Fotografía

Dice el poeta, en ese verso genial, que “la luz no se ve”. Pero igualmente genial es descubrir que sí, que sí se ve. Cual anacrónico impresionista de andar por casa, estoy descubriendo la luz. Con verdadera fascinación y asombro, añado. Todo a raíz de que hace unas semanas me diera por ponerme ante una de mis asignaturas pendientes: la fotografía. No la fotografía de las máquinas compactas, automáticas, de esas que lo único que tienes que hacer es mirar y disparar. No. Hablo de tener en las manos una cámara réflex y decidirte a adentrarte en la aventura de la luz, cosa difícil, muchas veces ingrata; otras, por lo mismo, altamente gratificante. Me cité un día con Blanca, todoterreno en estos asuntos del diafragma, la velocidad de obturación, las sensibilidades, fotógrafo de los tiempos del negativo de verdad, de esas máquinas que nos hacen admirar a quienes las usaron, sin red, acostumbrados como estamos nosotros a que todo nos lo haga todo. Blanca era la profe perfecta porque, a, lo que acabo de decir, b, la confianza, c, la pasión por lo que hace, d, su capacidad para contagiarlo con altas dosis de pedagogía y honestidad en la didáctica, e, su generosidad. Y, por si faltara poco, f, su su energía unida a su sentido del humor. Suma todo lo anterior y se comprenderá que la citara un día, en una cafetería, en plan emboscada, je, soltándolo así, de golpe, me enseñarías a adentrarme en este misterio, porque para mí siempre lo ha sido, la luz, qué cosa, atraparla, dibujar con luz la misma luz que te mueve cosas por dentro y, al dibujarla, ser capaz de meter en el encuadre algo de la emoción que esa luz te suscita.

Y así, limitadito de entendederas pero tozudo, lo primero de un tiempo a esta parte por el desgaste de la edad o el desgaste en general (supongo) y lo segundo porque viene de serie y se agudiza por lo anterior, volviéndome tozudo al cuadrado, me paralizó, en plan asombro, en plan quedarte así, con la boca abierta, descubrir la luz. Lo huidizo de esa luz. Lo difícil que es convencerle a la cámara de que vea lo mismo que ves, porque la cámara hace lo mismo, tozuda como tú, y te quiere convencer de que lo que ve ella es lo correcto. Descubres, entonces, con desconcierto, que la cámara, viendo lo mismo, ve de distinta manera: no ve la luz proyectada en el lienzo de las cosas, ve la luz que reflejan las cosas. Hum, dices por dentro, porque puede parecer en la práctica lo mismo pero no, no lo es. Y mientras tanto te haces con la máquina, con la cámara, estas reflex digitales que hacen de todo pero, ojo, si les dices cómo, y aún así, todo tan escurridizo, todo tan delicado y sutil, que si mides la luz (expresión maravillosa: medir la luz, medir la luz) y lo haces allí, el ojo de la cámara te quema el cielo azul, devolviéndotelo blanco, y si mides un trocito más al lado, te regala el cielo ansiado pero te oscurece hasta las tinieblas lo que tus ojos ven en sombra, sí, pero perfectamente definido y visible su contenido.

Para medir la luz hay que ver la luz, y pensarla, pensarla poéticamente, si se me permite el atrevimiento, porque una vez que te sueltas un poco de la mano de los números y las teorías y te decides a dar tus primeros pasos por instinto, te la das muchas veces contra el suelo pero otras avanzas un poquito, y luego otro poquito. Qué placer seguir al instinto cuando miras por el visor y algo por dentro hace que compongas un encuadre con esa rapidez misteriosa y convencida, la misma que conoces de la aventura de componer ante el papel pautado, la misma que conoces de la aventura de escribir una frase que lo dice todo mejor que la que acabas de borrar, diciendo lo mismo.

Hacer la incursión y la excursión a las luces de un crepúsculo de invierno, en ese instante tan maravilloso como puñetero, porque las condiciones de luz están al límite y reduciéndose por momentos, es fascinante si buscas el acuerdo con la cámara de manera que lo vea todo, o al menos como tú lo ves, o como tú quieres que lo vean: que no se pierda la gradación que asciende del fuego del horizonte al negro noche, con la estela de azules infinitos intermedia, tan sugerente, tan bella, que lo capte, que lo atrape, pero que al mismo tiempo sea sensible al sendero que se proyecta hacia el infinito, teniendo la deferencia de no borrarlo en un tachón negro y definitivo sino que mire en él, como si tuviera que transitarlo; en fin, conseguir eso, con el silencio de la paciencia y la constancia, la concentración casi en recogimiento, tú y la luz, el silencio ambiente, el silencio invernal del termómetro y el crepúsculo, es el descubrimiento de estos días, como lo es el estallido naranja del sol en las fachadas, y tantas cosas.

En eso andamos, entre pitos y flautas. Sin Blanca, todo estaría negro, valga el mal chiste, malo pero certero. Blanca se ofreció a enseñarme los fundamentos de la fotografía, confiada en que iba a picarme el gusanillo, y así ha sido, pero lo que me ha puesto en bandeja, en realidad, es el descubrimiento de un lenguaje, de un medio de expresión, del cofre del tesoro, porque a mí las cosas me tienen que latir, a mí la vida me suena así, en el latido de las cosas y he vuelto a sentir el pulso y eso es bueno.

Escribir con luz, oh maravilla.

4 pensamientos en “Fotografía

  1. Marcos

    ¿Podremos ver algún día un post escrito con luz? ¿Únicamente con luz?
    Puedes tratar de re-escribir algún post en fotografías o en una sucesión de imágenes; por ejemplo, alguno en los que la niebla está presente. Y quedaría curioso, porque la niebla también juega con la luz.
    Si te pasas un rato al otro lado del cristal, verás una fotografía impresionante (está un poco escondida, eso sí) en el post, un tanto telepático, de ayer.
    Me alegro de que vuelva a latir.

  2. Pilar

    Dejar plasmado un instante, es caminar con la belleza…..suficiente para mi.
    Bien dicho Toni!!!
    Un beso para el artista

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