Recomendaciones

Amaneció el día del libro y en Twitter circuló tempranero un tuit que llamó mi atención. En una librería de Madrid, los propietarios habían tenido la idea de proponer que fueran los propios lectores quienes recomendaran libros a otros lectores y a tal efecto habían colocado un mural donde podían achinchetarse tarjetitas previamente rellenadas. “Me gustaría recomendar este libro”, decía el encabezamiento de cada tarjeta. A continuación, venían una serie de campos para escribir el título del libro, la editorial (curiosamente, el nombre del autor no tenía lugar asignado) y el comentario mediante el cual el lector hacía su recomendación. La cámara de un móvil había puesto el ojo en una tarjeta entre tantas, amontonadas como estaban en el corcho del mural, y en ella se leía, en letra clara, a bolígrafo, como título del libro recomendado, “La señora Dalloway”; como editorial, Austral, y (y aquí viene lo notable, o lo noticiable; en todo caso, lo sorprendente) un comentario tan escueto como contundente: “Me arruinó la vida”.

Acusé la impresión de las palabras, no es para menos, y recordé entonces que, en mi biblioteca, la señora Dalloway residía en una edición de Alianza y se me ocurrió ir a visitarla a ver si seguía allí. Las páginas, amodorradas (ocurre cuando un libro lleva durmiendo mucho tiempo que las páginas se amodorran en papel de tacto suave, a veces con el tacto del terciopelo de un silencio largo) pasaron en ráfaga y, como rápidos flashback, llegaron a mi mente nombres e imágenes familiares de mi primera lectura. Cosas de las apetencias súbitas, esa misma tarde comencé a recorrer, de nuevo, el trayecto que la señora Dalloway hace una luminosa mañana londinense de junio y que comienza yendo a recoger unas flores para la fiesta que va a celebrar esa noche en su casa.

Me pregunté acerca del tiempo. No el de la lluvia y el sol, el del otoño o el del verano, tan en boca de los ingleses (como lo estaba en boca de mi abuela, que no era inglesa pero que admiraba en silencio a Maldonado, el hombre del tiempo de la tele de antes). El tiempo sobre el que me pregunté es el del reloj. En concreto, me pregunté si hoy hay tiempo para leer un libro como “La señora Dalloway”, que es breve, pero que requiere un tempo y una cadencia que no tengo muy claro que nos la permita la ansiedad de los minutos de este presente. Y de ahí pasé a pensar en el tiempo plasmado en las páginas de Virginia Woolf, noventa años atrás, concretamente en la cotidianidad que refiere, porque es un libro que transcurre en una sola jornada, y que empieza cuando Clarissa Dalloway decide ir en persona a comprar flores frescas para la fiesta de esa noche y termina cuando se van los últimos invitados. Es la cotidianidad de lo que pasa la que se vuelve extraordinaria hoy. Uno se detiene, escrutador y atento, en los detalles que seguramente para la señora Dalloway ni siquiera lo son ni lo merecen, y eso es muy curioso porque es precisamente el monólogo interior de esta mujer la que se fija en esto y lo otro, evocando, conectando, despertando cosas. Pero ella lo hace desde un mundo que ya no existe y que, además, Virginia Woolf amolda a sus intenciones: las de que ciertas cosas y personas se encuentren y entrecrucen en un azar que irá desencadenando un torrente de sentimientos y sensaciones verbalizadas, casi todo el tiempo, en silencio, en el discurso interior.

La voz narradora discurre con habilidad de dentro afuera en el espacio, desde el flujo incesante del pensamiento de un personaje al de otro, y al mismo tiempo se conduce adelante y atrás en el tiempo de las vivencias y los recuerdos. El Big Ben marca puntual las horas en las páginas de “La señora Dalloway” pero, aunque los personajes tengan prisa, algunos, y otros no, no es su prisa ni su tranquilidad la misma que noto yo cuando miro alrededor, o a través de la ventana, o incluso dentro de mí. Por eso me entregué con interés añadido a que el libro me sincronizara con un necesario cambio de tempo, al menos a mí me parecía necesario, igual a ti no.

¿Y ya está? ¿Eso es todo (amigos)? ¿Sólo es eso? Sólo es eso y sólo el principio, naturalmente. Pero no querrás que te lo cuente todo. Londres despierta con una luminosa mañana y también despierta y se desborda el caudal de pensamientos donde Woolf va depositando el suyo propio y donde, como pasa en los libros tocados por una extraña magia, también hay algo de lo tuyo: un reflejo en el espejo, una resonancia, una intuición de un eco remoto. “Me arruinó la vida”, decía la tarjeta de la librería de Twitter como argumento para abrir el apetito. Curioso argumento para abrir el apetito. No fue mi caso, no la causa de una ruina vital, pero entiendo a quien escribió esas palabras. Un libro puede desencadenar una avalancha: desde el atormentador “lo que pudo ser” a la comprensión de lo que no comprendiste en su momento, siendo ya tarde. Yo pasé por el continuo de palabras pensadas por la señora Dalloway y de ellas salté a las de él, él, ella, él, la otra, ese. Y vuelta. Y revuelta. Y entendí mejor que Virginia Woolf sintiera palpitar la vida con la intensidad de los poetas más dotados cuando se saben rotos y saben con anticipación lo que vendrá.

Un pensamiento en “Recomendaciones

  1. C.

    Volví a ver “Las horas” hace poco, y poco después de que me mencionaras la novela.
    Creo que en este momento puedo poner un “apto para leer a la Woolf” en mi ánimo (al que no siempre convienen según qué emociones); últimamente intento evitar los derrumbamientos que en un terreno abonado pueden desencadenar un libro. O una melodía.

    (Ay, la abuela).

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