Archivo por días: 5 junio, 2015

Debut

Hoy hace 30 años de mi primer concierto. Ya había tocado en anteriores conciertos colectivos pero este fue el primero en el que estuve solo todo el rato en el escenario (que lo de “piano solo” no viene sólo por ser piano a secas) con su primera parte, su descanso, su segunda parte y su incierto bis, que lo fue (bis, no incierto).

¿Y por qué lo del concierto? Creo recordar que por lo del miedo. Miedo escénico. Todo el miedo posible. Tendía a un temblor de manos que me hacía potencial candidato a virtuoso de las castañuelas pero también me hacía perder el control estrepitosamente en la carretera blanca y negra de las teclas. Por eso, mi profesor debió pensar: al toro. Y allí estaba yo, tal día como hoy, pasándolo mal pero tomándomelo muy en serio: muy en serio la elección y el orden de las obras, el ritual de estudio, mi progresiva familiaridad con el lugar y con el piano. Recuerdo que al punto de la mañana del día de autos aparecí por allá para empezar la faena justo en el momento en que el afinador terminaba la suya y aquel fue un encuentro de los que te marcan porque el afinador no era un afinador cualquiera, era uno de esos afinadores de antes, silentes, misteriosos, competentísimos en lo suyo, observadores, agudos en sus juicios. El hombre tenía un montón de años y poco más de metro y medio de estatura y había afinado, en Zaragoza, donde residía, para monstruos de la talla de Artur Rubinstein o Pilar Bayona. Me sentí hasta mal, como si le estuviera haciendo perder un tiempo valiosísimo, e incómodo, porque el hombre no decía nada sino que te miraba muy serio con un ojo muy abierto, inquisitivo, y el otro casi cerrado. Vamos, como si te examinara con lupa pero sin llevar lupa. Ven aquí, dijo de pronto por lo bajini. Fui. Este piano está enfermo, reveló con gravedad y gran sentimiento. A mí aquello me impresionó pero no tanto como la explicación práctica, la exploración clínica o el diagnóstico poético (que fue un poco de todo) que vino a continuación. Hay cosas que te impactan, pero a determinada edad temprana, más. Y sí: el piano estaba enfermo. El afinador me demostró que la dolencia era congénita y, para colmo, irreversible. Después, recogió su curioso instrumental con minuciosidad, se puso una americana, y añadió: no pongas en evidencia lo que le ocurre. Y se marchó, porque, según dijo, tenía prisa y porque, según dijo también esta vez con cierta petulancia en la voz, él no se quedaba a estas cosas tal como haría en recitales verdaderos en los que se podría precisar un cuidado o una atención de urgencia por su parte. Comprensible.

En realidad, no dijo la verdad porque horas después, en la hora h, estuvo todo el rato sentado en un rincón de la última fila, y volvió a estarlo seis años después en el último concierto, donde el hombre pareció ser el único o de los pocos que se percató, para mi asombro, menuda memoria la del tipo, que tocaba a los mismos autores, en el mismo orden y, casi, las mismas obras con una evidente intención de cerrar el círculo. Yo es que he sido muy maniático para esas cosas de las simetrías, pero creo que este hombre también. El caso es que congeniamos el hombre y yo en cuatro palabras y varias docenas de silencios.

Aquella tarde, a pocos minutos del comienzo del concierto, me encontraba tras las cortinas que me separaban del escenario percatándome de una cosa muy llamativa: tras la tela, mucha gente en sonora y animada conversación; a este lado de la tela, yo en silencio y tremendamente solo. El adverbio no es exagerado. Hay un momento horrendo que tiene lugar cuando sí o sí tienes que salir ahí, y te enfrentas por vez primera a los focos de luz desorientadores y a la onda expansiva del aplauso, que en ese momento no puedes procesar como un gesto cálido ni de otra manera que no sea una imponente onda expansiva que alcanza tu aturdimiento como un bofetón. Pero lo peor viene cuando te sientas, tus ojos ven en el frontal negro charol del piano las letras P L E Y E L y en tu cabeza aquellas otras, más recientes, de la mañana, E N F E R M O, y se hace el silencio.

Y pasan los segundos.

Silencio.

Y sabes que tienes las manos presas de un temblor flamenco, entumecidas por el frío, que no hay escapatoria y que tienes que empezar a tocar a Schumann, la primera de las Kinderszenen Op. 15, y sabes que hay un problema mayor que poder gobernar con ese temblor el timón de la pieza: hacerte con la segunda, que viene a continuación con un tempo volador. Pulsé y sentí. Especifico porque elegí empezar con Schumann para sentir como un remedio evasivo del pánico. Mira cómo tiembla, susurró inesperadamente alguien desde las primeras filas, descubriéndome de golpe (y porrazo) los misterios, fascinaciones y realidades de la acústica en una sola lección práctica: puedes susurrar algo y escucharlo nítido a tropecientos metros si el puzzle de la acústica está bien resuelto. Escuchar eso fue lo peor pero también algo bueno, porque fue como una llamada a la reacción, al amor propio o qué se yo, el caso es que poco a poco Schumann tomó forma de lo informe y de ahí Mompou, (Impresiones Íntimas, Paisajes) y el resto de la geografía del programa. Al final, me hubiera quedado tocando un rato más pero no había más que tocar según el programa.

La tarde de aquel 5 de junio de 1985 recibí los primeros aplausos de mi vida que me conmovieron hasta lo más hondo. Imelda Loperena me regaló una rosa roja, Julio Sánchez grabó el concierto en una cinta de cassette BASF y el afinador se acercó a decir que él no se queda a cosas de estas, y aunque en el laboratorio de un hospital lejano se había encendido una luz de alarma hacía tres años y yo llevaba ya en el historial una operación del dedo índice de la mano derecha, todavía no sabía nada de nada de nada, y repítelo las veces que haga falta porque así era, yo no sabía todavía nada de lo que venía, no tenía la más remota idea de lo que venía, de lo que en realidad ya estaba, de lo que iba a estar. Como lo que el afinador había dicho sobre el piano aquella mañana, pues lo mismo.

Conservo esa experiencia con mucho cariño.