Calma

No pasa nada, y eso es lo mejor.

Hay bandera verde izada en la orilla de eso que llamamos alma. Esta pasada noche me acosté en la cama y me puse los auriculares. A través de ellos sonó una música y lo feliz de todo fue que la música era más música que otras veces, música al fin, esa a la que llegas sin niebla, sin gafas, sin distancia; estaba allí, asombrosamente nítida en la oscuridad de la habitación, y la emoción hizo que me tapara con las mantas hasta debajo de la nariz, cerrando los ojos, asistiendo con asombro a eso que se llama calma, la desconocida tranquilidad del ánimo (que no de la conciencia) que se perdió un día, se borró con una celeridad inquietante mientras con una lentitud irritante llegaban las citaciones a la mesa de las consultas de los médicos que escuchaban como si no fuera con ellos lo que alguien contaba con el agobio anudado en la garganta, como quien implora auxilio porque se ahoga, porque no toca pie en un océano en el que no sabe nadar porque quizá nadar allí no es posible. Un misterio de océano.

Los cardiólogos examinaban esa ocasional intermitencia en los electrocardiogramas que ponía en sospecha de una arritmia, los hematólogos hacían el recuento del exceso de glóbulos rojos producidos por una médula eufórica que no atendía a razones, los reumatólogos examinaban el sueño de una proteína C reactiva y asentían satisfechos saliendo de puntillas para no despertarla. Y un día vino alguien que encajó, al fin, el puzzle entre el prospecto de un laboratorio farmacéutico -que es un prospecto distinto del que viene en las cajas de los pacientes y más largo y difícil- y lo que yo seguía repitiendo, la última vez ya con lágrimas en los ojos, de esas que vienen de la impotencia. Fue entonces cuando por la cosa de la causa-efecto, y porque yo no era el primero ni el décimo ni el milésimo de la estadística, sucedió que el elixir imprescindible, ese regalo de la vida para vivir, desencadenaba como efecto no deseado un trastorno de ansiedad generalizada que, no doliendo nada, lo dañaba todo.

Desde entonces, la existencia cotidiana se llenó de ruído, un ruído inespecífico pero constante que rompió el compás de los días. La aceleración del pensamiento terminaba por convertir las ideas en una sopa líquida donde flotaban párrafos disueltos. La concentración se volvió concepto borroso para una extraña miopía súbita de la mente y el bienestar del simple estar sufrió de amnesia. Leer una sola página de un libro conducía al sueño o, por el contrario, a tener que dejar el libro y levantarme del sofá, presa de una inquietud o de una urgencia que brotaba del centro del pecho pero terminaba extraviándome en algún punto a mitad del pasillo, con la respiración agitada sin motivo. Hay una cosa peor: que ambos estados, el del sueño súbito y el del desasosiego de la ansiedad, siendo tan contradictorios, se superpusieran, experiencia terrible que no sé si me resulta difícil describir en palabras o si, simplemente, ni quiero intentarlo.

Pero esta noche pasada, y creo que como certificación de algo que desde hace unos días venía manifestándose en destellos breves, como un recuerdo de algo lejano que vuelve, se estableció la calma blanda y blanca, y habiendo podido durante el día leer leyendo, habiendo podido estar estando, escuchaba sin otra cosa que escuchar la música que salía de los auriculares siendo consciente de la extraña novedad de la calma, de la normalidad olvidada. Y será por poco tiempo, o no, pero eso empezó a suceder el otro día, como si el cuerpo recordara, como si lo que estaba dormido despertara y lo que había despertado en forma de mal sueño se desvaneciera. Yo no hacía mucho caso llevado por el escepticismo pero siguió sucediendo y hasta estableciéndose; sucedió así esta pasada noche e incluso ahora, tecleando estas palabras, sorprendiéndome la calma con la que veo el azul intenso del cielo de esta tarde, la luz del sol de primavera, la invitación a dar un paseo ahora, enseguida, tomando conciencia, como si fuera algo asombroso y nuevo, de la aventura de lo sencillo: pasear, por ejemplo. En la calma nos redescubrimos y en la calma nos emocionamos cuando se ha pagado el doloroso precio de la pérdida.

8 pensamientos en “Calma

  1. Vemmdy

    ¡Qué mal se pasa con la ansiedad! Muchos besos y me alegro de tu recien redescubierta calma.

  2. Pilar

    Veo que la luz del sol de la primavera se ha dejado ver. Que cuando el sol choca en el cristal, desaparece el desasosiego y la ansiedad.
    Cuando se sufre, el tiempo no existe, cada hora es un suplicio,pero el sol esta ahí aunque a veces no se ve porque lo tapan las nubes.
    Emejota, que tus sueños arrastren los malos recuerdos para poder escapar de ellos.
    Me alegra verte bien y optimista… sigue así !!
    Un beso

  3. Marcos

    Todo el mundo reconoce al que trabaja mal, pero nadie se fija en quien lo hace bien, precisamente, porque no da problemas y hace que todo funcione correctamente. Lo mismo pasa con la calma y con todo aquello que nos sostiente, como la mayoría de cosas importantes: sólo les damos valor cuando las perdemos. Por eso, cuando no pasa nada, es cuando mejor.
    Me alegro mucho de que vuelvas a esa calma, que la disfrutes y que te llenes de optimismo. ¿Qué te la ha devuelvo? Si lo sabes, guárdalo en una botella y ábrela cada vez que lo necesites.
    Un abrazo.

  4. C.

    Ojalá la calma quiera quedarse indefinidamente… Haz que se sienta cómoda, déjate mecer.
    Me alegra leerte así :)

  5. Alberto

    Tu bandera verde nos alegra – y mucho- a todos los que nos solemos asomar a esta orilla de tu alma que es La Idea del Norte.
    Un abrazo

  6. Alicia Redel

    !Dios mío! Mi calma se fue, se perdió hace años, y aunque a veces la llamo desesperadamente no volvió jamás. En su lugar se estableció el ansia, el pensamiento que no se quiere ir a dormir y atormenta la noche, no recuerdo quién decía que si bien es verdad que el sueño de la Razón genera monstruos, la Razón insomne también los genera.
    En fin, que en vez de mi reino por un caballo yo daría mi reino por un poco de calma. La has descrito muy bien, como todo lo que describes y tu calma me ha producido tanta sana envidia.Espero que sea contagiosa y me pases un poco.

  7. emejota Autor

    Ojalá fuera contagiosa, Alicia, pero mi calma dura poco, por eso la valoro tanto; a veces, hasta me conmueve cuando vuelve anunciándose con ese sosiego que es un tesoro. Pero estar a merced de los efectos secundarios de una química que, por otra parte, trae el regalo de vivir, es agotador y aleccionador a un tiempo. Cuando enciendo la lamparita, en las charlas en público, me gusta pensar que dejo algo de calma en la penumbra de quienes escuchan.

    Gracias, Lola, Alberto, C.

    Marcos: sé lo que me la quita, pero no sé qué es lo que me la da. Presiento cuando viene. A veces pasa de largo, otras se queda un tiempo. Nunca permanente. Un abrazo.

    Un abrazo, Pilar y Vemmdy. Gracias!

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