Firma

El termómetro de la calle empezó a subir y el sábado casi alcanzó la temperatura de la fiebre. Yo me resguardé entre las páginas del periódico. En el suplemento de libros, supe de la existencia de la última novela de Fernando Royuela, “Cuando Lázaro anduvo” (Alfaguara) y me interesó. A veces intuyes que un libro te va a gustar, sobre todo si viene de un autor que conoce muchas palabras, que las mezcla y las bate muy bien y que, además, es un fabulador de admirable inventiva. El domingo, a la hora del desayuno, leí en Twitter que, mira tú por dónde, Fernando Royuela firmaba ejemplares de “Cuando Lázaro anduvo” en la Feria del Libro de Zaragoza, caseta tal, de 18 a 19 horas y me decidí ir de excursión para allá. Es cierto que había algún elemento disuasorio (un domingo por la tarde en Zaragoza suena a cosa triste, como en Barcelona, no te digo nada en Madrid) pero la naturaleza ayudó haciendo que la temperatura descendiera notablemente (bendito invento el viento del Norte, sobre todo en verano). ¿No os importa?, dije en mitad del postre a la familia presente en la mesa, madre, hermano, cuñada, futuro sobrino en el ya voluminoso vientre de mi cuñada. No, no, adelante, respondieron. Para la estación que me fui.

En el tren escuché a Haydn. Tríos para piano por el Trío Wanderer en una grabación de esas tocadas por la varita mágica. Tríos ingeniosamente concebidos, alegremente escritos, alegremente interpretados. El paisaje acompañaba.

Sí, un domingo por la tarde es una cosa muy chunga en una ciudad grande. Todo está parado o lo parece y al estarlo o parecerlo aflora una capa hostil, fea, fría, descompasada, amodorrada. Pero creo que yo iba con la actitud apropiada hasta que me crucé con una tuna, negra y aterciopelada, abandurriada, cantando los clavelitos para que el rancio cuadro costumbrista estuviera completo, y tuve que sentarme en un banco presa de una súbita depresión anímica. La sombra, la brisa, la techumbre vegetal y verde, alivió; costó, pero alivió.

Una firma de libros es un trance promocional que tiene su lado necesario, es comprensible, pero tiene también su parte difícil. O a mí me lo parece. Aparece el escritor y entra en una caseta, casa durante unos minutos o quizá horas, y aunque el agente literario parece muy señor de los anillos en el momento de dar instrucciones a los encargados de la caseta, él, como tipo listo, desaparece dejando al autor con una palmadita en el hombro. El autor mira los libros que le rodean y pregunta, qué va a hacer si no. Esta es la zona de infantil, responde la chica con una sonrisa. El autor mira, se gira, vuelve a mirar, de lo que se trata es de adaptarse al medio rápidamente y, supongo, confiar en que se presente alguien.

Ahí entro yo.

Hola. Hola.

Las conversaciones, largas o breves, interesantes o intrascendentes, suelen empezar así, pero un hola de un escritor tiene algo especial porque, por primera vez, es una palabra suya no impresa y, además, suena con una voz que es la suya propia y no la tuya haciendo de la suya como ocurre en la lectura. Me dices tu nombre, por favor. Claro. El escritor miraba a través de las gafas de sol, protección general, trinchera donde refugiarse de la escena, fijo que sirven para eso, y empezó a mirar por encima de ellas, como descubriéndose al mismo tiempo que descubría la portada a sus 400 páginas de invención escrita, cuando le dije que había cogido un tren desde la provincia vecina para solicitar la firma de un libro que, estaba seguro, estoy seguro, me va a gustar mucho. Estaba a punto de ponerse a escribir cuando se detuvo y dijo, no me digas, ¿de verdad?, de verdad, ¿pero has venido en tren solo para esto?, sí y tan contento, pues no sabes cómo agradezco… ah pues mira… te voy a hacer un dibujo si no te importa. El escritor se metió la mano en la americana, a la altura del pecho y de allí sacó cuatro rotuladores de colores. Mi ceja advirtió el gesto. Cuando eres mayor, la ceja hace las funciones de la boca abierta cuando eres crío. El escritor miró de reojo (reojo de gafas de sol) a las encargadas de la caseta, como si temiera que no le dejaran hacer o como si quisiera hacer algo en secreto, ellas sonreían con las manos a la espalda, sin ocupación, la feria era feria de nombre, nada más, todo muy muermo y tal, y el escritor escribió con esmero y entonces empezó a colorear un molinillo sin prisa, con dedicación. Puedo sacar un foto, pregunté, pues claro, respondió él amablemente con voz de concentración en el molinillo de colores, así que saqué la foto con el teléfono móvil, ese teléfono que tiene de teléfono solo el nombre puesto que lo suelo tener cerrado aunque, eso sí, con él saco fotos, escucho a Haydn, aprendo idiomas, consulto la prima de riesgo, escribo artículos cuando van a llegar tarde al semanario y no sabes tú cuántas cosas más:

El escritor me entregó el libro y nos estrechamos la mano con una sonrisa, igual que cuando te dan un título o un premio, nos dimos las gracias y él se quedó allí y yo me vine al otro lado de la caseta donde además de cobrarte (con descuento), te dan una bolsa especial, un folleto especial, una guía especial, un marcador de páginas especial, todo en abundancia cómica. La bolsa especial iba engordando con cosas especiales cuando advertí que el escritor me miraba desde el otro lado. ¿Y ahora tienes que volverte en tren a tu ciudad?, preguntó. Claro, respondí. Iba a añadir que convenía hacerlo pronto, volver, porque un domingo por la tarde en una ciudad grande con una tuna suelta así lo aconseja, pero no lo hice, obviamente, a pesar de que estoy seguro de que alguien como el escritor comprendería perfectamente el clima emocional al que me refería e incluso lo expresaría muy bien, añadiendo matices que se me escapan. Buen viaje y muchas gracias. Muchas gracias a ti. Y espero que te guste el libro. Estoy seguro de que sí. Y de allí caminé hacia una parada de autobús, el autobús me llevó a la estación, en la estación subí al tren y el tren puso rumbo a casa. Empecé “Cuando Lázaro anduvo” cuando el tren salía de la estación. Sonreí al terminar el primer párrafo.

7 pensamientos en “Firma

  1. C.

    Ya contarás, le tenía echado el ojo al libro. Y sí, más vale que el domingo refrescó… qué horror de calorrrrrrrrrr.

  2. Pilar

    Eso fue un Impulso…. que bien, menos mal que no pasaste calor, en Zaragoza es terrible.

    Yo acabo de leer de Vargas Llosa “El Sueño del Celta” me ha gustado, pero acabo de ver a este señor en la tele y me ha dejado lila cuando ha dicho que las corridas de toros son una expresión del arte. Pero señor Mario, como puede considerarse arte torturar a un animal hasta matarlo…? expliquemelo porque no lo entiendo. Arte es todo aquello que su contemplación produce un placer y una corrida de toros me produce un horror. Donde está en arte?

  3. Marcos

    Qué buena idea. Ocasiones así hay que aprovecharlas. Los domingos en una ciudad grande pueden ser interesantes, como viste en Zaragoza. Aquí, en mi ciudad, da igual el día que sea que hay un ambientazo por la calle… Ya nos contarás qué te ha parecido el libro (si te apatece, puedes hacernos tu propio análisis; estariamos encantados de ver la visión emejotística del libro).

  4. emejota Autor

    Ya contaré, C., estoy en ello compaginándolo con el final del curso y los ayes medicamentosos :)

    Pilar: a mí este señor hace años que prefiero no escucharlo, la verdad. Lleva un tiempo viviendo en otro mundo, por lo que parece.

    Te creo, Marcos, seguramente es cuestión mía. Hay paisajes físicos y paisajes mentales. Una tarde de domingo en una ciudad así me produce una empanada mental considerable :)

  5. Fernando Royuela

    Querido Mariano,

    Una crónica estupenda. Confío en que el viaje por mi novela te resulte iniciático de verdad. Un abrazo grande. FR

  6. emejota Autor

    Hola Fernando,

    no sé si el blogger Ramírez apreciaría tanto tu visita en sus blogs como yo lo hago en el mío. Lo estoy pasando en grande con tu novela y tengo que decir que está ayudando mucho, y bien, en días complicados. Gracias y un abrazo fuerte.

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