Vivir

“Quizás nunca lleguemos a entender lo que hemos vivido o quizás nos haya faltado tiempo.”

Lo que viene son unas notas sobre la adaptación al cine de la novela de Kazuo Ishiguro “Nunca me abandones” (Never let me go). Lo aviso porque te va a doler. Es imposible que no duela esta obra hermosa y terrible. ¿Puede ser algo hermoso y terrible a un tiempo? Puede serlo, claro. Vivir, amar y la toma de conciencia de lo que verdaderamente significan las fechas de caducidad de ambas cosas, por ejemplo. La fragilidad de lo que pensamos firmemente establecido, también. De todo ello habla esta historia y lo hace con el acierto poético de utilizar la sutileza y la contención para volverla definitivamente demoledora. De la adaptación cinematográfica, estrenada en 2010, se encarga el director Mark Romanek y lo hace con ritmo reposado (que no lento), tinta clara, ausencia de sensiblerías, detallismo delicado y cierta toma de distancia necesaria para penetrar en el alma de las cosas. Te va encogiendo el corazón y así permanece hasta tiempo después de que la historia haya llegado a su término. Se produce algo parecido a un shock íntimo, un silencio que te lleva a pensar y un tiempo necesario para reponerte. A menudo, el entusiasmo con el que entramos en el poema nos hace olvidar la necesidad y la importancia del tiempo y el tempo de retorno. ¿Ya has decidido si vas a seguir leyendo? Porque si no conoces esta historia quizá prefieras conocerla por ti mismo y porque, tanto si la conoces como si no, duele.

Si has decidido saltar a este párrafo y quedarte, cierra los ojos para escuchar esta melodía:

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Y ahora ábrelos para contemplar el rostro y la mirada a la que esta música pone aliento:

Es la mirada y el rostro de la actriz Carey Mulligan. Nos recibe en un primer plano y en el primer plano y nos acompañará hasta el final de la historia. Está fantástica, como el resto de sus compañeros, en una narración que comienza en el selecto internado de Hailsham, un curso cualquiera de los años setenta británicos. Estos niños estudian, juegan y crecen felices entre las aulas, los pasillos y los jardines del elegante edificio, fuera del entorno urbano. Estos niños son especiales: ninguno vivirá más allá de los 30 años. Sanos, adoctrinados, protegidos y a salvo de lo que el exterior depara, son niños elegidos para salvar otras vidas en una sociedad que celebra la solución a muchas enfermedades hasta ahora incurables consiguiendo alargar la esperanza de vida hasta los cien años. Es una sociedad que desconoce o ya ha olvidado o se ha propuesto olvidar y mira para otro lado fabulando la historia de un supuesto progreso científico que encubre una realidad ética y moralmente escandalosa: los elegidos viven para dar vida. A partir de la mayoría de edad serán llamados en cualquier momento para una primera donación. Según se trate de un órgano vital o no y según la resistencia del donante, todavía podrá someterse a una segunda donación. Despiezados, renqueantes, recluídos en hospitales fuera de la vista amable de la cotidianidad, sumisos a un destino pre-establecido y entregados con docilidad atroz (porque cumplen con obediencia asumiendo que son suministradores de repuestos de otras vidas, o porque se entregan en sacrificio al haber tomado conciencia del (sin) sentido de su (no) vida), algunos todavía podrán soportar una tercera intervención.

Pero la inexorabilidad del proceso, el adoctrinamiento estricto de las mentes, la naturalidad escalofriante con la que tiene lugar todo, colisiona en ocasiones con un destello del instinto, que en la adolescencia de estos chicos despierta porque son seres humanos como los seres humanos a los que salvan. Despierta la necesidad de amar, despiertan los ojos del corazón a la belleza del entorno, al roce de las caricias, al descubrimiento de la conjugación del tiempo futuro (perfecto o imperfecto). Despierta la desesperación por vivir para sí mismos. La desesperación por alargar el tiempo concedido.

Una historia así puede caer fácilmente en lo truculento, en lo grotesco. Nada de eso sucede en manos de Mark Romanek, todo lo contrario. Con la contención y la distancia antes mencionada, Romanek tamiza esta prosa de ciencia ficción hasta convertirla en unas pocas palabras (de sustancioso subtexto) con voluntad de poema. Nada chirría en esta fórmula mágica que somete lo extraordinario a lo cotidiano para que el impacto resulte definitivamente verosimil. La música, el silencio, el tratamiento del color, son elementos que intervienen directamente en la atmósfera emocional, tan importante en una realidad que el espectador descubre al compás del propio descubrimiento de los chicos y que, al abrirles los ojos, agrieta y despedaza su inocencia como despedazados quedarán sus cuerpos. Incompletos pero vivos, con uve mayúscula.

Elementos expresivos como los que he anotado recrean con fuerza y delicadeza la trama, la sostienen, la subrayan, le dan sentido. Un plano estático de un balón infantil abandonado en un jardín bajo la lluvia o la imagen de una embarcación encallada en una playa se convierten, en lenguaje de Romanek, en agentes narradores de la historia. Cuentan lo que las palabras no saben decir, completan y acompañan lo que necesita ser acompañado y completado. Los detalles, las tomas, el color, la música, las miradas, la interacción fabulosa de un casting tocado por la varita mágica del acierto conforman la corteza, la piel y la pulpa de una historia que fácilmente pudo descarrilar pero que aquí transita con una fluidez mansa que, suavemente, te rompe el corazón.

3 pensamientos en “Vivir

  1. Marcos

    Me gusta que hayas mencionado la necesidad de cierto tiempo para reponerte de la película, porque muchas veces me baso en eso para saber si una película dice algo o no son más que fotogramas en fila india para sacar dinero. Cuando voy al cine y la película me ha contado algo, soy incapaz de desconectar e irme con los amigos enseguida a tomar algo: necesito ir solo dando un paseo hasta casa y digerir lo que he visto. Ésas son las películas que me gusta ver, aunque duelan, como ésta que nos traes.
    Es realmente difícil, como dices, no caer en la sensiblería o en lo grotesco con una trama de este tipo y no acudir a ver la película para llorar un rato o para ver una carnicería. Esta película, en cambio, tiene muchas lecturas: la hipocresía, la doble moral, el altruismo obligatorio, los sentimientos de los familiares de donantes de órganos, los de los receptores, la caducidad de todo y de todos, el querer rebelarse y escapar, el jugar con la vida de las personas… ¿Realmente se puede tener una vida plena sabiendo que tu vida es una vida de repuesto? ¿Cómo puede uno resignarse tanto o ser tan tan altruista como para evitar que esto le afecte? Como ves, necesito un tiempo para reponerme, de ahí el comentario tan largo (perdón). Me recuerda a la película “La Isla” (2005), que tiene más acción y efectos especiales pero que los efectos que tiene en mí son poco especiales, la verdad.
    Un abrazo (no es de repuesto).

  2. Pilar

    Has despertado mi curiosidad, mañana mismo intento localizarla para verla……
    Mususssssssssssssss

  3. Pilar

    Sobrecogedora, Inquietante, Romántica y con un poso de tristeza…….una lucha por la vida.
    Otro musu

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