Vida

Siempre he mirado con cierta curiosidad/añoranza/envidia/pereza y lo que fuera, según soplara el viento, los fastos con los que la gente celebra sus bodas de oro matrimoniales. El casorio, tal y como apuntaría mi amiga Ana Mª haciendo gala del abundante léxico traído de su inmersión en el océano del culebrón catódico venezolano. He mirado de esa forma a las bodas de oro circundantes, con amplia serie de adjetivos, pero nunca con indiferencia, quizá porque desde pequeñito he sabido que en mi casa, fueran como fueran repartidas las cartas del futuro, algo así no podría celebrarse nunca desde que el presente de una tarde de octubre de 1981 se llevó a mi padre al otro barrio.
Este mediodía mi madre ha dicho, de repente, con la naturalidad de quien recuerda que tiene que comprar naranjas o que el lunes a las 11 tiene consulta con el médico de cabecera, que hoy hace 50 años que se casó, y sin dar lugar a reacción y con el mismo tono de voz ha añadido que por la tarde iba a ir a la parroquia porque se impartía la unción comunitaria para mayores. Y entonces he sentido que el pasado y el futuro han colapsado en el silencio de un instante de presente. Yo es que llevo un tiempo rebosante de perplejidades y con la sensación de que contemplo la vida desde otra butaca, aunque no podría decir en qué momento me cambiaron el ángulo de visión de las cosas que pasan. Ahora cantan los pájaros, el sol alarga este atardecer azul de junio y se filtra por las persianas dibujando en las paredes oblicuas celdillas doradas, el viento del norte mueve las hojas de los árboles y algún coche pasa raudo dejando una estela hortera de reggaeton para recordar a las aceras que la noche de hoy será de sábado, pero la casa está silenciosa y en calma, no sé si queriendo decir algo con eso o no.

3 pensamientos en “Vida

Deja un comentario: