Sueños

Desde el día en que ya no pude tocar más el piano (una de las cosas que han sucedido en estos dos últimos años) comencé a tocar en sueños la Fantasía con la que Bach abre su Partita III para teclado. No sé cómo interpretarlo (el sueño, la Fantasía de Bach la llevo interpretando varias décadas) y es curioso que sueño y fantasía sean los ingredientes necesarios para hacer realidad, por un rato, el espejismo de una pieza fundamental en mi vida. Todavía no tengo idea clara del porqué del hechizo de esta pieza sobria que destila una delicada melancolía y que es modesta en sonoridad, carente de aspavientos, música desnuda que, por eso mismo, te permite palpar el corazón de la música, pero me estoy dando cuenta de que conforme voy tecleando la frase he encontrado parte de la respuesta. El resto, lo que falta, quizá tenga que ver con el hecho de que esta pieza no sólo se interpreta, sino que se toca; quiero decir que el hecho físico de pulsarla produce en sí mismo una respuesta emocional, un poema escrito con movimientos musculares, una partitura paralela necesaria para dar sentido a la partitura que recorren los ojos. Creo que he buscado tanto y tantas veces esta música porque nunca he conocido una experiencia de proximidad a la música semejante y, quizá, porque durante su transcurso nunca he estado tan cerca de mí mismo. Me pregunto si me habré ido conociendo poco a poco en este centenar de compases sonando tantas veces durante todos estos años. No sería descabellado descubrir que sí.

Hoy he vuelto a tocar en sueños la Fantasía de Bach y, como en tantas otras ocasiones, la he tocado una y otra vez, una y otra vez, quizá porque cuando la tocaba a este lado del espejo hacía lo mismo. Es una pieza que se presta a ello. Nunca he tenido suficiente con tocarla una vez y siempre he sospechado que la repetición, que no era solicitada por ningún público sino por algo que está dentro, tenía que ver con cierto trance placentero, hipnótico, que precisaba de la reiteración para materializarse. Una pieza mantra, una meditación musical.

La primera vez que escuché estos 100 compases de música acusé una honda impresión y algo parecido a una herida. Lo primero porque no esperaba que, de pronto, al terminar una clase de piano, mientras recogía las partituras, mi profesor tomara los mandos del instrumento y la hiciera brotar dejándome literalmente paralizado. Lo segundo, porque a ti y a mí y a todos los que han existido nos une la experiencia común de haber sentido cómo el espíritu, el alma o lo que sea que habita en las entrañas, haga exclamar a la voz del pensamiento un ay, cosa paradójica porque ese quejido emerge siempre que nos encontramos con algo maravilloso. Eso me pasó a mí en febrero de 1985 y desde entonces comencé a tocar esta pieza con la emoción de quien se interna en un territorio esencial y no he dejado de hacerlo hasta esta misma noche.

En el sueño, sonaban las 12 únicas notas que generan, en prodigiosa inventiva, la arquitectura de los 100 compases que conforman la obra al reproducirse con un ingenio extraordinario porque están ahí, las 12, en continua repetición y, sin embargo, no causan monotonía ni hartazgo y también porque cuando parece que no están, siguen estando: transportadas, escondidas, fragmentadas. Sonaba la Fantasía de Bach en el piano del sueño y cuando he ido regresando al mundo de la consciencia no ha sido ninguna sorpresa, porque me suele ocurrir muchas veces, sentir que mi mano derecha palpaba en mi hombro izquierdo las notas precisas convertidas ahora en música callada.

He escuchado esta música de muchas maneras: la he escuchado convertida en un torbellino de velocidad y la he escuchado transformada en un espacio sonoro sereno y tranquilo. Personalmente, me encuentro entre quienes la encuentran en esta segunda opción (valga el juego de palabras porque mucho de eso hay aquí: encontrarse y encontrar la música; encontrarse al encontrarla). Y sigo hablando en presente porque estos dedos, a los que ya no siento como tales y sí como algo parecido a sarmientos, siguen trazando el mapa de la arquitectura que Bach soñó y que yo ahora revivo en sueños.

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J.S.Bach, Partita III, BWV 827, Fantasía, fragmento.
I.Leavitt, piano. ©2014 SonyClassical

3 pensamientos en “Sueños

  1. Joaquín

    Hace muchos años, escuché una relajante composición, interpretada al piano, sin saber su nombre ni quién la había compuesto: ¡me enamoré!
    Indagando, llegué a conocer datos sobre la pieza, así como a disfrutar mucho con otras obras de su autor, que actualmente es uno de mis músicos predilectos.
    Posteriormente, vi que empezó a ser utilizada a menudo en publicidad, cuando se pretendía dar un toque “fino” a los anuncios…
    A pesar de todo, mi amor por dicha composición permanece invariable: ¡tiene el poder de hacerme evocar cualquier cosa o situación, feliz o triste, escuchándola!
    Me ocurre con ella algo similar a lo que a ti te sucede con la Fantasía de Bach.
    Hablo de la Gymnopédie Nº 1, de Erik Satie.

  2. emejota Autor

    Leer el nombre de Satie me ha sugerido hacer una excursión a los archivos de este blog, diez años atrás, para rescatar esto que escribí para Diana:

    Archivo: Satie

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