Archivo por días: 4 junio, 2012

Firma

El termómetro de la calle empezó a subir y el sábado casi alcanzó la temperatura de la fiebre. Yo me resguardé entre las páginas del periódico. En el suplemento de libros, supe de la existencia de la última novela de Fernando Royuela, “Cuando Lázaro anduvo” (Alfaguara) y me interesó. A veces intuyes que un libro te va a gustar, sobre todo si viene de un autor que conoce muchas palabras, que las mezcla y las bate muy bien y que, además, es un fabulador de admirable inventiva. El domingo, a la hora del desayuno, leí en Twitter que, mira tú por dónde, Fernando Royuela firmaba ejemplares de “Cuando Lázaro anduvo” en la Feria del Libro de Zaragoza, caseta tal, de 18 a 19 horas y me decidí ir de excursión para allá. Es cierto que había algún elemento disuasorio (un domingo por la tarde en Zaragoza suena a cosa triste, como en Barcelona, no te digo nada en Madrid) pero la naturaleza ayudó haciendo que la temperatura descendiera notablemente (bendito invento el viento del Norte, sobre todo en verano). ¿No os importa?, dije en mitad del postre a la familia presente en la mesa, madre, hermano, cuñada, futuro sobrino en el ya voluminoso vientre de mi cuñada. No, no, adelante, respondieron. Para la estación que me fui.

En el tren escuché a Haydn. Tríos para piano por el Trío Wanderer en una grabación de esas tocadas por la varita mágica. Tríos ingeniosamente concebidos, alegremente escritos, alegremente interpretados. El paisaje acompañaba.

Sí, un domingo por la tarde es una cosa muy chunga en una ciudad grande. Todo está parado o lo parece y al estarlo o parecerlo aflora una capa hostil, fea, fría, descompasada, amodorrada. Pero creo que yo iba con la actitud apropiada hasta que me crucé con una tuna, negra y aterciopelada, abandurriada, cantando los clavelitos para que el rancio cuadro costumbrista estuviera completo, y tuve que sentarme en un banco presa de una súbita depresión anímica. La sombra, la brisa, la techumbre vegetal y verde, alivió; costó, pero alivió.

Una firma de libros es un trance promocional que tiene su lado necesario, es comprensible, pero tiene también su parte difícil. O a mí me lo parece. Aparece el escritor y entra en una caseta, casa durante unos minutos o quizá horas, y aunque el agente literario parece muy señor de los anillos en el momento de dar instrucciones a los encargados de la caseta, él, como tipo listo, desaparece dejando al autor con una palmadita en el hombro. El autor mira los libros que le rodean y pregunta, qué va a hacer si no. Esta es la zona de infantil, responde la chica con una sonrisa. El autor mira, se gira, vuelve a mirar, de lo que se trata es de adaptarse al medio rápidamente y, supongo, confiar en que se presente alguien.

Ahí entro yo.

Hola. Hola.

Las conversaciones, largas o breves, interesantes o intrascendentes, suelen empezar así, pero un hola de un escritor tiene algo especial porque, por primera vez, es una palabra suya no impresa y, además, suena con una voz que es la suya propia y no la tuya haciendo de la suya como ocurre en la lectura. Me dices tu nombre, por favor. Claro. El escritor miraba a través de las gafas de sol, protección general, trinchera donde refugiarse de la escena, fijo que sirven para eso, y empezó a mirar por encima de ellas, como descubriéndose al mismo tiempo que descubría la portada a sus 400 páginas de invención escrita, cuando le dije que había cogido un tren desde la provincia vecina para solicitar la firma de un libro que, estaba seguro, estoy seguro, me va a gustar mucho. Estaba a punto de ponerse a escribir cuando se detuvo y dijo, no me digas, ¿de verdad?, de verdad, ¿pero has venido en tren solo para esto?, sí y tan contento, pues no sabes cómo agradezco… ah pues mira… te voy a hacer un dibujo si no te importa. El escritor se metió la mano en la americana, a la altura del pecho y de allí sacó cuatro rotuladores de colores. Mi ceja advirtió el gesto. Cuando eres mayor, la ceja hace las funciones de la boca abierta cuando eres crío. El escritor miró de reojo (reojo de gafas de sol) a las encargadas de la caseta, como si temiera que no le dejaran hacer o como si quisiera hacer algo en secreto, ellas sonreían con las manos a la espalda, sin ocupación, la feria era feria de nombre, nada más, todo muy muermo y tal, y el escritor escribió con esmero y entonces empezó a colorear un molinillo sin prisa, con dedicación. Puedo sacar un foto, pregunté, pues claro, respondió él amablemente con voz de concentración en el molinillo de colores, así que saqué la foto con el teléfono móvil, ese teléfono que tiene de teléfono solo el nombre puesto que lo suelo tener cerrado aunque, eso sí, con él saco fotos, escucho a Haydn, aprendo idiomas, consulto la prima de riesgo, escribo artículos cuando van a llegar tarde al semanario y no sabes tú cuántas cosas más:

El escritor me entregó el libro y nos estrechamos la mano con una sonrisa, igual que cuando te dan un título o un premio, nos dimos las gracias y él se quedó allí y yo me vine al otro lado de la caseta donde además de cobrarte (con descuento), te dan una bolsa especial, un folleto especial, una guía especial, un marcador de páginas especial, todo en abundancia cómica. La bolsa especial iba engordando con cosas especiales cuando advertí que el escritor me miraba desde el otro lado. ¿Y ahora tienes que volverte en tren a tu ciudad?, preguntó. Claro, respondí. Iba a añadir que convenía hacerlo pronto, volver, porque un domingo por la tarde en una ciudad grande con una tuna suelta así lo aconseja, pero no lo hice, obviamente, a pesar de que estoy seguro de que alguien como el escritor comprendería perfectamente el clima emocional al que me refería e incluso lo expresaría muy bien, añadiendo matices que se me escapan. Buen viaje y muchas gracias. Muchas gracias a ti. Y espero que te guste el libro. Estoy seguro de que sí. Y de allí caminé hacia una parada de autobús, el autobús me llevó a la estación, en la estación subí al tren y el tren puso rumbo a casa. Empecé “Cuando Lázaro anduvo” cuando el tren salía de la estación. Sonreí al terminar el primer párrafo.

Learning

Tras el periodo de duelo por la ausencia de Lindsay (y tras dispersiones varias), estoy recuperando mi inglés gracias a los podcast. Un invento lo de los podcast; de hecho, a veces me entran ganas de hacer uno sobre alguna cosa, ya veremos. Un podcast es algo así como un programa de radio en serie (y en serio) que descargas y te lo llevas a los oídos. Por ejemplo, yo los llevo en el móvil y cuando voy en tren o voy de paseo, me pongo los auriculares y los escucho. Los hay de música (de hablar sobre música y de escuchar música; también los hay que mezclan ambas cosas), de cine, de series de la tele, de libros. Los hay de todo y si no hay de todo, lo habrá próximamente. Los hay de idiomas, claro, todos los idiomas en todos los niveles. Son muy útiles porque “escuchas” el idioma a nativos con todos los acentos imaginables y, además, te explican la cosa sobre la marcha. Y gratis.

Hay dos formas de formarse en un idioma a través de un podcast: escuchando uno cuya finalidad sea la de enseñar o escuchar cualquiera en el que una persona o grupo de personas hablan de cualquier tema en el idioma que estás estudiando. Empecé a descargarme los podcast de un grupo de tertulianos norteamericanos fans (muy fans) de una serie de televisión de la que soy seguidor. Son tres personas que se reúnen tras el episodio semanal y lo comentan, lo analizan, lo diseccionan, dicen ou! y se ríen así: hahaha, y siguen comentando. Les lleva una hora y diez minutos aproximadamente porque hay mucho que comentar. Empezaron y fueron cogiendo gusto por la cosa y como vieron que al otro lado había oídos que escuchaban pusieron una dirección de correo electrónico donde la gente pudiera preguntar, comentar a lo ya comentado, puntualizar, sugerir nuevas sendas de debate y etc, de manera que la serie de podcast tiene, hasta la fecha, más capítulos que la propia serie de televisión que la protagoniza. Yo descargo los capítulos, salgo de paseo, escucho lo que dicen sobre el capítulo que acabo de ver también y, al mismo tiempo que me entero de cosas, me entero del inglés y me acostumbro a desbrozar el camino del acento. Muy productivo. Pero a veces me da por pensar si terminaré hablando un inglés que solo sirva para hablar de esa serie de televisión. Imagínate. Por eso, en paralelo, me descargo un podcast sobre aprendizaje de inglés, un podcast académico, sin distracciones de lo principal que es aprender, learning.

Habla una señora mayor con la quietud de una vida muy hablada a las espaldas y advierte que no es profesora de inglés pero lo cierto es que tiene un don para la didáctica que ya quisieran muchos docentes. Presenta en cada episodio el tema sobre el que se va a hablar si a nosotros nos parece bien, y a los demás no sé pero a mí me parece bien siempre, pero ocurre que empieza a hablar y de pronto se escucha el canto de un pájaro a una distancia cercana. No es el canto de un pájaro en un árbol del jardín sino el de un pájaro tipo Piolín, de los que se balancean en un columpio en una jaula en la cocina. Es un poco mi perdición porque eso me distrae del todo, no porque me moleste, para nada; al contrario, es que desde siempre mi atención siente una irresistible atracción hacia esas cosas e inevitablemente empiezo a hacerme preguntas. Quién es esa señora, dónde vive, cómo es su casa, qué distancia hay entre ella y ese pájaro, qué clase de pájaro es, cuál es su función, adorno, compañía, habrá soledad entonces o no, y por qué y desde cuándo, qué hay en la cocina, por qué ponerse a hacer ese podcast, qué hizo antes de grabarlo esta señora, qué hizo después, qué avatares ha tenido su vida, si es feliz en términos generales, qué entiende ella por felicidad, si Obama o el otro, si verano o invierno, por qué nos habremos encontrado, ella a ese lado del auricular, yo al otro, tenía que pasar, quizá, o las casualidades no tienen otra función que esa, ser casualidad. Todas esas cosas me planteo, muchas más cosas en realidad, me las despierta en la curiosidad el canto del pájaro, que es un canto despreocupado y ocasional, de fondo, nada invasivo. Me cuesta concentrarme a veces en lo que la señora se propone enseñar en una de esas cápsulas sonoras de 12-14 minutos de su clase particular, particular porque es suya y casera, pero de resonancias universales si se las lleva al oído, clic mediante, cualquiera en cualquier parte del mundo.

En cualquier caso, voy progresando.