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Marriner

neville-marrinerHa muerto Neville Marriner, y el chaval que yo fui ha asomado por alguna parte porque este hombre encendió mi vocación musical, y digo bien, encendió, porque fue una iluminación escuchar la claridad que salía de aquel negro vinilo una lejana tarde en el equipo de música de casa de mi tía. La historia quedó escrita en este blog, para qué repetirla. Es la del impacto que supuso escuchar el sonido mágico del clarinete de Jack Brymer, otro maestro desaparecido, este dos veces desaparecido, por muerto una y porque ya no se acuerdan de él, otra, que tocó toda su vida hasta hartarse el mágico Concierto para clarinete de Mozart y fue Marriner, su transparencia, su serenidad amable y profunda a un tiempo sembrada en su mítica Orquesta Saint Martin-in-the-Fields la que dio como resultado una versión referencial, referencial, digámoslo dos veces para reflejar la admiración, y que, sin embargo, quedó descatalogada por los siglos en los catálogos en una de esas decisiones inexplicables que ocurren todos los días y que no impiden que el mundo siga girando, no, pero gira de una manera más insustancial y hueca.

He rememorado también los años muchos y felices que disfruté la integral de los conciertos para piano mozartianos con Alfred Brendel como solista, felices sobre todo porque su maravillosa visión y versión, cuyos hallazgos placenteros brotaban en un concierto y en el siguiente y en el siguiente en inagotable sucesión en grabaciones de los años 70, llenaron de satisfacciones mis días.

Marriner, que todavía estaba en activo, 92 años, ahí es nada, pensando el hombre en dar los próximos conciertos en Madrid en unos días, vivió ese tiempo que hoy se antoja rarísimo porque ya no existe ni se le espera: el tiempo único en que se grababa un disco al mes, y eran buenos, y se vendían bien, y había gente esperándolos. Un mundo que en la grisura pirata y descafeinada que nos toca vivir nos parece una broma, o un sueño. No digas que fue un sueño, dijo aquel. Pues no, no lo digo porque no lo fue. Marriner, Brymer y Brendel, como Horowitz al que estos días estoy revisitando y tantos otros, deberían hacernos pensar, reflexionar, meditar. Sobre qué. Pues, por ejemplo, sobre la vacuidad general imperante que ha terminado por empapar esas mismas obras que ellos iluminaron y que ahora son el pretexto de una plana exhibición mecanográfica y pirotécnica, inmaculada en las formas pero amnésica de aliento poético, de sabiduría, de ecos que, viniendo de más allá de los pentagramas, revierten en los mismos. De sangre, coño, que uno empieza a espantarse y asquearse de tanto individuo que parece tener horchata en las venas aunque le aplaudan mucho.

Cada vez que muere una de estas figuras se muere algo más con ellos. Irreversiblemente. Lo peor de la muerte es que es definitiva, decía aquella dama en un blanco y negro de George Cukor -consignado también en el blanco y negro de este blog, esto es, hace siglos-. Cada vez estoy más convencido de que hubo una edad de oro, y que esa edad de oro alcanzó un techo para empezar a declinar. Y lo curioso es que, conforme las cosas en el mundo musical declinan al compás de la declinación general, se pone en marcha una maquinaria compensatoria que realmente no compensa nada pero, al menos, maquilla. Oiga, podría poner un ejemplo. Y dos, y tres si quiere. Desde la bajada clamorosa de listón en todos los órdenes -salvo en el de la impoluta y aséptica fachada técnica-, incluyendo la del criterio y el olfato, hasta esa reivindicación que empiezan a enarbolar desde jovencitos los músicos y que está bien, no digo que no, salvo que se utilice, voluntaria o involuntariamente, para echar balones fuera y no ver -o no saber ver- lo que cada cual debería reivindicarse a sí mismo. Pero hoy no es ese el tema, y mañana tampoco, que ya me pilla de vuelta y me da una pereza terrible a estas alturas, después de hacer, desde mi minúscula parcela, lo que buenamente consideré y pude.

No envidio nada a estos músicos que llegan y miran fuera sin mirarse dentro. Nada. Asisto a la desaparición de estas figuras que sí miraron dentro, y alrededor, para proyectarse después con poderoso aliento allí donde sabían y podían, en el corazón de los otros, y recuerdo aquellos días en los que, en plenas facultades todos ellos, te regalaban satisfacciones sin fin en inacabable e inaudito elenco que latía en presente continuo porque estaban vivos. Ahora siguen vivos en grabaciones para quien tenga memoria y ganas.

Gracias por tanto, maestro Marriner; por la elegancia, la transparencia, la sonrisa, el calado y la armonía que alumbró nuestros días.

Smog

Smog cartelHoy hace dos años que, con nervios de los buenos, de esos que chispean en el pecho, traje a mi amigo Diego a casa para proyectarle por vez primera el largometraje documental que había rodado sobre su periplo en Pekín.

La idea (y no del Norte) había empezado una tarde del invierno anterior, a finales de 2014. Diego vino a verme y me contó detalles de su aventura de varios años por aquellas latitudes. Me fascinó escucharle, al punto que me quedé callado y apenas hablé, con eso te lo digo todo, callarme yo, insólito. Pero creo que sé escuchar y ver entre las palabras y lo que esa tarde escuché iba más allá de la aventura exótica, algo que tenía muy poco o nada que ver con algo del tipo “Españoles por el mundo”. Nada eso. Había en el relato muchos matices, pliegues; muchas capas. Además, volvía a poner de manifiesto la habilidad de Diego como excelente narrador de historias, habilidad que ya conocía. Un par de meses después le cité en un territorio inverosímil para plantearle esta aventura (un alborotado Burger King que, sin embargo, se revelaría pronto como cuartel general del proyecto) y accedió inmediatamente, sin ninguna objeción.

Pues manos a la obra, ¿no?

Pasé a ocuparme entonces de tres cuestiones: la primera de ellas fue que se sintiera cómodo en todo momento. Para ello, localizamos como set de rodaje la silenciosa buhardilla de una antigua casa que había sido de sus abuelos, ahora deshabitada, en un pueblo cercano, y en donde había jugado de niño.

La luz amable de las tardes del final de primavera, la quietud del lugar, el canto de los pájaros que se filtró a través del grabador digital de audio como una banda sonora tan inesperada como agradable, en modo alguno invasiva, sirvió como marco ideal para llevar a cabo una tarea paciente e intensa (todo viaje interior es una experiencia intensa) que necesitaba de esa atmósfera para que las palabras que recreaban las vivencias y que portaban las observaciones y las reflexiones brotaran en un ambiente propicio.

Mi segundo punto de atención se centró en la espontaneidad. Salvo lo que yo ya conocía de lo que me contó aquella tarde de invierno en mi casa, acordamos que lo que fuera a contar no tuviera ensayo previo para no ahogar la espontaneidad que estas cosas requieren. No quise saber con antelación lo que iba a decir ante las cámaras, limitándome a preguntar, antes de cada sesión de rodaje, la senda que ese día íbamos a transitar de un guión que realmente fue inexistente porque se redujo a una serie de epígrafes muy generales que servían de punto de arranque y a partir de los cuales Diego abría bifurcaciones y nuevas historias de manera constante e inesperada

Por último, me preocupé (y no poco) por la cuestión técnica debido a una razón fundamental, agárrate: no habría técnicos. No habría nadie. Tal fue el trauma de mi experiencia colectiva anterior, aunque “colectivo” sea una palabra donde también habitan excepciones de un valor inestimable. Además, esta vez se trataba de un proyecto de ambiente intimista. Yo debía estar en la diagonal invisible hacia la cual Diego mira en el encuadre, correspondiendo y siendo receptor de sus palabras, pero también tenía que estar pendiente, en el muy escaso margen de maniobra que quedaba, de las dos cámaras, el sonido, y la luz. En ese sentido, el uso de la multicámara cumplía una doble función: de una parte, la de dinamizar el montaje con el cambio de plano pero, también, la de disponer de una cámara de emergencia en el caso de que una de ellas fallara, o de disponer de un recurso más en caso de que la posición de Diego se desplazara en el encuadre a lo largo de los minutos, puesto que tiende a moverse y a gesticular con las manos; también, en el caso de que la luz cambiante y progresivamente menguante de la tarde comprometiera la exposición de las ópticas. La luz utilizada fue natural: la pared encalada de la casa de enfrente, al otro lado del ventanal donde nos ubicamos, hizo de improvisado reflector y difusor de la luz solar hacia Diego. Ahora que echo la vista atrás, fue algo muy estimulante.

El resultado del trabajo fueron muchas horas de rodaje repartidas en varias sesiones entre finales de mayo y los primeros días de julio de 2015. Fue un trabajo estrictamente entre dos: sólo estamos él y yo; él hablando, yo escuchando. El canto de los pájaros y el sonido de las campanas en la lejanía.

Pronto vi que la fluidez y la extensión iban a desbordar los cauces habituales de algo que desemboca en un formato de exhibición pública, por mucho que la tarea de montaje posterior del metraje, que se anunciaba laboriosa, puliera el minutaje. Pero mientras escuchaba a Diego tomé la decisión de no interrumpirle y de cambiar sobre la marcha el objetivo de lo que empezó siendo una pieza breve documental y terminaría siendo un largometraje: decidí entonces proporcionarle a Diego una especie de “cápsula de tiempo” en la que introducir palabras, imágenes y recuerdos antes de que el tiempo comenzara a diluirlos. Eso hizo que en el montaje final no se sacrificaran ciertos momentos que sólo tienen sentido para Diego y que quizá, para un espectador ajeno, no tengan importancia.

No obstante, la edición del material supuso para mí algo parecido a reecontrarme con los tiempos de mis estudios de Contrapunto puesto que el montaje del metraje de “Smog” fue el fruto de un largo proceso reflexivo y no tiene muchas diferencias con la concepción de una partitura musical: los motivos, las pequeñas células, se armonizan y se combinan, se yuxtaponen o se contrastan, y todas ellas, hasta la más pequeña, a veces de manera aparentemente inadvertida, juegan un papel imprescindible en el todo. He aquí la “partitura” del documental:

Smog montaje

Debo confesar que, por mi parte, y a la hora de comenzar a grabar, contemplaba la posibilidad de que a lo largo del discurso, entre líneas, pudiera entreverse algo que había sentido muchas veces con claridad al hablar con Diego y que me recuerda siempre a la figura schubertiana del “caminante”. Lo que pude suponer entonces era que al escucharse en voz alta, Diego se descubriera literalmente a sí mismo de manera progresiva. Hay un Diego que al principio del documental habla sobre cuestiones generales y, al otro extremo del metraje, encontramos a un Diego que habla con extraordinaria lucidez y franqueza de la cuestión esencial. Todo viaje es doble y en él suceden las cosas que pasan por fuera y las cosas que suceden por dentro.

Por todo ello, aunque un trabajo de estas características tiene, a priori, un reducido o nulo interés más allá del entorno inmediato de la persona anónima que habla (¿qué interés tiene en este mundo apresurado e individualista sentarse con tiempo a escuchar a un anónimo?) hay algo en el discurso de Diego, en su forma de mirar y de procesar las vivencias, en el descubrirse a sí mismo y contarse y contarnos su descubrimiento, que convierte lo que en principio parecería una “narración de souvenir”, de occidental en tierra exótica, en una cosa muy distinta, que no distante, porque lo que empieza siendo la crónica de un viaje remoto quizá sea el comienzo de un viaje al encuentro de uno mismo.

Hoy hace dos años que, tras una tarea de edición que ocupó todas las horas del verano, llamé a Diego para pasar el documental. Recuerdo aquella tarde como muy especial. Frente a la pantalla, dos espectadores, él y yo. Él, a mi izquierda, había vivido en su piel todas aquellas experiencias que se escuchaba por primera vez en el espejo del cine y yo, a su lado, no habiendo vivido nada de aquello, había visto una y otra vez, decenas de veces, seguramente un centenar, lo que allí desfilaba. Recuerdo el silencio, el silencio absoluto a lo largo de los 74 minutos, algún amago de risa, algún otro de emoción, y todavía se prolongó un instante el silencio después de que la pantalla fundiera a negro, al final. Luego establecimos un debate.

Hoy ambos recordamos con especial afecto aquella experiencia que sirvió, así lo creo, para unirnos más. Y me aventuraría a decir que también sirvió para cerrar una etapa de la vida de Diego y abrir otro capítulo. Y es bonito para mí haber asistido a eso. La vida nos lleva por nuevas estaciones, nos pide poblarlas y vivirlas.

Interrogantes

¿Tiene memoria este blog de sí mismo? ¿Me reconoce? Entro aquí con dudas porque, en primer lugar, digo el ábretesésamo necesario para poder escribir y me dice que quién va porque ese no es el santo y seña y se me pone la cara colorada, quién me ha visto y quién me ve. Igual es que va a ser verdad que a quien echa en falta el blog es a emejota, y yo también, pero él a nosotros dos no se sabe. Punto y aparte.

Mi sobrino César ha cumplido hoy cuatro años, lo cual quiere decir que este blog lleva callado cuatro años. Vale, ha habido alguna intentona, algún balbuceo, pero si entendemos este blog como lo entendimos en su día, esto es, con puntual periodicidad, pues hace cuatro años que cerró el pico, cómo te quedas. Yo, muerto me quedo. ¿Que cómo sé que son esos años y no otros? Porque si tiras de scroll, esa persiana electrónica, te plantas en la noche de hace ahora cuatro años, cuando estábamos en la sala de espera del hospital, sección maternidad, dándole la bienvenida. El tiempo te deja así de perplejo: haces scroll y en un nada ya estás en el todo abrumador de cuatro años. Haz la prueba.

La primera infancia de César, por tanto, no aparece registrada en este blog como sucedió con mis otros dos sobrinos. Gloria-madre solía decir que les estaba dejando un regalo precioso para cuando fueran mayores, mucho más que unas fotos, porque dejaba por escrito lo primero que dijeron, las cosas a las que jugaron y un etcétera que, para Gloria-madre, es mucho más valioso que una fotografía.

Aquellos sobrinos que balbuceaban en el blog también han hecho un scroll abrumador. (Nota: “abrumador” es un concepto que vengo utilizando mucho últimamente). Isabel es una adolescente entregada por completo al Whatsapp desde donde se comunica ocasionalmente a través de una fila de dibujitos, cifras, más dibujitos y un puñado de abreviaturas que no me abruman, pero me dejan perplejo. Carlos va más a su aire, lo que quiere decir que es menos de pantalla y más de airearse. Ayer llamó al portero automático y dijo que pasaba por aquí. ¿Subes?, le pregunté. No, no, respondió él, es que pasaba por aquí con mis amigos y quería preguntar por el tío. Carlos es así, ya apuntaba maneras muchos posts atrás.

El blog no sabe que tras César llegó Víctor y es que han pasado muchas cosas durante estos años y no todas malas. Muchas sí, pero no todas.

Esta mañana, César y yo hemos releído por enésima vez Ali Babá y los 40 ladrones en el sofá. Pero no sentados en el sofá. Sentados en el suelo con la espalda apoyada en la espalda del sofá. En ese refugio hemos vuelto a pronunciar el ábretesésamo y en las páginas del cuento funcionaba pero aquí, en el blog, no, me ha costado dar con la fórmula mágica.

A sus cuatro años recién estrenados, César comparte conmigo muchas cosas aparte de la afición por contar un mismo cuento de una manera distinta cada vez. Por ejemplo, ha heredado mi devoción por los trenes, imagina la honda satisfacción que sentí cuando lo averigüé. El otro día hizo con sus padres su primer viaje dentro del tren porque lo de fuera del tren ya lo tiene muy dominado, me he encargado personalmente de ilustrarle en cambios de agujas, semáforos, locomotoras y demás contenidos del temario. Fue tal la emoción del viaje que dedicó la primera llamada telefónica de su vida a transmitirme la aventura en directo. Me dijo, con voz de alucine, que el tren iba tan rápido que por la ventanilla no se veían ni montañas y afirmó, con la emoción vibrando en las amígdalas, que avanzaban a milescincocientos por hora. Así lo dijo, milescincocientos, y yo tomé nota del registro. Finalmente dijo que iba a Plamplona y a Barcelona, a los dos sitios. Hay un instante en la infancia en que todos los caminos llegan a todas partes en una misma recta: vas a Plamplona y te plantas en Barcelona. Y arreglado.

A Plamplona no, pero a Pamplona voy yo mañana por la mañana. Y no en tren, sino en autobús. Voy, para variar, al médico. Me va a decir una cosa que no me va a hacer ninguna gracia escuchar, pero es que el propio médico no me hace ninguna gracia. Creo que tampoco se hace gracia a sí mismo. Todo es una desgracia desde hace tiempo, en definitiva, pero cuando pienso en que todavía será peor, me agarro fuerte al instante presente y siento hasta alivio momentáneo. De verdad.

Vida

Siempre he mirado con cierta curiosidad/añoranza/envidia/pereza y lo que fuera, según soplara el viento, los fastos con los que la gente celebra sus bodas de oro matrimoniales. El casorio, tal y como apuntaría mi amiga Ana Mª haciendo gala del abundante léxico traído de su inmersión en el océano del culebrón catódico venezolano. He mirado de esa forma a las bodas de oro circundantes, con amplia serie de adjetivos, pero nunca con indiferencia, quizá porque desde pequeñito he sabido que en mi casa, fueran como fueran repartidas las cartas del futuro, algo así no podría celebrarse nunca desde que el presente de una tarde de octubre de 1981 se llevó a mi padre al otro barrio.
Este mediodía mi madre ha dicho, de repente, con la naturalidad de quien recuerda que tiene que comprar naranjas o que el lunes a las 11 tiene consulta con el médico de cabecera, que hoy hace 50 años que se casó, y sin dar lugar a reacción y con el mismo tono de voz ha añadido que por la tarde iba a ir a la parroquia porque se impartía la unción comunitaria para mayores. Y entonces he sentido que el pasado y el futuro han colapsado en el silencio de un instante de presente. Yo es que llevo un tiempo rebosante de perplejidades y con la sensación de que contemplo la vida desde otra butaca, aunque no podría decir en qué momento me cambiaron el ángulo de visión de las cosas que pasan. Ahora cantan los pájaros, el sol alarga este atardecer azul de junio y se filtra por las persianas dibujando en las paredes oblicuas celdillas doradas, el viento del norte mueve las hojas de los árboles y algún coche pasa raudo dejando una estela hortera de reggaeton para recordar a las aceras que la noche de hoy será de sábado, pero la casa está silenciosa y en calma, no sé si queriendo decir algo con eso o no.

Visita

jon

Esta mañana ha venido a verme Jon Cabrejas y he podido comprobar algo que quienes le rodean saben, seguro, de sobra: que habita con naturalidad en un espacio confortable y positivo que crea él mismo y, sin ser consciente, lo proyecta y lo regala. Eso es un don. Él se reiría -porque ríe mucho- pero es verdad. Jon pregunta cosas con su cadencia tranquila y, cuando no, canturrea por lo bajini. Hoy ha venido a verme en la mañana de descanso entre las sesiones de trabajo que mantengo en la Filarmónica de Bilbao estas tardes y he pasado un rato muy agradable y divertido. Hablas con él y es como si le conocieras desde hace mucho tiempo y no como si hubiera sido la primera vez que teníamos un mano a mano ante un café con leche, él, y una coca cola, yo. La comunicación fluye muy fácilmente de ida y vuelta y eso también es una cualidad.
Esta mañana me ha dicho que hace poco fue tío y que a su sobrino le puso la nana que compuse para él cuando era niño. Como comprenderás, un oportuno trago de la cocacola que tenía en la mano ha ayudado a desatascar el nudo que en ese momento se me ha puesto en la garganta. En el equipaje ya he colocado ese regalo que me llevo a casa.

Diario

*Esto lo escribí en otro lugar al comienzo de una primavera, pero también tiene sentido hoy, día del solsticio de verano.

archivos_imagenes_carteles_1_11441Llega la primavera y estoy ante un grupo de alumnos en la universidad hablando sobre “El Gran Silencio”, la película documental de Philip Gröning que sorprendió al mundo en 2005 al mostrar, por vez primera, lo que sucedía al otro lado de los muros del monasterio principal de la orden de los Cartujos, en las alturas de los Alpes. Un mundo silente, sorprendente y trascendente que noquea a quienes vivimos en este mundo ruidoso y acelerado. La sensibilidad de Gröning le lleva a efectuar un montaje paralelo entre el círculo infinito de las estaciones del año, allá fuera, y el compás de las campanas que marcan la rutina de las estaciones de dentro, con sus maitines, laudes, primas, tercias, etc. Las imágenes se suceden lentas, hermosas, repletas de matices y me llevan a volver a subir, una vez en casa, a aquella otra montaña de la imaginación de Thomas Mann a la que subió hace casi un siglo Hans Castorp para ir a visitar a su primo Joachim en el sanatorio donde hace la cura de sus pulmones sin saber que tardaría siete años, siete, en volver a bajar.

Soy alpinista literario y reincidente de esa montaña porque de vez en cuando vuelvo allí, como acabo de hacer ahora, movido por el recuerdo que me ha traído la primavera y las estaciones de Philip Gröning, para retomar el pasaje en el que Hans Castorp, en pleno paseo, le pregunta a Joachim si se ha dado cuenta de que el día que marca el inicio del invierno los días empiezan a alargarse marcando en realidad el inicio de la primavera, mientras que el día que marca el inicio del verano los días empiezan a acortarse marcando en realidad el inicio del otoño. Y a continuación se pregunta a sí mismo qué celebrarían los hombres primitivos en las hogueras de San Juan. ¿Estarían de celebración antes de emprender el descenso a la oscuridad o estarían contentos porque ahí culmina el ascenso de la luz, el climax anual? “Danzarían alrededor de las hogueras movidos por un orgullo lleno de melancolía o por una melancolía llena de orgullo, según se mire”. Yo no digo nada, responde Joachim enredado en el discurso de su primo.

Aquí, afuera del documental de Gröning y abajo de la mágica montaña de Thomas Mann, acaba de llegar la primavera y los relojes lo celebran estirando la luz de las tardes. En nada llegará el solsticio de verano y volveremos a repetir una confusión ancestral creyendo celebrar el inicio de una cosa cuando de otra distinta se trata. Es la paradoja del círculo en el que se suceden las estaciones, nos diría Hans Castorp: “no hacemos sino girar en círculo con la esperanza de alcanzar una meta que, después de todo, ya es el punto de inflexión hacia otra cosa”.

Escondite

No fue fácil encontrar el escondite de este singular cementerio en miniatura de la época victoriana oculto a la vista para quien lo busca tanto desde el interior de Hyde Park como desde la larga acera de Bayswater Road. Debí parecer un tipo raro a los viandantes aquella mañana fría de invierno, detenido en mitad del trajín de la amplia acera, arrinconado hacia la tapia musgosa, intentando colar el objetivo de la cámara entre los matorrales con tozuda insistencia. Según los escritos kensingtonianos de James Matthew Barrie, allí no hay mascotas enterradas sino los bebés que han caído de los cochecitos de sus niñeras en un descuido de estas durante el paseo diario por los jardines. Estaríamos, por tanto, ante el cementerio de los Niños Perdidos. En la actualidad, el cementerio forma parte del jardín de una propiedad privada. Una pena no poder entrar.

El vídeo da poco de sí porque grabé pocas tomas dados los pocos ángulos de tiro disponibles y de la incomodidad del manejo de la cámara en el reducido espacio disponible. Desde luego, no es un trabajo apto para el pulso de un cameraman artrítico pero disfruté recogiendo el lugar, por el que había pasado varias veces, buscándolo, y nada.

Escapismo

Y entonces decidí ir al cine. Eso fue antes de que llegara este infierno de calor prematuro que ha terminado por fundir y confundir mi cansancio en un amasijo extraño. Era una tarde limpia, fresca, silenciosa y libre y se me ocurrió ir al cine así, de repente. La última vez fue en febrero de 2014, cómo olvidarlo, tampoco Sergio lo olvidará. Fuimos a ver El Hobbit, parte II, y fue un horror. No la película (que no lo sé, ni me enteré) sino el estar ahí, con mi pinzamiento o lo que leches fuera que atormentó mis cervicales durante toooodo aquel año y para el que la comodidad blanda de las butacas se reveló, paradojas de la columna vertebral, en un suplicio chino. De dos horas y media.

Esta vez fue distinto, al menos en eso confié y así resultó. Y un martes por la tarde, prontico, para allá me fui. Estas escapadas al cine revelan un par de cosas sobre cierta tendencia al escapismo que tengo/padezco/sufro/disfruto. Por ejemplo, a mi edad, sigo confiando en que el cine me sorprenda engañándome y atrapándome en un espejismo o en una fantasía de noventa minutos. Como Mia Farrow en “La Rosa Púrpura de El Cairo”, pues igual. Y eso sucede cuando las cosas se ponen cuesta arriba (como en la película) pero, a diferencia de la película, muy pocas veces (en realidad no recuerdo cuándo fue la última vez) el sortilegio funciona. De todos modos, como la esperanza es lo último que se pierde, sigo yendo en estas circunstancias al cine en solitario y, una vez en taquilla, después de mirar el menú de las 9 salas, me decanto por aquella película que pudiendo producir ese efecto, sé que no lo va a hacer porque llega un par de siglos tarde. Aún así, insisto:

-Una para “Tomorrowland”, por favor.

Sí.

Llevo una temporada revisando en casa menús de celuloide añejo. ¿Por ejemplo? Pues mira, he revisado “Kuroneko”, la fantasmagoría prodigiosa de Kaneto Shindõ, y me volví a conmover hasta lo más hondo asistiendo de nuevo al festín de Babette, y lo mismo con las Fresas Salvajes de Bergman e incluso con la filmografía, apartado largometrajes, de Buster Keaton, que algún día te lo diré, blog, pero ya te avanzo que con este hombre no me río, y no porque no tenga gracia, que la tiene de manera superlativa, sino porque me impone tal respeto este hombrecillo pequeño en estatura pero gigantesco en todo lo demás, y se juega la piel de tal modo, que me sobrecoge. Pero eso será otro día, y si no, tampoco pasa nada.

-¿Una para “Tomorrowland”?
-Sí, una para “Tomorrowland”.

No había nadie en el cine.

Pero cuando digo que no había nadie es que no había nadie. El chico de la taquilla y yo. Los monitores mostraban trailers de colorín y explosiones y músicas de arpa a la nada.

-Sala 3, al fondo.
-Gracias.

Pues eso, no había madie, siguió sin haber nadie conforme atravesaba el pasillo, ni en él, ni en las salas laterales, ni en las salas del fondo. Mira:

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Tiene su punto inquietante (y atractivo) un cine así. Para el empresario no, claro, y entonces es cuando me empiezo a inquietar yo pero de otra manera, y esa manera la heredé de mi abuela

(nota: hoy es el aniversario de la abuela. Ay)

que la mujer se sentía hasta culpable cuando se daba cuenta de que las luces, los aparatos y demás utilensilios de la cocina estaban en marcha sólo para ella. A raíz de esa herencia familiar, cuando entro en una sala vacía, no digo ya en un cine vacío por entero, siempre tengo la sensación hasta el último momento de que alguien va a tocar mi hombro y me va a decir con una voz queda: no hay sesión, largo. Aunque sé que en este cine no lo hacen, cosa admirable, por cierto. No será por falta de motivos porque reconóceme que proyectar una película en esta sala:

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para una sola persona, pues no sé qué decirte. Ahora, yo, encantado y agradecido.

Y aquí viene mí segunda teoría acerca del escapismo.

Yo creo que escapo al cine en determinadas ocasiones de desasosiego vital a sabiendas de que no va a haber nadie y no por una cuestión de desentendimiento o hartazgo social (que a veces me ocurre, a ti también) sino porque ir a un cine un día entre semana a las 5 de la tarde tiene para mí un significado concreto: es una de las escasas opciones de ejercer, sentir, disfrutar de lo más parecido a la libertad. Concreto mejor: es de las escasas, quizá la única, parcela de total libertad e independencia que no ha tocado (aún) mi dolencia. ¿Cómo? ¿Cuál? ¿Ir al cine? No: ir al cine cuando el resto del mundo no puede ir porque está privado momentáneamente de su libertad (porque está en su trabajo, o estudiando, o qué se yo). Es entonces cuando siento qué se siente cuando se elige hacer algo distinto, diferente, especial. Como si pudiera extraer un pequeño privilegio de la normal cotidianidad. Oiga, pero eso es una estupidez. Puede, pero hay estupideces que algunos días son necesarias.

“Tomorrowland” es voluntariosa, cansina, tiene un estimulante ramalazo ochentero fugaz y antes, durante y después, más de lo mismo. Todo eso junto.

Me compré palomitas.

No entiendo ese rollo tiquismiquis con las palomitas. Entiendo que ponga de los nervios cuando alguien no las come como una persona normal. Pero las palomitas y el cine son como el acompañamiento a la melodía. Recuerdo haber asistido en Londres a una representación teatral importante en un sitio muy principal, el Old Vic Theatre. Mucha gente endomingada. La obra no tenía nada de palomitera y a ambos lados de mi butaca había sendos señores mayores muy muy british, de los que van al teatro con traje y zapatos tan pasados de moda como marrones, bien brillantes, el perfil de caballero inglés que se pasa el índice por la barbilla y ríe despacio un comentario jocoso. Esos. Y recuerdo cómo, para mi estupor, a punto de concluir el intermedio reaparecieron en la sala para volver a ocupar las butacas con sendos helados de crema (vainilla) sorbiendo sonoramente mientras allá arriba, tan sólo dos filas de separación, dos leyendas del teatro vivo al servicio de Su Majestad decían no sé qué de Arthur y tal. El tal del inglés lo pillo pero con cierto desfase de tiempo porque no fui educado en bilingüe. Resultaba que el tal del tal Arthur era una preocupación por el honor de la familia.

Debut

Hoy hace 30 años de mi primer concierto. Ya había tocado en anteriores conciertos colectivos pero este fue el primero en el que estuve solo todo el rato en el escenario (que lo de “piano solo” no viene sólo por ser piano a secas) con su primera parte, su descanso, su segunda parte y su incierto bis, que lo fue (bis, no incierto).

¿Y por qué lo del concierto? Creo recordar que por lo del miedo. Miedo escénico. Todo el miedo posible. Tendía a un temblor de manos que me hacía potencial candidato a virtuoso de las castañuelas pero también me hacía perder el control estrepitosamente en la carretera blanca y negra de las teclas. Por eso, mi profesor debió pensar: al toro. Y allí estaba yo, tal día como hoy, pasándolo mal pero tomándomelo muy en serio: muy en serio la elección y el orden de las obras, el ritual de estudio, mi progresiva familiaridad con el lugar y con el piano. Recuerdo que al punto de la mañana del día de autos aparecí por allá para empezar la faena justo en el momento en que el afinador terminaba la suya y aquel fue un encuentro de los que te marcan porque el afinador no era un afinador cualquiera, era uno de esos afinadores de antes, silentes, misteriosos, competentísimos en lo suyo, observadores, agudos en sus juicios. El hombre tenía un montón de años y poco más de metro y medio de estatura y había afinado, en Zaragoza, donde residía, para monstruos de la talla de Artur Rubinstein o Pilar Bayona. Me sentí hasta mal, como si le estuviera haciendo perder un tiempo valiosísimo, e incómodo, porque el hombre no decía nada sino que te miraba muy serio con un ojo muy abierto, inquisitivo, y el otro casi cerrado. Vamos, como si te examinara con lupa pero sin llevar lupa. Ven aquí, dijo de pronto por lo bajini. Fui. Este piano está enfermo, reveló con gravedad y gran sentimiento. A mí aquello me impresionó pero no tanto como la explicación práctica, la exploración clínica o el diagnóstico poético (que fue un poco de todo) que vino a continuación. Hay cosas que te impactan, pero a determinada edad temprana, más. Y sí: el piano estaba enfermo. El afinador me demostró que la dolencia era congénita y, para colmo, irreversible. Después, recogió su curioso instrumental con minuciosidad, se puso una americana, y añadió: no pongas en evidencia lo que le ocurre. Y se marchó, porque, según dijo, tenía prisa y porque, según dijo también esta vez con cierta petulancia en la voz, él no se quedaba a estas cosas tal como haría en recitales verdaderos en los que se podría precisar un cuidado o una atención de urgencia por su parte. Comprensible.

En realidad, no dijo la verdad porque horas después, en la hora h, estuvo todo el rato sentado en un rincón de la última fila, y volvió a estarlo seis años después en el último concierto, donde el hombre pareció ser el único o de los pocos que se percató, para mi asombro, menuda memoria la del tipo, que tocaba a los mismos autores, en el mismo orden y, casi, las mismas obras con una evidente intención de cerrar el círculo. Yo es que he sido muy maniático para esas cosas de las simetrías, pero creo que este hombre también. El caso es que congeniamos el hombre y yo en cuatro palabras y varias docenas de silencios.

Aquella tarde, a pocos minutos del comienzo del concierto, me encontraba tras las cortinas que me separaban del escenario percatándome de una cosa muy llamativa: tras la tela, mucha gente en sonora y animada conversación; a este lado de la tela, yo en silencio y tremendamente solo. El adverbio no es exagerado. Hay un momento horrendo que tiene lugar cuando sí o sí tienes que salir ahí, y te enfrentas por vez primera a los focos de luz desorientadores y a la onda expansiva del aplauso, que en ese momento no puedes procesar como un gesto cálido ni de otra manera que no sea una imponente onda expansiva que alcanza tu aturdimiento como un bofetón. Pero lo peor viene cuando te sientas, tus ojos ven en el frontal negro charol del piano las letras P L E Y E L y en tu cabeza aquellas otras, más recientes, de la mañana, E N F E R M O, y se hace el silencio.

Y pasan los segundos.

Silencio.

Y sabes que tienes las manos presas de un temblor flamenco, entumecidas por el frío, que no hay escapatoria y que tienes que empezar a tocar a Schumann, la primera de las Kinderszenen Op. 15, y sabes que hay un problema mayor que poder gobernar con ese temblor el timón de la pieza: hacerte con la segunda, que viene a continuación con un tempo volador. Pulsé y sentí. Especifico porque elegí empezar con Schumann para sentir como un remedio evasivo del pánico. Mira cómo tiembla, susurró inesperadamente alguien desde las primeras filas, descubriéndome de golpe (y porrazo) los misterios, fascinaciones y realidades de la acústica en una sola lección práctica: puedes susurrar algo y escucharlo nítido a tropecientos metros si el puzzle de la acústica está bien resuelto. Escuchar eso fue lo peor pero también algo bueno, porque fue como una llamada a la reacción, al amor propio o qué se yo, el caso es que poco a poco Schumann tomó forma de lo informe y de ahí Mompou, (Impresiones Íntimas, Paisajes) y el resto de la geografía del programa. Al final, me hubiera quedado tocando un rato más pero no había más que tocar según el programa.

La tarde de aquel 5 de junio de 1985 recibí los primeros aplausos de mi vida que me conmovieron hasta lo más hondo. Imelda Loperena me regaló una rosa roja, Julio Sánchez grabó el concierto en una cinta de cassette BASF y el afinador se acercó a decir que él no se queda a cosas de estas, y aunque en el laboratorio de un hospital lejano se había encendido una luz de alarma hacía tres años y yo llevaba ya en el historial una operación del dedo índice de la mano derecha, todavía no sabía nada de nada de nada, y repítelo las veces que haga falta porque así era, yo no sabía todavía nada de lo que venía, no tenía la más remota idea de lo que venía, de lo que en realidad ya estaba, de lo que iba a estar. Como lo que el afinador había dicho sobre el piano aquella mañana, pues lo mismo.

Conservo esa experiencia con mucho cariño.

Vecindario

¿Te acuerdas de esa vecina, una señora mayor que siempre que me veía en el ascensor o en el portal me llamaba José sin que nunca pudiera saberse la razón (o la razón de esa sinrazón)? Pues ahora que se ha hecho muy mayor (todos nos hemos vuelto entre muy y demasiado mayores en este tiempo) ha empezado a llamarme por mi nombre. De repente. Es algo inquietante, porque ahora que acierta, o atina, patina en el resto de su discurso. Este mediodía me ha abordado en ese espacio crítico del portal del que no te puedes escapar en caso de necesidad, y tras llamarme por mi nombre verdadero ha bajado la voz y la cabeza, como si fuera a confesarse, igual, para decir:

-¿Estás contento con las elecciones?

Y yo: -Es que no me tiene contento ninguno porq…

-Pues yo si estoy contenta porque haya ganado el de Podemos.

-Pero si no ha ganado Pod…

-Porque estos del PP lo que van a hacer es jo-der-nos a todos. Ya lo verás.

-Mujer, estos del PP ya hace tiempo que nos han jod…

-Ahora, te digo una cosa, con el de Podemos otra cosica va a ser porque este hombre está muy preparado, ha estudiado en un conservatorio de América y todo.

-…

-Y se le nota que sabe lo que hay que hacer.

-Han dicho que hoy va a hacer mucho calor.

-Lo que hace falta es gente preparada de América y de esos sitios. De un conservatorio que ahora no me acuerdo el nombre han dicho que ha estudiado el chaval.

-Y mañana todavía más calor así que habrá que quedarse a la sombra.

Mi vecina no ha dicho más (sólo ha dicho Sssst!, como si temiera que nos oyeran la fórmula secreta de la cocacola) porque entonces se ha abierto la puerta y ha entrado, en trotecillo grácil, una niña vecina de allá por las alturas donde el vecindario es un mundo desconocido y nebuloso.

La vecina que antes me llamaba José lleva unos años diciendo que lo que ella no quiere es morirse. A mí eso me produce mucha ternura porque no está enferma, no le pasa nada (le pasan años, le pasan los años, pero por lo demás está bien) pero tampoco tiene por qué pasarte nada para decir que tienes miedo a morirte, ¿no?. De hecho, yo lo veo como un gesto de afirmación vital. Por lo visto, su médico de cabecera no es de la misma opinión. Mi vecina dice que no quiere morirse y su médico dice que está deprimida. Me preocupa ese médico, la verdad.

Cambios

Pienso, luego escribo un blog.

Y hoy pensaba que quizá haya pasado el tiempo de los blogs. Cuando retomé los mandos, tras dos años y ocho meses, me pregunté si yo habría cambiado pero no caí entonces en preguntarme si el lector también. O, concretamente, el hábito lector. Porque en este tiempo ha terminado por asentarse la hiperbrevedad de Twitter y la ráfaga visual de Facebook y ambos congenian muy bien con la protagonista de la época, la prisa, y congenian menos bien con el elemento reflexivo, el tempo reposado y los espacios abiertos de esparcimiento de las palabras. Recuerdo una noche en la que en Twitter respondí a lo que consideré una sandez de un político local y este me pidió una argumentación. Me pareció algo un poco perverso y bastante cansino, muy de político, pedir públicamente argumentaciones a sabiendas que el medio no deja excederte de los 140 caracteres, espacios incluidos. Ya me dirás qué leches vas a argumentar así. Pero como soy puñetero, especialmente ante las sandeces políticas municipales, y así me va, y a mucha honra, oiga, repliqué que con mucho gusto argumentaría lo que se me pedía en una cafetería u otro lugar a gusto y elección del solicitante, e igualmente me puse a disposición del día y la hora que la otra parte estimase oportuna.

Pues silencio.

Va para dos años, oiga.

Retomando el hilo, hoy le comentaba a un amigo que de ser cierto que los hábitos han cambiado, eso convertiría a los blogs en recintos aún más personales, espacios (casi) solitarios; rincones, oasis, refugios, llámalo como quieras; y quizá eso les viene bien en el sentido de que propician las condiciones más adecuadas para la expresión personal.

Album

bigben2015

Londres, atardecer del 19 de enero de 2015.

Tengo un recuerdo imborrable de esos días. Mucho frío, una luz bellísima, un silencio necesario, una sensación reconfortante y mucho trabajo. Fui en busca de algo y me lo encontré con creces. Me veo atravesando la recepción del hotel a las 6:45 de la madrugada ante la mirada algo sorprendida del recepcionista de noche, good morning, good morning, envuelto en un abrigo pesado, gorro calado hasta las orejas, bufanda de varias vueltas y guantes; vamos, de una guisa que hubiera provocado la emoción y el orgullo de Gloria-madre si me viera, tan preocupada siempre por estas cosas. Llevaba también mochila, trípode, cámaras, mapas y un cuaderno repleto de anotaciones. Antes de desayunar, grababa el amanecer increíble de los Jardines de Kensington de los que me separaba un único paso de cebra (mire a la derecha, no a la izquierda). Salía del hotel y conforme caminaba los ojos se encontraban de frente con unos muros tras los cuales la mirada se hundía en una extensión oscura que parecía infinita a lo largo, a lo ancho y a lo hondo y que exhalaba un frío intenso y un olor a tierra húmeda y mil vegetaciones.

Para entonces, y a pesar de la hora, las elegantes puertas de hierro forjado, negras y doradas, vestigio victoriano, ya estaban abiertas. Pasos en la gravilla del camino. Silencio. Canto grave de aves nocturnas, que no madrugadoras, aún no. Unos minutos después despuntaba el alba y, como si se levantara lentamente un telón, me encontraba en mitad de un paisaje espectral: un mundo cristalizado en hielo, encapsulado en una mortaja blanca, que tiritaba en reflejos; y flotando, un banco de niebla baja, a la altura de las rodillas, como si del suelo brotara un vaho helado.

Eso ocurría antes de volver al hotel para desayunar y comenzar una jornada más de trabajo y exploración, exploración y descubrimientos. Tanto y tantos que aquellos días se me olvidó comer. No importó, cenaba temprano, hacia las 6 de la tarde, aunque por lo que se veía al otro lado de las ventanas se diría que eran las mil de una madrugada oscura. Y después, en el hotel, tras una ducha caliente desentumecedora e interminable, la revisión minuciosa y entusiasmada de las imágenes, de las notas y la preparación de la jornada siguiente: la planificación de las rutas, metros, transbordos, horarios de los lugares concertados previamente. La voz serena del informativo de la BBC de fondo. No fue una visita turística. De hecho, no visité sitios turísticos. Fue como recorrer una ciudad dentro de la ciudad, como si siguiera una guía paralela a las guías de viaje. Y de hecho así fue. Al final, me traje la documentación que buscaba y anhelaba desde que, años atrás, empecé a interesarme de manera casual, al principio, por un tema que llegué a conocer al dedillo sobre el papel (antiguo) de los archivos.

Mi cuerpo respondió, a su modo pero respondió. Al regreso, la médico no pareció creérselo y me miró con recelo primero y después me riñó un poco. Ese frío, esos esfuerzos, tiene que ser usted consciente, no puede olvidar que… Y yo asentía como cuando te llamaban al orden las monjas en el colegio mientras pensaba: que me quiten lo bailao, que en este caso era lo trabajao y que mi cuerpo, sí, respondió; a su modo, pero respondió, lo cual fue una satisfacción adicional y no menor precisamente. Aquellos días gélidos de enero, bajo cero, ochenta de humedad londinense, fui a traerme trabajo para el verano. El verano es para trabajar lo que me ilusiona porque, si no, y lo tengo comprobado, el verano se me desmorona y con él me desmorono yo con estrépito.

Hoy he puesto encima de la mesa las tarjetas de memoria, las notas y las carpetas. Es 1 de junio. En mi calendario personal y hasta el 15 de agosto, ya es verano. Ahora tengo que saber por dónde empiezo, y averiguar, primero, si empezar es un verbo que empieza con efe de fuerzas y negociar con ellas.