Archivo por días: 1 junio, 2015

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Londres, atardecer del 19 de enero de 2015.

Tengo un recuerdo imborrable de esos días. Mucho frío, una luz bellísima, un silencio necesario, una sensación reconfortante y mucho trabajo. Fui en busca de algo y me lo encontré con creces. Me veo atravesando la recepción del hotel a las 6:45 de la madrugada ante la mirada algo sorprendida del recepcionista de noche, good morning, good morning, envuelto en un abrigo pesado, gorro calado hasta las orejas, bufanda de varias vueltas y guantes; vamos, de una guisa que hubiera provocado la emoción y el orgullo de Gloria-madre si me viera, tan preocupada siempre por estas cosas. Llevaba también mochila, trípode, cámaras, mapas y un cuaderno repleto de anotaciones. Antes de desayunar, grababa el amanecer increíble de los Jardines de Kensington de los que me separaba un único paso de cebra (mire a la derecha, no a la izquierda). Salía del hotel y conforme caminaba los ojos se encontraban de frente con unos muros tras los cuales la mirada se hundía en una extensión oscura que parecía infinita a lo largo, a lo ancho y a lo hondo y que exhalaba un frío intenso y un olor a tierra húmeda y mil vegetaciones.

Para entonces, y a pesar de la hora, las elegantes puertas de hierro forjado, negras y doradas, vestigio victoriano, ya estaban abiertas. Pasos en la gravilla del camino. Silencio. Canto grave de aves nocturnas, que no madrugadoras, aún no. Unos minutos después despuntaba el alba y, como si se levantara lentamente un telón, me encontraba en mitad de un paisaje espectral: un mundo cristalizado en hielo, encapsulado en una mortaja blanca, que tiritaba en reflejos; y flotando, un banco de niebla baja, a la altura de las rodillas, como si del suelo brotara un vaho helado.

Eso ocurría antes de volver al hotel para desayunar y comenzar una jornada más de trabajo y exploración, exploración y descubrimientos. Tanto y tantos que aquellos días se me olvidó comer. No importó, cenaba temprano, hacia las 6 de la tarde, aunque por lo que se veía al otro lado de las ventanas se diría que eran las mil de una madrugada oscura. Y después, en el hotel, tras una ducha caliente desentumecedora e interminable, la revisión minuciosa y entusiasmada de las imágenes, de las notas y la preparación de la jornada siguiente: la planificación de las rutas, metros, transbordos, horarios de los lugares concertados previamente. La voz serena del informativo de la BBC de fondo. No fue una visita turística. De hecho, no visité sitios turísticos. Fue como recorrer una ciudad dentro de la ciudad, como si siguiera una guía paralela a las guías de viaje. Y de hecho así fue. Al final, me traje la documentación que buscaba y anhelaba desde que, años atrás, empecé a interesarme de manera casual, al principio, por un tema que llegué a conocer al dedillo sobre el papel (antiguo) de los archivos.

Mi cuerpo respondió, a su modo pero respondió. Al regreso, la médico no pareció creérselo y me miró con recelo primero y después me riñó un poco. Ese frío, esos esfuerzos, tiene que ser usted consciente, no puede olvidar que… Y yo asentía como cuando te llamaban al orden las monjas en el colegio mientras pensaba: que me quiten lo bailao, que en este caso era lo trabajao y que mi cuerpo, sí, respondió; a su modo, pero respondió, lo cual fue una satisfacción adicional y no menor precisamente. Aquellos días gélidos de enero, bajo cero, ochenta de humedad londinense, fui a traerme trabajo para el verano. El verano es para trabajar lo que me ilusiona porque, si no, y lo tengo comprobado, el verano se me desmorona y con él me desmorono yo con estrépito.

Hoy he puesto encima de la mesa las tarjetas de memoria, las notas y las carpetas. Es 1 de junio. En mi calendario personal y hasta el 15 de agosto, ya es verano. Ahora tengo que saber por dónde empiezo, y averiguar, primero, si empezar es un verbo que empieza con efe de fuerzas y negociar con ellas.

Sueños

Desde el día en que ya no pude tocar más el piano (una de las cosas que han sucedido en estos dos últimos años) comencé a tocar en sueños la Fantasía con la que Bach abre su Partita III para teclado. No sé cómo interpretarlo (el sueño, la Fantasía de Bach la llevo interpretando varias décadas) y es curioso que sueño y fantasía sean los ingredientes necesarios para hacer realidad, por un rato, el espejismo de una pieza fundamental en mi vida. Todavía no tengo idea clara del porqué del hechizo de esta pieza sobria que destila una delicada melancolía y que es modesta en sonoridad, carente de aspavientos, música desnuda que, por eso mismo, te permite palpar el corazón de la música, pero me estoy dando cuenta de que conforme voy tecleando la frase he encontrado parte de la respuesta. El resto, lo que falta, quizá tenga que ver con el hecho de que esta pieza no sólo se interpreta, sino que se toca; quiero decir que el hecho físico de pulsarla produce en sí mismo una respuesta emocional, un poema escrito con movimientos musculares, una partitura paralela necesaria para dar sentido a la partitura que recorren los ojos. Creo que he buscado tanto y tantas veces esta música porque nunca he conocido una experiencia de proximidad a la música semejante y, quizá, porque durante su transcurso nunca he estado tan cerca de mí mismo. Me pregunto si me habré ido conociendo poco a poco en este centenar de compases sonando tantas veces durante todos estos años. No sería descabellado descubrir que sí.

Hoy he vuelto a tocar en sueños la Fantasía de Bach y, como en tantas otras ocasiones, la he tocado una y otra vez, una y otra vez, quizá porque cuando la tocaba a este lado del espejo hacía lo mismo. Es una pieza que se presta a ello. Nunca he tenido suficiente con tocarla una vez y siempre he sospechado que la repetición, que no era solicitada por ningún público sino por algo que está dentro, tenía que ver con cierto trance placentero, hipnótico, que precisaba de la reiteración para materializarse. Una pieza mantra, una meditación musical.

La primera vez que escuché estos 100 compases de música acusé una honda impresión y algo parecido a una herida. Lo primero porque no esperaba que, de pronto, al terminar una clase de piano, mientras recogía las partituras, mi profesor tomara los mandos del instrumento y la hiciera brotar dejándome literalmente paralizado. Lo segundo, porque a ti y a mí y a todos los que han existido nos une la experiencia común de haber sentido cómo el espíritu, el alma o lo que sea que habita en las entrañas, haga exclamar a la voz del pensamiento un ay, cosa paradójica porque ese quejido emerge siempre que nos encontramos con algo maravilloso. Eso me pasó a mí en febrero de 1985 y desde entonces comencé a tocar esta pieza con la emoción de quien se interna en un territorio esencial y no he dejado de hacerlo hasta esta misma noche.

En el sueño, sonaban las 12 únicas notas que generan, en prodigiosa inventiva, la arquitectura de los 100 compases que conforman la obra al reproducirse con un ingenio extraordinario porque están ahí, las 12, en continua repetición y, sin embargo, no causan monotonía ni hartazgo y también porque cuando parece que no están, siguen estando: transportadas, escondidas, fragmentadas. Sonaba la Fantasía de Bach en el piano del sueño y cuando he ido regresando al mundo de la consciencia no ha sido ninguna sorpresa, porque me suele ocurrir muchas veces, sentir que mi mano derecha palpaba en mi hombro izquierdo las notas precisas convertidas ahora en música callada.

He escuchado esta música de muchas maneras: la he escuchado convertida en un torbellino de velocidad y la he escuchado transformada en un espacio sonoro sereno y tranquilo. Personalmente, me encuentro entre quienes la encuentran en esta segunda opción (valga el juego de palabras porque mucho de eso hay aquí: encontrarse y encontrar la música; encontrarse al encontrarla). Y sigo hablando en presente porque estos dedos, a los que ya no siento como tales y sí como algo parecido a sarmientos, siguen trazando el mapa de la arquitectura que Bach soñó y que yo ahora revivo en sueños.

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J.S.Bach, Partita III, BWV 827, Fantasía, fragmento.
I.Leavitt, piano. ©2014 SonyClassical