelante desde la silla en la que estaba sentado yo, a su derecha, para asomarme al mar de teclas fue cuando, zas, pero no dije nada. Suele haber un tiempo entre el zas y el big bang del cólico o entre el zas y la falsa alarma. En ese intervalo, vi el otro intervalo, el que marcaban las manos de Pablo sobre las teclas (curiosamente, teclas negras, como negra se ponía la cosa) y respondí, y al hacerlo, para variar, me llevé la respuesta ramas arriba, por las ramas, y que si tal y que si ésto y que si lo otro, y si lo hice fue porque a Pablo, en realidad, eso le gusta, lo sé, se nota y me lo ha dicho, y porque igual pensé, ingenuo de mi, que así el cólico se despistaba, qué se yo.

Pero no.

Terminamos la clase (no me las voy a dar de héroe, pero la cosa se mantuvo en un grado perfectamente soportable aunque mosqueante, como todos los cólicos) y fue al levantarme para acompañar a Pablo lo que hizo que la cosa se moviera, la piedra, el termostato del dolor, el todo junto que hace que al cerrar la puerta con un sereno hasta la semana que viene vayas directo al cajón de los medicamentos, sector emergencias, y busques atropelladamente la Buscapina y el Nolotil (ampollas), el cóctel que te chutan en Urgencias por vía. Pero a Urgencias no voy a ir, pensaba mientras rebuscaba entre las cajas hasta dar con una de Buscapinas (caducada? No, alivio) y otra de ampollas (caducadas? No, alivio) de Nolotil y, hala, cóctel al gaznate, puaj, y corriendo a buscar la manta eléctrica para templar el costado. Vamos, lo de siempre, aunque del último ya ha pasado tiempo. Y del último fuerte, más tiempo aún. Qué oportuno, pensaba yo entre dolores, ardores y vomitonas, qué oportuno. Y fue entonces cuando recibí un mensaje de la vecina:

-Estos saliendo ya del cole, vecino.

(Puso estos en lugar de estoy porque lo escribió bajando escaleras o caminando por la calle con los cartapacios de papeles encima y, claro, no atinas)

Recordé que había quedado para cenar. Cenar. Vomitona al canto. Hay momentos en los que una palabra te mueve sentimientos y otras veces te remueve las tripas. En resumen: sin cena, con cólico y con una noche toledana/tudelana por delante de esas que hacen que al día siguiente seas tu propia sombra (cosa normal) y si te he visto no me acuerdo. Digo yo que la piedra, el cálculo, lo que fuera, diría eso, valga la redundancia. Porque aquí no ha habido más seísmos, quitando las lógicas réplicas posteriores.

Que siga así, amén.

Reposición 23 febrero, 2012

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(Porque sí y por nostalgias)

Pareja

Entrevista 22 febrero, 2012

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emejota: ¿se puede?
EMEJOTA: pues claro, adelante.
m.j: gracias, venía dubitativo porque como esta tarde tiene usted otra entrevista…
M.J: ya, pero usted viene por ese mismo motivo.
m.j: pues sí.
M.J: tome asiento, tome asiento. Cuidado con ese montón de carpetas. Cuidado con esas cajas. Salte, sí… Eso, muy bien. ¿Un zumito?
m.j: no, gracias. Esta habitación parece una carrera de obstáculos.
M.J: estamos acostumbrados de sobra a eso. En fin, usted dirá. Soy todo suyo hasta dentro de… veinte minutos.
m.j: en realidad soy todo suyo las 24 horas del día porque soy una proyección de usted mismo.
M.J: ya lo sé, pero hay que guardar las formas. Hale, pregunte.
m.j: pongamos en antecedentes a nuestros oyentes y…
M.J: un momento: ¿oyentes o lectores?
NARRADOR: en realidad, creo que ambos nombres son válidos, si se me permite intervenir, porque cuando leen, oyen. Y, modestia aparte, me oyen a mí.
m.j: bien, como iba diciendo, humm… ¿dónde estaba?
M.J: en los antecedentes.
m.j: Ah, sí, los antecedentes: hoy a las 7 de la tarde va a ser entrevistado en un acto público a celebrar en un centro dedicado, según leo en su web, a la promoción, el impulso y desarrollo de la sociedad de la información.
M.J: así es.
m.j: pero me ha dejado perplejo el título: “Cómo escribir un blog de éxito”
M.J: a mí también, la verdad. ¿Tenemos un blog de éxito?.
m.j: eso lo tengo que preguntar yo, que para eso soy el entrevistador.
M.J: ya, bueno, pero yo lo lanzo al aire en plan reflexión y tal. No sé si tenemos un blog de éxito, lo que sí que creo es que somos un blog sobreviviente.
m.j: interesante matiz, por ahí quería ir. ¿Qué pasa con esto de los blogs?
M.J: los está matando Twitter y el horrendo Facebook.
m.j: parece convencido.
M.J: estoy convencido.
m.j: (¿algún día nos aclarará su fobia a Facebook?)
M.J: (fobia azul, fotofobia, claustrofobia, añada todas las fobias. No sé, igual algún día. Es que no quiero ni pensarlo, me entra una pereza azul terrible)
m.j: salgamos del paréntesis para poder avanzar. Estábamos en lo de las redes que, según usted, están marcando el declive de los blogs.
M.J: según yo no, eche un ojo por ahí y compruébelo.
m.j: ¿y a qué atribuye las causas?
M.J: son varias las causas. Hay prisa por leer, eso lo primero, y hay prisa porque no hay tiempo y aunque haya tiempo. Vivimos como el conejo blanco, con la ansiedad de que nos come el tiempo. Luego está el factor pereza: para qué escribir/leer algo largo si se puede hacer más corto, en plan sms, en 140 caracteres. Y, ya puestos, permítame añadir algo que me parece un poco preocupante: porque cada vez sabemos expresarnos peor (cuando escribimos) y porque hay una progresiva laguna carencial en la comprensión de lo que se escribe.
m.j: vaya, pues sí que estamos bien.
M.J: pocas cosas están bien ahora.
m.j: sin embargo, esto choca con el objetivo de la entrevista, que no es otro que el de animar a quien quiera aventurarse en la escritura de un blog.
M.J: no choca, en todo caso lo hace interesante y dice bastante de la función que desempeñan quienes lo organizan.
m.j: Jumm.
M.J: ¿Jumm?
m.j: ¿debo pensar que eso lo dice para hacer la pelota a estos señores?
M.J: ¿Me está llamando pelota? ¿Por qué iba a serlo?
m.j: yo solo preguntaba.
M.J: no, no solo preguntaba: sospechaba. No sea malo y reconduzca, tenemos poco tiempo.
m.j: de acuerdo: quedamos en que somos un blog superviviente. Hombre, al respecto también habría que decir que…
M.J: …lo sé, lo sé, que hemos llevado una larga temporada un poco guadianas, apareciendo y desapareciendo, irregulares, asincopados, no me agobie.
NARRADOR: perdón. Le estoy leyendo a una señora de Oviedo el post del 20 de noviembre de 2005.
M.J: ¿y cuál es?
NARRADOR: el de Pulgarcito según Ravel.
M.J: vendrá de parte de Google.
NARRADOR: en efecto.
M.J: será alguien que está viendo la serie “Once Upon A Time”.
NARRADOR: eso ya no lo sé. Yo a mandar y a contar.
m.j: ayer recogió en el blog una cita que alertaba de que los Twitter y compañía no eran indexados por los buscadores.
M.J: indexar, curiosa palabra.
NARRADOR: (anglosajona palabra)
M.J: no es exactamente eso, lo que no buscan los buscadores (valga la redundancia) son los enlaces portadores de la información, y esos enlaces son (eran) los que nos ayudaban a propagarnos o a propagar nosotros los contenidos ajenos que nos resultaban interesantes.
m.j: habría que hacer algo y volver a las antiguas costumbres, ¿no cree?.
M.J: eso mismo pensé ayer cuando leí el texto. Pero no creo que una cosa excluya a la otra. Una red como Twitter puede propagar momentáneamente un post recién publicado.
m.j: usted lo ha dicho: momentáneamente.
M.J: sí, pero hay personas que han llegado aquí, y quien dice aquí a otros blogs, a través de Twitter.
m.j: como veo que empieza a mirar al reloj, déjeme incidir en un punto de la intervención de esta tarde que me ha llamado mucho la atención y que no quiero que se me escape.
M.J: dispare. ¿No será lo del streaming?
m.j: bingo. Le propusieron retransmitir el acto en directo vía internet y ha dicho que no a publicar el enlace en el blog para que pudieran verle los lectores estén donde estén.
M.J: bueno, es complicado, ¿sabe? Se lo propusieron a Mariano y dijo que no le importaba, que adelante, hasta le pareció divertido.
m.j: ¿entonces?
M.J: a emejota le da cierta cosilla.
m.j: ¿¿nos da cierta cosilla??
M.J: así es.
m.j: ¿pero entonces no somos Mariano? No me asuste.
M.J: pues claro que lo somos, pero es complicado explicarlo, o no, no sé. Si me pongo en la piel del lector creo que cada uno se ha hecho una imagen de emejota propia.
m.j: que no quiere decir que sea falsa.
M.J: no, no. No es falsa. Es solo que cada cual envuelve las palabras en el tono y en la piel que su imaginación decide. Es que, mire, desde que yo ví “El Señor de los Anillos” ya no es lo mismo, ¿sabe? De pronto, la geografía mental de aquel lugar desapareció de mi cabeza, como tragada por la niebla de “La Historia Interminable”
m.j: ¡Por todos los Santos! ¿se está comparando a un clásico?
M.J: no diga bobadas, es un ejemplo. Además, yo no so soy un clásico: soy mayor, es distinto.
m.j:> ¿pudoroso? ¿coqueto a estas alturas de la edad??
M.J: Ande, ande, no va a haber conexión en directo y punto. Ya contaremos si eso en diferido. Y si no, a otro post y ya está.
m.j: ¿sabe? tengo curiosidad por lo de esta tarde.
M.J: y yo. A ver qué tal. No se siente muy cerca.
m.j: ¿acaso le pongo nervioso?
M.J: prefiero tomar esa precaución, sencillamente.
m.j: obviaré ese comentario. ¿Algo que añadir para terminar?
M.J: sea puntual, no llegue tarde.

Usos 20 febrero, 2012

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lagrimaDesde que los teléfonos sirven para sacar fotografías puedes traerte a casa fragmentos fascinantes del mundo, como el que hemos visto hoy con ojos que miran y se abren de repente y le hacen decir oh a la voz que piensa por dentro, en ocasiones hasta con varias haches seguidas y otras con una hache no sólo sola y muda sino hasta seca. Múltiples son las manifestaciones del asombro. Hay un papelito blanco dispuesto para anotar números de teléfono, cuentas de multiplicación, listas de la compra, las cosas que sean, patrocinadas todas ellas por el producto que, abajo a la izquierda, lleva impreso eso que tanto llama de repente a las puertas de la atención y que asegura que existe una nueva lágrima para uso diario. Quizá sea necesaria una nueva lágrima para uso diario, lo que no sabemos es para qué. El llanto es una sorpresa siempre.

Saramago, cuyas novelas son un tratado de las lágrimas, ahí lo dejo para quien quiera estudiar el asunto, sostiene en el “Memorial del convento” una tesis sobre la naturaleza purgadora de algunas lágrimas. Observa el llanto de Blimunda y nos lo describe en tono de susurro, “le fluían despacio las lágrimas”, dice, porque hay lágrimas que caen a peso y otras que te acarician la mejilla para que duela menos, digo yo, no sé; para saber, el de Saramago, y lo sabe con tanta certeza que para los escépticos y los descreídos que pudieran quedar se apoya con decisión en la ciencia de bata blanca: “si hubiera aquí un médico diría que así purgaba los humores del nervio óptico ofendido, tal vez tuviera razón, quizá las lágrimas no sean más que eso, el alivio de una ofensa”. Luego vino el perro de las lágrimas del “Ensayo sobre la ceguera” que en un acto de piedad e impotencia solo pudo lamer las lágrimas de la mujer del médico. Y no sé qué se nos anuda más en la garganta, si ese instante o aquel otro que sucede en el Hotel Bragança, dentro de “El año de la muerte de Ricardo Reis”, mientras Lidia pasa nerviosa la plancha. “Si puedo, voy esta noche”, dice para sí con la ansiedad de los amores inciertos, velados y desvelados, “y pasa nerviosa la plancha, está sola en el planchador, éste es el traje que el señor doctor Ricardo Reis llevará al teatro, me gustaría ir con él, tonta, pero qué te crees tú, seca dos lágrimas que han de aparecer aún porque son lágrimas de mañana, ahora aún está Ricardo Reis bajando la escalera para cenar, aún no le ha pedido que le planche el traje, y Lidia aún no sabe que llorará”.

Siempre habrá una nueva lágrima de uso diario en la esquina inferior del papelito donde anotamos la lista de la compra. No sabemos, sin embargo, qué fue de las lágrimas derramadas en los usos del pasado. Quizá se evaporaron formando nubecitas deshilachadas en el firmamento de la memoria.

Carnaval 19 febrero, 2012

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Recuerdo aquella secuencia maravillosa de Berlanga, tan esperpéntica ella, aunque decirlo sea redundancia, en la que una banda de música en procesión festiva se cruza con esa otra procesión luctuosa de un entierro como si nada y ese como si nada es brutal e indiferente como la vida misma. Recordé entonces, en su primer visionado y en los siguientes, aquella obra de Debussy en la que dos procesiones, ambas festivas pero en compás y tono diferente, se cruzan en la noche dionisiaca del alborozo explotando en caleidoscópico colorido en la plaza imaginaria que evoca el compositor. Hoy, tecleo estas letras mientras la prensa digital informa en directo de las manifestaciones masivas en todo el país en protesta por la reforma laboral y mientras esas manifestaciones avanzan, o lo intentan, otras, las del Carnaval, lo hacen por su propia senda al son del colorín. Está pasando. Lo primero lo leo desde una de las pestañas del navegador abierta a la prensa y lo segundo lo padezco porque transcurre en sonoro disparate al otro lado de la ventana que tengo a mi izquierda. Bendita cortina.

Si quieres participar de la escena, valga que imagines la banda sonora que forman unas pacíficas melodías andinas, unos cantos tiroleses, la banda municipal tocando Por la calle de Alcalá, unos aires euskaldunes de esos de percusión hosca y chiflidos agudos y una charanga de verano. Todo a la vez, superpuesto y yo sobrepuesto a la adversidad cacofónica que duele, sí, máxime cuando uno es refractario al Carnaval; refractario por lo que anuncia (la llegada de la temible primavera, el adiós al invierno necesario del recogimiento) y porque, seamos francos, es bastante cutre. La diferencia entre lo de Berlanga y lo de esta mañana es que lo de Berlanga era en blanco y negro y esto parece que es en color; de hecho, los atuendos lucen en color por technicolor pero el resto es más negro que blanco. Da igual que reformen, que condonen, que abran el grifo de los euros, que haya reuniones. Hay en el aire una sensación rara, como si algo fuera inevitable desde hace tiempo y, ante la inclemencia irremediable, el desfile tuviera que seguir, cada uno desempeñando en él su papel con su disfraz correspondiente.

Se incorpora a la banda sonora de la calle una melodía pentatónica oriental. Me asomo. Si lo piensas un momento, esto no es un desfile de Carnaval sino una manifestación de lo que hay, de quienes viven todos los días en esta ciudad puestos en fila todos juntos. Veo mucho colorín desfilando en orden entre tonos sonoros que chocan en áspera e insoportable disonancia y lo que me llama la atención es que la gente agolpada en la acera viendo pasar el asunto tienen, todos, un aire mustio y luego, corren sin correr a su casa.

Todo quiere parecer normal pero debajo del disfraz nada lo es.

Breviario 18 febrero, 2012

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La luz ya dibuja primavera en las tardes de las fachadas.

SMS 16 febrero, 2012

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Prueba pericial, dos puntos, análisis del contenido de mi teléfono móvil, compartimento de los SMS. Objeto de la presente, dos puntos, intentar arrojar luz a los interrogantes planteados por la sobresaltada vibración, seguida de la correspondiente iluminación de la pantalla cual halo espectral, que la pasada madrugada, a las, un momento, sí, a las dos cero nueve, anunció la llegada del mensaje que a continuación se reproduce con remitente desconocido (pero reincidente):

“A ver……. respira un poquito, toma oxígeno, mírame de frente y ven”

Y qué hizo usted. Pues alcé la ceja. ¿Y eso? Pues, no sé, póngase en mi lugar. Comprendo, ¿y advirtió algo más fuera de lugar, algo que le llamara la atención? ¿Aparte del mensaje en sí? Aparte del mensaje en sí. Pues los siete puntos suspensivos. ¿Cómo dice? Digo que los siete puntos suspensivos. Los puntos suspensivos son tres; si son más, me desconciertan, porque establecen una laguna que tiende a perder el compás (y el sentido). Pero tenemos entendido que hubo otra cosa, ¿es así? Es así. Explíquese. Lo haré, dos puntos, no era la primera vez que recibía un mensaje de ese teléfono… Perdone, pero, entonces, ¿usted tiene en su agenda de contactos ese número? No, no, pero estos aparatos tienen memoria y tras el sobresalto momentáneo, el mensaje apareció rápidamente archivado tras otro de, un momento, ya lo tengo, del treinta y uno de enero de dos mil once y eso me inquietó más. ¿No se referirá usted al “célebre” mensaje? ¿”Célebre”? Sí, bueno, las comillas son un eufemismo, ya sabe, puntos suspensivos. No, no lo pillo, sinceramente, hábleme claro que tengo un deterioro neuronal importante desde que cumplí los cuarenta años y no me entero. Me refiero al día que usted recibió en su teléfono móvil, ejem, y disculpe pero leo textualmente del cuaderno de actas, el siguiente mensaje de remitente desconocido:

“T gusta la idea de mi boca en tu entrepierna? Mi aliento cálido en tus huevos?”

¡Ah, (risas) ya no me acordaba! No, no, eso fue cuando tenía otro número y estaba en otra compañía (telefónica), ya ve, lo mío con los sms es una cosa muy rara; eso a lo que usted se refiere es todavía anterior y está recogido en el archivo del blog, si clica aquí lo comprobará, fíjese, 22 de septiembre de 2008, cómo pasa el tiempo, tan callando y tal. Entonces, a qué mensaje anterior (pero no tan anterior al 22 de septiembre de 2008) se refiere estando relacionado con el que hoy nos ocupa. Pues a uno que decía:

“Tienes a tu actor en el programa de cuatro -el hormiguero-. Un abrazo”

Umm.

Sí, umm.

Entonces esos mensajes son de alguien que le conoce. Eso parece, pero creo que yo no, o no acierto a comprender quién de mis conocidos le daría un sustillo al teléfono durmiente para decirme, de madrugada, que, dos puntos, abre comillas, A ver……. respira un poquito, toma oxígeno, mírame de frente y ven, cierra comillas. Y con siete puntos suspensivos, un derroche sin sentido pero consentido. Sinceramente, creo que el mensaje no era para mí, pero imagine que sí, no sé, qué raro es todo, ¿verdad? Perdone, estaba distraído pensando que, coma, ¿no ha pensado, ni aquella vez ni esta, marcar ese número de teléfono? Pues no, qué pereza, imagínese la de cosas que puede uno encontrarse, quién sabe si indeseables. En ese caso poco podemos hacer. Salvo esperar. Esperar el qué. Un nuevo mensaje, ya sabe, no hay dos sin tres. Si eso ocurre manténganos informados. Así lo haré. Mientras tanto, mantenemos el expediente abierto y no procederemos a su archivo. Pues gracias. Que tenga un buen día. Igualmente, esto, puntos suspensivos, ¿dónde está la salida? La salida está al final de esta frase.

Estudiando 14 febrero, 2012

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Y muy aplicadito, además.

Pues eso.

Frío 10 febrero, 2012

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El termómetro se vino abajo y yo me puse el pijama a media tarde (y no estaba malo).

Eso fue el viernes pasado y es algo inusual. Que me ponga el pijama a media tarde. Ahora que lo pienso, es inusual que me lo ponga a media tarde aunque esté malo. No me lo pongo hasta que me voy a dormir y punto. Yo creo que me lo puse como una forma de decir me escondo, o me desentiendo, o a refugio, o desconecto, o de aquí no me muevo o algo similar. Terminé los quehaceres, el termómetro se vino abajo tal y como predijo el hombre del tiempo en todas las cadenas (en cada cadena, el hombre del tiempo tiene un aspecto y cuerpo distinto; en algunas, hasta de mujer), comenzó a soplar de terrible manera el viento del Norte haciendo que temblaran los cristales de la ventana y que el frío penetrara a través de las múltiples capas de abrigo con las que los viandantes se envolvían sin mucho éxito y yo me puse el pijama. A partir de ahí pasó algo curioso y es que el tiempo cronológico del fin de semana se difuminó y eso sí que me hizo recordar los días en los que te ponías malo de las anginas y tenías que quedarte un casa una breve temporada, desconectado de la EGB. Pasaba entonces que el tiempo se difuminaba. Que el tiempo se difumine quiere decir que puede llegar un momento en que no sabes exactamente qué día es y, lo que es mejor, que no tiene importancia. Eso produce un placer especial, como un aturdimiento sin aturdimiento, como una anestesia sin somnolencia; en definitiva, un estado mental apetecible. Atrincherado en uno mismo, comienza un periodo en el que te entregas a hacer cosas o a echar una cabezada en el sofá mientras afuera el aliento siberiano estremece los arbolitos de abajo y brama en las esquinas donde las calles confluyen. He descubierto que ya no tengo la misma defensa ante el frío. Antes lo transitaba con cierta satisfacción, entiéndase como tal que sí, que el frío intenso quema (qué paradoja térmica), que no invita a la exposición y tal pero cuando tocaba hacerlo, por obligación o porque no quedaba otro remedio, no me veía indefenso, o algo parecido, que es una sensación que he tenido esta semana en un par de ocasiones, cuando llegó el tiempo de abandonar el pijama y salir del escondite donde se acumulaban las historias de los libros, la tranquilidad del halo de la lamparita y el silencio confortable.

Ahora vuelve a ser viernes y vuelve el frío. En realidad no vuelve, se revuelve y refuerza, porque no llegó a marcharse. El aire forma remolinos en las aceras, el termómetro vuelve a índices negativos y el cielo (oh, ese cielo) adquiere por la tarde una tonalidad azul polar, que es un azul profundo, nítido, limpio, de una belleza tal que el reloj queda ensimismado mientras tú aprovechas para colarte en un paréntesis de las horas.

Olvido 6 febrero, 2012

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Ayer a medianoche, de pronto, el blog se olvidó de sí mismo. Le llamé pulsando en las teclas y me recibió una pantalla en blanco diciéndome en inglés que aquí no hay nadie que se llame así. Me inquieté. En alguna ocasión, el servidor que lo aloja ha caído, bien por problemas técnicos o por maniobras de mantenimiento, pero cuando sucede eso es distinto. Es distinto que te digan que en ese momento no hay nadie a que no hay nadie que se llame así. Como era esa hora en la que no se escucha nada en las calles y los pensamientos suenan (a veces hasta sueñan) más alto, imaginé si habrían desahuciado al blog y haciendo la consulta correspondiente comprobé que los pagos del alquiler estaban al día. Umm, pensé. Esperé. Escuché música, cuál, la de dos posts más abajo. Dura poco, cierto, pero la puse en bucle. La música en bucle es como un mantra para mí que me sume en un trance. No ocurrió nada de eso. Sonaba la música una y otra vez pero yo no la escuchaba porque tenía la atención en la duda y el ceño en actitud de mosqueo, preocupación. Se me ocurrió entrar en el servicio técnico del hosting, lo que viene a ser llamar al casero, para que nos entendamos. Me encontré que había gente, mucha, protestando porque sus respectivas páginas web no funcionaban, pero hubo dos quejas que no se quejaban, gritaban casi, y lo hacían por el susto, porque su página funcionaba, sí, pero había perdido los datos, bendita copia de seguridad, imagínate si no llega a haber copia de seguridad, exclamaban. Hice glups, como en los tebeos, a falta del reguero de sudor por la sien, como en los tebeos. Hice glups para sustituir a la gota de sudor porque no está el termómetro para sudores, tiempo habrá, y porque me quedé (más) helado: no tengo copia de seguridad. ¿No hay copia de nada de lo escrito aquí desde mayo de 2005? Pues no, oiga. Puntos suspensivos. Encontré en la pantalla del servicio técnico una opción para remitir una nota en caso de que mi sitio no se encontrara a sí mismo o cosas parecidas. Cumplimenté los datos y me dijeron que pasaban la nota al técnico de guardia y que gracias, buenos días. El buenos días, a la una de la madrugada, se me hizo raro, pero cuando hablas con un robot es fácil que su inteligencia sobrepase la tuya y no comprendas. Hay que disimular en esos casos y darle al ok. Siempre hay un botón de ok, siempre. En la vida real no, pero en la virtual sí, siempre. En la pantalla del monitor, apareció ésto:

El aspa roja indicaba que ni el técnico había podido encontrar el blog. El aspa verde era engañosa, lo verde alivia cuando está al lado de un aspa roja, como esas aspas rojas terribles que ponía la Madre Rivas cuando alguien no se sabía el himno de Eurovisión con la flauta dulce, terrible invento de la casa Hohner, esa palidez amarilla, esos agujeros; terrible invento el de la Madre Rivas igualmente, reconozcámoslo. El aspa verde, como digo, era engañosa porque únicamente certificaba que el asunto estaba sin resolver. Hice tap tap con los dedos en la mesa y esperé un rato y como se hacía tarde y no había señales de nuevas aspas de color alguno, me fui a dormir. Una vez a cubierto de las mantas, me dio por pensar eso de que mañana, Dios dirá, que al despertar sabríamos si había blog o si se había ido para siempre sin despedirse y la incógnita me hizo sentir algo de aprensión hasta que me quedé dormido con el sueño raro de las noches en vilo.

Esta mañana, ver el comentario puntual y madrugador de toni me ha producido un alivio grande, como si los señores que ponen las calles a primera hora y encienden el sol y ponen los coches, los parques, las bufandas y a las madres llevando a los niños al cole, hubieran impuesto en este lugar el orden establecido. Por ese motivo puedo escribir estas líneas encima de la montaña de textos que se almacenan, uno sobre otro, desde que esta pantalla estaba en blanco y no se había dicho nada.

Nocturno 3 febrero, 2012

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Las manos tienen memoria. El tacto tiene memoria. Se olvida con demasiada frecuencia que tocar un piano no es una cuestión de, primero, saber el nombre de las notas para, después, buscarlas en el mapa del teclado, aprendiendo a caminar sobre él. Afortunadamente, cosas como la que suena cada vez que hacemos clic en lo que viene abajo nos recuerdan que hay algo más, cómo no va a haber algo más. El nombre de las notas, la habilidad de reconocerlas sin errar la puntería en las teclas, es el medio. El otro medio, el que da la hora en la diana de los compases, lo da la memoria de las manos: la memoria de toda una existencia anónima, sin rostro; ni siquiera sabemos si estas manos tienen dedos largos o pequeños, finos o gruesos, si son de hombre o de mujer. Acertamos a sentir que el piano las acoge con deleite, como si se convirtiera en una prolongación de esos diez dedos, depositario de su memoria a través de tacto. Pulsan los dedos, resbalan indolentes las manos; no hay tensión en lo que aquí se pulsa. Cuántos rostros acariciados, cuántas cartas escritas con la ortografía de lo sentido, cuántos pellizcos en los carrillos y cuántas lágrimas se necesita recoger para que el rigor del compás se disuelva en la calma del ritmo elegantemente elástico y para que la música brote con la sencilla naturalidad del verso secreto revelado y dicho con acierto. La memoria de las manos recuerda una palabra escrita en blanco y negro de teclas suaves: emoción.

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