Archivo por meses: septiembre 2012

Vínculo

Yo sé que un día volveré a encontrarme con David Castillo y que encima de la mesa habrá una sonrisa, un abrazo fuerte y buenos recuerdos. Él también lo sabe, lo que pasa es que a mí me tocó una vez, tal día como hoy, en un set de rodaje, decirle al oído una frase de esas que te revelan la verdad profunda de algo, y eso a veces rebela, o descoloca, o lo que sea que haga necesario tomar un poco o un bastante o un mucho de aire.

Lo de decirle al oído una frase es una licencia literaria, por supuesto. Los actores necesitan convertirse en alguien ficticio y decir las palabras escritas por alguien para descubrir una verdad propia, necesaria, desconocida, escondida, o inminente. Me estoy refiriendo a que yo un día escribí un guión y ese guión terminaba con una frase que en el momento del rodaje provocó en David, convertido por nueve minutos en un trasunto contemporáneo de un Peter Pan adolescente, un llanto que no figuraba en el guión y que todavía hoy, tres años después, y puedo atestiguarlo porque esta madrugada, casi al amanecer, he vuelto a verlo porque ya había pasado el tiempo suficiente como para poder hacerlo de nuevo y con serenidad, todavía hoy, como decía, estremece. Mucho. Y eso pasa porque salió de verdad, y a mí me encogió el corazón, desconocedores los dos, él y yo, de lo que conllevaba esa frase que nos unió mucho y después nos separó del todo. O no tanto. Porque yo sé que un día hablaremos de esa frase con la nostalgia puesta pero también hablaremos de otras muchas cosas con la sonrisa que se merecen. Y el abrazo, claro, como los abrazos de los viejos tiempos. Él también sabe que pasará. Mientras tanto, recibo ocasionalmente algún sms de madrugada, los leo y presiento que llegan cuando algunas noches se hacen de noche; otros mensajes se interesan por mi salud y otros, como el último, se alegran por el nacimiento de mi sobrino. Hay vínculos que permanecen pase lo que pase aunque el tiempo pase.

A veces me entristece pensar que se me está olvidando la voz de David (quizá porque los músicos damos una importancia especial a las voces soy especialmente sensible a esa niebla creciente) pero se me pasa pronto. Un día como hoy hace tres años, David reprodujo ante la cámara un texto que habíamos repasado juntos muchas veces y al llegar a la última frase se le quebró al voz y llegó el llanto desgarrador. No sé si fue porque en ese mismo instante entrevió que las Wendys por las que suspiramos cuando dejamos de ser niños pasan un día a ser niñas tontas que se difuminan en el horizonte de los años y eso nos da mucha pena, o si presintió que esa frase, que era una pregunta pronunciada mirando al espectador, iba a ser respondida pronto con una mala jugada del destino, puto destino que te corta el aliento con uno de sus zarpazos traicioneros. En cualquier caso, a mí me tocó involuntariamente anunciarle a David una verdad que, pronto o más tarde, todos descubrimos: que el corazón puede doler, claro que duele. Y aunque por eso ahora se nos olviden las voces (pero no las fechas) y los cumpleaños tengan una silla vacía (pero no las frases que iluminan algunas noches la pantalla del móvil y la habitación oscura -blanco y negros- que nos dibujó Leopoldo Panero a cambio de “una limosna para tabaco” antes de empezar a rodar), sé que un día volveremos a encontrarnos con la sonrisa, el abrazo y todo lo que conforma aquéllo que vincula para siempre a las personas y que un niño, una vez, describió con estas palabras preciosas: “La mariposa y el aire, amigos inseparables”.

Y si eso no sucede, y lo escribo con una sonrisa irónica y cariñosa, pues él se lo pierde.





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Banda sonora del cortometraje “@Wendy” (2009)
Compuesta e interpretada por emejota.

Playback

Para los Mecano, el 7 de septiembre dura exactamente 5 minutos y 2 segundos, hazaña que se repite incluso un 8 de Febrero, un 16 de Mayo o un 24 de Abril, aguas mil.

Ay (dalai)

Alumbramiento

Esta madrugada he sido tío por tercera vez. César. Primer hijo de mi hermano. Le dejé un mensaje a la vecina, llega César, voy a recibirle, y desde el coche a la puerta de Urgencias, esa misma puerta donde yo he entrado tantas veces como paciente, algunas paciente, muchas impaciente, la misma puerta que da acceso cercano a Partos, la noche estaba apacible, la silueta de luces del hospital se recortaba contra un cielo de estrellas y luna clara. Es una experiencia muy emocionante asistir a algo así. Esperábamos, cada cual inmerso en sus pensamientos, de vez en cuando decíamos ésto o lo otro, alguien estiraba las piernas, un móvil vibraba, en fin, esas cosas, y yo miraba de vez en cuando la silla donde estuve sentado otra noche, hace diez años, esperando la llegada de Isabel, y no pareció el tiempo tan lejano: la misma sala, la misma silla, el mismo silencio expectante, las emociones sugiriéndote imágenes, despertando recuerdos, haciendo preguntas, proyectándose hacia ese mañana que ya es más suyo que tuyo.

Era una noche muy tranquila en el hospital, y a mí ese silencio de salas y pasillos largos me llama mucho la atención cuando un ser humano está a punto de venir al mundo, al otro lado de unas puertas a las que de vez en cuando echas el ojo. Imaginas la lucha de la madre, el trabajo de los médicos, el primer llanto, las lágrimas primeras de los padres, imaginas todas esas cosas y, sin embargo, sabiendo que están sucediendo ahí cerca, muy cerca en la distancia y en el corazón, todo está envuelto en un silencio que lo vuelve todo definitivamente misterioso, porque así es lo que acontece, un misterio profundo que te sobrecoge hasta que una vibración del móvil te hace llegar un mensaje desde el otro lado de esas paredes donde tiene lugar el alumbramiento y tu hermano te dice a los ojos: “3,930 kg. Todo muy bien. Ahora salgo”. Y los alivios compartidos, los besos, las sonrisas, alguna lagrimilla que asoma y el inevitable qué ternerico, casi 4 kilos. César llegó al mundo, ejercitó los pulmones con un llanto sano con el que dijo aquí estoy yo y cuando el médico lo cogió nos dicen que cesó de llorar y giró la cabeza mirando sin ver el universo extrañísimo de sombras y destellos que le rodeaba con suma curiosidad, como bebiéndoselo todo con asombro de pasmo.

Eran las 3 de la madrugada cuando salíamos de allí, dejando descansar a quienes tenían que hacerlo. La luna estaba alta y la carretera vacía. Se movieron emociones por dentro de nuevo. Me acordé de mi padre y miré a mi madre de reojo. Me vi de pequeño llevando de la mano al cine a mi hermano siendo él aún mucho más pequeño cuando mi hermana acababa de irse a la Universidad, me vi en la orilla de una playa haciendo un castillo de arena, me vi paseando con él en el frío de una Navidad de excursión descubriendo con ilusión las estrellas eléctricas de colores que los operarios municipales habían prendido por las calles. Veía esta madrugada aquellas imágenes tan lejanas pero tan bien conservadas que empiezan en el momento en que mi padre se marchó y sentí un no sé qué por dentro, un revoltijo de sensaciones que fue bueno y fue sereno, y fue hondo y sentido. Me dirás qué tiene que ver eso con el pequeño César, recién llegado hace unas horas y con lo vivido esta madrugada. Pues tiene mucho que ver, ya lo creo que lo tiene.

Espejos

También hice un poco el burrico mientras estaba convaleciente, para qué nos vamos a engañar. Por ejemplo, di clases. Una hora al día hablando habría sido calificado así por el médico (al menos por sus adentros, por fuera lo habría dicho de una manera más tamizada porque este hombre es de natural tranquilo y muy correcto), porque cuando el aire no llega es lo que pasa, que cuesta mucho hablar, como cuesta y te agota masticar, o secarte el cuerpo con la toalla tras la ducha. Yo salí del hospital y a las horas estaba dando una clase de armonía pero tengo que apresurarme a decir que eso formó parte de la convalecencia. Desde un punto de vista egoísta, necesité hacerlo para darle un sentido al día, para sentirme útil. Pero sobre todo, porque no todos los días te encuentras a dos chavales que, por separado, deciden dedicar su verano a preparar con anticipación unos estudios porque les sale, porque quieren trabajar, porque son músicos de los que sienten la cosa por dentro. Y eso, a la edad en que las cosas empiezan a ser un poco difíciles, 14 años, no se ve todos los días.

Además, el hecho de venir con motivación para aprender ese misterio de la armonía, misterio cuando parece oscuro, misterio cuando deja de parecerlo y las cosas brotan mostrando las posibilidades estimulantes de la polifonía que brota del lápiz y la goma de borrar dando sentido sonoro y satisfacción a lo que hasta hace nada parecía una abstracción escolástica, me interesó mucho. Porque han sido dos alumnos de los que te encuentras muy de cuando en cuando, años tienen que pasar para que se dé esa circunstancia excepcional.

Finalmente, y esto lo digo con tono así, bajito, como quien dice una confidencia, porque en uno de ellos me vi a mí mismo como si me viera en el espejo de mis 14 años, igual, y cuando ocurre eso alzas la ceja de la sorpresa silenciosa mientras das tiempo al chaval para que enlace una nota con otra y es entonces como si supieras, como si comprendieras, como si anticiparas lo que pasa: el valor del esfuerzo, la forma de preguntar una vez encuentras algo parecido a una luz verde y una correspondencia con quien tienes enfrente, los temores (a no poder hacerlo, a decepcionar a quien te da la confianza, sobre todo ese temor), la manera de defender una duda volviendo a ella hasta que queda reducida en todos sus frentes y llega la calma, o el cuidado minucioso en la grafía de los ejercicios. Por eso observas en silencio mientras un acorde sale al encuentro del otro, y cuando hay una vacilación del lápiz puede que lances una pregunta al aire que tiene como finalidad despejar el camino brindando una pista o despertando una regla olvidada o puede que digas: no te agobies, y quien tienes al otro lado de la mesa alce la cabeza del cuaderno y te mire no con la extrañeza de quien pregunta qué dice éste, sino como quien pregunta y tú cómo sabes que me estoy agobiando. Pues por eso, porque en el espejo donde te miras pasa eso, que te agobias, no por el ejercicio en cuestión sino porque esas cosas pasan, que un ejercicio que se hace cuesta arriba puede desmoralizar de repente todos los ejercicios venideros. Es un infinito esto de los agobios a los que da lugar la vacilación momentánea del lápiz que no pierdes de vista, en silencio alerta, tranquilizador y cómplice.

Si a todo lo anterior le sumas que tus alumnos avanzan rápidamente, y conforme avanzan adquieren una seguridad que revierte para mejor en la marcha de las cosas, y todo eso sin que baje el listón de un esfuerzo y una dedicación de la que soy testigo cada vez que me asomo al cuaderno de ejercicios para supervisar la tarea, se comprenderá la prioridad de ese rato al día, una hora, dos días a la semana con uno, dos días con otro, los miércoles descanso, ay el descanso. El médico, desde luego, lo entendió, porque igual hago un poco el burrico pero luego se lo digo, cuando veo que ya no se va a llevar un soponcio el buen hombre.

Pues eso pasó también en este verano raro, que no todo va a ser malo. Pero lo bueno es lo que tiene: que se acaba, y esta semana es de despedidas, o de hasta luego, porque uno siempre está para resolver una duda o para preguntar en el conservatorio (a los profesores que un día también fueron tus alumnos) por los progresos de quien vino con las ganas de aprender. Cuando encuentras alumnos que traen las ganas de aprender, cuando haces un aporte que no está en el programa académico y es recogido inmediatamente, y pruebas a dar otro y pasa lo mismo, y así sucesivamente, porque el apetito del entusiasmo, la curiosidad y las auténticas ganas de aprender funcionan así, y cuando la comunicación fluye y se termina formando un equipo de trabajo donde se estudian las dificultades y se celebran los frutos del esfuerzo, entonces es un regalo.

Respirar

Estaba tendido una madrugada de agosto escuchando por los auriculares el Claro de Luna de Debussy y aspiraba aire puro en un estado de bendita tranquilidad cuando irrumpió la enfermera para ajustar la mascarilla de oxígeno y volví a encontrarme en un lugar extraño del hospital, ese limbo de la zona de Urgencias donde ni estás en cuidados intensivos ni tampoco en esa corta estancia de a ver si mejora ese dolorcillo y para casa; es decir, estaba en esa zona donde parecen decirte que no te vas a morir pero que hay que echarte un ojo todo el rato porque puntos suspensivos.

Lo suspensivo, la incertidumbre.

Eso es lo que prolifera en ese lugar sin ventanas y donde la luz artificial y la actividad es exactamente la misma a las 4 de la tarde que a las 4 de la mañana y que te desorienta y te agota, sin que el gotero gotee sustancias que remedien ese desaguisado. He estado mal, sí, un susto grande y largo. Me ha dado por pensar mucho con una serenidad que tiene algo de entrega o de resignación o de claudicación, pero ya no me acuerdo o no quiero acordarme de las reflexiones ni de las conclusiones. Tiempo ha habido de sobra para hacerlas, eso sí. Han sido los pulmones. Una infección pulmonar y una insuficiencia respiratoria lo bastante suficiente como para estar pendiente del oxígeno, los corticoides, los antibióticos específicos y toda la parafernalia que se da en estos casos.

Me cansé doblemente. Se cansó por un lado el cuerpo cuando experimentó los efectos de la insuficiencia, es una cosa muy chunga cuando algo en el cuerpo suspende, de verdad, hay que pasarlo para comprenderlo; se cansó la mente cuando mi médico, ese ángel guardián que apareció un fin de semana de agosto en el servicio de Urgencias (desamparo y terror que da la combinación de palabras fín de semana y agosto en un servicio de Urgencias) cuando fue advertido de que algo no iba bien y de allí no se movió el buen hombre. Decía que se cansó la mente un día a primera hora, hacia las 7:30 de la mañana, cuando este buen hombre apareció para decir que había que hacer un ingreso indefinido en planta porque los pulmones no terminaban de funcionar y a mí me entró un no sé qué, sí sé qué, esa fobia, ese ataque repentino de ansiedad por no querer conceder ni un minuto más de tiempo a los 30 años emborronados e invadidos por los putos problemas encadenados. Y se lo dije al buen médico mientras me ponía nervioso y me quitaba el oxígeno y le decía que ni hablar, que yo me iba a mi casa, y me eché a llorar, sin pudor alguno, porque de repente ya no pude más, una impotencia aplastante, y este hombre acercó la silla a la cama, se sentó, creó un espacio de sosiego y atención asombroso y escuchó con la mirada atenta. Habló de la inconveniencia de mi petición, de los riesgos, pero accedió con una serie de condiciones a las que yo dije sí, sí, sí y sí.

Un rato después, caminaba yo junto a mi madre, pasaba por el control de enfermeras y ellas me miraban como quien mira una aparición o a un loco, igual, sobre todo la enfermera que tenía en la mano el impreso donde se adjudicaba mi estancia a partir de ya, habitación 316 ventana, aunque al pasar junto al médico, que miraba una radiografía en un monitor, me sonrió y me guiñó un ojo. Mi madre me puso un algo sobre los hombros y avanzamos por los pasillos que esa mañana se hicieron más largos de lo habitual. Pregunté si hacía calor, si llovía, si el cielo estaba despejado o qué pasaba ahí fuera y supe que hacía sol pero mucho frío. Es lo que tiene este viento del norte que nos trae a veces el valle del Ebro, haciendo de pasillo entre las ventanas el Cantábrico y el Mediterráneo por donde sopla la corriente. Salimos de allí por la puerta del servicio de Urgencias y entonces pasó algo intenso, extraño, importante. Le dije a mi madre que me dejara un momento descansar allí antes de meternos al coche y ella dijo te vas a enfriar y aprovechó para hacer unas llamadas y yo para quedarme ahí, muy quieto, impresionado porque no es que me reencontrara con un aire fresco y reconfortante y un paisaje apacible. No. Lo que ocurrió no fue un reencuentro, fue un descubrimiento. El del azul profundo del cielo y el verde los árboles; el del sol sobre las hojas, y el canto de los pájaros. Fue un impacto. Avancé hacia esa pequeña zona ajardinada con esa prudencia que siempre, desde niño, he tenido acerca de los espacios con césped, dudando siempre de si existen para bordearlos o para poder pisarlos. Pisé el césped, no me riñó nadie, me planté como los árboles que me rodeaban, o los que veía poblar los montes frente a mi vista, nítidos por la atmósfera limpia sin necesidad de mascarillas ni monitores de luces parpadeantes. Fue el canto de los pájaros el que hizo que la escena armonizara en un todo tan impactante, por sencillo, importante y redescubierto, cerré los ojos para verlo todo y la emoción se anudó a la garganta, reconfortante, balsámica e infinitamente sobrecogida. Triste. Pleno. A veces las emociones diversas y hasta contrarias coexisten y se trenzan.

Fue una tranquilidad sentirme en mi casa, con mis cosas (a las que no hice caso ni uso, pero mis cosas) mi almohada, mi sofá, las paredes que cobijan el silencio, los pensamientos, el paso de las horas, el descubrimiento de la diferencia que hay entre reposo y descanso, no sirvió descansar, hubo que reposar, algún día explicaremos la diferencia desconcertante entre un término y otro. Y fue duro, y largo, y hubo que volver al hospital varias veces, todas ellas con la aparición tranquilizadora y sorprendente de este hombre, el médico, por eso lo de ángel guardián, a diez minutos siempre de mí, yo no sé cómo lo hace pero él no sabe lo que eso ha significado hasta que el jueves, o el viernes, no me acuerdo, dio por finalizado en consulta el episodio de infección pulmonar, reintrodujo la vuelta lenta y progresiva a la cotidianidad manteniendo los inhaladores y solicitando algunas pruebas porque tanto él como yo, lo digamos o no, lo reconozcamos o no, sabemos que lo de la insuficiencia respiratoria nos tiene un poco con la mosca tras la oreja. Es lo que tiene padecer una enfermedad autoinmune, que como elija una zona, un órgano, y decida jugar a automachacarse, date por jodido, amigo.

Ha sido un mes y medio muy duro, con muchas cosas en su transcurso, pero aquí estamos, distintos pero estamos. Estar es lo que cuenta, aunque estas semanas he descubierto que hay que modificar esa frase. Lo que cuenta es estar, aunque ya no se esté igual. El “ya no” es la cosa que más me asusta del mundo. Eso también lo he aprendido, tengo que empezar a asumirlo estos días en los que asisto con perplejidad y tarta de chocolate a los 10 años de Isabel, la misma Isabel a la que recuerdo haber llevado en brazos, siendo bebé, ayer, y espero la llegada de un nuevo sobrino, que se resiste a llegar a este mundo y se aferra a la placidez de la placenta; hace bien, visto lo visto a este lado, es comprensible. Pero llegará esta semana.

Así están las cosas, como yo, recolocando piezas descolocadas, recomponiendo tanto cansancio y tanto estupor. No hay prisa, me dicen, poco a poco, me dicen.

Pero yo no sé de dónde me viene tanta prisa desesperada, ni desde cuándo ni para qué exactamente.