Archivo por meses: julio 2012

Aventura

Hoy hace un año que marché a Nueva York. Qué recuerdos los de aquella aventura. Este blog es una caja inmensa de palabras, dejemos hoy que las imágenes hablen por sí solas.

Brooklyn, Park Slope:

Manhattan:

(Jet-Lag)

Central Park:

Alucinante hilo musical en vivo… en un MacDonalds de Wall Street:

Zona Cero, World Trade Center:

Canción

Gerald Finzi (1901-1956): “Since we loved”

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Existió un espacio en el que encontrar un minuto para escuchar un poema puesto en música no era difícil, pero además reinaba una tranquilidad del entorno y del espíritu suficiente para hacer de la escucha una experiencia de entrega, de inmersión atenta, con la conciencia puesta sólo en lo que sucede, algo similar a flotar en la superficie del mar, sintiéndose allí, sintiéndose uno mismo allí. En definitiva, lo contrario a una audición epidérmica, hecha de puntillas. Existió esa época y no fue hace tanto. Gerald Finzi fue un compositor inglés de notable talento que en la primera mitad del siglo XX escuchaba la BBC en la radio, paseaba por los senderos de la campiña y anotaba páginas musicales que reflejan un don particular para lo melódico y una habilidad minuciosa y oportuna para el envoltorio, que nunca es del todo envoltorio, acompañamiento, materia de segunda, sino que por arte contrapuntístico de especial sensibilidad y acierto termina por asomar entre los pentagramas brindando espléndidos contracantos, como ocurre con esta canción, tan breve, tan hermosa, que canta unos versos del poeta Robert Seymour Bridges aunque en realidad añora una época que pasa página para siempre. Ecos de eso contiene. Pero estábamos con los contracantos. Aquí el piano comienza siendo acompañante y mullido colchón de la voz que canta pero pronto, y sin dejar de ejercer tal función, deja asomar un goteo de notas entre sílaba y vocalización que adquiere un protagonismo sutil y al mismo tiempo imprescindible. Escribir un breve relato musical en el que quepa un mundo, poblarlo de nostalgias y ecos de lo vivido, como en un álbum de fotos, y hacerlo bien no es fácil. Hoy es menos fácil ser capaz de entregarse y entrar en él sin que el reloj nos apremie. Un mundo en el que descontar un simple minuto es tarea complicada termina por perder la puerta de entrada al alimento que mantiene vivo al espíritu.

Partido

La tarde que la Selección jugó la semifinal de la Eurocopa, mi sobrino Carlos anunció su intención de ver la primera parte del partido en su casa pero la segunda en la mía. “Con el tío”, dijo él. Horror, pensé yo, no por la visita, obviamente, sino por el cansinismo de los partidos, que esta Eurocopa y yo hemos cursado vías paralelas. Avisado a última hora de la visita, terminé los deberes, me di una ducha y cené algo rápido, encendí la tele, me senté en el sofá con cara de llevar allí 45 minutos y, mientras esperaba a que sonara el timbre, eché un vistazo a la pantalla del móvil para ver qué se decía en la red sobre el partido. Parecía que la cosa iba floja. Sonó el timbre y Carlos entró con los mofletes del mismo color que la camiseta del equipo patrio. Parece que la cosa va floja, eh, dije yo. Qué dices, respondió airado. Va floja, va floja, a ver qué pasa en la segunda parte. Me agarré a ese argumento pensando que todo Twitter no se podía equivocar y el árbitro pitó el comienzo de la segunda parte. A la derecha del sofá, camiseta roja, estaba Carlos, y a la izquierda del sofá, camiseta blanca, estaba el tío.

Lo de Carlos y los partidos adquiere cotas de intensidad pocas veces vistas en el salón de mi casa frente al televisor. Se incorpora jaleando al delantero que logra zafarse llevándose el balón, se deja caer con fastidio cuando el árbitro pita una falta inoportuna y se tapa los ojos con las manos cuando el peligro acelera demasiado el pulso. Qué nervios, buah!, gritaba Carlos. Yo le miraba alzando la ceja. Reconoció que un poco flojo sí que estaba siendo el partido. Ya te lo decía yo, contesté con la suficiente suficiencia como para ser creíble y con puntos suspensivos. Mientras los minutos avanzaban del 45 al 90 emergió la posibilidad de una prórroga y ante la eventualidad del peor escenario posible (suma de quince minutos, descanso, otros quince, breve descanso y penaltis) me pregunté si aguantaría despierto un crío que todavía no sabe pronunciar correctamente la palabra prórroga.

-Plórroga.
-No, es prórroga.
-Plórroga!
-Pró-rro-ga…
-Pló-rro-ga…

Y así.

La primera parte de la plórroga/prórroga dejó escuchar los primeros comentarios de tipo esto igual es un poco largo, eh, por parte de Carlos. Afortunadamente, en la segunda parte el partido se animó. Esta sí es la Selección que ha ganado lo que ha ganado, decían los comentaristas de la tele. Los comentaristas se animaban a la misma velocidad que crecían los espacios en blanco en el discurso de Carlos. No te duermas ahora, eh?, le advertí al ver que, total, faltaba poco y además llegaba, tenía todas las pintas, el momento más emocionante, el de los penaltis. No, no, que no me duermo. Dudé un poco porque al decirlo adoptó postura horizontal apoyando la cabeza en un cojín. No te duermas, hombre, que falta poquito. Que no, que no me duermo. La segunda parte de la prórroga se acercaba a su final, el tono de los comentaristas evidenciaba el nerviosismo ambiental, yo mismo me estaba poniendo negro, y entonces Carlos dijo con un hilo de voz flotante y feliz:

-IniestademividameteungolYAporfavor.

A mí me entró la risa y decidí dar unos toques de resucitación en la pantorrilla de Carlos, como hacen los fisioterapeutas para recuperar a los deportistas exhaustos. Él también se rió, pero antes de que se lanzara el primer penalti, había abandonado el terreno de juego.