Muertos

American Horror StoryAviso: este post revela tramas. Cuidado. Quien quiera seguir leyendo, avisado queda. Dicho esto, empezamos. Los minutos iniciales del episodio piloto de “American Horror Story” contienen una impecable secuencia que, al mismo tiempo, juega hasta con cierto descaro, por abundantes y explícitos, con guiños y referencias del género de terror. Quiero decir que no sólo nos presenta un arranque tópico y típico (una mansión de los años 20 en el soleado Los Angeles en la que tuvo lugar una tragedia en algún momento del pasado y adonde acude a vivir, desde Boston, una familia) sino que al hacerlo, se vale de elementos que nos recuerdan a tal película, a tal secuencia, a tal episodio de tal serie, ya sea por una frase dicha, por la presencia de un personaje arquetípico o por un motivo musical. Y, sin embargo, no es parodia lo que estamos viendo. Es el prometedor arranque de una narración que, pronto, nos convence de que si hace eso no es por falta de ideas sino que sobre lo de siempre, está dispuesta a construir algo sobre dos conceptos: posibilidades (muchas) y desarrollo (original y de gran recorrido). Y lo hace en doce entregas de 45 minutos que son los que conforman la primera temporada de una de las series revelación del año que se consumen con inquietud, curiosidad y desasosiego permanente.

Entra la cámara en esa mansión, entramos nosotros tras ella agazapados por lo que pueda pasar, y el montaje de las imágenes es rápido, no escatima en tomas ni en ángulos; a veces el plano trastabilla unos fotogramas, como si la cámara tiritara de miedo, o parpadeara de forma nerviosa. Tensión. Pasan cosas y pasan pronto; pasan en pasado y se solapan con el presente. Y con ese campo abonado, fértil, amplio, escuchamos la llegada de la familia, estamos nosotros en la casa para recibirles, como si fuéramos anfitriones. No sabemos, nos lo revelará la propia historia (americana, de horror), que algo de eso va en la receta de la serie: “estar” en la casa, “ser” de la casa. La casa, la mansión, trasunto de la casa encantada de tantas historias de terror (americanas o no), es un organismo con vida propia. Llega la familia y el andamiaje de la historia se completa con un casting perfecto. Establecidas las premisas, el decorado y los personajes, falta lo mejor: empezar a jugar a un juego perverso movido por una mente inteligente.

En el día a día de esta familia que ha cruzado el país de costa a costa para huir de su propia zozobra y empezar de nuevo, el esposo dedicando una estancia a su consulta privada de psiquiatría, la esposa intentando quitar el manto rancio de tanta mansión con ayuda de Moira, la asistenta, la hija adolescente encerrada en su habitación adolescente escuchando su música adolescente mientras se pinta las uñas de las manos de color adolescente; en el día a día, decía, comienza a aparecer gente: el paciente de la consulta, la pareja de decoradores de interiores, una amante despechada, los niños del vecindario. Y sorprende la habilidad de los guionistas en hacer natural el tránsito in crescendo de tanta gente que viene pero no se va, en hacer natural que los vecinos transiten la casa a cualquier hora como si no hubiera puerta y que lo hagan tanto si están los propietarios o no. Antes de que el espectador caiga en la cuenta, algo abrumado, de que la mansión se ha poblado de gente como en aquel camarote de los hermanos Marx, recibe el gran shock: están muertos. Muertos y bien muertos, aunque parezcan y aparezcan vivos y coleando. No hay apariciones espectrales, sábanas blancas, transparencias, no; no hay distinción, en la pantalla de “American Horror Story”, entre los vivos y los muertos, de tal manera que los muertos hablan, se enamoran, discuten y copulan con los vivos creando una desazón extraña y nueva en el espectador que no aparta la mirada porque sabe que lo próximo será del todo inesperado y sorprendente. Lo novedoso sazonado con esos guiños y referencias a las que antes aludía y que parecen la burla condescendiente que el narrador de la historia de fantasmas hace a sus sobrecogidos oyentes.

Descomunal la presencia de Jessica Lange en esta serie. Las series son, en Hollywood, el limbo de las estrellas retiradas por la edad de la pantalla grande que lo quiere todo nuevo y sin arrugas. Lange aparece aquí más que viva y que muerta, aparece babyjanesca, polanskiana, agria y agrietada, tensadas las cuerdas de violín de su cuello, las mandíbulas prietas, histriónica e histérica, desencajada, vecina diabólica, cerebro de la trama. Elegante. Genial.

Suena el timbre de la mansión. Llega alguien. A esa casa, durante doce episodios, puede llegar quien quiera. Lo difícil es salir. Sus habitantes pertenecen a la casa.

5 pensamientos en “Muertos

  1. Judith (arati)

    ¡Me encanta esta serie! Fantástico resumen y recordatorio para los que ya estamos en el flán (yo soy flan) y una invitación para los que (no sé, no comprendo porqué) aún no.

    ¿Y el detalle del simultáneo doble aspecto de la doncella, que, eh?

  2. Francesca

    He leído el post, he visto que Judith era “flan” y me he puesto a verla sin dilación. Pinta bien ¡me gusta! Pero solo llevo un episodio. Gracias por dar la voz de aviso.

  3. toni

    shhh, que yo aún no he visto la serie. así que no me he leído el post. pero lo haré. en cuanto vea un par de capítulos, claro.
    pero tengo que hacerlo ya.

  4. C.

    Pues yo tampoco te leo. Intenté verla un día, pero no pude terminar el capítulo. Tenía buena pinta, como otras que me pierdo…

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