Medianoche

Hubo antes otros tiempos difíciles en los que entrar al cine era una felicidad. Los días grises de la depresión norteamericana encontraban aliento reparador en el resplandeciente blanco y negro de las “screwball comedies”, lo que aquí llamamos “comedias de enredo”. Raciones de genio e ingenio puro en dosis de noventa minutos que hacían abrir mucho los ojos, dibujar una sonrisa en el rostro, sentir una ducha de alivio en el corazón, arrellanarse en la butaca. Entregarse. La otra noche me entregué a la experiencia de revisar “Medianoche”, de Mitchell Leisen, cosecha del 39, con Claudette Colbert, Don Ameche, John Barrymore, Mary Astor, ahí es nada, nombres todos ellos en la cumbre de la montaña de la Paramount. Sigue produciendo el mismo efecto reparador y eso acrecienta la admiración que uno siente hacia las gentes que la hicieron posible, hoy todos desaparecidos y, sin embargo, re-aparecidos en la fantasmagoría de la pantalla blanca, unos sonriendo, otros abriendo y cerrando puertas, todos metidos en mil líos al compás de un guión que siempre da vueltas inesperadas a las vueltas ya dadas y que hace explotar la frase brillante tras un diálogo memorable.

Mitchell Leisen no suena como nos suena el nombre de Billy Wilder, aunque el segundo escribiera para el primero los guiones de comedias como ésta, pero eso pasa porque Leisen era mayor y sobre todo porque no se encontró con un Fernando Trueba que le nombrara Dios. Hay una generación de espectadores que anotaron en la agenda, sección nombres nombrables, a Billy Wilder porque Trueba, cuando Trueba era cool, dijo que era Dios o algo similar. Cuando salía en la tele el anciano Wilder con su sombrero junto a Trueba, siempre sospeché que Wilder le seguía el juego de adulaciones como un gag, era todo un brillante gag del que Trueba no pillaba nada, oye, al contrario, sólo veía trascendencia allá donde Wilder, con sonrisa mordaz incorporada, gozaba de lo lindo. Qué vas a esperar de una mente que, como la de otros compañeros de generación, tenía el don de sacarle punta a la existencia con una mordacidad ácida pero nunca hiriente, no sabían ni podian ni querían mirar con otras gafas.

Cuentan las malas lenguas hollywoodienses, que siempre las ha habido, que Wilder se hizo director tras desesperarse por la puesta en imágenes que Leisen hizo de esta “Medianoche”. Cuentan también que, dos años antes, le había sucedido lo mismo a Preston Sturges. ¿Pero es que Leisen era un señor un poco patán o qué? No, en absoluto. Era un director más que notable, pero su visión de la comedia incorporaba un velo de sutil elegancia y contención que en la oficina de los guionistas, sangre joven, teclear rápido de máquinas de escribir, humo y más humo de cigarrillos, sabía a poco o pedía más. Más madera, que diría Groucho.

Volví a ver “Medianoche” y sí, sigue siendo maravilloso su enredo amable y brillante, sigue siendo divertido y reconfortante entrar a jugar el juego que propone, (¿Y no vas a contar nada de ella? No. ¿Y por qué? Porque quiero que la veas) Se alza el telón y no hay minutos para prólogos ni para leer gruesos libros de instrucciones: bastan unos segundos para estar dentro de la acción, perfectamente ubicados, una acción que, sin embargo, nunca te apremia ni agobia. Ahí está el pulso maestro de Leisen, como el de Lubitsch, la batuta privilegiada de unos señores dotados de un sentido del ritmo admirable para contar historias, y qué historias.

Sonrisas, precioso regalo.

Un pensamiento en “Medianoche

  1. C.

    Pues la veremos, claro que sí! (no recuerdo nada, pero nada, del argumento, pero sí a la Colbert con esos rasos, cómo no…). Además, es de las que se pueden ver en familia :)
    Un abrazo grande grande y ánimo con los calores.

Deja un comentario: