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Exploraciones

el domingo de las madresEl domingo, Día del Padre, leí en dos tirones “El Domingo de las Madres”, última novela del británico Graham Swift que acaba de publicar Anagrama. Ambos domingos, el del lector y el de la ficción, que transcurre en el 30 de marzo de 1924, compartieron un limpio cielo azul que, en las latitudes inglesas donde transcurre la novela, es vivido como una feliz anomalía climática que pone la guinda a un día especial: el Domingo de las Madres. En aquellos tiempos de mansiones en mitad de la campiña, de señores y su servicio, días que tan bien reflejaron “Arriba y abajo” o “Downton Abbey”, según la generación a la que pertenezca el lector de este post, el cuarto domingo de Cuaresma era una jornada en la que el servicio, siguiendo una larga tradición, dejaba sus ocupaciones para volver a casa por unas horas y visitar a sus familias. El domingo 30 de marzo de 1924 los Niven y los Sheringham disimulan con británica flema su fastidio e, inválidos por la ausencia de asistentes, salen a comer a un lujoso restaurante. Mientras tanto, el hijo de los Sheringham y Jane, la criada huérfana de los Niven para quien el Domingo de las Madres no tiene dirección de destino, comparten lecho por ultima vez en la mansión, aprovechando la ausencia de los señores y del servicio: Paul Sheringham va a casarse en breves fechas.

Entonces el lector entra en trance ante la minuciosa y perspicaz disección que nos brinda Jane de todo lo que ocurre, siente y ve; cómo interpreta cada gesto, suposición, aliento, mirada, en una mezcla de melancolía anticipada y distante objetividad; y cuando Paul Sheringham se marcha para acudir al cóctel con su prometida -mundo desconocido y vedado para alguien como Jane-, continuamos atrapados en el minucioso, sosegado pero vibrante fluir de sensaciones que desgrana ella y nos convertimos en cómplices de una maravillosa e insólita situación: la criada no sólo dispone de una hora de tiempo para recorrer, inspeccionar y poseer a su antojo las dependencias de la mansión, sino que las recorre, inspecciona y hace suyas en la más insólita circunstancia: desnuda, de tal modo que su piel parece vestirse de un mundo de maravillas que, seguramente, pasa invisible para sus ocupantes cotidianos: la danza del polvo en un haz de sol, el sosiego del silencio primaveral, las vetas de las maderas nobles, las letras doradas en el lomo de los gruesos volúmenes, la inquietud y la quietud en mitad de la gran escalinata que desciende en solemne curva, la frialdad del mármol en la planta de los pies. La asunción de la propia circunstancia junto al deseo de que se materialice lo imprevisto no pugnan en lucha en la mente de Jane, simplemente transcurren plácidamente, como lo hace la narración subyugante que todavía nos hipnotiza en el camino de vuelta al atardecer por los caminos solitarios: “Pedaleando, oía el zumbido de las ruedas, sentía el aire entrándole en el pelo, en la ropa y, tuvo la sensación, casi en las venas. Nunca lograría explicar la libertad total, la creciente sensación de “posibilidad” que sintió en esos momentos”.