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Marriner

neville-marrinerHa muerto Neville Marriner, y el chaval que yo fui ha asomado por alguna parte porque este hombre encendió mi vocación musical, y digo bien, encendió, porque fue una iluminación escuchar la claridad que salía de aquel negro vinilo una lejana tarde en el equipo de música de casa de mi tía. La historia quedó escrita en este blog, para qué repetirla. Es la del impacto que supuso escuchar el sonido mágico del clarinete de Jack Brymer, otro maestro desaparecido, este dos veces desaparecido, por muerto una y porque ya no se acuerdan de él, otra, que tocó toda su vida hasta hartarse el mágico Concierto para clarinete de Mozart y fue Marriner, su transparencia, su serenidad amable y profunda a un tiempo sembrada en su mítica Orquesta Saint Martin-in-the-Fields la que dio como resultado una versión referencial, referencial, digámoslo dos veces para reflejar la admiración, y que, sin embargo, quedó descatalogada por los siglos en los catálogos en una de esas decisiones inexplicables que ocurren todos los días y que no impiden que el mundo siga girando, no, pero gira de una manera más insustancial y hueca.

He rememorado también los años muchos y felices que disfruté la integral de los conciertos para piano mozartianos con Alfred Brendel como solista, felices sobre todo porque su maravillosa visión y versión, cuyos hallazgos placenteros brotaban en un concierto y en el siguiente y en el siguiente en inagotable sucesión en grabaciones de los años 70, llenaron de satisfacciones mis días.

Marriner, que todavía estaba en activo, 92 años, ahí es nada, pensando el hombre en dar los próximos conciertos en Madrid en unos días, vivió ese tiempo que hoy se antoja rarísimo porque ya no existe ni se le espera: el tiempo único en que se grababa un disco al mes, y eran buenos, y se vendían bien, y había gente esperándolos. Un mundo que en la grisura pirata y descafeinada que nos toca vivir nos parece una broma, o un sueño. No digas que fue un sueño, dijo aquel. Pues no, no lo digo porque no lo fue. Marriner, Brymer y Brendel, como Horowitz al que estos días estoy revisitando y tantos otros, deberían hacernos pensar, reflexionar, meditar. Sobre qué. Pues, por ejemplo, sobre la vacuidad general imperante que ha terminado por empapar esas mismas obras que ellos iluminaron y que ahora son el pretexto de una plana exhibición mecanográfica y pirotécnica, inmaculada en las formas pero amnésica de aliento poético, de sabiduría, de ecos que, viniendo de más allá de los pentagramas, revierten en los mismos. De sangre, coño, que uno empieza a espantarse y asquearse de tanto individuo que parece tener horchata en las venas aunque le aplaudan mucho.

Cada vez que muere una de estas figuras se muere algo más con ellos. Irreversiblemente. Lo peor de la muerte es que es definitiva, decía aquella dama en un blanco y negro de George Cukor -consignado también en el blanco y negro de este blog, esto es, hace siglos-. Cada vez estoy más convencido de que hubo una edad de oro, y que esa edad de oro alcanzó un techo para empezar a declinar. Y lo curioso es que, conforme las cosas en el mundo musical declinan al compás de la declinación general, se pone en marcha una maquinaria compensatoria que realmente no compensa nada pero, al menos, maquilla. Oiga, podría poner un ejemplo. Y dos, y tres si quiere. Desde la bajada clamorosa de listón en todos los órdenes -salvo en el de la impoluta y aséptica fachada técnica-, incluyendo la del criterio y el olfato, hasta esa reivindicación que empiezan a enarbolar desde jovencitos los músicos y que está bien, no digo que no, salvo que se utilice, voluntaria o involuntariamente, para echar balones fuera y no ver -o no saber ver- lo que cada cual debería reivindicarse a sí mismo. Pero hoy no es ese el tema, y mañana tampoco, que ya me pilla de vuelta y me da una pereza terrible a estas alturas, después de hacer, desde mi minúscula parcela, lo que buenamente consideré y pude.

No envidio nada a estos músicos que llegan y miran fuera sin mirarse dentro. Nada. Asisto a la desaparición de estas figuras que sí miraron dentro, y alrededor, para proyectarse después con poderoso aliento allí donde sabían y podían, en el corazón de los otros, y recuerdo aquellos días en los que, en plenas facultades todos ellos, te regalaban satisfacciones sin fin en inacabable e inaudito elenco que latía en presente continuo porque estaban vivos. Ahora siguen vivos en grabaciones para quien tenga memoria y ganas.

Gracias por tanto, maestro Marriner; por la elegancia, la transparencia, la sonrisa, el calado y la armonía que alumbró nuestros días.