Archivo por meses: junio 2012

Medianoche

Hubo antes otros tiempos difíciles en los que entrar al cine era una felicidad. Los días grises de la depresión norteamericana encontraban aliento reparador en el resplandeciente blanco y negro de las “screwball comedies”, lo que aquí llamamos “comedias de enredo”. Raciones de genio e ingenio puro en dosis de noventa minutos que hacían abrir mucho los ojos, dibujar una sonrisa en el rostro, sentir una ducha de alivio en el corazón, arrellanarse en la butaca. Entregarse. La otra noche me entregué a la experiencia de revisar “Medianoche”, de Mitchell Leisen, cosecha del 39, con Claudette Colbert, Don Ameche, John Barrymore, Mary Astor, ahí es nada, nombres todos ellos en la cumbre de la montaña de la Paramount. Sigue produciendo el mismo efecto reparador y eso acrecienta la admiración que uno siente hacia las gentes que la hicieron posible, hoy todos desaparecidos y, sin embargo, re-aparecidos en la fantasmagoría de la pantalla blanca, unos sonriendo, otros abriendo y cerrando puertas, todos metidos en mil líos al compás de un guión que siempre da vueltas inesperadas a las vueltas ya dadas y que hace explotar la frase brillante tras un diálogo memorable.

Mitchell Leisen no suena como nos suena el nombre de Billy Wilder, aunque el segundo escribiera para el primero los guiones de comedias como ésta, pero eso pasa porque Leisen era mayor y sobre todo porque no se encontró con un Fernando Trueba que le nombrara Dios. Hay una generación de espectadores que anotaron en la agenda, sección nombres nombrables, a Billy Wilder porque Trueba, cuando Trueba era cool, dijo que era Dios o algo similar. Cuando salía en la tele el anciano Wilder con su sombrero junto a Trueba, siempre sospeché que Wilder le seguía el juego de adulaciones como un gag, era todo un brillante gag del que Trueba no pillaba nada, oye, al contrario, sólo veía trascendencia allá donde Wilder, con sonrisa mordaz incorporada, gozaba de lo lindo. Qué vas a esperar de una mente que, como la de otros compañeros de generación, tenía el don de sacarle punta a la existencia con una mordacidad ácida pero nunca hiriente, no sabían ni podian ni querían mirar con otras gafas.

Cuentan las malas lenguas hollywoodienses, que siempre las ha habido, que Wilder se hizo director tras desesperarse por la puesta en imágenes que Leisen hizo de esta “Medianoche”. Cuentan también que, dos años antes, le había sucedido lo mismo a Preston Sturges. ¿Pero es que Leisen era un señor un poco patán o qué? No, en absoluto. Era un director más que notable, pero su visión de la comedia incorporaba un velo de sutil elegancia y contención que en la oficina de los guionistas, sangre joven, teclear rápido de máquinas de escribir, humo y más humo de cigarrillos, sabía a poco o pedía más. Más madera, que diría Groucho.

Volví a ver “Medianoche” y sí, sigue siendo maravilloso su enredo amable y brillante, sigue siendo divertido y reconfortante entrar a jugar el juego que propone, (¿Y no vas a contar nada de ella? No. ¿Y por qué? Porque quiero que la veas) Se alza el telón y no hay minutos para prólogos ni para leer gruesos libros de instrucciones: bastan unos segundos para estar dentro de la acción, perfectamente ubicados, una acción que, sin embargo, nunca te apremia ni agobia. Ahí está el pulso maestro de Leisen, como el de Lubitsch, la batuta privilegiada de unos señores dotados de un sentido del ritmo admirable para contar historias, y qué historias.

Sonrisas, precioso regalo.

Verano

Ha habido silencio desde el anterior post pero han seguido pasando cosas, ninguna convergente con este cuaderno de notas, por lo que parece.

El otro día una señora se acercó y se puso a mi lado en el mostrador de una tienda para decirme lo mucho que le gustaban los posts retrospectivos de este blog, los posts en los que pongo la lupa en esa infancia mía que tomaba nota del mundo con un sentimiento prematuramente nostálgico por lo efímero de lo que allí pasaba. La señora asomó la cabeza entre las dos personas que nos separaban y se acercó para decírmelo. Al hacerlo se le puso una cortinilla húmeda en los ojos y yo bajé la mirada con cierto apuro pudoroso porque me dio las gracias y me sentí un poco culpable de desatender esta casa, como quien no ha hecho los deberes del fin de semana y llega al colegio del lunes. Pensé que en este blog hay silencio. Fuera de él, también. Pero hay vida, así que no hay motivo de preocupación. Son etapas. Hay etapas más silentes y otras etapas más elocuentes. Creo que se trata de un sistema inconsciente de gestión de las energías. He ocupado la mayoría de mis palabras en las clases de final de curso y su efecto, el de las clases, ha sido terapéutico para mí porque pude llevarlas todas a cabo. Eso produce una especial satisfacción cuando las fuerzas andan justas: cumplir, llegar, alcanzar. Además, sentí que los días tenían una utilidad o que yo me sentía útil durante esos días. Eso, tras un letargo, es fundamental: volver a sentirse util, marcarse una disciplina diaria que, al mismo tiempo, está destinada a producir un efecto beneficioso a otras personas, mis alumnos en este caso. Entre clase y clase he entrado en diálogo con mi cuerpo con la salud como tema de debate: su fragilidad, su progresivo desgaste. Y es interesante ese ejercicio porque según te pille te deja sobrecogido o te da un empujón hacia adelante. Pero indiferente no te deja, nunca puede dejarte indiferente descubrir el verdadero valor de lo que te sostiene. Y lo que nos sostiene es algo prodigioso y muy frágil que, en gran medida, no depende de nosotros.

He sentido nostalgia de los alumnos que se van para siempre, he reído con los vecinos, puse la palma de la mano en el vientre de mi cuñada para sentir por primera vez la presencia de mi sobrino, que va a nacer este verano, he recuperado fuerzas, las he perdido, he descansado para encontrarlas de nuevo, no he escrito nada pero he pensado mucho, me regalaron 32 bombones, he recibido alguna sorpresa y la visita de algún recuerdo recordando (valga la redundancia) que los recuerdos vienen porque viven en el presente, dónde van a vivir si no. He pasado del fútbol, pereza de fútbol, pereza de fútbol y de tenis y de motos y de fórmula uno, un horror. Vivo un compás de espera descubriendo que el motor para la acción no depende tanto de lo que digan en un hospital, que también, sino sobre todo de mí mismo. Es decir, que no me engaño. Por eso tomo notas: me han propuesto un proyecto pequeño pero emocionante, he descubierto otro igualmente pequeño y emocionante; a mi sobrino (algo pequeño y emocionante) le espero, no me voy a mover a ninguna parte este verano porque para mí es prioritario estar, darle la bienvenida, establecer ese primer y maravilloso contacto táctil y visual que te confirma, aunque no sepas expresarlo con palabras, que se ha establecido un vínculo invisible pero poderoso y permanente. Eso sucede. Sucede y lo sientes. Sucedió cuando llegó al mundo Isabel y cuando llegó al mundo Carlos que la otra noche, sentado conmigo en el sofá, calificó de arriesgada la jugada iniciada por el portero de la selección alemana porque, al parecer, efectuaba un saque con un jugador en fuera de juego. No quise preguntar qué es un fuera de juego para no quedarme yo en la misma situación, atónito ante un Carlos gesticulante a pie de césped televisivo.

Un día vi amanecer porque no dormí nada y me impresionó mucho el progresivo crescendo del canto de los pájaros a partir de un solo discreto. Otro día me senté a leer llevando el sillón al lado del balcón, al caer la tarde, igual que hacía la abuela, y no leí nada. Comprendí por qué ella tampoco. La tranquilidad es una actividad reparadora que nos invita a una momentánea y exclusiva entrega. Si no, es solo un nombre, una palabra, y no una vivencia.

Hoy es la noche de San Juan, empieza el verano y empieza a descontar minutos de luz, discretamente y con disimulo entre días azules, sabores de cereza, chapoteos de aventuras, pasiones efímeras, lo que siempre han sido los veranos sin que importe su reposición.

Cifras

Al pasar junto a la sucursal de un banco, cerca de casa, un día se pudo leer: “Te decimos cuánto dinero obtenemos contigo y a qué lo destinamos”. La primera parte de la frase me llamaba la atención y me daba un poco de asco, como una reacción indignada ante algo dicho con descaro, chulesco, “te decimos cuánto dinero obtenemos contigo”. Pues mira, lo destinaron para irse al puto garete, a la quiebra, a la nada del saldo negativo, a la zona roja de los números del mismo color, y pasó a ser comido por otro banco que, supuestamente, sabe hacer mejor las cuentas y no alardea tanto, al menos no lo hace de cara a la galería.

Cuentan los medios, lo vienen contando desde media mañana, que mañana por la tarde, sábado, se pone en marcha el rescate de la banca por parte de la Unión Europea. Hay incluso quien expone, de manera razonada, los motivos por los que mañana tiene que “ser” el día, y no otro. De los 24.000 millones de euros que dijo necesitar ese escándalo de banco a los 9.000 que dice necesitar otro, los mismos medios, todos ellos extranjeros, todos ellos coincidentes, señalan que la cifra total para limpiar la mierda de los bancos que hasta ayer aparecían ante nuestros ojos tan limpios, serios, chulescos, garantes de la tranquilidad y el futuro, vendedores de cuberterías, relojes, ollas a presión, camisetas del Real Madrid, fondos de inversión, etcétera, podría oscilar entre los 40 y los 80.000 millones de euros, contando con que las propias entidades pongan otro tanto, esto es, un cincuenta por ciento adicional, de sus propios bolsillos. Leemos cifras así y no sé si se nos olvida que 24.000 millones de euros, que suena a disparate, son 4 billones de pesetas, que suena repugnante. Dicen los banqueros que dejarles caer sería una hecatombe para todos y antes de pasar la hucha allende los Pirineos, daban por sentado, como lo más natural, que fuéramos nosotros los que corriéramos con los gastos, recordando, eso sí, que si fuéramos tú o yo los necesitados de alguna cosa, no habría compasión posible dejándonos sin casa, sin ahorros y lo que fuera menester.

No obstante, les quedan unos bolis y unos calendarios muy en plan de diseño para que nos vayamos contentos y tal.

Vivir

“Quizás nunca lleguemos a entender lo que hemos vivido o quizás nos haya faltado tiempo.”

Lo que viene son unas notas sobre la adaptación al cine de la novela de Kazuo Ishiguro “Nunca me abandones” (Never let me go). Lo aviso porque te va a doler. Es imposible que no duela esta obra hermosa y terrible. ¿Puede ser algo hermoso y terrible a un tiempo? Puede serlo, claro. Vivir, amar y la toma de conciencia de lo que verdaderamente significan las fechas de caducidad de ambas cosas, por ejemplo. La fragilidad de lo que pensamos firmemente establecido, también. De todo ello habla esta historia y lo hace con el acierto poético de utilizar la sutileza y la contención para volverla definitivamente demoledora. De la adaptación cinematográfica, estrenada en 2010, se encarga el director Mark Romanek y lo hace con ritmo reposado (que no lento), tinta clara, ausencia de sensiblerías, detallismo delicado y cierta toma de distancia necesaria para penetrar en el alma de las cosas. Te va encogiendo el corazón y así permanece hasta tiempo después de que la historia haya llegado a su término. Se produce algo parecido a un shock íntimo, un silencio que te lleva a pensar y un tiempo necesario para reponerte. A menudo, el entusiasmo con el que entramos en el poema nos hace olvidar la necesidad y la importancia del tiempo y el tempo de retorno. ¿Ya has decidido si vas a seguir leyendo? Porque si no conoces esta historia quizá prefieras conocerla por ti mismo y porque, tanto si la conoces como si no, duele.

Si has decidido saltar a este párrafo y quedarte, cierra los ojos para escuchar esta melodía:

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Y ahora ábrelos para contemplar el rostro y la mirada a la que esta música pone aliento:

Es la mirada y el rostro de la actriz Carey Mulligan. Nos recibe en un primer plano y en el primer plano y nos acompañará hasta el final de la historia. Está fantástica, como el resto de sus compañeros, en una narración que comienza en el selecto internado de Hailsham, un curso cualquiera de los años setenta británicos. Estos niños estudian, juegan y crecen felices entre las aulas, los pasillos y los jardines del elegante edificio, fuera del entorno urbano. Estos niños son especiales: ninguno vivirá más allá de los 30 años. Sanos, adoctrinados, protegidos y a salvo de lo que el exterior depara, son niños elegidos para salvar otras vidas en una sociedad que celebra la solución a muchas enfermedades hasta ahora incurables consiguiendo alargar la esperanza de vida hasta los cien años. Es una sociedad que desconoce o ya ha olvidado o se ha propuesto olvidar y mira para otro lado fabulando la historia de un supuesto progreso científico que encubre una realidad ética y moralmente escandalosa: los elegidos viven para dar vida. A partir de la mayoría de edad serán llamados en cualquier momento para una primera donación. Según se trate de un órgano vital o no y según la resistencia del donante, todavía podrá someterse a una segunda donación. Despiezados, renqueantes, recluídos en hospitales fuera de la vista amable de la cotidianidad, sumisos a un destino pre-establecido y entregados con docilidad atroz (porque cumplen con obediencia asumiendo que son suministradores de repuestos de otras vidas, o porque se entregan en sacrificio al haber tomado conciencia del (sin) sentido de su (no) vida), algunos todavía podrán soportar una tercera intervención.

Pero la inexorabilidad del proceso, el adoctrinamiento estricto de las mentes, la naturalidad escalofriante con la que tiene lugar todo, colisiona en ocasiones con un destello del instinto, que en la adolescencia de estos chicos despierta porque son seres humanos como los seres humanos a los que salvan. Despierta la necesidad de amar, despiertan los ojos del corazón a la belleza del entorno, al roce de las caricias, al descubrimiento de la conjugación del tiempo futuro (perfecto o imperfecto). Despierta la desesperación por vivir para sí mismos. La desesperación por alargar el tiempo concedido.

Una historia así puede caer fácilmente en lo truculento, en lo grotesco. Nada de eso sucede en manos de Mark Romanek, todo lo contrario. Con la contención y la distancia antes mencionada, Romanek tamiza esta prosa de ciencia ficción hasta convertirla en unas pocas palabras (de sustancioso subtexto) con voluntad de poema. Nada chirría en esta fórmula mágica que somete lo extraordinario a lo cotidiano para que el impacto resulte definitivamente verosimil. La música, el silencio, el tratamiento del color, son elementos que intervienen directamente en la atmósfera emocional, tan importante en una realidad que el espectador descubre al compás del propio descubrimiento de los chicos y que, al abrirles los ojos, agrieta y despedaza su inocencia como despedazados quedarán sus cuerpos. Incompletos pero vivos, con uve mayúscula.

Elementos expresivos como los que he anotado recrean con fuerza y delicadeza la trama, la sostienen, la subrayan, le dan sentido. Un plano estático de un balón infantil abandonado en un jardín bajo la lluvia o la imagen de una embarcación encallada en una playa se convierten, en lenguaje de Romanek, en agentes narradores de la historia. Cuentan lo que las palabras no saben decir, completan y acompañan lo que necesita ser acompañado y completado. Los detalles, las tomas, el color, la música, las miradas, la interacción fabulosa de un casting tocado por la varita mágica del acierto conforman la corteza, la piel y la pulpa de una historia que fácilmente pudo descarrilar pero que aquí transita con una fluidez mansa que, suavemente, te rompe el corazón.

Firma

El termómetro de la calle empezó a subir y el sábado casi alcanzó la temperatura de la fiebre. Yo me resguardé entre las páginas del periódico. En el suplemento de libros, supe de la existencia de la última novela de Fernando Royuela, “Cuando Lázaro anduvo” (Alfaguara) y me interesó. A veces intuyes que un libro te va a gustar, sobre todo si viene de un autor que conoce muchas palabras, que las mezcla y las bate muy bien y que, además, es un fabulador de admirable inventiva. El domingo, a la hora del desayuno, leí en Twitter que, mira tú por dónde, Fernando Royuela firmaba ejemplares de “Cuando Lázaro anduvo” en la Feria del Libro de Zaragoza, caseta tal, de 18 a 19 horas y me decidí ir de excursión para allá. Es cierto que había algún elemento disuasorio (un domingo por la tarde en Zaragoza suena a cosa triste, como en Barcelona, no te digo nada en Madrid) pero la naturaleza ayudó haciendo que la temperatura descendiera notablemente (bendito invento el viento del Norte, sobre todo en verano). ¿No os importa?, dije en mitad del postre a la familia presente en la mesa, madre, hermano, cuñada, futuro sobrino en el ya voluminoso vientre de mi cuñada. No, no, adelante, respondieron. Para la estación que me fui.

En el tren escuché a Haydn. Tríos para piano por el Trío Wanderer en una grabación de esas tocadas por la varita mágica. Tríos ingeniosamente concebidos, alegremente escritos, alegremente interpretados. El paisaje acompañaba.

Sí, un domingo por la tarde es una cosa muy chunga en una ciudad grande. Todo está parado o lo parece y al estarlo o parecerlo aflora una capa hostil, fea, fría, descompasada, amodorrada. Pero creo que yo iba con la actitud apropiada hasta que me crucé con una tuna, negra y aterciopelada, abandurriada, cantando los clavelitos para que el rancio cuadro costumbrista estuviera completo, y tuve que sentarme en un banco presa de una súbita depresión anímica. La sombra, la brisa, la techumbre vegetal y verde, alivió; costó, pero alivió.

Una firma de libros es un trance promocional que tiene su lado necesario, es comprensible, pero tiene también su parte difícil. O a mí me lo parece. Aparece el escritor y entra en una caseta, casa durante unos minutos o quizá horas, y aunque el agente literario parece muy señor de los anillos en el momento de dar instrucciones a los encargados de la caseta, él, como tipo listo, desaparece dejando al autor con una palmadita en el hombro. El autor mira los libros que le rodean y pregunta, qué va a hacer si no. Esta es la zona de infantil, responde la chica con una sonrisa. El autor mira, se gira, vuelve a mirar, de lo que se trata es de adaptarse al medio rápidamente y, supongo, confiar en que se presente alguien.

Ahí entro yo.

Hola. Hola.

Las conversaciones, largas o breves, interesantes o intrascendentes, suelen empezar así, pero un hola de un escritor tiene algo especial porque, por primera vez, es una palabra suya no impresa y, además, suena con una voz que es la suya propia y no la tuya haciendo de la suya como ocurre en la lectura. Me dices tu nombre, por favor. Claro. El escritor miraba a través de las gafas de sol, protección general, trinchera donde refugiarse de la escena, fijo que sirven para eso, y empezó a mirar por encima de ellas, como descubriéndose al mismo tiempo que descubría la portada a sus 400 páginas de invención escrita, cuando le dije que había cogido un tren desde la provincia vecina para solicitar la firma de un libro que, estaba seguro, estoy seguro, me va a gustar mucho. Estaba a punto de ponerse a escribir cuando se detuvo y dijo, no me digas, ¿de verdad?, de verdad, ¿pero has venido en tren solo para esto?, sí y tan contento, pues no sabes cómo agradezco… ah pues mira… te voy a hacer un dibujo si no te importa. El escritor se metió la mano en la americana, a la altura del pecho y de allí sacó cuatro rotuladores de colores. Mi ceja advirtió el gesto. Cuando eres mayor, la ceja hace las funciones de la boca abierta cuando eres crío. El escritor miró de reojo (reojo de gafas de sol) a las encargadas de la caseta, como si temiera que no le dejaran hacer o como si quisiera hacer algo en secreto, ellas sonreían con las manos a la espalda, sin ocupación, la feria era feria de nombre, nada más, todo muy muermo y tal, y el escritor escribió con esmero y entonces empezó a colorear un molinillo sin prisa, con dedicación. Puedo sacar un foto, pregunté, pues claro, respondió él amablemente con voz de concentración en el molinillo de colores, así que saqué la foto con el teléfono móvil, ese teléfono que tiene de teléfono solo el nombre puesto que lo suelo tener cerrado aunque, eso sí, con él saco fotos, escucho a Haydn, aprendo idiomas, consulto la prima de riesgo, escribo artículos cuando van a llegar tarde al semanario y no sabes tú cuántas cosas más:

El escritor me entregó el libro y nos estrechamos la mano con una sonrisa, igual que cuando te dan un título o un premio, nos dimos las gracias y él se quedó allí y yo me vine al otro lado de la caseta donde además de cobrarte (con descuento), te dan una bolsa especial, un folleto especial, una guía especial, un marcador de páginas especial, todo en abundancia cómica. La bolsa especial iba engordando con cosas especiales cuando advertí que el escritor me miraba desde el otro lado. ¿Y ahora tienes que volverte en tren a tu ciudad?, preguntó. Claro, respondí. Iba a añadir que convenía hacerlo pronto, volver, porque un domingo por la tarde en una ciudad grande con una tuna suelta así lo aconseja, pero no lo hice, obviamente, a pesar de que estoy seguro de que alguien como el escritor comprendería perfectamente el clima emocional al que me refería e incluso lo expresaría muy bien, añadiendo matices que se me escapan. Buen viaje y muchas gracias. Muchas gracias a ti. Y espero que te guste el libro. Estoy seguro de que sí. Y de allí caminé hacia una parada de autobús, el autobús me llevó a la estación, en la estación subí al tren y el tren puso rumbo a casa. Empecé “Cuando Lázaro anduvo” cuando el tren salía de la estación. Sonreí al terminar el primer párrafo.

Learning

Tras el periodo de duelo por la ausencia de Lindsay (y tras dispersiones varias), estoy recuperando mi inglés gracias a los podcast. Un invento lo de los podcast; de hecho, a veces me entran ganas de hacer uno sobre alguna cosa, ya veremos. Un podcast es algo así como un programa de radio en serie (y en serio) que descargas y te lo llevas a los oídos. Por ejemplo, yo los llevo en el móvil y cuando voy en tren o voy de paseo, me pongo los auriculares y los escucho. Los hay de música (de hablar sobre música y de escuchar música; también los hay que mezclan ambas cosas), de cine, de series de la tele, de libros. Los hay de todo y si no hay de todo, lo habrá próximamente. Los hay de idiomas, claro, todos los idiomas en todos los niveles. Son muy útiles porque “escuchas” el idioma a nativos con todos los acentos imaginables y, además, te explican la cosa sobre la marcha. Y gratis.

Hay dos formas de formarse en un idioma a través de un podcast: escuchando uno cuya finalidad sea la de enseñar o escuchar cualquiera en el que una persona o grupo de personas hablan de cualquier tema en el idioma que estás estudiando. Empecé a descargarme los podcast de un grupo de tertulianos norteamericanos fans (muy fans) de una serie de televisión de la que soy seguidor. Son tres personas que se reúnen tras el episodio semanal y lo comentan, lo analizan, lo diseccionan, dicen ou! y se ríen así: hahaha, y siguen comentando. Les lleva una hora y diez minutos aproximadamente porque hay mucho que comentar. Empezaron y fueron cogiendo gusto por la cosa y como vieron que al otro lado había oídos que escuchaban pusieron una dirección de correo electrónico donde la gente pudiera preguntar, comentar a lo ya comentado, puntualizar, sugerir nuevas sendas de debate y etc, de manera que la serie de podcast tiene, hasta la fecha, más capítulos que la propia serie de televisión que la protagoniza. Yo descargo los capítulos, salgo de paseo, escucho lo que dicen sobre el capítulo que acabo de ver también y, al mismo tiempo que me entero de cosas, me entero del inglés y me acostumbro a desbrozar el camino del acento. Muy productivo. Pero a veces me da por pensar si terminaré hablando un inglés que solo sirva para hablar de esa serie de televisión. Imagínate. Por eso, en paralelo, me descargo un podcast sobre aprendizaje de inglés, un podcast académico, sin distracciones de lo principal que es aprender, learning.

Habla una señora mayor con la quietud de una vida muy hablada a las espaldas y advierte que no es profesora de inglés pero lo cierto es que tiene un don para la didáctica que ya quisieran muchos docentes. Presenta en cada episodio el tema sobre el que se va a hablar si a nosotros nos parece bien, y a los demás no sé pero a mí me parece bien siempre, pero ocurre que empieza a hablar y de pronto se escucha el canto de un pájaro a una distancia cercana. No es el canto de un pájaro en un árbol del jardín sino el de un pájaro tipo Piolín, de los que se balancean en un columpio en una jaula en la cocina. Es un poco mi perdición porque eso me distrae del todo, no porque me moleste, para nada; al contrario, es que desde siempre mi atención siente una irresistible atracción hacia esas cosas e inevitablemente empiezo a hacerme preguntas. Quién es esa señora, dónde vive, cómo es su casa, qué distancia hay entre ella y ese pájaro, qué clase de pájaro es, cuál es su función, adorno, compañía, habrá soledad entonces o no, y por qué y desde cuándo, qué hay en la cocina, por qué ponerse a hacer ese podcast, qué hizo antes de grabarlo esta señora, qué hizo después, qué avatares ha tenido su vida, si es feliz en términos generales, qué entiende ella por felicidad, si Obama o el otro, si verano o invierno, por qué nos habremos encontrado, ella a ese lado del auricular, yo al otro, tenía que pasar, quizá, o las casualidades no tienen otra función que esa, ser casualidad. Todas esas cosas me planteo, muchas más cosas en realidad, me las despierta en la curiosidad el canto del pájaro, que es un canto despreocupado y ocasional, de fondo, nada invasivo. Me cuesta concentrarme a veces en lo que la señora se propone enseñar en una de esas cápsulas sonoras de 12-14 minutos de su clase particular, particular porque es suya y casera, pero de resonancias universales si se las lleva al oído, clic mediante, cualquiera en cualquier parte del mundo.

En cualquier caso, voy progresando.

Temblor

Alexandre Tharaud toca, en algún momento de 2001, la música que Jean Philippe Rameau escribiera para teclado en 1728. La estoy escuchando. Suena en un piano lo que fue escrito para clavecín, de tal forma que el pellizco de las cuerdas de éste ha sido sustituido por la percusión leve de los macillos de fieltro de aquél. Además, en su personal, íntima e intimista versión de estas piezas, Tharaud las envuelve en una suave reverberación al accionar con su pie derecho el pedal de resonancia. El piano se toca con las manos y con los pies. Así las cosas, los puristas escucharán a Tharaud y torcerán el morro. Yo cierro los ojos. Cierro los ojos para “ver” mejor esta música primorosa a la que me entrego con gran placer. ¿Qué será eso de la música pura? Pienso que no es tanto el interpretarla desde los instrumentos y las maneras que, en teoría, más se acercan a las condiciones en las que fue compuesta (una teoría por fuerza vacía de muchas cosas, tanteando posibilidades en el silencio de los siglos) como conseguir iluminarla.

Iluminarla, esa es la cuestión.

Suena esta música galante, reflejo sonoro que se ha mirado en los espejos del rococó francés, música que fue compuesta para el deleite; suena la luz trémula de una música profusamente ornamentada que tirita y tiembla en las manos precisas de Alexandre Tharaud, que no se enreda en el dibujo de arabescos y volutas, sino que nos la sirve transparente:

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Tirita la música de Rameau, su temblor procede del suntuoso y frondoso bosque ornamental del atardecer del barroco francés y se convierte, en las manos de Tharaud, en apacible calma y delicada melancolía. En la tiritona en la que vibran estas notas reside el secreto expresivo de la música para tecla de Rameau. Por algo Debussy, mucho tiempo después, la recuperó y la plasmó en el lienzo musical que dedicó a Rameau (“Homenaje a Rameau”, Imágenes I, 1905):

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.