Pájaros

Agárrate a la mano que nos vamos por el párrafo.

No sé qué estaba viendo yo una noche cuando inesperadamente surgió, de fondo sonoro, lo que en un principio pareció un oleaje manso de violines en forma de jirones deshilachados de cuerdas. No quedó muy claro pero no importó tampoco porque, justo entonces, brotó algo semejante a una algarabía chillona de pájaros, caleidoscópica e interminable, como deben serlo. A continuación llegó el sobresalto a síncopas de la memoria, de la clase de sobresalto que ocurre cuando la memoria establece o quiere establecer conexión con un recuerdo sin definición concreta. Vamos, un parece pero no pero sí, un me suena pero no pero sí. En nada se hizo la luz con exclamación: ¡pero claro! (luminosa exclamación) y lo que había sido hasta ese momento una metáfora, más o menos acertada, para explicar lo que el revuelo de violines traía consigo pasó a ser una bandada literal de ellos. Pájaros. Los del veneciano. Los que cantan dichosamente al comienzo de la primavera vivaldiana. Siempre he sentido una especial admiración por el hecho (creo que, en general, bastante inadvertido y, sin embargo, acertadísimo) de que Vivaldi detuviera el reloj barroco del continuo en ese pasaje para ilustrar así el trance del observador ante el canto de los pájaros: absorto, embelesado, pasmado y una lista de adjetivos más a juego. Como la leyenda o el cuento del fraile aquel que sale del convento en santo paseo meditativo, se detiene a escuchar a unos pajarillos y cuando regresa a casa han pasado ni sé la de años, puede que siglos, según el ímpetu dramático de quien cuente la historia.

Pues bien (porque empiezo a irme por las ramas), lo que sonó la noche de autos era eso: el fragmento primaveral y vivaldiano de los pájaros pero en contemporánea reconstrucción, o deconstrucción, o re-composición. Alguien a quien enseguida puse nombre, Max, y apellido, Richter, había sometido a moderna elaboración el pasaje de los pájaros de la primavera de Vivaldi y lo había hecho sometiendo a metro y compás justamente el único instante de todas las estaciones que el veneciano había dejado sin atar. El fascinante resultado (así me lo pareció y me lo sigue pareciendo) hermanaba el ahora de los tiempos con el ayer remoto de la polifonía poniendo de manifiesto sus semejanzas: la desinhibida fruición y fricción interválica, la imitación profusa de estructuras breves, apiladas en la vertical de los pentagramas en múltiple recombinación. Eso sucede ahora, hoy, y sucedía en la primera polifonía medieval, esa a la que se le dice antigua cuando lo que en realidad fue y sigue siendo es joven y nueva.

Había y hay en ese fragmento, el de los pájaros recompuestos, otro rasgo común entre el ayer y el hoy musical: la inclinación hacia el ostinato. Y su placer. La puntualización me parece pertinente porque una cosa es el ostinato como procedimiento y otra el atributo que lleva consigo a modo de estela: el placer que produce desde la noche de los tiempos la repetición incesante, de camino al trance.

Pues eso surgió una noche lejana, de repente, cuando el blog llevaba dormido muchos meses. No sé qué estaría yo viendo hasta entonces porque, tras el sobresalto feliz de tantas notas en bandada y en polifónica desbandada, todo lo demás quedó en el olvido.

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2 pensamientos en “Pájaros

  1. Pilar

    No se lo que estaría viendo desde que dejaste el blog, pero el relato FANTASTICO y fantástico…… Vivaldi

  2. C.

    Mariano, por fin he podido escucharlo: qué maravilla! Gracias y más gracias! Lo que nos hemos perdido en este tiempo de ausencia…
    Besos

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