Tareas

El sábado por la noche volvió el invierno, como si se hubiera dejado algo en casa. Temblaban las ventanas, los árboles estremecían su carga primaveral de hojas fastidiadas porque un viento sin consideración diera al traste con su peinado de peluquería, y el termómetro restó la friolera de veinte grados.

A mí me pareció bien, qué quieres que te diga.

Esta mañana, al subir temprano el hospital, la cumbre del Moncayo aparecía de nuevo nevada, nevada como si fuera febrero, y he recordado el día de la semana pasada, día caluroso, florido y azul, en el que, paseando, anoté mentalmente que ese era el primer día sin nieve en la cumbre. Era el 15 de mayo. Doy cierto valor a ese día anualmente porque es el indicador de resistencia del invierno. Hasta aquí llegué, parece decir. Y yo doy como un suspiro imaginario de añoranzas del otoño y sigo transitando los caminos de la primavera, llenos de polen, insectos, rosas exuberantes y un verde generalizado e intenso por las hormonas de la clorofila inflamadas.

Pero el post no iba de ésto.

Las tareas. Existe ese síndrome de inquietud o de culpabilidad cuando uno no hace los deberes y, al contrario, de satisfacción cuando el tiempo y la voluntad y el esfuerzo cunden. Eso me pasó a mí ayer domingo. Terminé un arreglo para el concierto de final de curso de unos niños de primaria de un colegio de Bilbao. Me mandaron una línea de melodía que cantan a una pero en plural y me pidieron arroparla. Puse un piano como colchón y una flauta travesera haciendo cosquillas, como suele. Es tarea meticulosa porque al canto no hay que molestarlo, no hay que entorpecerlo: hay que allanarle el camino, sostenerlo y, si se diera el caso, alumbrarlo. No es poco y es difícil pero cuando das con ello y esculpes con mimo cada nota y llegas al final, lo escuchas y asientes, te sientes muy contento.

Luego envié un artículo al semanario en el que colaboro. Llevo con cierto orgullo íntimo, íntimo porque me lo digo por dentro, que esta temporada no he fallado ni retrasado ninguna entrega. Cierto es que mi colaboración es quincenal pero este año los plazos van en mi contra, sean los que sean. De ahí la satisfacción. Envié los 2500 caracteres aproximados contenidos en mi artículo número 18 del presente curso. Calculo que faltan dos o tres para que la temporada se termine. Esta mañana en el hospital me ha parado una señora que iba con cara de pinchazo reciente y aun así me ha dicho, te leo lo que escribes en el semanario, me voy a desayunar. Eso ha dicho. Y se ha ido por un pasillo y yo por el contrario, como suele pasar en los hospitales, donde, o esperas, o transitas pasillos.

Me cundió este domingo vestido de invierno, sí, hasta leí varios artículos del periódico. Uno era “Apocalilpsis en breve”, de Paul Krugman. Otro se titulaba “¿Qué tipo de rescate para España?”, y lo preguntaba un tal Luis Garicano. Luego había un anuncio de viajes por Asia a todo color. No me fuí a Asia pero a última hora de la tarde me entraron apetencias de arroz del restaurante chino, otra vez, se va convirtiendo en costumbre semanal. Busqué la cazadora en el armario donde yacía esperando que pasara la pesadilla del verano y dije: me voy a por un arroz frito con ternera. ¿Con este frío?, preguntó mi madre con extrañeza. El cielo estaba cubierto por nubarrones que dejaban caer unas gotas gordas y la gente pasaba por la calle encogida por las ráfagas del viento del norte. Pero pudo más mi apetencia de arroz tras los deberes hechos que el escenario desapacible. Llamé al chino para que me lo fueran preparando, total, ya hay confianza, creo, y cuando llegué no había nadie en las mesas, pero la señora mayor que lleva los mandos me esperaba con una bolsa sobre el mostrador y dijo:

-Yata!

Deduciendo que lo que quería decir era que ya estaba el arroz, respondí:

-Ah, mira qué bien.

Ella sonrió con un ujum durante el breve lapso de tiempo del pago. De un tiempo a esta parte sonríe. Antes miraba seria, impasible, tiesa, rollo Fumanchú, pero ahora ya no. Volví a casa con mi tupper de arroz frito con ternera, del que me pongo tibio porque contiene cantidad para dos pero me lo zampo como plato único. De hecho, tiene arroz, guisantes, zanahoria, ternera y lo que parecen trocitos de tortilla francesa. En definitiva, un plato completo. Las ventanas temblaban todavía y yo cenaba con la satisfacción de haber hecho y enviado los deberes. Pongo énfasis en ello porque uno tiende a dar importancia a pequeños logros cuando lleva tiempo sin alcanzar pequeños objetivos. Y con las satisfacciones, la de la utilidad de uno mismo renovada y la del paladar al degustar el arroz, me puse a ver una película de noches, lunas, suspenses e intrigas, vamos, una película acorde con el temblor de las ventanas y el aullido del viento. Y así, durante ciento veinte minutos, olvidé el nuevo problema que nos abre nuevas vías de exploración en el hospital desde hoy y hasta vete a saber. Pero de eso no me apetece escribir.

3 pensamientos en “Tareas

  1. jorge

    Dearest Emejota,
    Fischer-Dieskau junto a Schubert ya, paseando y charlando animadamente, ensayando el lied de bienvenida a Donna Summer, o esas Variationen über Letzte Tanz D999, para piano a cuatro manos.

    ¿Qué demonios tramaran para Robin Gibb?

  2. Pilar

    Con la gran satisfacción de haber terminado la tarea, yata, a por el arroz frito con ternera para cenar. Pero, no recuerdas que la última vez tuviste pesadillas, visiones y alucinaciones con la Obregón y un niño que se comía los micrófonos? Emejota, que hay que cenar LIVIANITO y no comerse una ración doble. (Un día tengo yo que probar eso que tanto te gusta) .:).
    Otra vez he estado debajo del Moncayo (esta vez de entierros y funerales) y la verdad ¡que desastre de tiempo! frio, frio y las cumbres del monte nevadas,lo dicho un desastre….
    Buenas noches emejota, y que tus exploraciones por el hospital sean cortitas y satisfactorias.l
    Un beso

  3. Marcos

    Un domingo redondo, sí señor. Te cundió tanto como el arroz del chino. Sólo espero, como dice Pilar, que no te dé alucinaciones (¿o sí? Porque lo de la Obregón fue divertidísimo).
    Esos pequeños logros también son importantes: si no se hacen los deberes del día, no se aprueba el curso. Poquito a poco es como se consiguen las cosas.
    Que no te den mucho la tabarra en el hospital.
    Un abrazo

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