Espejos

También hice un poco el burrico mientras estaba convaleciente, para qué nos vamos a engañar. Por ejemplo, di clases. Una hora al día hablando habría sido calificado así por el médico (al menos por sus adentros, por fuera lo habría dicho de una manera más tamizada porque este hombre es de natural tranquilo y muy correcto), porque cuando el aire no llega es lo que pasa, que cuesta mucho hablar, como cuesta y te agota masticar, o secarte el cuerpo con la toalla tras la ducha. Yo salí del hospital y a las horas estaba dando una clase de armonía pero tengo que apresurarme a decir que eso formó parte de la convalecencia. Desde un punto de vista egoísta, necesité hacerlo para darle un sentido al día, para sentirme útil. Pero sobre todo, porque no todos los días te encuentras a dos chavales que, por separado, deciden dedicar su verano a preparar con anticipación unos estudios porque les sale, porque quieren trabajar, porque son músicos de los que sienten la cosa por dentro. Y eso, a la edad en que las cosas empiezan a ser un poco difíciles, 14 años, no se ve todos los días.

Además, el hecho de venir con motivación para aprender ese misterio de la armonía, misterio cuando parece oscuro, misterio cuando deja de parecerlo y las cosas brotan mostrando las posibilidades estimulantes de la polifonía que brota del lápiz y la goma de borrar dando sentido sonoro y satisfacción a lo que hasta hace nada parecía una abstracción escolástica, me interesó mucho. Porque han sido dos alumnos de los que te encuentras muy de cuando en cuando, años tienen que pasar para que se dé esa circunstancia excepcional.

Finalmente, y esto lo digo con tono así, bajito, como quien dice una confidencia, porque en uno de ellos me vi a mí mismo como si me viera en el espejo de mis 14 años, igual, y cuando ocurre eso alzas la ceja de la sorpresa silenciosa mientras das tiempo al chaval para que enlace una nota con otra y es entonces como si supieras, como si comprendieras, como si anticiparas lo que pasa: el valor del esfuerzo, la forma de preguntar una vez encuentras algo parecido a una luz verde y una correspondencia con quien tienes enfrente, los temores (a no poder hacerlo, a decepcionar a quien te da la confianza, sobre todo ese temor), la manera de defender una duda volviendo a ella hasta que queda reducida en todos sus frentes y llega la calma, o el cuidado minucioso en la grafía de los ejercicios. Por eso observas en silencio mientras un acorde sale al encuentro del otro, y cuando hay una vacilación del lápiz puede que lances una pregunta al aire que tiene como finalidad despejar el camino brindando una pista o despertando una regla olvidada o puede que digas: no te agobies, y quien tienes al otro lado de la mesa alce la cabeza del cuaderno y te mire no con la extrañeza de quien pregunta qué dice éste, sino como quien pregunta y tú cómo sabes que me estoy agobiando. Pues por eso, porque en el espejo donde te miras pasa eso, que te agobias, no por el ejercicio en cuestión sino porque esas cosas pasan, que un ejercicio que se hace cuesta arriba puede desmoralizar de repente todos los ejercicios venideros. Es un infinito esto de los agobios a los que da lugar la vacilación momentánea del lápiz que no pierdes de vista, en silencio alerta, tranquilizador y cómplice.

Si a todo lo anterior le sumas que tus alumnos avanzan rápidamente, y conforme avanzan adquieren una seguridad que revierte para mejor en la marcha de las cosas, y todo eso sin que baje el listón de un esfuerzo y una dedicación de la que soy testigo cada vez que me asomo al cuaderno de ejercicios para supervisar la tarea, se comprenderá la prioridad de ese rato al día, una hora, dos días a la semana con uno, dos días con otro, los miércoles descanso, ay el descanso. El médico, desde luego, lo entendió, porque igual hago un poco el burrico pero luego se lo digo, cuando veo que ya no se va a llevar un soponcio el buen hombre.

Pues eso pasó también en este verano raro, que no todo va a ser malo. Pero lo bueno es lo que tiene: que se acaba, y esta semana es de despedidas, o de hasta luego, porque uno siempre está para resolver una duda o para preguntar en el conservatorio (a los profesores que un día también fueron tus alumnos) por los progresos de quien vino con las ganas de aprender. Cuando encuentras alumnos que traen las ganas de aprender, cuando haces un aporte que no está en el programa académico y es recogido inmediatamente, y pruebas a dar otro y pasa lo mismo, y así sucesivamente, porque el apetito del entusiasmo, la curiosidad y las auténticas ganas de aprender funcionan así, y cuando la comunicación fluye y se termina formando un equipo de trabajo donde se estudian las dificultades y se celebran los frutos del esfuerzo, entonces es un regalo.

3 pensamientos en “Espejos

  1. Marina's mom

    ¡Maestro! Hasta los imberbes de 14 años a veces saben reconocer sin decir nada la labor callada de aquel que sabe guiarlos y tú, me consta, perteneces al grupo de maestros, que no profesores (hay una sutil diferencia). Desde luego es un placer ver progresar a alumnos así, abrirse camino y superarte. Piensas en ellos y sin querer se te dibuja una sonrisa en la cara. Es lo que empuja cada día a seguir enseñando y a aguantar con paciencia los días que salen un poco torcidos. Ellos creen que aprenden, pero más aprendemos nosotros. Gracias por tu regalo!

  2. Marcos

    Yo también suscribo a ambos, C.
    Sin quererlo me he quedado mirando ese lápiz vacilante a ver en qué terminaba el asunto, si se despejaba la duda o proseguía el agobio. Da gusto con alumnos así. Bueno, en general, da gusto con gente así, que disfruta, siente y cree en lo que hace. Gente que hace las cosas desinteresadamente porque realmente le interesan (muy distinto a hacerlo por simple interés). Seguro que para ellos tú también has sido un regalo y tu médico-ángeldelaguarda sabrá que esas horas de clase también curan. Con suerte, encontrarás más espejos.

Deja un comentario: