Archivo por meses: abril 2012

Alturas

Sentado en el sofá y mirando al frente, al otro lado de la ventana del televisor el incombustible presentador del concurso de todos los días y todos los lustros hace preguntas y espera respuestas. A la izquierda, al otro lado de la ventana de cristal, el cielo sigue jugando al ahora te mojo ahora no. En el regazo, la ventana de la tableta digital me muestra el contenido de la bandeja del correo electrónico, los titulares de la prensa y todo el etcétera al que se pued acceder sólo con deslizar un dedo. Qué cosas. Solía decir Gloria-madre que le sigue maravillando pensar que de dentro de la cajita que te has llevado a la almohada, en una noche de insomnio, puedan salir voces, diálogos, canciones. Me acuerdo de eso y sonrío y, de paso, me acuerdo de Gloria-madre a la que tengo que llamar un día de estos, por cierto, y entre una cosa y otra lo ando posponiendo.

Ventanas, sí. Mires a donde mires, infinitos mundos se presentan a tus ojos. Uno se pregunta si un Nostradamus medieval, en el caleidoscopio de sus visiones, incluiría estos canales de subrealidad y de hiperrealidad, que de todo hay, y admira la templanza que hay que tener para transcribirlo en cuartetas, con su rima y todo. Admirable. Entraremos en el post de hoy o no. Claro. Pero es la actitud contemplativa de estos días festivos de hogar, reposo, chaparrones, arco iris, canto de pájaros, lecturas y alucine, sea cual sea la ventana a la que te asomes, la que ralentiza las cosas.

Ahora, por ejemplo, desde la ventana del televisor el incombustible presentador se despide hasta la próxima edición, en la ventana de toda la vida vuelve a nublarse el sol y la ventana de la tableta digital que tengo en las rodillas ha llamado al cristal en forma de notificación y me tiene en un asombro como de Gloria-madre porque una cámara, varias en realidad, está mostrando en directo imágenes de la Zona Cero de Manhattan, en una mañana luminosa de primavera. Allí no es fiesta pero están celebrando algo. Dentro de unos minutos, el nuevo rascacielos del World Trade Center va a arrebatar al Empire State su condición de edificio más alto, casi once años después. A esto los americanos le dan mucho rollo americano, ya sabemos cómo son, pero las circunstancias, el simbolismo y lo vistoso del acto hacen del asunto un espectáculo muy curioso, la verdad, por eso estoy aquí (aquí o ahí?) mirando y rescatando imágenes.

La responsable de todo es esta viga de acero que, hace unos minutos, los obreros que trabajan allí han querido firmar antes de que parta hacia las alturas. A pesar de los nombres, las siluetas de manos, las fechas, las citas del tipo nombre más corazón más nombre y todo lo que sea firmable en una viga de acero, queda bien a la vista una cifra en dígitos grandes: 1271. Y en pequeño figura la abreviatura “ft”. Se refiere a que cuando la grúa ice esa viga y la ponga erecta en lo alto del edificio que hace de guardian de la ahora apacible zona donde en su momento se levantaron las Torres Gemelas, se alcanzará la altura de 1271 pies, que son muchos metros, los suficientes para que, por unos centímetros, se cruce la barrera invisible que desbanca al Empire State como techo de la ciudad. No importa mucho, en realidad: el ascenso a la planta 102 del viejo rascacielos donde se encuentra el observatorio desde el que se divisa todo lo divisable seguirá recibiendo a millones de turistas y generando una fortuna ingente de ingresos. No es para menos: no todos los edificios pueden presumir de haber servido de árbol de un simio gigante en los tiempos del blanco y negro, o de haber hecho que Kim Novak y James Stewart se besaran en el amanecer gélido y solitario de una mañana de Navidad en Technicolor y así un largo etcétera.

Desde hace unos minutos, el encanto estético e histórico del imponente edificio art decó y el simbolismo representado por esta nueva torre de vidrio, tan moderna y estilizada, cursarán con un frenesí de negociaciones de fondo que no aparecen en las guías turísticas, a saber, la pugna por hacerse con el emplazamiento de las antenas que emiten la señal de radio y televisión que son cosa cotizadísima, quizá porque los sueños vienen de las nubes y a esta ciudad, y a todas las ciudades del mundo, les hace falta soñar. No es sueño, sin embargo, ni espejismo de oráculo lo que aparece enmarcado en la ventana de la tableta digital. Son imágenes en movimiento desde una megalópolis en una mañana de primavera muy azul sin que hayas tenido que subirte a un avión y cruzar 5700 kilómetros de océano. Sentado desde el sofá, las cámaras muestran a una grúa elevando la viga de acero que, una vez plantada en lo que va a ser el piso cien del edificio nuevo del World Trade Center, vendrá a ser el banderín que clavaban los antiguos conquistadores cuando alcanzaban una meta. Ni siquiera tienes que levantar la cabeza, como están haciendo los ciudadanos, curiosos, obreros, turistas y taxistas que pasan por allá. En este momento curioso, simbólico, atracción enésima de una ciudad que es toda ella atracción en sesión continua, uno se pregunta, mientras lee que aún quedan altura y metros desde esta viga hacia arriba, tantos como para superar los 500, muy lejos de los trecientos y mucho de su vecino, qué habrá sido de esa promesa, enfáticamente reiterada, de que la época de esas verticalidades monstruosas son cosa del pasado porque este presente incierto y tan inseguro no podía saber, cuando aún era futuro, que las cosas serían así.

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Contestador

Llamé desde la cabina y respondió una voz femenina sobre una música acariciadora:

-La verdadera paz está en nuestro interior. Si desea meditar en catalán, pulse uno; si desea meditar en castellano, pulse dos; para otros asuntos, manténgase a la espera. -Transcurrido un rato, amenizado con flautas y sonajas, la misma voz dijo en tono agrio-: ¿Qué coño quiere?

Eduardo Mendoza, “El enredo de la bolsa y la vida”

Magia

Un dos tresPor 25 pesetas, díganos un lugar mágico de la infancia. Pues mire, no siga porque ambos vamos a decir lo mismo: Un, dos, tres, responda otra vez. Hoy hace 40 años, 40, de la primera emisión en Televisión Española del Undostrés, así, todo junto, porque así es como lo pronunciaron varias generaciones de españoles. Para un niño de los setenta que pasaba las tardes de las anginas al calor del radiador leyendo Oscar, Kina y el Láser mientras la niebla borraba la parte superior de la torre de la Telefónica en el Paseo de Invierno y el olor del café procedente de la cocina de Cecilia se filtraba por el patio de vecinos, para un niño que veía los programas de la lavadora y se fascinaba por el azul del Vernel y su correspondiente colocón fruto de la fragancia suave que glosaba la etiqueta; un niño, en fin, de los de pan y chocolate en la merienda, esperando inquieto frente al televisor para que la programación de tarde abriera sus puertas y se materializara María Luisa Seco, ese hada buena, el Undostrés era percibido como una excursión al País de las Maravillas: el televisor era la madriguera a través de la cual llegabas a un sendero que, a derecha, a izquierda o al fondo, te mostraba mundos raros, diversos y fascinantes: el rincón de tanatorio y sainete de los Cicutas, de Valentín Tornos, Juan Tamariz, Paco Cecilio, nótese el pedazo de nombres, adviértase el pedazo de barbas; el rincón de las azafatas, como un campo de gafas gigantes y redondas plantadas entre números, cálculos y sonrisas; el rincón de las preguntas y respuestas, el de la calabaza fantasma y, oh, santo cielo, la subasta, esa inspiración irrepetible que un viernes te metía en el castillo de Drácula para cambiar la lápida por el saquito de tierra de Transilvania o te conducía a la isla del tesoro donde pretendían colarte el parche del pirata malo a cambio de que entregaras el mapa apergaminado.

Esta noche, cenando, le he dicho a mi madre que hoy hace 40 años que se emitió el primer Undostrés y ella ha respondido que, madre mía, cuarenta años, puntos suspensivos. Para nuestra casa, nuestra familia, mi padre, mi madre, mi hermana y yo (mi hermano aún no había venido), el undostrés representaba algo especial porque todos los viernes nos sentábamos en el cuarto de estar y no perdíamos detalle. Eran tiempos más ingenuos para el asombro, qué bueno eso, lo que daría yo por renovar ese asombro asombrado. No es que estuviéramos todo el tiempo ante la tele, en primer lugar porque no había tele más que pocas horas y con dos cadenas; los mayores trabajaban, se reunían a hablar con los vecinos (yo escuchaba risas confortables desde mi cama) y los pequeños íbamos al cole y pintábamos con las plastidecor. Pero había un rato en que todos coincidíamos frente al televisor, en las noches frías del invierno o tibias de la primavera. No fue hasta tiempo después, cuando el abuelo nos trajo el primer televisor en color en los mundiales del Naranjito, que me di cuenta de que habíamos visto en colores el Undostrés en blanco y negro, o así al menos lo había visto yo, y mira que los decorados simples pero hipnóticos, con esos redondeles y líneas gordas de Mingote, no eran otra cosa que eso: trazos negros sobre fondo blanco. Pero mi padre me decía que Kiko Ledgard llevaba un calcetín de otro color y yo juraría que era verdad. Qué cosas.

Entre el grupo de niñas y niños de nuestro barrio, teníamos la costumbre de montar un Undostrés de andar por casa después de las meriendas de cumpleaños. Era emocionante, muy emocionante, porque nos ponía la imaginación en el punto de ebullición de manera que convertíamos las cosas de una habitación cualquiera en un decorado de objetos preciosos, todos ellos con su correspondiente tarjetita. Y en la subasta podía tocarte la Ruperta pero nunca un coche, claro, pero sí unas chuches.

En mi recuerdo, el Undostrés es el pasmo de la magia y un sentimiento muy agradable de calor junto a la familia, los cuatro reunidos en el pequeño cuarto de estar y los deberes dormidos en la cartera del colegio. Sonaban las flautas chispeantes de la sintonía de Adolfo Waitzman y cantaba la voz uruguaya de Chicho, mago supremo del reino, tan afable y maquiávelico a un tiempo, presencia ocasional con puro, bufanda y gafas de cristales cuadrados de televisor, y cada cual ocupaba su puesto en esas noches que no serían mejores pero que seguro se vivieron con la intensidad de lo nuevo, de lo que queda por venir, y cuando en la imaginación de los niños no cabía la idea de una silla vacía y sólo se perdía en el país de las maravillas del Undostrés al son de campana y se acabó.

Sueño

En el sueño, yo estaba concentrado ante la partitura de un cuarteto de Brahms antes de entrar al ensayo. Estábamos debatiendo un asunto relativo a la parte del segundo violín y Ana Obregón atendía con profesionalidad mis indicaciones mientras, al mismo tiempo, hacía el posado de verano ante los fotógrafos del Hola. Sí, claro, claro, decía ella. Se escuchaba un sonido sincopado de flashes y, por la orilla de la playa, desfilaban los músicos de una orquesta llevando un atril en una mano y un violín en otra. Entonces, aparecíamos en una piscina o en un gimnasio, es lo que tienen los sueños, que pasan de un espacio a otro sin transición porque la lógica de la narración no sufre, y allí yo seguía preocupado, pero esta vez por un asunto de la acústica de la sala de conciertos. Bah, ya veremos sobre la marcha, decía alguien con intención tranquilizadora antes de lanzarse a la piscina en trampolín. Yo muerdo micrófonos, decía otra voz a mi espalda. Era el hijo de la Obregón. Miraba con cara de resentimiento y llevaba una gorra en la cabeza. La visera apuntaba hacia el este. Yo me llevaba la mano a la barbilla y no dejaba de mirar la partitura, pensativo. En el papel aparecían quebrados, ecuaciones y demás fórmulas matemáticas, algunas en rojo. El hijo de la Obregón se acercaba a mirar y repetía, esta vez en tono desenfadado, que él mordía micrófonos y entonces se levantaba corriendo porque alguien le llamaba y todos se metían en un tren de lavado, en bañador y con las manos en alto, dando vueltas sobre sí mismos y riéndose porque los cepillos de colores del tren de lavado les hacían cosquillas o gracia, no quedaba muy claro. Giraba sobre sí misma riendo y con los brazos en alto la Obregón, el hijo de la Obregón con su visera apuntando al este y una cantidad generosa de personas que les seguían en fila, formando un tren, cogidos todos por las caderas y levantando alternativamente la pierna izquierda y la pierna derecha. Yo miraba todo desde la hierba, sentado con la partitura en el regazo. Entonces, la cantidad extra de líquidos que estoy tomando últimamente por el asunto de mi riñón y por prescripción facultativa me devolvió a la consciencia. Era de noche y no se escuchaba nada en la calle. Me levanté al baño y mientras la vejiga se vaciaba me dio por pensar que quizá la cantidad de arroz frito con ternera que ponen en el restaurante chino sea excesiva para cenar y que eso explicaría que luego pasa lo que pasa.

Consulta

Mi hematólogo se preocupa y me cuida muy bien. Una joya de hombre, el hematólogo. Me pregunto cuánto durará en este hospital, porque demostrado está que esta clase de médicos que se ocupan y se preocupan, que miran el caso desde todos los ángulos, que se llevan los deberes a casa, que consultan los problemas periféricos y no sólo el que le incumbe porque sabe que las partes hacen el todo, en fin, estos médicos a los que les duele el paciente, suelen marcharse pronto. O los marchan. Pero, sentado frente a él, en la consulta, asentado en una especie de carpe diem porque así lo he decidido o lo ha decidido mi hartazgo o mi apatía creciente, me conforta comprobar cómo escucha mi silencio y mis palabras, y me reconforta la dosis de palabras que dice él, su claridad en la exposición, su tacto al decir las cosas siendo consciente de lo que pesa, psicológicamente, un historial de 30 años de incertidumbre científica y deterioro evidente. Yo le digo a este hombre que este cansancio no es normal pero su lenguaje gestual ya me ha dicho que ya lo ha notado, que lo sabe, y que lo siente. ¿Es posible que la persona que hace un mes iba a marcharse a Nueva York sienta una taquicardia cuando se levanta del sofá y que el paseo hasta ahora cotidiano produzca un rechazo instintivo, una protesta de la voluntad, sobrepasada por la idea de afrontarlo? No me duele nada, pero me canso.

Se preocupa este hombre por la cara fisiológica de este cansancio pero también por la psicológica. Me pregunto hasta qué punto una influye en la otra, si estarán entrelazadas ya de una manera indisociable. El hematólogo sigue pensando y diciendo que su intuición le dice que hay que hacer un estudio de la respiración, y se señala el pecho. Se lo señala con una doble acepción, la que pone gesto a lo de la respiración y la que señala el lugar donde salen las intuiciones y, por primera vez, como si le hubiera tocado a él la lotería de decirlo y no al otro o al otro o al otro médico, dice que posiblemente haya que introducir un aporte de oxígeno por las noches en forma de mascarilla y botellín, como un redbull de los que toman los chavales cuando van a explorar la noche, pues igual, pero en otro contexto. Y yo me escucho por dentro y me siento conforme, entregado pasota o derrotado. ¿Dónde está la línea de separación entre los conceptos? No importa. Estoy conforme con todo lo que diga.

Quiero llegar a casa, sentarme al piano para pensar qué colores, qué tonos, qué luces le pongo a un pequeño pero bonito encargo que tengo en el cuaderno; quiero estar tranquilo y seguir leyendo, no hago otra cosa, leo, leo, leo, lo leo todo, y me conforta ese aislamiento del exterior que me permite vivir en un interior narrativo. Me despierto por las mañanas y me digo que me gustaría descansar. Doy mis clases, sigo aprendiendo de mis alumnos, lo hago lo mejor que puedo, y luego vuelvo a buscar el silencio, el refugio. Escucho música en la madrugada de los auriculares o sigo leyendo. Pienso que necesito acción, y no sé si esta acción que necesito romperá el hechizo de este cansancio pero el caso es que la acción necesita, en su fase inicial, un esfuerzo para el despegue que me falta, la batería está baja, no hay energía. Me inquieta y no. A veces me emociona un poco pensar que aún hay tiempo para empezar un nuevo cuaderno.

Dice el hematólogo que siente marearme por la batería de pruebas que tiene que solicitar pero yo le hago un gesto de que no pasa nada, que adelante, que si aportan una luz, mejor que mejor. Otra cosa es que la luz tenga solución o no, pero adelante, adelante. El hematólogo teclea peticiones y yo tecleo un post diciendo que este hombre vale mucho, que es un consuelo sentirse reconfortado porque hay quien se preocupa y busca, y no se rinde. Y te da un apretón de manos que dice otra cosa que un hasta la semana que viene. Eso se nota, vaya que sí.

Memorial

Memorial Julio Mazo Por quinto año tengo la satisfacción de conducir un acto sencillo pero cargado de cariño a la memoria de mi amigo Julio Mazo, librero. La manera de hacerlo es la que a él, seguramente, le agradaría: hablando de libros. Desde hace cinco años, convocamos a quien quiera asistir al lugar de siempre, el salón-capilla del Hotel AC Ciudad de Tudela, y durante un rato intento llevarme de excursión a los asistentes al interior de un libro. En cada edición, un libro, un autor, un género, una manera de hacer literatura distintas. Pero no distantes en la forma de hacerlo. No. Hablo sin intención ni capacidad de erudición. Hablo desde el entusiasmo y desde el corazón y lo hago como lo haría con Julio, Julito, como lo hice tantos años en su mesa despacho del fondo de su librería. Eso también forma parte del homenaje, aunque esa parte va por dentro. Hablo a la gente congregada como si le hablara a él. De hecho, a veces le hablo a él.

Esta tarde llego con retraso, no al acto, que puntual me tendrá; me refiero a que la cita, en esta ocasión, llega con año y medio de distancia respecto de la última. No ha sido un descuido. Es el tiempo. Creemos que disponemos de él para ordenarlo pero es al revés. Sin embargo, este año el acto viene a coincidir con la fecha en la que Julito nos dejó, marchándose. Marchándose físicamente, porque en el pensamiento y en el corazón sigue viviendo, sonriendo, diciendo esas cosas suyas de la manera en que las decía y yo recordándole, igualmente, cada vez que tengo en las manos un libro o una ocurrencia que me hubiera gustado llevar a la mesa de la trastienda. En esta ocasión vamos con “Lugares que no quiero compartir con nadie”, de Elvira Lindo, una curiosidad de libro, hábilmente cosidas las piezas del puzzle que lo forman porque Lindo es una narradora hábil, mucho, tiene algo de flautista de Hamelin que nos engancha. Ejerce de anfitriona durante un viaje de 227 páginas a Nueva York y habla de lo que hay y de los fantasmas que hubo, nos emboba con la anécdota personal y presente o con la historia ajena y pretérita. Y al descubrirnos la ciudad se descubre un poco a sí misma. Es cierto que esta ciudad fascinante y dura, muy dura, te hace sentir pequeño, poca cosa, nada. Y al hacerlo, emerge algo: tú. Ni más ni menos. En el caos de esta ciudad alucinante es fácil que te encuentres. Creo, de hecho, que es inevitable. Y es una de las cosas más importantes que te traes de allí. Hay muchas cosas dentro del libro del que hablaré esta tarde en recuerdo de Julito y creo que pasaremos un rato agradable. Desde luego, intención, atención e ilusión hay puestas en ello, como siempre, desde la primera vez.

Titanic

No sé si fue una tarde de colegio o en un cine de domingo, puede que las dos cosas y luego se mezclaran en la memoria, cuando supe la historia del Titanic y me quedé sobrecogido. Yo fui un niño que cuando se sobrecogía se quedaba calladito con las manos frías y se le ponía un pesar entre los pulmones, como si pasara un duelo de hielo. Los capítulos de las novelas y el montaje cinematográfico nos han acostumbrado a llenar los minutos en blanco con historias en colores, o en negro, como esta tragedia del Titanic. Pero a mí lo que más impresión me dio fue precisamente un instante en el que la historia tantas veces contada no se detiene, porque tiene prisa y pasa de página para seguir con el siguiente capítulo, y es el momento en el que, hundido por completo el barco, tras esa succión oceánica que debió resultar violenta y horrorosa, se hizo la más absoluta oscuridad en la negrura viscosa del agua helada para los que quedaron. Una angustia. Una angustia rememorada esta pasada madrugada en su centenario. Lo del Titanic es la enésima demostración de que, por mucho poderío que crea conquistar el ser humano, sigue estando a la intemperie de los elementos. Ahí me quedé yo, pensando en eso a veces, calladito, con las manos frías como el duelo frío del pecho. Luego se me pasó un poco, después bastante y un día no quise subirme al barco de la peli, lo confieso, soy náufrago de ese Titanic, no sé, me dio una pereza horrible la canción de la señora gritona que se escuchaba a todas horas y la pareja tomando el fresco con los brazos en cruz y tal. Un iceberg de más de 180 minutos se me vino encima y preferí esquivarlo. Y ahora, el Titanic genuino es un amasijo de óxido y algas puesto al servicio y disfrute millonario del cineasta James Cameron, que dentro de su ovni se ha paseado por el casco del barco original más tiempo que el capitán de verdad, por cierto, como si esperara encontrar indicios de vida inteligente en el cementerio megalómano y triste. Una fascinación rara, no sé. De todas formas, por muchas lucecitas, ordenadores, alta tecnología y demás, este hombre, viéndolo todo, me da que no ve lo que hay que ver, pero si se lo pasa bien, pues déjalo al hombre.

Calma

No pasa nada, y eso es lo mejor.

Hay bandera verde izada en la orilla de eso que llamamos alma. Esta pasada noche me acosté en la cama y me puse los auriculares. A través de ellos sonó una música y lo feliz de todo fue que la música era más música que otras veces, música al fin, esa a la que llegas sin niebla, sin gafas, sin distancia; estaba allí, asombrosamente nítida en la oscuridad de la habitación, y la emoción hizo que me tapara con las mantas hasta debajo de la nariz, cerrando los ojos, asistiendo con asombro a eso que se llama calma, la desconocida tranquilidad del ánimo (que no de la conciencia) que se perdió un día, se borró con una celeridad inquietante mientras con una lentitud irritante llegaban las citaciones a la mesa de las consultas de los médicos que escuchaban como si no fuera con ellos lo que alguien contaba con el agobio anudado en la garganta, como quien implora auxilio porque se ahoga, porque no toca pie en un océano en el que no sabe nadar porque quizá nadar allí no es posible. Un misterio de océano.

Los cardiólogos examinaban esa ocasional intermitencia en los electrocardiogramas que ponía en sospecha de una arritmia, los hematólogos hacían el recuento del exceso de glóbulos rojos producidos por una médula eufórica que no atendía a razones, los reumatólogos examinaban el sueño de una proteína C reactiva y asentían satisfechos saliendo de puntillas para no despertarla. Y un día vino alguien que encajó, al fin, el puzzle entre el prospecto de un laboratorio farmacéutico -que es un prospecto distinto del que viene en las cajas de los pacientes y más largo y difícil- y lo que yo seguía repitiendo, la última vez ya con lágrimas en los ojos, de esas que vienen de la impotencia. Fue entonces cuando por la cosa de la causa-efecto, y porque yo no era el primero ni el décimo ni el milésimo de la estadística, sucedió que el elixir imprescindible, ese regalo de la vida para vivir, desencadenaba como efecto no deseado un trastorno de ansiedad generalizada que, no doliendo nada, lo dañaba todo.

Desde entonces, la existencia cotidiana se llenó de ruído, un ruído inespecífico pero constante que rompió el compás de los días. La aceleración del pensamiento terminaba por convertir las ideas en una sopa líquida donde flotaban párrafos disueltos. La concentración se volvió concepto borroso para una extraña miopía súbita de la mente y el bienestar del simple estar sufrió de amnesia. Leer una sola página de un libro conducía al sueño o, por el contrario, a tener que dejar el libro y levantarme del sofá, presa de una inquietud o de una urgencia que brotaba del centro del pecho pero terminaba extraviándome en algún punto a mitad del pasillo, con la respiración agitada sin motivo. Hay una cosa peor: que ambos estados, el del sueño súbito y el del desasosiego de la ansiedad, siendo tan contradictorios, se superpusieran, experiencia terrible que no sé si me resulta difícil describir en palabras o si, simplemente, ni quiero intentarlo.

Pero esta noche pasada, y creo que como certificación de algo que desde hace unos días venía manifestándose en destellos breves, como un recuerdo de algo lejano que vuelve, se estableció la calma blanda y blanca, y habiendo podido durante el día leer leyendo, habiendo podido estar estando, escuchaba sin otra cosa que escuchar la música que salía de los auriculares siendo consciente de la extraña novedad de la calma, de la normalidad olvidada. Y será por poco tiempo, o no, pero eso empezó a suceder el otro día, como si el cuerpo recordara, como si lo que estaba dormido despertara y lo que había despertado en forma de mal sueño se desvaneciera. Yo no hacía mucho caso llevado por el escepticismo pero siguió sucediendo y hasta estableciéndose; sucedió así esta pasada noche e incluso ahora, tecleando estas palabras, sorprendiéndome la calma con la que veo el azul intenso del cielo de esta tarde, la luz del sol de primavera, la invitación a dar un paseo ahora, enseguida, tomando conciencia, como si fuera algo asombroso y nuevo, de la aventura de lo sencillo: pasear, por ejemplo. En la calma nos redescubrimos y en la calma nos emocionamos cuando se ha pagado el doloroso precio de la pérdida.

Diario

Por la noche se puso a llover y desde entonces los días amanecen grises y fríos y así se quedan. No me importa. He pasado la mañana en casa haciendo cosas hasta que por la pantalla del ordenador se ha colado el rostro y las palabras, en forma de entrevista, de alguien que los últimos días ha llamado mi atención, un periodista inglés, así que me he puesto la cazadora y he bajado a la librería. En el paso de cebra, esperando a que el semáforo nos dijera adelante a los que allí estábamos, he visto que Anabel salía por la puerta. Anabel trabaja en la librería y tiene la facultad de localizar en el fondo de las cajas o en las últimos estantes aquellos libros que, al parecer, solo llaman mi atención y no la del resto de los mortales. No se lo pongo fácil y no lo hago a idea, pero por lo general cuando le consulto he olvidado el título, el autor y la editorial. ¿Por qué no te lo apuntas en casos así?, viene diciéndome ella desde finales del siglo pasado mientras se dirige al fondo de la librería. Pues sí pero ya sabes, le respondo yo desde entonces siguiéndola entre libros. Este mediodía salía Anabel por la puerta porque ya era la hora y al verme me ha sonreído porque hace días que no coincidimos. Desde el otro lado de la acera, yo le he dicho con gestos que esperara un minuto, por favor. Como sé que llevaba prisa y que la prisa no depende de ella porque la recogen en coche y el coche lo tiene mal para detenerse en la hora punta en la que todos los coches del mundo parecen cruzar esta avenida, he ído al grano:

-Unlibrodeuntipobritánicoquehablasobrelapersonalidaddelospsicópatas.

Anabel, de natural tranquila de carácter, ha procesado la información durante unos segundos.

-¿de los psicópatas?

-Sí -he respondido yo-, de los psicópatas en general. Me interesa mucho el tema porque creo que conozco algunos.

Anabel se ha echado a reir. En estos casos no sé si se echa a reir porque piensa que comentarios así son muy míos, es decir, que van con humor, o porque piensa que lo digo en serio. A veces lo serio da más risa. En cualquier caso no le sonaba el libro. Pues está en todas partes dando la misma entrevista promocional y así, de primeras, me interesa. Pues no me suena. Si a Anabel no le suena es que el libro no ha llegado todavía. No obstante, me ha dado las indicaciones precisas de dónde podría encontrarse en caso de estar. Ella se ha ído y yo he entrado a la librería. Como era de esperar por las dudas mostradas por Anabel, no estaba el libro, pero he tenido oportunidad de intercambiar algunas impresiones sobre la Nocilla y su sístema de fabricación con Rosa e Ilenka, que también se han reído cuando les he contado con vehemencia mi interés por el libro acerca de los psicópatas, su personalidad, los rasgos que definen su perfil y tal. Vamos, que me localizaran el libro por favor. Quizá se reirían menos si pensaran que ellas también conocen a alguno y alguna. No hablo de Norman Bates, claro. Hablo de algo peor, hablo de latencias, de un runrún psicológico que está ahí y que no tiene que empuñar un cuchillo necesariamente. Ya sabemos que las novelas y el cine todo lo exageran. El perfil del psicópata se manifiesta en una cotidianidad distinta: su falta absoluta de empatía y de remordimientos, su habilidad manipuladora, su capacidad para hacer de la mentira una herramienta de uso diario y así entre otros rasgos que, juntos, configuran una personalidad psicopática. En fin, que cuando me interesa una cosa que despierta mi curiosidad voy a por ello y si tiene forma impresa, le pregunto a Anabel.

Al volver a casa me ha parado el director de una sucursal bancaria. Me ha dicho que me veía muy bien de aspecto y ante mi duda, expresada en forma de gesto, ha añadido: o igual es que te tengo afecto. Será eso, he respondido con cierto descoloque. ¿En qué estás ahora?, ha preguntado. No le he dicho que estaba a la caza y captura de un ensayo sobre el perfil del psicópata, no sé, he preferido decir, sin faltar a la verdad, que esta mañana he atendido entre escéptico, preocupado, alucinado y etcétera a la presentación de los Presupuestos Generales del Estado en el Congreso, potencial y abundante muestrario ese lugar, por cierto, y según las palabras del autor británico, del perfil patológico que esta mañana me ocupaba, que no preocupaba. Del asunto de los Presupuestos he atendido concretamente a lo que decía el ministro de turno sobre ellos y a lo que, paralelamente, decían en los periódicos digitales los analistas. Era distinto, bastante distinto, como asistir a un discurso esquizoide simultáneo donde lo que es blanco para uno es negro para otros y donde lo alto es bajo y lo lejano, cercano. Y así todo el rato.

El director de la sucursal ha puesto cara de preocupación y ha dicho que esto es un desastre de consecuencias imprevisibles tras lo cual nada volverá a ser como antes porque para crear empleo antes hay que recortar todo esa salvajada para pagar la deuda y luego ya hablaremos. Me he dado cuenta de que por primera vez he entendido algo del asunto, ya ves, sales de casa por lo del estudio de los psicópatas y te encuentras una lección aclaratoria expresada con habilidad pedagógica. Como su móvil le ha reclamado, hemos dejado ahí el asunto y me he vuelto a casa para preparar dos clases que tengo esta tarde, últimas antes de estos días domingos, domingo el jueves, domingo el viernes y así. Descansaré porque me practicaron una inesperada segunda sangría en el hospital y en doce días me han quitado un litro de sangre. Y no duele, no da fiebre, pero te deja como flotando y si te deja flotando el ánimo queda en estado precario, que me conozco. Si no, a qué viene esa expresión triste que estoy viendo de mí mismo en el reflejo de esta pantalla mientras tecleo. Yo en estos casos me escondo un poco y recompongo las piezas del puzzle que nos permite afrontar la cotidianidad de las cosas. Pero antes atenderé a mis alumnos y esta noche he quedado con Belén a la sombra del árbol de plástico del restaurante chino. Es posible que mañana cuando recoja el periódico, Anabel me haya dejado dentro un ejemplar del libro que me interesa. Una vez un psicólogo me dijo que yo habría sido un buen psicólogo. Suena inmodesto, lo sé, pero me lo dijo, otra cosa es que tuviera razón. Tiempo después, un psiquiatra me dijo que yo habría sido un buen psiquiatra. Qué vida esta en la que hubiéramos sido tantas cosas. No conviene pensarlo mucho porque corremos el riesgo de perdernos la que tenemos.

Ramos

Para Jon,
que hoy cumple 18 años.

La Cantata para el domingo de Ramos “Himmelskönig, sei willkommen” (“Seas bienvenido, rey del cielo”), BWV 182, se escuchó por primera vez en Weimar el 25 de Marzo de 1714. Faltaba una década para que Bach fuera nombrado Kantor de Santo Tomás de Leipzig y comenzara ese proyecto titánico de escribir música sacra con periodicidad semanal. Aún estamos en Weimar y esta Cantata es la primera que Bach escribió tras asumir su cargo como Koncertmeister, cargo que le obligaba a escribir una obra sacra al mes. Eran tiempos más tranquilos y, quizá, el proceso compositivo se prestaba a una reflexión más sosegada. Esta obra es maravillosa. Lo es la breve introducción intrumental que abre la Cantata y lo es este coro que le sigue y que traigo al blog. Como pieza destinada para ser interpretada durante el servicio religioso del domingo de Ramos, el texto hace alusión a la entrada de Jesús en Jerusalén; no obstante, la escena del evangelio adquiere aquí un matiz metafórico, un pretexto para hacer de ella una interpretación espiritual: es al corazón adonde se le da la bienvenida al Hijo de Dios.

Lo que nos encontramos en este movimiento es una asombrosa fuga-permutación, única en su género por su diseño, inspiración y desarrollo. Sí, se ha deslizado una expresión de esas que nos hacen decir uf y nos quitan las ganas de seguir leyendo: fuga-permutación. Yo daría una oportunidad a lo que sigue aunque siempre tenemos el recurso de bajar el cursor rápidamente hasta los pies del post y escuchar la música íntegra de este movimiento, grabación de finales de los 80 de Nikolaus Harnoncourt con el Coro de Niños de Tölz. Mi intención, de todos modos, es efectuar el proceso inverso y, como lo he escuchado muchas veces (es uno de mis fragmentos Bach más queridos), voy a anotar algo de lo que me traigo de la experiencia. Vamos a ello.

El punto de partida es este breve tema:

Se divide en tres motivos:
1. El grupo de tres corcheas iniciales.
2. El posterior descenso en semicorcheas.
3. El motivo de cierre a cargo de las últimas dos corcheas, curiosamente las mismas que han abierto el tema; sin embargo, el oído no se percata de la repetición porque se ha desplazado su acento métrico, debilitando la fuerza con la que se anunciaban. Es un cierre formal más que explícito.

El diseño de este tema posee la característica y maravillosa fuerza motriz de la música de Bach. Si observamos el primer motivo de tres notas, podemos ver que la segunda nota desciende para efectuar un salto a la nota más aguda, como si el descenso de esa segunda nota se hiciera con la finalidad de coger el impulso que se precisa para el salto que viene a continuación:

Impulso es el concepto clave porque la multiplicación de este efecto una vez que el tema sea entonado por las restantes voces llena de energía la pieza. Lo apreciaremos en la audición.

Pasemos a estudiar el segundo motivo. El descenso en semicorcheas tiene una doble función: de una parte, un movimiento descendente tras un acusado impulso ascendente equilibra el conjunto; de otra, el aumento del movimiento (de corcheas pasamos a semicorcheas) impide que la energía se pierda. Además, la aceleración impuesta por las semicorcheas responde a algo curioso, como si Bach sometiera el material musical a las leyes de la gravedad y en la partitura se reprodujera lo que ocurre en el mundo físico cuando dejamos deslizar algo cuesta abajo.

El tema suena así:

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Y, por supuesto, está concebido para ser expuesto por todas las voces en imitación. En la siguiente imagen podemos apreciar la entrada de la segunda voz, los contraltos, reproduciendo el dibujo melódico de la primera pero llevado a su tesitura:

Y así sucesivamente por las restantes voces (tenores, bajos, y vuelta a empezar) en maravilloso festín imitativo:

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¿Esta es una escritura fugada? Sí, esta es la exposición de una fuga. Como su propio nombre indica, el tema principal se “fuga” a través de todas las voces. Pero antes he dejado caer la expresión “fuga-permutación” y no, no me escapo, no escurro el bulto, no me fugo sin despejar la incógnita de qué es una fuga-permutación.

En una fuga-permutación no solo se imita el tema melódico, sino también lo que suena como acompañamiento mientras el testigo de la melodía pasa de una voz a otra. Suena a embrollo pero no lo es; lo es para componerlo, pero eso lo ha resuelto Bach maravillosamente. A nosotros, ver las siguientes imágenes nos ayudará a comprender el concepto. Obsérvese la imitación del tema melódico que hemos analizado:

Y ahora la imitación de lo que viene a continuación:

Concretando: al inventar su melodía, Bach ha pensado en una idea que suene (y muy bien) en solitario y que, a la vez, sea el acompañamiento de sí misma se coloque en el orden en que se coloque. Asombroso. Una fuga-permutación combina todas las posibilidades y las valida. Mírese la siguiente tabla en vertical (de arriba abajo: sopranos, contraltos, tenores y bajos):

A B C D A B C D etc
/ A B C D A B C
/ / A B C D A B
/ / / A B C D A

¿Y así todo el tiempo? Prácticamente sí. ¿Y no puede resultar monótono? No, porque Bach sabe que el procedimiento no es el fin sino que queda subordinado a las vicisitudes de la trama narrativa, con sus ideas principales, los episodios secundarios, el climax, etc.

Hay una melodía secundaria especialmente interesante:

Está compuesta por tres motivos bien diferenciados:

1. El primero de ellos, percutiendo dos veces la misma nota, tiene un marcado carácter rítmico en sintonía con la marcha del bajo continuo:

2. El segundo aúna impulso ascensional y velocidad al duplicar el valor métrico de las notas:

3. El tercero introduce la siempre interesante figura contrapuntística del retardo. En este contexto rítmico de maquinaria de relojería, el impulso por salto ascendente a una nota que se prolonga, alargándose y obviando la percusión rítmica que el oído espera escuchar, produce un efecto sobresaliente: introduce un acento en la regularidad métrica y, en contra de lo que pueda parecer, no es un obstáculo en la progresión de la música; al contrario, crea una tensión momentánea que precisa resolución, lo cual favorece el avance del conjunto:

Este nuevo tema también es sometido a imitación:

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No podemos terminar este análisis sin prestar atención, siquiera con un ejemplo, del meticuloso trabajo bachiano de reutilización y aprovechamiento del material preexistente: si repasamos el análisis del tema anterior anterior y examinamos el siguiente pasaje a dos voces, vemos que la voz superior encabeza su discurso con el motivo uno, llamando nuestra atención con el toc toc característico de las dos notas repetidas, mientras que el bajo encadena una y otra vez el motivo tres:

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Perfección formal que no enfría la experiencia auditiva; al contrario, el placer auditivo enmascara el complejo andamiaje compositivo a no ser que nos asomemos a los pentagramas para “ver” la música, tal y como hemos hecho en este post. Bach fue siempre fiel a su premisa, tantas veces expuesta de su puño y letra en el encabezamiento de sus cantatas, de que su música fue concebida “para gloria de Dios y deleite del alma”.

Audición íntegra:

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