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Smog

Smog cartelHoy hace dos años que, con nervios de los buenos, de esos que chispean en el pecho, traje a mi amigo Diego a casa para proyectarle por vez primera el largometraje documental que había rodado sobre su periplo en Pekín.

La idea (y no del Norte) había empezado una tarde del invierno anterior, a finales de 2014. Diego vino a verme y me contó detalles de su aventura de varios años por aquellas latitudes. Me fascinó escucharle, al punto que me quedé callado y apenas hablé, con eso te lo digo todo, callarme yo, insólito. Pero creo que sé escuchar y ver entre las palabras y lo que esa tarde escuché iba más allá de la aventura exótica, algo que tenía muy poco o nada que ver con algo del tipo “Españoles por el mundo”. Nada eso. Había en el relato muchos matices, pliegues; muchas capas. Además, volvía a poner de manifiesto la habilidad de Diego como excelente narrador de historias, habilidad que ya conocía. Un par de meses después le cité en un territorio inverosímil para plantearle esta aventura (un alborotado Burger King que, sin embargo, se revelaría pronto como cuartel general del proyecto) y accedió inmediatamente, sin ninguna objeción.

Pues manos a la obra, ¿no?

Pasé a ocuparme entonces de tres cuestiones: la primera de ellas fue que se sintiera cómodo en todo momento. Para ello, localizamos como set de rodaje la silenciosa buhardilla de una antigua casa que había sido de sus abuelos, ahora deshabitada, en un pueblo cercano, y en donde había jugado de niño.

La luz amable de las tardes del final de primavera, la quietud del lugar, el canto de los pájaros que se filtró a través del grabador digital de audio como una banda sonora tan inesperada como agradable, en modo alguno invasiva, sirvió como marco ideal para llevar a cabo una tarea paciente e intensa (todo viaje interior es una experiencia intensa) que necesitaba de esa atmósfera para que las palabras que recreaban las vivencias y que portaban las observaciones y las reflexiones brotaran en un ambiente propicio.

Mi segundo punto de atención se centró en la espontaneidad. Salvo lo que yo ya conocía de lo que me contó aquella tarde de invierno en mi casa, acordamos que lo que fuera a contar no tuviera ensayo previo para no ahogar la espontaneidad que estas cosas requieren. No quise saber con antelación lo que iba a decir ante las cámaras, limitándome a preguntar, antes de cada sesión de rodaje, la senda que ese día íbamos a transitar de un guión que realmente fue inexistente porque se redujo a una serie de epígrafes muy generales que servían de punto de arranque y a partir de los cuales Diego abría bifurcaciones y nuevas historias de manera constante e inesperada

Por último, me preocupé (y no poco) por la cuestión técnica debido a una razón fundamental, agárrate: no habría técnicos. No habría nadie. Tal fue el trauma de mi experiencia colectiva anterior, aunque “colectivo” sea una palabra donde también habitan excepciones de un valor inestimable. Además, esta vez se trataba de un proyecto de ambiente intimista. Yo debía estar en la diagonal invisible hacia la cual Diego mira en el encuadre, correspondiendo y siendo receptor de sus palabras, pero también tenía que estar pendiente, en el muy escaso margen de maniobra que quedaba, de las dos cámaras, el sonido, y la luz. En ese sentido, el uso de la multicámara cumplía una doble función: de una parte, la de dinamizar el montaje con el cambio de plano pero, también, la de disponer de una cámara de emergencia en el caso de que una de ellas fallara, o de disponer de un recurso más en caso de que la posición de Diego se desplazara en el encuadre a lo largo de los minutos, puesto que tiende a moverse y a gesticular con las manos; también, en el caso de que la luz cambiante y progresivamente menguante de la tarde comprometiera la exposición de las ópticas. La luz utilizada fue natural: la pared encalada de la casa de enfrente, al otro lado del ventanal donde nos ubicamos, hizo de improvisado reflector y difusor de la luz solar hacia Diego. Ahora que echo la vista atrás, fue algo muy estimulante.

El resultado del trabajo fueron muchas horas de rodaje repartidas en varias sesiones entre finales de mayo y los primeros días de julio de 2015. Fue un trabajo estrictamente entre dos: sólo estamos él y yo; él hablando, yo escuchando. El canto de los pájaros y el sonido de las campanas en la lejanía.

Pronto vi que la fluidez y la extensión iban a desbordar los cauces habituales de algo que desemboca en un formato de exhibición pública, por mucho que la tarea de montaje posterior del metraje, que se anunciaba laboriosa, puliera el minutaje. Pero mientras escuchaba a Diego tomé la decisión de no interrumpirle y de cambiar sobre la marcha el objetivo de lo que empezó siendo una pieza breve documental y terminaría siendo un largometraje: decidí entonces proporcionarle a Diego una especie de “cápsula de tiempo” en la que introducir palabras, imágenes y recuerdos antes de que el tiempo comenzara a diluirlos. Eso hizo que en el montaje final no se sacrificaran ciertos momentos que sólo tienen sentido para Diego y que quizá, para un espectador ajeno, no tengan importancia.

No obstante, la edición del material supuso para mí algo parecido a reecontrarme con los tiempos de mis estudios de Contrapunto puesto que el montaje del metraje de “Smog” fue el fruto de un largo proceso reflexivo y no tiene muchas diferencias con la concepción de una partitura musical: los motivos, las pequeñas células, se armonizan y se combinan, se yuxtaponen o se contrastan, y todas ellas, hasta la más pequeña, a veces de manera aparentemente inadvertida, juegan un papel imprescindible en el todo. He aquí la “partitura” del documental:

Smog montaje

Debo confesar que, por mi parte, y a la hora de comenzar a grabar, contemplaba la posibilidad de que a lo largo del discurso, entre líneas, pudiera entreverse algo que había sentido muchas veces con claridad al hablar con Diego y que me recuerda siempre a la figura schubertiana del “caminante”. Lo que pude suponer entonces era que al escucharse en voz alta, Diego se descubriera literalmente a sí mismo de manera progresiva. Hay un Diego que al principio del documental habla sobre cuestiones generales y, al otro extremo del metraje, encontramos a un Diego que habla con extraordinaria lucidez y franqueza de la cuestión esencial. Todo viaje es doble y en él suceden las cosas que pasan por fuera y las cosas que suceden por dentro.

Por todo ello, aunque un trabajo de estas características tiene, a priori, un reducido o nulo interés más allá del entorno inmediato de la persona anónima que habla (¿qué interés tiene en este mundo apresurado e individualista sentarse con tiempo a escuchar a un anónimo?) hay algo en el discurso de Diego, en su forma de mirar y de procesar las vivencias, en el descubrirse a sí mismo y contarse y contarnos su descubrimiento, que convierte lo que en principio parecería una “narración de souvenir”, de occidental en tierra exótica, en una cosa muy distinta, que no distante, porque lo que empieza siendo la crónica de un viaje remoto quizá sea el comienzo de un viaje al encuentro de uno mismo.

Hoy hace dos años que, tras una tarea de edición que ocupó todas las horas del verano, llamé a Diego para pasar el documental. Recuerdo aquella tarde como muy especial. Frente a la pantalla, dos espectadores, él y yo. Él, a mi izquierda, había vivido en su piel todas aquellas experiencias que se escuchaba por primera vez en el espejo del cine y yo, a su lado, no habiendo vivido nada de aquello, había visto una y otra vez, decenas de veces, seguramente un centenar, lo que allí desfilaba. Recuerdo el silencio, el silencio absoluto a lo largo de los 74 minutos, algún amago de risa, algún otro de emoción, y todavía se prolongó un instante el silencio después de que la pantalla fundiera a negro, al final. Luego establecimos un debate.

Hoy ambos recordamos con especial afecto aquella experiencia que sirvió, así lo creo, para unirnos más. Y me aventuraría a decir que también sirvió para cerrar una etapa de la vida de Diego y abrir otro capítulo. Y es bonito para mí haber asistido a eso. La vida nos lleva por nuevas estaciones, nos pide poblarlas y vivirlas.

Interrogantes

¿Tiene memoria este blog de sí mismo? ¿Me reconoce? Entro aquí con dudas porque, en primer lugar, digo el ábretesésamo necesario para poder escribir y me dice que quién va porque ese no es el santo y seña y se me pone la cara colorada, quién me ha visto y quién me ve. Igual es que va a ser verdad que a quien echa en falta el blog es a emejota, y yo también, pero él a nosotros dos no se sabe. Punto y aparte.

Mi sobrino César ha cumplido hoy cuatro años, lo cual quiere decir que este blog lleva callado cuatro años. Vale, ha habido alguna intentona, algún balbuceo, pero si entendemos este blog como lo entendimos en su día, esto es, con puntual periodicidad, pues hace cuatro años que cerró el pico, cómo te quedas. Yo, muerto me quedo. ¿Que cómo sé que son esos años y no otros? Porque si tiras de scroll, esa persiana electrónica, te plantas en la noche de hace ahora cuatro años, cuando estábamos en la sala de espera del hospital, sección maternidad, dándole la bienvenida. El tiempo te deja así de perplejo: haces scroll y en un nada ya estás en el todo abrumador de cuatro años. Haz la prueba.

La primera infancia de César, por tanto, no aparece registrada en este blog como sucedió con mis otros dos sobrinos. Gloria-madre solía decir que les estaba dejando un regalo precioso para cuando fueran mayores, mucho más que unas fotos, porque dejaba por escrito lo primero que dijeron, las cosas a las que jugaron y un etcétera que, para Gloria-madre, es mucho más valioso que una fotografía.

Aquellos sobrinos que balbuceaban en el blog también han hecho un scroll abrumador. (Nota: “abrumador” es un concepto que vengo utilizando mucho últimamente). Isabel es una adolescente entregada por completo al Whatsapp desde donde se comunica ocasionalmente a través de una fila de dibujitos, cifras, más dibujitos y un puñado de abreviaturas que no me abruman, pero me dejan perplejo. Carlos va más a su aire, lo que quiere decir que es menos de pantalla y más de airearse. Ayer llamó al portero automático y dijo que pasaba por aquí. ¿Subes?, le pregunté. No, no, respondió él, es que pasaba por aquí con mis amigos y quería preguntar por el tío. Carlos es así, ya apuntaba maneras muchos posts atrás.

El blog no sabe que tras César llegó Víctor y es que han pasado muchas cosas durante estos años y no todas malas. Muchas sí, pero no todas.

Esta mañana, César y yo hemos releído por enésima vez Ali Babá y los 40 ladrones en el sofá. Pero no sentados en el sofá. Sentados en el suelo con la espalda apoyada en la espalda del sofá. En ese refugio hemos vuelto a pronunciar el ábretesésamo y en las páginas del cuento funcionaba pero aquí, en el blog, no, me ha costado dar con la fórmula mágica.

A sus cuatro años recién estrenados, César comparte conmigo muchas cosas aparte de la afición por contar un mismo cuento de una manera distinta cada vez. Por ejemplo, ha heredado mi devoción por los trenes, imagina la honda satisfacción que sentí cuando lo averigüé. El otro día hizo con sus padres su primer viaje dentro del tren porque lo de fuera del tren ya lo tiene muy dominado, me he encargado personalmente de ilustrarle en cambios de agujas, semáforos, locomotoras y demás contenidos del temario. Fue tal la emoción del viaje que dedicó la primera llamada telefónica de su vida a transmitirme la aventura en directo. Me dijo, con voz de alucine, que el tren iba tan rápido que por la ventanilla no se veían ni montañas y afirmó, con la emoción vibrando en las amígdalas, que avanzaban a milescincocientos por hora. Así lo dijo, milescincocientos, y yo tomé nota del registro. Finalmente dijo que iba a Plamplona y a Barcelona, a los dos sitios. Hay un instante en la infancia en que todos los caminos llegan a todas partes en una misma recta: vas a Plamplona y te plantas en Barcelona. Y arreglado.

A Plamplona no, pero a Pamplona voy yo mañana por la mañana. Y no en tren, sino en autobús. Voy, para variar, al médico. Me va a decir una cosa que no me va a hacer ninguna gracia escuchar, pero es que el propio médico no me hace ninguna gracia. Creo que tampoco se hace gracia a sí mismo. Todo es una desgracia desde hace tiempo, en definitiva, pero cuando pienso en que todavía será peor, me agarro fuerte al instante presente y siento hasta alivio momentáneo. De verdad.