Reposición (I)

Pequeña Miss Sunshine (J. Dayton y V. Faris, 2006)

En ocasiones (no siempre, porque existe un factor de riesgo), hago repaso y compruebo si siguen sabiendo igual las cosas o si han perdido el aroma o si han ganado con los años. A mí me hubiera gustado tener un cine de esos de reestreno. En realidad, a mí me hubiera gustado programar en una filmoteca. De momento, la otra noche me pasé por las estanterías de la filmoteca de casa en busca del destello amarillo canario de la carátula de “Pequeña Miss Sunshine” y después apagué las luces. En la pantalla se materializó la misma familia extravagante que ya conocí en su momento. También se me puso la misma sonrisa en la cara y esa actitud de entregarte a las imágenes que pasan ante sus ojos y que siempre es señal de que la cosa va bien. A los treinta y cinco minutos de proyección advertí que habían pasado treinta y cinco minutos de proyección pareciendo haber sido menos, bastantes menos, lo cual es síntoma de que la narración se ha subido a lomos del compás, y que no sólo el director de orquesta (directores en este caso, porque hay dos) maneja bien la batuta sino que hay química y conexión con los músicos y la partitura que interpretan. Vamos, todo esto para decir que queremos mucho a esta pequeña gran Miss Sunshine, sunshine desde el principio, y que queremos mucho a esa familia escacharrada.

Recordemos a ese padre que fracasa en su intento de vender un método de obtención de éxito, a la madre al borde de un ataque de nervios, al cuñado que se recupera de un intento de suicido tras ser abandonado por su novio, al abuelo yonki, al hijo adolescente que lee a Nietzsche sin abrir la boca y a la niña gafotas y gordita cuyo sueño es convertirse en Miss Sunshine. Y la furgoneta, no nos dejemos a la furgoneta. ¿Es esta película una road movie? No, aunque hay mucha carretera por medio. ¿Es una comedia de enredo? Puede, pero en todo caso, tiene la transparencia del cristal ¿Y una comedia al uso? (No sé muy bien qué es una comedia al uso) Lo mejor de Pequeña Miss Sunshine son varias cosas pero todas se reducen a una: que lo que parece, es otra cosa y siempre para mejor. ¿Parece que todo es una mierda pero que al final todo va a ser de tarta de fresa? Pues no. Todo es una mierda y lo sigue siendo sobre todo si lo que persigues es una tarta de fresa por narices, sin pensar en la bondad o no del empalague. ¿Parece que estamos ante la típica familia excéntrica que a lo largo del metraje va a demostrar sus habilidades excéntricas por turnos buscando hacer la gracia? Pues tampoco. La familia se muestra, se expresa, no esconde lo que es, desde luego, pero hay una clase de magia circulando por las carreteras que transita la película que se vale del tópico para mostrar la singularidad y la verdad de los personajes.

Lo mejor es el rollo transgresor, y aun aquí se evita la fácil euforia de proclamar qué se yo qué cosas. En esta historia cada uno arrastra sus miserias y sus frustraciones en un mundo miserable y frustrante que no parece tener remedio pero sí helados de chocolate. El logro de esta familia ante la cámara es que asume lo que es y lo que tiene y, a partir de ahí, vive la feliz infelicidad de sus días.

Muy bien dirigida, aunque la furgoneta en la que viajan tenga roto el embrague y el claxon se haya quedado con la boca abierta todo el santo kilometraje, la familia Hoover atraviesa medio país para dirigirse a un domingo de concurso infantil de belleza celebrado en los salones de un hotel. Es de agradecer que los directores de la película tengan el acierto de hacernos sentir una representación del mundo concentrada en un concurso de belleza horrendo (valga la paradoja), y más de agradecer su acierto en dar en la diana con sutiles dardos. El detalle de las sillas al estilo banquete de boda, que dan mucha pereza y no auguran nada bueno pero sí promete un todo artificial; el detalle de que a ese domingo de colorines, princesitas rosas, globos y presentadores melosos hasta la náusea lo acoja la indiferencia de una naturaleza que pone el marco nuboso, no una nubosidad de invierno, sino la nubosidad plomiza, pastosa y lenta y pesada de una tarde de calor húmedo y pegajoso. Las sonrisas diseñadas, los peinados y las formas guardadas dentro del salón cerrado del evento nos remiten a esa férrea construcción de convicciones que muchas personas necesiten para que el mundo funcione y de la que nos hablaba Juan Forch en esa novela extraña e interesante (interesante, extraña y novela), que se titulaba “El abrazo del oso”. Fuera del salón, al lado de la calma del océano, la película nos confiesa al oído, en un diálogo tío-sobrino, su particular no-moraleja puesto que no nos alecciona para hallar una respuesta, una solución, en fin, esas cosas que nos enseñan las moralejas y que nos prometen salir del atolladero o nos previenen de meternos en algún fregado. Abrir los ojos y adaptarse al medio, eso es lo que se nos sugiere en todo caso, porque puede que mostrando una lógica resistencia al medio hostil nos estemos perdiendo algo que será más o menos dulce pero es nuestro y verdadero.

-A veces me gustaría dormir hasta los 18. Saltarme toda esa mierda, el instituto y todo lo demás.
-¿Sabes quién es Marcel Proust?
-Ese sobre el que enseñas.
-Un escritor francés, un auténtico perdedor. Nunca tuvo un trabajo. Un desastre en el amor. Era gay. Estuvo años escribiendo un libro que ya casi nadie lee. Pero quizá sea el mejor escritor desde Shakespeare. Llegó al final de su vida y decidió que todos esos años que sufrió habían sido los mejores de su vida, le convirtieron en lo que era. ¿Los años de felicidad? Desperdiciados, no aprendió nada. Así que, si durmieras hasta los 18, cuánto sufrimiento te ibas a perder. ¿El instituto? Son tus mejores años de sufrimiento. En tu vida sufrirás tanto.

Y qué genial es esta pequeña gigante Miss Sunshine que todos querríamos llevarnos a casa.

5 pensamientos en “Reposición (I)

  1. Pilar

    Esta película la vi hace ya algunos años y me pareció esplendida. Refleja muy bien las idioteces y vaciedades que tienen la sociedad americana con los concursos de belleza infantiles (Un horror) y la furgoneta Wolkswagen amarilla donde viaja la familia, genial (yo quiero una como esa)

  2. Marcos

    Abrir los ojos y adaptarse al medio. Feliz infelicidad. Nuestro mundo: bueno o malo, pero nuestro. Lo que somos.
    Qué buena no-moraleja para los tiempos que corren.

  3. C.

    Por Diossssssss, he cambiado de ordenador y es la tercera vez que meto el comentario, argggg :)
    Has dado con las claves de la peli, y me han entrado ganas de volver a disfrutarla :)
    (Pero de pruebas y dos posts, prodigio de naturaleza?)

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