Harnoncourt

Harnonocurt

Ha muerto Nikolaus Harnoncourt y con su muerte se cierra un capítulo esencial en la historia de la música que, a partir de ahora, se conjugará en pretérito. Harnoncourt era más que un director, era un músico integral e íntegro de amplio perfil intelectual y artístico. Un alivio y una rareza en estos tiempos en los que empezaba a resultar un reconfortante anacronismo. Harnoncourt fue el director de ojos exoftálmicos y ademanes enérgicos que dirigía y tejía las líneas de los contrapuntos trazándolos con el índice en el aire. En 1971 se embarcó junto a Gustav Leonhardt en un proyecto titánico y novedoso: grabar la totalidad de las Cantatas de Bach bajo un prisma historicista (con niños en lugar de voces femeninas e instrumentos originales). Histórico pero no histérico; es decir, que no se dejó llevar por la pureza extrema que todo lo pule, lo limpia y lo deja tan aséptico y transparente que se olvida de la propia música, de su aliento. Y aliento es lo que no falta a esos discos gloriosos grabados para Teldec durante 20 años y por los que pasaron auténticas voces de oro del célebre Coro de niños de Tölz: Tobias Eiwanger, Christian Immler y Panito Iconomou. En el verano de 1985, año del tricentenario del nacimiento de Bach, la televisión austriaca estuvo en la Catedral de Graz para registrar una vibrante interpretación de la apasionante Pasión según San Juan de Bach con ellos y quedaron para la posteridad muchas emociones que hemos revivido en numerosas ocasiones y que reviviremos, qué duda cabe.

Años después, y también para Teldec, su sello de cabecera, nos brindó unas últimas sinfonías de Mozart igualmente vibrantes. Recuerdo una noche de invierno en Praga mirando a través del cristal del ventanal de la habitación del hotel. Los 19 grados bajo cero irradiaban desde la superficie del cristal, en lo alto las estrellas se distinguían muy nítidas, de un blanco azulado, y abajo los adoquines solitarios de la madrugada. En los auriculares sonaba el tiempo lento de la sinfonía “Praga”, dirigida por él, esa sinfonía maestra en la que Mozart atesora instantes de sosiego y felicidad con la autenticidad de quien sabe que esos instantes son escasos. Para mi, ese movimiento, en las manos y el corazón de Harnoncourt, es la banda sonora perfecta de mi vivencia en esa ciudad.

En mi biografía musical, Harnoncourt es una presencia constante: mi madre me regaló la integral de sus Cantatas de Bach cuando yo era adolescente y uno a uno, aquellos 60 cds me ayudaban a recuperar la movilidad cada mañana en los años duros, muy duros, en que la medicina no había inventado el medicamento que hoy me permite vivir. Recuerdo que, muy castigado por la rigidez matinal, yo me ponía los auriculares inalámbricos y comenzaba a arrastrar los pies por el salón. Sonaba Bach, sonaba el Harnoncourt de Bach, y yo arrastraba los pies dolorosamente apretando los dientes, con determinación y concentrando la atención en la belleza de esa música hasta que, poco a poco, las articulaciones se engrasaban, el paso se acompasaba a la música y el dolor se desvanecía hasta el día siguiente cuando repetiría la operación. Kilómetros de Bach durante años.

La última compañía de Harnoncourt es reciente, llegó a casa hace un par de meses en forma de flamante bluray, y en él dirige en Amsterdam una conmovedora interpretación de la Missa Solemnis de Beethoven. Fatigado, a los 30 minutos de empezar se sienta a un lado del podio, y se hace un silencio respetuoso por parte de los músicos y de toda la sala hasta que el maestro recupera el aliento. Al adolescente que fui le conmovió ver así a quien cada mañana me alentaba para empezar a caminar iluminando aquellas regiones del espíritu a las que la medicina no llega.

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