Archivo por meses: mayo 2015

Recomendaciones

Amaneció el día del libro y en Twitter circuló tempranero un tuit que llamó mi atención. En una librería de Madrid, los propietarios habían tenido la idea de proponer que fueran los propios lectores quienes recomendaran libros a otros lectores y a tal efecto habían colocado un mural donde podían achinchetarse tarjetitas previamente rellenadas. “Me gustaría recomendar este libro”, decía el encabezamiento de cada tarjeta. A continuación, venían una serie de campos para escribir el título del libro, la editorial (curiosamente, el nombre del autor no tenía lugar asignado) y el comentario mediante el cual el lector hacía su recomendación. La cámara de un móvil había puesto el ojo en una tarjeta entre tantas, amontonadas como estaban en el corcho del mural, y en ella se leía, en letra clara, a bolígrafo, como título del libro recomendado, “La señora Dalloway”; como editorial, Austral, y (y aquí viene lo notable, o lo noticiable; en todo caso, lo sorprendente) un comentario tan escueto como contundente: “Me arruinó la vida”.

Acusé la impresión de las palabras, no es para menos, y recordé entonces que, en mi biblioteca, la señora Dalloway residía en una edición de Alianza y se me ocurrió ir a visitarla a ver si seguía allí. Las páginas, amodorradas (ocurre cuando un libro lleva durmiendo mucho tiempo que las páginas se amodorran en papel de tacto suave, a veces con el tacto del terciopelo de un silencio largo) pasaron en ráfaga y, como rápidos flashback, llegaron a mi mente nombres e imágenes familiares de mi primera lectura. Cosas de las apetencias súbitas, esa misma tarde comencé a recorrer, de nuevo, el trayecto que la señora Dalloway hace una luminosa mañana londinense de junio y que comienza yendo a recoger unas flores para la fiesta que va a celebrar esa noche en su casa.

Me pregunté acerca del tiempo. No el de la lluvia y el sol, el del otoño o el del verano, tan en boca de los ingleses (como lo estaba en boca de mi abuela, que no era inglesa pero que admiraba en silencio a Maldonado, el hombre del tiempo de la tele de antes). El tiempo sobre el que me pregunté es el del reloj. En concreto, me pregunté si hoy hay tiempo para leer un libro como “La señora Dalloway”, que es breve, pero que requiere un tempo y una cadencia que no tengo muy claro que nos la permita la ansiedad de los minutos de este presente. Y de ahí pasé a pensar en el tiempo plasmado en las páginas de Virginia Woolf, noventa años atrás, concretamente en la cotidianidad que refiere, porque es un libro que transcurre en una sola jornada, y que empieza cuando Clarissa Dalloway decide ir en persona a comprar flores frescas para la fiesta de esa noche y termina cuando se van los últimos invitados. Es la cotidianidad de lo que pasa la que se vuelve extraordinaria hoy. Uno se detiene, escrutador y atento, en los detalles que seguramente para la señora Dalloway ni siquiera lo son ni lo merecen, y eso es muy curioso porque es precisamente el monólogo interior de esta mujer la que se fija en esto y lo otro, evocando, conectando, despertando cosas. Pero ella lo hace desde un mundo que ya no existe y que, además, Virginia Woolf amolda a sus intenciones: las de que ciertas cosas y personas se encuentren y entrecrucen en un azar que irá desencadenando un torrente de sentimientos y sensaciones verbalizadas, casi todo el tiempo, en silencio, en el discurso interior.

La voz narradora discurre con habilidad de dentro afuera en el espacio, desde el flujo incesante del pensamiento de un personaje al de otro, y al mismo tiempo se conduce adelante y atrás en el tiempo de las vivencias y los recuerdos. El Big Ben marca puntual las horas en las páginas de “La señora Dalloway” pero, aunque los personajes tengan prisa, algunos, y otros no, no es su prisa ni su tranquilidad la misma que noto yo cuando miro alrededor, o a través de la ventana, o incluso dentro de mí. Por eso me entregué con interés añadido a que el libro me sincronizara con un necesario cambio de tempo, al menos a mí me parecía necesario, igual a ti no.

¿Y ya está? ¿Eso es todo (amigos)? ¿Sólo es eso? Sólo es eso y sólo el principio, naturalmente. Pero no querrás que te lo cuente todo. Londres despierta con una luminosa mañana y también despierta y se desborda el caudal de pensamientos donde Woolf va depositando el suyo propio y donde, como pasa en los libros tocados por una extraña magia, también hay algo de lo tuyo: un reflejo en el espejo, una resonancia, una intuición de un eco remoto. “Me arruinó la vida”, decía la tarjeta de la librería de Twitter como argumento para abrir el apetito. Curioso argumento para abrir el apetito. No fue mi caso, no la causa de una ruina vital, pero entiendo a quien escribió esas palabras. Un libro puede desencadenar una avalancha: desde el atormentador “lo que pudo ser” a la comprensión de lo que no comprendiste en su momento, siendo ya tarde. Yo pasé por el continuo de palabras pensadas por la señora Dalloway y de ellas salté a las de él, él, ella, él, la otra, ese. Y vuelta. Y revuelta. Y entendí mejor que Virginia Woolf sintiera palpitar la vida con la intensidad de los poetas más dotados cuando se saben rotos y saben con anticipación lo que vendrá.

10

Hoy este blog cumple 10 años, aunque ha estado dormido los últimos dos años, ocho meses y dieciséis días (día arriba, día abajo). Primero calló, luego durmió y un día me olvidé de él. Si hace un tiempo me hubieran dicho que me llegaría a olvidar de este blog habría respondido qué dices. Pero así fue. De cuando en cuando, alguien me lo recordaba, bien de tú a tú, bien por escrito. Pocas personas pero de manera conmovedoramente fiel, tanto que casi me daba apuro, o ternura, o ambas cosas, cuando no me hacía sentir un pelín culpable y todo. Pero, qué quieres, así fue. Me sobró el blog. ¿Por qué? Qué se yo. Quizá lo raro no fuera dejar de escribirlo de repente, sino el hecho de haberlo empezado de repente, hoy hace 10 años.

En dos años y medio han pasado muchas cosas. Por ejemplo, en algunas cosas he cambiado mucho. Dudo si soy más yo o menos yo. Bah, mentira: soy yo, quién si no, pero ahora me conozco más y me engaño menos, y creo conocer más de qué va la cosa, el vivir y tal. Una noche estaba haciendo zapping y en un programa de humor entrevistaron a un viñetista de humor que estaba presentando su último libro de humor y dijo entonces una cosa que no tenía nada de humor; de hecho, era demoledora: decía que un día, después de muchas ansiedades, padecimientos de índole indeterminada pero acusada y etc, se había dado cuenta de que lo que le pasaba era una sola cosa: que estaba muerto de miedo. Muerto de miedo, me dije yo en exclamación nocturna abriendo los ojos. Digo bien: me dije yo, porque eso era lo que me pasaba a mí también. Sí, en algún momento en este tiempo me di cuenta del todo que estaba muerto de miedo. En realidad, tú también lo estás, pero quizá todavía tienes la suerte de no haberte dado cuenta del todo o no en su verdadera dimensión. Tranquilo, tranquila, todo se andará.

Estar muerto de miedo es una cosa muy chunga pero, como todo, tiene su parte positiva. Por ejemplo, en estos dos últimos años, habiendo sido yo otrora tan invernal, me quedo fascinado cuando veo despertar las cosas a la primavera. Suena cursi, manido, pero es asombroso ver cómo de un día para otro, esa maraña como de telaraña de los árboles desnudos empieza a teñirse de una pelusilla verde que, de pronto, ante tus narices, explota, revienta. Qué verde. Qué azul. ¿El de los árboles? ¡No, hombre, el del cielo! Y los pájaros. Soy como el fraile ese de la fábula monjil: me quedaría 300 años escuchando el balsámico y misterioso canto de los pájaros. Observo eso, me empapo de eso, y me da un cierto subidón. Pero no cantemos victoria: el subidón lo produce la misma causa que me baja de los árboles: que todo eso (y lo demás, todo lo demás) es fugaz. Oye, ¿no estás tú muy pesimista? ¿Yo? De verdad que no, cuando tengo los días pesimistas o pésimos, que lo mismo da, se me nota.

Qué más entonces. Pues una cosa más (o dos), Soy una persona que se ha ido alejando de las cosas y de las personas de fuera y un día, sentado en el sillón donde se sentaba la abuela a coser y donde ahora me siento yo a leer, descubrí que no me importaba. Todavía no sé si eso es bueno o malo, pero recuerdo que darme cuenta de que no me importaba mucho me hizo pensar un poco. Soy un yo más desencantado o desgastado o las dos cosas. Hay una parte objetiva en ello: clínicamente, soy una persona que arrastra un agotamiento muy grande, en primer lugar porque no saben por qué, en segundo lugar porque dicen que he entrado en una fase de mi enfermedad en la que el asunto del agotamiento físico encaja (sí, las discrepancias, el sí y el no, y luego el quizá, y después el sí y luego el no de nuevo y de viejo: el rollo espantoso y espantable de siempre) y en tercer lugar porque desde hace un año me extraen medio litro de sangre al mes, por lo que estoy anémico.

Y harto.

Un momento. ¿No utilizaba antes las negritas? ¿Cuándo? ¿Había una regla que determinaba qué palabras iban en negrita y cuáles no? No me acuerdo bien de cómo iba el asunto pero creo que lo de harto iría en negrita.

(y los paréntesis, aunque echando la vista arriba veo que han salido nada más empezar)

Sigamos.

¿Y por qué volver? Tampoco lo sé. No sé, de hecho, si es una vuelta o si me sigue pudiendo mi manía con los aniversarios, sean importantes, anecdóticos o, como en este caso, puramente sentimentales e intrascendentes. Pero de la misma forma que me fui olvidando de este blog hasta no llegar a echarlo en falta para nada, hace unas semanas se fue moviendo una cierta marea que supe a qué costa se dirigía.

A esta.

¿Ves? Ahora fijo que iba la negrita. Falta recuperar la costumbre de recurrir a C. para que me recuerde/reprenda sobre la necesidad o no de la tilde, porque entre la falta de costumbre de escribir y los sucesivos cambios de parecer de quienes determinan cómo se escriben las cosas, ando en un mar de dudas mayor que nunca.

Me he encontrado estos días la casa patas arriba. Como las viejas películas de nitrato, he abierto alguna lata para su restauración y había rollos enteros perdidos (la práctica totalidad de los audios del archivo de ejemplos musicales de este blog está perdido irremediablemente); otros, se pueden restaurar como, por ejemplo, las imágenes. Pero paciencia, que hay que colgarlas en sus marcos una a una. Dios santo. También me he encontrado la correspondencia de publicidad dejada por el cartero y que ha formado una verdadera montaña. Unos dos mil mensajes spam. Irán al reciclaje donde aún queda esa otra absurda y excesiva montaña de publicidad electoral. Y toni, en un gesto muy generoso, muy de él, me está ayudando a hacer esto más cómodo y habitable desde el otro lado del mar.

Y así va la cosa, poco a poco, supongo. Me dejo llevar, a ver qué pasa, a ver qué sale. De momento, aireo las ventanas. Si vuelve alguien por aquí, hola, un hola cariñoso.