Escapismo

Y entonces decidí ir al cine. Eso fue antes de que llegara este infierno de calor prematuro que ha terminado por fundir y confundir mi cansancio en un amasijo extraño. Era una tarde limpia, fresca, silenciosa y libre y se me ocurrió ir al cine así, de repente. La última vez fue en febrero de 2014, cómo olvidarlo, tampoco Sergio lo olvidará. Fuimos a ver El Hobbit, parte II, y fue un horror. No la película (que no lo sé, ni me enteré) sino el estar ahí, con mi pinzamiento o lo que leches fuera que atormentó mis cervicales durante toooodo aquel año y para el que la comodidad blanda de las butacas se reveló, paradojas de la columna vertebral, en un suplicio chino. De dos horas y media.

Esta vez fue distinto, al menos en eso confié y así resultó. Y un martes por la tarde, prontico, para allá me fui. Estas escapadas al cine revelan un par de cosas sobre cierta tendencia al escapismo que tengo/padezco/sufro/disfruto. Por ejemplo, a mi edad, sigo confiando en que el cine me sorprenda engañándome y atrapándome en un espejismo o en una fantasía de noventa minutos. Como Mia Farrow en “La Rosa Púrpura de El Cairo”, pues igual. Y eso sucede cuando las cosas se ponen cuesta arriba (como en la película) pero, a diferencia de la película, muy pocas veces (en realidad no recuerdo cuándo fue la última vez) el sortilegio funciona. De todos modos, como la esperanza es lo último que se pierde, sigo yendo en estas circunstancias al cine en solitario y, una vez en taquilla, después de mirar el menú de las 9 salas, me decanto por aquella película que pudiendo producir ese efecto, sé que no lo va a hacer porque llega un par de siglos tarde. Aún así, insisto:

-Una para “Tomorrowland”, por favor.

Sí.

Llevo una temporada revisando en casa menús de celuloide añejo. ¿Por ejemplo? Pues mira, he revisado “Kuroneko”, la fantasmagoría prodigiosa de Kaneto Shindõ, y me volví a conmover hasta lo más hondo asistiendo de nuevo al festín de Babette, y lo mismo con las Fresas Salvajes de Bergman e incluso con la filmografía, apartado largometrajes, de Buster Keaton, que algún día te lo diré, blog, pero ya te avanzo que con este hombre no me río, y no porque no tenga gracia, que la tiene de manera superlativa, sino porque me impone tal respeto este hombrecillo pequeño en estatura pero gigantesco en todo lo demás, y se juega la piel de tal modo, que me sobrecoge. Pero eso será otro día, y si no, tampoco pasa nada.

-¿Una para “Tomorrowland”?
-Sí, una para “Tomorrowland”.

No había nadie en el cine.

Pero cuando digo que no había nadie es que no había nadie. El chico de la taquilla y yo. Los monitores mostraban trailers de colorín y explosiones y músicas de arpa a la nada.

-Sala 3, al fondo.
-Gracias.

Pues eso, no había madie, siguió sin haber nadie conforme atravesaba el pasillo, ni en él, ni en las salas laterales, ni en las salas del fondo. Mira:

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Tiene su punto inquietante (y atractivo) un cine así. Para el empresario no, claro, y entonces es cuando me empiezo a inquietar yo pero de otra manera, y esa manera la heredé de mi abuela

(nota: hoy es el aniversario de la abuela. Ay)

que la mujer se sentía hasta culpable cuando se daba cuenta de que las luces, los aparatos y demás utilensilios de la cocina estaban en marcha sólo para ella. A raíz de esa herencia familiar, cuando entro en una sala vacía, no digo ya en un cine vacío por entero, siempre tengo la sensación hasta el último momento de que alguien va a tocar mi hombro y me va a decir con una voz queda: no hay sesión, largo. Aunque sé que en este cine no lo hacen, cosa admirable, por cierto. No será por falta de motivos porque reconóceme que proyectar una película en esta sala:

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para una sola persona, pues no sé qué decirte. Ahora, yo, encantado y agradecido.

Y aquí viene mí segunda teoría acerca del escapismo.

Yo creo que escapo al cine en determinadas ocasiones de desasosiego vital a sabiendas de que no va a haber nadie y no por una cuestión de desentendimiento o hartazgo social (que a veces me ocurre, a ti también) sino porque ir a un cine un día entre semana a las 5 de la tarde tiene para mí un significado concreto: es una de las escasas opciones de ejercer, sentir, disfrutar de lo más parecido a la libertad. Concreto mejor: es de las escasas, quizá la única, parcela de total libertad e independencia que no ha tocado (aún) mi dolencia. ¿Cómo? ¿Cuál? ¿Ir al cine? No: ir al cine cuando el resto del mundo no puede ir porque está privado momentáneamente de su libertad (porque está en su trabajo, o estudiando, o qué se yo). Es entonces cuando siento qué se siente cuando se elige hacer algo distinto, diferente, especial. Como si pudiera extraer un pequeño privilegio de la normal cotidianidad. Oiga, pero eso es una estupidez. Puede, pero hay estupideces que algunos días son necesarias.

“Tomorrowland” es voluntariosa, cansina, tiene un estimulante ramalazo ochentero fugaz y antes, durante y después, más de lo mismo. Todo eso junto.

Me compré palomitas.

No entiendo ese rollo tiquismiquis con las palomitas. Entiendo que ponga de los nervios cuando alguien no las come como una persona normal. Pero las palomitas y el cine son como el acompañamiento a la melodía. Recuerdo haber asistido en Londres a una representación teatral importante en un sitio muy principal, el Old Vic Theatre. Mucha gente endomingada. La obra no tenía nada de palomitera y a ambos lados de mi butaca había sendos señores mayores muy muy british, de los que van al teatro con traje y zapatos tan pasados de moda como marrones, bien brillantes, el perfil de caballero inglés que se pasa el índice por la barbilla y ríe despacio un comentario jocoso. Esos. Y recuerdo cómo, para mi estupor, a punto de concluir el intermedio reaparecieron en la sala para volver a ocupar las butacas con sendos helados de crema (vainilla) sorbiendo sonoramente mientras allá arriba, tan sólo dos filas de separación, dos leyendas del teatro vivo al servicio de Su Majestad decían no sé qué de Arthur y tal. El tal del inglés lo pillo pero con cierto desfase de tiempo porque no fui educado en bilingüe. Resultaba que el tal del tal Arthur era una preocupación por el honor de la familia.

Un pensamiento en “Escapismo

  1. Pilar

    Con los calores que nos torturan y agobian estos días, (hoy ya no ) hacer un escapismo al cine es una buena opción… (suelen estar tan fresquitos, que hasta agradeces una chaqueta ) … No recuerdo cual fue mi ultima película, no sabría decir porque, pero hace varios meses que ni con palomitas, o sin ellas, no he dejado que la magia del cine me atrape….. Tengo que pensar el porque de este asunto y retomar una costumbre que me gustaba mucho y no quiero perder ….. Lo meditaré …..

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