Respirar

Estaba tendido una madrugada de agosto escuchando por los auriculares el Claro de Luna de Debussy y aspiraba aire puro en un estado de bendita tranquilidad cuando irrumpió la enfermera para ajustar la mascarilla de oxígeno y volví a encontrarme en un lugar extraño del hospital, ese limbo de la zona de Urgencias donde ni estás en cuidados intensivos ni tampoco en esa corta estancia de a ver si mejora ese dolorcillo y para casa; es decir, estaba en esa zona donde parecen decirte que no te vas a morir pero que hay que echarte un ojo todo el rato porque puntos suspensivos.

Lo suspensivo, la incertidumbre.

Eso es lo que prolifera en ese lugar sin ventanas y donde la luz artificial y la actividad es exactamente la misma a las 4 de la tarde que a las 4 de la mañana y que te desorienta y te agota, sin que el gotero gotee sustancias que remedien ese desaguisado. He estado mal, sí, un susto grande y largo. Me ha dado por pensar mucho con una serenidad que tiene algo de entrega o de resignación o de claudicación, pero ya no me acuerdo o no quiero acordarme de las reflexiones ni de las conclusiones. Tiempo ha habido de sobra para hacerlas, eso sí. Han sido los pulmones. Una infección pulmonar y una insuficiencia respiratoria lo bastante suficiente como para estar pendiente del oxígeno, los corticoides, los antibióticos específicos y toda la parafernalia que se da en estos casos.

Me cansé doblemente. Se cansó por un lado el cuerpo cuando experimentó los efectos de la insuficiencia, es una cosa muy chunga cuando algo en el cuerpo suspende, de verdad, hay que pasarlo para comprenderlo; se cansó la mente cuando mi médico, ese ángel guardián que apareció un fin de semana de agosto en el servicio de Urgencias (desamparo y terror que da la combinación de palabras fín de semana y agosto en un servicio de Urgencias) cuando fue advertido de que algo no iba bien y de allí no se movió el buen hombre. Decía que se cansó la mente un día a primera hora, hacia las 7:30 de la mañana, cuando este buen hombre apareció para decir que había que hacer un ingreso indefinido en planta porque los pulmones no terminaban de funcionar y a mí me entró un no sé qué, sí sé qué, esa fobia, ese ataque repentino de ansiedad por no querer conceder ni un minuto más de tiempo a los 30 años emborronados e invadidos por los putos problemas encadenados. Y se lo dije al buen médico mientras me ponía nervioso y me quitaba el oxígeno y le decía que ni hablar, que yo me iba a mi casa, y me eché a llorar, sin pudor alguno, porque de repente ya no pude más, una impotencia aplastante, y este hombre acercó la silla a la cama, se sentó, creó un espacio de sosiego y atención asombroso y escuchó con la mirada atenta. Habló de la inconveniencia de mi petición, de los riesgos, pero accedió con una serie de condiciones a las que yo dije sí, sí, sí y sí.

Un rato después, caminaba yo junto a mi madre, pasaba por el control de enfermeras y ellas me miraban como quien mira una aparición o a un loco, igual, sobre todo la enfermera que tenía en la mano el impreso donde se adjudicaba mi estancia a partir de ya, habitación 316 ventana, aunque al pasar junto al médico, que miraba una radiografía en un monitor, me sonrió y me guiñó un ojo. Mi madre me puso un algo sobre los hombros y avanzamos por los pasillos que esa mañana se hicieron más largos de lo habitual. Pregunté si hacía calor, si llovía, si el cielo estaba despejado o qué pasaba ahí fuera y supe que hacía sol pero mucho frío. Es lo que tiene este viento del norte que nos trae a veces el valle del Ebro, haciendo de pasillo entre las ventanas el Cantábrico y el Mediterráneo por donde sopla la corriente. Salimos de allí por la puerta del servicio de Urgencias y entonces pasó algo intenso, extraño, importante. Le dije a mi madre que me dejara un momento descansar allí antes de meternos al coche y ella dijo te vas a enfriar y aprovechó para hacer unas llamadas y yo para quedarme ahí, muy quieto, impresionado porque no es que me reencontrara con un aire fresco y reconfortante y un paisaje apacible. No. Lo que ocurrió no fue un reencuentro, fue un descubrimiento. El del azul profundo del cielo y el verde los árboles; el del sol sobre las hojas, y el canto de los pájaros. Fue un impacto. Avancé hacia esa pequeña zona ajardinada con esa prudencia que siempre, desde niño, he tenido acerca de los espacios con césped, dudando siempre de si existen para bordearlos o para poder pisarlos. Pisé el césped, no me riñó nadie, me planté como los árboles que me rodeaban, o los que veía poblar los montes frente a mi vista, nítidos por la atmósfera limpia sin necesidad de mascarillas ni monitores de luces parpadeantes. Fue el canto de los pájaros el que hizo que la escena armonizara en un todo tan impactante, por sencillo, importante y redescubierto, cerré los ojos para verlo todo y la emoción se anudó a la garganta, reconfortante, balsámica e infinitamente sobrecogida. Triste. Pleno. A veces las emociones diversas y hasta contrarias coexisten y se trenzan.

Fue una tranquilidad sentirme en mi casa, con mis cosas (a las que no hice caso ni uso, pero mis cosas) mi almohada, mi sofá, las paredes que cobijan el silencio, los pensamientos, el paso de las horas, el descubrimiento de la diferencia que hay entre reposo y descanso, no sirvió descansar, hubo que reposar, algún día explicaremos la diferencia desconcertante entre un término y otro. Y fue duro, y largo, y hubo que volver al hospital varias veces, todas ellas con la aparición tranquilizadora y sorprendente de este hombre, el médico, por eso lo de ángel guardián, a diez minutos siempre de mí, yo no sé cómo lo hace pero él no sabe lo que eso ha significado hasta que el jueves, o el viernes, no me acuerdo, dio por finalizado en consulta el episodio de infección pulmonar, reintrodujo la vuelta lenta y progresiva a la cotidianidad manteniendo los inhaladores y solicitando algunas pruebas porque tanto él como yo, lo digamos o no, lo reconozcamos o no, sabemos que lo de la insuficiencia respiratoria nos tiene un poco con la mosca tras la oreja. Es lo que tiene padecer una enfermedad autoinmune, que como elija una zona, un órgano, y decida jugar a automachacarse, date por jodido, amigo.

Ha sido un mes y medio muy duro, con muchas cosas en su transcurso, pero aquí estamos, distintos pero estamos. Estar es lo que cuenta, aunque estas semanas he descubierto que hay que modificar esa frase. Lo que cuenta es estar, aunque ya no se esté igual. El “ya no” es la cosa que más me asusta del mundo. Eso también lo he aprendido, tengo que empezar a asumirlo estos días en los que asisto con perplejidad y tarta de chocolate a los 10 años de Isabel, la misma Isabel a la que recuerdo haber llevado en brazos, siendo bebé, ayer, y espero la llegada de un nuevo sobrino, que se resiste a llegar a este mundo y se aferra a la placidez de la placenta; hace bien, visto lo visto a este lado, es comprensible. Pero llegará esta semana.

Así están las cosas, como yo, recolocando piezas descolocadas, recomponiendo tanto cansancio y tanto estupor. No hay prisa, me dicen, poco a poco, me dicen.

Pero yo no sé de dónde me viene tanta prisa desesperada, ni desde cuándo ni para qué exactamente.

10 pensamientos en “Respirar

  1. Héctor

    Siempre es una alegría leerte. En este regreso al blog has dejado una narración que permite imaginar con nitidez las difíciles situaciones que relatas. El descubrimiento de ese paisaje vital tras salir del hospital define un particular estado de ánimo, quizás aquél que se genera cuando uno cambia la perspectiva y descubre que “lo cotidiano se vuelve mágico”. Emejota, mucho ánimo desde aquí y enhorabuena por el cercano nacimiento del nuevo sobrino. Respiramos contigo. Un abrazo.

  2. Pilar

    Ay Mariano !!
    ” La hora mas oscura de la noche es la que precede al alba”
    Que sea esto como un mal sueño que ya ha pasado y piensa que si las lagrimas derramadas son amargas, mas lo son las no derramadas.
    Recupérate en tu casa, con tus cosas, con tu familia y con la ilusión de tu sobrino que (sabio el) se hace esperar para llegar a este mundo.
    Como dice Alicia, te esperamos los del “Senior”
    Un beso muy muy grande

  3. toni

    como siempre, aunque no igual, abro muchos los ojos para que las palabras se posen en ellos y, de ahí, vayan hacia la sangre que las reparte por todo el cuerpo. qué suerte tenerte como amigo, emejota, qué suerte. y cuánto me alegro que hayas vuelto a mi pantalla. un poco de sol?

  4. C.

    Lo que sabía por Mariano, me ha conmovido de nuevo filtrado por emejota.
    Sí, es una alegría leerte también cuando no hay noticias alegres, y ese es un mérito tuyo.
    Abrazos

  5. emejota Autor

    Gracias a todos y gracias por volver a este lugar :)

    (toni, un poco de sol, vale, y de este fresquito que tenemos también. Apetece respirar septiembre)

    Un abrazo.

  6. Marina's mom

    Ánimo con lo tuyo! Qué bonito lo que has escrito… En las dificultades, volver los ojos a la naturaleza y dejarse empapar por ella es un gran bálsamo. Y cómo pasa el tiempo con los sobrinos/hijos… Ni te cuento. Te distraes un poco y ya llega el día en que te presentan al primer noviete. Un abrazo!

  7. Marcos

    Me alegro de que ya estés mejor y me alegra mucho tu vuelta y sentir de nuevo esa fuerza que tan bien transmites. Todo cambia: el “ya no” forma parte de todo, también de nosotros mismos. Nosotros mismos ya no somos los mismos desde que leemos este blog: miramos el mundo con otros ojos, paladeamos lo cotidiano y le damos un valor. Ánimo.

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