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Visita

jon

Esta mañana ha venido a verme Jon Cabrejas y he podido comprobar algo que quienes le rodean saben, seguro, de sobra: que habita con naturalidad en un espacio confortable y positivo que crea él mismo y, sin ser consciente, lo proyecta y lo regala. Eso es un don. Él se reiría -porque ríe mucho- pero es verdad. Jon pregunta cosas con su cadencia tranquila y, cuando no, canturrea por lo bajini. Hoy ha venido a verme en la mañana de descanso entre las sesiones de trabajo que mantengo en la Filarmónica de Bilbao estas tardes y he pasado un rato muy agradable y divertido. Hablas con él y es como si le conocieras desde hace mucho tiempo y no como si hubiera sido la primera vez que teníamos un mano a mano ante un café con leche, él, y una coca cola, yo. La comunicación fluye muy fácilmente de ida y vuelta y eso también es una cualidad.
Esta mañana me ha dicho que hace poco fue tío y que a su sobrino le puso la nana que compuse para él cuando era niño. Como comprenderás, un oportuno trago de la cocacola que tenía en la mano ha ayudado a desatascar el nudo que en ese momento se me ha puesto en la garganta. En el equipaje ya he colocado ese regalo que me llevo a casa.

Album

bigben2015

Londres, atardecer del 19 de enero de 2015.

Tengo un recuerdo imborrable de esos días. Mucho frío, una luz bellísima, un silencio necesario, una sensación reconfortante y mucho trabajo. Fui en busca de algo y me lo encontré con creces. Me veo atravesando la recepción del hotel a las 6:45 de la madrugada ante la mirada algo sorprendida del recepcionista de noche, good morning, good morning, envuelto en un abrigo pesado, gorro calado hasta las orejas, bufanda de varias vueltas y guantes; vamos, de una guisa que hubiera provocado la emoción y el orgullo de Gloria-madre si me viera, tan preocupada siempre por estas cosas. Llevaba también mochila, trípode, cámaras, mapas y un cuaderno repleto de anotaciones. Antes de desayunar, grababa el amanecer increíble de los Jardines de Kensington de los que me separaba un único paso de cebra (mire a la derecha, no a la izquierda). Salía del hotel y conforme caminaba los ojos se encontraban de frente con unos muros tras los cuales la mirada se hundía en una extensión oscura que parecía infinita a lo largo, a lo ancho y a lo hondo y que exhalaba un frío intenso y un olor a tierra húmeda y mil vegetaciones.

Para entonces, y a pesar de la hora, las elegantes puertas de hierro forjado, negras y doradas, vestigio victoriano, ya estaban abiertas. Pasos en la gravilla del camino. Silencio. Canto grave de aves nocturnas, que no madrugadoras, aún no. Unos minutos después despuntaba el alba y, como si se levantara lentamente un telón, me encontraba en mitad de un paisaje espectral: un mundo cristalizado en hielo, encapsulado en una mortaja blanca, que tiritaba en reflejos; y flotando, un banco de niebla baja, a la altura de las rodillas, como si del suelo brotara un vaho helado.

Eso ocurría antes de volver al hotel para desayunar y comenzar una jornada más de trabajo y exploración, exploración y descubrimientos. Tanto y tantos que aquellos días se me olvidó comer. No importó, cenaba temprano, hacia las 6 de la tarde, aunque por lo que se veía al otro lado de las ventanas se diría que eran las mil de una madrugada oscura. Y después, en el hotel, tras una ducha caliente desentumecedora e interminable, la revisión minuciosa y entusiasmada de las imágenes, de las notas y la preparación de la jornada siguiente: la planificación de las rutas, metros, transbordos, horarios de los lugares concertados previamente. La voz serena del informativo de la BBC de fondo. No fue una visita turística. De hecho, no visité sitios turísticos. Fue como recorrer una ciudad dentro de la ciudad, como si siguiera una guía paralela a las guías de viaje. Y de hecho así fue. Al final, me traje la documentación que buscaba y anhelaba desde que, años atrás, empecé a interesarme de manera casual, al principio, por un tema que llegué a conocer al dedillo sobre el papel (antiguo) de los archivos.

Mi cuerpo respondió, a su modo pero respondió. Al regreso, la médico no pareció creérselo y me miró con recelo primero y después me riñó un poco. Ese frío, esos esfuerzos, tiene que ser usted consciente, no puede olvidar que… Y yo asentía como cuando te llamaban al orden las monjas en el colegio mientras pensaba: que me quiten lo bailao, que en este caso era lo trabajao y que mi cuerpo, sí, respondió; a su modo, pero respondió, lo cual fue una satisfacción adicional y no menor precisamente. Aquellos días gélidos de enero, bajo cero, ochenta de humedad londinense, fui a traerme trabajo para el verano. El verano es para trabajar lo que me ilusiona porque, si no, y lo tengo comprobado, el verano se me desmorona y con él me desmorono yo con estrépito.

Hoy he puesto encima de la mesa las tarjetas de memoria, las notas y las carpetas. Es 1 de junio. En mi calendario personal y hasta el 15 de agosto, ya es verano. Ahora tengo que saber por dónde empiezo, y averiguar, primero, si empezar es un verbo que empieza con efe de fuerzas y negociar con ellas.

Aventura

Hoy hace un año que marché a Nueva York. Qué recuerdos los de aquella aventura. Este blog es una caja inmensa de palabras, dejemos hoy que las imágenes hablen por sí solas.

Brooklyn, Park Slope:

Manhattan:

(Jet-Lag)

Central Park:

Alucinante hilo musical en vivo… en un MacDonalds de Wall Street:

Zona Cero, World Trade Center:

Album

Cumpleaños David
Madrid, sábado 16 de octubre, 22 horas (más o menos). Servidor se encuentra en el Metro, línea 10, en el trayecto entre las estaciones de Gregorio Marañón y Tribunal; llevo puesta una americana, tal y como indica la invitación al evento al que me dirijo, y custodio entre el brazo y mi costado izquierdo un pequeño objeto envuelto en papel azul. Es un regalo.

El metro chirría en las curvas y mis tobillos llevan la contraria a las oscilaciones del vagón para preservar la verticalidad. Observo. Frente a mí, también de pie, tres chicas de unos treinta y pocos años. Una a mi izquierda, otra al frente y la última a la derecha. Estamos tan cerca que, para cualquiera que nos vea, pertenezco al grupo, cerrando el cuadrado. La chica de la izquierda lleva una melena morena a mechas, nariz afilada, mucha pulsera y un maquillaje que, o pasa por bronceado, o es bronceado. Asisto inevitablemente a la conversación.

-Y lo del pelo!?, pregunta escandalizada la chica de las pulseras.
-Tía, eso es tema tabú, ta-bú, con eso te lo digo todo, responde la chica de la derecha.
-Ya tía pero, tú sabes que su novio se va a quedar calvo antes de los 35???
-Que sí tía, pero que eso ni mencionárselo, tema tabú, ya te digo.
-Y esas entradas, un horror.
-Ya…
-Pues chica, ya me dirás tú, pero que te quedes sin trabajo y tener al novio así, osea, pues, no sé, qué fuerte.

Y yo alzo la ceja, carraspeando para mí mismo.

-Pero lo más fuerte es que además la pobre es fea y no se da cuenta, tía, apunta la chica que está entre las dos, frente a mí, interviniendo por primera vez.

La agradable voz de la megafonía anuncia mi estación de destino donde efectuaré un transbordo. La gente tiene unos problemas muy raros, pienso mientras atravieso pasillos y subo y bajo escaleras. Un hombre toca el acordeón y canta sonriendo. Tiene que ser difícil cantar sonriendo por lo de la vocalización.

A las 22:30, estoy en la calle Goya, un pelín así, con la sensación de que sí pero a ver qué pasa, es decir, porque me sale del corazón felicitar a David acompañándole esa noche y a ver qué pasa porque a ver qué hace un cuarentón como yo en una fiesta en la que no voy a conocer a casi nadie y que se supone joven y bulliciosa. Pero antepongo a mis temores lo que hay que anteponer: David cumple dieciocho años, hay que ver, dieciocho ya. Todavía faltan unos minutos para que, dentro del local, me presente al actor José Luis García-Pérez, su tito en aquella película, “Cachorro” y me lleve una sorpresa muy agradable y hasta me emocione un poco al verlos juntos de nuevo tanto tiempo después de la secuencia de la despedida en la película. Qué congoja la secuencia de la despedida. Pero eso luego. Ahora, hay un grupo de personas esperando en la calle y en nada aparece David y me busca con la mirada. Entonces descubro que ha decidido echarme un cable y que tiene pensado mantenerlo tendido a lo largo de la fiesta. No pasarán más de tres minutos sin que venga o me esté observando desde el grupo de personas que atiende o me pregunte si todo bien, si me apetece beber algo, si todo bien, seguro, todo bien, y cuando no está él en un radio cercano está su hermano Pedro.

En la fiesta hay tres grupos definidos: los jóvenes, los mayores y los actores (mayores y jóvenes). Parece difícil conciliarlos. Yo animo a David a que atienda a sus amigos con la misma insistencia con la que él me asiste, y su actitud es genuinamente david, muy suya. Hay un show divertido en mitad de la fiesta que promete repartirse por episodios a lo largo de la velada y en un instante de pausa salgo afuera a tomar un poco el aire porque hace calor, mucho calor. David sale detrás. No pasa nada, ahora entro, le digo. Pero él dice que de acuerdo y que ya entrará también él, y nos sentamos juntos en la escalinata que desciende de la acera y te lleva al local de la fiesta.

David se ha llevado una sorpresa de esas que se expresan con un silencio elocuente cuando ha abierto el pequeño paquete azul, de forma rectangular, que le he llevado como regalo. Regalo especial para un cumpleaños especial porque pone dieciocho velas en la tarta. Lo especial del regalo no es su valor material (que apenas lo tiene), ni su aparatosidad (es muy pequeñito). Lo que lo hace especial para David es que está hecho de él.

Alguna foto, hielo en los vasos, conversaciones con esta persona y aquella, otro capítulo del show, aplausos, flashes, risas, y a eso de las 2 de la mañana pienso con sensatez que lo más justo, habiéndose desvivido David para que no me encontrara fuera de lugar, es que de ahí en adelante viva su noche como la tiene que vivir un chaval de dieciocho años, así que inicio la operación retirada dando abrazos y saludos con el convencimiento de que hago bien: he estado bien en la fiesta, más que eso incluso, y me voy muy contento. Y todavía me voy a sentir mejor en el hotel, seguro, cuando imagine a David disfrutando el resto de la noche como solo los chavales de esa edad lo hacen mientras tienen esa edad. Se lo merece. Reconforta pensar que aunque este cachorro se nos hace mayor, sigue teniendo el corazón de oro y hasta se ocupa de buscar en el móvil de un amigo que pasa por allí el teléfono de RadioTaxi.

El taxista que me recoge es un taxista melancólico y su conversación me recuerda a Millás, no sé si por Millás o por sus relatos sobre taxis y taxistas. Como me siento bien y despierto estoy tentado de decirle que dé un rodeo porque iniciamos, con la Torre Picasso como fugaz testigo presencial, un debate sobre los chavales de hoy en día y tal. Y caigo entonces en la cuenta de que ya estoy en el capítulo de hablar de los chavales de hoy en día y tal. Puntos suspensivos. En el hotel, me doy una ducha y busco el paquete de galletas de chocolate que había empezado por la tarde en el tren. En el televisor, el novio de Falete asegura, sudor en la frente, que nunca, nunca, ha sido novio de Falete y una periodista frunce el ceño y muerde la patilla de la gafa, como sumida en deliberaciones antes de emitir veredicto.