Carnaval

Recuerdo aquella secuencia maravillosa de Berlanga, tan esperpéntica ella, aunque decirlo sea redundancia, en la que una banda de música en procesión festiva se cruza con esa otra procesión luctuosa de un entierro como si nada y ese como si nada es brutal e indiferente como la vida misma. Recordé entonces, en su primer visionado y en los siguientes, aquella obra de Debussy en la que dos procesiones, ambas festivas pero en compás y tono diferente, se cruzan en la noche dionisiaca del alborozo explotando en caleidoscópico colorido en la plaza imaginaria que evoca el compositor. Hoy, tecleo estas letras mientras la prensa digital informa en directo de las manifestaciones masivas en todo el país en protesta por la reforma laboral y mientras esas manifestaciones avanzan, o lo intentan, otras, las del Carnaval, lo hacen por su propia senda al son del colorín. Está pasando. Lo primero lo leo desde una de las pestañas del navegador abierta a la prensa y lo segundo lo padezco porque transcurre en sonoro disparate al otro lado de la ventana que tengo a mi izquierda. Bendita cortina.

Si quieres participar de la escena, valga que imagines la banda sonora que forman unas pacíficas melodías andinas, unos cantos tiroleses, la banda municipal tocando Por la calle de Alcalá, unos aires euskaldunes de esos de percusión hosca y chiflidos agudos y una charanga de verano. Todo a la vez, superpuesto y yo sobrepuesto a la adversidad cacofónica que duele, sí, máxime cuando uno es refractario al Carnaval; refractario por lo que anuncia (la llegada de la temible primavera, el adiós al invierno necesario del recogimiento) y porque, seamos francos, es bastante cutre. La diferencia entre lo de Berlanga y lo de esta mañana es que lo de Berlanga era en blanco y negro y esto parece que es en color; de hecho, los atuendos lucen en color por technicolor pero el resto es más negro que blanco. Da igual que reformen, que condonen, que abran el grifo de los euros, que haya reuniones. Hay en el aire una sensación rara, como si algo fuera inevitable desde hace tiempo y, ante la inclemencia irremediable, el desfile tuviera que seguir, cada uno desempeñando en él su papel con su disfraz correspondiente.

Se incorpora a la banda sonora de la calle una melodía pentatónica oriental. Me asomo. Si lo piensas un momento, esto no es un desfile de Carnaval sino una manifestación de lo que hay, de quienes viven todos los días en esta ciudad puestos en fila todos juntos. Veo mucho colorín desfilando en orden entre tonos sonoros que chocan en áspera e insoportable disonancia y lo que me llama la atención es que la gente agolpada en la acera viendo pasar el asunto tienen, todos, un aire mustio y luego, corren sin correr a su casa.

Todo quiere parecer normal pero debajo del disfraz nada lo es.

3 pensamientos en “Carnaval

  1. Pilar

    Emejota, dos días sin poder entrar en tu blog, que susto!!! será culpa de mi ordenador que ya pide un recambio. Pero, por fin; cuando la luz del día llega, se disipan las tinieblas de la noche.
    Este post me da tristeza, también por debajo de mi ventana han pasado esta mañana mucha “GENTE HARTA DE ESTAR HARTA”, vivimos en un “estado de malestar” lleno de parados sin futuro, y no sabemos como arreglar esto, queremos que otro mundo mejor sea posible. En fin, pura demagogia.
    Un abrazo emejota, y que no se me vaya otra vez el ordenador

  2. Marcos

    Ahora mismo el carnaval de colores se convierte en la excusa perfecta para escapar del otro carnaval, del que es en blanco y negro (el que se disfraza de política, economía, reuniones estériles y mercados). La diferencia entre uno y otro es que en el de colores, al menos, sabemos distinguir el disfraz de quien lo lleva y, además, sólo debemos soportarlo unos días al año (luego se pasa). Resulta curioso, sí, que se mezclen al unísono carnavales y manifestaciones… como si nada…

  3. emejota Autor

    La culpa no es de tu ordenador, Pilar, sino de la empresa que aloja este blog. Para susto el que me dieron, menudo fin de semana. A ver si lo cuento en un post algún día, cuando se me haya ído la mala leche que me dejaron.

    Todo es una máscara, Marcos. A veces me pregunto si nos encontraremos muchas veces con alguien que de verdad vaya a cara lavada por la vida.

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