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Final

Concluyo este recorrido por el recuerdo de Sviatoslav Richter visionando el minuto final del magnífico documental “Richter: The Enigma”, que dirigió en 1998 Bruno Monsaingeon. Me impresiona ese final que contiene dos finales, separados en el tiempo 25 años y reunidos en estremecedora armonía en la mesa de montaje. Es, en todo caso, una única cosa: un canto del cisne. El último pensamiento a las cámaras de este hombre contrapuesto a la belleza absoluta de una de sus más logradas interpretaciones. Qué pasaría aquella mañana de principios de los setenta en Praga para que en el directo brotara un Schubert espectral y de una hermosura ultraterrena que luego no saldría así en la comodidad del estudio de grabación. No importa no poder resolver el enigma. Fue y punto. Nadie ha escrito una música tan triste como Schubert. Y el logro de recrear una música crepuscular con un acierto semejante viene a resultar el canto del cisne anticipado de este pianista inquieto y singular, inquieto y singular hasta para eso, para anticiparse a sí mismo con tal prontitud y después esperarse hasta que el espíritu, sereno, y el cuerpo, ligero como para iniciar el último viaje, le ponga letra por medio de una única, franca y parca frase, sosteniendo la mirada. Y qué mirada.

Héroes

KissinPara mí, un pianista es un héroe -independientemente de sus cualidades- y por tanto es siempre digno de admiración y respeto. Es un héroe porque batalla solo y, para colmo, contra sí mismo. Sin descanso. El desempeño de su actividad es absorbente y exigente en alto grado y de manera continua, y al mismo tiempo, le obliga a ser autoexigente. Es una dialéctica severa, dura y, al final, al fondo, lo mires como lo mires, lo veas o no, solitaria. Un pianista es alguien ante el espejo. De ahí el combate consigo mismo. Un pianista está solo, tanto -y de tal manera son las exigencias de su trabajo y la autoexigencia del mismo- que a veces no es consciente de que lo está: solo. Y su única recompensa es la entrega de lo mejor de sí mismo a los otros. Dicho de otro modo, su premio es regalar algo profundo a los otros.

Un pianista encuentra en el camino difíciles obstáculos y duras pruebas. Los peores obstáculos nacen de él mismo. Por ejemplo: la vanidad. Otro ejemplo: su gestión de las metas, del fracaso, y del éxito. Mantener la vanidad a raya es tarea muy difícil y, si no se consigue a cierta edad, la vida hace la tarea por ti, dándote una lección inolvidable. La solución de todos los problemas y escollos que un pianista encuentra en el camino está en uno mismo, y eso requiere conocerse, que es una tarea tan sumamente difícil como enriquecedora y que, como una partitura compleja, requiere su técnica, tiempo, paciencia, oído. Y silencio. Un pianista tiene que congeniar con el silencio. Música callada, soledad sonora. De ese silencio surge una voz, la suya, que le muestra quién es y le proyecta a los otros. Es entonces cuando ha llegado a casa, a la meta, y desde allí ya está en condiciones de empezar.

No hay descanso.

Humanidad

Sviatoslav RichterCoincidiendo con el centenario de su nacimiento, llegó “Por el camino de Richter”, memorable libro de connotaciones proustianas y no casuales. Habría que transitarlo para recordar el tiempo en que los artistas geniales eran, ante todo, profundamente sabios y profundamente humanos, da igual el orden de los factores: el adverbio es el mismo. Eso sí, si te animas a transitar este camino, agárrate fuerte: desde la primera página, Sviatoslav Richter arrolla con su incontinente, fascinante y fascinadora verborrea que se expande y ramifica ad infinitum. Da igual perder el hilo: el hilo anterior da paso a otro, y a otro, y a otro, y aunque el sentido que dio origen a la excursión se pierda, cada nuevo ramal es igualmente cautivador, hipnótico, desbordante, excesivo, hiperbólico, profundo, divertido, interesante, inesperado.

Richter fue un genio primero, y pianista después. Y como pianista tuvo mucho de mefistofélico, de arrebatador, verdadera fuerza desatada de la naturaleza con un fondo de desesperación que lo hacía todo aún más verdadero, más hondo. Hondura: esa es la palabra que diferencia sideralmente a Richter de muchos otros monstruos virtuosos; su profundidad insondable, su descenso a los infiernos de los cuales traía esos hallazgos que ponían los pelos de punta, no por raros ni lejanos, sino por ser sumamente humanos.

A Richter los soviéticos lo pusieron en el escaparate de Praga en los tiempos de color gris acorazado del telón de acero para tocar una serie de Sonatas de Beethoven y el suelo de la sala, literalmente, vibró. Era raro verle sonreir porque tuvo que ponerse una armadura impenetrable para que no se hiciera (más) pedazos tanta humanidad. No muchos supieron que las mañanas de los conciertos, estuviera en la ciudad que estuviese, ciudades que progresivamente eran más pequeñas por voluntad propia, apareciera en la escuela de música o en el conservatorio, sin previo aviso, con sus maneras rudas y sus andares marciales, dispuesto a tocar gratis para los alumnos el concierto de las tardes. Así fue en Pamplona una mañana de febrero de 1992 en la antigua sede del Conservatorio “Pablo Sarasate” de la calle Aoiz, en cuyas instalaciones entró como elefante en cacharrería topándose con aquel conserje modelo armario y dando lugar a un choque de titanes. Aquí, un testigo alucinado.

Richter era de risotada sonora, de golpe en la mesa, de lágrima oculta. Protagonizó al final un documental estremecedor. Vivió la vida intensamente y con tanta energía que a veces abría la ventana del hotel y aullaba a la luna, aunque como escribiera Luis Antonio de Villena de Miguel Ángel Buonarroti, “como casi todos los hombres, tampoco fue feliz”.