Primavera

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Que el día que da comienzo la primavera coincida con el nacimiento de Johann Sebastian Bach es un hermoso guiño del destino a quien nació para hacer brotar la música de una manera torrencial, cristalina y pura.

Desde su posición de autodidacta aislado del enjambre de recursos, referencias y del debate musical de su tiempo, constituye un ejemplo de superación único: integrar toda la tradición musical europea, hacer una síntesis de la misma y devolverla perfeccionada con minuciosidad hasta en los últimos detalles en todos y cada uno de sus apartados. Infatigablemente. Bach es uno de los pilares de la cultura musical europea y occidental. Escribió millones de notas musicales y apenas unas frases en letras que hablaran de sí mismo. Impresiona que un hombre que dijo tanto y con tanta intensidad, inteligencia, emoción y poesía en notas dejara apenas rastro de sí. Bach es un enigma que pone en conexión fondo y forma, humanidad con trascendencia, explorador sistemático de todas las posibilidades de un motivo musical para alumbrar las regiones remotas del ser humano. Bach es un consuelo, un bálsamo inagotable, una figura referencial cuando se trata de buscar dignificación para el ser humano en estos tiempos desolados y desoladores, desnortados. En muchos conservatorios va cayendo en el olvido, porque olvido también es tocar o recitar como quien oye llover, porque olvido también es hacer algo “porque lo dicen los libros”. El último legado de Bach es que nos planta un espejo para mirarnos y darnos cuenta de hasta dónde estamos llegando y aún así, cada día, nos alienta con su regalo, que sigue sonando reparador y nuevo. De una manera sobrecogedora: reparador y nuevo.

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